SAN PATRICIO: ¿CERVEZA O ROLLS-ROYCE? (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
En una estación del tren de la ciudad de Londres, una señora inglesa perteneciente a La Liga Antialcohólica, micrófono en mano, con la intención de entrevistarle se detiene delante de un irlandés que se halla sentado echando tragos de una botella que tiene en su mano:
—¿Bebe usted cerveza todos los días?
—Sí señora, todos los días sin faltar ni uno solo —alegremente el preguntado—. Desde un san Patricio a otro san Patricio.
—¿Y cuántas cervezas toma al día? —mirándole severamente la entrevistadora.
—Tres paquetes de seis botellas.
—¡Qué barbaridad! ¿Cuánto paga por cada paquete de seis botellas?
—Diez libras.
—¿Y cuánto tiempo hace que bebe a ese ritmo?
—Más o menos unos veinte años.
—Si un paquete de seis botellas cuesta diez libras y usted consume tres al día, usted gasta cada mes 900 libras, que en un año equivale a 10.800 libras, ¿correcto?
—Así es. Sabe usted calcular bien, ¿eh? —admiración reflejada en su rubicunda cara.
—Calculo perfectamente —condenatoria la actitud de la entrevistadora—. Entonces si en un año usted gasta 10.800 libras, en los últimos veinte años usted ha gastado 216.000 libras.
—Correcto —empezando a mostrar aburrimiento el irlandés.
—¿Sabe usted que si hubiese bebido agua en vez de cerveza, a lo largo de todos esos años, con todo ese dinero que gastó puesto en una cuenta de ahorros ahora, con ese dinero y los intereses producidos, podría usted comprar un Rolls—Royce último modelo?
El hombre que había mencionado a san Patricio, y que además lo tenía por patrón, perdida por completo su sonrisa inicial, atacó a su vez.
—Señora, usted debe tener unos cuarenta años que es más o menos mi misma edad, ¿cierto?
—Más o menos cierto.
—Y usted no bebe nunca alcohol supongo.
—Supone bien: ¡nunca! —contundente.
—¿Tiene usted un Rollos-Royce?
—No, no lo tengo.
—Pues cuando tenga usted uno, acérquese a hablar conmigo. Y aquí termina la entrevista. Hablar con usted me ha producido muchísima sed y ahora mismo voy a tomarme un par de Guinness pues la que estaba bebiendo se terminó. Adiós, señora abstemia.
La entrevistadora frustrada le vio alejarse, su ceño fruncido por la contrariedad y preguntándose: “¿Por qué no tengo yo un Rolls-Royce?”

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *