LOS PERROS EN NUESTRA VIDA

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LOS PERROS EN NUESTRAS VIDA

Toda mi vida he tenido debilidad por los perros, y muy especialmente por los pastores alemanes. Al que aparece en la fotografía le puse el nombre de Tristán, no me pregunten el por qué de este nombre, porque no sé explicarlo. El perro me lo regaló Gisela, una buena amiga alemana. Tristán era hijo de dos campeones mundiales por lo que poseía un pedigrí envidiable y una presencia extraordinaria. Era fuerte, bello, noble y sobre todo fiel.

A Tristán le enseñé todo lo que mi paciencia y modesta capacidad instructora me permitió. A una orden mía este inteligente animal saltaba vallas, pasaba por un improvisado túnel, se sentaba, tumbaba o permanecía sentado sin moverse donde yo le ordenaba, hasta que minutos más tarde regresaba junto a él. Yo vivía por aquel entonces en una pequeña y vieja casita cerca de la playa, de la que sin necesitad de escritura ni título de propiedad ninguno, Tristán se sentía tan dueño de nuestra vivienda como el resto de la familia.

Tristán era tan fiero para la gente de afuera, como manso y noble para los que él consideraba su familia. Mi hijo pequeño  lo sometía a mil travesuras, sin que nunca le enseñara los dientes o demostrara enfado alguno. Algunas de estas travesuras eran meterse dentro de su perrera y no dejarle entra en ella, tirar de su rabo o convertirlo en póney, papel que desempeñaba meneando su rabo como si quisiera celebrar con estos movimientos las divertidas risas de mi travieso hijo.

Pudimos disfrutar de la compañía, el cariño y la fidelidad de Tristán durante doce años. Seguramente hubiera podido vivir un par de años más pues lo habíamos cuidado muy bien, pero estaba escrito en su destino que no iba a tener una muerte normal por vejez. Durante una ausencia nuestra, unos ladrones pretendieron entrar en muestra casa. Él consiguió impedírselo y lo pago muy caro: lo degollaron. Tristán murió, para nosotros, sus compañeros y amigos, como un héroe. Como más de un lector de este escrito se habrá figurado, lloramos la pérdida de nuestro viejo perro como si fuera la de un familiar, lo cual es lógico por otra parte, pues eso era él para nosotros: un miembro más de la familia.

Por si alguien se pregunta por qué he escrito hoy esta breve historia, la respuesta es que hoy echando un vistazo a fotografías antiguas, he estado viendo una foto en la que aparece Tristán y un alud de recuerdos le han devuelto la vida. Espero no escandalizar a los muy intolerantes si digo: ¡Descansa en paz, Tristán!

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