PROPUESTA DE ASOCIACIÓN (RELATO)

james-stewart-con-kim-novak-en-vertigo(Copyright Andrés Fornells)

Mike Warner hizo girar la manivela de la puerta acristalada llena de pegatinas publicitarias, y entró en el Bar Sparow. En su interior no pasaban de media docena los clientes que había. Mike, joven atractivo y atlético vestía una chaqueta gris claro, una camiseta blanca, pantalones vaqueros y zapatillas de tenis bastante usadas. Al llegar al mostrador pidió al camarero, un hombre de mediana edad y acusados rasgos latinos que, con aire aburrido lo miraba expectante, acodado de brazos en la barra:

–Un Jack Daniel´s con mucho hielo.

—Inmediatamente, señor —indolente el empleado.

Mike esperó a que le sirviera la bebida, la pagó inmediatamente y fue, llevando en su mano izquierda el vaso largo, a sentarse a una mesa al fondo del salón, cerca de la cual no había nadie. Para lo que se proponía realizar no quería curiosos cerca. Echó un trago de la bebida “on the rocks” y a continuación sacó del bolsillo derecho exterior de su chaqueta tres cosas: un bolígrafo, una pequeña libreta y la cartera que acababa de robar a un turista australiano en la parada del autobús.
De su contenido escogió la tarjeta de crédito y empezó a imitar la firma de un tal Jaques Thomson. Era muy bueno falsificando firmas, y a los diez minutos de practicar copiaba ya tan bien la rúbrica del perjudicado, que seguro conseguiría engañar al empleado del primer banco en el que entrase. Obrar con rapidez era primordial en su delictiva profesión. El individuo robado tardaría poco en darse cuenta del hurto y pedir la anulación de su tarjeta. Se terminó de un solo trago el contenido de su vaso y marchó a la calle.
Tuvo que andar únicamente dos manzanas para encontrar una entidad bancaria. El empleado que le atendió, amable y risueño, tras comprobar que coincidía su firma con la de la visa de oro que acababa de presentarle, le  entregó el dinero requerido. Mike lo metió en su propia cartera, la pasó al bolsillo interior de su chaqueta y se dirigió a la puerta.
Al salir Mike del establecimiento bancario, tropezó  una bonita  joven con él y  le pidió perdón por su torpeza ,acompañándose de una sonrisa encantadora.
Mike le devolvió la sonrisa y la siguió con ojos apreciativos. Ella parecía tener prisa. Caminaba presurosa. Su cuerpo esbelto, de movimientos vivos, deliciosamente femeninos, llamaba la atención de la gente que la dirigía miradas de agrado. El carterista la perdió de vista entre el gentío. “Un exquisito bombón”, juzgó.
Caminados una veintena de pasos entró en un estanco a comprar tabaco. Y entonces se dio cuenta de que le faltaba la cartera en la que había metido el dinero recién sacado del banco.
Dejó a la estanquera con el cartón de Winston en su mano y salió corriendo. Mike poseía una buena constitución física y su carrera fue veloz. Tropezó con algunas personas, pero no perdió el tiempo disculpándose. Le urgía dar con la chica que un momento antes, chocando con él, le había robado. Cada segundo que transcurría lo alejaba de la posibilidad de atraparla. Su esfuerzo y su velocidad obtuvieron recompensa. La descubrió bajando por la escalera del metro. Iba confiada pues, aunque llevaba el paso rápido, no miraba atrás por estar convencida de que nadie la seguía.
Al llegar junto a ella Mike la cogió fuertemente del brazo justo delante de la barrera de control obligándola a detenerse. La joven se asustó al reconocerle. Sus grandes ojos verdes lo demostraron, al tiempo que forcejeaba intentando escapar de él. Mike la mantuvo firmemente presa, convencido de que a la menor oportunidad que le diera ella intentaría escapársele.
—No te voy a hacer nada, preciosa —le advirtió sonriendo para inspirarle confianza—. Devuélveme lo mío y te invitaré a un refresco. No estoy enfadado contigo. Los dos nos dedicamos a lo mismo.
Ella le registró la mirada. Se tranquilizó algo. Su cuerpo perdió cierta tensión. Los ojos de Mike mantenían todo el tiempo un brillo amistoso. La joven metió la mano que él le dejó libre dentro del bolso que colgaba de su hombro y sacando una cartera se la entregó.
—Esta no es la mía —él con un ronroneo divertido en su garganta.
Ella la devolvió al interior del bolso y sacó otra.
—Ésta sí es la mía. Vamos a la cafetería de la estación —Mike amistoso todo  el tiempo, y tirando del brazo de ella.
—Por favor… déjame ir. Te quité la cartera por necesidad. Tengo que mantener a mi madre enferma y estoy sin trabajo —intentando despertarle lástima.
—Tranquila, de eso hablaremos mientras tomamos algo.
Entraron en el establecimiento elegido por Mike. Cuando la obligó a sentarse a una silla de la mesa por él escogida, le repitió que era, al igual que ella, un carterista. Para convencerla de que estaba diciéndole la verdad, Mike le enseñó la cartera robada un rato antes al turista australiano y un par de carnets de conducir pertenecientes a personas diferentes.
Ahora sí se tranquilizó la joven y a la pregunta de él, sobre cómo se llamaba, respondió dedicándole un esbozo de sonrisa seductora:
—Camille.
Tenían el camarero a su lado.
—¿Tiene champán? —le pidió Mike.
El empleado, un jovenzuelo con el rostro sembrado de acné les observó sorprendido. Nunca nadie le había pedido champán a media mañana. Camille, encontrando divertida su reacción, intervino:
—¿Tenéis champán, o debemos irnos a otro sitio a tomarlo?
—Tenemos. Lo traeré enseguida —reaccionando torpemente el camarero y dirigiéndose acto seguido al mostrador, derribando por el camino una silla contra la que tropezó.
Los dos carteristas rieron de buena gana su cómico atolondramiento. Una hora más tarde habían terminado de beberse el champán acompañado de unos pastelitos y acabado convertidos en socios. Ninguno de los dos tenía ataduras. Mike estaba divorciado y Camille era soltera, huérfana, y criada en un orfanato.

UN CAMPESINO Y UNA CARTOMANTICA (RELATO CORTO)

TAROT BUENO

(Copyright Andrés Fornells)

Él se llamaba Teo y era un habitual del bar. El nombre de ella era Alicia y había entrado por primera vez en aquel local. Los dos estaban tomando café en la barra y se observaban de reojo. Más decidida ella realizó una primera aproximación:
—Tampoco parece que vaya a llover hoy, ¿verdad?
—No, y buena falta que hace. Y sé lo que me digo porque soy agricultor.
—Pues yo soy vidente. Echo las cartas —reveló ella con seriedad.
—¡Qué interesante! ¿Y cobra mucho por echarlas —interesado él.
—Usted quiere que se las eche gratis, y gratis se las voy a echar.
—Oiga, lo ha adivinado usted —él abiertamente admirado.
Alicia sacó del interior de su bolso una baraja de tarot, la barajó con notoria maestría y colocándola encima del mostrador le indicó al hombre del campo que cortara.
—¿Con la navaja que llevo dentro del bolsillo? —bromeó él.
—Es usted una persona con muy buen humor —juzgó ella.
—Oiga, también eso lo ha acertado usted —reconoció él.
—Es que soy muy buena en lo mío —ella sin falsa modestia. Colocó a continuación nueve naipes boca abajo y explicó—: Este es el círculo mágico del sabio Salomón. Vamos a ver que me revelan las cartas —dio la vuelta, con mucha solemnidad, a una de ellas. Su rostro todavía agraciado mostró profunda concentración—. Veo una mujer en su vida —manifestó por fin.
—La guarra de mi mujer.
—Su mujer le hizo algo malo.
—Se fugo con un camionero, la muy puta.
—No se preocupe, se llevará su merecido.
—Eso deseo, que a cada cual le den lo que merece —rencoroso.
—Veo ahora a una persona bastante joven —ella volteando otra carta.
—Mi hijo, otro sinvergüenza. Robándome se compró un coche nuevo, mientras yo voy por ahí con una furgoneta que se cae en pedazos. Lo eché de casa y le dije que se fuera a robar a otros, que a mí no me podría robarme más.
—Vamos muy bien hasta ahora. Todo aciertos —ufana ella—. Ahora veo a una mujer mayor.
—¿Gorda, fea y con bigote?
—Sí, gorda, fea y con bigote.
—Mi suegra. Maldita sea su estampa. Ella tuvo buena parte de culpa en lo que me ocurrió con su hija. Por mal criarla desde que la trajo al mundo. Dándole siempre todos los caprichos, acostumbrándola mal y al final me dio el pago que me dio. Todo lo que yo hacía por ella la parecía poco. No había forma de tenerla contenta. ¡Maldita sea su estampa!
—Veo a otra mujer —la adivina dándole la vuelta a una nueva carta.
—¿Delgada y con cara de bondad?
—Exacto, delgada y con cara bondad.
—Mi madre: una santa, que Dios la tenga en su Gloria.
—Me lo ha quitado de la boca. Veo ahora a un hombre mayor.
—¿Delgado también, con bigote y vestido de luto?
—Exacto, delgado, con bigote y vestido de luto.
—Mi padre, un hombre muy recto, muy trabajador y con un par de cojones. Con perdón. Nunca le vi arrugarse ante nadie y todos lo respetaban. Pero por favor siga usted adivinando cosas, me tiene perplejo —consideró admirado.
Alicia colocó su dedo índice sobre una nueva carta puesta boca arriba.
—Veo que aparece en su vida una mujer buena, misteriosa e inteligente. Es rubia, con los ojos castaños y lleva un vestido rojo con lunares blancos.
El labriego se la quedó observando boquiabierto de asombro y exclamó:
—¡Usted es rubia, con ojos castaños y lleva un vestido rojo con lunares!
—Así es. Mis cartas nunca mienten —ella con arreboles de veinteañera.
—¿Sabe? Yo nunca había creído en los poderes de la adivinación y usted acaba de demostrarme que existen. Queda una última carta. Vea qué dice –demostrando el rústico una mezcla de ilusión y ansiedad.
—Veo un hombre recio de pelo cano, muy cariñoso, que encuentra a esta mujer del vestido rojo con lunares blancos y desea hacerla muy feliz.
El cepo que Teo tenía por boca se abrió cuanto daba de sí. Mantuvo esta máxima apertura dos minutos largos y luego, recuperando la movilidad dijo entusiasmado:
—¡Dios de las buenas cosechas. Acertó usted de nuevo. ¿Nos damos un paseo. Afuera hace un día precioso. ¿No le apetece a usted?
—Sabía que iba a pedírmelo. Me apetece muchísimo. Vamos de paseo.
Pagaron a medias los cafés a un tabernero que los había escuchado con benevolencia y ahora les miraba con los comprensivos ojos del hombre que ha visto muchas personas diferentes, escuchado muchas historias creíbles e in-creíbles, y ya no lo sorprende nada. Y que con una ancha sonrisa del que es gran filósofo sin necesitar estudiarlo en los libros, les siguió con un brillo en la mirada, de sabio de la mirada.
El labriego y la nigromántica se habían cogido de la mano y cuando llegaron a la puerta el agricultor dijo:
—¿Ves ese par de nubes que se están rejuntando por la parte de poniente? Pues mañana o pasado nos darán lluvia.
—Hombretón, presumo que adivinando cosas del tiempo, eres tan bueno como yo en lo mío —tuteándole también.
Y ambos unieron sus alegres risas.  El destino había decidido portarse generosamente con ellos.

TINO Y SUS SUEÑOS (RELATO CORTO)

bajo la lluvia

(Copyright Andrés Fornells)

Tino Díaz vivía solo en un pequeño apartamento. Tino soñaba mucho y, una vez despierto lamentaba que sus mejores sueños nunca se convirtieran en realidad.
Una noche que llovía a mares soñó que en el parque cercano a su casa, una chica bellísima iba, dentro de un momento a bailar desnuda para él.
“Si me doy prisa la encontraré”, se dijo despertando de pronto. Y convencido de que así sería, se puso un chubasquero, un par de botas de goma y, espoleado por la ilusión corrió hacia el parque mojándose y ensuciándose de barro la parte baja de sus pantalones. Desde los vehículos y los portales donde se había guarecido, mucha gente observó con sorpresa su correr acelerado.
Tino llegó finalmente al parque y allí estaba la chica bellísima bailando desnuda bajo la lluvia. El corazón le saltó de alegría. <<¡Oh, Dios de los cielos, tengo la felicidad a mi alcance!>>, se dijo exultante. Por fin había logrado lo considerado por muchos como imposible: Unir sueño y realidad.
Con acelerada avidez caminó hacia la chica soñada, los brazos abiertos, la más seductora de sus sonrisas curvando sus labios; pero cuando estuvo muy cerca de aquella beldad se llevó la gran desilusión de comprobar que ella estaba bailando, ciertamente, pero para otro chico que la observaba embelesado, protegido del agua torrencial que caía, debajo de un enorme paraguas multicolor.
Tino sumando otro desengaño más a los otros anteriores, se alejó cabizbajo, amargado, convencido de que el malvado destino le tenía asignado el fatalismo de que siempre se le adelantase alguien impidiéndole cumplir sus más maravillosos anhelos. En esta ocasión, además de llevarse a casa una nueva frustración, el joven soñador se llevó también un fuerte catarro.
Y aquella noche soñó en un cementerio y en una multitud de gente que depositaba flores a su tumba.
Cuando finalmente despertó, con fiebre y muchos mocos, Tino se alegró de que esta vez, sueño y realidad con coincidieran en absoluto.
—Tendré que realizar serios esfuerzos para soñar menos y aferrarme con mayor fuerza a la realidad —se auto aconsejó, rubricando esta sensata decisión con un estruendoso estornudo.
—¡Jesús! —dijo, desde la oscuridad, una armoniosa voz femenina.
Fue tanta la claridad con que la escuchó que Tino pensó le merecería al día siguiente ir al médico y también al psiquiatra.

EL NIÑO DEL COLUMPIO (RELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

Vivían en una modesta casita adosada dentro de un barrio obrero. El niño, siempre que sus padres tenían una de sus frecuentes, airadas discusiones, salía al jardincito y se columpiaba en el columpio que con la ayuda de una gruesa cuerda y un neumático viejo le había montado su padre. Y allí, balanceándose con todas sus fuerzas, bajando o levantando la cabeza, ya fuera él elevando el columpio hacia adelante o llevándolo hacia atrás, calmaba el miedo y el pesar que sus progenitores le causaban con su violenta conducta.
Una mañana la trifulca entre ambos fue tan extremadamente virulenta que, aterrado, el niño huyó hasta su columpio donde sentándose se tapó los oídos para no seguir escuchando las terribles palabras que sus progenitores cambiaban.
De vez en cuando apartaba las manos de sus oídos para comprobar si seguían peleándose. Y cuando por fin guardaron silencio comenzó a columpiarse, a ver el suelo cuando se impulsaba hacia atrás y el cielo cuando se impulsaba hacia adelante. Vio pasar un avión y eso lo distrajo por unos instantes. Nunca había viajado en uno y creía que le haría ilusión hacerlo.
El sol, pasando por encima de las altas edificaciones empezó a darle en la cara. Cerró los ojos porque le cegaba. Estaban a finales de invierno y el calor que éste procuraba a su cuerpo le resultaba muy agradable. Y pensó en lo hermosa que sería su vida si hubiese paz entre sus padres y el mismo amor entre ellos, que le prodigaban a él.
De pronto escuchó un ruido de pasos. Abrió los ojos y vio a su padre cargado con dos maletas. Corrió junto a él cuando justo acababa de abrir el maletero de su coche y cogiéndole fuertemente del brazo le suplicó entre sollozos:
—Por favor papá no te vayas. Todos los niños que conozco, que se han quedado sin su papá son infinitamente desdichados. Y yo no quiero ser desdichado, papá.
Su padre suspiró. Su cansado rostro mostraba hondo pesar y amargura. Su pesimismo le dijo que no funcionaría, que no merecía la pena pasar otra vez más por lo mismo. Pero la infinita tristeza que mostraban los ojos de su hijo, cuajados de lágrimas, le conmovió los cimientos del alma y, rindiéndose a su irresistible súplica, decidió que lo intentaría de nuevo.
Cerró el maletero del coche sin meter las maletas dentro. Abrió sus brazos y estrechó con inmensa ternura el sollozante, estremecido cuerpo de su niño. Él podía renunciar a cualquier cosa menos a la inmensa ternura de su niño.

SIN SUERTE, NO HAY VIDA NI MUERTE (RELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

Un coche que circulaba por el centro de la ciudad a más de cien kilómetros hora, en un paso de peatones atropelló a una mujer vestida de negro que, en aquel momento lo cruzaba. La gente acudió enseguida junto a ella, y mientras un par de personas comprobaban que seguía con vida, otra pidió por su móvil una ambulancia, una tercera llamó a la policía y una cuarta aprovechando la confusión reinante se llevó el bolso de la accidentada.
Los primeros en acudir allí fueron dos agentes del orden. Uno de ellos atendió a la mujer inconsciente. El otro buscó testigos que le informaran sobre lo acontecido. Varias personas les comunicaron que un coche blanco, circulando a gran velocidad, había lanzado a aquella pobre transeúnte por los aires. Desgraciadamente ninguno de cuantos habían presenciado aquel infausto suceso memorizó la matrícula del atropellador.
Por fin llegó la ambulancia. Dos enfermeros, rápidamente, colocaron a la accidentada sobre una camilla, la metieron dentro de su coche y acto seguido se dirigieron al hospital, desarrollando gran velocidad y con la sirena a todo volumen. Durante su recorrido, los conductores de los otros vehículos que circulaban delante de la ambulancia procuraron cederle el paso y, transcurridos veinte minutos desde el instante que la recogieron, a la mujer accidentada, la ingresaban en urgencias.
La atendió la doctora Sánchez, con su estetoscopio colgado del cuello y la preocupación pintada en su huesuda cara, por un motivo ajeno a su trabajo: una reclamación de Hacienda que, pagarla, le significaría endeudarse. Tardó poco la facultativa en comprobar que, salvo imprevisibles complicaciones, la vida de la paciente no corría peligro alguno.
—Brazo izquierdo y pierna izquierda rotos. Podía haber sido infinitamente peor —explicó a la enfermera que, a su lado, la miraba con ojos interrogantes.
—Mientras hay vida, hay esperanza —manifestó su compañera de trabajo, que era una persona muy aficionada a los refranes.
Tres horas más tardes, la atropellada, cuyo nombre era Marta Rosales , ya enyesada convenientemente, fue tan poco original como lo son todas las personas que pasan por desdichadas circunstancias parecidas a la suya:
—¿Qué me ha ocurrido?
La enfermera amiga de los refranes, le informó de todo cuanto sabía. Y la paciente recobró la memoria y con ella  se le despertó un enorme enfado:
—¿Y han cogido ya al hijo de puta que me ha dejado medio muerta —se había dado ya cuenta de que tenía un brazo y una pierna escayoladas.
—En eso anda la policía.
—¿Sabe ya mi familia la desgracia que me ha ocurrido?
—No hemos podido hacer nada a ese respecto. No llevaba usted encima identificación alguna.
—¿Y mi bolso?
—Aquí al hospital sólo la han traído a usted.
—¿Cree posible que me lo hayan robado?
—Yo apostaría muy poco por lo contrario. Del árbol caído todos hacen leña.
—Puedo llamar a mi familia. Deben estar muy preocupados preguntándose por dónde ando yo.
—Le prestaré mi móvil. Lo tengo en el vestuario. Iré a por él.
—¿Sabe usted de dónde venía yo, cuando me ocurrió esta desgracia?
—Lo sabré en cuanto usted me lo diga. El saber no ocupa lugar.
—Acababa de salir de la consulta de una vidente que se llama Fortunata Iluminata, y ella acababa de vaticinarme que hoy tendría mucha suerte. Vamos para matarla a la muy farsante.
—Tal vez la suerte que esa sabia mujer le vaticinó fue que salvaría la vida, que en realidad es lo que le ha ocurrido.
—Todo puede ser del color del cristal con que se mire —contagiándose la paciente.
La enfermera fue al vestuario, y la primera llamada que hizo fue precisamente para Fortunata Iluminata:
—Coño, prima, no das pie con bola. Aquí en el hospital tenemos ingresada a una pobre mujer que nos trajeron medio muerta a la que tú vaticinaste que hoy iba a tener muy buena suerte.
—Hostias, prima, al final tendré que cambiar de medio de vida. Estoy hecha un gafe.
—No hay mal que por bien no venga.
—Ni pena que cien años dure.
Y cortaron ambas la conversación. Y una se quedó con remordimientos, y la otra pensando que Dios aprieta, pero no ahoga.

ME CANSÉ DE ESPERARLA (RELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Eran las diez de la noche. Llevaba más de una hora esperando a Encarnita junto a la puerta del cine Emporium. La paciencia agotada, y el enfado a tope, me dije: “Ella se lo ha perdido”. Y colocándome al lado de la primera muchacha que pasó por delante de mí inicié su conquista diciéndole que perdonase mi atrevimiento, pero que no podía resistir la necesidad de decirle que era dueña de los ojos más bonitos que yo había visto en mi vida. Ella, que se sabía bizca y debía estar muy acomplejada por esta causa, me deseó:
—¡Ojalá te quedes mudo, sinvergüenza!
Por suerte para mí su maldición no resultó efectiva y eso me permitió ejercer de vocalista, durante una breve temporada en un grupo musical que habíamos creado media docena de amigos. Nuestras más apasionadas fans nos aseguraban que lo hacíamos maravillosamente bien. Nuestras más apasionadas fans eran nuestras madres, nuestras hermanas y algún que otro prójimo que estaba bastante averiado de oído. El único dinero que ganamos tocando fue por actuar en la fiesta de un pueblo. Un montón de desalmados nos silbaron, bautizaron con un diluvio de tomates y gritaron: ¡fuera, fuera! Esto salió en los periódicos y ya nadie más quiso correr el riesgo de contratarnos.
Con el dinero ganado compramos una bicicleta cuyo uso nos repartíamos fraternalmente un día cada uno. Aquel artilugio rodador estaba maldito pues sus ruedas terminaban pinchadas cada vez que hacíamos uso de él.
Al final, hartos de tanto meterles parches a las ruedas, la rifamos, me tocó a mí y la bicicleta, oxidada y criando margaritas, todavía la tengo en el cuarto de los tratos, junto a la jaula del periquito difunto por tragarse una cucaracha, el trabuco de mi tatarabuelo Anselmo (un bandolero de Sierra Morena) y de un cinturón de castidad que nadie de mi familia ha sabido (o querido) decirme a que antepasada nuestra perteneció. Parece ser que este tipo de impedimento se lo colocaban a las señoras con tendencia a la infidelidad.

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GOTAS MALVADAS (RELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

Siendo todavía adolescente, con acné en mi cara y con todavía bastante inocencia en mi corazón, salí un día al monte a buscar espárragos silvestres, considerados por mí, hechos en tortilla por mi madre, un muy exquisito manjar.

De pronto descubrí la presencia de un anciano de cuerpo encorvado que estaba buscando lo mismo que yo.  El anciano era, por su derrotado aspecto, sin la menor duda un vagabundo.  Iba vestido con ropas muy deterioradas y sucias. Iba barbudo y su apelmazado y enmarañado pelo delataba que llevaba mucho tiempo sin lavarlo ni peinarlo.

Nos saludamos. Me apiadé de él pues solo había recogido cuatro espárragos, por los cuarenta y pico míos, y le entregué mi fajo.  Él se mostró extraordinariamente sorprendido y usando conmigo modales antiguos quiso saber:

—¿No los quiere usted, joven?

Para que no entendiese que le tenía lástima y pudiera parecerle ofensiva tal cosa, encogí los hombros, displicente, y respondí:

—No. No los quiero. Estaba dando un paseo y me entretenía cogiéndolos. Y la verdad es que no pensaba hacer nada con ellos.

—Oiga, pues muchas gracias, yo me los comeré asados sobre una lata, con una chispa de sal. Están buenísimos así —mostrándose ilusionado mientras los encerraba en sus manos temblorosas y muy estropeadas.

De pronto el cielo, muy nublado desde que salí de casa, soltó un par de gotas de esas que se notan bien porque son de tamaño considerable.

El vagabundo me dejó estupefacto al exclamar notándolas también:

—Ya están esas malvadas fastidiando.

—¿Por qué llama malvadas a las gotas de lluvia, porque nos mojan? —quiso saber mi curiosidad despertada.

—No sólo por eso, sino porque no importa donde ponga yo el colchón sobre el que duermo allí en mi chabola, que siempre consiguen por las numerosas goteras caer encima del colchón y de mí con lo perjudicial que es para la salud dormir sobre algo mojado.

Apiadado de él, y creyendo debía felicitar a mi activa inteligencia por lo que acababa de ocurrírseme le dije:

—¿Ha probado usted a protegerse con un paraguas, señor?

—Me protejo con dos paraguas, pero así y todo esas malditas gotas encuentra algún agujero en el techo de uralita y tablas para caer sobre mi colchón y sobre mí, y mojarnos.
No se me ocurrió nada más que decirle, aparte de que lo sentía y, despidiéndome de él eché a correr, pues yo odiaba mojarme por lo fácilmente que me resfriaba.

Regresé un par de veces a aquel mismo sitio con la esperanza de volver a encontrarme al viejo vagabundo aquel. No lo encontré y tuve que traerme de vuelta a casa los dos chubasqueros que con mis ahorros le había comprado.

Mis padres me habían enseñado que quién no practica la caridad, la solidaridad y la empatía, es porque no ha terminado de desarrollarse por completo como ser humano.

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UN POBRE Y UN RICO (RELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)
Un pobre llamó a la puerta de una lujosa mansión. Le abrió un estirado mayordomo y le preguntó qué quería.
Con una mirada pedigüeña en sus pitarrosos ojos, el desventurado manifestó con voz debilitada por las calamidades que llevaba sufridas:
—Por favor. Piedad. Llevo tres días sin comer. Me estoy muriendo de hambre. ¿Podrían darme aunque fuese un pequeño mendrugo de pan?
—Aquí no alimentamos a hambrientos. Así que lárgate antes de que te eche a patadas —amenazó el criado con la altivez que los soberbios bien cebados demuestran a los humildes indefensos.
—Dígale a su amo que si no me dan algo de comida le echaré una maldición y a partir de mañana su amo se encontrará en la misma situación de necesidad en la que me encuentro yo ahora.
Los ojos del vagabundo habían adquirido de pronto un brillo tan amenazador, que lograron impresionar al sirviente que, al momento fue a contarle a su acaudalado amo lo que estaba ocurriendo con un andrajoso mendigo.
El ricachón que acababa de recibir una estupenda noticia: habían encontrado una riquísima bolsa de petróleo en la prospección que su firma financiera estaba realizando, decidió:
—Conduce a ese mendigo hasta la cocina, que ahora iré yo a hablar con él.
El mayordomo recibió muy contrariado esta orden, regresó a la puerta donde había dejado esperando al mendigo y, de muy mala gana lo condujo a la cocina.
—¿Qué mierdas hace este desgraciado aquí, ensuciando con su mísera presencia mis dominios? —protestó el orondo cocinero vestido con un impoluto traje blanco rematado con un almidonado gorro del mismo color.
—El señor me ha dicho que lo trajera aquí —el mayordomo empezando a rascarse la cabeza imaginando que el pobre acababa de traspasarle algunos piojos suyos.
Un par de minutos más tarde apareció el millonario en la cocina, le echó un crítico vistazo al mendigo y comentó:
—¡Vaya! Estás hecho un asco, ¿sabes?
—Lo sé —humildemente el indigente — Es que soy paupérrimo, llevo tres días sin comer y estoy que me caigo de debilidad.
—No deberías cometeré ese tipo de privaciones pues, a la larga, la salud se resiente —reprobó el ricachón.
—Si sabré yo eso, que cada vez me queda menos salud —el mísero, al borde del llanto apoyándose en una silla pues sus piernas mostraban notoria intención de dejar de sostenerle.
—Siéntate, que te hace falta —compadecido el magnate que, a continuación, una vez se hubo sentado a la mesa de la cocina el mendigo, volviéndose hacia el gordo cocinero le ordenó—: Dale a este hombre hambriento lo mejor que tenemos, y que coma has-ta que él diga que no es capaz de tragar un bocado más. Y cuando esto ocurra me avisas. Estaré en mi despacho.
El grasiento cocinero necesitó varios minutos para reponerse de la sorpresa que acababa de llevarse. El vagabundo temiendo que aquél fuera a negarle el festín prometido, se envalentonó un poco y reclamó perdiéndole todo respeto:
—¡Venga, aligera, que ya no puedo aguantarme más el hambre y empezaré a mor-discos contigo!
El cocinero, muy contrariado, comenzó a cocinar platos, que el inesperado comensal devoraba a toda velocidad pensando en que si todo aquello lo estaba soñando atiborrar-se bien antes de que despertara.
Y comió y comió dando la impresión de que era insaciable. Pero no lo era. Llegó un momento en que confesó no era capaz de engullir ni un gramo más de comida. Entonces, tal como le había pedido su amo, el cocinero fue a comunicarle que su invitado ya no quería comer más. El ricachón dejó de consultar la pantalla de su ordenador, se puso de pie y precedido del cocinero entró en la cocina. Con una amabilidad que conmovió al pordiosero y casi noqueo de sorpresa al cocinero dijo:
—¿De veras no quieres comer nada más?
—No muchísimas gracias. Estoy a punto de reventar. Que Dios le pague sus bondades para conmigo.
—Perfecto. Ahora voy a buscar un cigarro para que te lo fumes. Lo que más apetece después de una buena comilona es fumar.
—Yo es que no fumo —expuso a modo de disculpa el pobre.
—No importa. Hazlo por complacerme.
Y un par de minutos más tarde su anfitrión regresaba con un gran cigarro puro.
—Póngaselo en la boca que voy a encendérselo —Dijo entregándoselo al menesteroso. Éste, sometiéndose a su capricho, colocó el cigarro entre sus labios llenos de postillas y el millonario le ofreció la llama de un encendedor de oro—. Fume, fume con ganas. Huele bien, ¿eh?
Su obediente invitado asintió con la cabeza. Llevaba media docena de caladas cuando el puro explotó tiznando la cara del fumador a la fuerza cuya expresión de perplejidad no podía resultar más cómica.
El hombre acaudalado se tronchaba de risa. El cocinero mostraba una forzada sonrisa para congraciarse con él. Cuando el millonario superó el ataque de hilaridad le preguntó a la víctima de su chanza:
—No te ha molestado mi broma, ¿verdad?
—No. La gente como usted nunca da nada gratis. Me ha invitado a comer para poder reírse a mi costa. Ya se ha reído y con ello queda compensado el generoso detalle que ha tenido conmigo. Detalle que se ha cobrado, por lo tanto no tengo que darle las gracias. Es usted más desgraciado que yo.
Y caminando con enorme dignidad, el pobre se marchó subido en sus destrozados zapatos, habiendo conseguido lo que otros muy poderosos no había conseguido nunca: ofender al potentado.

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LA “VERDADERA” HISTORIA DE NOÉ (RELATO)

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PARA RELIGIOSOS Y ATEOS:
LA “VERDADERA” HISTORIA DE NOÉ

(Copyright Andrés Fornells)
Cuentan de Noé, que padecía nefofobia. Este miedo a las nubes le surgió de muy pequeñito. Ya dando sus primeros pasos, cuando tenía intención de salir a la calle, miraba al cielo y si veía una nube, se escondía debajo de la cama. Sus padres, al principio, se lo consentían, pero luego, a medida que fue creciendo, considerándolo una demostración de vergonzosa cobardía, lo sacaban de allí abajo a base de escobazos.
—Debería darte vergüenza —le recriminaban—. Tus hermanos van a trabajar no solo cuando hay nubes, sino cuando llueve y nieva, y tu escondiéndote debajo de la cama.
Noé sumó años y pasó por todos esos periodos del crecimiento que terminan convirtiendo al que fue niño, en hombre. Un hombre admirablemente justo y bondadoso, razón por la que Dios se le apareció un día dándole un susto de muerte, pues Noé no se lo esperaba, y mucho menos que se presentara envuelto en una enorme y aterradora nube. Y Dios le dijo:
— Noé, voy a hacerte un encargo que a ningún otro hombre le he hecho antes que a ti, ni tampoco le haré tampoco después. “He decidido poner fin a toda carne, porque la tierra está llena de violencia por causa de ellos; por eso voy a destruirlos jun-to con la tierra. Hazte un arca de madera de ciprés. Harás el arca con compartimientos, y la cubrirás con brea por dentro y por fuera. De esta manera la harás: de 135 metros la longitud del arca, de 22.5 metros su anchura y de 13.5 metros su altura. Le harás una ventana que terminará a 45 centímetros del techo, y pondrás la puerta en su costado. Harás el arca de tres pisos. Entonces Yo traeré un diluvio sobre la tierra, para destruir toda carne (todo ser viviente) en que hay aliento de vida debajo del cielo. Todo lo que hay en la tierra perecerá. Pero estableceré Mi pacto contigo. Entrarás en el arca tú, y contigo tus hijos, tu mujer y las mujeres de tus hijos. Y de todo ser viviente, de toda carne, meterás dos de cada especie en el arca, para preservarles la vida contigo; macho y hembra serán. De las aves según su especie, de los animales según su especie y de todo reptil de la tierra según su especie, dos de cada especie vendrán a ti para que les preserves la vida. Y tú, toma para ti de todo alimento que se come, y almacénalo, y será alimento para ti y para ellos”.
Cuando se le pasó en cierta medida la acojonante impresión causada por esta celestial presencia y la misión encomendada, Noé se creyó con derecho a poner algunas objeciones:
—Señor Dios, ¿no puedo ahorrarme el recoger serpientes y otros animales fie-ros y peligrosos, además de los molestos, atormentadores y cabreantes mosquitos, moscas, garrapatas, arañas y algún mal bicho más que en este momento no recuerdo su nombre, pero seguro terminaré recordando en cualquier momento?
El Todopoderoso se lo quedó mirando con ojos reprobatorios y replicó contundente:
—Todas las criaturas vivas las he creado yo y, por lo tanto, tienen el mismo derecho que tú a existir. Y no me enojes porque te castigaré de la peor manera para ti que tanto te gustan las prácticas cameras con tu esposa, convirtiéndote en impotente.
Ante esta severísima amenaza, Noé se resignó, que es, según algunos filósofos contemporáneos, otra cara más de las muchas que posee la cobardía.
Cuando la gente vio a Noé empezar a construir aquella colosal arca, con la ayuda de toda su familia, quedó convencida del todo de que este hombre, además de cobarde y santurrón era exageradamente tonto, y se burlaron despiadadamente de él:
—Oye, Noé, cabeza de chorlito, ¿cómo podrás hacer avanzar esa enorme barca a base de remos? ¿Te crecerán, por extraordinario milagro los mil brazos que vas a necesitar?
Envalentonado con la confianza que el Ser Supremo había depositado en él, Noé respondía:
—No quiero la nave para llevarla a parte alguna, sino simplemente para que flote.
En esa época antiquísima los árboles podían hablar con el Todopoderoso, y éstos, de viva voz, se le quejaron de Noé y de su familia porque estaban tumbando a golpes de hacha a muchos de ellos.
El buen Dios les respondió, con admirable sensatez:
—No os quejéis por tan poca cosa. Sois ya demasiado y es una bendición que se elimine a algunos de vosotros. ¡Callad y reproduciros!
Este Noé, admirable ejemplar de ser humano elegido por el Señor junto a to-dos los suyos, trabajaron durísimamente noche y día con admirable ahínco y, para la fecha prevista, tuvieron terminada aquella colosal arca que todo el mundo aseguraba no podrían acercar al mar ni empujada por la humanidad entera.
Cuando le comentaban esto, Noé, ponía cara de enterado y respondía:
—No hará falta de que la empuje nadie. Yo sé muy bien lo que va a suceder.
Esta respuesta sirvió para que aumentase la creencia generalizada de que Noé padecía una demencia incurable. Y ya fue el colmo cuando Noé empezó a pedir ayuda para ir metiendo dentro de la extraordinaria nave un macho y una hembra de cada especie existente. Pero entonces un viejo al que consideraban sabio salió en su ayuda manifestando:
—Noé, ha tenido por fin una idea genial: emplear su barcaza como zoo. Así nuestros niños no tendrán que recorrer un gran número de kilómetros para vez animales, pues podrán verlos sin moverse del pueblo, mientras sentados cómodamente comen palomitas de maíz, mascan chicle y beben latas de refrescos.
Esta idea influyó tan eficazmente, que poco a poco todo el mundo fue colaborando en la caza de animales que, una vez apresados, iban encerrando en el arca de Noé. Ayudaron tan bien, que los tuvieron recogidos antes del plazo que el Todopoderoso había dado. Y tuvo un éxito enorme durante dos días. No se pagaba entrada pero sí se pedía a los visitantes contribuyeran en el forraje tan necesario y la carne tan necesaria para poder alimentar a toda aquella fauna.
Y como ninguna espera se hace eterna, ni siquiera la de la pacientísima Pené-lope por Ulises, Noé dijo a todas las personas de su familia que subieran y cerró el arca para todos los demás. Y entonces comenzó de inmediato a diluviar. Y los malos, que eran todos los demás, se arrepintieron de no haber construido ellos también un arca. El arrepentimiento les duró poquísimo pues las inundaciones y las crecidas de los ríos acabaron, en un plisplás, con sus pecadoras vidas por el abuso hidrófilo que conduce al anego.
Quedó demostrado que Noé había estado en lo cierto al sostener que no tendría que remar su arca hacia ninguna parte porque el desmesurado crecimiento que tuvo el agua lo despegó de la tierra y lo puso a flote.
Todos cuanto se hallaban a salvo, unánimemente, incluidos los animales que sabían expresar agradecimiento, se lo demostraron a Noé por haberles salvado la vida, pues todos los que no habían permanecido dentro de su inmensa arca perecie-ron.
Estuvo diluviando cuarenta días y cuarenta noches. A cualquier parte que se mirase desde, los ventanucos de la nave de Noé, sólo se veía agua y más agua, nubes y más nubes, lluvia y más lluvia. El pesimista padre de Noé realizó una prematura y patética y totalmente equivocada afirmación:
—El sol ha muerto. Nunca más volveremos a verlo.
Noé, que había estado haciendo rayitas en una tabla con la punta de un cuchillo de acero inoxidable, anunció un día con solemnidad patriarcal:
—¡Se terminó! Hemos tenido ya el diluvio anunciado. A partir de esta mañana, no caerá del cielo ni una sola gota más.
Para asegurarse de que estaba en lo cierto, soltó una paloma y ésta regresó un rato más tarde con una hoja de olivo en su pico.
—Bien, en cuanto descienda el agua lo suficiente, vamos a bajar a tierra y construir un nuevo poblado donde viviremos felices y prósperos, pues no va a repetirse otro diluvio igual que éste hasta el año tres mil en que las generaciones de esa época merecerán, por su maldad, ser castigadas con un nuevo diluvio. ¡Que mis palabras sirvan de aviso para las gentes de ese tiempo!
La tierra se tragó finalmente el agua y Noé y su familia, todos comenzaron construir viviendas. Los animales domésticos, fueron enjaulados, y llevaron en adelante la misma sacrificada y ejecutada existencia que antes del diluvio. Los animales salvajes huyeron a las selvas y también continuaron considerando enemigos a los humanos, pues en la larga convivencia con ellos la opinión que de su crueldad tenían, no mejoró.
Considerando no había nadie más cualificado que él para soberano del pueblo que construyeron, eligieron a Noé. Debido a la alta dignidad que ostentó a partir de aquel momento, Noé tuvo que renunciar al alivio que le producía esconderse debajo de la cama cada vez que invadía el cielo una nube.
Finalmente, para concluir esta historia “verídica”, expongo aquí que la palabra nefofobia fue creada pensando en el “naviero” Noé, que murió 350 años después del Diluvio, a la edad de 950 años, 19 menos que el longevo Matusalén que vivió 969. Haber muerto más joven que Matusalén fue el disgusto más grande de todos los que el celebérrimo Noé se llevó a la tumba.

ENTREVISTA AL DAMNIFICADO POR UN GRAN INCENDIO (RELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
En el estudio de televisión, el invitado que segundos antes había recibido los favorecedores servicios de las maquilladoras, ahora, sentado en un cómodo sillón, empezó a ser entrevistado por el presentador, un rostro muy conocido, afamado veterano de los medios audiovisuales, ganador de varios premios otorgados por medios de comunicación, amigos suyos y amigos de la cadena para la que trabajaba con notable profesionalidad y gran audiencia, circunstancia que redundaría, una vez más, en la obtención de altos beneficios por publicidad para la empresa que lo tenía contratado.
—Un pirómano insensato y criminal provocó un devastador incendio en un bosque de su propiedad del que se han quemado más de 2000 hectáreas de pinos, ¿cierto? —fueron sus primeras palabras pronunciadas con una dicción perfecta.
Su entrevistado compuso una expresión compungida y en tono quejumbroso respondió:
—Sí, desgraciadamente, tal como usted acaba de mencionar fue un acto imperdonable perpetrado por un criminal contra la indefensa naturaleza. Todos los miembros de mi familia, sin excepción, estamos profundamente apenados y condenamos sin paliativos a ese desalmado pirómano que ojalá consigan detener y hacer pagar su atroz crimen —ahogó un sollozo antes de continuar—: Los pinos estaban tan verdes, tan bonitos, todos llenos de florecillas debido a lo bien que les estaba sentando la primavera. Y ahora son solo fantasmas renegridos que alzan sus desnudas ramas al cielo, como si fueran brazos inocentes clamando justicia.
El damnificado por el devastador incendio mostraba tal patetismo y abatimiento, que consiguió conmover al prestigioso entrevistador, quién reconoció:
—Ese incendio, por lo que estoy viendo, le ha roto a usted el corazón.
—Sin la menor duda, ¡en mil pedazos me lo ha roto! —llevándose el hombre un pañuelo a los lagrimosos ojos, sacado del bolsillo superior de su americana gris otoño.
El presentador se permitió una pausa efectista, en la que sacaron un conmovedor primer plano del rostro apenado y lloroso del entrevistado.
—¿Han apresado al supuesto pirómano o grupo de pirómanos? —continúo el entrevistador.
—No, no, a ninguno. Esos canallas realizan su trabajo destructor sabedores de que nunca les cogerán ni tendrán que pagar por ello.
—¿Y ahora qué ocurrirá con ese bosque calcinado suyo?
—Lo habitual. Malvenderemos los chamuscados troncos de esos desdichados árboles para que hagan leña con ellos. Esto nos alegra, en cierta medida, porque gracias a esa leña muchas personas podrán tener calientes sus hogares y no pasar frío el próximo invierno. Será una buena obra humanitaria.
—Sí, ciertamente, por lo menos servirá para algo, para una obra humanitaria esa terrible ruina ecológica —el entrevistador moviendo con gesto de simpatía su bien repeinada cabeza, posando principalmente para la cámara que enfocaba el lado de su rostro más favorable para él—. Y una vez limpia esa zona del bosque arrasada por las llamas ¿piensan repoblarla con nuevos árboles?
—De ninguna de las maneras —categórico—. Sería una locura. Un despilfarro. Sería darles una nueva oportunidad a los pirómanos para que pudieran ejercer otra vez más su criminal acción.
—¿Qué harán entonces con esa parte del bosque que se quemó?
—Pues lo mismo que han hecho tantos otros que has sido perjudicados de igual modo que nosotros: vender esos terrenos a una de esas solidarias empresas constructoras que construirán allí viviendas para la pobre gente que ahora vive en la calle o hacinada en casas de familiares.
—Muy bien. Demuestra usted ser una persona de muy buenos sentimientos, muy humanitaria.
—¡Absolutamente cierto! —rotundo el entrevistado—. Yo siempre digo: que a este mundo venimos todos con la santa misión de ayudarnos los unos a los otros.
—Bien. Ha sido un placer hablar con usted, una persona sincera, integra y altruista. Muchas gracias por su colaboración. Le agradeceré recomiende a esa empresa constructora, que realizará el sacrificio de comprarle ese terreno calcinado, que piensa en nosotros a la hora de encargar la publicidad. Se la haremos mejor y más barata de precio que nuestros competidores.
—Lo haré, no se preocupe. Y podré hacerlo porque me han propuesto ser accionista de esa constructora y pienso aceptar. Y como creo que dijo el buen Dios: “Hoy por ti, mañana por mí”.
Realizó el entrevistador disimuladamente un leve movimiento de su dedo índice. Inmediatamente, el encargado de los sonidos hizo sonar una extraordinaria salva de aplausos que duró hasta la entrada de la próxima cuña publicitaria.