CONQUISTAR A UNA MUJER INTELIGENTE (MICRORRELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)
Pocos retos presentan mayor dificultad para un hombre, que conquistar a una mujer inteligente. A una mujer inteligente podrás adularla cuanto quieras, incendiarla de pasión, hacerle el amor con extraordinaria maestría, llenarla de regalos, y no será en absoluto tuya. Para hacerla tuya, a una mujer inteligente, tendrás que enamorar sus ojos, embelesar sus oídos, derribar a fuerza de cortesías las poderosas murallas que protegen su corazón, deslumbrarla con tu brillantez mental y transmitirle los más bellos sentimientos que solo poseen los ilustrados, los caballerosos, los románticos y los soñadores.

LO QUE LE GUSTABA DE ELLA AL POETA (MICRORRELATO)

LO QUE LE GUSTABA AL POETA DE ELLA(Copyright Andrés Fornells)
A un poeta famoso por la riqueza de su lenguaje y su dominio de la rima, le preguntaron qué le gustaba de la mujer que él había convertido en su musa,
en su fuente de inspiración y en la cúspide de su amor. Y el poeta respondió plenamente convencido:
—Son tantas las maravillas que ella posee,
que yo necesitaría alcanzar una extraordinaria longevidad, y enriquecer millones de veces mi léxico, para intentar entonces enumerarlas algunas de ellas y aún me quedarían muchísimas más por sumar.

EL MEJOR LIBRO DEL MUNDO (RELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

Adquirida un servidor merecida fama entre mis familiares de ser un empedernido lector, por llevar mi extraordinaria pasión lectora hasta el extremo de estar leyendo siempre dos o tres libros a la vez (uno puesto en mi mesita de noche, otro colocado en la mesa del salón y frecuentemente otro más en el cuarto de baño), mi tío Pascual, dueño de una pequeña granja cuya explotación daba para vivir él y su mujer sin pasar privaciones (hijos, el buen Dios se hacía el distraído para no dárselos, aunque ningún día descuidaban mis tíos el ejercicio que sirve para engendrarlos); en una de las frecuentes visitas que yo les hacía los fines de semana para echarme largas caminatas en los montes que rodeaban su propiedad, justo a mi regreso de una de esas caminatas, mientras bebía del botijo agua fresca del pozo que allí tenían, mi tío Pascual me dijo colocando ambas manos en los riñones gesto que prodigaba continuamente, enderezándose así el cuerpo que doblaba abusivamente trabajando con el azadón en su huerta:
—Sobrino, ¿cuál crees tú que es el mejor libro del mundo?
Llevado de mi amor patrio, y arrimando el ascua a mi sardina como suelen hacer los británicos con su William Shakespeare, le dije contundente:
—Tío, sin duda alguna, el mejor libro del mundo es Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes.
—Vamos a la casa que me lo apunte —propuso él.
Entramos en el salón-comedor donde Angustias, su esposa y tía mía, interrumpió el jersey que me estaba haciendo —a ella, hermana de mi padre, por falta de tenerlos propios, me quería como a un hijo—, me dirigió una mirada cariñosa y quiso saber:
—¿Vas a quedarte a almorzar con nosotros, sobrino?
—Muchas gracias, tiita, pero no puedo. Mi madre hace hoy paella y no me perdonaría me la perdiese.
—Buenas paellas hace tu madre. Aún tengo por conocer una valenciana que las haga malas —elogió.
Mi tío había sacado de un cajón de la alacena antigua, heredada de sus abuelos, papel y un bolígrafo y tendiéndomelo me pidió:
—Escríbeme bien clarito el nombre de ese libro tan bueno, el mejor del mundo, que me lo voy a comprar un día de estos y a leerlo.
Se lo escribí. Examiné lo que mi tía Angustias tenía ya hecho del jersey que iba a ser para mí, le di las gracias, dos afectuosos besos en sus coloradas y sanas mejillas y después de dejar estrujara mi blanda mano de urbanita, la callosa y dura manaza de mi tío Pascual, me marché subido en mi baqueteado utilitario de cuarta mano.
Mi tío se compró El Quijote y le llevó un año entero leérselo. Así que tardé yo todo ese tiempo en poderle preguntar por fin, qué le había parecido . Mi tío esbozó una divertida sonrisa y dijo socarronamente:
—Un tío muy loco el don Quijote ese. Pero alguno llevo yo conocido, a lo largo de mi vida, que no le iba a la zaga.
—No te ha entusiasmado ese libro, ¿eh? —interpreté.
—La verdad es que no demasiado —reconoció dándome una palmada cariñosa en la espalda.
No quise ofenderle con mi decepción y me la guardé en el almacén de las cosas que, deseándolo, uno cree preferible no decir.
Le hice varias visitas antes no decidí preguntarle si quería le recomendase algún otro libro para que, al igual que yo, él se aficionase a la lectura. Quise animarle diciéndole que gracias a la lectura yo había podido conocer países lejanos y exóticos que nunca había visitado y probablemente nunca visitaría, y conocido la forma de pensar de personas muy inteligentes y sabias que no conocía personalmente y era muy probable no conociera jamás. Y todo esto me había enriquecido notablemente como persona.
Mi tío esperó sin interrumpir en ningún momento a que yo terminase mi entusiasta apología, prosiguiendo todo el tiempo con su labor de aquel momento: confeccionar una alpargata de esparto, pues tenía a orgullo no haber gastado nunca, ni él ni su mujer un céntimo en calzado comprado, para finalmente sorprenderme con una reflexión muy propia de él:
—Querido sobrino, ¿para qué voy a leer más libros si ya he leído el mejor que se ha escrito en el mundo y éste no ha mejorado en nada mi vida? Respeto tu entusiasmo por la lectura, pero no lo comparto. Perdóname.
Un suspiro de derrota escapó de mi pecho. Me desconcertaron y dolieron sus palabras. Sentí en las entrañas el calambrazo de la indignación que nos produce no compartan, otros, cosas que nosotros consideramos de la máxima importancia, incluso imprescindibles. Tuve el control suficiente y la sensatez de callar un argumento ofensivo que se me estaba ocurriendo.
Sin reconocerlo en aquel momento, obré con mucha sabiduría. Comprendí algo más tarde que yo no tenía argumentos con los que rebatir su filosofía de la vida. Reconocí que, vivencialmente, mi tío Pascual me superaba por mucho. Él llevaba una existencia equilibrada, útil, satisfactoria, porque creaba cosas con sus manos (que infinidad de personas como yo tenemos que comprar) y esto le llenaba la existencia, le hacía feliz. Posiblemente mucho más feliz de lo que yo atiborrando mi mente con conocimientos ajenos, no me sentía ni tan equilibrado, ni tan realizado, ni tal valioso como él.
Y honesto casi siempre, en más de una ocasión les dije a mis queridos tíos que les admiraba muchísimo. Les complacía esta confesión mía, mostraban contento, y dándome lecciones de humildad, me respondían que eran ellos los que me admiraban a mí por lo mucho que sabía.
La realidad fue, que yo aprendí de mi tío Pascual y de mi tía Angustias cosas que han influido muy positivamente en mi vida, mientras yo no he sido capaz de enseñarles nada, ni siquiera a que leyeron otros libros aparte de “el mejor libro del mundo”.

LA ISLA DEL TESORO, O EL TESORO DE LA ISLA (RELATO)

Miriam Roman reads a book at the International Book Fair in Guadalajara, Mexico, Monday, Nov. 26, 2007. (AP Photo/Guillermo Arias)

(Copyright Andrés Fornells)

A Salva le gustaba Estrellita más que el chocolate a una embarazada. Él procuraba hacerse el encontradizo con ella, en cuanto la muchacha salía de su casa, lo cual podía significarle tener que esperar durante horas en la acera del otro lado de su vivienda, pero a él no le importaba este gasto de tiempo y paciencia porque a él, Estrellita, le gustaba más que el chocolate a una embarazada.
Por fin Estrellita salía por la puerta que, de tanto mirarla, Salva sabía el número de desconchaduras que la misma tenía, el número de cagaditas de moscas y el número de huellas dactilares entre las que sabía distinguir las pertenecientes a ella.
Pisada ya la calle, Estrellita que era una lectora empedernida mantenía la atención de todos sus sentidos leyendo un libro. Contemplándola embelesado, Salva decía con voz melosa y aterciopelada, pasando suavemente por su lado aspirando con la misma necesidad que un cocainómano el embriagador perfume que el escultural cuerpo de ella desprendía:
—Buenos días, Estrellita.
Ella empleando el mismo tono que habría empleado para dirigirse a una farola, respondía, por educación, sin mirarle, pues en contra de lo que dicen tantos ensalzadores de las extraordinarias cualidades femeninas, ella no sabía hacer dos cosas a la vez: leer y mirar a quien le dirigía la palabra.
Con la indiferencia de Estrellita, Salva sufría el tormento de Tántalo, ese desdichado señor al que los dioses griegos, cabreados con él, metieron en un lago con el agua a la altura de la barbilla, bajo un árbol repleto de deliciosos frutos, y cada vez que intentaba coger uno de ellos o sorber un poco de agua, éstos se retiraban fuera de su alcance, mientras sobre su cabeza pendía una enorme roca que amenazaba aplastarle. Vamos una situación que no recomendarías ni a tu peor enemigo.
Arturito, el hermano de Estrellita, que era bastante amigo de Salva con el que se cambiaba videojuegos de hadas, compadecido de su sufrimiento amoroso, decidió ayudarle a conquistar a su hermana y le dijo lo que podía hacer para conseguirlo:
—Mira, háblale de libros y despertaras su interés.
—No puedo hablarle de libros. Nunca leo ninguno —lamentó Salva.
—Oye, el que algo quiere, algo le cuesta —severo el muchacho.
—Tienes razón. Tendré que hacer el sacrificio. ¿Con qué libro crees tú que debo empezar?
—Yo te prestaré, a escondidas de ella, el favorito de mi hermana, ¿de acuerdo?
—Muchísimas gracias. Estaré en deuda contigo el resto de mi vida. Si llego a casarme con ella te regalaré la última versión del X-Box, prometido.
Combatiendo el sueño que le entraba cada vez que se ponía a leer, Salva consiguió leerse entero “La isla del tesoro” y, aunque le pareció una chorrada antigua para niños que creían todavía que la tierra era plana, aguardó a que Estrellita saliera de su casa con los ojos pegado a las páginas de un libro, para colocarse delante de ella, interceptarle el paso, y decirle con voz de chupa-chups de frambuesa:
—Perdona, como te veo todos los días por la calle leyendo, quiero preguntarte si has leído mi libro favorito.
Ella dando evidentes muestras de fastidio, por haberle el inoportuno interrumpido su lectura en el momento mismo en que una hermosa princesa y un apuestísimo príncipe estaban a punto de juntar sus labios en un beso apasionado, le miró como si desease tener el poder de fulminarle y dijo, porque la curiosidad en la mujer forma parte importantísima de su idiosincrasia:
—¿Cuál es tu libro favorito?
—La isla del tesoro.
A Estrellita se le iluminaron inmediatamente los ojos, curvó los labios, cerro la novela que estaba leyendo y exclamó complacida:
—¡Qué feliz casualidad, ese libro es también el mío favorito!
Se emparejaron y durante todo el camino que les llevó hasta la perfumería donde ella trabajaba (empleo que la permitía ser la muchacha que más maravillosamente olía de toda la ciudad), hablando sobre aquel libro, con entusiasmo recordando con auténtica fruición los pasajes más interesantes y apasionantes de él.
A partir de aquel día Salva se convirtió en un devorador de libros que luego comentaba con Estrellita, hasta que finalmente llegada la confianza entre ambos, a las cotas más altas, Salva le pidió a Estrellita, una noche en la oscuridad del portal de la casa de ella mientras se ponían a base de caricias en situación volcánica activa, “el tesoro de su isla”.
Ella se ruborizo porque era lo que tocaba, parpadeó como si estuviera realizando el esfuerzo mental mayor de toda su existencia y finalmente estuvo de acuerdo, siempre que hubiese un previo paso por el altar, con vestido blanca suyo, tarta nupcial, comilona y baile para los invitados, y algunas cosillas más. Él consintió en todo porque cuando a un hombre le gusta una mujer más que les gusta el chocolate a las embarazadas no hay aro, por chico que sea, que no esté dispuesto a atravesar él. Para todo ello tuvo que pedir un crédito que tardaría diez años en pagar. ¿Pero que no hará un hombre enamorado por poder poseer el “tesoro de la isla” de una mujer?
Estrellita y Salva se casaron. Y ella le permitió a él entrar todas las veces que tuvo ganas dentro del “tesoro de la isla de ella”. Y a este eufemismo se le puede comparar con aquel de: tanto va el cántaro a la fuente…
Total, que Estrellita quedó embarazada y se hinchaba de comer chocolate todos los días. Después de varios días de no vernos, me encontré a Salva en la calle. Él iba con sus ojos clavados en el libro que estaba leyendo. Tuve que ponerme delante suya para que me hiciese caso. Se detuvo y me miró. Le pregunté por el embarazo de su mujer.
—Va estupenda su embarazo.
—Me alegro muchísimo —le dije y le regalé dos tabletas de chocolate para que se las diese a ella.
—Bonito detalle por tu parte. Estrellita te lo agradecerá muchísimo, y yo también.
Me dio él un par de besos en las mejillas y me dijo que tanto Estrellita como él quieren que yo sea el padrino del bebé que nacerá dentro de pocas semanas. Le aseguré que sería para mi todo un honor, solté unas lagrimitas de emoción y nos separamos.
Por si alguno de ustedes no ha adivinado quien soy yo, se lo voy a decir:
—Soy Arturito, el hermano de Estrellita. Y ahora les dejo porque tengo unas ganas locas de seguir jugando con la X-BOX que me regaló mi cuñado. ¡Hasta luego!

LA OFICINA RECOLECTORA DE LOS SUEÑOS BONITOS (MICRORRELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

Llevaba más de una hora esperando en aquella cola interminable cuando el portero de magnifico traje inmaculadamente blanco y gorra entorchada y ostentosa como las de los generales de algunos países bananeros me dijo:
—El siguiente.
Entré en una oficina pequeña, aunque muy moderna, con cuadros picassianos en las paredes y un corto mostrador detrás del cual había un taquígrafo, hombre cincuentón de cabeza muy despoblada de pelo. Parecía estar agotado y aburrido. Me dirigió una mirada llena de animadversión y me dijo con aspereza:
—Aligere. Empiece usted a contarme sus sueños bonitos.
Y empecé a contarle. Transcurridas seis horas, estaba todavía en ello, tenía al taquígrafo agotado por completo y odiándome como seguramente jamás había odiado a nadie. Apareció entonces el portero (que por cierto se parecía a Charles Laughton caracterizado como Quasimodo), y, empleando conmigo muy malos modos me ladró:
—¡Basta! ¡Se acabó! Vamos a cerrar. ¡Lárguese y no aparezca nunca más por aquí porque le asesinare!
Con un hilo de voz, pues no tenía fuerzas para nada más le apoyó el taquígrafo:
—Y yo te ayudaré…
—Pero si no he contado ni la décima parte de los sueños que tengo.
Él y el taquígrafo formaron dúo con un odio vesánico que yo en absoluto creía merecer y me gritaron:
—¡¡Fuera!! ¡¡Y no se le ocurra volver más por aquí porque le asesinaremos después de torturarle las mismas horas que nos ha torturado usted!
—Bueno, si alguien que lea esto tiene un poco de paciencia, le contaré todos los sueños bonitos que tengo y no me dieron tiempo de contar aquellos impacientes y maleducados empleados de LA OFICINA RECOLECTORA DE LOS SUEÑOS BONITOS.

POETA FRACASADO (MICRORRELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

Él era capaz de rescatar del imborrable recuerdo: el sedoso, cálido contacto de las dos manos de ella resbalando suavemente por su rostro. El amoroso brillo con que lo miraban sus luminosos ojos verdes. La humedad afrodisíaca de sus labios. El gozo infinito de sus besos. El aromático almizcle de la saliva de su boca mezclándose con la saliva suya. El embriagador perfume que emanaba de toda su embelesadora figura. Las breves separaciones entre caricia y caricia para cambiar palabras de infinito amor. Todo esto podía recordarlo con meridiana claridad el poeta, sin embargo, no era capaz de convertirlo en poesía. Y esto le provocaba tanta frustración, tanta tristeza que derramaba lágrimas semejantes a perlas cristalinas que, los rayos del sol posándose con respeto sobre ellas, acompañándolas en su caída, las acariciaban, las irisaba bellamente. El poeta no se daba cuenta de que sus sentimientos eran los mejores de cuantos poemas no había sabido escribir. No solo los demás, sino tampoco él mismo sabía reconocer el enorme talento que poseía.

UNOS VIEJOS ENTRAÑABLES (MICRORRELATO)

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(Copyright Andrés  Fornells)

Llevaban cincuenta años casados. En silencio se había instalado en sus vidas de un modo perenne, tan perenne como lo es la noche siguiendo al día. A lo largo del tiempo se lo habían dicho todo. Absolutamente todo. Se había instalado la telepatía entre ellos. Cuando no la usaban, les bastaba un gesto o una mirada para entenderse.
Los días festivos por la mañana, se arreglaban con sus mejores ropas y se iban al parque. Allí se sentaban cada uno en un banco diferente y charlaban con toda persona que tomaba asiento al lado de cada uno de ellos. Transcurridas un par de horas regresaban juntos a casa, cogidos de la mano, con igual ternura a la que compartían de novios, y se iban contando todo lo que habían hablado con las personas conocidas aquella mañana y gozaban como si hubieran recobrado de nuevo la ilusión que les había desgastado el paso de los años. Ya tenían cosas nuevas que decirse.