CONTROL DE ADUANA (MICRORRELATO)

aduana-1(Copyright Andrés Fornells)
Al llegar al control de la aduana, la muchacha entregó su pasaporte al joven controlador que se hallaba dentro de su garita. Éste miró la fotografía que llevaba el documento, después a la chica y en sus ojos apareció un brillo en el que se mezclaban la incredulidad y el embeleso. Y a continuación comenzó a hacerle, con voz que le temblaba por la emoción que estaba experimentando, un buen número de preguntas. ¿Cuánto tiempo pensaba permanecer en el país? ¿Era la primera vez que lo visitaba? ¿Tenía familiares allí? ¿Era la suya una visita turística o de trabajo? ¿Hablaba algún otro idioma extranjero además del inglés que estaban empleando ambos? ¿Iba a la universidad? ¿Tenía novio?
Esta última cuestión fue la gota que rebosó el vaso de la paciencia de la joven viajera que, con voz cargada de enojo y destellos de furia en sus bellísimos ojos azul turquesa se le enfrentó diciendo:
—¡Termine ya de una vez de interrogarme! No considero le asista derecho alguno a ser tan indiscreto conmigo y hacerme preguntas absolutamente personales.
El controlador de la aduana dejó escapar un suspiro de sufrimiento y confesó con una sinceridad conmovedora:
—No se imagina usted, señorita Adela Gámez (se había aprendido de memoria su nombre) el sufrimiento que voy a padecer yo a partir del momento en que deje de verla.
Sonó tan sincero y apasionado, que Adela le sonrió y dijo algo que conmovió al joven controlador de aduana:
—No volveremos a vernos más, pero yo me acordaré de ti.
—Harás bien en acordarte de mí porque nunca encontrarás a nadie que pueda amarte tanto, tanto, como te habría amado yo.
Adela Gámez jamás olvidaría la declaración de amor más rápida e inesperada de toda su vida. Sobre todo en los momentos en que, sentimentalmente, no le fueron bien las cosas.

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