FANTASÍA (MICRORRELATO)

 

 

 

 

 

 

 

(Copyright Andrés Fornells)
Cuando yo era muy chico, llevaba camisetas que no crecían al mismo ritmo que mi persona, pantalones cortos muy arrugados que dejaban al descubierto mis flacas y poco musculadas piernas, y calzaba siempre enormes zapatones rotos que heredaba de mis hermanos mayores. Total: que iba siempre hecho una facha.
Mi hermana Merche, que sumada en la escala de la edad dos años más que yo, se divertía mucho haciéndome víctima de sus frecuentes travesuras. Yo se las perdonaba todas porque ella poseía la risa más alegre y contagiosa del mundo y porque era dueña de una guitarra que yo deseaba con toda mi alma me dejase arrancarle sonidos.
Merche, una mañana, me propuso:
—Si sales a la calle con los labios pintados te prestaré un rato mi guitarra.
La tentación era fuerte, pero el temor al ridículo no lo era menos.
—No, Merche, que todos se reirán de mí.
—¡Y qué más da! Recuerda lo que dice siempre la abuela Rosa: “Mientras yo vaya caliente, que se ría la gente”.
Dirigí la mirada a la guitarra, suspiré y me rendí a su capricho:
—De acuerdo. Veremos qué pasa.
Y pasó que Encarni, una vecinita mía, compadecida de mí, se inventó una fantasía.
—Al hijo pequeño de la señora Inés, algunas noches, mientras duerme, los ángeles le pintan los labios con un carmín que sabe a menta.
Esto lo dijo cuando formaba parte de un numeroso grupo de chiquillas que se hallaban saltando a la comba. Las más crédulas y curiosas de ellas, cuando me acerqué a donde estaban, para gran sorpresa mía, se vinieron todas hacia mí, me besaron y, tras besarme, aseguraron convencidas:
—Es cierto, los labios de este niño saben a menta.
Esto se propagó en nuestro barrio y muchos otros niños, envidiosos de mí, salieron a la calle con los labios embadurnados de carmín. Ninguno igualó, ni de lejos el éxito mío
Encarni, la chiquilla que a mí más ilusión me habría hecho me besara, jamás lo hizo. Entristecido por ello, se lo comenté a mi traviesa hermana Merche, y ella creyó haber encontrado la explicación:
—Nene, Encarni no te ha besado porque llevas siempre la cara sucia.
A partir de aquel día me lavé la cara varias veces al día (práctica higiénica muy poco de mi agrado entonces), pero Encarni continuó negándome sus besos.
Con el tiempo sumé una larga lista de féminas que igualaron conmigo, a pesar de lo mucho que yo me lavaba la cara, la crueldad de Encarni.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *