EL SONIDO QUE SALVÓ MI VIDA (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Nunca he presumido de ser valiente. Primero porque no lo soy y, segundo, porque aquellos que me conocen bien no me creerían si yo presumiese de serlo. Tampoco soy un cobarde. En cierta ocasión, durante un viaje mío al Zaire, maté a una serpiente que se estaba comiendo los huevos de mi desayuno. Me fue fácil atravesarle la cabeza con un tenedor. Tengo adquirida mucha practica pinchando las aceitunas de las ensaladas.
Bueno, después de esta insignificante introducción personal, paso a narrar la situación de extremo peligro en la que me hallé allí, en mitad de la selva, desarmado y sin nadie conmigo que pudiera ayudarme, cuando surgió de la espesura, a un par de metros de donde yo me encontraba, un león tan grande como una catedral.
Los ojos de esta terrible fiera me miraron de un modo igual de escalofriante a como dicen que miraba Jack el destripador a sus víctimas, o sea una mirada de esas que, aunque no tengas ganas, te causan incontinencia. Por si colaba, traté de razonar con aquel enorme animal melenudo, empleando un tono de voz melifluo y encantadoramente amistoso:
—Oiga, señor León, no me mire como si usted y yo no fuésemos compatibles. No soy su enemigo. No tengo intención alguna de agredirle. Mire mis manos vacías, sin armas y sin callos. Soy tan pacifico que aquí me tiene en un lugar tan peligroso como éste sin tan siquiera disponer de un tirachinas.
La respuesta de aquella gigantesco fiera fue abrir su boca tan grande como una entrada del metro y poblada de más dientes que fichas posee el juego del dominó.
—Tranquilo. No tengas miedo —me dijo aquella bestia, con voz de trueno—. Llevo varios días sin comer, pero poseo unos modales excelentes. Y además no existe en mí el menos atisbo de crueldad. Te tragaré entero, sin masticarte, y no sentirás dolor alguno.
—Le agradezco la delicadeza con que piensa tratarme, pero tenga la amabilidad de buscar a otro para calmar su hambre. Haga como yo, que también estoy famélico, pero me aguanto. No pienso en comérmelo.
Y dicho esto, veloz como un rayo y más ágil que un trapecista, di un salto colosal en el aire y aterricé encima de un enorme elefante que, justo en aquel momento, pasaba por allí. No tuve suerte con él, era un paquidermo carente de solidaridad, pues me gritó airado:
—Bájate inmediatamente, polizonte de mierda, o te bajo yo de una trompada.
—No le creo capaz de tener tan mal corazón —respondí encogiendo las piernas, pues con su zarpa el furibundo rey de la selva trataba de alcanzármelas.
—Te equivocas. Tengo más mal corazón que nadie de este mundo —aseguró el mastodonte.
Y acto seguido me agarró por el cuello con su maldita tropa y, cuando la balanceaba con la intención de estrellarme contra un árbol, sonó mi odioso despertador.
Ha sido la única mañana, en los diez años que poseo este trasto, en que no lo he maldecido ni he sentido ganas de darle mil martillazos.

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