MANCHAS DE CARMÍN EN EL CUELLO DE UNA CAMISA (RELATO)

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Elena Ruiz se dejó influir notablemente por los números a lo largo de su joven existencia. Contaba los pasos que había de su casa a todos los lugares a los que iba andando. Hasta el banco, la panadería, la oficina donde trabajaba, la estación de autobuses cuando iba a visitar a su madre que vivía en una población cercana, etc.
Aquel martes había terminado su jornada laboral a las ocho de la noche. Su marido terminaba la suya una hora más tarde. Formaba parte de la dirección de una pequeña empresa farmacéutica y se veía obligado a viajar frecuentemente a distintas ciudades del país.
Elena se quitó el abrigo, lo colgó de la percha que tenían en el pequeño recibidor del piso que habitaban y fue directo al cuartito donde tenía la lavadora y el contenedor de la ropa sucia. Había prendas de los dos, pero ella se preocupó únicamente de las ropas pertenecientes a su marido. Examinó la camisa suya que allí había y descubrió en el cuello unas huellas apenas perceptibles de carmín. Acercó su nariz y concentro su olfato al máximo sacando la conclusión de que el pintalabios pertenecía a una mujer distinta a las manchas anteriores. Sacó inmediatamente la conclusión de que su marido tenía una amante nueva. No se indignó. La época en que le ocurría esto la había superado ya. La superó a partir del momento en que había decidido que le convenía más vengarse que destrozar su matrimonio que, en otras muchas facetas, funcionaba muy bien. En especial en lo económico, pues a la buena marcha de su hogar su marido contribuía con un sueldo mayor que el de ella.
Lloró 13 lágrimas, que era la cifra exacta que le concedía al dolor de la traición y le dio un repaso a los hombres que trabajaban con ella en la misma empresa. Eran veintitrés. De ellos, ocho la miraban con lujuria. Con cinco de estos compañeros de la empresa se había acostado ya, sumando la misma cantidad de camisas manchadas de carmín que le había descubierto a su marido. Elena sonrió maliciosamente y dijo para complacerse los oídos:
—Cuando me lo haya hecho con los otros tres empezaré por el primero. Después de todo mi marido también repite.
A las nueve y cuarto llegó su esposo. Elena contó seis segundos antes de saludarlo y otros cuatro antes de rozarse los labios con él, en un gesto rutinario y sin pasión, una reacción habitual en los matrimonios de larga duración. La devastadora pasión es una llama con fecha de caducidad, su madre, que también le era infiel a su padre, se lo había comentado cada vez que, al principio, ella le contaba las dolorosas traiciones de su marido.

SOY DE LOS QUE LLORAN EN LAS BODAS (MICRORRELATO)

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Copyright Andrés Fornells)

Soy de los que lloran en las bodas. Y mucho. Lloro en las bodas porque me recuerdan la mía. Y es que son tan bellas, conmovedoras y emotivas las palabras que el señor cura dirige a los contrayentes (casi siempre hermosísima e ilusionada la novia, casi siempre sobreexcitado y asustado el novio) llegado el momento, para mí, supremo de la ceremonia.
El sacerdote invita a la pareja a que declaren su consentimiento, con estas palabras:
—“Como es su sagrada intención entrar en el matrimonio, unan sus manos derechas, y declaren su consentimiento ante Dios y ante la Iglesia”.
Ellos, los contrayentes, unen sus manos temblorosas.
El novio dice con voz poco firme y bastante timorata:
—“Yo, Antoñito Perales te tomo a ti, María Manzano, como mi esposa. Prometo serte fiel en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad. Amarte y respetarte todos los días de mi vida”.
La novia dice a continuación con voz dulce y aterciopelada:
—“Yo, María Manzano, te tomo a ti, Antoñito Perales, como mi esposo. Prometo serte fiel en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad. Amarte y respetarte todos los días de mi vida”.
Entonces, el eclesiástico oficiante les dice a los recién esposados que pueden besarse, cuando en los tiempos que corremos lo más acertado sería decirles que salgan flechados a por una cama y que se refocilen en ella hasta quedar hechos unos zorros.
Pero bueno, esto es lo que hay, y a ello me remito.
Sí, sí y sí, soy de los que lloran en las bodas, pero no lloro sólo por esta bonita escena que acabo de describir. Lloro por lo que les ocurre a muchos matrimonios después de transcurrido algún tiempo de convivencia (corto o largo, depende de muchos factores en los que no entraré para no alargarme y deprimir a los amables lectores).
Y ocurre, en muchos casos, que el esposo se cansa de su esposa. Y la esposa se cansa de su marido. Y los dos, mutuamente decepcionados y compartiendo un aburrimiento mortal, caen por las pendientes de la tentación que les llevan, también mutuamente, a adornarle cada uno la frente al otro.
Y si añadido a lo anterior van muy mal en lo económico y se las ven y desean para llegar a final de mes sin pasar hambre ni aumentar las muchas trampas ya acumuladas, vienen las desavenencias, los insultos, las recriminaciones y el desamor.
—No tenemos dinero ni para llegar a final de mes y tú, desgraciado de mierda, te has comprado un teléfono móvil nuevo.
—No tenemos para comer y tú, malgastadora de mierda, te has comprado un vestido nuevo.
Aquí empieza el matrimonio a fallar en lo de ser mutuamente fieles en lo próspero y en lo adverso. Y por las noches, para aumentar ingresos, él echa horas haciendo de puto, y ella haciendo de lo mismo pero cambiando la última vocal “o” por “a”.
Las cosas van de mal en peor y como han dejado de amarse y respetarse todos los días de su vida, entienden que lo mejor que ambos pueden hacer es divorciarse. Y entonces tienen que ahorrar porque la Iglesia les castiga económicamente por haber roto su consentimiento ante Dios y ante la santa iglesia, dos cosas consideradas de suma gravedad religiosa.
Total, que más de uno de los que lea este crudo y revelador escrito mío terminará soltero el resto de su vida, o al igual que yo, llorando en las bodas porque pensará en lo dramática y tristemente que acaban tantas de ellas.
A todos los que no les ha ocurrido esta triste y traumatizante rotura matrimonial, mi más admirada felicitación y, si les sobra algún pañuelo les agradeceré me lo den, pues yo sigo en lo mío.

MI PERRO «GARBANCITO» (MICRORRELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

“Garbancito”, un perro mío miniatura llevaba mucho tiempo poniendo a prueba mi paciencia. Si le decía:
—¡Ven aquí!
Él hacía todo lo contrario, se alejaba. Y si yo le decía, porque no quería tenerlo cerca:
—¡Fuera! ¡Márchate!
En vez de irse “Garbacito” se tumbaba a mis pies. ¡Era desesperante su actitud!
Un día me encontré en el mercado a mi primo Telesforo. Mi primo Telesforo tiene una pequeña granja a las afueras de Estepona. Nos preguntamos por nuestras respectivas familias. Tanto la suya como la mía, aparte de las consabidas dificultades económicas, en lo de la salud íbamos tirando bien. Él se me quejó de lo mal que sus gallinas le ponían en aquellas fechas.
—Acusan el frío, y eso que les he puesto calefacción, lujo que yo no tengo en mi vivienda por lo mucho que suma la factura de la luz.
—Bueno, no tienes calefacción en tu casa porque ninguno de vosotros, que yo sepa, ponéis huevos.
Mi guasa tuvo éxito y los dos nos reímos.
—De todas formas recuerda el dicho: En el tiempo de la graná, la gallina no pone ná.
—Joer, primo, eres más de campo que yo.
—No sé si tomarme a bien o a mal esto que acabas de decir. Bueno, voy a lo que importa; mira, me tiene desesperado ese perrillo mío Es el animal más desobediente de este mundo.
Después de escuchar mis quejas, primo Telesforo me hizo una amable propuesta:
—Déjame a ese animalillo unos días y verás como yo te lo cambio.
—Eso está hecho y te adelanto mi agradecimiento.
Le llevé a “Garbancito”, que cuando se vio preso de una correa que sujetaba mi primo, y a mí alejarme hacia el coche se puso a gimotear con tanta pena, que me puso el corazón como pan en remojo.
—¡Vente a por él dentro de una semana, primo! —me gritó Telesforo.
Pasó una semana. Yo echaba tanto de menos a “Garbancito” que no paraba de pensar en él, en su mansa mirada, en sus cariñosos lengüetazos y en los desenfrenados movimientos que me dedicaban su rabo. Llamé a mi primo.
—Puedes venir ya a por él. Y tráete de camino una docena de cervezas que me he quedado sin ninguna.
Entendí que este sería el pago por su esfuerzo de educarme a “Garbancito”.
Telesforo se puso alegre con las cervezas (para mí que le tiene manía al agua), y “Garbancito” se volvió loco de contento al verme. Daba saltos locos. Volteretas en el aire y unos ladridos que me sonaron a música celestial.
—Vaya lo que te añoraba tu perrillo —se admiró mi primo.
—Más lo añoraba yo a él —sincero, acariciándole con infinita ternura la peluda cabeza.
—Venga, largaos los dos que tengo trabajo. He de ir a cortar un poco de alfalfa para el burro, que todavía no ha desayunado hoy. Ya podéis escucharle como rebuzna, parece un cantante de ópera (el género “vocero” que a mi primo le mola es el flamenco).
—Digo si rebuzna, se le escuchará desde la Moncloa. Ya mismo te cobran por tener burro.
—¡Calla, primo, no les des ideas, joer!
—Me voy a ir. Gracias por todo, primo.
—De nada. La familia está para algo, ¿no? Hasta la vista.
Puso él las cervezas a la sombra y se dirigió con la hoz y un capazo hacía la parcecelita donde tiene plantado el forraje.
Por el camino, “Garbancito” y yo mantuvimos una conversación tonta, pamplinosa.
—¡Qué rebonito eres, joer! ¡Y mira que te quiero yo, sacodepulgas!
—¡Gua! ¡Gua! ¡Gua, gua, gua!
Y en cuanto llegué a casa y él se bajó del coche y empezó a darle deses-perada tarea a sus narices olisqueando por mil sitios diferentes, decidí entonces comprobar la labor educativa que mi pariente había realizado con él, y le llamé:
—¡“Garbancito”, aquí! ¡Ven aquí, bonito!
En lugar de obedecer mi orden, mi perrillo se alejó varios metros más de mí. Solté un bufido de exasperación. Mascullé gran enojo dedicado a mi primo Telesforo:
—Ya me extrañaba a mí que ese palurdo hubiera conseguido progreso alguno. No sabe obligar a sus gallinas a poner huevos en otoño, va a saber cómo educar perros.
Esperé a calmarme antes de coger el teléfono y marcar el número de su granja.
—Primo, me parece que tú sabes tanto de perros, como yo de descifrar jeroglíficos egipcios —le solté con recochineo—. Le he ordenado a “Gar-bancito” que viniera y se ha alejado de mí.
—Normal.
—¿Cómo que normal? —sintiendo recorrer mi cuerpo el hormigueo de la indignación.
—Pues normal —ratificó él—. ¿No te has dado cuenta de que tu perro padece dislexia? Dale las ordenes al revés de lo que quieres que haga, y verás el resultado.
—Tú estás loco —dije enfadándome.
—Y tú no sabes nada de perros. Y te dejo porque tengo que atender a una oveja que está apunto de parir, ¡paleto!
Colgó inmediatamente mi primo. Aunque creí saber el significado de la palabra dicha por él: dislexia, la busqué en mi diccionario de la RAE. Y allí ponía: Dislexia: alteración de la capacidad de leer, por la que se con-funden o se altera el orden de las letras, sílabas o palabras.
Quedé muy pensativo. Reflexioné. Reconocí que mi primo con un coeficiente de inteligencia de 180 me había estado tratando, equivocadamente, como a un igual. Y de pronto entendí lo que había significado con lo de dislexia. Me fui hacia donde se encontraba “Garbancito” jugando con una pelota de tenis junto a la maceta de la María Luisa (plata muy buena para quitarte el flato) y le ordené:
—¡Ven aquí, “Garbancito”.
Inmediatamente él se alejó. Realicé una nueva prueba:
—¡“Garbancito”, fuera! ¡Márchate!
Inmediatamente se vino hacia a mí, veloz, meneando el rabo con tanto entusiasmo, que no sé cómo no se le despegó del culo.
Sirva este escrito mío para aquellos que tienen perros que ellos creen desobedientes. No son desobedientes sus perros, lo que les ocurre es que sufren “dislexia”. Ni más ni menos.

LA GRAN IMPORTANCIA DE LOS PERROS EN LA VIDA DE LAS PERSONAS (RELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

Alicia y Sebastián, cercanos ambos a la cincuentena, eran pareja desde hacía diez años y se llamaban fatal, por no decir que se odiaban. Hablaron un día, de separación, y los dos acordaron que era lo mejor para ellos. El piso donde vivían era alquilado. No hubo problema sobre quién se quedaría con él. Alicia se iría a vivir con una hermana que era viuda y poseía una casa grande. Sebastián se quedaría con la vivienda. Solucionado este asunto pasaron a señalar los objetos que se llevaría cada uno. Tampoco en esto hubo discusión. Y finalmente tuvieron que decidir sobre “Bizcochita”, la caniche que, en aquel momento, se hallaba durmiendo tan ricamente en el sillón que le tenían destinado. Fue entonces cuando surgió entre ellos una agria y violenta discusión, pues ambos querían quedarse con la cariñosa perrita que los dos amaban sobremanera.
Estuvieron discutiendo, acaloradamente durante un par de semanas, este asunto sin llegar a acuerdo alguno. Totalmente inamovibles sus posiciones.
Fue Alicia la que finalmente, creyó haber encontrado una posible solución a la disputa.
—Mira, dejemos que “Bizcochita” escoja con quién de los dos prefiere quedarse.
—¿Cómo que “Bizcochita” decida con quien quiere quedarse? ¿Es que de pronto ha recibido del cielo el don del habla? —burlándose Sebastián.
—Pues claro que no es eso, tío tonto —Alicia tratándole con desdén—. Lo que te propongo es que nos situemos ambos a igual distancia de ella. Y una vez hecho esto, los dos a la vez la llamemos, y al que “Bizcochita” acuda primero de nosotros dos, se la queda.
Sebastián se lo pensó durante algunos segundos. La propuesta le pareció justa. Incluso la consideró ventajosa para él, pues creía que la caniche, por el hecho de llevarla él todas las noches a dar un paseo, le tenía mayor apego que a su consorte.
—Bueno, por mí de acuerdo —decidió finalmente—. Espero que tú, si pierdes en lo que acabas de proponerme, respetes que “Bizcochita” se quedé aquí en casa conmigo.
—Puedes estar seguro de que lo respetaré. Palabra de honor.
—Perfecto.
—Pues coloca a la perrita donde tú quieras.
Sebastián se dirigió al sillón donde “Bizcochita” les estaba observando con ojos brillantes de curiosidad, la cogió en sus brazos, la llevó hasta la puerta del salón y le ordenó después de depositarla en el suelo:
—¡Siéntate!
El animal que, además de extraordinariamente manso era obediente, se colocó agachado, con las patas delanteras extendidas, el lomo erguido, la cabeza cercana al suelo, postura que demostraba sus evidentes ganas de jugar.
Sus amos retrocedieron hasta el balconcito, lugar al que podría llegar el can sin encontrar en su camino mueble alguno que le impidiese la carrera.
Alicia continuó dirigiendo aquel asunto:
—Contaré hasta tres y entonces la llamamos.
—Adelante.
—Una, dos, y tres. ¡“Bizcochita”!
—¡“Bizcochita”!
La perrita salió disparada hacia su dueña, dando grandes saltos de alegría. Su dueño, reconociendo que la había perdido, entristecido se cubrió el rostro, con los ojos llenos de lágrimas. Le partía el corazón perderla. Alicia aprovechó que su consorte no podía verla por haberse tapado la cara, para darle a “Bizcochita” el bombón que mantenía escondido en su mano, dulce de chocolate al que llevaba algún tiempo, astutamente, acostumbrándola a disfrutar. Espero a que terminase de engullirlo para decirle a su esposo, fingiendo estarlo lamentando:
—Lo siento por ti. “Bizcochita”, se vendrá conmigo.
—Así lo acordamos —resignándose, entre sollozos, el perdedor.
El destino, pensó mucha gente, le torció a Alicia el propósito. Al día siguiente, al cruzar una calle, un autobús la atropello matándola.
Hubo gente que se extrañó de que el azar hubiese decidido que el conductor del autobús, que le había quitado la vida a Alicia, fuese el mejor amigo de Sebastián.
Testigos y el mismo atropellador sostuvieron que ella se había, materialmente, arrojado bajo las ruedas del vehículo que él conducía.
Si Alicia podía ver desde el mundo de los invisibles lo estupendamente que “Bizcochita” y su ex consorte se llevaban, hubiera rabiado muchísimo y también le habría enojado además, que él, a la caniche, cada vez que realizaba a su plena satisfacción sus órdenes de que se tumbase, de que saltase por encima del sillón o recorriese toda la sala de estar corriendo y evitando chocar con los muebles, la premiase con bombones de la misma marca con que ella le regalaba el paladar, cuando pretendió hacer trampas para quedársela en pro-piedad.

UN VIEJO DOMADOR Y SU VIEJO LEÓN (MICRORRELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

En contra de lo que tanta gente cree, los leones que viven en cautividad suelen llegar a ser bastante más longevos que los leones que viven en libertad. Esto es únicamente un hecho bien comprobado que no cuestiona en cuál de las dos situaciones, libres o cautivos, son más felices estos poderosos y bellos animales, en el caso de que la felicidad exista para ellos.
Max, un anciano domador al que por su avanzada edad dejaron de contratar las compañías circenses, se retiró a vivir a una pequeña casa de campo y se llevó con él a un león al que dio el nombre de Hércules, cuando lo recogió de cachorro. Ellos dos nunca se habían separado y habían actuando juntos a partir del momento en que el joven animal asimiló las enseñanzas de su amo.
Hércules sumó veinticinco años dos días después que Max, su viejo dueño, recibió los resultados de un chequeo médico que confirmó los temores que él tenía debido a las terribles dolencias que venía sufriendo desde hacía varios meses.
Cumplir veinticinco años es para un león todo un récord, incluso para los de su especie que viven en cautiverio.
Max tuvo para su amigo animal un detalle que, de haberlo sabido la gente lo habría calificado de ridículo y extravagante; le compró una tarta y la colocó encima de la mesa, lugar en el que desde que vivía con el león le permitía comer, y que nunca lo hubiera hecho en vida de su mujer, muerta de una trombosis poco tiempo antes de que él se quedara sin trabajo y se trajese a Hércules a su casa.
El animal, al que el paso del tiempo había marcado de inexpresividad su leonino rostro, le vio realizar, sin dar muestra de interés ninguno, la humorada de encender veinticinco velas en la tarta que tenía una forma circular. Sabedor de que no iba a entenderle, Max realizó la ironía de ordenarle, en el mismo tono de voz con que en las actuaciones ante el público le mandaba pasar por el centro de un aro en llamas:
—¡Apaga las velas!
Hércules, durante un largo momento se lo quedó mirando sorprendido, pero observando que su amo se había puesto de pie y señalaba la tarta con su brazo estirado, reculó con marcada lentitud unos pasos, midió la distancia con su cansada vista y realizando una pesada y lenta carrera consiguió saltar por encima de la tarta encendida y también de la pequeña mesa.
Max le dedicó las palabras de felicitación que tenía para él cuando realizaba a su plena satisfacción la maniobra de atravesar el aro en llamas.
Por entre sus párpados medio caídos, los tristones ojos de Hércules adquirieron unos repentinos destellos de contento.
A Max apagar las velas le costó soplarlas varias veces y cada soplo le dio la dolorosa sensación de que dentro de su pecho se producían roturas. Cortó un pequeño pedazo de tarta para él, y el resto se lo dio a Hércules. Era la primera vez que este animal comía un alimento que su amo consideraba perjudicial para su salud, y lo encontró tan deliciosa que mientras lo devoraba dirigía al domador miradas de reconocimiento. Y cuando terminó de relamerse la boca lanzó un breve rugido de satisfacción.
—Tienes buen paladar, ¿eh, amigo mío? —le dijo el viejo domador, con forzada sonrisa, pues se sentía muy mal.
Hércules le respondió con un rugido menos estentóreo que el anterior. Viendo sus fauces abiertas de par en par, Max recordó el número que tan famoso le había hecho durante sus actuaciones por todo el mundo formando parte del elenco de grandes artistas que reunían los circos con merecida fama de ser los mejores.
El número que a Max le había procurado reconocimiento mundial consistía en poner él toda su cabeza dentro de la enorme boca de Hércules, mantenerla allí durante algunos segundos para que la gente sufriera el temor de que la fiera la cerrara en cualquier momento y lo decapitara. Y cuando Max retiraba su cabeza sin haber sufrido daño alguno, la gente aplaudía a rabiar, sobre todo la chiquillería que era la más impresionable. Mientras esto sucedía Hércules lanzaba terribles rugidos, como si quisiera dar a entender que se arrepentía de haber dejado escapar indemne al domador.
La nostalgia de lo irremediablemente perdido para siempre: un pú-blico admirado por su valor, y unos aplausos entusiastas, enfebrecidos, puso humedad en los ojos de Max y, para que se entristeciera más su memoria se le hizo presente la venta que tuvo que hacer de sus otros cinco animales, cuatro leones y un tigre, que lo querían y a los que quería él. Una vez vendidos, no quiso saber que había sido de ellos. Se conocía bien y si el domador que los adquirió, él supiera que no los trataba bien, muy capaz era de buscarlo y cometer una barbaridad.
Hércules se tendió al lado de la silla que Max ocupaba y relajándose colocó su gran cabeza melenuda entre sus enormes zarpas y se durmió recibiendo en la frente las caricias de la nudosa mano de su viejo amo. Max cerró a su vez los ojos y pasó la película de lo acontecido durante su visita al especialista que le había realizado un concienzudo chequeo. Y el doctor, respondiendo a su petición de que le diera su riguroso diagnóstico sobre la enfermedad que estaba convencido, por todo el sufrimiento físico que venía padeciendo desde hacía mucho tiempo, que debían haberle encontrado.
El diagnóstico que Max recibió fue demoledor, terrorífico: le quedaban dos meses de vida, como mucho.
Max había sido siempre un hombre fatalista y valiente. Varias terribles cicatrices repartidas por todo su cuerpo daban buena muestra de ello. Antes de dedicarse a la profesión de domador había sido mercenario, cogido prisionero y sufrido torturas, y de puro milagro escapado a la muerte en un par de ocasiones.
Desde el momento mismo que había recibido la fatídica noticia del poco tiempo de vida que le quedaba, Max había tomado la decisión de adelantar su final, de no soportar la agonía de ir muriendo un poco cada día. Esta decisión la había demorado un poco pensando en Hércules. Su león quizás aún podría vivir un año más. Tenía problemas con su boca, su visión era mala, se movía con enorme torpeza y lentitud y dormía más horas que nunca. Pensando en su fiel animal, el día anterior había visitado el zoológico de la ciudad y hablado con su director. Al final de su explicación, el funcionario le había dicho que no podía satisfacer su petición. El presupuesto que tenían era muy bajo y un animal medio ciego y tan viejo tendrían que sacrificarlo, y para sacrificarlo ellos, mejor lo sacrificaba él que tenía, como propietario, esa obligación.
Ahora que su león estaba dormido, el viejo domador decidió que sería un buen momento para llevar a cabo la dolorosísima decisión que había tomado. Primero le quitaría la vida a Hércules y a continuación se quitaría la suya.
Max caminó, renqueante, hasta la alacena. La rodilla de su pierna derecha le dolía como si tuviera un puñado de cristalitos dentro que le herían la carne y el hueso a cada paso que daba, y ponía en su rostro un continuado rictus de dolor.
Sacó del cajón primero del mueble un revólver. Sabía que lo tenía cargado. A pesar de ello abrió el tambor y comprobó que contenía seis balas.
Cojeando, arrastrando sus pesados, infirmes pies, llegó de nuevo hasta su silla y se sentó. Hércules seguía en la misma posición que lo dejó. Max permaneció un tiempo contemplándolo conmovido, compasivo, tierno. Tenía la mente llena de las películas que de su león favorito había almacenado desde que éste era un alegre cachorro de cuatro meses hasta que le llegó la decrépita vejez.
—Adiós, querido amigo —musitó con voz quebradiza.
Los ojos se le llenaron de humedad. Le habría consolado llorar, pero entre las muchas cosas que le había quitado el paso del tiempo estaba la facultad del llanto. Acercó el cañón del revolver a la sien del animal. No solo le temblaba esa mano, sino que le temblaba el cuerpo entero. Parpadeó con fuerza para que esa humedad dejara de cegarlo y, cuando un sollozo le rompía el corazón apretó el gatillo. Esperó un par de minutos para recuperar el aliento y, acto seguido, dirigió el cañón del revolver a su propia sien.

¿ES BUENO CREER EN LOS HORÓSCOPOS? (MICRORRELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

Yo era un asiduo, fiel, fanático seguidor de los horóscopos. Todos los días, antes de salir de casa me leía el mío y obraba en consecuencia. Si mi horóscopo me aconsejaba no coger mi coche, ese día yo usaba el autobús o, si la economía me lo permitía, tomaba un taxi. Si mi horóscopo me aconsejaba no visitar a la mujer que amaba porque se produciría una rotura, yo le metía una excusa a mi chica y me pasaba la noche aburrido viendo la tele. Si mi horóscopo me aconsejaba no discrepar en nada con mis jefes, yo me convertía en mudo ese día.
Todo esto siguió así hasta un día en que mi horóscopo señaló que ese día tendría mucha suerte, recibiría un ascenso en mi trabajo, mi mejor amigo me haría un favor extraordinario, y llegada la noche celebraría que aquel había sido el día más feliz de toda mi vida.
Con tan halagüeñas y felices expectativas salí de mi casa silbando y cantando. Llegué al aparcamiento donde tenía estacionado mi coche, luciendo mis labios una sonrisa de oreja a oreja. Coloqué la llave en el lugar correspondiente para que arrancase mi vehículo y empleé media hora intentando ponerlo en marcha, sin conseguirlo. Estaba muerto mi utilitario. Menos el boca a boca, le hice de todo en mi intento de que echara a andar. Incluso, perdiendo la paciencia, le arreé algunas patadas haciéndole una abolladura que, unos días más tarde me costaría 300 euros me la quitaran. Total, que llegué tarde a mi trabajo. Antes de que poder sentarme a mi mesa, la secretaria de dirección me dijo:
—Haga el favor de dirigirse inmediatamente al despacho del señor Sandro Sánchez. Quiere hablar urgentemente con usted.
Conocedor de lo estricto que era el director de la empresa, con lo de la puntualidad, entré dándole los buenos días y explicándole las razones que motivaban mi llegada con retraso al trabajo. Él me mostró su sonrisa de piraña asesina y me dijo con extremada amabilidad:
—No tiene importancia. Todos sufrimos contrariedades. Verá, la empresa está pasando por dificultades económicas y hemos hecho un ajuste de plantilla. Usted entra dentro de los empleados que, con mucho dolor de nuestro corazón, sentimos tener que prescindir. Pásese por contabilidad a firmar y recoger su finiquito. Muchas gracias por los servicios prestados y adiós.
Empleé diez minutos en tratar de convencerle de que yo era un probo, ejemplar, eficacísimo, imprescindible empleado, etc. Su rostro, todo el tiempo mantuvo igual inexpresividad que si estuviese escuchando llover, para al final exponer:
—Todo cuanto acaba de decirme es muy cierto, pero nuestra empresa tiene que recortar la plantilla actual, y usted es uno de los cesados. Pásese por contabilidad a firmar y recoger su finiquito. Muchas gracias por los servicios prestados y adiós.
Pasó por mi mente el deseo de probar con él si mi directo de derecha poseía poder noqueador, pero recordé que hay cárceles en nuestro país y que muy posiblemente podía terminar en la celda de una de ellas si descargaba mi ira sobre aquel sujeto que, aunque yo nunca lo había tragado, estaba simplemente cumpliendo órdenes superiores.
Firmé y cobre mi finiquito, recobré los objetos personales que había en el despachito ocupado por mí durante cuatro esclavizantes años, y la caja donde me cupieron la dejé en recepción para que me la guardaran hasta que pudiera ir a recogerla con mi coche.
Con todo la mañana por delante, convertido inesperadamente en parado temeroso de poder serlo de larga duración, porque la crisis recorta cruelmente las posibilidades de encontrar empleo, decidí acercarme al parque y matar el tiempo paseando, como hacen los jubilados y los que no tienen empleo.
Bajé una empinada escalera que me conducía al mencionado parque cuando me caí por ella, con tan mala fortuna, que me rompí un brazo y las dos piernas.
Me llevaron al hospital. Por el camino la ambulancia chocó contra un camión y como consecuencia de este choque me rompí el brazo que todavía conservaba sano. Finalmente, otra ambulancia me llevó al centro de salud y allí me enyesaron  brazos y piernas. Pedí la chaqueta que traía cuando me llevaron allí para comunicarle por medio del teléfono móvil, a mi chica, las desgracias que me habían acontecido. Me la entregaron. Busqué en vano mi cartera y mi móvil. Habían desaparecido. Reclamé ambos objetos y según testimonio de quienes me recogieron para llevarme en la ambulancia al hospital, no llevaba encima ninguna de estas dos cosas.
—Alguno de los que acudieron a su lado, cuando rodó por las escaleras, a interesarse por lo que le había sucedido, debió aprovechar para quitarle de en-cima cuanto de valor llevaba. Ocurre con frecuencia. Mirándolo desde una ata-laya optimista, ha salvado usted el reloj, que no es de los malos.
Le pedí a la enfermera que me atendía, me permitiese hacer una llamada con su móvil. Se trataba de una mujer cuarentona, bastante fea, y de aspecto maternal. Marqué el número del móvil de mi chica y le conté, reteniendo a duras penas el llanto, todas las desdichas que me habían sucedido desde que abandoné mi casa. Se compadeció de mí. Escuché un par de sollozos por su parte, que me conmovieron y su promesa de que pasaría a verme pasadas las ocho de la tarde.
Mati, que era el recortado de Matilde, llegó al hospital a las ocho y media. Aguantó con paciente atención y sonriéndome comprensiva y cariñosa hasta que yo me desahogué contándole, de pe a pa, todas las desdichas que me ha-bían sucedido ese aciago día. Al final, acariciándome la mano izquierda, que yo no tenía escayolado, me dijo con voz cargada de afecto:
—Chico, sé que no es el momento más adecuado para decirte lo que te voy a decir, pero no me parece justo prolongar, por miramientos y cobardía por mi parte, lo que me ocurre. Tu sabes que mi jefe, porque te lo he contado, se estaba divorciando —empezando a preocuparme, asentí con la cabeza que era lo que ella esperaba de mí durante la breve pausa realizada—: Pues bien, él ha conseguido su divorcio ya.
—Debe estar muy contento —dije yo cansado de permanecer mudo—. Según tú me contaste, lo de divorciarse lo estaba deseando desesperadamente.
—Mi jefe está contentísimo, y yo también. Tu sabes, porque te lo he contado un par de veces, que yo siempre le he gustado a Ramón.
—Ya… —logré balbucir nadando dentro de mí un negro presentimiento.
—Yo siempre le he gustado —repitió ella, ilusionada—. Y hoy, colocando en mi mano un anillo que le habrá costado un pastón, me ha pedido que me case con él. Yo nunca te lo he confesado, para no disgustarte, pero Ramón me ha gustado siempre mucho, mucho y, ahora, que va a dejar de estar casado, no existe impedimento alguno para que él y yo nos casemos y seamos inmensamente felices. Espero que lo comprendas y tengas la generosidad de alegrarte por mí.
Tan ingenua crueldad por su parte me dejó sin habla durante algunos segundos. Ella aprovechó este silencio mío, para darme un beso en la frente, recoger su bolso que en un primer momento había dejado en el suelo y, recobrando la verticalidad se despidió de mí, presurosa:
—Bueno, tengo prisa. Que te mejores, Virgo (no se refería ella a que yo estuviera por estrenar en lo del sexo duro, sino a mi signo del zodiaco—. Y gracias por ser tan encantadoramente comprensivo conmigo. Adiós.
Y se fue. Bien, por todo lo que acabo de contar, yo he dejado de creer en los horóscopos. Y nada más. ¡Ah!, bueno, si conocen de alguna empresa que necesite a un oficinista muy competente que escribe sin faltas de ortografía y a la velocidad de más de 300 pulsaciones por minutos, tengan la amabilidad de comunicármelo. ¡Ay Dios, al alargar la mano para coger el mando de la tele, que estaba encima de la mesita de noche, acabo de caer al suelo y me he roto la nariz que todavía conservaba sana!

TENÍA UN AMANTE SECRETO (RELATO)

PAREJA EN LA CAMA

 

 

 

 

(Copyright Andrés Fornells)

Una pareja se amaba en secreto a espaldas del marido. Ella se llamaba Lucrecia, él Sebastián, y Roque, era el nombre de la víctima de su adulterio.
Un día en que Roque debía haber salido de viaje, cuando se hallaba en la estación a punto de subirse al AVE, su jefe le llamó al móvil comunicándole que pospusiera el viaje. Se había muerto el padre del cliente que se disponía visitar y, había acordado con el susodicho cliente, un encuentro entre ambos para el día siguiente.
—Así que puedes irte a casa con tu mujercita. Ella se alegrará de verte.
—Muy cierto. Me la llevaré de paseo, a tomar un vermú y a comer en cualquier tasca. Gracias, jefe por el día libre. Es usted la mejor persona del universo entero.
—Recuérdalo todo el tiempo y nunca más me pidas aumento de sueldo. ¡Ja, ja, ja!
Cortaron la comunicación riéndose. Los diez minutos de recorrido hasta su hogar, Roque se los pasó silbando alegremente. Su mujer estaría encantada con esta inesperada sorpresa que iba a darle.
Cuando Roque entró en su casa, sonriente y muy animado, escuchó voces, lo cual le extraño bastante, porque una voz pertenecía a su mujer, la otra voz a un hombre y ambas provenían del dormitorio.
Imaginándose de repente lo que esto podía significar, sintió que la sangre que corría por sus venas entraba en estado de ebullición. Lucrecia y él no llevaban ni medio años casados y su mujer, aprovechando su ausencia le estaba metiendo cuernos. ¡Aquello merecía un buen escarmiento! ¡A él no le ponía cuernos nadie, sin recibir un duro castigo por ello! ¡Él era muy macho!
Roque fue hasta la cocina, cogió del cajón de los cubiertos un cuchillo de enormes dimensiones y empuñándolo con mano firme, rugiente de furia se dirigió al cuarto donde sonaban unas risitas cómplices, gozosas. Abrió la puerta y rojo de irá gritó:
—¡Habéis manchado mi honor y voy a degollaros a los dos!
Lucrecia soltó un estridente grito de terror y se cubrió cuerpo y cara con la sábana. Pálido como un muerto, Sebastián, ocultando su hombría con sus dos trémulas manos, suplicó:
—Por favor no pierdas la cabeza, hombre. No arruines tu vida y la nuestra. Tu mujer y yo nos amamos. No hemos podido evitar, a pesar de que lo intentamos con todas nuestras fuerzas, que surgiera entre los dos este amor irresistible, invencible. Y queremos suplicarte que te hagas cargo de ello y nos permitas vivir juntos de ahora en adelante.
—¡De eso nada! Queréis para vosotros un final feliz y para mí la más absoluta desdicha. Vivir solo, sin mujer, con un sueldo de mierda y debiendo un montón de letras por este piso en el que me empeñé para que Lucrecia y yo tuviésemos nuestro nidito de amor. ¡Prefiero degollaros a los dos! ¡A ti por seductor y a ella por traidora!
Amenazador a más no poder, Roque dio dos pasos blandiendo el cuchillo enorme, al que un rayo de sol, colándose por la ventana, arrancó un destello siniestro.
—Por favor, recapacita, hombre. Te compensaré en parte por la pérdida de Lucrecia. Me haré cargo de esas letras que debes.
El cónyuge burlado quedó un momento pensativo, impresionado por la generosa oferta que acababa de recibir.
—¿A cambio de qué pagarías tú las letras? —pidió le aclarase.
—A cambio de que nos permitas, a tu mujer y a mí, que seamos felices viviendo juntos, lejos de ti.
Lucrecia apartó la sábana de su cara y mirando con ojos horrorizados al traicionado por ella, suplicó a su vez:
—Por favor, Roque, atiende nuestros ruegos. Siempre me has demostrado que posees un gran corazón y que eres una persona comprensiva. Tal como Sebastián te ha dicho: el amor ha surgido entre nosotros sin pretenderlo nosotros, de un modo inevitable, irremediable e invencible. Apiádate de nosotros. Todos tenemos derecho a la felicidad, y Sebastián y yo somos muy felices cuando estamos juntos.
—Vuestra felicidad significa la desdicha mía —le recordó Roque.
—Te repondrás. Olvidarás. Los disgustos no matan. Los disgustos nos fortalecen. La vida premiará tu buen corazón, si lo demuestras con nosotros.
Roque dejó caer los brazos en un signo de dolorosa rendición y, tras pensarlo durante unos momentos en los que su rostro reflejó deseos de violencia y finalmente de resignada rendición, dijo:
—Sal de aquí cagando leches, ¡adultero! antes de que me arrepienta de no haberte descuartizado y, cuando regreses delante de mí trae todas las letras de este piso pagadas. Solo entonces podrás llevarte (a mala hora) a mi infiel mujer, aunque yo quede condenado a ser desdichado el resto de mi vida y llore lágrimas de sangre por su pérdida.
Sebastián se vistió rápido y temblando todo el tiempo se encaminó con pasos vacilantes hacia la puerta, seguido de cerca por el todavía armado Roque.
—Por favor serénate y no le hagas nada a Lucrecia —suplicó el amante, temiendo por la seguridad de ella.
—Tú date prisa en cumplir el compromiso que acabas de contraer conmigo y dejaré que te la lleves, aunque me dejéis destrozado el corazón —Roque mostrando abatimiento, rabia y desesperación.
Cuando un par de días más tarde Sebastián le entregó a Roque todas las letras del piso pagadas, Lucrecia que lo estaba aguardando con las maletas preparadas, se fue inmediatamente con él.
Tanto ella como Sebastián, cuando se vieron seguros dentro del coche, respiraron aliviados.
—Estamos a salvo, amor. Podremos ser absolutamente felices de ahora en adelante.
—Sí, me ha salido bastante caro, pero en adelante estaremos libres para amarnos sin ningún temor.
—Y del papeleo del divorcio que se cuide tu abogado, cariño.
—Se ocupará. Dame un beso para ir haciendo boca antes de irnos directamente a mi casa —pidió él.
Se besaron apasionadamente, y después él arrancó el vehículo manteniendo una mano encima del muslo de ella, mientras la mano de Lucrecia se mostraba más atrevida con cierta parte muy sensible del cuerpo de él. Por fin podría amarse libremente sin pasar miedo alguno a ser descubiertos por el violento marido de ella.
Roque les vio alejarse desde la ventana que daba a la calle y, cuando apreció que el coche en el que iban se pedía entre los otros vehículos que circulaban por la calle, marcó un número de teléfono y, cuando recibió respuesta su llamada dijo en tono entre tierno y jocoso:
—Ya puedes venir a mi casa, preciosa, me he librado del amante de mi mujer, de ella y de esa torturadora deuda que tenía pendiente.
Se escuchó un escandaloso grito de júbilo desde el otro móvil y una promesa:
—Prepara las copas que traeré una botella de cava. ¡Esto hay que celebrarlo a lo grande, cariño!
—Sí, y mientras, yo preparo la cama de limpio. Compré esta mañana un juego de sábanas nuevo de muy buena calidad. Vamos a empezar bien este nuevo periodo de nuestra vida, bombón.

ES PROPIO DE IMBÉCILES NO RECONOCER EL BIEN QUE SE TIENE (MICRORRELATO)

es propio de imbeciles

 

 

 

 

(Copyright Andrés Fornells)

Claudio Pomelo se hallaba sentado a su escritorio. Había poco trabajo y combatía el aburrimiento con la papiroflexia. Su figura favorita eran los caballitos. Había llegado, realizándolos, a un punto tal de destreza que podía construirlos incluso con los ojos cerrados.
Su eficiente y poco atractiva secretaria lo distrajo comunicándole por el interfono que acababa de llegar un señor llamado Leandro Fiestas con la pretensión de hablar con él.
—¿Le has preguntado de qué quiere hablarme?
—Se lo he preguntado y me ha dicho que quiere hablarle sobre la felicidad.
—¿Va vestido como un cura?
—No, no; va vestido como una persona adinerada.
—¿Tiene ojos de loco?
—Tiene ojos de persona inteligente.
Claudio se lo pensó un momento. Quizás el inesperado visitante lo sacara del muermo que tenía encima o quizás, con suerte, viniera a proponerle un negocio interesante.
—Bueno. Hazlo pasar.
Transcurridos unos pocos segundos Claudio escuchó unos discretos golpecitos en la puerta y ocultando debajo de la negra carpeta el caballito a medio terminar y dijo:
—Adelante.
Se abrió la puerta y apareció un hombre más joven, más esbelto, más guapo y mejor vestido que él, quien dirigiéndole una amistosa sonrisa le dio los buenos días.
—Tenga la amabilidad de sentarse —indicándole Claudio la butaca que dejó a su visitante delante de él.
—A pesar de estar en invierno, esta mañana estamos gozando de una temperatura primaveral —expuso el recién llegado, que mostraba una naturalidad y aplomo admirables.
—Ciertamente. ¿Qué puedo hacer por usted, señor Fiestas? —observándole con interés y algo de envidia al reconocer que su visitante le superaba en atractivo y elegancia.
—He venido a darle las gracias.
—¿Las gracias por qué? —perplejo Claudio, juntando sus manos en un gesto que denotaba incomodidad y nerviosismo.
—Las gracias por haberse divorciado de Laura dejándola libre para que yo pudiera cortejarla. He conocido muchas mujeres, pero ninguna tan extraordinaria como ella. Laura es la mujer con la que yo soñaba toda mi vida. Una mujer bella, discreta, encantadora, apasionada, inteligente. Laura ha cambiado mi vida. Me ha hecho conocer la verdadera dicha. En los pocos meses que llevamos juntos, Laura me ha procurado tanta felicidad que me resulta imposible expresarlo con palabras. Por eso yo también procuro hacerla todo lo feliz que me es posible. Pero el motivo por el que he venido a verle es para decirle también cuánta lástima me da usted. Lástima porque estoy seguro de que, por mucho que busque nunca encontrará una mujer tan maravillosa como Laura. Bueno, sólo he venido a decirle esto por si acaso considera que no cometió la mayor estupidez de su vida al divorciarse de ella. Que tenga un buen día, adiós —levantándose, satisfecho, el señor Fiestas y dirigiéndose hacia la puerta.
La perplejidad causada por las impactantes palabras que acababa de lanzarle el apuesto desconocido, dejó a Claudio boquiabierto, paralizado durante algunos segundos mientras el desconcertante desconocido abandonaba el despacho. Inmediatamente un desagradable temblor se repartió por todo su cuerpo. Claudio llevó sus manos trémulas a las pálidas mejillas y su mente se convirtió en un torbellino de atormentadoras preguntas. ¿Era posible que él jamás hubiese sabido ver en Laura todas las extraordinarias cualidades que le había enumerado su entusiasmado visitante? ¿Era posible que por esa razón, no reconocida por él, seguía sin encontrar una mujer con la que reemplazarla? ¿Había cometido, al despreciarla, el mayor error de toda su vida?
Claudio, desesperado, comenzó a maldecir al hombre que acaba de macharse, cuando en realidad al que debiera maldecir era a sí mismo por lo imbécil que había sido al perder a la mujer más valiosa que había conocido jamás.

«A REY MUERTO, REY PUESTO» (MICRORRELATO)

vampiresa

(Copyright Andrés Fornells)

Leslie Swanson se enteró por las noticias de la televisión, que la noche anterior, cuando salían de un lujoso restaurante habían asesinado a su amante, el jefe de la mafia Los Funerarios, Peter Querubino, y a su lugarteniente, Samuel Mandicati. Treinta y ocho balas recibieron entre ambos. Veintidós el primero, y dieciséis el segundo.
El televisor que Leslie tenía delante, en el bonito apartamento donde ésta se encontraba en aquel momento, el Cadillac seminuevo aparcado en la calle, los vestidos caros que colgaban de las perchas de los armarios de su dormitorio, y varias valiosas joyas reunidas en una preciosa caja de música, las había recibido del occiso Peter Querubino, a cambio de permitirle gozar de su hermoso y joven cuerpo, siempre que a aquél le vino en gana.
De pronto apareció en la pequeña pantalla un periodista que había conseguido localizar a la viuda del capo mafioso muerto, saliendo de la oficina del juez al que habían asignado aquel doble homicidio. Con el rostro afligido y lágrimas en los ojos a las que acercaba todo el tiempo un diminuto pañuelo de batista, Susan Querubino aseguró al reportero de la cadena de televisión, que ella nada sabía sobre supuestas actividades delictivas de su asesinado marido.
Leslie, furiosa contra ella, estalló:
—¡Zorra mentirosa! Seguro que sabes de la existencia de un seguro de vida de tres millones de dólares, a tu nombre, y pediste a alguien ayuda para que te acortase el plazo de cobrarlos.
En aquel momento sonó su teléfono fijo. Fue a atenderlo. Un antiguo amante suyo había llegado a la ciudad y le expuso su ferviente deseo de verla. Pensando ella en que se había quedado viuda la noche anterior, le dijo que no tendría inconveniente en recibirle.
—¿No es demasiado tarde para que te visite, querida Leslie?
—Bueno, han pasado dos años desde la última vez que nos vimos. Creo que ha transcurrido tiempo sobrado para que podamos averiguar si sigue viva entre ambos la buena química que hubo en el pasado —ofreció con voz melosa.
—Tú fuiste la que quisiste romper nuestra relación —le recordó el individuo que la estaba hablando—. Me contaste que te habías enamorado de un hombre maravilloso.
—Cariño, el tiempo lo desgasta todo. Devalúa lo maravilloso hasta dejarlo en nada, en una simple vulgaridad.
—Mi amor por ti sigue igual de intenso —apasionado su interlocutor.
—Y el mío reviviendo desde el instante mismo de escuchar tu entrañable voz.
—Dame tu dirección y me reúno inmediatamente contigo —denotando enorme ansiedad su antiguo admirador.
Leslie se la dio y, nada más devolvió el aparato a su sitio, comenzó a arreglarse. En honor al fallecido se pondría un vestido negro, color que siempre había favorecido la tersura cremosa de su fina piel rosada.
Superada la sorpresa que inicialmente se había llevado al enterarse de la trágica muerte de Peter Querubino, empezó a tararear por lo bajo.
Le venía a la perfección aquel antiguo dicho: “A rey muerto, rey puesto”. Si para los soberanos este dicho había sido bueno, también para ella lo era.

LOS HOMBRES YA NO GALANTEAN A LAS DAMAS COMO ANTES (MICRORRELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

Una actriz que por sus muchos años estaba a punto de jubilarse era muy querida por las actrices jóvenes de la compañía teatral y, terminada la función, les gustaba llevarla con ellas y tener un rato de charla. Una de aquellas noches en que estaban reunidas en una cafetería, una de las jovencitas que la acompañaba, preguntó a la veterana actriz qué diferencia encontraba ella existía entre los hombres actuales y los hombres de su época.
La mujer esbozó una nostálgica sonrisa, movió la cabeza a un lado y otro como si quisiera con este gesto recuperar recuerdos del fondo de su memoria y la sorprendió, a ella y a las otras chicas que la rodeaban diciendo:
—Los hombres de ahora no quieren a las mujeres como las querían los hombres de antes.
—Significa eso que los hombres de ahora nos quieren menos a las mujeres? —le preguntaron varias voces.
—La gran mayoría de los hombres actuales solo quieren usaros, llevaros a la cama, no saben amaros con el corazón, os aman con otro órgano diferente. Lo que sienten por vosotros es exclusivamente físico, no espiritual.
—Los hombres y las mujeres se han acostado siempre juntos —argumentó una de las chicas, creyendo haber dicho algo apabullante.
—Claro que los hombres y las mujeres se han acostado siempre juntos, nena, de lo contrario ninguna de nosotras estaríamos ahora aquí —marcando ironía la dama—. Lo que no conocen los hombres actuales es la galantería. Os pregunto: ¿habéis conocido a un caballero que todas las mañanas os deje una flor sobre la almohada antes de marcharse de vuestro lado? ¿Algún caballero conserva un pañuelo vuestro para oler vuestro perfume y besarlo cuando os tiene lejos? ¿Qué hombre os muestra respeto besando vuestra mano? ¿Qué hombre abre una puerta para que paséis primero? ¿Qué hombre se saca el sombrero para saludaros?
—Es que la mayoría de los hombres actuales no usan sombrero —defendió una de las jovencitas.
—Cierto, nena, los hombres actuales no usan sombrero y tampoco usan buenos modales.
Un hombre mayor que la estuvo escuchando todo el tiempo, salió un momento a la calle, regresó con una rosa roja y se la entregó diciendo:
—Adorable dama, llevo treinta años viéndola actuar y deseando honrarla como la estoy honrando en este momento. Gracias por haberme permitido tantas veces disfrutar de su extraordinario talento interpretativo.
Ella le dio las gracias al caballero de mediana edad, mostrándole una de sus más seductoras sonrisas, y volviéndose hacia sus jóvenes colegas les dijo, encantada:
—Acabáis de presenciar una prueba de galantería que hoy en día no existe más.