EL INCOMPRENSIBLE MISTERIO DEL DESAGRADECIMIENTO (PÍLDORAS FILOSÓFICAS)

(Copyright Andrés Fornells)
Hoy tengo uno de esos días en que la melancolía, la tristeza y el dolor profundo que tantas personas nos vienen causando, con toda intención o sin ella, me impulsa a emitir un juicio justo, aunque posiblemente algo alejado de la piedad.
Hay una condición humana que no para de extenderse y que, de ninguna manera soy capaz de comprender, disculpar ni de aceptar con benevolencia. Y es la ruin inclinación de tantas personas que no sólo no agradecen el bien que reciben, sino que además de no experimentar agradecimiento por el bien recibido, sienten odio hacia las personas que de un modo generoso y altruista les han favorecido.

UN HOMBRE APOCADO Y UNA MUJER SOÑADORA (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Alfredo Penas consideraba, en su innata modestia, que él poseía un único mérito: era una buena persona. Ayudaba a las ancianas y a los ciegos a cruzar la calle y llevaba un puñado de caramelos en el bolsillo para dárselos a los niños que, yendo él por la calle veía llorar, y conseguir con este detalle suyo se les animase la carita y dejasen de hacerlo.
Por lo demás, Alfredo era bastante menguado de estatura, desprovisto de musculatura y rematadamente feo. Tanto era así, esto último, que se vio obligado a dejar de ir al zoológico porque montones de simios, cuando lo veían, intentaban romper los barrotes de sus jaulas para reunirse con él creyéndole familiar suyo y, más de un pequeñín lo llamó, desesperadamente:
—¡Papá, papá!
Además de su falta de encantos físicos, Alfredo era patéticamente tímido y si una mujer lo miraba, aunque fuese con indiferencia o lástima durante un segundo y medio, se ponía rojo como las flores del granado, temblaba todo su cuerpo y se llenaba de truenos su timorato corazón.
Y para añadir más sufrimiento a su apocada persona, a Alfredo le gustaban las mujeres tanto como a los niños gustan sus tartas de cumpleaños. Y cuando ellas no miraban en su dirección, él las contemplaba con arrobo hasta el punto de tener que vigilarse para no babear embelesado.
Una tarde de primavera, Alfredo fue a pasear al parque con la intención de admirar y embriagarse con el perfume que las sonrientes flores desprenden en esa privilegiada época. Se entretuvo observándolas en los parterres asomándosele a los labios una sonrisa alelada, de tierna admiración.
De pronto se detuvo delante de él una mujer joven y muy agraciada que lo dejo boquiabierto de sorpresa al preguntarle:
—¿Cómo se llama usted?
—Alfredo —dijo él trabucándose, adorándola con sus ojos mansos.
—Lo sabía —dijo ella, entusiasmada.
—Pues no sé cómo lo sabe. Creo que no nos conocemos de nada —sensato él.
—Bueno, usted puede que no me conozca, pero yo si le conozco a usted. Y le conozco muy bien.
—¡Vaya! ¿Y de qué me conoce usted? —cada vez más perplejo él.
—Pues porque sueño con usted todas las noches.
—¡Vaya! Me resulta increíble —reconoció él con total incredulidad.
—Pues le aseguro que es cierto. Sueño con usted todas las noches —mostrándosele muy ilusionada ella.
—¿Y qué sueña usted, si me permite preguntárselo? —destrozándose él las manos de tan nervioso.
—Sueño que es el hombre de mi vida y que casada con usted seré inmensamente dichosa.
Una de las virtudes que Alfredo poseía era la capacidad de leer en los ojos de las personas si éstas decían verdad o decían mentira, y aquella joven decía la verdad. Pero como otra virtud suya era la honestidad, manifestó:
—Oiga, pero si yo no valgo nada. Si he tenido que dejar de ir al zoológico porque los monos me creen un pariente suyo y quieren escapar de su jaulas para abrazarme.
—Usted, como todos los seres maravillosos, no sabe valorar lo muchísimo que usted vale —afirmó ella convencida—. ¿Dispone usted de tiempo para que nos acerquemos al zoológico? Me encantaría ver lo que acaba de contarme sobre los primates que hay allí.
—Para usted tengo yo la vida entera de tiempo, y mil vidas más que me prestaran —galante, envalentonándose.
Ella rio feliz, y Alfredo rio feliz también. Y ambos cogidos del brazo caminaron en dirección al lugar donde tienen presos a los animales. Y una vez allí rieron y se conmovieron con las acrobacias de los simios, las demostraciones de afecto hacia Alfredo y sus grititos de papá, papá.
Y ellos dos, tal como ella había soñado, jamás se separaron. Para los curiosos que sientan interés por conocer el nombre de aquella joven bonita y soñadora, les informo que se llamaba Eva.
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LA MUJER QUE HABLABA A LAS PALOMAS (MICRORRELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

Mañana soleada. Parque céntrico de la ciudad. Una mujer de unos cincuenta años, mientras les da de comer a un numeroso grupo de palomas que la rodean, les habla, les pone cara seria, les reprende, les aconseja, les sonríe, les dice cosas tiernas.
Las palomas comen y emiten sonidos de imposible interpretación para los humanos no dedicados a la colombófila.
Otra mujer, que lleva un rato observándola con cierta curiosidad, se acerca a la mujer que proporciona alimento a las aves y, en un tono entre afectuoso e irónico le dice:
—Oiga, ¿las palomas le contestan a todo lo que usted les dice?
La mujer que da de comer a las palomas se vuelve hacia la mujer que le pregunta y responde mostrándole simpatía:
—No. No me contestan, pero por lo menos me escuchan, algo que en mi casa no hacen ni mi marido ni mis hijos.
—La entiendo perfectamente. Deje de hablarles a las palomas, vengase conmigo a un banco y hablemos nosotras. A mí, en mi casa, me ocurre lo mismo que le ocurre a usted en la suya: ni mi marido ni mis hijos me escuchan.
Y sentadas en un banco, ambas mujeres hablan y hablan hasta secárseles la garganta y toser, pero no les importa sus toses porque son toses felices.
Las palomas, a su alrededor, también zurean lo suyo. Bueno, aquellas que no están entretenidas llenando de excrementos la estatua de un famoso general. Evidentemente ellas no entienden de guerras ni de héroes, ni están expuestas a ser multadas, o algo peor, encarceladas y torturadas, o silenciadas para siempre.

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“MADRE LEÍA NOVELITAS DE AMOR” –EL MÁS TIERNO DE TODOS MIS LIBROS–(LIBROS)


“MADRE LEÍA NOVELITAS DE AMOR” El más tierno de todos mis libros.
Adanito, un niño fantasioso, travieso y soñador, cuenta con entrañable candidez y sinceridad los acontecimientos diarios que vive con sus amigos y su familia. Un día, Adanito descubre la causa por la que su madre, soltera, suspira cuando lee novelitas de amor,
y decide poner su máximo empeño en ayudarla a conseguir lo que él cree la hará inmensamente feliz.
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DOS NIÑOS POBRES ANTE UN JUEZ (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
El juez de menores tenía un fuerte dolor de cabeza aquella mañana. Se la producían siempre las sesiones de juicios rápidos múltiples.
El dueño de una tienda de animales de compañía le había traído dos niños de ocho años a los que acusaba de haberle robado un cachorrito.
El señor juez examinó detenidamente a los dos acusados: iban mal vestidos y sucios. Dedujo por su aspecto que pertenecían a algún barrio de chabolas habitado por marginados de la sociedad. Parados hundidos en la miseria, ladronzuelos, supervivientes gracias a lo que una sociedad consumista y despilfarradora tiraba a los cubos de basura, y niños candidatos a la delincuencia y al analfabetismo. Los pequeños estaban asustados, temblaban, anidaba el miedo en sus grandes ojos. Cruzó su mente un pensamiento derrotista: “No creen en la justicias, solo la temen”.
El dueño del negocio había terminado su denuncia exigiendo un firme castigo para los dos ladronzuelos. El letrado no le demostró con su mirada el desagrado que le había producido el modo en que el tendero había formulado su acusación, despectivo, con manifiesto odio.
—Bien. Puede sentarse —le dijo sin demostrarle simpatía ninguna.
A los niños les ordenó se pusieran en pie y procurando no mostrara severidad su voz, les preguntó si admitían haber robado a un cachorro. Los chiquillos, trabucándose, hablando los dos a la vez admitieron el hurto y una razón por la que haber perpetrado el mismo, demostrando su nerviosismo con movimientos continuos de sus manos sucias. A la anciana Mercedes, que no tenía en el mundo nada más que su fiel perro, este se le había muerto y habían decidido regalarle otro para que la hiciese compañía y dejase ella de estar llorando todo el tiempo. Y como no tenían dinero para comprarlo, se lo habían llevado de la tiende de aquel hombre gordo que, no habiéndose conmovido con su historia, y habérselo regalado, no tuvieron más salida que robarlo.
El juez les creyó. Tenía una dilatada experiencia tratando con delincuentes y conocía muy bien leer en sus ojos si le decían la verdad o no.
En aquel momento. El hujier trato de echar de la sala a una anciana que se había colado a la fuerza. Llevaba ella en sus brazos, acunado como si de una criatura humana se tratara, a un perrito blanco.
—Déjela que hable —indicó el magistrado al empleado del juzgado.
La anciana, con lágrimas en los ojos, le contó lo buenos chicos que eran los dos acusados y que ella devolvería el perrito aunque ya lo quería con toda su alma, con tal de que a los pequeños no les ocurriese nada, no recibiesen ningún castigo.
—Si la justicia castiga sus buenos sentimientos, su reacción en el futuro puede ser dejar de tenerlos, señor juez —explicó con voz entrecortada.
El hombre de la toga desgastada por infinidad de lavados, observó con la serenidad que le caracterizaba al acusador, a los acusados, y a la anciana que había salido en su defensa. Él era una persona bondadosa, pero también justa.
—¿En cuánto valora ese cachorro que le sustrajeron estos dos chiquillos? —preguntó al comerciante.
—En cien euros.
—¿Y si lo comprase yo que me cobraría?
—A usted, señoría, le haría un precio especial.
—¿Qué precio? —manteniendo el magistrado una seriedad que no sentía.
—Para usted cincuenta euros, señoría.
—Bien, acérquense usted y la anciana.
Los dos llegaron junto al estrado. El primero con expresión desconcertada. La anciana llorosa y asustada. El juez sacó de un bolsillo de sus pantalones la cartera, contó cincuenta euros se los entregó al tendero y le dijo:
—Tenga. Ya puede marcharse. El perrito es ahora mío.
—Cierto señoría, que lo disfrute.
El comerciante se marchó feliz. Había ganados en aquella venta veinticinco euros. El magistrado llamó a los dos niños y cuando los tuvo delante, mirando temerosos hacia arriba pues sus cabezas apenas llegaban a la parte superior del estrado, ordenó a la anciana:
—Señora, tenga la amabilidad de entregarme el perrito.
La mujer dudó un momento. Le había cogido ya tanto cariño. Cuando el juez tuvo al animalito en sus mano se lo entregó a los niños y les dijo:
—Os lo regalo. Sois dueños de hacer con él lo que queráis.
Los pequeños, presurosos, se lo dieron a la anciana. Los tres se abrazaron riendo alegremente, le dieron las gracias al hombre de leyes y se marcharon juntos haciéndole carantoñas al perro que no paraba de darles lengüetazos y mover contento el rabo.
El señor magistrado reparó en que, de repente, el dolor de cabeza que llevaba un buen rato atormentándolo había desaparecido. Y no solo eso, sino que notó que una oleada de bienestar recorría todo su cuerpo. “Qué raro, pero que bien me siento”, se dijo. Y además de lo anterior reparó en que llevaba tiempo sin sentirse tan feliz, y consideró que para emitir juicios como el que acababa de realizar había él querido desde su adolescencia estudiar jurisprudencia.
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EL LISTO DE LA CLASE Y EL PROFESOR (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
El profesor era muy mayor. Las viejas y deterioradas gafas que llevaba incomodaban a sus ojos obligándole a forzar la vista todo el tiempo, y también lo incomodaba su dentadura postiza obligándole a chuparse todo el tiempo las encías. Sentado detrás de su mesa coja, situada frente a los pupitres de sus alumnos, después de pedir a estos atención les dirigió la siguiente pregunta:
—¿Puede alguien darme un ejemplo sobre coincidencias?
—¡Yo, profesor! —el listo de clase.
—Veamos ese ejemplo, Pepe Pérez.
—Mi padre y mi madre se casaron el mismo día, a la misma hora y en la misma iglesia por el mismo cura.
—Puede valer —aceptó el pedagogo, aguantando con resignación las carcajadas de la totalidad de sus alumnos. Espero a que terminase el regocijo general para realizar otra pregunta—: ¿Cuál creéis que tiene mayor utilidad para los humanos: el sol o la luna?
—¡Yo lo sé, profesor! —el listo de la clase.
—¿Puedes explicarnos por qué tiene mayor utilidad uno de los dos?
—Muy fácil, profe. La luna es más importante que el sol. De noche esta oscuro y gracias a la luna se puede ver algo. Durante el día tenemos mucha luz, y el sol no hace falta que alumbre en absoluto.
Cuando terminó la explosión de risas, el maestro dijo recorriendo con severa mirada a todos los presentes:
—Bien, atentos a los siguiente: Durante un mes me traeréis cada uno de vosotros un euro todos los días a la clase y me los entregaréis para que yo se los de a mi esposa.
—¿Para qué quiere usted ese dinero, profesor? —se adelantó a todos los demás Pepe Pérez.
—Para comprarle una corona al alumno de esta clase que se muera de la risa por culpa de Pepe Pérez.
Los alumnos se rieron más fuerte que nunca. Ninguno de ellos se murió y todos elogiaron el buen humor que demostraba poseer su educador. Le trajeron un euro diario y, cuando este profesor murió por haberse tragado su desajustada dentadura, su compungida esposa le compró una magnífica corona pagada con el dinero aportado por todos sus entristecidos alumnos. Y entre ellos hubo uno que lloró casi tanto como su mujer: el listo de la clase.

UN TIPO PRÊT-À-PORTER (MICRORRELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

Cuando lo abandonó Clarita, él se cobijó en los brazos de Sole. Cuando lo abandonó Sole, él se cobijó en los brazos de Paulina. Cuando lo abandonó Paulina, él se cobijó en los brazos de Julita. Y fue entonces cuando, finalmente, se dio cuenta de que él era un nuevo modelo de Donjuán tipo prêt-à-porter.