LA FÁBULA INDIA DEL ELEFANTE BLANCO (MIS VIAJES ALREDEDOR DEL MUNDO)

LA LEYENDA DEL ELEFANE BLANCO(Copyright Andrés Fornells)

(Me lo contaron en Agra—India)
Cuenta una antigua fábula hindú, que hubo una vez tres grandes sabios que embarcados en la exploración de los Misterios Universales decidieron salir en busca del “Sagrado Elefante Blanco” que para ellos, según sus ancestrales creencias, representaba la VERDAD SUPREMA. Los tres sabios tenían en común el defecto físico de ser ciegos, pero esto no les impedía avanzar guiados por sus otros sentidos y los poderosos ojos de su alma.
Buscaron al “Sagrado Elefante Blanco” en grandes ciudades, sin éxito alguno. Llegados finalmente, agotados, a un pueblecito humilde y allí, un anciano, al ser preguntado por ellos, les indicó el lugar donde hallarían a ese elefante especial que estaban buscando.
Los tres ciegos anduvieron, a partir de aquel momento, con todos sus sentidos aguzados al máximo, a excepción del sentido de la vista porque éste no lo poseían. Llegó el atardecer y, aunque se encontraban exhaustos, siguieron buscando y por fin oyeron y olieron la presencia del “Sagrado Elefante Blanco”. Henchidos de emoción corrieron hacia él, que se encontraba tumbando plácidamente sobre un montón de hojas. Uno de los ancianos sabios se agarró fuertemente a su trompa, extasiado. Otro de los sabios ciegos se abrazó a las patas del paquidermo, con igual embeleso. Mientras el tercero rodeó tiernamente con ambos brazos una de las grandes orejas del animal.
Cada uno de los sabios experimentó al entrar en contacto con el elefante sagrado un sinfín de emociones, de experiencias y sensaciones, tanto interiores como exteriores, recibiendo de este modo la bendición del “Sagrado Elefante Blanco”.
Logrado esto, los tres sabios regresaron a su aldea donde se reunieron en una choza y allí compartieron las sensaciones y emociones que el encuentro con aquel animal sagrado les había transmitido. Y entonces surgieron entre ellos vehementes discusiones sobre «la Verdad”. El anciano que tuvo cogida la trompa del paquidermo dijo:
—La “Verdad” es larga, rugosa y flexible.
El anciano que estuvo cogido a las patas del animal dijo:
—La “Verdad” no es así, “la Verdad” es dura y mediana, como un grueso tronco de árbol.
El anciano que tuvo en sus manos la oreja del paquidermo rechazó las explicaciones de los otros dos y dijo:
—Estáis equivocados: “la Verdad” es fina, amplia y se mueve con el viento.
Tras esta demostración de total desacuerdo, los tres sabios se fueron cada uno por su lado, visitaron muchos países y en todos ellos difundieron su “Verdad”. Los tres habían llegado a encontrar la Divinidad, pero no percibieron su amplitud, sino que se limitaron a experimentar una parte, no el Todo, por lo tanto, aunque sinceros y honestos en su prédica, erraron al expandirla, expandir “la Verdad” debido a su propia limitación mental.

LEYENDA ESQUIMAL (MIS VIAJES ALREDEDOR DEL MUNDO)

Nanuk-y-mujer-esquimal(Copyright Andrés Fornells)

(La mujercita esquimal y el oso Nanuk)
Todos hemos oído contar que los esquimales consideran un honor ofrecer, a los invitados que los visitan, a sus mujeres para el uso sexual, por lo que se cree que estos habitantes de las tierras árticas desconocen los celos; pero lo que se conoce muy poco de ellos son sus leyendas. He aquí un relato (retocado por mí para hacerlo más comprensible) que aparece en “Los últimos reyes de Thule”.
Un gran oso macho llamado Nanuk se enamoró perdidamente de una pequeña mujer esquimal, y ella disfrutaba mucho con sus atenciones. Este gran oso la visitaba cada vez que su marido salía a cazar, con la intención de que su presa fuese precisamente este gran oso.
En uno de sus primeros encuentros sexuales, mientras el oso y la mujer esquimal se hallaban el uno en brazos del otro, el animal le dijo a la mujer:
—Hembra hermosa, yo vivo muy arriba en la montaña. Hay que caminar dos horas para llegar allí. Mi iglú es muy bonito, pero en él, yo solo todo el tiempo, me aburro muchísimo. ¿Sabes?, me gustaría tener allí una linda mujer como tú, pero tú no quieres venir, y me obligas a reunirme aquí contigo. A mí no me importa recorrer tan larga distancia porque te amo. Lo que sí me importaría muchísimo sería que le dijeras a tu marido, que sueña con cazarme, el lugar dónde vivo. Nunca se lo digas porque si tal haces, yo lo sen-tiré en mi corazón, me enfureceré hasta la locura y me volveré muy peligro-so.
—No temas, Nanuk, nunca le diré a mi esposo dónde vives —aseguró ella acariciándole, cariñosa, la peluda cabeza.
Pasaron los días y el cazador apenas conseguía cazar nada y mucho menos a Nanuk, todo lo cual le tenía de muy pésimo humor. A veces hus-meaba al llegar a su iglú y exclamaba, suspicaz:
—¡Qué extraño! Aquí dentro huele a oso.
—Figuraciones tuyas —astuta su consorte—. El olor que notas debe ser el de tus botas, pues sudas mucho y tu sudor huele fuerte.
El cazador lo aceptaba. Y como la caza le iba cada vez peor se mostraba más y más huraño y desagradable con su esposa a pesar de que ella, para tenerle contento, limpiaba con esmero y se esforzaba en cocinar le mejor posible para él, los peces que ella pescaba. Mas su esposo no sólo se mostraba huraño con ella, sino que dejó de tener ganas de hacerle el amor.
Así estaban las cosas, cuando otra noche más, al ser la mujercita re-chazada por su marido se le escapó musitar en sueños:
—Nanuk… tú sí que me haces caso… Mucho caso…
Su esposo se despabiló enseguida y sacudiéndola le gritó, una vez con-siguió despertarla, amenazador a más no poder:
—Tú sabes dónde está ese maldito animal. ¡Te exijo que me lo digas inmediatamente! —zarandeándola brutalmente.
Ella, asustada, pues nunca lo había visto tan enfurecido, confesó:
—Nanuk vive allá en lo alto de la montaña, justo a dos horas de aquí en línea recta hacia el pico más alto que tú llamas Diente del Gigante.
El furibundo esquimal cogió al instante sus arpones y sus perros y to-dos salieron corriendo, en la dirección que la mujercita esquimal acababa de indicarle a su marido.
Pero cuando él y los canes llegaron al iglú del oso, lo encontraron va-cío. Había ocurrido que el corazón de Nanuk había sabido que la mujercita esquimal lo había traicionado y, llorando de pena y rabia había bajado, dan-do un rodeo para evitar al cazador y sus perros, hasta el iglú de éste.
Deseaba vengarse, vengarse de la mujer que lo había traicionado, pero al entrar en la vivienda y verla dormida, tan hermosa e indefensa, no fue capaz de causarle daño alguno, se limitó a destrozar a zarpados todo el iglú y a continuación se adentró mucho más profundamente en la montaña. Jamás volvió Nanuk a ver a la mujer que amaba y murió de vejez y tristeza por el amor de ella perdido para siempre.
NOTA: En la historia original no aparecen los nombres de la mujercita esquimal ni tampoco el de su marido.

INTERCAMBIANDO CUENTOS CON UN NIÑO FILIPINO

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INTERCAMBIANDO CUENTOS CON UN NIÑO FILIPINO

En mi último viaje a Filipinas fui invitado por un amigo que vive en Manila a comer a su casa, el que llaman plato nacional, una exquisitez que cosiste en un lechón relleno de papayas y hojas de tamarindo. Por cierto, que los frutos de este árbol son muy recomendados como laxantes.

Mi amigo, que es filipino, lo mismo que su señora y su hijo de ocho años, me mostraron en todo momento una cordialidad y hospitalidad digna de los mayores elogios. Mientras disfrutábamos de la excelente comida, hablamos un poco de todo, en inglés, lengua que allí domina la mayor parte de la población. Hablamos de política, arte, deportes (especialmente, para satisfacer mi curiosidad, de la lucha de palos, lucha que en los tiempos antiguos era a muerte, y que durante mi estancia allí tuvo lugar todos los viernes después  de las peleas de gallos), y, como no podía ser de otra manera, hablamos de literatura también, pues este amigo tagalo es periodista.

Mientras tomábamos café después del suculento almuerzo, mi amigo me pasó una petición de su hijo, cuyos negrísimos, grandes y bellos ojos me habían estado observando todo el tiempo con extremado interés.

–Mi respetuoso hijo me ha rogado que te pida que le cuentes un cuento para niños. Un cuento que sea muy popular en tu país. Me avine enseguida a complacerle. Recordé que a mis hijos, de pequeños, les había impresionado mucho el cuento de Caperucita Roja y el lobo feroz, y le pregunté si le gustaría oírlo. Pero entonces intervino su padre y me dijo que su hijo no sabía lo que era un lobo, porque en su país no los tenían.

–Bien, entonces le contaré el de Los tres cerditos, que sí tenéis en vuestro país.

Le conté el cuento y el niño lo escuchó entre continuas risas. Cuando terminé le pedí me dijera por qué se había reído tanto, y me contestó que le había hecho muchísima gracia que los cerditos de mi cuento supieran hablar y fueran tan divertidos. Entonces, animado, aquel niño me dijo si quería escuchar un cuento filipino, y le respondí inmediatamente que lo escucharía encantado.

Volviendo a componer una expresión ilusionada, él me contó que según una antigua leyenda, dentro de su país existe una montaña toda de oro, y que nadie sabe dónde está situada. Muchísima gente la ha estado buscando durante cientos de años, pero nadie ha conseguido encontrarla.

–¿Y sabes por qué no han podido encontrarla? –me preguntó el pequeño–. Moví negativamente la cabeza, pendiente por completo de su relato-. Pues no la han encontrado porque sólo podrá encontrarla un niño que sea bueno y obediente, pues sólo un niño que sea así  podrá ver lo que existe en lo invisible y verá al Hada Chata sentada en la cumbre de la montaña de oro. Yo descubriré donde se encuentra el Hada Chata y esa montaña y se la regalaré a mis papás a los que quiero muchísimo.

Fue cuando él dijo está última frase que a mí se me llenaron de humedad los ojos, me acordé de mis hijos y decidí que había llegado el momento de hacer la maleta y regresar a casa. Llevaba ya demasiado tiempo lejos de mis seres queridos. 

GEISHAS, DONCELLAS DEL AMOR CON ROSTROS DE PORCELANA (I) -VIAJES-


(Copyright Andrés Fornells)
La palabra geisha proviene de los fonemas chinos “Gei” que quiere decir arte habilidad, y “Sha” que significa persona. Y eso es lo que representan las geishas: personas con habilidad en diferentes artes. El kimono que llevan se lo hacen a me-dida, y las más prestigiosas geishas poseen una variada colección de kimonos para distintas ocasiones y estaciones del año.
Las geishas modernas siguen viviendo en los okiya (casas de geishas) aunque las mas experimentadas prefieren vivir en sus propios apartamentos. La elegante y alta cultura en que viven las geishas se llama Karyukai (mundo de las flores y los sauces). Los instrumentos que tocas las geishas son el shakuhachi (flauta de bam-bú) taiko (tambor), dominan las canciones tradicionales, el baile japonés clásico, el sado (ceremonia japonés del té) el kebaha (arreglos florales), la literatura y la poesía, añadiendo a lo anterior el exquisito arte de tratar y entretener a los clien-tes.
Actualmente, Kioto mantiene todavía una fuerte tradición de geishas. Dos de sus más prestigiosos y tradicionales distritos de geishas son Gion y Pontocho. Las geishas nunca incluyen actividad sexual en sus actuaciones, aunque pueden algu-nas de ellas practicar sexo con algún cliente.
Fue tradicional para las geishas tener un donna (protector) que era un hom-bre adinerado, casado a veces y con recursos para financiar los costes del costoso entrenamiento tradicional de las geishas. Era muy habitual, especialmente tiempo atrás, que un donna comprase la virginidad de una geisha muy joven y la mantu-viera como amante hasta cansarse de ella.
Las futuras geishas estudian todo el día para pasar de oshakus (doncellas) a geishas. La disminución de geishas ha sido considerable en los últimos cien años. Se calcula que ha descendido alrededor de un 70 %.
Quienes mantienen al pie de la letra la tradición calculan el compromiso de servicio de una geisha, el tiempo que tarda en consumirse una varita de incienso.
Mucha gente fuera de Japón, sobre todo, cree que las geishas son prostitutas, y ello es debido a que chicas que sí son prostitutas se hacen pasar por geishas aprovechándose así del prestigio que mantienen estas tradicionales artistas del entretenimiento.
Tradicionalmente, las geishas permanecen solteras y suelen retirarse cuando se casan, aunque no se retiran si tienen hijos mientras ejercen su profesión.
Sus antecesoras fueron las odoriko, bailarinas de profesión. Y si nos remon-tamos muchos más años atrás llegamos las kabuki odori (bailarines de los teatro ambulantes). Estas bailarinas ya ataviadas con bellos kimonos de seda, se encar-gaban de bailar ante los samuráis, de realizar la ceremonia del té, servirles sake, y de tocar el shamisen (instrumento de cuerda, parecido a la guitarra, pero de tres cuerdas, y con un sonido muy melódico), este baile era conocido como Okuni. La gran mayoría de las kabuki odori eran en realidad hombres.
En el año 1779, las geishas fueron reconocidas como artistas protegiéndolas así de que cayeran en la prostitución. Pues la geishas sólo se encargaban de dis-traer a los hombres, con amenas conversaciones, con danza, o tocando el shami-sen, sin que entrara en ello el acto sexual. Las geishas y maikos que bailaban se denominaban tachikata, y las que se dedicaban a tocar un instrumento, jikata. Las geishas y maikos, contaban con un pacto de silencio, por lo que cualquier hombre podía estar tranquilo con respecto a que ellas guardarían para ellas cuanto se di-jera en su presencia.
En épocas pasadas las niñas eran vendidas a las okiyas, casas donde vivían todas las geishas, bajo la tutela de una geisha anciana (okami-san), a la que llama-ban okaasan (madre). La niña vendida contraía una deuda con su compradora, que devolvería con el dinero que le pagaran los hombres que solicitaran sus aten-ciones. Durante su etapa de aprendizaje la futura geisha era llamada shikomi y realizaba tareas de servicio, y recibían clases de canto, baile, modales, ikebana, ceremonia del té, shodô, y además asistían al colegio para que adquirieran una importante educación.
Después de la II Guerra Mundial fue prohibida la venta de las niñas a las okiyas. Hoy en día, las geishas y maikos que existen en Japón son por decisión propia, por su deseo de mantener viva esta tradición y son muy libres de mantener o no relaciones sexuales, así de tener un danna (amante).

ME SUCEDIÓ EN BERLIN (VIAJES)


(Copyright Andrés Fornells)
Si la memoria no me falla (y como me falle la regañaré muy seriamente) fue en una plaza de Berlín donde tomé asiento en un banco desde el que podía ver el monumento dedicado a un general antiguo montado a caballo (no mencionaré su nombre para evitar la posibilidad de molestar a sus descendientes), que un hombre vino a sentarse en la parte del asiento que yo dejaba libre. No me fijé en él porque mi atención se hallaba centrada en dos palomas desconsideradas que decoraban con sus excrementos el casco que coronaba la cabeza del prestigioso, mucho tiempo atrás desaparecido, militar de alta graduación.
Saqué del interior de mi mochila, con rapidez, la cámara fotográfica con la intención de inmortalizar tan irrespetuosa acción lo cual conseguí antes de que las aves alzaran el vuelo.
De pronto el sujeto que tenía al lado, echándome una mirada de absoluta impasibilidad, más que preguntar comentó:
—Turista, ¿eh?
Para suerte mía hablo alemán, así que empleando al contrario que él un tono festivo, le respondí:
—Yo turista y usted berlinés, ¿no?
—Desde hace más de quinientos años –afirmó cargada de orgullo su voz–. ¿Sabe qué significa que el caballo de este gran héroe de nuestro país tenga una pata delantera levantada?
—No lo sé, y me gustaría saberlo –siempre con la puerta de la curiosidad abierta.
—Pues el que tenga el caballo una de sus patas delanteras elevadas significa que el personaje de este monumento murió de las heridas recibidas en combate.
—¿Y si tuviera el caballo las dos patas delanteras en el aire, qué significaría?
—Significaría que el héroe habría muerto en combate.
—¿Y si el caballo tuviese las cuatro patas en el suelo?
—Significaría que el héroe habría muerto por causas naturales.
—Y si el caballo tuviese las cuatro patas en el aire?
—Significaría que algún extranjero le habría robado el pedestal.
Sonó agresivo y queriendo yo dejarle una buena impresión mía como extranjero lo invité a un café.
—Prefiero un whisky –perdiendo él la impasibilidad.
—Eso está hecho.
Le ofrecí una sonrisa y él me devolvió otra suya. Y de esta forma tan inesperada nació una amistad que dura todavía algunos años más tarde.
(Para Heinz)

UNA TRIBU AFRICANA ENGENDRA HIJOS CANTANDO (MIS VIAJES ALREDEDOR DEL MUNDO)

CON COCODRILO
Soy un gran amante del continente africano, el cual he visitado las pocas veces en que se me ha presentado la oportunidad de hacerlo. Me apasionan las historias y leyendas africanas. La que ofrezco a continuación ha sido traducida por mí del inglés, idioma con que me la contó un nativo de Zimbabue. Con el tiempo he podido averiguar que existen varias versiones de esta misma leyenda que, en lo primordial difieren poco de la mía, estilo personal aparte.
Realicé algunas investigaciones con la intención de encontrar la tribu sin nombre a la que le atribuyen esta hermosa historia, deseoso de darla a conocer y recibiera este ejemplar grupo humano el extraordinario mérito que merece, pero todo cuanto esfuerzo realicé impulsado por mi deseo de hacerles justicia y procurarles amplia difusión, resultó inútil. Si alguien consigue tener éxito donde yo cultivé fracaso, le agradeceré tenga la amabilidad de procurarme esta información.
Según me contaron existe una tribu en África, donde la fecha de nacimiento de un niño no se registra considerando el día en que nació, ni tampoco el momento en que se cree fue concebido, sino el día en que ese niño fue “pensado” por su madre.
En la tribu a la que me refiero, cuando una mujer decide tener un hijo, se sienta sola bajo un árbol, y se concentra hasta poder escuchar la canción del niño que quiere nacer. Luego de escucharla, regresa con quien será su pareja y le enseña esa canción para que él la aprenda también. Entonces, cuando hacen el amor con la intención de concebir ese niño, cantan su canción invitándole de este modo a que venga con ellos.
Cuando la mujer queda embarazada, enseña la canción del niño a la gente del lugar, para que cuando nazca éste, todos los familiares y amigos se la canten, dándole de este modo la bienvenida.
Luego transcurre el tiempo y a medida que el niño va creciendo, cuando se lástima por una caída, se hace una herida en un arbusto espinoso, o cuando hace algo bueno, meritorio, la gente de la tribu lo premia cantando su canción.
Hay otra ocasión en la que la gente de la tribu le canta. Y es cuando esta persona comete un delito u otro acto condenable, que entonces lo rodean, no para castigarle sino para ayudarle con su amor a que recupere la identidad que creen él ha perdido durante un tiempo y por eso ha actuado erróneamente. Él se da cuenta entonces de que ha obrado mal y rectifica regresando al sendero del bien.
Cuando contraen matrimonio dos miembros de esa tribu, los dos contrayentes se cantan, mutuamente, la canción que cada uno posee como suya.
Asimismo, existe otra creencia entre ellos y es que, si uno se pierde en la selva, canta su canción y encuentra el camino de regreso.
Y finalmente, cuando una persona va a morir, todos los habitantes del poblado cantan por última vez la canción que es de él y su alma duerme feliz.
Esto es todo lo que me contaron y que resulta infinitamente menos de lo que, a mi avidez de adquirir nuevos conocimientos le habría encantado escuchar.