NO SOMOS ROBOTS (OPINIÓN)

(Copyright Andrés Fornells)
Miro a mi alrededor. Miro cerca y miro lejos. Miro con ojos realistas y críticos. ¿Y qué veo que me entristece, me deprime y me asusta profundamente? Veo un desarraigo que, al igual que el ojo de un terrible huracán, crece y crece, y destruye y devasta todo cuanto encuentra a su paso.
Este huracán al que me refiero es el desarraigo. El desarraigo que se está produciendo, cada vez con mayor intensidad en gran parte de la humanidad. Un desarraigo que comienza dejando de dar importancia a la patria de uno, a las tradiciones de sus ancestros, a sus valores, a la unión de la familia y, finalmente, a los propios padres.
A mí, todo esto me parece terrorífico. Si una persona deja de amar a la tierra donde nació, a la gente que le rodea, a las personas que le demuestran afecto, a los progenitores que le dieron la vida y lo cuidaron, se convierte en una isla despoblada en la que se obliga a subsistir sin el imprescindible alimento de los afectos, de los sentimientos hermosos que hacen la vida merecedora de ser vivida, y se transforma en una especie de robot que no aprecia la sublimidad de la belleza, la generosidad de los lazos familiares, la grandeza de la amistad y desconoce que el amor nos es imprescindible.
Los robots les son muy útiles a los acumuladores de riqueza porque gracias a ellos se ahorran los salarios de muchos obreros a los que condenan al desempleo, a la miseria y a la desesperación.
Los predicadores del desarraigo y sus seguidores pretenden eliminar lo que hace tan especiales, tan grandes, tan extraordinarios, a los seres humanos. Lo repetiré: La sublimidad de la belleza, la generosidad de los lazos familiares, la grandeza de la amistad y desconoce que el amor nos es imprescindible.

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