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CAPÍTULO I
El joven Yago había sido invitado a una fiesta y no consideró correcto, por su parte, presentarse en ella con las manos vacías. Vestido ya para salir, asomó la cabeza por la puerta del pequeño despacho y le preguntó a su progenitor, con el que vivía desde que sus padres se habían divorciado.

—Papá, ¿puedo llevarme una de las dos botellas de vino que tienes ahí en el mueble bar? Quiero llevar algo a esa fiesta a la que me han invitado. Su padre levantó la vista que tenía fija en la pantalla del ordenador, miró a su hijo y le deseó sonriéndole cariñosamente.

—Sí, llévatela y diviértete, chico. Estás en la mejor edad. ¿Vas a ir solo a esa fiesta? —Voy a pasarme por la Pastelería Rasmus-sen a recoger a Brigitte. —No sé cómo la aguantas. Esa chica es medio tonta. Yago aceptó como buena su opinión. 

—Por comodidad, papá. Aguanto a Brigitte por co-modidad. Cuando la necesito la llamo y nunca se molesta si paso varios días sin acor-darme de ella. ¿Qué piensas tú hacer hoy, papá?

—Estoy liado con el balance del mes. Lo terminaré dentro de un rato y entonces me iré a casa de la viuda Olsen. Nos bebe-remos los dos una botella de champán y después «Dios dirá». Hablaban danés entre ellos dos, añadiéndole algún que otro término en español.

—Papá, hay una pregunta que me ronda continuamente la cabeza y nunca te hago —el joven deseando satisfacer su curiosidad—. ¿No te ha propuesto alguna vez, la viuda Olsen, que viváis juntos? Os entendéis muy bien. Y os gustáis mucho, me consta.

—No. A ella no le interesa eso. Y a mí tampoco. Ella piensa igual que yo: que cada uno en su casa es donde está mejor. Cuando no estamos juntos, ella hace lo que le viene en gana, y yo hago lo mismo.

—Entiendo. Que te diviertas, papá. —Igualmente, hijo. Y mucho cuidado con la bebida y con el coche —pidiéndole lo mismo de siempre—. Sólo tenemos una vida, y en ningu-na parte las venden de repuesto.

—Cierto, y debemos conservarla la mayor cantidad de tiempo posible —riendo con algo de burla Yago.

—Si bebes más de la cuenta, coge un taxi. 15 —Siempre procuro no beber más de la cuenta. Tranquilo, papá.

Salido a la calle, el joven Yago subió al viejo Saab que anteriormente había pertenecido a su pa-dre, quien ahora tenía un Mercedes de segunda mano en muy buen estado. Los sábados por la noche, incluso pasadas las once de la noche, el tráfico seguía siendo intenso en la ciudad de Copenhague. Especialmente los fines de semana en que mucha gente bus-caba diversión fuera de sus hogares. Yago estuvo todo el tiempo centrado en la con-ducción. Un accidente tenido un año atrás, y del que salió con heridas de escasa gravedad, le había enseñado a no correr riesgos ni excederse con la bebida. Brigitte trabajaba en la pastelería de su madre. El local llevaba cerrado algunas horas, pero ambas mujeres seguían dentro elaborando repostería para el lunes. Detuvo su vehículo bien arrimado a la acera, justo delante de la puerta acristalada de la tienda. Tocó el claxon. Madre e hija aparecieron por ella. La primera con el guardapolvo de trabajo y la se-gunda con un delantal que se quitó inmediatamente entregándoselo a la primera. —Bebed con mesura, ¿eh? —recomendó también la señora Rasmussen—. Y si os pasáis con las copas, coged un taxi que es lo más sensato y conveniente. Es perdonable, en ocasiones, perder la vergüenza, pero es imperdonable tener accidentes por las graves consecuencias que conllevan —añadió con seriedad. 16

—No se preocupe, Ana, procuraremos ser abstemios —bromeó Yago que había abierto la puerta de su utilitario para que Brigitte pudiera sentarse a su lado.

Brigitte inundó el interior de automóvil con el perfume francés que usaba últimamente. Llevaba puesto un jersey color carne, y una minifalda negra que, al sentarse, se le subió casi hasta las ingles. No se preocupó de bajarla. Su cuerpo no guardaba secreto alguno para Yago pues, cada vez que a los dos les venía en gana practicaban el coito, desnudos. No había compromiso alguno entre ambos y con absoluta libertad se acostaban con quien les apetecía. Se besaron en los labios, sin lengua. Hubo en este gesto más amistad que pasión. Llevaban demasiado tiempo practicando sexo para, sin calentarse y haberlo acordado previamente, intercambiar caricias íntimas, ardientes.

—Llevo una botella de vino —anunció él, maniobrando para unirse al denso tráfico de la avenida.

—Yo llevo en el bolso una de anisete. Me he peleado con mi madre porque ella lo usa para la pastelería y es del bueno y caro. Le he dicho que no se preocupe que se lo pagaré. Yago que la conocía bien dudó en tono jocoso:

—¿Y harás eso?

—Ni soñarlo —acompañándola ella en la risa.

La fiesta la habían organizado en una nave industrial recién terminada de construir y vacía aún. Casi enfrente de ella un gran solar se había convertido en aparcamiento. 17 Una vez estacionado el vehículo, Yago y Brigitte salieron de él. El joven lo cerró con el mando a distancia. Durante unos segundos aspiraron hondo el aire de la noche. Aire compuesto por una mezcla de carburante quemado y de humedad. Cambiaron una mirada y una sonrisa de genuina amistad. Luego, cogiéndose de la cintura, echaron a an-dar hacia el local iluminado exteriormente por una larga ristra de bombillas multicolores alrededor de las que giraban, miríadas de enloquecidos insectos. Hasta ellos llegaba, con bastante claridad, música bailable proveniente de unos poderosos bafles.

—Nos vamos a divertir a tope —pronosticó Brigitte, animada, dando unos pasos con marcado contoneo de caderas.

Yago forzó una carcajada. Encogió los hombros. A menudo, como en aquel momento, dentro de su cabeza giraba la peonza del hastío. Le parecía llevar una eternidad repitiendo lo mismo cada fin de semana: bebida, baile, conversación insulsa y finalmente acostarse con alguna chica que, al igual que él, convertía en necesidad sumar otra experiencia sexual más a las otras anteriores. El sexo sin amor, es un sucedáneo del auténtico, supremo placer, decía un poema que le había conmovido, mucho tiempo atrás, cuando la plena ilusión embellecía su vida adolescente. Entraron en la enorme y alargado nave.

Los organizadores de la fiesta, una pareja de gays, les recibieron con histriónicas muestras de júbilo. Se besaron las mejillas, coquetearon un poco con Yago al que conocían 18 de haberles pintado, él y su padre, el lujoso apartamento suyo situado en la elegante zona de Kongens Nytorv, con vistas a la estatua ecuestre de Christian V.

—Pasadlo de fábula, parejita encantadora —despidiéndose de ellos con una risa escandalosa que amortiguaron llevándose, a dúo, graciosamente, la mano a la boca.

—Parecen ser muy felices esos dos —comentó Bri-gitte cuando los anfitriones no les podían oír.

—Están prácticamente disfrutando su luna de miel.

—¿Desapruebas ese tipo de uniones?

Ellos nunca habían tocado este tema antes.

—En absoluto, que cada cual haga con su sexualidad lo que le venga en ga-na, mientras no trate de ejercer el proselitismo sobre los demás, no me parece mal. Yo seguiré siendo un inmodificable heterosexual incorruptible. —Pensamos lo mismo —acordó ella—. ¿Sabes una cosa, Yago?, si con el tiempo no llego a casarme, me gustaría ser madre soltera de un hijo tuyo.

—Uy, qué extraña estás esta noche, Brigitte —tratando de ser irónico como siempre que ella hacía aquel tipo de propuestas que a él lo disgustaban. Le disgustaba aquella frivolidad de ella porque siempre había considerado algo muy serio la paternidad y la ejercería con alguien que él amase muy espe-cialmente y haciéndose cargo de los hijos de ambos con el mismo cariño y dedicación que su padre, a él, le había mostrado siempre.

—Me pongo rara cuando estoy a punto de menstruar. Lo admito. Pero eso será mañana —dándole a entender que si le apetecía, más tarde, irse a la cama con ella no habría problema por su parte.

Yago, queriendo escapar de aquel tipo de conversación que lo molestaba, señalando con disimulo a una impresionante mujer que tenían cerca, cuya escultural figura cubría un vestido ajustado y rabiosamente rojo, dijo indicándola con un gesto de cabeza:

—Me resulta familiar la cara de esa rubia que tiene la espalda apoyada en una columna. ¿A ti no, Brigitte?

—Sí, y mucho. Seguro que la has visto muchas veces en la televisión. Es la mujer del jugador de futbol internacional Jorgen Lauridsen. Se llama Bente. Ella y mi hermano Erik fueron a la misma universidad. Ella dejó los estudios para casarse con ese futbolista. Es cliente de nuestra pastelería. Acaba de verme y me está saludando. Tendré que acercarme a decirle algo.

Yago, impactado por la belleza de la mujer del famoso deportista, decidió:

—Te acompaño. Quiero conocerla.

Tras las presentaciones, Bente mirando a Yago con evidente interés le dijo: —Pareces italiano con ese pelo y esos hermosos ojos tan negros.

—Soy medio español y medio danés. Medio danés por parte de mi padre y medio español por parte de mi madre. 

—Una mezcla que consiguió un excelente resultado, por lo que estoy viendo. ¿Bailamos? —Sorprendiéndole agradablemente.

—Espero que tengas tus pies asegurados por una importante suma de dinero. Van a correr peligro con la cercanía de los torpes pies míos —bromeó Yago dando un paso hacia ella.

Salieron a la improvisada y abarrotada pista. Bente, enseguida, con absoluta naturalidad rodeó con sus brazos el cuello de Yago, apoyó el bello rostro en su hombro, y él sintió la calidez perfumada que desprendía su cercana boca escarlata. Por su parte, colocó sus grandes y fuertes manos en la cintura de ella y ambos se pusieron en movimiento iniciando el juego de la mutua seducción, distanciando muy poco sus cuerpos y juntándolos de nuevo como queriendo incrustarse el uno en el otro. Por los altavoces, demasiado altos de volumen, Norah Jones cantaba Love me.

Bente apretó todavía más su cuerpo contra el de Yago al tiempo que realizaban un movimiento voluptuoso las caderas de los dos. Con este movimiento Yago consiguió excitar a Bente, al tiempo que ella lo excitaba a él con una lujuriosa rotación de cintura. Al igual que gran cantidad de jóvenes daneses Yago dominaba el inglés, y susurró la letra de la canción al oído de su compañera de baile.

—Treat me like a fool. Treat me mean and cruel, but love me. Break my faithful heart. Tear it all apart, but love me. (Trátame  como a una tonta. Trátame malvado y cruel, pero ámame. Rompe mi fiel corazón. Destrózalo, pero ámame.)

La próxima canción, también de Noha Jones fue «Come away wih me», esta vez fue Bente la que con voz sensual cantó al oído de Yago.

—Come away with me and we´ll kiss on a mountaintop. Come away with me and I´ll never stop loving you. (Ven conmigo y nos besaremos en la cima de una montaña. Ven conmigo y nunca dejaré de amarte.)

Cuando sonaron únicamente los instrumentos, Bente, doblándose hacia atrás solo de cintura para arriba, para así poder verle el rosto, preguntó Yago empleando un tono muy provocador:

—¿La sangre que corre por tus venas es principalmente española o danesa? —Por mis venas corre lo mejor de ambas sangres —risueño, desafiante él. Ella lo miró al fondo de los ojos, con fijeza, una sonrisa enigmática entreabriendo sus labios carnosos. Era un poco más baja que él incluso con los altos y finos tacones de los bonitos y caros zapatos que calzaba. Yago dobló algo sus piernas para poder restregar su exaltada hombría contra el vértice de los muslos de Bente quién, soltando una risita maliciosa, le preguntó provocadora:

—¿Me deseas muy ardientemente?

—Muy ardientemente. ¿No lo estás notando? —Él inclinándose hacia ella y comenzando a recorrer su cuello con una serie de cálidos, suaves, excitadores besos.

Por la garganta de Bente subió hasta su boca sensual un gorjeo de complacencia. En aquel momento Yago sintió que alguien le tocaba el hombro. Volvió la cabeza y vio que tenía a su lado a Jorgen Lauridsen, atlético, guapo, sonriente. Alarmado, separó inmediatamente su cuerpo del cuerpo de su mujer, preparándose para recibir un posible puñetazo y dispuesto a devolverlo, pues coraje no le faltaba, como demostró cuando practicaba yudo, deporte en el que ganó algunas medallas en las competiciones que tomó parte.

—¿Te gusta mi mujer? —le preguntó el futbolista, inexpresiva su cara.

Yago se atragantó un poco.

—Bueno…