UN VIEJO PESCADOR PESCÓ UNA PIEZA EXTRAORDINARIA (MICRORRELATO)

pescador
Hubo una vez un pescador anciano, humilde dueño de una vieja barquichuela. Manteniéndose con ella cerca de la costa él ganaba su sustento pescando un puñado de peces todos los días.
Un día creyó que la suerte, hasta entonces siempre esquiva a lo largo de su vida, había cambiado de parecer ya que un pez bastante grande arrastró uno de los anzuelos hasta el fondo donde se soltó provocando con esta maniobra que el anzuelo quedara cogido de un objeto que llevaba allí hundido en la arena cientos de años.
El pescador tiró del sedal advirtiendo inmediatamente que por el peso y la nula resistencia que le ofrecía izándolo no se trataba de un pescado. Para in-mensa sorpresa suya descubrió que había cogida al anzuelo una espada antigua con la empuñadura de oro y piedras preciosas.
—¡Dios de los Cielos, esto vale un taco dinero! —exclamó exultante de alegría.
Y empezó a bogar en dirección a la playa con un entusiasmo que no había igualado desde sus años mozos. Llegado a tierra se dirigió directamente a una joyería y le dijo al joyero que quería venderla. El joyero resultó ser un hombre honrado y buen conocedor de la historia de Andalucía.
—Tendrás que declararlo al ayuntamiento y que allí te digan si puedes vender la espada o no —le dijo.
—¿Y eso por qué? Lo que uno se encuentra en la mar se lo queda, ¿no?
—No es así cuando se trata de algo histórico y tú acabas de pescar la espada que Boabdil, el último rey de Granada. Espada que tiró al mar cuando zarpó de Adra en dirección a Marruecos.
El pesador cumplió con la ley. Le llovieron las entrevistas. Radio, televisión, periódicos y revistas lo reclamaron. Tuvo que contar miles de veces cómo había conseguido pescar aquella famosa espada. Se hizo famoso, pero como de la fama sólo progresan los que saben utilizarla, aquel pescador no supo hacerlo y siguió viviendo pobremente después de haber tenido en su poder una pieza histórica de incalculable valor. Y como solía decir él, con pesimismo y tristeza:
—Para el nulo provecho que conseguí, más me habría valido pescar una ballena y que ésta me tragase como le ocurrió a ese desdichado pescador antiguo que se llamó Jonás.

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