ELLA PREFIRIÓ A QUASIMODO (MICRORRELATO)

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Algunas cosas, por lo mucho que nos impactaron en el momento que las vivimos, nunca hemos conseguido borrarlas por completo de nuestra memoria. Voy a referirme a una de esas cosas que me afectó muy directamente y de la cual todavía conservo, sin cerrar del todo, la grieta que abrió en mi tierno corazón de entonces, órgano imprescindible que todavía no he endurecido lo suficiente.
Ella se llamaba Sara y sumaba las veinte primaveras más hermosas de todo nuestro barrio. Los chicos, quitando un par de ellos que sufrían de gustos desviados, la deseábamos como desea el sediento moribundo encontrarse un salvador oasis de aguas cristalinas.
Sara y yo vivíamos en el mismo bloque de pisos y a veces coincidimos en la escalera o en el ascensor. Durante esas coincidencias de lugar, yo volcaba en los oídos de ella las palabras más hermosas que brotaban del poético manantial nacido de mi admiración y embeleso hacia su bellísima persona.
Ella aceptaba mi seductora verborrea con una sonrisa divertida y alguna sentencia en la que mostraba benevolencia y simpatía.
—¡Estás loco, chico! Me divierte mucho escuchar tus tonterías.
Yo, que por aquellas fechas vivía subido a bastante altura en la escalera del optimismo y albergaba el convencimiento de que Sara y yo llegaríamos a formar pareja, especialmente a partir de una tarde en que, dentro de la caja metálica cuya única misión consiste en subir, bajar gente y que la maldigan cuando se estropea, ella y yo nos besamos en un instante en que una repentina, mutua atracción, nos impulsó a hacerlo.
A mí, la caricia, me desnivelo integralmente hasta el punto de confesarle lo que llevaba tiempo siendo una certeza para mí:
—Te amo, Sara. Conviértete en mi chica y dedicaré el resto de mi vida a lograr que seas extraordinariamente feliz.
—¡Déjate de locuras, chico! —con manifiesta expresión de enojo—. Solo nos hemos dado un beso porque hace unos instantes nos apeteció a los dos. Sólo eso. Y no volverá a repetirse nunca más. Veo eres uno de esos tipos insensatos que pierden la cabeza enseguida —remató esta acusación dirigiéndome una mirada reprobadora, furiosa.
—Pero yo te amo —esgrimí en mi candidez y enamoramiento, como si este sentimiento mío obligatoriamente tuviera que corresponderlo ella.
—¡Oye, serénate, chico! —mostrándose cada vez más severa—. Yo no siento por ti lo que tú dices sentir por mí. Así que guarda para otra esos sentimientos que acabas de exponer.
Habíamos llegado abajo, y ella abandonó el ascensor con paso rápido y evidentemente enfadada conmigo.
Su rechazo me dolió muchísimo. Yo aún no había desarrollado una buena coraza para protegerme de rechazos y desengaños. Sin embargo, Sara me importaba demasiado como para renunciar fácilmente a ella.
Una semana más tarde me la encontré en el portal. Estaba arrebatadora. Iba vestida como una modelo a punto de desfilar por la pasarela, y desprendía su escultural figura una fragancia embelesante. Con voz trémula de emoción le ofrecí:
—Hola, Sara. Dime dónde quieres ir y te llevaré.
—¿Tienes coche ahora? —se sorprendió.
—No, te llevaré a cuestas. Cuento con mi ancha espalda y mis fuertes piernas. Súbete y lo comprobarás —colocándome de modo que pudiera hacerlo.
—¡Vaya, tu siempre con tus ocurrencias originales! Gracias, pero acaba de llegar quién yo estaba esperando.
En aquel mismo momento se detuvo un impresionante Ferrari al borde de la acera. Lo conducía un tipo más feo que Quasimodo. Sara corrió a tomar asiento a su lado. Les vi darse un beso en la boca y a continuación, el flamante deportivo con ellos dentro se unió al denso tráfico.
Y yo me quedé desmoralizado, con un doloroso desnivel en mi herido corazón y convencido de que Sara prefería la cartera llena de tarjetas de crédito de aquel individuo feísimo, a mis poéticas palabras y mis miradas de adoración.
A Sara le guardé cierto rencor hasta que finalmente me enamoré de nuevo. Esta segunda vez de una chica que, al igual que yo, prefería los románticos poemas de amor a las prosaicas colecciones de tarjetas de crédito.

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