¿ES BUENO CREER EN LOS HORÓSCOPOS? (MICRORRELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

Yo era un asiduo, fiel, fanático seguidor de los horóscopos. Todos los días, antes de salir de casa me leía el mío y obraba en consecuencia. Si mi horóscopo me aconsejaba no coger mi coche, ese día yo usaba el autobús o, si la economía me lo permitía, tomaba un taxi. Si mi horóscopo me aconsejaba no visitar a la mujer que amaba porque se produciría una rotura, yo le metía una excusa a mi chica y me pasaba la noche aburrido viendo la tele. Si mi horóscopo me aconsejaba no discrepar en nada con mis jefes, yo me convertía en mudo ese día.
Todo esto siguió así hasta un día en que mi horóscopo señaló que ese día tendría mucha suerte, recibiría un ascenso en mi trabajo, mi mejor amigo me haría un favor extraordinario, y llegada la noche celebraría que aquel había sido el día más feliz de toda mi vida.
Con tan halagüeñas y felices expectativas salí de mi casa silbando y cantando. Llegué al aparcamiento donde tenía estacionado mi coche, luciendo mis labios una sonrisa de oreja a oreja. Coloqué la llave en el lugar correspondiente para que arrancase mi vehículo y empleé media hora intentando ponerlo en marcha, sin conseguirlo. Estaba muerto mi utilitario. Menos el boca a boca, le hice de todo en mi intento de que echara a andar. Incluso, perdiendo la paciencia, le arreé algunas patadas haciéndole una abolladura que, unos días más tarde me costaría 300 euros me la quitaran. Total, que llegué tarde a mi trabajo. Antes de que poder sentarme a mi mesa, la secretaria de dirección me dijo:
—Haga el favor de dirigirse inmediatamente al despacho del señor Sandro Sánchez. Quiere hablar urgentemente con usted.
Conocedor de lo estricto que era el director de la empresa, con lo de la puntualidad, entré dándole los buenos días y explicándole las razones que motivaban mi llegada con retraso al trabajo. Él me mostró su sonrisa de piraña asesina y me dijo con extremada amabilidad:
—No tiene importancia. Todos sufrimos contrariedades. Verá, la empresa está pasando por dificultades económicas y hemos hecho un ajuste de plantilla. Usted entra dentro de los empleados que, con mucho dolor de nuestro corazón, sentimos tener que prescindir. Pásese por contabilidad a firmar y recoger su finiquito. Muchas gracias por los servicios prestados y adiós.
Empleé diez minutos en tratar de convencerle de que yo era un probo, ejemplar, eficacísimo, imprescindible empleado, etc. Su rostro, todo el tiempo mantuvo igual inexpresividad que si estuviese escuchando llover, para al final exponer:
—Todo cuanto acaba de decirme es muy cierto, pero nuestra empresa tiene que recortar la plantilla actual, y usted es uno de los cesados. Pásese por contabilidad a firmar y recoger su finiquito. Muchas gracias por los servicios prestados y adiós.
Pasó por mi mente el deseo de probar con él si mi directo de derecha poseía poder noqueador, pero recordé que hay cárceles en nuestro país y que muy posiblemente podía terminar en la celda de una de ellas si descargaba mi ira sobre aquel sujeto que, aunque yo nunca lo había tragado, estaba simplemente cumpliendo órdenes superiores.
Firmé y cobre mi finiquito, recobré los objetos personales que había en el despachito ocupado por mí durante cuatro esclavizantes años, y la caja donde me cupieron la dejé en recepción para que me la guardaran hasta que pudiera ir a recogerla con mi coche.
Con todo la mañana por delante, convertido inesperadamente en parado temeroso de poder serlo de larga duración, porque la crisis recorta cruelmente las posibilidades de encontrar empleo, decidí acercarme al parque y matar el tiempo paseando, como hacen los jubilados y los que no tienen empleo.
Bajé una empinada escalera que me conducía al mencionado parque cuando me caí por ella, con tan mala fortuna, que me rompí un brazo y las dos piernas.
Me llevaron al hospital. Por el camino la ambulancia chocó contra un camión y como consecuencia de este choque me rompí el brazo que todavía conservaba sano. Finalmente, otra ambulancia me llevó al centro de salud y allí me enyesaron  brazos y piernas. Pedí la chaqueta que traía cuando me llevaron allí para comunicarle por medio del teléfono móvil, a mi chica, las desgracias que me habían acontecido. Me la entregaron. Busqué en vano mi cartera y mi móvil. Habían desaparecido. Reclamé ambos objetos y según testimonio de quienes me recogieron para llevarme en la ambulancia al hospital, no llevaba encima ninguna de estas dos cosas.
—Alguno de los que acudieron a su lado, cuando rodó por las escaleras, a interesarse por lo que le había sucedido, debió aprovechar para quitarle de en-cima cuanto de valor llevaba. Ocurre con frecuencia. Mirándolo desde una ata-laya optimista, ha salvado usted el reloj, que no es de los malos.
Le pedí a la enfermera que me atendía, me permitiese hacer una llamada con su móvil. Se trataba de una mujer cuarentona, bastante fea, y de aspecto maternal. Marqué el número del móvil de mi chica y le conté, reteniendo a duras penas el llanto, todas las desdichas que me habían sucedido desde que abandoné mi casa. Se compadeció de mí. Escuché un par de sollozos por su parte, que me conmovieron y su promesa de que pasaría a verme pasadas las ocho de la tarde.
Mati, que era el recortado de Matilde, llegó al hospital a las ocho y media. Aguantó con paciente atención y sonriéndome comprensiva y cariñosa hasta que yo me desahogué contándole, de pe a pa, todas las desdichas que me ha-bían sucedido ese aciago día. Al final, acariciándome la mano izquierda, que yo no tenía escayolado, me dijo con voz cargada de afecto:
—Chico, sé que no es el momento más adecuado para decirte lo que te voy a decir, pero no me parece justo prolongar, por miramientos y cobardía por mi parte, lo que me ocurre. Tu sabes que mi jefe, porque te lo he contado, se estaba divorciando —empezando a preocuparme, asentí con la cabeza que era lo que ella esperaba de mí durante la breve pausa realizada—: Pues bien, él ha conseguido su divorcio ya.
—Debe estar muy contento —dije yo cansado de permanecer mudo—. Según tú me contaste, lo de divorciarse lo estaba deseando desesperadamente.
—Mi jefe está contentísimo, y yo también. Tu sabes, porque te lo he contado un par de veces, que yo siempre le he gustado a Ramón.
—Ya… —logré balbucir nadando dentro de mí un negro presentimiento.
—Yo siempre le he gustado —repitió ella, ilusionada—. Y hoy, colocando en mi mano un anillo que le habrá costado un pastón, me ha pedido que me case con él. Yo nunca te lo he confesado, para no disgustarte, pero Ramón me ha gustado siempre mucho, mucho y, ahora, que va a dejar de estar casado, no existe impedimento alguno para que él y yo nos casemos y seamos inmensamente felices. Espero que lo comprendas y tengas la generosidad de alegrarte por mí.
Tan ingenua crueldad por su parte me dejó sin habla durante algunos segundos. Ella aprovechó este silencio mío, para darme un beso en la frente, recoger su bolso que en un primer momento había dejado en el suelo y, recobrando la verticalidad se despidió de mí, presurosa:
—Bueno, tengo prisa. Que te mejores, Virgo (no se refería ella a que yo estuviera por estrenar en lo del sexo duro, sino a mi signo del zodiaco—. Y gracias por ser tan encantadoramente comprensivo conmigo. Adiós.
Y se fue. Bien, por todo lo que acabo de contar, yo he dejado de creer en los horóscopos. Y nada más. ¡Ah!, bueno, si conocen de alguna empresa que necesite a un oficinista muy competente que escribe sin faltas de ortografía y a la velocidad de más de 300 pulsaciones por minutos, tengan la amabilidad de comunicármelo. ¡Ay Dios, al alargar la mano para coger el mando de la tele, que estaba encima de la mesita de noche, acabo de caer al suelo y me he roto la nariz que todavía conservaba sana!

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