GRANDES INDUSTRIAS EN VEZ DE GRANDES TEMPLOS (MICRORRELATO)


GRANDES INDUSTRIAS EN VEZ DE GRANDES TEMPLOS
Antaño fueron los grandes templos los que destacaron en las ciudades importantes, con sus bellos, colosales edificios. Los dioses merecían todos los titánicos esfuerzos de los pueblos que creían en ellos. Esas colosales, bellas, extraordinarias construcciones fueron admiradas por cuantos las vieron, y los dioses a las que las dedicaron, venerados y adorados. Quienes creían en esos dioses les atribuían salvadoras ayudas económicas y curaciones milagrosas. Actualmente, muchas de esas magníficas, maravillosas obras arquitectónicas son desatendidas, abandonadas y los despiadados elementos y el injusto olvido las van destruyendo. Ahora son las grandes industrias, los colosales símbolos del progreso y el capitalismo esclavizador y contaminador. Los forzados feligreses de estos modernos templos industriales, dedicados al todopoderoso dios Don Dinero, son obreros que enriquecen, a cambio de salarios de miseria, a los poderosos sacerdotes de esos templos paganos. Y ellos dictan dentro de sus dominios reglas y conductas sin las que nadie, que se atreva a incumplirlas, podrá escapar ni sobrevivir. Y ellos han ido eliminando todo aquello que hacía libres a los hombres. Como por ejemplo la artesanía. Han creado máquinas que fabrican cualquier cosa masivamente y más barata. Saben que una vez han arruinado para siempre al artesano, se habrán librado de un hombre libre, y una vez eliminado éste, venderán de un modo exclusivo sus productos al precio que ellos quieran. Los siguientes a eliminar son los pequeños granjeros, los hortelanos, no porque puedan hacerles la competencia a las enormes, aplastadoras industrias de todo tipo, sino porque también son hombres libres.
Y después de un tiempo, en el que han empleado su notable inteligencia, su falta de piedad, y el enorme talento para explotar a su prójimo, estos fasos sacerdotes adoradores del dios Don Dinero, han conseguido su objetivo: una enorme mayoría de esclavos a su servicio y ser los ricos cada vez más ricos, y los pobres cada vez más pobres.

VARIAS GOTAS DE HUMOR: DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER (MICRORRELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
¡Ring, ring!
—¡Niños, callaos que tengo que atender al teléfono! —pide el padre, agotado, despeinado y sudoroso.
Los niños no le hacen el menor caso. El hombre atiende al aparato. Al otro lado del hilo telefónico su mejor amigo le pregunta:
—Alberto, ¿no vienes hoy al bar a echar la partidita de cartas de todos los lunes? —reclama el que ha llamado.
—¡Maldita sea, no puedo! Es el día internacional de la mujer, y la mía se ha ido de fiesta dejando para mí las tareas que ella realiza todos los días —Alberto a punto de echarse a llorar.
—Pues haz esas tareas en un momento y reúnete con nosotros.
—¿Qué la haga en un momento, dices? —exasperado Alberto—. Te voy a enumerar todo lo que he hecho y me queda por hacer. He tenido que preparar desayunos para todos. Vestir y asear a los dos más chicos. Fregar los cacharros usados en el desayuno. Hacer las camas. Limpiar los aseos. Los guarros de los niños tienen muy mala puntería y han soltado gotas por todas partes. He salido a hacer la compra para la comida del mediodía y todo lo necesario para comer el día de mañana entero, y he vuelto a casa cargado como un mulo. Ahora he recogido toda la ropa que los niños tenían tirada por todas partes y voy a poner una lavadora. Es la segunda que pongo esta mañana. Y cuando esté seca la ropa tendré que plancharla, con lo difícil que es eso. Y después tengo que ordenarla y colocarla en los armarios y en los cajones Mientras funciona la lavadora tendré que pasar la escoba primero y después la fregona por toda la casa. Mis hijos arman un griterío ensordecedor y no me hacen el menor caso. Me están volviendo loco. ¡Ah! Y para la comida del mediodía cada uno de mis hijos quiere que le haga una comida diferente. ¡Para matarlos! Sólo han transcurrido tres horas desde que mi mujer me dejó solo con ellos y ya estoy destrozado física y psíquicamente. Y no puedo quitarles ojo a los niños para que no se claven unas tijeras, metan los dedos en un enchufe y se electrocuten y no se peleen. Estoy agotando las tiritas del botequín. ¡Cuelgo! ¡Maldita sea, uno de ellos acaba de provocar un cortocircuito!
Moraleja: en una jornada como la descrita aquí, muchos hombres aprenderían a valorar y agradecer la extraordinaria labor que realizan las amas de casa y las venerarían como a los santos. ¡Menos no merecen!

UN CAMPESINO Y UNA CARTOMÁNTICA (MICRORRELATO)


(Copyright Andrés Fornells)

Él se llamaba Teo y era un habitual del bar. El nombre de ella era Alicia y había entrado por primera vez en aquel local. Los dos estaban tomando café en la barra y se observaban de reojo. Más decidida ella realizó una primera aproximación:
—Tampoco parece que vaya a llover hoy, ¿verdad?
—No, y buena falta que hace. Y sé lo que me digo porque soy agricultor.
—Pues yo soy vidente. Echo las cartas —reveló ella con seriedad.
—¡Qué interesante! ¿Y cobra mucho por echarlas —interesado él.
—Usted quiere que se las eche gratis, y gratis se las voy a echar.
—Oiga, lo ha adivinado usted —él abiertamente admirado.
Alicia sacó del interior de su bolso una baraja de tarot, la barajó con notoria maestría y colocándola encima del mostrador le indicó al hombre del campo que cortara.
—¿Con la navaja que llevo dentro del bolsillo? —bromeó él.
—Es usted una persona con muy buen humor —juzgó ella.
—Oiga, también eso lo ha acertado usted —reconoció él.
—Es que soy muy buena en lo mío —ella sin falsa modestia. Colocó a continuación nueve naipes boca abajo y explicó—: Este es el círculo mágico del sabio Salomón. Vamos a ver que me revelan las cartas —dio la vuelta, con mucha solemnidad, a una de ellas. Su rostro todavía agraciado mostró profunda concentración—. Veo una mujer en su vida —manifestó por fin.
—La guarra de mi mujer.
—Su mujer le hizo algo malo.
—Se fugo con un camionero, la muy traaidora.
—No se preocupe, se llevará su merecido.
—Eso deseo, que a cada cual le den lo que merece —rencoroso.
—Veo ahora a una persona bastante joven —ella volteando otra carta.
—Mi hijo, otro sinvergüenza. Robándome se compró un coche nuevo, mientras yo voy por ahí con una furgoneta que se cae en pedazos. Lo eché de casa y le dije que se fuera a robar a otros, que a mí no me podría robarme más.
—Vamos muy bien hasta ahora. Todo aciertos —ufana ella—. Ahora veo a una mujer mayor.
—¿Gorda, fea y con bigote?
—Sí, gorda, fea y con bigote.
—Mi suegra. Maldita sea su estampa. Ella tuvo buena parte de culpa en lo que me ocurrió con su hija. Por mal criarla desde que la trajo al mundo. Dándole siempre todos los caprichos, acostumbrándola mal y al final me dio el pago que me dio. Todo lo que yo hacía por ella le parecía poco. No había forma de tenerla contenta. ¡Maldita sea su estampa!
—Veo a otra mujer —la adivina dándole la vuelta a una nueva carta.
—¿Delgada y con cara de bondad?
—Exacto, delgada y con cara bondad.
—Mi madre: una santa, que Dios la tenga en su Gloria.
—Me lo ha quitado de la boca. Veo ahora a un hombre mayor.
—¿Delgado también, con bigote y vestido de luto?
—Exacto, delgado, con bigote y vestido de luto.
—Mi padre, un hombre muy recto, muy trabajador y con un par de pelotas. Con perdón. Nunca le vi arrugarse ante nadie y todos lo respetaban. Pero por favor siga usted adivinando cosas, me tiene perplejo —consideró él, admirado.
Alicia colocó su dedo índice sobre una nueva carta puesta boca arriba.
—Veo que aparece en su vida una mujer buena, misteriosa e inteligente. Es rubia, con los ojos castaños y lleva un vestido rojo con lunares blancos.
El labriego se la quedó observando boquiabierto de asombro y exclamó:
—¡Usted es rubia, con ojos castaños y lleva un vestido rojo con lunares!
—Así es. Mis cartas nunca mienten —ella con arreboles de veinteañera.
—¿Sabe? Yo nunca había creído en los poderes de la adivinación y usted acaba de demostrarme que existen. Queda una última carta. Vea qué dice –demostrando el rústico una mezcla de ilusión y ansiedad.
—Veo un hombre recio de pelo cano, muy cariñoso, que encuentra a esta mujer del vestido rojo con lunares blancos y desea hacerla muy feliz.
El cepo que Teo tenía por boca se abrió cuanto daba de sí. Mantuvo esta máxima apertura dos minutos largos y luego, recuperando la movilidad dijo entusiasmado:
—¡Dios de las buenas cosechas. Acertó usted de nuevo. ¿Nos damos un paseo. Afuera hace un día precioso. ¿No le apetece a usted?
—Sabía que iba a pedírmelo. Me apetece muchísimo. Vamos de paseo.
Pagaron a medias los cafés a un tabernero que los había escuchado con benevolencia y ahora les miraba con los comprensivos ojos del hombre que ha visto muchas personas diferentes, escuchado muchas historias creíbles e in-creíbles, y ya no lo sorprende nada. Y que con una ancha sonrisa del que es gran filósofo sin necesitar estudiarlo en los libros, les siguió con un brillo en la mirada, de hombre sabio.
El labriego y la nigromántica se habían cogido de la mano y cuando llegaron a la puerta el agricultor dijo:
—¿Ves ese par de nubes que se están rejuntando por la parte de poniente? Pues mañana o pasado nos darán lluvia.
—Hombretón, presumo que adivinando cosas del tiempo, eres tan bueno como yo en lo mío —tuteándole también.
Y ambos unieron sus alegres risas.  El destino había decidido portarse generosamente con ellos.