EL MISTERIO COLETTE (relato)

 

 

 

 

 

 

 

 

(Copyright Andrés Fornells)

París es reconocida en el mundo entero como la ciudad de los artistas y del amor. A mí me tenía poderosamente fascinado, mucho tiempo antes de poder visitarla. Por este motivo, cuando por medio de mi tío Alberto, que poseía un pequeño restaurante en la zona de Pigalle, me surgió la posibilidad de ocupar una plaza vacante de profesor de español en una academia de idiomas, la acepté sin siquiera negociar la cuantía de mi salario.
Llevaba un par de semanas viviendo en la capital de Francia cuando, en una fiesta organizada por una multinacional de la comunicación, conocí a Colette. Colette contaba con ese chic que hace irresistibles a un gran número de mujeres parisinas. No era una gran belleza, pero los rasgos exóticos de su rostro y su escultural figura la hacían irresistiblemente atractiva. Surgió una poderosa atracción entre nosotros dos a partir del momento en que ella, para librarse de un pretendiente suyo, pesadísimo (de insupportable lo calificó ella),  me pidió antes de que llegase junto a nosotros:
—Bésame y me ayudarás a librarme de un tipo que me mata de asco.
Nunca me he negado a ayudar a una dame en apuros, y en esta ocasión muchísimo menos. Inmediatamente, Colette y yo nos abrazos y nuestras bocas se unieron en un beso incendiario, devastador, en el que nos sentimos ambos tan a gusto, que lo hicimos durar un par de minutos largos. Cuando nos separamos, su pretendiente, rojo de humillación, se hallaba parado a muy corta distancia de nosotros. Ella muy decidida, le dirigió la palabra con gran naturalidad:
—Hola, Jean Pierre. Permite que te presente a mi prometido…
Aquel individuo la dirigió una mirada de reconcentrado odio y replicó furibundo, odioso:
—¡Putain!
Y a continuación se alejó rápido como si le hubiesen insuflado gasolina en el mismo centro de sus posaderas. Colette y yo nos reímos. Y ya no nos separamos en toda la velada. Nos encontrábamos tan bien juntos, riéndonos, besándonos de vez en cuando (y ya no para espantar a admiradores, sino porque lo gozábamos plenamente). Total, que aquella noche la pasamos en la boardilla que yo tenía alquilada. Y disfrutamos tanto nuestra experiencia de unión corporal, que al día siguiente ella abandonó la pensión de mala muerte donde se alojaba y se vino a vivir conmigo.
Colette no contaba con un empleo fijo. Era bailarina y actuaba esporádicamente en programas de televisión y también en pequeños spots publicitarios.
Nos entendíamos de maravilla los dos y no tardamos en convertirnos en una pareja de inseparables enamorados. Como yo tenía una colocación y un sueldo estable, corría con todos los gastos del arrendamiento y de nuestra manutención. Yo lo aceptaba encantado, convencido de que, de haberse dado el caso contrario, Colette habría hecho lo mismo por mí.
Una noche nos hallábamos cenando en un bistró que frecuentábamos. Conversábamos animadamente, como siempre. Los dos éramos buenos observadores y gozábamos de un excelente buen humor. Nos comimos unos filetes de carne de caballo, alimento favorito de muchos galos y al que comenzaba yo a acostumbrarme, no sin cierta dificultad.
Mientras esperábamos los flanes que habíamos pedido de postre, Colette cogió su bolso y me dijo que iba al servicio.
—Me encanta el carmín de tus labios —le confesé en tono jocoso.
—Ya he notado el placer que experimentas quitándomelo —bromeó también. Gocé siguiéndola con la vista del sensual, elegante movimiento de sus de sus curvilíneas caderas. Era tan extraordinariamente sensual. Pasaron varios minutos y Colette no regresaba. Cuando llevaba un cuarto de hora de duración su ausencia, se apoderó de mí la preocupación. Me asaltó la posibilidad de que le hubiese ocurrido algo. Pensé en una caída o un desvanecimiento.
Abandoné la mesa, me acerqué al camarero y le expuse mis temores. El, servicial, me acompañó inmediatamente a los servicios; primero al de señoras y, por si acaso, también al de caballeros, infructuosamente, pues no encontramos rastro alguno de Colette. Aboné la cuenta y, considerando la posibilidad de que, por alguna razón que yo ignoraba, ella hubiese marchado a nuestra vivienda. Caminé rápido hacia la misma, encontrándome con la inquietante realidad de que ella tampoco se hallaba allí.
Viví una noche de gran angustia y desasosiego tratando de figurarme, inútilmente, qué podía haberle sucedido. Aconsejado por mi tío Alberto, me presenté a la mañana siguiente en la comisaría de policía y denuncié su desaparición. Los agentes se mostraron amables, e intentaron tranquilizarme con los argumentos de que la mayoría de personas que desaparecían de repente, volvían a aparecer sin haber sufrido daño alguno.
Colette nunca regresó ni tan siquiera para recoger sus cosas. Su misteriosa desaparición sembró en mi espíritu una gran zozobra y, cada vez que daba algún medio de comunicación la noticia del hallazgo de una mujer muerta en algún descampado o algún bosque, yo vivía el sufrimiento de que se tratase de ella. Poco a poco fui asimilando aquel inexplicable, tétrico suceso y normalizando mi existencia.
Transcurrieron cinco meses y una mañana recibí con el correo una postal enviada desde Brasil. No llevaba dirección ninguna y solo unas pocas palabras:
“Hola, mon chou. Perdona que me fuese sin decirte adiós. Resulta que me encontré en los servicios del bistró a un antiguo pretendiente mío. Es millonario. Me propuso irme con él a Río de Janeiro, y acepté. Me molan cantidad las limusinas. Creo que te lo mencioné en más de una ocasión. En fin, lo siento. Lo nuestro fue bonito mientras duró. Cuídate. Colette”.
El tiempo es un buen lenitivo. Y contribuyó a que se me pasara el gran disgusto que Colette me había causado. También me ayudó mucho a conseguirlo, Silvia, otra francesa con mucho chic. Estaba encargada de la dirección de una prestigiosa boutique de lujo de la que pude vestirme con ropa de marcas caras, a precio de saldo. Fue la época de toda mi vida en que vestí con mayor elegancia. Y como soy un tipo conformista y optimista, considero siempre ese dicho tan sabio que todos conocemos: “No hay mal que por bien no venga”.
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DISPUESTOS A DIVORCIARSE (RELATO)

 

 

 

 

 

 

 

 

(Copyright Andrés Fornells)
Almudena y Toni desayunaron en silencio. Se palpaba entre ellos la tensión que les dominaba. Ambos sabían que era la calma que precede a la tempestad a punto de estallar. Con toda intención, los dos terminaron de comer al mismo tiempo y, nada más dejar en lo alto de la encimera la vajilla empleada, comenzó la bronca. Vociferante, Toni acusó a Almudena de malgastar el dinero con el que ambos contribuían al mantenimiento de su hogar, con la compra de un nuevo par de zapatos cuando ya contaba con otros diez pares. Y Almudena, para no ser menos, acusó, a gritos, a Toni, de haberse él comprado un nuevo videojuego cuando debía tener ya más de veinte.
—¡Eres un criticón y un desconsiderado despilfarrador de nuestros ingresos!
—¡Y tú una manirrota y una impulsiva malgastadora! ¡Me tienes harto!
—¡Y tú, a mí, me tienes más harta todavía!
—¡Pues ya sabes lo que podemos hacer!
—¡De acuerdo! ¡Hagámoslo de una maldita vez!
Furiosísimos ambos , ella cogió del perchero su bonita chaquetilla de cuero,  él cogió su anorak y los dos se lanzaron a la calle, donde llamaron la atención de los transeúntes por lo rápido que caminaban.
El abogado especialista en divorcios, tenía su despacho a unos trescientos metros del edificio donde la joven pareja tenía su pequeño y coqueto apartamento.
La secretaria del letrado les recibió con cierta frialdad. A su petición de que querían hacerle una consulta al abogado Joaquín Mariñas, ella les respondió:
—El señor Mariñas está ocupado en este momento. Tengan la bondad de esperar. Les atenderá nada más pueda.
Durante varios minutos el joven matrimonio permaneció callado, el ceño fruncido y con una expresión de encono en sus atractivos rostros.
De pronto, Almudena suspiró. Al escucharla, Tino suspiró a su vez. Siguió un silencio total, luego ambos se giraron hacia el otro y se fijaron en los labios que los dos mantenían entreabiertos. Permanecieron un momento presas sus miradas, después las miradas recorrieron el hermoso cuerpo del otro y Tino fue el primero en abrir la boca para reconocer con voz vibrante de pasión:
—¡Pero qué buena estas, Almudenita!
—¡Pues anda que tú, Tinito!
—¡Uf, como te deseo, mi vida!
—¡No más de lo que te deseo yo a ti!
Él se puso en pie y alargó el brazo. Ella lo alargó también y cuando sus manos se juntaron, ambos echaron a correr hacia la puerta:
—¡Eh! ¿A dónde van? —les gritó la secretaria del abogado Mariñas.
—¡En busca de la gloria! —le respondió a dúo la pareja, riéndose, mirándose como si no existiera en el mundo entero nada mejor a lo que estaban viendo el uno en el otro.
Aprovechando que no había nadie cerca, la secretaria soltó un denuesto soez. Estaban a veintiocho y esta era la tercera vez en el mes que aquel par de locos habían llegado hasta allí con la intención de divorciarse y escapado a toda prisa.

ODIABA LAS VACACIONES (RELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
Varios hombres ociosos, apuntalados en la barra de un bar de barrio bebiendo cerveza fresca, sacaron a colación el tema de las vacaciones y contaron algunas anécdotas que tenían que ver con este popular, multitudinario, lúdico asunto veraniego.
Uno contó que reservado un viaje en avión a la mítica India, llegados él y su mujer al aeropuerto se dieron cuenta de que habían olvidado en su casa los pasa-portes que les eran imprescindibles para viajar al país que pretendían visitar, y no pudieron coger otro avión con el mismo destino hasta el día siguiente.
Otro contó que yendo al aeropuerto estrelló su coche contra un árbol, afortunadamente no se hizo ninguna herida importante, pero perdió el avión y los desperfectos hechos al automóvil le habían costado una fortuna.
Otro contó que llegado a su destino, Buenos Aires, se encontró con la des-agradable sorpresa de que le habían perdido la maleta y le tuvieron dos días sin ella y se vio obligado a comprar prendas de vestir que de no haberle extraviado el equipaje, no habría necesitado. Luego la compañía aérea no quiso hacerse cargo del gasto al que lo habían obligado con su fallo.
Finalmente hubo uno de los contertulios que afirmó tajante:
—Yo odio las vacaciones con toda mi alma. Estoy seguro de que fue un invento del cabrón del demonio.
Todos los presentes le miraron con sorpresa, y un par de ellos le pidieron explicara el porqué de su contundente afirmación.
—Odio las vacaciones porque significan para mí el mayor sufrimiento que padezco a lo largo de cada año.
—Explícate, hombre; explícate —le exigieron.
—Me explicó. Os cuento cómo fueron las vacaciones mías del año pasado. Empezaré diciendo (para los que no lo sabéis) que vivimos en el mismo piso, mi mujer, mi hija, mi hijo y mi suegra. Semanas antes de la fecha de partida reservamos dos habitaciones en una modesta pensión de la Costa Blanca. Durante semanas hasta el día de partida tuve que escuchar a todas horas lo que todos los miembros de mi familia pensaban hacer durante ese tan anhelado periodo vacacional. Planes y más planes. Diversiones y placeres. ¡Guay y más guay! Y por fin llegó la fecha de partida. Del lugar escogido para nuestras vacaciones nos separaba una distancia de seiscientos kilómetros, distancia que recorreríamos en nuestro coche utilitario, pues habíamos calculado que por este medio de transporte nos saldría mucho más barato que yendo en autocar o en tren. El trajín comenzó nada más despertarnos por la mañana del día que debíamos partir. Desayuno y a conti-nuación preparar las maletas. Todos queriendo meter dentro de ellas infinitamente más de lo que les cabía. Al final reunimos cinco maletas que pesaban como demonios y otras tantas bolsas de mano que, en peso y volumen, no le iban mucho a la zaga. Reunimos todo esto en el salón añadiendo el gato de mi hija, el perro de mi hijo que es un pastor alemán grande como un caballo, la pecera de mi suegra que mide 40 x 20 centímetros y la jaula con tres periquitos que no mide mucho menos. Dos maletas cupieron en el maletero junto con la jaula y la pecera. Y otras tres maletas, las más grandes y pesadas en lo alta de la baca. Tuve una discusión de muerte con mi suegra porque quería que nos lleváramos también su silla de ruedas (adquirida por casi nada en una subasta) para poder ella desplazarse más cómodamente cuando sus viejas piernas se cansaran. Al final la silla se quedó en casa, luego de llamarme la airada madre de mi mujer lo que no está escrito. Por fin lo tuvimos todo acomodado. Las ruedas del vehículo, debido al abusivo peso con que lo habíamos cargado casi rozaba el suelo con las llantas a pesar de haber-las hinchado yo al máximo el día anterior. El asiento de atrás lo ocuparon mi mujer, nuestros dos hijos, el perro y el gato, todos ellos apretados como sardinas en lata, y mi suegra delante, a mi lado dándome con el codo en las costillas cada vez que despegaba los codos hacia los lados, ejercicio cabrón que realizaba cada pocos segundos alegando que se le entumecían los hombros. Lo que yo me temía, por obligar al automóvil a llevar tan exagerada carga ocurrió cuando llevábamos re-corridos unos doscientos kilómetros: ¡pincharon a la vez las dos ruedas traseras! Puse la de recambió y otra que me vi obligado a comprar. Todo esto tuve que hacerlo solito, sudando a mares, mientras dentro del coche los demás miembros de mi familia disfrutaban, con el motor en marcha, de aire acondicionado, escuchaban música, leían y contaban chistes con los que se mondaban de risa. Cuando terminé, en vez de alabanzas recibí críticas porque los miembros de mi familia consideraron que soy muy torpe, tardé muchísimo en cambiar las ruedas pincha-das y los forcé a permanecer más de una hora aburridos. Medio deshidratado, pedí agua y resultó que se la habían bebido toda. Finalmente llegamos, a media tarde, a la pensión donde teníamos alquilado hospedaje. En la pensión nos tocó una habitación en la cuarta planta. Otra mala noticia para mí, el ascensor se había averiado y los botones que solían encargarse de llevar los equipajes a las habitaciones de los clientes se habían declarado en huelga. Como las maletas eran demasiado pesadas para las débiles fuerzas de los miembros de mi familia, tuve que subirlas yo por la escalera terminando esta pesadísima tarea más muerto que vivo, y maldiciendo las vacaciones y el cabrón de mierda que las inventó. Por la no-che tuve que dormir con el perro de mi hijo porque (Dios sabrá porqué maldita razón, el animal se había encariñado conmigo). El gato que ha nacido para incordiarle se instaló en el alfeizar de la ventana de mi cuarto y me mantuvo toda la noche en vela el perro ladrándole. Al día siguiente se le murió un periquito a mi inconsolable suegra que llorado como una magdalena me culpó de ello por los bruscos frenazos que durante el viaje en coche hice al llegar a cada curva. Todos los miembros de mi familia le dieron la razón sin atender a mi explicación que con todo el peso que llevaba el vehículo éste se me iba fuera de control en las curvas. Al mediodía fuimos a comer a un restaurante, sufrí una intoxicación (sólo yo, ¿eh?) y estuve tres días sin poder abandonar mi cuarto porque a cada momento yo me salía por el trasero y no me convenía estar lejos de un cuarto de baño.
Al llegar aquí el hombre rompió a llorar amargamente. Ninguno de sus oyen-tes tuvo tan mal corazón como para pedirle que terminara de contar las desdichas que seguramente todavía le quedaban en el tintero, al pobre desgraciado y todos le dedicaron palabras de consuelo y lo invitaron a beber más cervezas.
A continuación dejaron de hablar de las vacaciones y hablaron de los temas más comunes: de la climatología, del fútbol y de lo mal que lo hacía el gobierno de turno.

ESE EXTRAORDINARIO AMIGO QUE NUNCA DESEARÍA SEPARARSE DE NOSOTROS (MICRORRELATO)

Poco tiempo después de emanciparme de mis padres me hice con un perro al que puse de nombre «Leal». Este can no tenía pedigrí. Era lo que  se dice, vulgarmente, un chucho. No era un animal muy inteligente. Sudé para conseguir enseñarle las cosas más simples, como sentarse o permanecer pegado a mi pierna derecha cuando lo sacaba a pasear. Yo no solía perder la paciencia ni enfadarme con él por lo torpe que era, porque para mí poseía una maravillosa cualidad: me quería exageradamente. Me lo demostraba con su cariñosísima actitud y en las miradas llenas de incondicional amor que todo el tiempo me dirigía. Y digo todo el tiempo porque cuando estábamos juntos no me perdía de vista un solo instante.
Yo he sido siempre un gran amante de la naturaleza. Los fines de semana acostumbraba coger el coche y, llevando conmigo algunas provisiones, pasar la mayor parte del día gozando de algún paraje bonito y poco concurrido.  Allí “Leal” se sentía inmensamente feliz. Se echaba carreras locas, hacía agujeros en la tierra blanda y recogía, hasta la extenuación, el palo que yo le tiraba. Y los ratos en que, cansado de disfrutar la visión del paisaje, yo me entretenía leyendo, él reposaba, confiado, apoyada la cabeza sobre mis piernas como queriendo decirme: “Tú te evades de mí, pero yo no me evado de ti”.
Un sábado, después de compartir con “Leal” el contenido de la fiambrera que me había traído: pollo en pepitoria,  me entró sueño y decidí echarme una siestecita.
Cuando desperté “Leal” no estaba más junto de mí. Lo llamé y no acudió a mi llamada. Presa de una lógica inquietud lo busqué por mi entorno gritando su nombre. Desgraciadamente me alcanzó la noche sin haber podido yo localizarlo. Muy disgustado, consideré como bastante probable que alguien se lo había llevado. Era tan manso y confiado, que cualquiera podía haberse hecho con él, sin correr el menor peligro de que le agrediera. Tuve que rendirme a la tristísima evidencia de que lo había perdido irremediablemente.
Este suceso me produjo una honda congoja.  Lo echaba en falta todo el tiempo. Sin él, mi casa se había convertido en un lugar silencioso y solitario. Quienes amamos a los animales les convertimos en seres imprescindibles dentro de nuestra vida.
Transcurrieron dos semanas. Durante todo este tiempo me reproché infinidad de veces el no haberlo vigilado todo el tiempo, considerando que, de haberlo hecho, “Leal” seguiría estando conmigo.
Y una madrugada escuché unos gemidos en la puerta de la casita adosada donde yo vivía entonces. Primero pensé que mis sentidos estaban jugando conmigo. Pero no era sí. Aquel tipo de gemidos los realizaba “Leal” cuando, por las tardes, yo me retrasaba en prepararle y darle la comida.
Ni siquiera me detuve a calzar mis zapatillas. Corrí hacia la puerta, la abrí y allí estaba mi perro loco de contento, meneando su rabo con tanta fuerza que me hizo temer pudiera despegársele. Estaba sucísimo. Esto no me importó lo más mínimo. Lo abracé y le dije mil veces lo muchísimo que le quería y cuánto lo había extrañado. Él llevaba rodeando su cuello, en vez del collar suyo, una cuerda. Alguien lo había mantenido preso hasta entonces en que, finalmente, “Leal” había conseguido librarse y recorrer los muchos kilómetros que lo separaban de mí. Cómo supo orientarse, desde una larga distancia y llegar junto a mí, es una de esas increíbles proezas que solo son capaces de realizar los canes que aman a sus dueños hasta el punto de arriesgar su vida por ellos.
“Leal” y yo no volvimos a separarnos hasta que, esa vida tan corta que la naturaleza les ha concedido a los mejores amigos del hombre, nos separó irremediablemente.

MANCHAS DE CARMÍN EN EL CUELLO DE UNA CAMISA (RELATO)

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Elena Ruiz se dejó influir notablemente por los números a lo largo de su joven existencia. Contaba los pasos que había de su casa a todos los lugares a los que iba andando. Hasta el banco, la panadería, la oficina donde trabajaba, la estación de autobuses cuando iba a visitar a su madre que vivía en una población cercana, etc.
Aquel martes había terminado su jornada laboral a las ocho de la noche. Su marido terminaba la suya una hora más tarde. Formaba parte de la dirección de una pequeña empresa farmacéutica y se veía obligado a viajar frecuentemente a distintas ciudades del país.
Elena se quitó el abrigo, lo colgó de la percha que tenían en el pequeño recibidor del piso que habitaban y fue directo al cuartito donde tenía la lavadora y el contenedor de la ropa sucia. Había prendas de los dos, pero ella se preocupó únicamente de las ropas pertenecientes a su marido. Examinó la camisa suya que allí había y descubrió en el cuello unas huellas apenas perceptibles de carmín. Acercó su nariz y concentro su olfato al máximo sacando la conclusión de que el pintalabios pertenecía a una mujer distinta a las manchas anteriores. Sacó inmediatamente la conclusión de que su marido tenía una amante nueva. No se indignó. La época en que le ocurría esto la había superado ya. La superó a partir del momento en que había decidido que le convenía más vengarse que destrozar su matrimonio que, en otras muchas facetas, funcionaba muy bien. En especial en lo económico, pues a la buena marcha de su hogar su marido contribuía con un sueldo mayor que el de ella.
Lloró 13 lágrimas, que era la cifra exacta que le concedía al dolor de la traición y le dio un repaso a los hombres que trabajaban con ella en la misma empresa. Eran veintitrés. De ellos, ocho la miraban con lujuria. Con cinco de estos compañeros de la empresa se había acostado ya, sumando la misma cantidad de camisas manchadas de carmín que le había descubierto a su marido. Elena sonrió maliciosamente y dijo para complacerse los oídos:
—Cuando me lo haya hecho con los otros tres empezaré por el primero. Después de todo mi marido también repite.
A las nueve y cuarto llegó su esposo. Elena contó seis segundos antes de saludarlo y otros cuatro antes de rozarse los labios con él, en un gesto rutinario y sin pasión, una reacción habitual en los matrimonios de larga duración. La devastadora pasión es una llama con fecha de caducidad, su madre, que también le era infiel a su padre, se lo había comentado cada vez que, al principio, ella le contaba las dolorosas traiciones de su marido.

SOY DE LOS QUE LLORAN EN LAS BODAS (MICRORRELATO)

soy de los que lloran en las bodas

Copyright Andrés Fornells)

Soy de los que lloran en las bodas. Y mucho. Lloro en las bodas porque me recuerdan la mía. Y es que son tan bellas, conmovedoras y emotivas las palabras que el señor cura dirige a los contrayentes (casi siempre hermosísima e ilusionada la novia, casi siempre sobreexcitado y asustado el novio) llegado el momento, para mí, supremo de la ceremonia.
El sacerdote invita a la pareja a que declaren su consentimiento, con estas palabras:
—“Como es su sagrada intención entrar en el matrimonio, unan sus manos derechas, y declaren su consentimiento ante Dios y ante la Iglesia”.
Ellos, los contrayentes, unen sus manos temblorosas.
El novio dice con voz poco firme y bastante timorata:
—“Yo, Antoñito Perales te tomo a ti, María Manzano, como mi esposa. Prometo serte fiel en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad. Amarte y respetarte todos los días de mi vida”.
La novia dice a continuación con voz dulce y aterciopelada:
—“Yo, María Manzano, te tomo a ti, Antoñito Perales, como mi esposo. Prometo serte fiel en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad. Amarte y respetarte todos los días de mi vida”.
Entonces, el eclesiástico oficiante les dice a los recién esposados que pueden besarse, cuando en los tiempos que corremos lo más acertado sería decirles que salgan flechados a por una cama y que se refocilen en ella hasta quedar hechos unos zorros.
Pero bueno, esto es lo que hay, y a ello me remito.
Sí, sí y sí, soy de los que lloran en las bodas, pero no lloro sólo por esta bonita escena que acabo de describir. Lloro por lo que les ocurre a muchos matrimonios después de transcurrido algún tiempo de convivencia (corto o largo, depende de muchos factores en los que no entraré para no alargarme y deprimir a los amables lectores).
Y ocurre, en muchos casos, que el esposo se cansa de su esposa. Y la esposa se cansa de su marido. Y los dos, mutuamente decepcionados y compartiendo un aburrimiento mortal, caen por las pendientes de la tentación que les llevan, también mutuamente, a adornarle cada uno la frente al otro.
Y si añadido a lo anterior van muy mal en lo económico y se las ven y desean para llegar a final de mes sin pasar hambre ni aumentar las muchas trampas ya acumuladas, vienen las desavenencias, los insultos, las recriminaciones y el desamor.
—No tenemos dinero ni para llegar a final de mes y tú, desgraciado de mierda, te has comprado un teléfono móvil nuevo.
—No tenemos para comer y tú, malgastadora de mierda, te has comprado un vestido nuevo.
Aquí empieza el matrimonio a fallar en lo de ser mutuamente fieles en lo próspero y en lo adverso. Y por las noches, para aumentar ingresos, él echa horas haciendo de puto, y ella haciendo de lo mismo pero cambiando la última vocal “o” por “a”.
Las cosas van de mal en peor y como han dejado de amarse y respetarse todos los días de su vida, entienden que lo mejor que ambos pueden hacer es divorciarse. Y entonces tienen que ahorrar porque la Iglesia les castiga económicamente por haber roto su consentimiento ante Dios y ante la santa iglesia, dos cosas consideradas de suma gravedad religiosa.
Total, que más de uno de los que lea este crudo y revelador escrito mío terminará soltero el resto de su vida, o al igual que yo, llorando en las bodas porque pensará en lo dramática y tristemente que acaban tantas de ellas.
A todos los que no les ha ocurrido esta triste y traumatizante rotura matrimonial, mi más admirada felicitación y, si les sobra algún pañuelo les agradeceré me lo den, pues yo sigo en lo mío.

MI PERRO «GARBANCITO» (MICRORRELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

“Garbancito”, un perro mío miniatura llevaba mucho tiempo poniendo a prueba mi paciencia. Si le decía:
—¡Ven aquí!
Él hacía todo lo contrario, se alejaba. Y si yo le decía, porque no quería tenerlo cerca:
—¡Fuera! ¡Márchate!
En vez de irse “Garbacito” se tumbaba a mis pies. ¡Era desesperante su actitud!
Un día me encontré en el mercado a mi primo Telesforo. Mi primo Telesforo tiene una pequeña granja a las afueras de Estepona. Nos preguntamos por nuestras respectivas familias. Tanto la suya como la mía, aparte de las consabidas dificultades económicas, en lo de la salud íbamos tirando bien. Él se me quejó de lo mal que sus gallinas le ponían en aquellas fechas.
—Acusan el frío, y eso que les he puesto calefacción, lujo que yo no tengo en mi vivienda por lo mucho que suma la factura de la luz.
—Bueno, no tienes calefacción en tu casa porque ninguno de vosotros, que yo sepa, ponéis huevos.
Mi guasa tuvo éxito y los dos nos reímos.
—De todas formas recuerda el dicho: En el tiempo de la graná, la gallina no pone ná.
—Joer, primo, eres más de campo que yo.
—No sé si tomarme a bien o a mal esto que acabas de decir. Bueno, voy a lo que importa; mira, me tiene desesperado ese perrillo mío Es el animal más desobediente de este mundo.
Después de escuchar mis quejas, primo Telesforo me hizo una amable propuesta:
—Déjame a ese animalillo unos días y verás como yo te lo cambio.
—Eso está hecho y te adelanto mi agradecimiento.
Le llevé a “Garbancito”, que cuando se vio preso de una correa que sujetaba mi primo, y a mí alejarme hacia el coche se puso a gimotear con tanta pena, que me puso el corazón como pan en remojo.
—¡Vente a por él dentro de una semana, primo! —me gritó Telesforo.
Pasó una semana. Yo echaba tanto de menos a “Garbancito” que no paraba de pensar en él, en su mansa mirada, en sus cariñosos lengüetazos y en los desenfrenados movimientos que me dedicaban su rabo. Llamé a mi primo.
—Puedes venir ya a por él. Y tráete de camino una docena de cervezas que me he quedado sin ninguna.
Entendí que este sería el pago por su esfuerzo de educarme a “Garbancito”.
Telesforo se puso alegre con las cervezas (para mí que le tiene manía al agua), y “Garbancito” se volvió loco de contento al verme. Daba saltos locos. Volteretas en el aire y unos ladridos que me sonaron a música celestial.
—Vaya lo que te añoraba tu perrillo —se admiró mi primo.
—Más lo añoraba yo a él —sincero, acariciándole con infinita ternura la peluda cabeza.
—Venga, largaos los dos que tengo trabajo. He de ir a cortar un poco de alfalfa para el burro, que todavía no ha desayunado hoy. Ya podéis escucharle como rebuzna, parece un cantante de ópera (el género “vocero” que a mi primo le mola es el flamenco).
—Digo si rebuzna, se le escuchará desde la Moncloa. Ya mismo te cobran por tener burro.
—¡Calla, primo, no les des ideas, joer!
—Me voy a ir. Gracias por todo, primo.
—De nada. La familia está para algo, ¿no? Hasta la vista.
Puso él las cervezas a la sombra y se dirigió con la hoz y un capazo hacía la parcecelita donde tiene plantado el forraje.
Por el camino, “Garbancito” y yo mantuvimos una conversación tonta, pamplinosa.
—¡Qué rebonito eres, joer! ¡Y mira que te quiero yo, sacodepulgas!
—¡Gua! ¡Gua! ¡Gua, gua, gua!
Y en cuanto llegué a casa y él se bajó del coche y empezó a darle deses-perada tarea a sus narices olisqueando por mil sitios diferentes, decidí entonces comprobar la labor educativa que mi pariente había realizado con él, y le llamé:
—¡“Garbancito”, aquí! ¡Ven aquí, bonito!
En lugar de obedecer mi orden, mi perrillo se alejó varios metros más de mí. Solté un bufido de exasperación. Mascullé gran enojo dedicado a mi primo Telesforo:
—Ya me extrañaba a mí que ese palurdo hubiera conseguido progreso alguno. No sabe obligar a sus gallinas a poner huevos en otoño, va a saber cómo educar perros.
Esperé a calmarme antes de coger el teléfono y marcar el número de su granja.
—Primo, me parece que tú sabes tanto de perros, como yo de descifrar jeroglíficos egipcios —le solté con recochineo—. Le he ordenado a “Gar-bancito” que viniera y se ha alejado de mí.
—Normal.
—¿Cómo que normal? —sintiendo recorrer mi cuerpo el hormigueo de la indignación.
—Pues normal —ratificó él—. ¿No te has dado cuenta de que tu perro padece dislexia? Dale las ordenes al revés de lo que quieres que haga, y verás el resultado.
—Tú estás loco —dije enfadándome.
—Y tú no sabes nada de perros. Y te dejo porque tengo que atender a una oveja que está apunto de parir, ¡paleto!
Colgó inmediatamente mi primo. Aunque creí saber el significado de la palabra dicha por él: dislexia, la busqué en mi diccionario de la RAE. Y allí ponía: Dislexia: alteración de la capacidad de leer, por la que se con-funden o se altera el orden de las letras, sílabas o palabras.
Quedé muy pensativo. Reflexioné. Reconocí que mi primo con un coeficiente de inteligencia de 180 me había estado tratando, equivocadamente, como a un igual. Y de pronto entendí lo que había significado con lo de dislexia. Me fui hacia donde se encontraba “Garbancito” jugando con una pelota de tenis junto a la maceta de la María Luisa (plata muy buena para quitarte el flato) y le ordené:
—¡Ven aquí, “Garbancito”.
Inmediatamente él se alejó. Realicé una nueva prueba:
—¡“Garbancito”, fuera! ¡Márchate!
Inmediatamente se vino hacia a mí, veloz, meneando el rabo con tanto entusiasmo, que no sé cómo no se le despegó del culo.
Sirva este escrito mío para aquellos que tienen perros que ellos creen desobedientes. No son desobedientes sus perros, lo que les ocurre es que sufren “dislexia”. Ni más ni menos.