¡ADIÓS, RATA TRAIDORA! (MICRORRELATO)

¡ADIÓS, RATA TRAIDORA! (MICRORRELATO)

Maira González acababa de escuchar en las noticias del televisor una de ellas que la hizo dar, en el sofá donde se hallaba sentada, un salto de alegría tan elevado que a punto estuvo de dar, con su cabeza de rubia falsa, en el techo. Estando en el aire, y antes de caer de nuevo sentada en el destartalado mueble se tapó la boca para que su marido, al que creía dormido, al oírla despertase alarmado.

Maira sintió su corazón, convertido en cañón de artillería disparando igual que si la patria suya hubiese sido invadida por varios ejércitos enemigos y se estuviese defendiendo. Y consideró alarmada: <<Debo calmarme, serenarme, pues este alocado, escandaloso reloj alojado dentro de mi pecho corro el peligro de que me estalle por la alegría mía tan grande>>.

Con las piernas temblorosas y los pasitos vacilantes, Maira se desplazó hasta la mesa encima de la cual tenía su bolso. Registró dentro de él y no tardó en dar con lo que buscaba y así tuvo la certeza de que su memoria no le había fallado.

Escuchó entonces un ruido proveniente del dormitorio y pensó que su marido ya estaba despierto y por este motivo evitaría disgustarle despertándolo ella. Le daría inmediatamente el extraordinario suceso que le había ocurrido y que compartirían los dos.

Abrió la puerta de la habitación y le vio a su consorte vestido y calzado, con la maleta colocada encima de la cama y metiendo dentro de ella toda su ropa.

—¿Qué ocurre? ¿Qué haces? —preguntó perpleja, una mano apoyada en la cadera y, la otra escondida detrás de la espalda.

—Pues ocurre, feúcha, que me voy. Te dejo. Me he enamorado perdidamente de otra mujer joven y hermosa, dos importantísimas cosas que tú perdiste hace ya bastante tiempo, en el caso de que lo hubieses poseído alguna vez.

Maira estuvo a punto de desmayarse del shock que acababa de recibir. Sacando fuerzas de su orgullo de mujer herida logró balbucir:

—Pero tú decías que me amabas.

—Eso fue siglos atrás, encanto. Ahora, siendo más justo que cruel, te digo que me das pena, y me ahorro, siendo muy considerado, decirte que das asco.

Su mujer calló. El disgusto que acababa de llevarse con las humillantes y ofensivas palabras de su cónyuge la habían conmocionado. Temblaba toda ella y cubría su rostro una total palidez.

El hombre grosero, desconsiderado y ruin, cerró su maleta, se volvió hacia su esposa y observando que ella mantenía sus ojos secos, apuntó sorprendido:

—Estás rara. ¿Cómo es que no rompes a llorar y a suplicarme que no me vaya, que me quede contigo?

Maira reaccionó finalmente. Su amor propio herido mantenía secos sus ojos. Cerró con fuerza sus puños y encorajinada, rebelándose contra el hombre que la estaba despreciando en tal medida, respondió:

—¡Eres el hombre más cruel y detestable que he conocido en toda mi vida! ¡Lamentaré mientras viva toda la dedicación y el afecto que te he tenido durante los diez años que hemos vivido juntos! ¡Vete bien lejos donde yo no pueda verte nunca más!

Él encogió los hombros en un gesto que demostraba plena indiferencia frente a la dolida indignación de ella.  Cogió el asa de su maleta y se dirigió hacia la puerta que daba a la calle. Antes de abrirla, preguntó a su ultrajada esposa, extrañado:

—¿No me suplicas que me quede?

—Claro que no. Vales demasiado poco para que yo me rebaje delante de ti. Adiós, rata traidora!

Él soltó una risa sardónica y a continuación salió definitivamente de la casa.

Su mujer corrió el pestillo de la puerta para que él no pudiese entrar de nuevo, en el caso de pretenderlo, y a continuación lanzó un estentóreo grito de triunfo, sacó de detrás de la espalda la mano que había mantenido escondida allí todo el tiempo, y besó la participación de lotería cuyo número había obtenido un premio de seis millones de dólares, que serían completos, enteros, absolutos, para disfrutarlos ella solita.

(Copyright Andrés Fornells)