MUJERES Y HOMBRES MADUROS (MICRORRELATO)

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Ella era, como tantas mujeres, excesivamente confiada. Creía estar haciendo todo lo necesario para que su marido tuviese una vida cómoda y placentera. Cuidaba con esmero de su ropa, le preparaba las comidas que más le gustaban y estaba todo el tiempo pendiente de él. Y para tener confirmación de que él reconocía sus esfuerzos y dedicación, de vez en cuando le preguntaba:
—¿Eres feliz, mi vida, con lo bien que yo te cuido?
—Sí, sí, claro —respondía él con aire distraído y ademán condescendiente.
Ella, aunque pueda parecerles normal a muchas mujeres en su misma situación, aunque se daba cuenta de que su consorte cada vez le demostraba menor deseo carnal, consideraba le estaba ocurriendo lo mismo que a ella, con el paso de los  años practicar sexo ya no le apetecía casi nada. El acto sexual exigía realizar un esfuerzo físico que le causaba agotamiento e incómodas y desagradables agujetas en varias partes de su cuerpo.
Efectivamente a ella le ocurría lo mismo que les ocurre a tantas mujeres: se le olvido lo importante que para su hombre había sido siempre el acto sexual.
Y un día, aprovechando que ella se había ido a visitar a una hermana que vivía en otra ciudad, su marido llenó una maleta con sus mejores cosas y se marchó lejos con una chica mucho más joven que su mujer, y a la que entusiasmaba practicar sexo con él.
Su mujer nunca perdonó ni entendió. No entendió que su esposo pudiera pagarle con desagradecimiento y traición todos los sacrificios y esfuerzos hechos por ella para que fuera feliz, tal y como ella interpretaba la felicidad de un hombre.
Siempre se ha dicho que los hombres no conocen bien a las mujeres, pues esto es aplicable asimismo a las mujeres: que conocen poco a los hombres.

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