Andrés Fornells
Blog personal del escritor español
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may 18th
LA PERRA MUERTA TENÍA MUY MALA CARA (I)
Entre las muchas cosas que me desnivelan el ánimo está el llanto verdadero de una mujer y, si está mujer encima es anciana, se me altera el corazón como si fuera un flan colocado en mitad de un terremoto.
Era por la mañana, temprano, había desayunado ya en el bar Canuto un buen rato antes y me hallaba en el balcón de mi pequeña agencia distrayendo la vista con la gente y los vehículos que circulaban por la calle. Estábamos a principios de otoño, un otoño muy templado, que permitía a las mujeres que gustan de atormentar a los hombres con sus encantos distinguibles a través de sus ropas ligeras, salirse con la suya. Los arboles caducifolios más proclives a una pronta calvicie estaban comenzando a perder hojas.
De pronto se abrió la puerta de mi cuchitril y apareció la vieja Emilia, que habita la planta baja del edificio antiguo donde esta ubicado mi ruinosa empresa. Se me encogió el inquilino de mi pecho nada más verla convertida en Magdalena, con los ojos chorreando lágrimas.
—¿Qué le ocurre, señora Emilia? —yendo a su encuentro y cogiéndola afectuosamente de los brazos metidos dentro de una oscura rebeca de punto, que la venía grande (cuando la tejió debieron fallarle las matemáticas).
Con voz, en la que combinaba tartamudez e hipidos, consiguió transmitirme la luctuosa noticia de que su perrita Merceditas, a la que ella quería como a la hija que nunca tuvo y por eso le había puesto el nombre que le habría puesto a esa hija de haberla tenido, amaneció muerta.
—¡Oh, oh, qué tragedia! —exclamé, le abrí los brazos y ella se me abrazó.
Y mientras la vieja Emilia mojaba con su llanto mi bonito jersey azul adquirido muy barato en las rebajas del Corte Inglés, traté de recordar las palabras de consuelo que mi madre emplearía para una persona tan compungida como esta anciana, y, al tiempo que las vertía en sus oídos, le acaricié la chepa que por detrás deformaba la prenda que vestía.
Cuando conseguí calmarla en cierta medida, ella me pidió que bajara a ver el animalito difunto y apreciara que daba una lastima que partía el alma.
—Javi, en tu vida podrás ver cosa alguna tan triste —me garantizó.
Por darle gusto y porque albergo más ternura de la que en tiempos tan desalmados como los actuales, es más estorbo que utilidad, la seguí hasta su casa que siempre huele a berzas, que no es uno de mis olores preferidos.
Su perrita Merceditas era una caniche mediana de color blanco defectuoso. Se hallaba tendida en el suelo, con los ojos cerrados y siendo ya de por sí fea, la muerte la había dejado una malísima expresión de cara. Llevaba puesto el animal un trajecito cuyas flores me recordaron las del hachís que cultiva en su balcón el Pluma.
Recordando ese antiguo refrán: “no hay mal que por bien no venga”, imaginé que los vecinos que siempre se quejaban de los escandalosos ladridos matutinos de Merceditas, tendrían tan mal corazón que se alegrarían de que la caniche se hubiera quedado sin la posibilidad de seguir emitiéndolos. Me fijé en la baba espesa que había salido por sus hocicos. Mi mente detectivesca entró en acción. ¿La habría envenenado alguien muy cansado de soportar sus ladridos? Existe gente de entrañas volubles que no consideran asesinato el quitarle la vida a un animal. Hasta reyes hay que lo hacen.
En el sofá medio derrengado, llorando a mares estaba Jere, el sobrino-parásito que vivía a costa de la anciana Emilia y su pequeña paga por viudedad. Señalándomelo y reanudando su llanto, la buena mujer balbuceó:
—El pobre Jere está destrozado, ahogado por la pena. Quería a Merceditas casi tanto como yo. La sacaba de paseo tres veces cada día, para que se distrajera y porque hacer ejercicio es muy bueno para la salud. Y al final que poco le ha valido… —terminando la frase con un sollozo.
Jere con el rostro bañado en llanto consiguió farfullar:
—Estoy hecho polvo. Con ganas de morirme también…
—Anoche mi perrita estaba la mar de bien, y esta mañana amaneció muertecita —me repitió la anciana.
—La mar de bien —corroboró su sobrino.
Me arrodillé junto al animal para examinar más de cerca la baba amarillenta, parte de la cual se encontraba entre sus dientes separados un par de centímetros.
—¿Qué le daban de comer? —pregunté.
—Comida para perros. La mejor que existe —Jere se adelantó a su tía.
—A veces, Jere, que le gustan mucho las salchichas, le daba algún pedacito de las que él come en sus bocadillos. Le tenía tanto cariño mi pobre sobrino… —rematando ella esta frase con otro hondo sollozo.
En aquel momento llamaron a la puerta, todos miraron para ella, y yo que seguía alimentando la idea de que la perrita hubiese podido morir envenenada, saque de mi bolsillo un pañuelo, mojé en él un poco de aquella baba suya y guardé el pañuelo con cuidado de que no me manchara.
Los dos hombres que acababan de llegar eran empleados del veterinario al que siempre acudía la vieja Emilia, a los que ella hizo preguntas sobre qué había podido causarle la muerte a Merceditas.
—¿Qué edad tenía su perrita, señora? —preguntó uno de los hombres que era, desde la cabeza a los pies un conjunto de cuadriláteros de distintos tamaños y que si poseía alguna curvatura la debía ocultar su ropa.
—Habría cumplido ocho años el seis de diciembre próximo. Y nunca había estado enferma.
—Ya. Estas cosas pasan. Por lo general un perro sano vive catorce o quince años. Aunque hay registrado el caso de un perro de Chicago que vivió veintisiete, Pero es un caso único. Un récord yo diría que inigualable.
Me salió por la boca lo detectivesco y sugerí:
—Si le hicieran una autopsia a Merceditas quizás se sabría qué ha causado su muerte.
—Es verdad. No había pensado en ello —la vieja Emilia dejando caer los hombros y favoreciendo la curvatura de su chepa.
Intervino su sobrino, mostrando sensatez.
—Pero, tía, eso le costará dinero, y nada que hagamos podrá salvarle la vida a Merceditas.
—Nada, desgraciadamente —reconoció ella.
Yo pensé en la baba recogida en mi pañuelo y en la posibilidad de dársela a Pepe Martínez, uno de la policía científica que conozco gracias al comisario Alvarado. Me lo haría gratis, aunque por agradecimiento yo le regalase una botella de orujo que le recordase que era gallego de nacimiento.
Los dos hombres vestidos con mono blanco, habían metido ya al animal muerto dentro de una bolsa negra y colocada ésta encima de unas pequeñas parihuelas. A continuación emitieron un escueto “adiós” y se dirigieron a la salida. Les seguimos los tres y, desde la puerta del inmueble presenciamos como metían el cadáver de la perrita dentro de la furgoneta que habrían traído y después se marchaban.
Regresé a mi agencia. La profunda pena que la muerte de la caniche había causado a tía y sobrino, me tenía impresionado, consciente de que el afecto que alguna gente vuelca en los animales que introduce en su vida puede ser tan fuerte, o más, como el que pueden tener por las personas.
Yo tenía entonces el encargo de una agencia de seguros de averiguar si un individuo que había recibido una importante indemnización por haber quedado paralítico a consecuencias de la caída desde lo alto de un andamio les había engañado, pues un anónimo había informado que muchas tardes, cuando el calor remitía, a este sujeto le habían visto jugar a la petanca en la Casa de Campo y, por la noche, bailando en una discoteca.
A media tarde, con las ventanillas abiertas de mi cacharro y así y todo achicharrándome de calor y buscando alivio con el abaniqueo de un cartón sacado de una caja de libros que me había procurado la chavala del quisco de prensa, que con sus ajustados pantalones pirata y su camiseta dos tallas más pequeñas a la por ella necesitada, me atormentaba cada vez que posaba en ella mis lujuriosos carbones negros de la visión, me coloqué cerca de la puerta principal del bloque de pisos donde se alojaba el supuesto parapléjico, allá por la zona del Trapiche.
Él salió a la calle con su silla de ruedas tirada por su mujer. Ambos intercambiaron saludos con los vecinos. Uno de ellos, un tío robusto y sin casi pelo en la cabeza, prestó ayuda al paralítico para que pudiera sentarse al lado de su consorte. Juzgué, por lo que estaba viendo, que el anónimo muy bien fuera mal intencionado y no se ciñera a la realidad.
Los seguí con mi coche. Su meta fue un gran supermercado, donde la mujer lo ayudó a colocarse en la silla de ruedas. Esta maniobra la fotografié con mi mechero-cámara fotográfica, para presentar estas fotos a la agencia de seguros que había contratado mis servicios.
He aprendido de mi padre a ser meticuloso y paciente y a no conformarme nunca con las apariencias. Así que esperé a que hicieran la compra y les seguí de vuelta a su casa, medio convencido de que no había más en aquel asunto, que lo que estaba viendo. Se había hecho de noche, por lo que el seguido por mí no iría ya a jugar a la petanca a la Casa de Campo. Ahora me quedaba lo de la discoteca. Era sábado noche que suele ser propicia para este tipo de diversión. Esperaría allí hasta la una de la madrugada. En un bar cercano, sin perder de vista el portal, me comí tres sándwiches de jamón de york con queso y lo acompañé de un zumo de naranja.
Consumí tres horas de aburrida espera, pensando ya en la muy posible inutilidad de la misma. Pero pasado un cuarto de hora de la medianoche apareció por la puerta acristalada, que yo vigilaba, la mujer del paralítico. Ella se metió en su coche, y allí quedó. Yo había tenido tiempo de sacarle un par de fotos cuando ella se detuvo delante de la puerta del vehículo bien iluminado por la farola junto a la que estaba aparcado. Transcurrieron unos pocos minutos y entonces salió por la puerta un tío con el pelo largo que, echándose una carrera se metió dentro del vehículo. También lo fotografié
Un surtidor de suposiciones brotó dentro de mi mente. ¿Tenía aquella mujer un amante con el consentimiento de su marido para que saliera con ella a divertirse? Casos así se dan con cierta frecuencia. La permisividad lleva tiempo instalada en nuestra sociedad. La permisividad y asimismo la decadencia. Aunque mirado desde un punto de vista magnánimo y generoso, también podía ser que el parapléjico hubiese quedado inútil para el acto sexual y diera a su esposa el consentimiento para que lo realizara con otro hombre que sí podía realizarlo. ¿Merecía la pena seguirlos? La misión que me habían encargado no era la de descubrir un posible adulterio. (Continuará)
may 17th
may 14th
MALA INTERPRETACIÓN
Una mujer va conduciendo su coche en una carretera. Un hombre va por la
misma carretera, pero en el sentido opuesto. Cuando se cruzan, el hombre baja el cristal de la ventana y grita:
—¡¡¡¡VAAAAAACA!!!!
La mujer, baja el cristal de su ventana y responde:
—¡¡¡CAAABBBROOOOON!!!
Cada uno sigue su camino, pero la mujer, que va muy enfadada, al doblar la primera curva, choca con una gigantesca vaca acostada en el medio de la carretera.
MORALEJA: “…Si es que nunca nos escucháis, joder.”
may 13th
EXAMEN FINAL
Una profesora universitaria estaba acabando de dar las últimas informaciones a sus alumnos sobre el examen final que harían al día siguiente. Terminó diciendo que no habría excusas para quien no acudiese al examen, a menos que se tratase de un accidente grave, enfermedad o muerte de algún pariente próximo.
Un gracioso que estaba sentado al fondo de la clase preguntó con ese típico aire de cinismo:
“De entre esos motivos justificantes… ¿podemos incluir el de extremo cansancio por actividad sexual?”.
La clase explotó de risas mientras que la profesora aguardaba pacientemente a que todos se callasen. Entonces ella miró al payaso y le respondió:
“Eso no es un motivo justificativo. Como la prueba será tipo test, usted puede venir y escribir con la otra mano… ,o puede usted contestar de pie, si es que no puede sentarse.”
may 13th
VERANO CALIENTE EN PARÍS
París es una ciudad mágica, fascinante, extraordinaria. Dominado por la irresistible, incontrolable ansia de ver cuanto antes las principales maravillas que atesora, los tres primeros días de mi estancia allí, los dediqué a recorrerla fonéticamente. Visité la Torre Eiffel, esa estructura metálica convertida en símbolo mundial, que de noche sobre todo, profusamente iluminada, parece una escalera hecha de estrellas que penetra en el cielo. El Palacio de Versalles, a las afueras de la ciudad, obra arquitectónica de una ostentación apabullante, que fue residencia de los reyes Luis XVI y María Antonieta, desde donde fueron llevados directamente a la guillotina donde perdieron la cabeza, y cuya fastuosidad me dejó boquiabierto de admiración. El Museo del Louvre, posiblemente el mayor del mundo, donde se encuentran obras de arte tan archiconocidas como la Gioconda, la Venus de Milo, la Victoria de Somocracia y tantas otras. Notre Dame de París situada donde el romántico Sena se bifurca formando una isla; catedral de colosales proporciones con sus famosas gárgolas, rosetones gigantes y vidrieras, y su interior simétrico, aunque los decorados de las columnas y las paredes son todos diferentes. Y no sigo enumerando más majestuosidades parisinas, pues no es mi propósito convertir este escrito en una guía turística, sino en un relato.
Yo había ido a París invitado por mi amigo Manolo que trabajaba allí de camarero en un pequeño restaurante y tenía alquilado un estudio en la cuarta planta de un viejo edificio de Pigalle, sin ascensor, con unos estrechos y empinados escalones que te dejaban sin resuello cuando los ascendías y te ponían en peligro de descalabro cuando los descendías.
Una mañana que había salido a callejear sin llevar rumbo determinado alguno fui a parar al Bulevar de Port Royal donde encontré una pequeña multitud de personas reunidas alrededor de un viejo y gigantesco plátano, todas mirando hacia lo alto de él. Su actitud despertó mi natural curiosidad, y a una chavala de cara bonita y cuerpo poseedor de todas esas voluptuosas curvas que alegran los ojos de los amantes de la belleza corporal femenina, le pregunté, en mi defectuoso pero entendible francés:
—¿Qué ocurre aquí, bonita? ¿Por qué mira todo el mundo a lo alto de ese árbol? —señalándoselo con mi índice derecho tieso.
Ella me sonrió amistosamente y me explicó que el concejal del ayuntamiento, encargado de los transportes, había considerado que aquel plátano situado frente al número 93 del bulevar creaba una chicane inútil para los autobuses y que talarlo mejoraría en unos pocos segundos la velocidad de la éstos, y que todos los presentes estaban allí para impedirlo.
—¿Y qué tiene de malo que los autobuses mejoren algunos segundos su velocidad? —manifesté perplejo.
—Mucho. Muchísimo —afirmo ella, contundente, la sonrisa perdida.
—¿Ah, sí? —pasando de la perplejidad a la incredulidad.
—Sí. Mira bien y verás un nido. Allí —la que atiesó ahora un índice fue ella.
Escruté las dispersas ramas del árbol y descubrí lo que parecía un pequeño cuenco hecho de ramitas y paja.
—Lo he visto. Está bien hecho, ¿y qué pasa?
Ella me miró como una persona que se considera inteligente mira a otra persona que cree que no lo es.
—Pues pasa que hay una ley legislada en el 2.005 que impide el traslado o la destrucción de un nido durante el periodo de reproducción de sus pequeños dueños, y eso es lo que defendemos todos los que estamos ahora aquí —con un gracioso giro de su mano indicó a la gente que nos rodeaba—. Dentro de ese nido hay tres crías indefensas.
—¡Ah, ahora lo entiendo! Todos vosotros estáis aquí para impedir que corten este plátano y esos pobrecitos pajarillos se queden sin hogar.
—Exacto. Es un caso de humanidad —muy orgullosa de su actitud y sentimientos.
—Desde luego —siguiéndole la corriente—. ¿Puedo quedarme contigo? —pedí encontrando placer en ver como se hinchaban sus senos debajo del floreado vestido que llevaba, en aspirar el perfume que emanaba de su escultural cuerpo, y de observar sus labios gordezuelos que ella tenía la costumbre de humedecer continuamente con su lengua rosadita y puntiaguda.
—Claro. La mayoría de los que estamos aquí permaneceremos hasta que oscurezca, pues entonces ya no habrá peligro de que venga nadie del ayuntamiento a cortar el árbol.
Al día le quedaban un par de horas de claridad todavía.
—¿Te apetece beber un refresco? —ofrecí—. Puedo ir a buscarlo…
Sus ojos color miel me miraron con súbita benevolencia y su boca humedecida la entreabrió una preciosa sonrisa.
—¡Oh, eres un encanto! —aprobó—. Gracias. Tengo sed.
Cinco minutos más tarde regresé junto a ella con dos latas de Coca-Cola.
—Salud.
Bebimos. Hablamos. Ella se llamaba Colette, trabajaba para una compañía de seguros y justo el día anterior había comenzado unas vacaciones de quince días. Le conté que yo también estaba de vacaciones y me gustaba tanto París que, si encontraba un trabajo, me quedaría a vivir un tiempo indefinido en esta prodigiosa ciudad.
—No tengo novia —le dije con toda intención, pues ella comenzaba a gustarme mucho, especialmente a partir del momento en que levantó su falda porque creía se le había metido una avispa debajo y me mostró sus espectaculares muslos y un triángulo de braguitas inmaculadamente blancas.
—Yo tengo novio. No nos planteamos casarnos. Casarse es un paso muy importante y hay que pensárselo muy bien antes de darlo —sensata ella. More >
may 11th
LAS DOS HERMANAS SOSPECHOSAS (IV y último)
Por la deferencia con que el camarero saludó a Marta, supe que ella era habitual del establecimiento que me había recomendado. Rechacé la carta.
—Comeré lo mismo que tú —propuse.
—¿Tanto confías en mí? —sonrió complacida, coqueta.
—Nadie que coleccione bonsáis puede ser una mala persona.
Se le escapó la risa. No se privaba de exteriorizar lo a gusto que se encontraba en mi compañía. Había venido guapísima. Con una chaquetilla de cuero marrón y vestido de lana verde manzana bastante ajustado. Sin cinturón. Se había abierto la chupa nada más entramos en el local. Un escote en forma de uve dejaba al descubierto el principio de sus senos pujantes. Rodeaba su cuello una cadenita de oro y del mismo metal eran sus pendientes. Toda ella olía a seducción.
El camarero nos sirvió dos cócteles de gambas. Deliciosa la salsa rosa que cubría el marisco y la lechuga picada fina. No tardé en llevar la conversación a mi terreno.
—Me impresionó tanto lo del incendio que sufrió vuestra empresa que he pensado mucho en ello. Lo único que podría serviros de algún consuelo es que no os fuera demasiado bien en lo económico y tuvierais pérdidas. Las empresas a veces tienen rachas malas. Los salarios de los obreros son altos, los impuestos y los materiales no parar de subir, y encima está la competencia…
Evité mirarla de frente, eludir la posibilidad de que mi cara revelase cuanto me avergonzaba mi conducta. Marta tardó algún tiempo en responder. Cuando por fin contestó su voz sonó desasosegada, sincera:
—Algunas pérdidas sí habíamos tenido últimamente. Pero de poca importancia. Debidas principalmente a que nos abandonaron varios clientes, por motivos de edad; amigos de papá que se jubilaron. Como tú has dicho hay mucha competencia y no es fácil conseguir clientes nuevos. Pero lo estábamos logrando. La calidad de nuestros productos la estábamos manteniendo y eso es muy importante para la buena marcha de un negocio. Habríamos superado ese pequeño bache de no haberse producido ese terrible incendio. Acabábamos de contratar los servicios de un viejo amigo de papá, persona muy competente, para que nos asesorase. Nos habían hecho muy interesantes ofertas de compra, pero las rechazamos todas. Queríamos seguir adelante por papá que amaba tanto esta industria a la que, como ya te dije anteriormente, había dedicado los mejores años de su vida. Pensábamos que se lo debíamos. A él y al abuelo, que la fundó. Claudia y yo somos bastante sentimentales, ¿sabes?— infinita la tristeza pintada en su atractivo semblante—. Ahora, desgraciadamente, ya nada podemos hacer al respecto. El maldito fuego impuso su ley devastadora.
Realizó un patético movimiento de hombros. Impotencia en su gesto de manos abiertas. Creí por completo en su inocencia y la de su hermana.
—Me apena mucho lo que os ha sucedido —dije afectuoso—. Ha sido una desgracia irremediable.
Ella me cogió las manos y con los ojos cuajados de lágrimas musitó:
—Muchísimas gracias por tu comprensión, Javi. Eres una persona maravillosa. Ha sido estupendo conocerte.
Me incliné sobre la mesa y al darse cuenta de mi intención, ella adelantó su rostro y nuestros labios se rozaron. Y tomé entonces la decisión de abandonar aquel caso, que no había sido de mi agrado en ningún momento.
La llegada del camarero nos obligó a desunir nuestras manos.
Nos sirvió la merluza con salsa verde. Le dimos las gracias y él se fue. Marta y yo comenzamos a comer el pescado, coincidiendo en que estaba riquísimo. Escancié agua mineral en nuestras copas. Empezamos a comer el pescado. Lo encontramos muy rico.
—¿Te gusta leer? —me preguntó mientras le llenaba el vaso de agua mineral.
—Novelas no muy largas. De alrededor de las doscientas páginas.
—¿Cual es tu género preferido?
—Bueno, la novela negra. ¿Y el tuyo?
—La novela romántica, intelectual. ¿Has leído “Bäsle, mi sangre, mi alma”?
—No he tenido el gusto.
—Te la regalaré. Tiene unos personajes divinos.
—¿Se parecen a ti?
Nos reímos. Había muy buen rollo entre los dos. Sacó ella a colación que según una estadística las mujeres son más monógamas que los hombres.
—¿Qué opinas tú a este respecto? —con mal disimulado interés.
—Opino que las cosas bellas son efímeras. Pensemos en una mariposa, una flor, un arco iris.
—¿Piensas lo mismo del amor?
—No te sé contestar. No he conocido todavía un gran amor.
Nos miramos a los ojos. Ella entreabrió los labios como si de repente le faltara el aire.
—Existe el amor eterno. Hay personas que lo encuentran —defendió con cierta vehemencia.
—Es posible —prefiriendo no añadir nada más, pues no opinábamos igual.
Renunciamos a comer postres y tomar café. Pagamos a medias y abandonamos el restaurante. Antes de llegar a mi destartalado coche Nos habíamos devorado varias veces la boca.
—Te confesaré una cosa muy íntima, Javi. Nunca me he enamorado. Ni siquiera cuando era adolescente. Pero por ti siento algo muy especial —jadeo junto a mi cuello.
—También yo siento por ti algo especial. Vamos a mi casa y te lo demostraré.
Hice honor a lo dicho. Marta y yo mantuvimos una relación que duró cinco días de sexo frenético. Al segundo día haberme acostado con ella, le dije a la directora de la compañía de seguros que dejaba el asunto porque después de haber conocido a las hermana Ferrer estaba seguro de que el incendio de su fabrica había sido fortuito. Lidia Bermúdez que me conoce bien, pues se ha acostado conmigo media docena de veces, y por conocerme bien me gritó furiosa:
—¡Hablas así porque te la estás follando, disoluto! Si te conoceré yo.
—Hablo así porque estoy seguro de eso fue lo que sucedió con esa fabrica.
—Adiós llamaré a la Agencia Sherlock, que son más competentes que tú.
—Más competentes no sé, pero muchísimo más caros sí. No te enfades conmigo, porque hagas lo que hagas con nuestra amistad yo te seguiré queriendo igual.
—¡Imbécil! —me cortó, según mi parecer algo menos enfadada que al principio de nuestra alterada conversación telefónica.
He contado que la relación que mantuvimos Marta y yo duró cinco días, porque al sexto los sabuesos de la Agencia Sherlock contrataron los servicios de especialistas franceses y descubrieron que un equipo de incendiarios profesionales norteamericanos habían provocado el incendio utilizando un complicado sistema eléctrico.
Este caso me ha convertido en un desconfiado que cree menos que antes, en que las mujeres dicen la verdad cuando más parece que la dicen.
Estoy esperando que sea el cumpleaños de la señora Bermúdez para regalarle un buen ramo de flores y enviarle con ella una llave de mi apartamento y una invitación a que lo pasemos juntos. Mi vanidad me hace creer que ella aceptará mi oferta.
Y ahora, en mi balcón, además del geranio y el pelargonio tengo el bonsái que me regalo Marta Ferrer. Lo he puesto en medio dándole el protagonismo (aunque es más pequeño) de árbol dominante y para completar el proceso que me enseñó Marta, a la que recuerdo con benevolencia cada vez que miro este arbolito simpático, mis tres plantitas forman una cifra impar.
may 10th
SEMEN
Esto realmente sucedió en el I.T.E.S.M. en octubre pasado en una clase de
la carrera de Medicina, el profesor estaba hablando de los altos niveles de
glucosa hallados en el semen. Una asistente levantó la mano y preguntó:
“Si le he entendido bien, está usted diciendo que hay un montón de glucosa,
como en el azúcar, en el semen masculino”.
“Es correcto”, respondió el profesor.
Levantando la mano de nuevo la chica preguntó:
“Entonces, ¿por qué no sabe dulce?” Tras un silencio estupefacto, la clase completa estalló en risas. La cara de la pobre chica se puso roja brillante cuando se dió verdadera cuenta de lo que, sin querer, había dicho. Cogió sus libros sin decir una palabra y salió de la clase para nunca más volver.
Sin embargo, mientras cruzaba la puerta, la respuesta del profesor fue clásica.
Totalmente serio, respondió a su pregunta:
“No le sabe dulce porque las papilas gustativas para el dulzor están en la punta de la lengua y no al fondo de la garganta”.
may 8th
DOS HERMANAS SOSPECHOSAS (III)
—¡Uf, nos ha ido fatal! Hace diez días un devastador incendio destruyó por completo nuestra industria. La dejó convertida en cenizas. Ha sido una catástrofe espantosa que nos ha dejado sin el negocio y nos ha destrozado la vida. Mi hermana y yo nunca superaremos tan terrible pérdida. ¡Nunca!
Su obvia congoja, su evidente abatimiento me convencieron de que me estaba diciendo la verdad.
—Siento muy de veras lo que os ha ocurrido, Marta.
—Gracias —sinceramente agradecida—. ¿Te lo imaginas, Javi? Una próspera industria con más de cien años de antigüedad terminó, en unas pocas horas, totalmente consumida por las llamas. Nuestro padre la heredó del suyo, y le dedicó su vida entera. El único consuelo que tenemos es que no se produjeron víctimas humanas. Las pérdidas han sido únicamente materiales.
— ¿Y los bomberos no pudieron apagar el incendio antes de que se consumiera todo?
—No; les fue imposible. ¡Imposible! El incendio ocurrió de noche. Hacía mucho viento. Algunos de los productos almacenados eran extremadamente inflamables. El fuego había avanzado muchísimo cuando llegaron los bomberos. Y aunque lucharon denodadamente contra las llamas, cuando consiguieron extinguirlas por completo, ya de madrugada, se había perdido todo. ¡Absolutamente todo!
Marta controlaba a duras penas las lágrimas. La acuosidad embellecía sus ojos. No aprecié en ella signo alguno que pudiera interpretarse como de culpabilidad, lo cual me produjo enorme malestar.
—Muchas empresas tienen un vigilante de noche. ¿No lo teníais vosotras?
Marta suspiró. Bajó la cabeza e hizo circular un dedo índice alrededor del borde de su vaso. Sus cabellos caídos hacia delante ocultaban parte de su rostro. Su actitud era de total abatimiento.
—Teníamos uno. Llevaba más de treinta años en nuestra empresa. Le teníamos en gran estima. Nunca tuvimos queja alguna de él. Pero se jubiló hace dos meses. Hemos estado buscando uno nuevo, pero ninguno de los que se presentaron con la pretensión de ocupar su puesto nos pareció suficientemente bueno, digno de confianza. Tal vez no debimos ser tan exigentes…
—Supongo que, por lo menos teníais asegurada la industria.
—Sí, sí, por supuesto. Manejando productos tan fácilmente inflamables sería una imperdonable temeridad no tener un seguro. Pero nos ha surgido un problema muy gordo. La compañía aseguradora está buscando la forma de librarse de pagarnos lo que por ley nos corresponde. Todas las compañías de seguros son muy buenas a la hora de cobrarte altas sumas por sus seguros y muy malas a la hora de pagarte cuando te ocurre un siniestro. Nos han mandado a los lobos feroces de sus técnicos y abogados. Probablemente conseguirán retrasar algún tiempo la indemnización que nos corresponde, pero al final no les quedará más remedio que pagarnos porque nunca podrán probar que el incendio no fue fortuito, porque lo fue. La verdad prevalecerá.
La creí inocente y consideré una despreciable vileza por mi parte ganarme su confianza con la intención de ayudar a la señora Bermúdez, directora de la empresa aseguradora, a escapar de cumplir el compromiso contraído.
—¿No creéis posible que la compañía aseguradora encuentre la forma de no pagaros?
—Sería una colosal canallada que consiguiera eso. Mi hermana y yo quedaríamos totalmente arruinadas. Claudia se moriría del disgusto. Es una persona muy débil. Yo soy más fuerte. Pueden partirme el corazón, pero no matarme. Buscaría un trabajo y me las arreglaría.
La muestra de coraje exhibida por Marta ganó mi admiración y respeto.
—Vamos a dejar este tema, que tanto te aflige —propuse.
—Gracias. Eres maravillosamente comprensivo. Háblame de ti, Javi.
Brillaba genuino interés en su mirada. Le conté que había abandonado Derecho cuando me faltaba sólo un curso para terminar, porque me entró miedo.
—¿Miedo de qué? —extrañada.
—Miedo a que me atraparan la ambición y la codicia. Miedo a venderme a los poderosos, a verme obligado a aceptar como válidas las herramientas de la corrupción y la injusticia. A ponerme al servicio del éxito, la riqueza, el poder.
Endemoniadamente bonita la tierna sonrisa que Marta me dedicó.
—Eres una persona admirable, Javi. Me fascinas.
—No me levantes muy alto con la grúa de tu estima porque puedo sufrir una caída mortal. Los ídolos que caen de muy alto se hacen añicos.
—Estoy totalmente segura que tú nunca te caerás de ningún sitio. Estás muy bien equilibrado.
Nos separamos a la hora del almuerzo. Fue decisión mía, pues por gusto suyo habríamos permanecido juntos el resto del día. Al despedirnos, sin importarle la gente que circulaba por nuestro lado su boca buscó la mía. Luché contra mi necesidad de hembra. No tenía claro todavía la decisión que debía tomar en aquel asunto. Lo decidiría en nuestro próximo encuentro que sería al día siguiente.
La precipitación puede llevarnos a cometer errores, que la calma y la reflexión pueden evitar.
may 6th
ESCUELA DE DETECTIVES
En la academia de investigadores privados, el examinador entrevista a 3 aspirantes para probar sus habilidades como futuros detectives. Le enseña una foto al primer de ellos durante 5 segundos y después la esconde.
—Este es su sospechoso. ¿Cómo lo reconocería?
—Pues muy fácilmente. Lo reconocería rápido porque sólo tiene un ojo —convencido el que es examinado.
—No me vale la respuesta. Solo tiene un ojo porque en la foto está de perfil.
Decepcionado, el profesor le enseña la misma foto 5 segundos a un segundo aspirante a aprobar el curso y le pregunta:
—Este es su sospechoso. ¿Cómo lo reconocería?
—Pues porque sólo tiene una oreja —poniendo cara de listo el preguntado.
—¿Pero qué leches pasa con vosotros? —indignado el examinador—. Pues claro que tiene un ojo y una oreja, la foto está hecha de perfil. Vamos a ver tú —se dirige al tercero de los alumnos que está examinando—. ¿Cómo lo reconocerías? Y piénsalo bien antes de responder, no vayas a soltarme una gilipollez.
—El sospechoso usa lentes de contacto —contesta sin apenas pensárselo.
—¡Magnífico! Es correcto —reconoce admirado el examinador—. ¿Cómo has sido capaz de llegar a esa conclusión?
—Ha sido muy sencillo, profe —feliz consigo mismo el alumno—. Lógicamente no podía llevar gafas porque solo tiene un ojo y una oreja. Así que por fuerza tenía que llevar lentillas.
may 4th
CONSEJOS SEXUALES PARA QUE LAS DAMAS TE QUIERAN (1)
1º No calentar siempre bien a una mujer, con besos y caricias light, antes de llegar al maravilloso botón femenino de las mil delicias, no suele ser de su agrado. El bruto que sin preliminares va directamente a las bragas y su contenido, consigue lo contrario a excitar a la dama que se le ha ofrecido. Lo vemos en la formula 1. Antes de lanzar los coches a 300 por hora, dan unas vueltas de precalentamiento. Imita a los que saben y no te arrepentirás.
2º Aprende a besar. Es primordial besar bien. Las mujeres necesitan, quieren ser bien besadas. Los violentos, los babosos y los torpes las disgustan, los consideran bastos trogloditas. La primera novia que tuve me dijo que muchas mujeres piensan que si un hombre no sabe besar, tampoco sabe copular. Por si alguna más piensa como esa antigua novia mía, tú tómalo en consideración.
3º Con las damas no hay que ser ansioso, impaciente y rudo. Tened siempre presente que la mayoría de las zonas erógenas de las mujeres son delicadas y muy sensibles. El clítoris de una mujer hay que tocarlo con suma delicadeza, es muchísimo más adecuado el roce que el manotazo, y si se le busca con la boca, tampoco hay que confundirlo con una cereza y arrearle bocados. Los lobos sólo tienen éxito en cierto tipo de películas de licántropos, y estamos hablando de la vida real.
4ºAntes de llegar a esas zonas más intimas de las damas comienza por acariciar su piel, generalmente sedosa. Por ejemplo la piel de la espalda, de los brazos, del vientre, de los muslos, del rostro; con suavidad y sentimiento, que ella imagine, sienta que tú la crees maravillosa, única. Quitando unas cuantas brutotas que les va la violencia, que son notoria minoría (según mis propias estadísticas el uno por ciento), lo indicado por mí anteriormente es lo que las mola.