EL PARTIDO POLÍTICO MÁS GUAY DE TODOS (MICRORRELATO)

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Torcuato Pandereta elevó la vita hasta el llamativo letrero colgado encima de la puerta de entrada y, con la dificultad que le presentaban la lectura y otras materias culturales, consiguió leer lo que ponía y exclamar para sí, muy satisfecho, pintándose expresión de ciudadano listo en su cara que parecía una copia bien lograda de la de Pedro Picapiedra:
—Aquí es, macho.
No tuvo que empujar puerta alguna porque la encontró abierta, circunstancia lógica pues en este partido político tienen como consigna principal: “To claro. Aquí no hay trampa ni cartón”.
Una chica que se hallaba detrás del mostrador, realizando su boca trompetera meritorios globitos con el chicle que tenía dentro, se lo quedó mirando como si su visitante perteneciese a un espécimen raro, y le preguntó con absoluto desparpajo:
—¿Qué hay, tío?
—Aquí estoy, porque he venido. Quiero apuntarme al partido, tía.
Ella dobló el cuerpo hacia él y tras olerle bien sentenció:
—Perfecto. Hueles a sudor antiguo.
—Ahorro agua. Pienso en el futuro de la humanidad, no como otros egoístas que solo piensan en ellos.
—Perfecto. ¿Odias a alguien?
—A muchísima gente. Casi diría yo que al mundo entero, quitando a tres o cuatro que no. La excepción puede ser democrática.
—Perfecto. Aquí tendrás tu casa de ahora en adelante. Te apunto. ¿Nombre y apellidos?

MADRES ESCLAVAS (MICRORRELATO)

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MADRES ESCLAVAS
Arturito Mayonesa era un exquisito. Arturito Mayonesa había convertido a Encarna, su madre, en su incondicional esclava. Ella tenía que prepararle las delicias culinarias que él le exigía. La ropa tenía que lavársela y planchársela todos los días. Y como le pareciera que no estaba a su plena satisfacción, él se la hacía lavar o planchar de nuevo. Encarna era la clásica madre abnegada y tiranizada que lo sacrifica todo a la felicidad de un hijo desagradecido. Los fines de semana Arturito salía de juerga y, a menudo, regresaba a casa con más copas dentro del cuerpo, de las que tiene el Real Madrid en sus vitrinas.
Agustín, su padre, intentó al principio, imponerle a Arturito cierta disciplina, pero Encarna, su mujer, le quitó toda autoridad defendiendo la liber-tad de su hijo y enfrentándosele furiosa como una leona protegiendo a su cachorro.
Y lo irremediable sucedió. Un día, el amargado y desdichado Agustín hizo la maleta y abandonó un hogar en el que se le había ninguneado y ofendido de mil maneras.
Transcurridos cinco años, Arturito abandonó la casa materna para irse a vivir a otra. Había encontrado una nueva esclava que por el amor que le profesaba le hacía las mismas tareas que su madre y encima era joven y él gozaba el disfrute de acostarse con ella.
Y la madre totalmente sacrificada tuvo el pago que suelen tener este ti-po de madres, se quedó sola como la una ya que había perdido al hijo que no la quería ni la necesitaba más, y perdido asimismo al esposo que sí la había querido y tuvo que abandonarla por lo desdichado que era estando con ella y con el déspota de Arturito.

UN NIÑO QUERÍA IMITAR LA SUPUESTA MAGIA DE SU ABUELO

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Una madre llega de la calle y encuentra a su hijo pequeño llorando desconsoladamente.
—¿Por qué lloras, mi vida? ¿Qué te ha disgustado?
La mujer ha de esperar varios minutos, durante los cuales acaricia, amorosa, el pelo del niño, para que finalmente él termine con los sollozos, los hipidos y los mocos sorbidos hacia adentro y logre balbucir:
—El abuelo…
—¿Qué te ha pasado con el abuelo, cariño?
El chiquillo mueve la cabeza a un lado y otro, recuperándose en parte de su aflicción.
—El abuelo… El abuelo puedo coger sus dientes y meterlos dentro de un vaso lleno de agua y yo no puedo de ninguna manera… Buaaaaa… buaaaa…
Esa madre tardó media hora larga en conseguir explicarle a su hijo, de un mo-do poco convincente, porque su abuelo podía hacer una cosa, a sus ojos tan extraordinaria, y él no podía.

LOS PALEOLÍTICOS MODERNOS (MICRORRELATO)

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Venimos sufriendo con pena, indignación y horror, que una parte de nuestra sociedad (todavía pequeña pero en evidente y rápido crecimiento) respeta más a los animales que a las personas y a un bolardo en una acera, que al monumento de un eminente científico si no era de su mismo parecer político. Éstos que quiere borrar cuanto hicieron sus antepasados en pro de la civilización y el progreso, y que ponen su máximo empeño en despreciar, condenar y destruir toda la historia de su país, derribar las estatuas de sus héroes y próceres, y poner en sus pedestales a los muy admirados, por ellos, seres paleolíticos que eran los únicos, según su criterio de cortitos mentales, dignos de ser admirados y ocupar monumentos en plazas, parques y demás lugares de notoriedad urbana.
Para estos modernos, es más importante, y una demostración de máximo talento, un menhir, que la Alhambra de Granada, la Capilla Sixtina o el Taj Mahal, para no cansar mencionando otras muchas miles de maravillas logradas por hombres “deleznables”, para ellos, porque pertenecen a la, por ellos, opresora tribu de los cultos, los creadores de belleza, los civilizadores y los genios.
Todos estos modernistas demoledores me recuerdan a un cateto que, en mitad de la calle, pregonaba bien alto, creyendo lograr la admiración de quienes podían oírle: “¡Malas mierdas ahoguen a todos los que tienen una perra chica más que yo, y saben también más que yo!”

QUERÍAN PARA SUS HIJOS MUJERES RECATADAS, REPRIMIDAS Y VICTORIANAS (MICRORRELATO)

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(Pintura de Robert Payton)
Dos mujeres maduras, de nacionalidad británica, mientras desayunaban en el bar de un supermercado hablaban del hijo que cada una de ellas tenía en edad de casarse y formar un hogar.
—Yo, para el mío, quiero una chica que no sea muy guapa, para evitar que los casanovas puedan sentir la tentación de conquistarla, ni demasiado inteligente tampoco, para que no se crea que vale más que mi chico.
—Yo quiero para mi hijo todo eso que tu dices, y además que sea honesta, bondadosa, obediente, fiel y sumisa.
—Sí, para el mío, también yo quiero eso mismo que acabas de decir —coincidió la otra madre.
Terminado el desayuno y realizada la compra, ambas señoras se acercaron a la empresa que poseía una máquina del tiempo y pidieron cita para buscar nueras dentro del recatado, reprimido y victoriano siglo XVIII.

EL PLACER DE PERDER (MICRORRELATO)

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Un padre enseñó a su hijo a jugar a las cartas.
Era un entretenimiento que gustaba mucho al niño.
Le significaba un contacto directo, próximo.
El padre se dejaba ganar con frecuencia
por el placer que al chiquillo
le procuraba vencerle y cómo gritaba,
jubiloso y cuánto le divertía su triunfo.
Era un buen padre dispuesto a anularse
con tal de que fuera feliz su hijo.

POBRES BURRITOS (LINDOS «PLATEROS») -MICRORRELATO)

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Cuentan en la Biblia que hubo un hombre llamado Balaam que era muy eficaz echando maldiciones. Un rey le encargó fuese a maldecir a los israelitas, pagándole una importante suma por ello.
Él emprendió el camino a lomos de una borrica. A mitad de camino les surgió un ángel con su espada, que Jehová les había enviado para evitar que se llevara a cabo aquella malvada acción.
Balaam no vio al ángel, pero su asna sí, y se detuvo para evitar sufriera daño su amo. Éste creyendo que el animal era desobediente, la pegó con brutalidad. Entonces, la burrita, adquiriendo el prodigio del habla, le dijo:
—¿Por qué me pegas si estoy pretendiendo salvar tu vida?
Al escuchar esto, Balaam vio al ángel, y éste le advirtió:
—He venido a cortarte el camino porque no debes ir a maldecir a Israel. Si tu asna no te hubiese apartado de mi camino, yo te habría matado y a ella no le habría hecho nada.
Balaam, entonces, en vez de maldecir a Israel la bendijo tres veces.
Escribí al principio de este microrrelato “pobres burritos” y paso a explicar el motivo. Durante siglos los hemos explotado con cargas, agotado-ras caminatas y dado palos por recompensa. Ahora, resulta que los chinos han descubierto que con su piel pueden fabricar un medicamento y están viniendo a España a comprarlos, no necesito explicarles para qué. ¡¡¡Pobres burritos!!!

UNA MUJER INFIEL EN APUROS (MICRORRELATO)

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Un hombre y una mujer jóvenes acaban de tomar asiento en un vagón de tren. Se les ve muy enamorados. Se cogen las manos y, por estar rodeados de pasajeros, controlan la pasión que los inflama y los besos que cambian son cor-tos, fugaces. De pronto él, que de vez en cuando echa rápidas y temerosas miradas por la ventana, exclama aterrado:
—¡Dios santo, tu marido viene hacia aquí!
—¿Nos ha visto? —no menos aterrada ella.
—Todavía no.
—¡Escapa, rápido!
Acaba él de separarse de ella, cuando el esposo la descubre desde el andén al llegar frente a la ventana. Levanta los brazos con los puños cerrados y busca la puerta para subir. Sube y de cuatro zancadas se planta al lado de su mujer y le grita:
—¿Qué haces aquí, Alejandra?
—Me voy a visitar a mi tía Enriqueta —ella, improvisa.
—¡Mentira! Tu tía Enriqueta vive en Barcelona y este tren va a Madrid.
—¿De veras? —ella haciéndose la despistada.
—¡Y tan de veras!
—Pues me bajo enseguida. Cogí el tren equivocado —levantándose y cogiendo la pequeña maleta que le pertenece.
—Pero como te ibas sin decirme nada? —furioso él bajándose detrás de ella.
—Te lo dije ayer, ¿no? Te dije que iba a visitar a mi tía Enriqueta.
—No. No me diste nada ayer.
Ella se detiene, el tren se ha puesto en marcha. Ella pone cara de repentina y profunda preocupación.
—¿A qué edad puede una persona padecer de Alzheimer, querido? —pregunta.
—A los veinticinco años, creo que nadie —su consorte observándola con extrañeza.
—Pues tendré que ir a mi médico de cabecera y consultárselo.
Preocupándose el marido también, le apremia:
—Llámale ahora mismo y pídele una cita.
—Le llamaré luego.
—Luego no, ahora mismo —exigente su esposo.
Ella saca del bolso el teléfono móvil y marca el número del médico amigo.
Él le contesta, jadeante, todavía por la carrera que se ha dado. Ella se vuelve con la respuesta hacia su marido y le informa:
—Ernesto no podrá atenderme hasta mañana. Se halla en Madrid en una convención de doctores.
—¡Para qué sirven los amigos si, cuando les necesitas, no puedes contar con ellos! —disgustado él.
—La vida está llena de contratiempos. Cariño, creo que he recuperado la memoria perdida. ¿No ibas a volver tú, pasado mañana, de Zaragoza?
—Sí, pero adelante el viaje porque moría de ganas de estar contigo y quería darte una sorpresa —poniendo él cara de enamorado.
—¡Cuánto me alegra! ¡Y qué sorpresa tan agradable me has dado! Desde luego prefiero tu compañía, cariño, mil veces a la compañía de mi tía Enriqueta.
—¿De veras? —poniéndose él meloso.
—Sin la menor duda —ella contundente, encantadora.
Una mujer que se ha entrenado en el arte de mentir puede alcanzar la perfección.

DOS AMIGOS Y UN AMOR IMPOSIBLE (MICRORRELATO)

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Alfredo era un mujeriego. Por el contrario, Roberto era tímido y romántico. Alfredo iba de una mujer a otra, igual que las abejas van de flor en flor. Roberto solo había sido capaz de amar a una sola mujer en toda su vida y no encontraba en ella reciprocidad.
Alfredo y Roberto eran muy buenos amigos. Se reunían muchas noches, a la salida de sus respectivas oficinas, en un bar que frecuentaban, donde solían tomar un par de copas y charlar. Una de esas noches, el primero contó al segundo, con evidente contrariedad el, hasta entonces continuado fracaso en su intento de conquistar a una jovencita caprichosa:
—Me está haciendo pasar las de Caín la muy obstinada. Roberto, ¿tú has conocido alguna vez el tormento que siente un hombre cuando recibe el rechazo de una mujer a la que ama con todas sus fuerzas?
Roberto se limitó a guardar silencio, una sonrisa enigmática esbozada en sus labios y rehuyéndole la mirada para que el otro no pudiera leer en sus ojos que él estaba recibiendo igual rechazo, de parte de la mujer de su adultero amigo, que éste recibía de la jovencita antojadiza.