EL VERDADERO CUENTO DE LA BELLA DURMIENTE (MICRORRELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
Por su extraordinaria hermosura a la Bella Durmiente quisieron despertarla los más valientes y acaudalados príncipes. Muchos de ellos lo intentaron hasta de un modo que era condenado en esa época, como era el beso con lengua, sin obtener el resultado que perseguían.
Segismundo del Torcal un rey aguerrido y tan guapo como el dios Apolo, que acababa de enviudar y moría de ganas de tener una nueva hembra que le calentase la cama y también a él, acudió al conocido lugar donde yacía la Bella Durmiente, sobre un lecho de flores que le cambiaban todos los días, y quedó inmediatamente prendado de ella. Hasta tal punto fue así, que se le escuchó decir en voz alta:
—Si no consigo despertarla, moriré de tristeza.
Encendido de pasión, Segismundo del Torcal después de contemplar durante más de media hora, embelesado, a la que tenía fama de ser la mujer más hermosa del mundo, se inclinó sobre ella y besó sus fríos labios con todo el inmenso amor que se le había despertado.
Y entonces ocurrió un prodigio. La hermosa joven despertó, rompió el hechizo que la había mantenido dormida a lo largo de cien años y quedó convertida en una mujer de esa edad, más los dieciocho con que contaba al sumirse en aquel larguísimo sueño.
A Segismundo del Torcal, guerrero victorioso en mil batallas lo mató de horror, en el transcurso de un solo minuto esta feísima y arrugadísima anciana que acababa de besar.
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DIA DEL PADRE (II) -ACTUALIDAD-


(Copyright Andrés Fornells)

Martin Lontano había perdido a su padre cuando solo contaba 3 años. Su madre le había hablado muy elogiosamente de él:
—Tu padre era una persona maravillosa. Cuando llorabas de noche por el dolor que te causaban los dientecitos que te estaban saliendo, él te tomaba en brazos y te paseaba pasillo arriba, pasillo abajo, hasta que remitía el dolor y terminabas durmiéndote. Él te cambiaba los pañales, tantas veces como te los cambiaba yo, hablándote siempre con infinito cariño, y te dormía todas las noches cantándote una nana. Sé que eras pequeñísimo cuando él se nos fue, ¿pero guardas tú algún recuerdo suyo?
A Martin Lontano se le empañaba la vista y le temblaban los labios evocando lo que recordaba del hombre que le había engendrado:
—Madre, recuerdo los paseos con él. El placer y la seguridad que me procuraba sentir mi diminuta mano dentro de la suya, que en comparación yo consideraba enorme. El miedo mezclado con emoción que me causaba ver el mundo cuando me sentaba a horcajadas sobre sus hombros. Recuerdo su risa franca, fuerte, contagiosa. Con el descubrí que se puede amar a alguien por su forma de reír. Pero sobre todo lo recuerdo porque, el día iba a morirse, él lo sabía, y un rato antes me comunicó: Hijo, cuando me eches de menos, cierra los ojos, mira dentro de ti y verás una estrellita. Esa estrellita soy yo, que me habré quedado contigo para siempre, de la única forma que me habrá sido posible.
Llegados a este punto, madre e hijo se unieron en un abrazo y tuvieron la viva impresión de que, en aquel momento, no estaban solos.

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ELLA SUFRIÓ INDIGESTIÓN (MICRORRELATO)


(Copyright Andrés Fornells)

Blas Peldaño, ante la noticia que acaba de darle su compungido amigo Tiburcio Pelón, de que su novia ha roto con él, busca motivos que puedan explicar este hecho:
—¿Te olvidaste felicitarla para su cumpleaños y hacerle un regalito?
—No, no fue eso —responde tristón Tiburcio.
—¿Le dijiste lo que piensa de su madre, que es una bruja?
—No tampoco fue eso.
—¿Le dijiste que su padre es un guarro que se tira ventosidades apestosas y se lava menos que un beduino?
—Tampoco.
—¿Le dijiste que su hermano Alberto te pide dinero continuamente y después no te o devuelve?
—No, tampoco —sollozando a estas alturas.
Blas es obligado a emplear de nuevo la reflexión, cuyo fruto obtenido muestra acto seguido:
—Ya sé. No la besabas lo suficiente. La dejabas con hambre de besos. Las mujeres sensuales necesitan muchos besos. Deberías saberlo.
—Todo lo contrario. Conchi ha roto conmigo porque le he causado una terrible indigestión de besos.
Blas encuentra la explicación que conforma a la gran mayoría de los hombres:
—Vamos, lo de siempre: a las mujeres no hay quien las entienda.
Y sacándose un pañuelo limpio del bolsillo se lo entrega a su amigo para que no siga sonándose en la manga de su camisa.
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SANCHO PANZA REGRESÓ JUNTO A TERESA, SU MUJER (MICRORRELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
Regresado Sancho Panza a su casa, tras el entierro de su señor don Quijote el de la triste figura, Teresa, su mujer, le sirvió una opípara comida para festejarlo. Terminada la misma, entre felices eructos por parte del escudero (ahora en paro), su consorte retirados todos los cacharros y dejados en la cocina sin fregar, tomó asiento delante de su saciado marido y, antes de que éste (que la estaba mirando con ojos encendidos de deseo), pudiese meterle mano, le dijo:
—Veamos, marido, dame una prueba del talento que has adquirido durante esta lar-ga, interminable ausencia tuya. Demuéstrame con algo que me sorprenda el provecho que le has sacado a todas tus andanzas.
Acariciándose la regalada panza, Sancho se dispuso a asombrarla con el talento por él adquirido.
—Quédate sentada donde estás que voy a maravillarte dentro de un momento —aseguró él, confiado. Se acercó a la despensa, cortó cuatro trozos de vela, los colocó en-cima de una fuente y les prendió fuego delante de su consorte.
Teresa no dijo nada. Permaneció expectante con el ceño fruncido. Era mujer de poca paciencia y, aproximadamente, la misma tolerancia. Cuando su esposo terminó esta ope-ración, poniendo cara de listo, que consistió en esbozar una socarrona sonrisa, le preguntó:
—Mujer, ¿qué crees tú que significa esto?
—Dímelo tú, si es que lo sabes —poniendo Teresa los brazos en jarra, predispuesta a burlarse de él.
—Escucha bien, mujer. Estas cuatro velitas representan los cuatro mejores senti-mientos que poseemos las personas —y empezó a señalarlas—: La fe, la paz, la esperanza y el amor. Debes apagarlas todas menos una, la que tú creas es la más importante.
Teresa se lo estuvo pensando un rato y finalmente hinchó sus rosados mofletes y so-pló con energía dejando encendida solo la vela que su orondo conyugue había señalado como la del amor.
—Mal hecho. Muy mal hecho —desaprobó Sancho riéndose como un zorro ladrón de gallinas—. Hay que dejar encendida la velita de la esperanza, porque con ella podre-mos recuperar la fe, la paz y el amor.
Teresa comenzó a mover desaprobadoramente la cabeza y, al final juzgó desdeñosa y contundente:
—Marido, aprecio con tristeza, que has regresado, desgraciadamente, tan tonto co-mo te fuiste. Ve a la cocina a limpiar los cacharros sucios, que para algo ha de servirme que hayas vuelto a casa.
—Sí, ¿eh? Pues ganas me están entrando de marcharme de nuevo —amenazó él.
—¿Sabes que te digo?, que si quieres marcharte otra vez ya estás tardando. La puer-ta la tienes abierta. Me tienes tan acostumbrada a vivir sin ti, que ya me estás más de so-bra que de falta.
Pensando en lo que él más deseaba: echarse un buen revolcón con ella en la cama, Sancho bajó la cabeza y, mansurrón, marchó a cumplir la orden recibida. Teresa era una mujer de carácter y, lo mismo que hiciera antaño, podía por las noches, en vez de compar-tir lecho con él, enviarlo a que compartiera establo con su borrico.
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MI INCORREGIBLE MIGO SEBASTIÁN (MICRORRELATO)


(Copyright Andrés Fornells)

Mi amigo Sebastián Tinaja estuvo durante varios meses sufriendo una rotura del corazón, que le causó Elena Candado al abandonarle. Con las lágrimas por él derramadas, a lo largo de ese periodo de inmensa congoja suya, se habría podido formar un riachuelo de notorio caudal, quizás hasta con pececitos dentro.
Finalmente, cuando ya no le quedó más llanto por derramar, Sebastián aceptó su amargo destino y, por una de esas extrañas triquiñuelas que a veces nos gasta la mente, recobró el sentido común perdido, escuchó mis excelentes consejos, cogió todas las cartas de amor y todas las fotos que conservaba de Elena, guardas hasta entonces por él como si fuese su más preciado tesoro, y lo tiró a la chimenea encendida donde todo fue pasto de las llamas. Y entonces yo, triunfante, le dije:
—¿Te das cuenta de lo fácilmente que te has librado de Elena?
—¡Cierto! Me auto abofeteo por ser tan imbécil de no haberme dado cuenta antes.
Y se dio un par de guantazos, tan bien dados, que, estuvo al borde del K.O pues llegué a contar hasta ocho antes no consiguió él, tambaleante, ponerse de nuevo en pie.
—Nunca volveré a ser tan imbécil como he sido con Elena —me aseguró, convencido.
Sí volvió a serlo. Para Navidad Elena regresó con él, y lo hizo embarazada de otro.
Yo pretendí darle otro buen consejo a mi amigo Sebastián. Él no me escuchó y, encima, me echó fuera de su casa.
Pasado Reyes, Elena volvió a marcharse con otro, llevándose los caros regalos que Sebastián le había hecho.
A mi amigo Sebastián lo tienen ahora encerrado en un psiquiátrico atado de brazos y manos para que no se auto abofetee más.
Yo voy a visitarle de vez en cuando y le llevo caramelos de menta, que le gustan mucho. Como no le desatan nunca, el muy mañoso de él ha aprendido a quitarles, con la nariz, el papelito que los envuelve.
Siempre que acudo a verle, Sebastián me pregunta si sé algo de Elena y, para no aumentar su desdicha, le miento diciéndole que Elena se ha metido a monja. Decirle la verdad lo pondría todavía peor de la cabeza, de lo que ya está.
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LOS LIBROS Y LAS MUJERES SON DE LO MÁS APASIONANTES (MICRORRELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
Fue de muy niño que a Rodolfo se le despertó una extraordinaria pasión por los libros nuevos. Le fascinaban sus portadas, sus olores y muy especialmente su contenido. Y empleó muchas, muchas horas disfrutándolos. Veía uno con una portada subyugadora y el deseo de poseerlo se le hacía insoportable, exasperante, urgente. El poco dinero que conseguía de sus padres o ganaba realizando pequeños trabajos, en vez de gastárselo en chucherías y juegos, se lo gastaba en obras literarias.
Cayeron varios calendarios llevándose su niñez con ellos y Rodolfo entró en la apasionante y complicada adolescencia. Seguían interesándole los libros, pero con fuerza arrolladora le interesaron infinitamente más las mujeres. Pues ellas, al igual que los libros poseían bellos exteriores, olían agradablemente como los libros nuevos y su contenido era un misterio que sólo podía desentrañarse cuando se las trataba íntimamente. Y después de haber disfrutado su contenido aunque el disfrute hubiera sido grande no podía guardarlas a ellas para siempre. Por eso con el tiempo Rodolfo consiguió reunir 5000 libros, pero de mujeres no pudo pasar de la séptima. Se llamaba Virtudes y le advirtió después de haber perdido la virtud suya con él:
—Cariño, sigue coleccionando todos los libros que quieras, pero como intentes cambiarme por otra mujer te mato.
Aquellos que piensen que esta amenaza amedrentó o irritó a Rodolfo, se equivocan porque le encantó. Y le encantó porque reflexionó que un hombre puede amar muchos libros, pero ninguno de ellos puede amarlo a él como puede amarlo una buena Virtudes.
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EL IMPORTANTÍSIMO DÍA DE LA MUJER -ACTUALIDAD-


(Copyright Andrés Fornells)
Creo que mucha de la gente que organiza esto de: Día de la madre, Día del padre, Día de los enamorados, Día de los viudos, Día de las pantuflas, etc. lo hace guiada por prosaicas intenciones comerciales.
Hoy, día 8 de marzo, esa gente interesada, principalmente en hacer caja, decidió que fuese el Día de la Mujer. Dejando aparte, si esta celebración se creó con fines consumistas o no, para nosotros, los hombres que sabemos amar a las mujeres con toda nuestra alma, debería ser una fecha de suprema importancia y demostrarlo con hechos hermosos.
Para mí, personalmente, dejando para el día de san Valentín a las mujeres que ame y no me amaron; a las mujeres que me amaron y no ame, y a las mujeres que pasaron por mi vida sin dejarme huella alguna ni dejársela yo a ellas, hoy dedico el día entero, segundo a segundo, minuto a minuto y hora a hora, conmovido, agradecido y enternecido al máximo, a la mujer que, sin desmerecer por ello a ninguna otra, fue, por haberme traído al mundo, la más importante de mi vida: ¡mi madre!