LO QUE EL HOMBRE HACE CON LO QUE NO NECESITA MÁS (MICRORRELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)
Casimiro Huevoduro era un campesino dueño de un terrenito del que iba sacando para malvivir él y su burro. A su burro lo tenía trabajando de sol a sol, mal alimentado, sin agradéceselo y propinándole alguna que otra patada y chorro de insultos cuando el animal no le labraba la tierra con la rapidez que él le exigía.
La suerte, que por ser igual de ciega que la justicia, a menudo premia a los que menos se lo merecen, tuvo el capricho de premiar con una considerable cantidad de dinero un número de la lotería del que Casimiro Huevoduro poseía un décimo.
Con el dinero obtenido, Casimiro Huevoduro se compró un tractor y, como ya no lo necesitaba más, a su burro lo vendió al matadero para que los carniceros del pueblo pudieran vender su carne y sacar provecho económico.
Casimiro Huevoduro ara ahora sus tierras cómodamente sentado en su tractor y cantando los días que se siente alegre. De su burro, si alguna vez se acuerda, es para pensar que en el matadero debían habérselo pagado mejor.

PRINCIPE AZUL (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells
Azucena Ramírez era una chica romántica, ingenua y soñadora. No existía en el mundo cosa que le gustase más que los cuentos de hadas. Leía todos los que caían en sus manos. Embelesada, al terminar cada lectura, cerraba sus ojos, suspiraba y pedía a las madrinas mágicas encontrasen para ella un Príncipe Azul.
Azucena Ramírez creyó que las hadas la habían escuchado y complacido, el día que conoció al apuesto Jacinto Velones y él la confesó, románticamente arrodillado, que ella le gustaba con locura, incluso le gustaba muchísimo más que el jerez y el jamón serrano pata negra.
Y ambos se unieron, siempre en la oscuridad pues ella era muy púdica, y vivieron felices durante un tiempo. Concretamente justo hasta el día en que a Jacinto Velones lo pilló en la calle una lluvia torrencial, desprovisto él de paraguas, y quedó empapado hasta los mismos huesos.
—Cámbiate, mi amor, no vayas a coger una pulmonía —llegado a casa le aconsejó Azucena Ramírez, cariñosísima, temiendo por su salud.
Fue entonces, al ver a Jacinto Velones desprovisto de ropa, cuando Azucena sufrió el mayor y más terrible desengaño de toda su vida al descubrir que, con la mojadura, él había perdido casi la totalidad de su color azul.
Entonces, furiosa y engañada a más no poder, les echó a él y a sus ropas a la calle.
He sabido, por la mamá de Azucena Ramírez, que ahora ella se ha aficionado a las lecturas de horror, y no me extrañaría verla cualquier día del brazo del Conde Drácula, de Frankenstein o de ese masajista de cuellos, el Estrangulador de Boston.