UN NIÑO Y UN LEON (MICRORRELATO)

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Una tarde, desoyendo las encarecidas advertencias de sus padres, un niño pequeño aprovechó que ellos estaban distraídos con la visita de unos amigos, para salir por la puerta trasera del bungaló que habitaban, y se adentró solo en la selva. No le guiaba más interés que un deseo rebelde de saltarse la prohibición que le hacían varias veces todos los días.
Llevaba el niño andados algunos minutos por el sendero que solían transitar su padre y sus ayudantes, cuando de pronto se encontró frente a un enorme león  que salía  de entre unos altos arbustos. El pequeño, nunca antes había visto de cerca a ninguno de estos fieros y peligrosos animales salvajes. Lo encontró gigantesco, aterrador. El león abrió sus enormes fauces y soltó un rugido espeluznante.
El niño sintió que el pánico le estrujaba el corazón. Y comenzó a temblar de la cabeza a los pies, al tiempo que una humedad caliente empezaba a empaparle cierta parte   de sus pantaloncitos cortos. Sus trémulas piernas chocaban por la parte de las rodillas.
La fiera rugió de nuevo, inmóvil, hipnotizándole con la fijeza de sus ojos amarillos, enseñándole sus dos enormes y terribles filas de dientes.
El niño, con voz apenas audible, le dirigió a la fiera unas palabras que pretendió sonaran amenazadoras:
—Como me hagas algo, mi papá, que es cazador, te matará…
El león lanzó un tercer rugido, dio medio giro y se alejó despacio, majestuoso. El niño quedó convencido de que el haberle mencionado a su padre, el cazador más valiente de toda la selva, había asustado al gran animal salvaje. El niño ignoraba que el león, un buen rato antes había matado a un ñu, y dado con él un colosal atracón que lo había dejado absolutamente ahíto.
Con esta terrible experiencia, al pequeño se le quedó el miedo metido en el cuerpo y jamás volvió a escaparse de su casa. Intuyó, a pesar  de su corta edad, que a la suerte no se la debe tentar más de una vez.

MUJERES IMPÚDICAS (MICRORRELATO)

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Un alumno de bachiller, perteneciente a una familia de acusada raigambre religiosa, le preguntó a un prestigioso historiador si en la actualidad, de un modo generalizado, la mujer había alcanzado el grado máximo de concupiscencia de todos los tiempos. El hombre erudito sonrió con suficiencia y le respondió poniéndose muy docto:
—Muchacho, la liberación de la mujer ha existido en todos los tiempos. Por ponerte uno de los mil ejemplos que podría, entre los tártaros, un par de siglos atrás, cuánto más se prostituía una mujer, más se la honraba. Y era habitual entre ellas llevar públicamente al cuello las marcas de su impudicia, y no se estimaba a las mujeres que no llevaban este adorno.
El joven curioso, creyendo que el profesor se estaba refiriendo a mujeres prostitutas quiso saber:
—¿Y esas mujeres cobraban mucho por sus “impudicias”?
—Por supuesto que no —categórico su informador—. No se trataba de meretrices, sino de mujeres normales.
—¡Ah! ¿Está usted casado, profesor?
—Ciertamente. Y estoy casado, además, con una mujer que pertenece a la población tártara de Crimea.
Inmediatamente el muchacho miró con insistencia la frente del historiador sorprendiéndole no ver en ella lo que esperaba.

CRIMEN PERFECTO (MICRORRELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

Debido a las numerosas vejaciones y los incontables desprecios recibidos, una mujer vengativa llegó a odiar tanto a su marido, que planeó terminar con él, de modo que no pudieran descubrirla y castigarla. Estudió el poder mortífero de los venenos más eficaces. Encontró uno que usaba cierta tribu amazónica. Los miembros de la misma untaban con este veneno sus flechas. Estas flechas, al penetrar en el cuerpo del animal que habían herido, él quedaba muerto inmediatamente, no importaba si había sido alcanzado en un punto vital de su anatomía, o no.
Corriendo evidente riesgo, la vengativa esposa empleó mucho tiempo ingiriendo pequeñas dosis de aquel peligrosísimo veneno, hasta conseguir por fin su total inmunidad al mismo.
Una vez lo hubo logrado, soportando con enorme esfuerzo él asco que le había cogido a su cónyuge, por los continuados malos tratos que recibía de él, lo fue matando lentamente, impregnados sus labios de aquel veneno. Este veneno era muy adictivo y, su maltratador la besaba con abusiva frecuencia, con-sumiendo con lujuriosa avidez, hasta la última partícula existente en los vene-nosos labios de ella.
Cuando ya vieja, y hallándose esta mujer a las puertas de su muerte, reveló el envenenamiento de su marido, que había mantenido secreto hasta entonces, y dejó para los anales de la criminología otro crimen perfecto del que nadie pudo aprovecharse porque ella nunca divulgó el nombre de aquel mortífero veneno que le había permitido matar con él, mientras ella continuaba viva.

VESTIR Y DESVESTIR (MICRORRELATO)

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Ella era romántica y poseía un corazón que se abría fácilmente
a la belleza y a la ternura.
Él era poeta y sabía cómo desvestirla con poemas de pasión,
y vestirla de nuevo con poemas de amor.
Y vestidos y desvestidos ambos,
encontraban la felicidad que perseguían
encerrados en un mundo mágico
donde no les llegaba la fealdad
que estaba invadiendo arrolladoramente
el mundo exterior.

TENÍA BUEN OÍDO Y BUENAS PIERNAS (MICRORRELATO)

Olegario Manzanas se hallaba en lo mejor del trasiego copulativo cuando escuchó el clic que producía la cerradura de la calle abriéndose. Olegario abandonó veloz como el rayo a la mujer que disfrutaba, recogió su ropa del suelo y escapó corriendo por la ventana. Nunca le había gustado a lo largo de su vida dejar nada a medio hacer, pero en este caso el marido de la infiel era policía y tenía una pistola.

SOY DE LOS QUE LLORAN EN LAS BODAS (MICRORRELATO)

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Copyright Andrés Fornells)

Soy de los que lloran en las bodas. Y mucho. Lloro en las bodas porque me recuerdan la mía. Y es que son tan bellas, conmovedoras y emotivas las palabras que el señor cura dirige a los contrayentes (casi siempre hermosísima e ilusionada la novia, casi siempre sobreexcitado y asustado el novio) llegado el momento, para mí, supremo de la ceremonia.
El sacerdote invita a la pareja a que declaren su consentimiento, con estas palabras:
—“Como es su sagrada intención entrar en el matrimonio, unan sus manos derechas, y declaren su consentimiento ante Dios y ante la Iglesia”.
Ellos, los contrayentes, unen sus manos temblorosas.
El novio dice con voz poco firme y bastante timorata:
—“Yo, Antoñito Perales te tomo a ti, María Manzano, como mi esposa. Prometo serte fiel en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad. Amarte y respetarte todos los días de mi vida”.
La novia dice a continuación con voz dulce y aterciopelada:
—“Yo, María Manzano, te tomo a ti, Antoñito Perales, como mi esposo. Prometo serte fiel en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad. Amarte y respetarte todos los días de mi vida”.
Entonces, el eclesiástico oficiante les dice a los recién esposados que pueden besarse, cuando en los tiempos que corremos lo más acertado sería decirles que salgan flechados a por una cama y que se refocilen en ella hasta quedar hechos unos zorros.
Pero bueno, esto es lo que hay, y a ello me remito.
Sí, sí y sí, soy de los que lloran en las bodas, pero no lloro sólo por esta bonita escena que acabo de describir. Lloro por lo que les ocurre a muchos matrimonios después de transcurrido algún tiempo de convivencia (corto o largo, depende de muchos factores en los que no entraré para no alargarme y deprimir a los amables lectores).
Y ocurre, en muchos casos, que el esposo se cansa de su esposa. Y la esposa se cansa de su marido. Y los dos, mutuamente decepcionados y compartiendo un aburrimiento mortal, caen por las pendientes de la tentación que les llevan, también mutuamente, a adornarle cada uno la frente al otro.
Y si añadido a lo anterior van muy mal en lo económico y se las ven y desean para llegar a final de mes sin pasar hambre ni aumentar las muchas trampas ya acumuladas, vienen las desavenencias, los insultos, las recriminaciones y el desamor.
—No tenemos dinero ni para llegar a final de mes y tú, desgraciado de mierda, te has comprado un teléfono móvil nuevo.
—No tenemos para comer y tú, malgastadora de mierda, te has comprado un vestido nuevo.
Aquí empieza el matrimonio a fallar en lo de ser mutuamente fieles en lo próspero y en lo adverso. Y por las noches, para aumentar ingresos, él echa horas haciendo de puto, y ella haciendo de lo mismo pero cambiando la última vocal “o” por “a”.
Las cosas van de mal en peor y como han dejado de amarse y respetarse todos los días de su vida, entienden que lo mejor que ambos pueden hacer es divorciarse. Y entonces tienen que ahorrar porque la Iglesia les castiga económicamente por haber roto su consentimiento ante Dios y ante la santa iglesia, dos cosas consideradas de suma gravedad religiosa.
Total, que más de uno de los que lea este crudo y revelador escrito mío terminará soltero el resto de su vida, o al igual que yo, llorando en las bodas porque pensará en lo dramática y tristemente que acaban tantas de ellas.
A todos los que no les ha ocurrido esta triste y traumatizante rotura matrimonial, mi más admirada felicitación y, si les sobra algún pañuelo les agradeceré me lo den, pues yo sigo en lo mío.

SIGNIFICADO DE LA PALABRA FUCK (MICRORRELATO)

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SIGNIFICADO DE LA PALABRA FUCK

En la antigua Inglaterra la gente no podía tener sexo sin contar con el
consentimiento del Rey (a menos que se tratara de un miembro de

la familia real que estaba autorizado a cualquier hora y casi sin pedir el consentimiento del vasallo). Cuando la gente quería tener un hijo debían

solicitar un permiso al monarca, quien les entregaba una

placa que debían colgar afuera de su puerta mientras

mantenían relaciones. La placa decía

«Fornication Under Consent of the
King» (F.U.C.K.). Este

es el origen de esta

palabra inglesa

de una práctica

que no debiera

practicar aquel

o aquella que no

tiene ganas.