UNA AVENTURA ESPECTACULAR (primer fragmento)

        Música, bullicio, risas y alcohol. El bar del hotel Sargazos se hallaba, igual que todas las noches, muy concurrido. Contribuía a ello el hecho de que la gran mayoría de los clientes que lo frecuentaban eran turistas alojados en el mismo establecimiento.

        Atendía la barra un camarero de cabeza amelonada, cuyos ojos hundidos y espesas cejas salidas, delataban muy a las claras su ascendencia troglodita.  De pronto, mientras se exhibía agitando a ritmo de chachachá la coctelera en cuyo interior se mezclaban los ingredientes correspondientes al cóctel que pusieron de moda los norteamericanos con el nombre de Manhattan, se le animó la mirada al posarla en la persona que en aquel momento se acercaba a la barra. Se trataba de su amigo Pepe Fiestas.

            —¡Joder, qué alegría me da verte, amigacho! —saludó.

        —Pues la mía de verte a ti, no cabe aquí dentro, Miguelito —respondió, jovial,  el recién llegado realizando con su mano un gracioso gesto giratorio que significaba el establecimiento al completo.

          Soltaron ambos sendas carcajadas jubilosas.  El camarero quitó el tapón a la coctelera y vertió su contenido dentro de una copa de fino cristal. Hecho esto, se la sirvió a un hombre mayor que se agarraba a la barra, como un naufrago a una tabla salvadora.

          —¿Qué te pongo, Pepe?

          —Sorpréndeme con alguna de sus maravillosas creaciones, Miguelito.

          —Te voy a preparar un coctel que te vas a cagar patas abajo.

       —Pues antes de prepararlo, compañero, suminístrame un buen rollo de fino papel higiénico, por si acaso.

          Dieron de nuevo protagonismo a su risa.

           Mientras su amigo iba metiendo dentro de la coctelera chorros de licores diferentes, Pepe Fiestas recorrió con mirada de gavilán su entorno. Tenía veinticinco años, era esbelto de cuerpo y hermoso de rostro. Vestía unos ajustados pantalones blancos, marcando trasero, y una chillona camisa más floreada que un jardín en primavera. Pepe Fiestas se consideraba un conquistador de éxito, y razones le sobraban para ello, pues eran ya tantas las hembras que llevaba gozadas, que había perdido la cuenta.

         Miguelito, esta vez agitó la coctelera al ritmo del merengue que lanzaban al aire los altavoces estratégicamente distribuidos por el interior del establecimiento. Finalmente, desde una altura considerable, remató su pericia dejando caer el contenido del recipiente mezclador dentro de un vaso largo, la boca del cual adornó con una rodaja de naranja entregándoselo a continuación a Pepe Fiesta, que ensalzó merecidamente su mérito:

       — ¡Joder qué show, Miguelito! ¡De película, tío!

       —El que sabe, sabe, Pepe. Y el que no al cole, que para eso están.

       Pepe Fiestas echó un trago, chasqueó la lengua, puso cara de alucinado y exclamó:

    —¡De puta madre, colega! Esto es bueno hasta para poner tiesos los plátanos melancólicos y decaídos.  ¿Qué lleva: dinamita?

         Nueva explosión de hilaridad a dúo, que interrumpió la llegada al mostrador de una mujer de bandera, y que se colocó justo al lado de Pepe Fiestas.

        —Una güisqui, por favor, camarero —pidió ella a Miguelito, empleando un español cargado de acento extranjero.

        Mientras el barman se lo preparaba, su amigo Pepe Fiestas le dio un buen repaso visual a la forastera. Melena rubia, ojos azules, boca carnosa y una exuberante arquitectura corporal encerrada dentro de un ajustado vestido rojo.

       Con el vaso de güisqui ya en su mano, la belleza se volvió hacia Pepe Fiestas y acompañándose de una sonrisa cachondísima le preguntó:

            —¿Tú piensas mí estoy buena?

        —Yo pienso tú estar más que buena. Tú estar buenísima, princesa —replicó Pepe Fiestas usando igual que ella el lenguaje indio, al tiempo que la devoraba con la mirada.

        —Mi gusta tú —declaró ella sin cortarse lo más mínimo—. ¿Tú gitano?

        —Yo seré lo que tú quieras, mi alma.  Menos vikingo, por lo de los cuernos.

        —A mí gusta mucho gitano. ¡Olé! Gitano tiene temperamento de fuego.

           Acompañó ella esta afirmación dando un giro aflamencado con los brazos en alto.

        —Si lo que a ti te gusta, guapísima, es el fuego, acabas de dar con un volcán a punto de erupción —Pepe Fiesta, embalado.

        —A mí gusta mucho apagar volcán. Mi estar muy sola. Marito mío marchar ayer. Negocios. ¡Malditos negocios!

        —La soledad es una cosa muy mala, muy triste, mi alma. Aquí me tienes tú a mí dispuesto a hacerte toda la compañía que tú quieras.

         Ella lo examinó de arriba abajo. Movió aprobadoramente la cabeza. Se terminó de un largo trago el contenido de su vaso y decidió:

           —Tú viene conmigo habitación, ¿sí?

           —Yo voy contigo hasta el fin del mundo, mi reina —entusiasmado el ligón.

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