NO ES BUENO QUE EL HOMBRE ESTE SOLO (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
La señora Asunción Maldonado, viuda de un vendedor ambulante, hombre que paraba poco en casa pues iba de un pueblo a otro ofreciendo sus quesos de artesanía, hasta que al buen hombre le truncó el futuro un camión estampándoles, a él y a su motocicleta, contra una valla publicitaria de la carretera que ponía: “Felices Vacaciones en la Costa Dorada”, dejando a la buena señora Asunción, con un año de luto garantizado porque esto era tradición en su pueblo, y una pequeña indemnización que un juez de maza en mano y corazón justo, ordenó le pagase la compañía de transportes propietaria del camión asesino.
La señora Asunción, viuda por siniestra decisión del destino, tenía un hijo un tanto brutote, pues se comía los cacahuetes con la cáscara puesta, no atinaba en el gran círculo del inodoro cuando lo utilizaba, y respondía adecuadamente con furibundos ladridos a los perros, cuando éstos le ladraban con agresividad.
Este joven en cuestión atendía al nombre de Filiberto. Filiberto no era mal parecido, tampoco era bien parecido; poseía un corpachón que, de cintura para arriba parecía talmente un contenedor de basura y, de cintura para abajo dos columnas dóricas. Muchas chicas lo venían pasar y lo mismo les daba por echar a correr despavoridas, que les daba por estudiar arquitectura.
La señora Asunción ansiosa por tener nuera con la que poder cotillear, y nietos a los que poder estropear concediéndoles todos los caprichos que le pidieran, machacaba a su hijo aconsejándole continuamente:
—Hijo, cásate. No es bueno que el hombre esté solo. No es bueno que el hombre esté solo, hijo, cásate.
Cuando Filiberto se cansó de esta cantinela materna, hasta llegar al punto de odiarla y no soportarla más, se hizo pastor de un rebaño de más de cien ovejas y reconoció cuánta razón tenía su buena madre en lo que le repetía incansablemente, pues habiendo dejado de estar solo, se encontraba muy bien acompañado, y libre de los regaños de su progenitora por lo mal que atinaba cada vez que usaba el inodoro.
Si alguno cosa motivaba que la felicidad de Filiberto no fuese totalmente completa era la monótona respuesta de sus interlocutoras acompañantes:
—¡¡¡Beeeeee!!!

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