¿ES BUENO CREER EN LOS HORÓSCOPOS? (MICRORRELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

Yo era un asiduo, fiel, fanático seguidor de los horóscopos. Todos los días, antes de salir de casa me leía el mío y obraba en consecuencia. Si mi horóscopo me aconsejaba no coger mi coche, ese día yo usaba el autobús o, si la economía me lo permitía, tomaba un taxi. Si mi horóscopo me aconsejaba no visitar a la mujer que amaba porque se produciría una rotura, yo le metía una excusa a mi chica y me pasaba la noche aburrido viendo la tele. Si mi horóscopo me aconsejaba no discrepar en nada con mis jefes, yo me convertía en mudo ese día.
Todo esto siguió así hasta un día en que mi horóscopo señaló que ese día tendría mucha suerte, recibiría un ascenso en mi trabajo, mi mejor amigo me haría un favor extraordinario, y llegada la noche celebraría que aquel había sido el día más feliz de toda mi vida.
Con tan halagüeñas y felices expectativas salí de mi casa silbando y cantando. Llegué al aparcamiento donde tenía estacionado mi coche, luciendo mis labios una sonrisa de oreja a oreja. Coloqué la llave en el lugar correspondiente para que arrancase mi vehículo y empleé media hora intentando ponerlo en marcha, sin conseguirlo. Estaba muerto mi utilitario. Menos el boca a boca, le hice de todo en mi intento de que echara a andar. Incluso, perdiendo la paciencia, le arreé algunas patadas haciéndole una abolladura que, unos días más tarde me costaría 300 euros me la quitaran. Total, que llegué tarde a mi trabajo. Antes de que poder sentarme a mi mesa, la secretaria de dirección me dijo:
—Haga el favor de dirigirse inmediatamente al despacho del señor Sandro Sánchez. Quiere hablar urgentemente con usted.
Conocedor de lo estricto que era el director de la empresa, con lo de la puntualidad, entré dándole los buenos días y explicándole las razones que motivaban mi llegada con retraso al trabajo. Él me mostró su sonrisa de piraña asesina y me dijo con extremada amabilidad:
—No tiene importancia. Todos sufrimos contrariedades. Verá, la empresa está pasando por dificultades económicas y hemos hecho un ajuste de plantilla. Usted entra dentro de los empleados que, con mucho dolor de nuestro corazón, sentimos tener que prescindir. Pásese por contabilidad a firmar y recoger su finiquito. Muchas gracias por los servicios prestados y adiós.
Empleé diez minutos en tratar de convencerle de que yo era un probo, ejemplar, eficacísimo, imprescindible empleado, etc. Su rostro, todo el tiempo mantuvo igual inexpresividad que si estuviese escuchando llover, para al final exponer:
—Todo cuanto acaba de decirme es muy cierto, pero nuestra empresa tiene que recortar la plantilla actual, y usted es uno de los cesados. Pásese por contabilidad a firmar y recoger su finiquito. Muchas gracias por los servicios prestados y adiós.
Pasó por mi mente el deseo de probar con él si mi directo de derecha poseía poder noqueador, pero recordé que hay cárceles en nuestro país y que muy posiblemente podía terminar en la celda de una de ellas si descargaba mi ira sobre aquel sujeto que, aunque yo nunca lo había tragado, estaba simplemente cumpliendo órdenes superiores.
Firmé y cobre mi finiquito, recobré los objetos personales que había en el despachito ocupado por mí durante cuatro esclavizantes años, y la caja donde me cupieron la dejé en recepción para que me la guardaran hasta que pudiera ir a recogerla con mi coche.
Con todo la mañana por delante, convertido inesperadamente en parado temeroso de poder serlo de larga duración, porque la crisis recorta cruelmente las posibilidades de encontrar empleo, decidí acercarme al parque y matar el tiempo paseando, como hacen los jubilados y los que no tienen empleo.
Bajé una empinada escalera que me conducía al mencionado parque cuando me caí por ella, con tan mala fortuna, que me rompí un brazo y las dos piernas.
Me llevaron al hospital. Por el camino la ambulancia chocó contra un camión y como consecuencia de este choque me rompí el brazo que todavía conservaba sano. Finalmente, otra ambulancia me llevó al centro de salud y allí me enyesaron  brazos y piernas. Pedí la chaqueta que traía cuando me llevaron allí para comunicarle por medio del teléfono móvil, a mi chica, las desgracias que me habían acontecido. Me la entregaron. Busqué en vano mi cartera y mi móvil. Habían desaparecido. Reclamé ambos objetos y según testimonio de quienes me recogieron para llevarme en la ambulancia al hospital, no llevaba encima ninguna de estas dos cosas.
—Alguno de los que acudieron a su lado, cuando rodó por las escaleras, a interesarse por lo que le había sucedido, debió aprovechar para quitarle de en-cima cuanto de valor llevaba. Ocurre con frecuencia. Mirándolo desde una ata-laya optimista, ha salvado usted el reloj, que no es de los malos.
Le pedí a la enfermera que me atendía, me permitiese hacer una llamada con su móvil. Se trataba de una mujer cuarentona, bastante fea, y de aspecto maternal. Marqué el número del móvil de mi chica y le conté, reteniendo a duras penas el llanto, todas las desdichas que me habían sucedido desde que abandoné mi casa. Se compadeció de mí. Escuché un par de sollozos por su parte, que me conmovieron y su promesa de que pasaría a verme pasadas las ocho de la tarde.
Mati, que era el recortado de Matilde, llegó al hospital a las ocho y media. Aguantó con paciente atención y sonriéndome comprensiva y cariñosa hasta que yo me desahogué contándole, de pe a pa, todas las desdichas que me ha-bían sucedido ese aciago día. Al final, acariciándome la mano izquierda, que yo no tenía escayolado, me dijo con voz cargada de afecto:
—Chico, sé que no es el momento más adecuado para decirte lo que te voy a decir, pero no me parece justo prolongar, por miramientos y cobardía por mi parte, lo que me ocurre. Tu sabes que mi jefe, porque te lo he contado, se estaba divorciando —empezando a preocuparme, asentí con la cabeza que era lo que ella esperaba de mí durante la breve pausa realizada—: Pues bien, él ha conseguido su divorcio ya.
—Debe estar muy contento —dije yo cansado de permanecer mudo—. Según tú me contaste, lo de divorciarse lo estaba deseando desesperadamente.
—Mi jefe está contentísimo, y yo también. Tu sabes, porque te lo he contado un par de veces, que yo siempre le he gustado a Ramón.
—Ya… —logré balbucir nadando dentro de mí un negro presentimiento.
—Yo siempre le he gustado —repitió ella, ilusionada—. Y hoy, colocando en mi mano un anillo que le habrá costado un pastón, me ha pedido que me case con él. Yo nunca te lo he confesado, para no disgustarte, pero Ramón me ha gustado siempre mucho, mucho y, ahora, que va a dejar de estar casado, no existe impedimento alguno para que él y yo nos casemos y seamos inmensamente felices. Espero que lo comprendas y tengas la generosidad de alegrarte por mí.
Tan ingenua crueldad por su parte me dejó sin habla durante algunos segundos. Ella aprovechó este silencio mío, para darme un beso en la frente, recoger su bolso que en un primer momento había dejado en el suelo y, recobrando la verticalidad se despidió de mí, presurosa:
—Bueno, tengo prisa. Que te mejores, Virgo (no se refería ella a que yo estuviera por estrenar en lo del sexo duro, sino a mi signo del zodiaco—. Y gracias por ser tan encantadoramente comprensivo conmigo. Adiós.
Y se fue. Bien, por todo lo que acabo de contar, yo he dejado de creer en los horóscopos. Y nada más. ¡Ah!, bueno, si conocen de alguna empresa que necesite a un oficinista muy competente que escribe sin faltas de ortografía y a la velocidad de más de 300 pulsaciones por minutos, tengan la amabilidad de comunicármelo. ¡Ay Dios, al alargar la mano para coger el mando de la tele, que estaba encima de la mesita de noche, acabo de caer al suelo y me he roto la nariz que todavía conservaba sana!

TENÍA UN AMANTE SECRETO (RELATO)

PAREJA EN LA CAMA

 

 

 

 

(Copyright Andrés Fornells)

Una pareja se amaba en secreto a espaldas del marido. Ella se llamaba Lucrecia, él Sebastián, y Roque, era el nombre de la víctima de su adulterio.
Un día en que Roque debía haber salido de viaje, cuando se hallaba en la estación a punto de subirse al AVE, su jefe le llamó al móvil comunicándole que pospusiera el viaje. Se había muerto el padre del cliente que se disponía visitar y, había acordado con el susodicho cliente, un encuentro entre ambos para el día siguiente.
—Así que puedes irte a casa con tu mujercita. Ella se alegrará de verte.
—Muy cierto. Me la llevaré de paseo, a tomar un vermú y a comer en cualquier tasca. Gracias, jefe por el día libre. Es usted la mejor persona del universo entero.
—Recuérdalo todo el tiempo y nunca más me pidas aumento de sueldo. ¡Ja, ja, ja!
Cortaron la comunicación riéndose. Los diez minutos de recorrido hasta su hogar, Roque se los pasó silbando alegremente. Su mujer estaría encantada con esta inesperada sorpresa que iba a darle.
Cuando Roque entró en su casa, sonriente y muy animado, escuchó voces, lo cual le extraño bastante, porque una voz pertenecía a su mujer, la otra voz a un hombre y ambas provenían del dormitorio.
Imaginándose de repente lo que esto podía significar, sintió que la sangre que corría por sus venas entraba en estado de ebullición. Lucrecia y él no llevaban ni medio años casados y su mujer, aprovechando su ausencia le estaba metiendo cuernos. ¡Aquello merecía un buen escarmiento! ¡A él no le ponía cuernos nadie, sin recibir un duro castigo por ello! ¡Él era muy macho!
Roque fue hasta la cocina, cogió del cajón de los cubiertos un cuchillo de enormes dimensiones y empuñándolo con mano firme, rugiente de furia se dirigió al cuarto donde sonaban unas risitas cómplices, gozosas. Abrió la puerta y rojo de irá gritó:
—¡Habéis manchado mi honor y voy a degollaros a los dos!
Lucrecia soltó un estridente grito de terror y se cubrió cuerpo y cara con la sábana. Pálido como un muerto, Sebastián, ocultando su hombría con sus dos trémulas manos, suplicó:
—Por favor no pierdas la cabeza, hombre. No arruines tu vida y la nuestra. Tu mujer y yo nos amamos. No hemos podido evitar, a pesar de que lo intentamos con todas nuestras fuerzas, que surgiera entre los dos este amor irresistible, invencible. Y queremos suplicarte que te hagas cargo de ello y nos permitas vivir juntos de ahora en adelante.
—¡De eso nada! Queréis para vosotros un final feliz y para mí la más absoluta desdicha. Vivir solo, sin mujer, con un sueldo de mierda y debiendo un montón de letras por este piso en el que me empeñé para que Lucrecia y yo tuviésemos nuestro nidito de amor. ¡Prefiero degollaros a los dos! ¡A ti por seductor y a ella por traidora!
Amenazador a más no poder, Roque dio dos pasos blandiendo el cuchillo enorme, al que un rayo de sol, colándose por la ventana, arrancó un destello siniestro.
—Por favor, recapacita, hombre. Te compensaré en parte por la pérdida de Lucrecia. Me haré cargo de esas letras que debes.
El cónyuge burlado quedó un momento pensativo, impresionado por la generosa oferta que acababa de recibir.
—¿A cambio de qué pagarías tú las letras? —pidió le aclarase.
—A cambio de que nos permitas, a tu mujer y a mí, que seamos felices viviendo juntos, lejos de ti.
Lucrecia apartó la sábana de su cara y mirando con ojos horrorizados al traicionado por ella, suplicó a su vez:
—Por favor, Roque, atiende nuestros ruegos. Siempre me has demostrado que posees un gran corazón y que eres una persona comprensiva. Tal como Sebastián te ha dicho: el amor ha surgido entre nosotros sin pretenderlo nosotros, de un modo inevitable, irremediable e invencible. Apiádate de nosotros. Todos tenemos derecho a la felicidad, y Sebastián y yo somos muy felices cuando estamos juntos.
—Vuestra felicidad significa la desdicha mía —le recordó Roque.
—Te repondrás. Olvidarás. Los disgustos no matan. Los disgustos nos fortalecen. La vida premiará tu buen corazón, si lo demuestras con nosotros.
Roque dejó caer los brazos en un signo de dolorosa rendición y, tras pensarlo durante unos momentos en los que su rostro reflejó deseos de violencia y finalmente de resignada rendición, dijo:
—Sal de aquí cagando leches, ¡adultero! antes de que me arrepienta de no haberte descuartizado y, cuando regreses delante de mí trae todas las letras de este piso pagadas. Solo entonces podrás llevarte (a mala hora) a mi infiel mujer, aunque yo quede condenado a ser desdichado el resto de mi vida y llore lágrimas de sangre por su pérdida.
Sebastián se vistió rápido y temblando todo el tiempo se encaminó con pasos vacilantes hacia la puerta, seguido de cerca por el todavía armado Roque.
—Por favor serénate y no le hagas nada a Lucrecia —suplicó el amante, temiendo por la seguridad de ella.
—Tú date prisa en cumplir el compromiso que acabas de contraer conmigo y dejaré que te la lleves, aunque me dejéis destrozado el corazón —Roque mostrando abatimiento, rabia y desesperación.
Cuando un par de días más tarde Sebastián le entregó a Roque todas las letras del piso pagadas, Lucrecia que lo estaba aguardando con las maletas preparadas, se fue inmediatamente con él.
Tanto ella como Sebastián, cuando se vieron seguros dentro del coche, respiraron aliviados.
—Estamos a salvo, amor. Podremos ser absolutamente felices de ahora en adelante.
—Sí, me ha salido bastante caro, pero en adelante estaremos libres para amarnos sin ningún temor.
—Y del papeleo del divorcio que se cuide tu abogado, cariño.
—Se ocupará. Dame un beso para ir haciendo boca antes de irnos directamente a mi casa —pidió él.
Se besaron apasionadamente, y después él arrancó el vehículo manteniendo una mano encima del muslo de ella, mientras la mano de Lucrecia se mostraba más atrevida con cierta parte muy sensible del cuerpo de él. Por fin podría amarse libremente sin pasar miedo alguno a ser descubiertos por el violento marido de ella.
Roque les vio alejarse desde la ventana que daba a la calle y, cuando apreció que el coche en el que iban se pedía entre los otros vehículos que circulaban por la calle, marcó un número de teléfono y, cuando recibió respuesta su llamada dijo en tono entre tierno y jocoso:
—Ya puedes venir a mi casa, preciosa, me he librado del amante de mi mujer, de ella y de esa torturadora deuda que tenía pendiente.
Se escuchó un escandaloso grito de júbilo desde el otro móvil y una promesa:
—Prepara las copas que traeré una botella de cava. ¡Esto hay que celebrarlo a lo grande, cariño!
—Sí, y mientras, yo preparo la cama de limpio. Compré esta mañana un juego de sábanas nuevo de muy buena calidad. Vamos a empezar bien este nuevo periodo de nuestra vida, bombón.

ES PROPIO DE IMBÉCILES NO RECONOCER EL BIEN QUE SE TIENE (MICRORRELATO)

es propio de imbeciles

 

 

 

 

(Copyright Andrés Fornells)

Claudio Pomelo se hallaba sentado a su escritorio. Había poco trabajo y combatía el aburrimiento con la papiroflexia. Su figura favorita eran los caballitos. Había llegado, realizándolos, a un punto tal de destreza que podía construirlos incluso con los ojos cerrados.
Su eficiente y poco atractiva secretaria lo distrajo comunicándole por el interfono que acababa de llegar un señor llamado Leandro Fiestas con la pretensión de hablar con él.
—¿Le has preguntado de qué quiere hablarme?
—Se lo he preguntado y me ha dicho que quiere hablarle sobre la felicidad.
—¿Va vestido como un cura?
—No, no; va vestido como una persona adinerada.
—¿Tiene ojos de loco?
—Tiene ojos de persona inteligente.
Claudio se lo pensó un momento. Quizás el inesperado visitante lo sacara del muermo que tenía encima o quizás, con suerte, viniera a proponerle un negocio interesante.
—Bueno. Hazlo pasar.
Transcurridos unos pocos segundos Claudio escuchó unos discretos golpecitos en la puerta y ocultando debajo de la negra carpeta el caballito a medio terminar y dijo:
—Adelante.
Se abrió la puerta y apareció un hombre más joven, más esbelto, más guapo y mejor vestido que él, quien dirigiéndole una amistosa sonrisa le dio los buenos días.
—Tenga la amabilidad de sentarse —indicándole Claudio la butaca que dejó a su visitante delante de él.
—A pesar de estar en invierno, esta mañana estamos gozando de una temperatura primaveral —expuso el recién llegado, que mostraba una naturalidad y aplomo admirables.
—Ciertamente. ¿Qué puedo hacer por usted, señor Fiestas? —observándole con interés y algo de envidia al reconocer que su visitante le superaba en atractivo y elegancia.
—He venido a darle las gracias.
—¿Las gracias por qué? —perplejo Claudio, juntando sus manos en un gesto que denotaba incomodidad y nerviosismo.
—Las gracias por haberse divorciado de Laura dejándola libre para que yo pudiera cortejarla. He conocido muchas mujeres, pero ninguna tan extraordinaria como ella. Laura es la mujer con la que yo soñaba toda mi vida. Una mujer bella, discreta, encantadora, apasionada, inteligente. Laura ha cambiado mi vida. Me ha hecho conocer la verdadera dicha. En los pocos meses que llevamos juntos, Laura me ha procurado tanta felicidad que me resulta imposible expresarlo con palabras. Por eso yo también procuro hacerla todo lo feliz que me es posible. Pero el motivo por el que he venido a verle es para decirle también cuánta lástima me da usted. Lástima porque estoy seguro de que, por mucho que busque nunca encontrará una mujer tan maravillosa como Laura. Bueno, sólo he venido a decirle esto por si acaso considera que no cometió la mayor estupidez de su vida al divorciarse de ella. Que tenga un buen día, adiós —levantándose, satisfecho, el señor Fiestas y dirigiéndose hacia la puerta.
La perplejidad causada por las impactantes palabras que acababa de lanzarle el apuesto desconocido, dejó a Claudio boquiabierto, paralizado durante algunos segundos mientras el desconcertante desconocido abandonaba el despacho. Inmediatamente un desagradable temblor se repartió por todo su cuerpo. Claudio llevó sus manos trémulas a las pálidas mejillas y su mente se convirtió en un torbellino de atormentadoras preguntas. ¿Era posible que él jamás hubiese sabido ver en Laura todas las extraordinarias cualidades que le había enumerado su entusiasmado visitante? ¿Era posible que por esa razón, no reconocida por él, seguía sin encontrar una mujer con la que reemplazarla? ¿Había cometido, al despreciarla, el mayor error de toda su vida?
Claudio, desesperado, comenzó a maldecir al hombre que acaba de macharse, cuando en realidad al que debiera maldecir era a sí mismo por lo imbécil que había sido al perder a la mujer más valiosa que había conocido jamás.

«A REY MUERTO, REY PUESTO» (MICRORRELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

Leslie Swanson se enteró por las noticias de la televisión, que la noche anterior, cuando salían de un lujoso restaurante habían asesinado a su amante, el jefe de la mafia Los Funerarios, Peter Querubino, y a su lugarteniente, Samuel Mandicati. Treinta y ocho balas recibieron entre ambos. Veintidós el primero, y dieciséis el segundo.
El televisor que Leslie tenía delante, en el bonito apartamento donde ésta se encontraba en aquel momento, el Cadillac seminuevo aparcado en la calle, los vestidos caros que colgaban de las perchas de los armarios de su dormitorio, y varias valiosas joyas reunidas en una preciosa caja de música, las había recibido del occiso Peter Querubino, a cambio de permitirle gozar de su hermoso y joven cuerpo, siempre que a aquél le vino en gana.
De pronto apareció en la pequeña pantalla un periodista que había conseguido localizar a la viuda del capo mafioso muerto, saliendo de la oficina del juez al que habían asignado aquel doble homicidio. Con el rostro afligido y lágrimas en los ojos a las que acercaba todo el tiempo un diminuto pañuelo de batista, Susan Querubino aseguró al reportero de la cadena de televisión, que ella nada sabía sobre supuestas actividades delictivas de su asesinado marido.
Leslie, furiosa contra ella, estalló:
—¡Zorra mentirosa! Seguro que sabes de la existencia de un seguro de vida de tres millones de dólares, a tu nombre, y pediste a alguien ayuda para que te acortase el plazo de cobrarlos.
En aquel momento sonó su teléfono fijo. Fue a atenderlo. Un antiguo amante suyo había llegado a la ciudad y le expuso su ferviente deseo de verla. Pensando ella en que se había quedado viuda la noche anterior, le dijo que no tendría inconveniente en recibirle.
—¿No es demasiado tarde para que te visite, querida Leslie?
—Bueno, han pasado dos años desde la última vez que nos vimos. Creo que ha transcurrido tiempo sobrado para que podamos averiguar si sigue viva entre ambos la buena química que hubo en el pasado —ofreció con voz melosa.
—Tú fuiste la que quisiste romper nuestra relación —le recordó el individuo que la estaba hablando—. Me contaste que te habías enamorado de un hombre maravilloso.
—Cariño, el tiempo lo desgasta todo. Devalúa lo maravilloso hasta dejarlo en nada, en una simple vulgaridad.
—Mi amor por ti sigue igual de intenso —apasionado su interlocutor.
—Y el mío reviviendo desde el instante mismo de escuchar tu entrañable voz.
—Dame tu dirección y me reúno inmediatamente contigo —denotando enorme ansiedad su antiguo admirador.
Leslie se la dio y, nada más devolvió el aparato a su sitio, comenzó a arreglarse. En honor al fallecido se pondría un vestido negro, color que siempre había favorecido la tersura cremosa de su fina piel rosada.
Superada la sorpresa que inicialmente se había llevado al enterarse de la trágica muerte de Peter Querubino, empezó a tararear por lo bajo.
Le venía a la perfección aquel antiguo dicho: “A rey muerto, rey puesto”. Si para los soberanos este dicho había sido bueno, también para ella lo era.

LOS HOMBRES YA NO GALANTEAN A LAS DAMAS COMO ANTES (MICRORRELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

Una actriz que por sus muchos años estaba a punto de jubilarse era muy querida por las actrices jóvenes de la compañía teatral y, terminada la función, les gustaba llevarla con ellas y tener un rato de charla. Una de aquellas noches en que estaban reunidas en una cafetería, una de las jovencitas que la acompañaba, preguntó a la veterana actriz qué diferencia encontraba ella existía entre los hombres actuales y los hombres de su época.
La mujer esbozó una nostálgica sonrisa, movió la cabeza a un lado y otro como si quisiera con este gesto recuperar recuerdos del fondo de su memoria y la sorprendió, a ella y a las otras chicas que la rodeaban diciendo:
—Los hombres de ahora no quieren a las mujeres como las querían los hombres de antes.
—Significa eso que los hombres de ahora nos quieren menos a las mujeres? —le preguntaron varias voces.
—La gran mayoría de los hombres actuales solo quieren usaros, llevaros a la cama, no saben amaros con el corazón, os aman con otro órgano diferente. Lo que sienten por vosotros es exclusivamente físico, no espiritual.
—Los hombres y las mujeres se han acostado siempre juntos —argumentó una de las chicas, creyendo haber dicho algo apabullante.
—Claro que los hombres y las mujeres se han acostado siempre juntos, nena, de lo contrario ninguna de nosotras estaríamos ahora aquí —marcando ironía la dama—. Lo que no conocen los hombres actuales es la galantería. Os pregunto: ¿habéis conocido a un caballero que todas las mañanas os deje una flor sobre la almohada antes de marcharse de vuestro lado? ¿Algún caballero conserva un pañuelo vuestro para oler vuestro perfume y besarlo cuando os tiene lejos? ¿Qué hombre os muestra respeto besando vuestra mano? ¿Qué hombre abre una puerta para que paséis primero? ¿Qué hombre se saca el sombrero para saludaros?
—Es que la mayoría de los hombres actuales no usan sombrero —defendió una de las jovencitas.
—Cierto, nena, los hombres actuales no usan sombrero y tampoco usan buenos modales.
Un hombre mayor que la estuvo escuchando todo el tiempo, salió un momento a la calle, regresó con una rosa roja y se la entregó diciendo:
—Adorable dama, llevo treinta años viéndola actuar y deseando honrarla como la estoy honrando en este momento. Gracias por haberme permitido tantas veces disfrutar de su extraordinario talento interpretativo.
Ella le dio las gracias al caballero de mediana edad, mostrándole una de sus más seductoras sonrisas, y volviéndose hacia sus jóvenes colegas les dijo, encantada:
—Acabáis de presenciar una prueba de galantería que hoy en día no existe más.

HISTORIAS ROMÁNTICAS: EL PRÍNCIPE DE EGIPTO, Y AZAHARA EL GRAN AMOR DE SU VIDA (RELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

El príncipe de Egipto, hijo primogénito del rey de uno de los imperios más importantes de Oriente, se alzó en armas contra su padre. Era un joven, hermoso, sabio y justo. Los innumerables súbditos descontentos, empobrecidos y maltratados por su progenitor, le siguieron incondicionalmente. Y durante semanas mantuvieron durísimas, terriblemente cruentas batallas contra el muy poderoso, numeroso y bien armado ejército del tiránico soberano.
El valor, la capacidad de sacrificio y de sufrimiento de los sublevados les permitió por fin conseguir la victoria. Derrotado el ejército del soberano, se apresó a éste y encerró en un calabozo.
Pasados unos días, necesarios para restablecer la paz en todo el territorio y ajusticiar a los traidores y verdugos que habían gobernado y ejecutado sin piedad a inocentes bajo el mandato del destronado rey, el príncipe de Egipto visitó, por primera vez desde que terminó la contienda, al hombre que le había dado la vida.
A éste. la amargura de la derrota, le había quitado la arrogancia de la que siempre había hecho gala y, con falsa humildad, le preguntó a su hijo:
—¿Por qué razón alzaste al pueblo contra mí y mi ejército?
Su primogénito le dirigió una mirada en la que se mezclaban la censura y la compasión al verlo tan desmejorado y hundido. Y le dijo endureciendo de nuevo su actitud:
—La razón fue que tú ordenaste ejecutar a la única mujer que he amado en mi vida. Y eso ya te dije, nada más enterarme de tu crimen, que no te lo perdonaba.
El hombre abatido, que había pedido su reino, le dio una explicación que creía justificaba su criminal acción:
—Era una simple campesina. No te convenía en absoluto. Yo te tenía preparada una boda con la más hermosa y rica de las princesas de este mundo. Yo pensaba en tu bien.
—Eso te ha llevado a la perdición, padre, darle la máxima importancia a la riqueza y ninguna importancia al amor. Por eso nunca nos amaste, ni a mi madre, ni a mis hermanos, ni a tu pueblo.
—¿Qué vas a hacer conmigo? —tembloroso y asustado el monarca destronado.
—¿Qué ves desde la ventana de este calabozo en el que mandé te encerraran?
—Un simple descampado —fue la respuesta que recibió de su interlocutor.
—Pues ahí voy a ordenar, en ese descampado, se edifique el mayor palacio-mausoleo del mundo. Será tan hermoso, tan extraordinario que maravillará al mundo entero. Y dentro de él enterraré el cadáver de mi amada Azahara. Y el castigo que tu recibirás, de por vida, será verlo construir y, cuando esté terminado, presenciar los millones de visitantes que, venidos de todas partes de la tierra admirarán la fabulosa obra que yo habré dedicado a la única mujer que amé, y que podré amar jamás.
Así fue como el príncipe de Egipto consiguió que su nombre y el de su amada siguieran unidos por los siglos de los siglos.

«POPEYE», MI GATO, ME BUSCÓ UNA NOVIA (RELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

A mi gato “Popeye”, no le gustaba que yo viviese en soledad. Él había entrado en mi casa poco después de haber tenido yo el mayor desengaño amoroso de toda mi vida. No me había ocurrido nada que no le haya sucedido anteriormente a muchísima gente. Carmen, la chica de la que yo estaba locamente enamorado y creía haber encontrado reciprocidad en ella, se lio con mi mejor amigo y marchó a vivir con él.
Este hecho traumatizante hirió muy en lo hondo mi corazón, me quitó por un tiempo las ganas de exponerme a otra experiencia parecida y, la forma de conseguirlo entendí la encontraría manteniendo lejos de las féminas.
Mi gato “Popeye”, no sé cómo sacaría él la convicción de que yo, viviendo sin pareja, de ninguna manera podía ser feliz.
Y empezó a escaparse. Y en una de sus escapadas volvió a casa acompañado de una gata de angora preciosa. Lógicamente le pregunté de dónde la había sacado, impulsado yo por la honesta intención de devolvérsela a su dueño. “Popeye” se limitó a decirme: “miau” y a mirarme como queriendo añadir: “Déjate de pamplinas y búscate tú también pareja, tío aburrido”.
Queriendo continuar mi existencia de hombre probo, honesto y justo llevada por mí hasta entonces, dejé una nota en la acristalada puerta de la panadería, en la describía al precioso gato de angora, la circunstancia de que había aparecido un día en mi casa e invitaba a su dueño a que viniese a buscarlo a la dirección mía escrita allí.
Aquella misma noche, estábamos viendo un musical en la televisión: “Popeye”, la gatita blanca como la nieve, que mi gato había convertido en su novia, y un servidor, cuando sonó el timbre de la puerta.
Fui a abrir y me encontré con una joven elegante, guapa y con todas esas formas que tan voluptuosamente diferencian el género femenino del género masculino. Ella, ofreciéndome una sonrisa devastadora, me dijo con voz aterciopelada:
—Hola. Verá, hace tres días me desapareció una gatita que es igual a la descrita por usted en ese anuncio que dejó en la puerta de la panadería.
—¡Vaya, estupendo! —exclamé saliendo del encandilamiento que se había adueñado de mí nada más verla—. Pase, pase; a ver si es su gatita la que vino un día en compañía de mi gato.
Pasamos al salón. La gatita blanca de Angola en cuanto la vio, se fue para ella y le saltó a los brazos.
—“¡Olivia!” —escuché que decía con manifiesta alegría mi visitante.
Yo tuve la inmediata evidencia de que aquel bello animalito era el suyo. Esperé a que mi visitante terminase de hacerle carantoñas al ronroneante minino, para decirle:
—¿Puedo invitarla a un café?
—No quisiera molestar.
—Será un placer. Tengo una maquinita que tarda un par de minutos en prepararlo. Tome asiento, por favor.
Con Laurita, que así se llamaba la propietaria de “Olivia”, nos tomamos dos cafés, cuatro coñacs; hablamos sobre mil cosas diferentes, disfrutando enormemente de la conversación y, otro tanto, de mirarnos con enorme agrado.
Total, que mi “Popeye” se había hecho novio de “Olivia” y yo me hice novio de su dueña.
Aunque sólo sea por esta breve historia que acabo de contarles, nunca hagan caso, nunca crean a las personas que les niegan extraordinaria inteligencia a los gatos. Yo, a la inteligencia del mío, le debo mi felicidad.

FASCINACIÓN JUVENIL (RELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

En el instante mismo en que Araceli, la profesora de Instituto, cruzaba la puerta de la clase, para Santi Suárez se desvanecía todo cuanto le rodeaba; todo excepto ella. Y a partir de ese momento él quedaba fascinado, totalmente pendiente de ella, deleitándose con cada expresión de su cara, cada movimiento de su esbelto cuerpo, y de la embriagadora musicalidad de su voz.
Aquella mañana Araceli llevaba puesto un traje gris que realzaba al máximo la voluptuosidad de su figura. Santi se derretía de amor por ella.
Terminada la clase, los alumnos abandonaron en estampida el aula. Santi permaneció en su asiento, para poder seguir contemplándola.
La pedagoga, para la que no había pasado desapercibida la fijación que el muchacho tenía con ella, decidió llamarle la atención:
—Santi Suárez, debes dejar de mirarme con tanta fijeza, con tanta intensidad. Me incomoda y disgusta que lo hagas. Lo considero una falta de respeto.
—No puedo evitarlo, profesora. Estoy locamente enamorado de ti. Sueño contigo todas las noches —el muchacho defendiendo con valentía sus sentimientos.
Su apasionada declaración despertó la curiosidad de la señorita Araceli , que le preguntó, siendo no obstante consciente de que cometía una imprudencia:
—¿Qué es lo que sueñas?
—Pues sueño —incendiadas de rubor las mejillas del joven, mirándola con una intensidad hipnótica —que caminamos los dos por un parque cogidos de la mano, mirándonos todo el tiempo, sonriéndonos embelesados.
Mientras confesaba esto, Santi abandonó su pupitre y se acercó a la educadora. Quedaron ambos frente a frente, muy cerca el uno del otro.
—Y aquí termina tu sueño —empezando a ponerse nerviosa la maestra.
—No, no termina aquí. En mi sueño yo te beso.
Y pasando de las palabras a la acción, Santi la cogió por los hombros y unió sus labios a los de ella.
La reacción de la profesora Araceli fue arrearle un demoledor bofetón. Su alumno, llevándose la mano a la parte del rostro donde había recibido el fuerte golpe añadió, impulsivo, arrebatado de pasión:
—En mi sueño me devolvías el beso. Y yo te decía lo mismo que te digo ahora: ¡Te amo! ¡Te amo con toda mi alma!
La profesora Araceli recogió de encima de la mesa su bolso y una carpeta y se dirigió hacia la salida, turbada, entristecida, con lágrimas rodando por sus mejillas. ¿Cuándo dejaría el maldito amor de surgir en su vida llevando siempre la etiqueta: de imposible?

EL MEJOR LIBRO DEL MUNDO (RELATO)

don quijote bueno

 

 

 

 

 

 

 

(Copyright Andrés Fornells)

Adquirida un servidor merecida fama entre mis familiares de ser un empedernido lector, por llevar mi extraordinaria pasión lectora hasta el extremo de estar leyendo siempre dos o tres libros a la vez (uno puesto en mi mesita de noche, otro colocado en la mesa del salón y frecuentemente otro más en el cuarto de baño), mi tío Pascual, dueño de una pequeña granja cuya explotación daba para vivir él y su mujer sin pasar privaciones (hijos, el buen Dios se hacía el distraído para no dárselos, aunque ningún día descuidaban mis tíos el ejercicio que sirve para engendrarlos); en una de las frecuentes visitas que yo les hacía los fines de semana para echarme largas caminatas en los montes que rodeaban su propiedad, justo a mi regreso de una de esas caminatas, mientras bebía del botijo agua fresca del pozo que allí tenían, mi tío Pascual me dijo colocando ambas manos en los riñones gesto que prodigaba continuamente, enderezándose así el cuerpo que doblaba abusivamente trabajando con el azadón en su huerta:
—Sobrino, ¿cuál crees tú que es el mejor libro del mundo?
Llevado de mi amor patrio, y arrimando el ascua a mi sardina como suelen hacer los británicos con su William Shakespeare, le dije contundente:
—Tío, sin duda alguna, el mejor libro del mundo es Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes.
—Vamos a la casa que me lo apunte —propuso él.
Entramos en el salón-comedor donde Angustias, su esposa y tía mía, interrumpió el jersey que me estaba haciendo —a ella, hermana de mi padre, por falta de tenerlos propios, me quería como a un hijo—, me dirigió una mirada cariñosa y quiso saber:
—¿Vas a quedarte a almorzar con nosotros, sobrino?
—Muchas gracias, tiita, pero no puedo. Mi madre hace hoy paella y no me perdonaría me la perdiese.
—Buenas paellas hace tu madre. Aún tengo por conocer una valenciana que las haga malas —elogió.
Mi tío había sacado de un cajón de la alacena antigua, heredada de sus abuelos, papel y un bolígrafo y tendiéndomelo me pidió:
—Escríbeme bien clarito el nombre de ese libro tan bueno, el mejor del mundo, que me lo voy a comprar un día de estos y a leerlo.
Se lo escribí. Examiné lo que mi tía Angustias tenía ya hecho del jersey que iba a ser para mí, le di las gracias, dos afectuosos besos en sus coloradas y sanas mejillas y después de dejar estrujara mi blanda mano de urbanita, la callosa y dura manaza de mi tío Pascual, me marché subido en mi baqueteado utilitario de cuarta mano.
Mi tío se compró El Quijote y le llevó un año entero leérselo. Así que tardé yo todo ese tiempo en poderle preguntar por fin, qué le había parecido . Mi tío esbozó una divertida sonrisa y dijo socarronamente:
—Un tío muy loco el don Quijote ese. Pero alguno llevo yo conocido, a lo largo de mi vida, que no le iba a la zaga.
—No te ha entusiasmado ese libro, ¿eh? —interpreté.
—La verdad es que no demasiado —reconoció dándome una palmada cariñosa en la espalda.
No quise ofenderle con mi decepción y me la guardé en el almacén de las cosas que, deseándolo, uno cree preferible no decir.
Le hice varias visitas antes no decidí preguntarle si quería le recomendase algún otro libro para que, al igual que yo, él se aficionase a la lectura. Quise animarle diciéndole que gracias a la lectura yo había podido conocer países lejanos y exóticos que nunca había visitado y probablemente nunca visitaría, y conocido la forma de pensar de personas muy inteligentes y sabias que no conocía personalmente y era muy probable no conociera jamás. Y todo esto me había enriquecido notablemente como persona.
Mi tío esperó sin interrumpir en ningún momento a que yo terminase mi entusiasta apología, prosiguiendo todo el tiempo con su labor de aquel momento: confeccionar una alpargata de esparto, pues tenía a orgullo no haber gastado nunca, ni él ni su mujer un céntimo en calzado comprado, para finalmente sorprenderme con una reflexión muy propia de él:
—Querido sobrino, ¿para qué voy a leer más libros si ya he leído el mejor que se ha escrito en el mundo y éste no ha mejorado en nada mi vida? Respeto tu entusiasmo por la lectura, pero no lo comparto. Perdóname.
Un suspiro de derrota escapó de mi pecho. Me desconcertaron y dolieron sus palabras. Sentí en las entrañas el calambrazo de la indignación que nos produce no compartan, otros, cosas que nosotros consideramos de la máxima importancia, incluso imprescindibles. Tuve el control suficiente y la sensatez de callar un argumento ofensivo que se me estaba ocurriendo.
Sin reconocerlo en aquel momento, obré con mucha sabiduría. Comprendí algo más tarde que yo no tenía argumentos con los que rebatir su filosofía de la vida. Reconocí que, vivencialmente, mi tío Pascual me superaba por mucho. Él llevaba una existencia equilibrada, útil, satisfactoria, porque creaba cosas con sus manos (que infinidad de personas como yo tenemos que comprar) y esto le llenaba la existencia, le hacía feliz. Posiblemente mucho más feliz de lo que yo atiborrando mi mente con conocimientos ajenos, no me sentía ni tan equilibrado, ni tan realizado, ni tal valioso como él.
Y honesto casi siempre, en más de una ocasión les dije a mis queridos tíos que les admiraba muchísimo. Les complacía esta confesión mía, mostraban contento, y dándome lecciones de humildad, me respondían que eran ellos los que me admiraban a mí por lo mucho que sabía.
La realidad fue, que yo aprendí de mi tío Pascual y de mi tía Angustias cosas que han influido muy positivamente en mi vida, mientras yo no he sido capaz de enseñarles nada, ni siquiera a que leyeron otros libros aparte de “el mejor libro del mundo”.

LA ISLA DEL TESORO, O EL TESORO DE LA ISLA (RELATO)

Miriam Roman reads a book at the International Book Fair in Guadalajara, Mexico, Monday, Nov. 26, 2007. (AP Photo/Guillermo Arias)

(Copyright Andrés Fornells)

A Salva le gustaba Estrellita más que el chocolate a una embarazada. Él procuraba hacerse el encontradizo con ella, en cuanto la muchacha salía de su casa, lo cual podía significarle tener que esperar durante horas en la acera del otro lado de su vivienda, pero a él no le importaba este gasto de tiempo y paciencia porque a él, Estrellita, le gustaba más que el chocolate a una embarazada.
Por fin Estrellita salía por la puerta que, de tanto mirarla, Salva sabía el número de desconchaduras que la misma tenía, el número de cagaditas de moscas y el número de huellas dactilares entre las que sabía distinguir las pertenecientes a ella.
Pisada ya la calle, Estrellita que era una lectora empedernida mantenía la atención de todos sus sentidos leyendo un libro. Contemplándola embelesado, Salva decía con voz melosa y aterciopelada, pasando suavemente por su lado aspirando con la misma necesidad que un cocainómano el embriagador perfume que el escultural cuerpo de ella desprendía:
—Buenos días, Estrellita.
Ella empleando el mismo tono que habría empleado para dirigirse a una farola, respondía, por educación, sin mirarle, pues en contra de lo que dicen tantos ensalzadores de las extraordinarias cualidades femeninas, ella no sabía hacer dos cosas a la vez: leer y mirar a quien le dirigía la palabra.
Con la indiferencia de Estrellita, Salva sufría el tormento de Tántalo, ese desdichado señor al que los dioses griegos, cabreados con él, metieron en un lago con el agua a la altura de la barbilla, bajo un árbol repleto de deliciosos frutos, y cada vez que intentaba coger uno de ellos o sorber un poco de agua, éstos se retiraban fuera de su alcance, mientras sobre su cabeza pendía una enorme roca que amenazaba aplastarle. Vamos una situación que no recomendarías ni a tu peor enemigo.
Arturito, el hermano de Estrellita, que era bastante amigo de Salva con el que se cambiaba videojuegos de hadas, compadecido de su sufrimiento amoroso, decidió ayudarle a conquistar a su hermana y le dijo lo que podía hacer para conseguirlo:
—Mira, háblale de libros y despertaras su interés.
—No puedo hablarle de libros. Nunca leo ninguno —lamentó Salva.
—Oye, el que algo quiere, algo le cuesta —severo el muchacho.
—Tienes razón. Tendré que hacer el sacrificio. ¿Con qué libro crees tú que debo empezar?
—Yo te prestaré, a escondidas de ella, el favorito de mi hermana, ¿de acuerdo?
—Muchísimas gracias. Estaré en deuda contigo el resto de mi vida. Si llego a casarme con ella te regalaré la última versión del X-Box, prometido.
Combatiendo el sueño que le entraba cada vez que se ponía a leer, Salva consiguió leerse entero “La isla del tesoro” y, aunque le pareció una chorrada antigua para niños que creían todavía que la tierra era plana, aguardó a que Estrellita saliera de su casa con los ojos pegado a las páginas de un libro, para colocarse delante de ella, interceptarle el paso, y decirle con voz de chupa-chups de frambuesa:
—Perdona, como te veo todos los días por la calle leyendo, quiero preguntarte si has leído mi libro favorito.
Ella dando evidentes muestras de fastidio, por haberle el inoportuno interrumpido su lectura en el momento mismo en que una hermosa princesa y un apuestísimo príncipe estaban a punto de juntar sus labios en un beso apasionado, le miró como si desease tener el poder de fulminarle y dijo, porque la curiosidad en la mujer forma parte importantísima de su idiosincrasia:
—¿Cuál es tu libro favorito?
—La isla del tesoro.
A Estrellita se le iluminaron inmediatamente los ojos, curvó los labios, cerro la novela que estaba leyendo y exclamó complacida:
—¡Qué feliz casualidad, ese libro es también el mío favorito!
Se emparejaron y durante todo el camino que les llevó hasta la perfumería donde ella trabajaba (empleo que la permitía ser la muchacha que más maravillosamente olía de toda la ciudad), hablando sobre aquel libro, con entusiasmo recordando con auténtica fruición los pasajes más interesantes y apasionantes de él.
A partir de aquel día Salva se convirtió en un devorador de libros que luego comentaba con Estrellita, hasta que finalmente llegada la confianza entre ambos, a las cotas más altas, Salva le pidió a Estrellita, una noche en la oscuridad del portal de la casa de ella mientras se ponían a base de caricias en situación volcánica activa, “el tesoro de su isla”.
Ella se ruborizo porque era lo que tocaba, parpadeó como si estuviera realizando el esfuerzo mental mayor de toda su existencia y finalmente estuvo de acuerdo, siempre que hubiese un previo paso por el altar, con vestido blanca suyo, tarta nupcial, comilona y baile para los invitados, y algunas cosillas más. Él consintió en todo porque cuando a un hombre le gusta una mujer más que les gusta el chocolate a las embarazadas no hay aro, por chico que sea, que no esté dispuesto a atravesar él. Para todo ello tuvo que pedir un crédito que tardaría diez años en pagar. ¿Pero que no hará un hombre enamorado por poder poseer el “tesoro de la isla” de una mujer?
Estrellita y Salva se casaron. Y ella le permitió a él entrar todas las veces que tuvo ganas dentro del “tesoro de la isla de ella”. Y a este eufemismo se le puede comparar con aquel de: tanto va el cántaro a la fuente…
Total, que Estrellita quedó embarazada y se hinchaba de comer chocolate todos los días. Después de varios días de no vernos, me encontré a Salva en la calle. Él iba con sus ojos clavados en el libro que estaba leyendo. Tuve que ponerme delante suya para que me hiciese caso. Se detuvo y me miró. Le pregunté por el embarazo de su mujer.
—Va estupenda su embarazo.
—Me alegro muchísimo —le dije y le regalé dos tabletas de chocolate para que se las diese a ella.
—Bonito detalle por tu parte. Estrellita te lo agradecerá muchísimo, y yo también.
Me dio él un par de besos en las mejillas y me dijo que tanto Estrellita como él quieren que yo sea el padrino del bebé que nacerá dentro de pocas semanas. Le aseguré que sería para mi todo un honor, solté unas lagrimitas de emoción y nos separamos.
Por si alguno de ustedes no ha adivinado quien soy yo, se lo voy a decir:
—Soy Arturito, el hermano de Estrellita. Y ahora les dejo porque tengo unas ganas locas de seguir jugando con la X-BOX que me regaló mi cuñado. ¡Hasta luego!