EL FLACO EN LA LOTERÍA DE «EL GORDO» (MICRORRELATO)

vagabundo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(Copyright Andrés Fornells)
El hombre aparentaba unos setenta años, y su constitución era esquelética. Llevaba el rostro barbudo y el abundante pelo de su cabeza sucio y despeinado. Vestía unos vaqueros con roturas por desgaste, y no salidas de fábrica como las prendas de moda. Abrigaba su tronco un jersey viejo con grandes agujeros en los codos. Dominaba en esta prenda el color azul y parecían islas oscuras las numerosas manchas repartidas por él. Olía mal este hombre y ello había motivado que los dos primeros asientos, situados a su derecha y a su izquierda, permanecieran vacíos.
Alguna gente de esa que le aflora la burla y el desprecio con insolidaria facilidad, ahogaba risas dirigidas a su paupérrima persona, y también comentarios denigrantes.
—¡Como apesta ese desgraciado!
—¡Deberían echarle a la calle, está infectando el local!
—¡Está de sobra aquí entre la gente de bien!
Un periodista acompañado de un operador de cámara, que habían llegado tarde y ya otros medios de comunicación se le habían adelantado en las entrevistas a los personajes relevantes y originales que todos los años acuden al Teatro Real en la celebración de la lotería de El Gordo, le descubrieron.
—Seguro que a ese vagabundo no lo ha entrevistado nadie —aventuró el periodista.
—¿Crees que podrá interesarle a alguien lo que pueda decir ése? —dudoso el profesional cargado con la pesada cámara de vídeo.
—Vamos a verlo.
Los dos profesionales de la información se acercaron al hombre desnutrido y con auténtica pinta de vagabundo. Éste se los quedó observando un momento y luego sonrió, mostrando dos hileras de dientes oscuros y con muchas ausencias entre ellos. Su sonrisa mostraba una candidez, que unida al brillo ilusionado que reflejaban sus pitañosos ojos, dejó perplejos y fascinados a los dos periodistas, que tardaron unos segundos en reaccionar.
—¿Está usted aquí, buen hombre, esperando que le toque un premio con el décimo que tiene? —preguntó el periodista acercándole el micrófono para que pudiera oírse su respuesta mientras, estratégicamente situado, su compañero filmaba.
Ensanchó su sonrisa el marginado. A pesar de lo estropeada que tenía la boca, su sonrisa no carecía de cierto encanto. A los dos profesionales que le estaban entrevistando le cayó bien desde el primer momento.
—No, no; no tengo ningún décimo de lotería. Estoy aquí para alegrarme con la gente que se alegre por haber obtenido un premio.
—Pero es de suponer que se alegraría muchísimo más si el afortunado con un premio gordo fuera usted y convertirse, de la noche a la mañana, en un hombre rico.
Movió enérgicamente su cabeza el risueño vagabundo.
—Eso no me alegría en absoluto. Si de la noche a la mañana, como usted dice, me viese rico, repartiría mi premio entre la gente que viese hurgando en los contenedores de basura. Yo siempre he sido pobre, y me haría desdichado dejar de serlo. Sería en ese caso como un actor encasillado en papeles de bueno, al que de pronto le obligasen a actuar de malo. Se encontraría incómodo, extemporáneo. Entienden mi forma de sentir, ¿verdad?
Periodista y cámara se lo quedaron contemplando, mudos, perplejos, desconcertados, porque los ojos del marginado mostraban una candidez, sinceridad y convicción, que los derrotó.
—Cuando comience el sorteo volveremos para verle compartir la felicidad de quienes sean agraciados —dijeron absolutamente admirados.
Muy satisfechos de que, cuando ya no se lo esperaban, les había surgido el más asombroso, insólito y posiblemente exitoso de los reportajes realizados por ambos en mucho tiempo.

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