ALBERTITO ALEGRÍAS CAMBIO DE “LOOK” (MICRORRELATO)

ALBERTITO ALEGRÍAS CAMBIO DE “LOOK” (MICRORRELATO)

Albertito Alegrías, a pesar de su gracioso apellido recibido por parte de padre, era un chico muy serio, formal y varonil. Estas cualidades suyas, que un siglo atrás serían calificadas de apropiadas, convenientes y loables, en la época actual, a su chica, Marisa Tinaja, apellido que provenía de un antepasado muy lejano suyo que fue alfarero, no le concedía el mérito que debiera y lo incordiaba continuamente:

—Oye, cambia de “look” que te pareces a ese poeta cursi, cursi, cursi.

—¿A qué poeta me parezco? —disgustado su novio.

—A ese que se metía con las golondrinas y decía tonterías sobre cuando esas aves se iban o volvían, según una u otra estación del año.

—¿Te refieres a Gustavo Adolfo Bécquer?

—Ese mismo. ¡Qué horror! Pásate por una peluquería moderna a que te cambien el “look”, que me matas de lo antigüito que eres.

Albertito aceptó que a su chica no le gustaba su pulcro peinado hacia atrás con rectísima raya en su lado derecho.

—¿Qué peluquería me recomiendas tú que yo vaya? —cediendo finalmente él.

—Vete a la Guay Siglo XXII, donde te darán un cambio radical. Cuando salgas de allí no te reconocerá ni alguien que te tiene tan visto como es tu propia madre. Tendremos un antes y un después de tu visita a ese imperio de la moda.

—Por el amor que te tengo, haré lo que tú quieres.

Una mañana soleada y sin nubes indiscretas ocupando espacio en el cielo, Albertito entró en la peluquería Guay Siglo XXII. Lo atendió una peluquera que tenía dentro de su cuerpo más kilos de los que ella deseaba, media docena de tatuajes y parecida cantidad de piercings, le sonrió con dientes dorados y relucientes y le preguntó:

—¿Qué quieres le hagamos a tu cabeza de fregona?

—Quiero un corte de pelo a la última moda —armándose de valor Albertito.

—Estupendo. Verás tú que maravilla de las maravillas hago yo con tu actual estilo de pelo troglodita.

La peluquera regordeta, con pinturas y tornillos por todo su cuerpo, le hizo sentarse en uno de los sillones que tenían cerca y lo primero que hizo fue taparle los ojos con una venda quitándole por completo la visión, e inmovilizarlo, acto seguido, con una sábana de color morado. A continuación manejando con soltura peine, tijeras y navaja comenzó a hacer con el abundante pelo de Albertito lo que le dio la real gana.

Cuando terminó y realizó el cobro de sus servicios, le dejó a Albertito anoréxica la tarjeta de crédito y no le peermitió mirarse en el espejo diciéndole:

—¡No te mires! Cuando salgas a la calle, comprobarás por la reacción de la gente la maravilla de peinado que te he confeccionado con mi arte suprema e insuperable.

Albertito obedeció haciendo gala de su mansedumbre habitual. Salió a la calle. Sentía cierto mareo debido al olor que desprendían los productos químicos empleados por la abusivamente decorada peluquera, en su pelo.

Enseguida se dio cuenta de que la gente que pasaba cerca de él, al mirarlo mostraba asombro, pasmo. Pero esto no fue lo peor. Lo peor fue que se dio cuenta de que, en nada de tiempo una multitud de amanerados caballeros de esos que llaman “de la pluma” le seguía lanzándole requiebros y besos voladores.

Abochornado, con las mejillas incendiadas, se detuvo delante de un escaparate y descubrió que su pelo formaba dos tupés que mostraban todos los colores del arco iris y con un lacito que ponía: “Soy ambos: el rey y la reina”.

En un primer momento, Albertito luchó con su corazón que parecía firmemente dispuesto a declararse en huelga definitiva. Transcurridos un par de minutos se recuperó. Se abrió paso entre la multitud de seguidores que lo contemplaba con ojos embelesados, y salió disparado hacia la peluquería.

Antes de que pudiera precipitarse, rojo de ira sobre la peluquera que le había cambiado el “look”, todos los empleados del establecimiento con la ayuda de algunos viandantes voluntarios y un general retirado, consiguieron inmovilizar al furibundo Albertito.

Y lo que son las cosas y el destino de las personas, Marisa se quedó sin Albertito que no le perdonaba lo enviase a la peluquería Guay Siglo XXII, pero casi enseguida inició relaciones con una tal Juanito Banana que había vivido desde su pubertad explotando a las mujeres y que, para no variar la explotó a ella.

Algunos que conocían la cualidad que poseía Juanito Banana para llevar tantos años viviendo de las féminas no lo divulgaban por vengativo rencor.

Albertito del shock recibido por el multitudinario número de admiradores que le habían surgido durante el corto tiempo en que mantuvo su nuevo “look”, se encerró en un monasterio y encontró sosiego y felicidad en la vida monacal.

(Copyright Andrés Fornells)