LA “VERDADERA” HISTORIA DE NOÉ (RELATO)

arca
PARA RELIGIOSOS Y ATEOS:
LA “VERDADERA” HISTORIA DE NOÉ

(Copyright Andrés Fornells)
Cuentan de Noé, que padecía nefofobia. Este miedo a las nubes le surgió de muy pequeñito. Ya dando sus primeros pasos, cuando tenía intención de salir a la calle, miraba al cielo y si veía una nube, se escondía debajo de la cama. Sus padres, al principio, se lo consentían, pero luego, a medida que fue creciendo, considerándolo una demostración de vergonzosa cobardía, lo sacaban de allí abajo a base de escobazos.
—Debería darte vergüenza —le recriminaban—. Tus hermanos van a trabajar no solo cuando hay nubes, sino cuando llueve y nieva, y tu escondiéndote debajo de la cama.
Noé sumó años y pasó por todos esos periodos del crecimiento que terminan convirtiendo al que fue niño, en hombre. Un hombre admirablemente justo y bondadoso, razón por la que Dios se le apareció un día dándole un susto de muerte, pues Noé no se lo esperaba, y mucho menos que se presentara envuelto en una enorme y aterradora nube. Y Dios le dijo:
— Noé, voy a hacerte un encargo que a ningún otro hombre le he hecho antes que a ti, ni tampoco le haré tampoco después. “He decidido poner fin a toda carne, porque la tierra está llena de violencia por causa de ellos; por eso voy a destruirlos jun-to con la tierra. Hazte un arca de madera de ciprés. Harás el arca con compartimientos, y la cubrirás con brea por dentro y por fuera. De esta manera la harás: de 135 metros la longitud del arca, de 22.5 metros su anchura y de 13.5 metros su altura. Le harás una ventana que terminará a 45 centímetros del techo, y pondrás la puerta en su costado. Harás el arca de tres pisos. Entonces Yo traeré un diluvio sobre la tierra, para destruir toda carne (todo ser viviente) en que hay aliento de vida debajo del cielo. Todo lo que hay en la tierra perecerá. Pero estableceré Mi pacto contigo. Entrarás en el arca tú, y contigo tus hijos, tu mujer y las mujeres de tus hijos. Y de todo ser viviente, de toda carne, meterás dos de cada especie en el arca, para preservarles la vida contigo; macho y hembra serán. De las aves según su especie, de los animales según su especie y de todo reptil de la tierra según su especie, dos de cada especie vendrán a ti para que les preserves la vida. Y tú, toma para ti de todo alimento que se come, y almacénalo, y será alimento para ti y para ellos”.
Cuando se le pasó en cierta medida la acojonante impresión causada por esta celestial presencia y la misión encomendada, Noé se creyó con derecho a poner algunas objeciones:
—Señor Dios, ¿no puedo ahorrarme el recoger serpientes y otros animales fie-ros y peligrosos, además de los molestos, atormentadores y cabreantes mosquitos, moscas, garrapatas, arañas y algún mal bicho más que en este momento no recuerdo su nombre, pero seguro terminaré recordando en cualquier momento?
El Todopoderoso se lo quedó mirando con ojos reprobatorios y replicó contundente:
—Todas las criaturas vivas las he creado yo y, por lo tanto, tienen el mismo derecho que tú a existir. Y no me enojes porque te castigaré de la peor manera para ti que tanto te gustan las prácticas cameras con tu esposa, convirtiéndote en impotente.
Ante esta severísima amenaza, Noé se resignó, que es, según algunos filósofos contemporáneos, otra cara más de las muchas que posee la cobardía.
Cuando la gente vio a Noé empezar a construir aquella colosal arca, con la ayuda de toda su familia, quedó convencida del todo de que este hombre, además de cobarde y santurrón era exageradamente tonto, y se burlaron despiadadamente de él:
—Oye, Noé, cabeza de chorlito, ¿cómo podrás hacer avanzar esa enorme barca a base de remos? ¿Te crecerán, por extraordinario milagro los mil brazos que vas a necesitar?
Envalentonado con la confianza que el Ser Supremo había depositado en él, Noé respondía:
—No quiero la nave para llevarla a parte alguna, sino simplemente para que flote.
En esa época antiquísima los árboles podían hablar con el Todopoderoso, y éstos, de viva voz, se le quejaron de Noé y de su familia porque estaban tumbando a golpes de hacha a muchos de ellos.
El buen Dios les respondió, con admirable sensatez:
—No os quejéis por tan poca cosa. Sois ya demasiado y es una bendición que se elimine a algunos de vosotros. ¡Callad y reproduciros!
Este Noé, admirable ejemplar de ser humano elegido por el Señor junto a to-dos los suyos, trabajaron durísimamente noche y día con admirable ahínco y, para la fecha prevista, tuvieron terminada aquella colosal arca que todo el mundo aseguraba no podrían acercar al mar ni empujada por la humanidad entera.
Cuando le comentaban esto, Noé, ponía cara de enterado y respondía:
—No hará falta de que la empuje nadie. Yo sé muy bien lo que va a suceder.
Esta respuesta sirvió para que aumentase la creencia generalizada de que Noé padecía una demencia incurable. Y ya fue el colmo cuando Noé empezó a pedir ayuda para ir metiendo dentro de la extraordinaria nave un macho y una hembra de cada especie existente. Pero entonces un viejo al que consideraban sabio salió en su ayuda manifestando:
—Noé, ha tenido por fin una idea genial: emplear su barcaza como zoo. Así nuestros niños no tendrán que recorrer un gran número de kilómetros para vez animales, pues podrán verlos sin moverse del pueblo, mientras sentados cómodamente comen palomitas de maíz, mascan chicle y beben latas de refrescos.
Esta idea influyó tan eficazmente, que poco a poco todo el mundo fue colaborando en la caza de animales que, una vez apresados, iban encerrando en el arca de Noé. Ayudaron tan bien, que los tuvieron recogidos antes del plazo que el Todopoderoso había dado. Y tuvo un éxito enorme durante dos días. No se pagaba entrada pero sí se pedía a los visitantes contribuyeran en el forraje tan necesario y la carne tan necesaria para poder alimentar a toda aquella fauna.
Y como ninguna espera se hace eterna, ni siquiera la de la pacientísima Pené-lope por Ulises, Noé dijo a todas las personas de su familia que subieran y cerró el arca para todos los demás. Y entonces comenzó de inmediato a diluviar. Y los malos, que eran todos los demás, se arrepintieron de no haber construido ellos también un arca. El arrepentimiento les duró poquísimo pues las inundaciones y las crecidas de los ríos acabaron, en un plisplás, con sus pecadoras vidas por el abuso hidrófilo que conduce al anego.
Quedó demostrado que Noé había estado en lo cierto al sostener que no tendría que remar su arca hacia ninguna parte porque el desmesurado crecimiento que tuvo el agua lo despegó de la tierra y lo puso a flote.
Todos cuanto se hallaban a salvo, unánimemente, incluidos los animales que sabían expresar agradecimiento, se lo demostraron a Noé por haberles salvado la vida, pues todos los que no habían permanecido dentro de su inmensa arca perecie-ron.
Estuvo diluviando cuarenta días y cuarenta noches. A cualquier parte que se mirase desde, los ventanucos de la nave de Noé, sólo se veía agua y más agua, nubes y más nubes, lluvia y más lluvia. El pesimista padre de Noé realizó una prematura y patética y totalmente equivocada afirmación:
—El sol ha muerto. Nunca más volveremos a verlo.
Noé, que había estado haciendo rayitas en una tabla con la punta de un cuchillo de acero inoxidable, anunció un día con solemnidad patriarcal:
—¡Se terminó! Hemos tenido ya el diluvio anunciado. A partir de esta mañana, no caerá del cielo ni una sola gota más.
Para asegurarse de que estaba en lo cierto, soltó una paloma y ésta regresó un rato más tarde con una hoja de olivo en su pico.
—Bien, en cuanto descienda el agua lo suficiente, vamos a bajar a tierra y construir un nuevo poblado donde viviremos felices y prósperos, pues no va a repetirse otro diluvio igual que éste hasta el año tres mil en que las generaciones de esa época merecerán, por su maldad, ser castigadas con un nuevo diluvio. ¡Que mis palabras sirvan de aviso para las gentes de ese tiempo!
La tierra se tragó finalmente el agua y Noé y su familia, todos comenzaron construir viviendas. Los animales domésticos, fueron enjaulados, y llevaron en adelante la misma sacrificada y ejecutada existencia que antes del diluvio. Los animales salvajes huyeron a las selvas y también continuaron considerando enemigos a los humanos, pues en la larga convivencia con ellos la opinión que de su crueldad tenían, no mejoró.
Considerando no había nadie más cualificado que él para soberano del pueblo que construyeron, eligieron a Noé. Debido a la alta dignidad que ostentó a partir de aquel momento, Noé tuvo que renunciar al alivio que le producía esconderse debajo de la cama cada vez que invadía el cielo una nube.
Finalmente, para concluir esta historia “verídica”, expongo aquí que la palabra nefofobia fue creada pensando en el “naviero” Noé, que murió 350 años después del Diluvio, a la edad de 950 años, 19 menos que el longevo Matusalén que vivió 969. Haber muerto más joven que Matusalén fue el disgusto más grande de todos los que el celebérrimo Noé se llevó a la tumba.

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