LA ÚLTIMA ROSA (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Cuando te marchaste, amor mío, me dejaste, tal como acostumbrabas, una rosa roja. Y me dijiste igual que siempre:
—Roja como tu boca y como el fuego de la pasión que por ti arde en mi corazón.
—¿Cuánto tardarás en volver? —con ansiedad te pregunté yo.
—Antes de que se haya marchitado esta rosa me tendrás de nuevo a tu lado —contestaste despidiéndote de mí con un apasionado beso.
La rosa se marchitó y tú no habías regresado. La esperanza me animó a encerarla dentro del libro de poemas que me escribiste. Y cada vez que el dolor de tu ausencia se me hacía insoportable, yo abría ese libro y buscaba consuelo mirando la rosa que se había secado.
Y así transcurrió un año, y una mañana mi corazón me dijo, transido de dolor, que tú nunca más regresarás junto a mí. Y he salido al jardín, he abierto el libro y he dejado que el aire huracanado que soplaba se llevara esa rosa que, deshojándose, se convirtió en un puñado de mariposas danzantes, las mariposas del olvido.
Y he llorado, y con cada lágrima mía me he ido librando de tu recuerdo inolvidable. Adiós, amor. Te deseo sufras tanto por mí, como estoy sufriendo yo por ti.
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VEINTICINCO AÑOS FELICES (MICRORRELATO)

matrimonio

 

 

 

 

 

(Copyright Andrés Fornells)
Un amigo mío, al que le va más mal que regular en su matrimonio me confesó el otro día:
—Andrés, mi mujer y yo vivimos veinticinco la mar de felices, pero después tuvimos la desafortunada circunstancia de descubrir que nos odiábamos.

—Vaya, pues mucho fue el tiempo que tardasteis —reconocí, sorprendido.

—Es que todas nuestras energías las empleábamos trabajando y haciendo rentables nuestros negocios —justificó él.

—¿Y por qué no os divorcias? —le dije creyendo haber encontrado una fácil solución para su problema.
—Pues no nos divorciamos porque ni ella ni yo queremos repartirnos el patrimonio que hemos ido reuniendo con los años.
No intenté ofrecerle otra solución más, porque ante un argumento tan contundente como el que mi amigo me había dado, me reconocí incapaz de encontrarla. Ellos necesitaban la ayuda de un mago, y yo no paso de modesto contador de cuentecillos bienintencionados.

 

POBRECITOS ADÁN Y EVA, TAN INOCENTES (MICRORRELATOS)

(Copyright Andrés Fornells)
No estoy de acuerdo con la versión que de Adán y Eva nos han vendido. Nos los han vendido como una pareja de adultos maliciosos, ambiciosos, pecadores y hasta malvados. Yo los veo como una pareja de adolescentes que vivían profundamente fascinados con todas las maravillas que les ofrecía el Edén. Bellos animales, flores hermosas cargadas de perfume que les llenaban los pulmones con las esencias de sus aromas y bandadas de pájaros multicolores que les regalaban los admirados oídos con sus alegres y hermosos trinos.
Gozaban de un cielo limpio de contaminación iluminado por un sol deslumbrante durante el día, y por las parpadeantes estrellas a lo largo de la noche. Nada había que los asustase. Desconocían el miedo. Carecían de enemigos. Estaban hermanados con la flora y la fauna a la que pertenecían.
Provistos ambos de la virtud del deseo, gozaban todo el tiempo de la magnificencia de sus cuerpos sanos, poderosos y sensuales y del inmenso placer del sexo que habían descubierto en cuanto su instinto natural entró en funcionamiento. Y lo gozaban sobre la verde y blanda hierba, sobre las blancas y limpias arenas de las playas y hasta dentro del mar de aguas puras, cristalinas, acariciantes.
Desconocían el pecado, desconocían la vergüenza, la depresión y el miedo a perder la salud, el empleo y a preocuparse por su futuro. Y se amaban en cualquier momento que se les despertaban las ganas, allí donde les pillara. Nadie había que pudiera criticarles. Los animales que les rodeaban se refocilaban lo mismo que ellos.
Nos cuentan que un día, Dios quiso ponerlos a prueba. ¿Por qué tenía que querer Él ponerlos a prueba? Adán y Eva eran tal como Él los había creado. Si contaban con algún defecto original debía atribuírselo Él pues era su creador.
Siguiendo con lo que nos cuentan, Dios puso al alcance de aquellos dos inocentes, ingenuos y dichosos jóvenes el árbol del bien y del mal y les prohibió comer de sus frutos. Esta prohibición significó una irresistible tentación para dos jóvenes que se pasaban el día realizando las mismas cosas, aunque fueran muy de su agrado. Aquel árbol especial significaba algo nuevo, diferente. Despertó poderosamente su curiosidad. ¿Qué tendrían los frutos de aquel árbol para habérseles prohibido gozarlos? Seguramente algo tan extraordinario que superaría todas las maravillas conocidas por ellos hasta entonces.
Y lógicamente les venció la tentación. Era absolutamente previsible. Cualquiera de nosotros, insignificantes mortales, que tan lejos estamos de la suprema sabiduría de su Creador, lo comprendemos así.
Adán y Eva comieron frutos del árbol prohibido. Eva, más curiosa que Adán, fue la primera en catarlos. Y los encontró tan exquisitos que, entusiasmada, se lo ofreció a su compañero del paraíso y de los placeres:
—Cariño, prueba esta manzana. ¡Es increíble! Es la cosa más rica, más buena, más exquisita que he probado en toda mi vida.
Y Adán, todo ilusionado, comió también. Todos los mortales hemos compartido con las personas que amamos generosamente, manjares deliciosos. Lógico, ¿no?
Y entonces, inesperadamente cayó sobre ellos un ángel enfurecido a más no poder, blandiendo una espada flamígera, les dio un susto de muerte insultándoles de un modo atroz. Y no contento con ello realizó lo peor de lo peor: los echó del paraíso, de muy mala manera y les dijo que Dios les había condenado, en adelante, a ellos que tan sanos y ociosos habían vivido hasta entonces, a ganarse el pan con el sudor de su frente y a conocer las penurias, el dolor, la desdicha, las enfermedades y la muerte.
¿Qué buen padre puede infligir semejante desproporcionado, cruelísimo castigo, a sus hijos por una sola desobediencia? Yo soy partidario de creer que este antiquísimo suceso nos lo han contado mal. Dios fue un perfecto ejemplo de magnanimidad, de inteligencia y de tolerancia.
Que cada cual opine al respecto según le aconseje su mente y su corazón. Yo ya lo hice.

PAELLA PARA DOS (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Un hombre se hallaba detenido delante de la pizarra que un restaurante tenía en el exterior a la derecha de su puerta de entrada leyendo lo que ponía. Una mujer se detuvo a su lado y se puso a leer también.
El hombre se volvió hacia ella y le dijo con naturalidad:
—¿Ha visto usted esto? Paella para dos 25 euros. Parrillada para dos 30 euros. Ambas cosas me gustaría comer, pero no lo permiten. Son ofertas para dos.
Ella lo examinó con interés y, pronto una sonrisa embelleció su cara.
—También a mi me gusta la paella y la parrillada, y no me importaría compartirlas con usted.
—¿Vamos pues? —propuso él, devolviéndole la sonrisa.
—¡Quién dijo miedo! —aceptó ella.
Ocuparon una de las tres mesas que había libres en el comedor. Quedaron frente a frente. Mostraron su nerviosismo evitando mirarse a los ojos. Apareció el camarero junto a ellos. Ofreció el hombre que acababa de conocer a la mujer:
—¿Paella o parrillada?
—¿Paella? —sugirió ella en tono interrogante.
—Paella para dos —encargó él al empleado.
Para cuando el servidor del restaurante apareció con la paella, los dos desconocidos se habían dicho sus nombres y se tuteaban. Depositó la pellera en el centro de la mesa.
Camilo, bromeando, dijo al camarero:
—Repártala usted, y así evitará que nosotros dos nos peleemos.
—Dos no se pelean si uno de ellos así lo quiere —respondió Noemi, bromeando también.
El empleado, risueño, llenó sus platos con el contenido de la paellera pensando de ellos: “Sin duda parece una pareja muy bien avenida”.
No se equivocó en su prematuro juicio. A partir de aquel almuerzo juntos, durante el cual desnudaron ambos su alma, entre sonrisas y miradas de genuino interés, Camilo y Noemi terminaron decidiendo vivir juntos y fueron felices comiendo paellas y muchísimas otras cosas.
Moraleja: La felicidad podemos encontrarla con solo que le ayudamos un poquito a entrar en nuestras vidas.
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7 ROSAS TATUADAS (MICRORRELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
Sonó el timbre de la puerta. Antes de abrir, Alberto acercó un ojo a la mirilla. No vio a nadie y se figuró podía tratarse de la broma de algún chiquillo que, tras cometerla, había escapado corriendo. Iba a regresar al salón, lugar que había abandonado para acudir a la puerta, cuando escuchó de nuevo el timbre. Enojado abrió rápido y entonces descubrió que su visitante era Marifé. Tardó unos segundos en reponerse de la enorme sorpresa que se había llevado, y musitar un titubeante:
—Hola…
—Hola. Mira, Alberto, que pasaba por esta calle y decidí venir a saludarte. ¿Te parece mal?
—¡Oh, no! Me parece muy bien! —mostrando Alberto parecida turbación a la de su visitante—. Pasa, Marifé. Prepararé café para los dos, en un momento.
Trataban ambos de demostrar una naturalidad que estaban muy lejos de sentir. Pasaron al salón.
—¿Te ayudo a preparar el café? —muy nerviosa ella, retorciéndose las manos y encogiendo levemente los hombros.
—Si quieres…
Entraron en la cocina. Él encendió uno de los fuegos y puso agua a calentar. Ella sacó del armario el tarro de nescafé y recordó:
—Lo tienes donde siempre.
—Sí, yo soy fiel a las personas y a las cosas.
No pudo evitar una nota de reproche en su voz. Marifé aspiró hondo intentando retener las lágrimas que empezaban a engrosas sus párpados.
—Dos días atrás me encontré a Dora en el Corte Inglés. Hacía un montón de años que no nos veíamos —sacó platos y tazas del armario y los colocó encima de la encimera, evitando todo el tiempo encontrase su mirada la mirada de Alberto—. Hablamos de ti.
—Vaya, ¿puedo saber que dijisteis de mí?
Él se había quedado apoyado en la encimera con las manos metidas debajo de las axilas, un gesto característico suyo cuando se halla nervioso.
—Le pregunté por ti. Me dijo que estabas bien y que todos los años, por Navidad, te tatuabas una rosa en el pecho.
—Cuando estabas conmigo solía regalarte una. Y como tú no estabas más conmigo me la regalaba la rosa yo mismo en un tatuaje. He reunido siete: los años que hace que te marchaste de mi lado.
—¿Puedo verlas? —suplicante ella, a punto de rompérsele el velo líquido que engrosaba sus ojos.
Él se desabotonó la camisa y abriéndola dejó al descubierto su pecho.
Ella acercó su mano temblorosa y acariciando el tatuaje con la yema de sus dedos preguntó con un hilo de voz:
—¿Te dolió mucho?
—Muchísimo.
—¿Puedo quedarme contigo… para que no te duela ninguna rosa más? —suplicante, antes de que rompiera su garganta un sollozo.
—Claro. Te he estado esperando todo este tiempo.
Alberto abrió sus brazos y Marifé se arrojó en ellos, bañando con sus lágrimas las siete rosas de su larga ausencia.

LA MAGIA DE UN PRIMER BESO (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Ella me igualaba el deseo, y yo creía que no. Ella rodeó mi cuello con sus tiernos brazos y me besó nada más salimos de la cafetería. A mí se me silenciaron los desagradables ruidos del tráfico, desapareció de repente el resto del mundo, y sólo pude escuchar lo fuerte y hermoso que latían su enamorado corazón y el mío.
Luego nos miramos muy hondo, hasta alcanzarnos el alma. Cambiamos una sonrisa embriagada y no nos subimos los cuellos de la gabardina, como otras veces. Hacía mucho frío en la calle, pero nosotros no lo sentíamos. Ardían dentro de nuestros cuerpos las abrasantes llamas del amor.
Y echamos a andar cogidas nuestras manos, creyéndonos, ciegamente ilusionados, a través de ellas, unidos para siempre.
Éramos tan jóvenes, tan ingenuos, que desconocíamos cuán grande y cruel es el poder destructor de la vida y del paso del tiempo.
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DOS COCODRILOS Y UNA SARTÉN (RELATO)

cocodrilos

(Copyright Andrés Fornells)

Deseosa de averiguar si su madre, muerta recientemente, y a la que quería muchísimo, había ido al cielo, Paquita visitó a una vidente. Esta pitonisa le echó las cartas y la tranquilizó a este respecto:

—Su mamá era una buenísima persona y fue directo al cielo sin hacer escala alguna por el camino.

—Huy, ¡qué bien! —encantada Paquita—. Y aprovechando que estoy aquí, ¿podría mirar qué le pasa a mi marido que lo encuentro, últimamente, como muy desganado conmigo?

La cartomántica, después de barajarlas, colocó un montón de cartas boca arriba y, después de estudiarlas detenidamente, con evidente gravedad le advirtió:

—Tenga usted mucho cuidado con su esposo. Las cartas me dicen que está planeando matarla.

Cuando Paquita pudo reponerse del sobresalto que le causó este terrible anuncio, defendió:

—Pero si mi marido es manso, bobo e inofensivo. Lo he manejado siempre a mi antojo.

—Las cartas nunca mienten —categórica la vidente—. Solo las personas imprudentes se fían de las aguas mansas—le advirtió.

Convencida de que esta mujer se equivocaba, Paquita abandonó su consulta.

Tres días más tarde, Paquita despertó por la mañana. Su marido, siempre más madrugador que ella, se hallaba en el salón delante del televisor esperando a que ella se levantase y preparara el desayuno.

Paquita se metió en el cuarto de baño con la intención de llenar la bañera. Tenía por costumbre bañarse todas las mañanas. Al ir a abrir los grifos se llevó un susto morrocotudo. Dentro del recipiente de la bañera había dos cocodrilos de buen tamaño que la saludaron abriendo sus descomunales bocas. Cerró de inmediato la puerta. Con ojos desorbitados y muda de terror corrió hasta la cocina. Una vez allí recordó la advertencia que le había hecho la médium con respecto a que su esposo se había propuesto matarla.

Paquita era una mujer valiente. Cuando veía un ratón no huía despavorida, sino que terminaba con él a escobazos. Cuando Paquita se recuperó del sobresalto, decidió enfrentarse a lo que consideró una amenaza exclusivamente para ella. Cogió la mayor de las sartenes que tenía en la cocina, regresó armada con ella al cuarto de baño y, con media docena de violentísimos sartenazos dejó sin sentido a los dos saurios.

A continuación, marchó al salón y golpeó con la sartén la cabeza de Anselmo, su esposo, sentado delante del televisor, dejándolo también noqueado. Paquita necesitó de un par de minutos para reponerse del esfuerzo físico realizado. Luego, cuando tuvo su respiración normalizada, llamó primero al zoológico y, acto seguido, a una ambulancia.

Minutos más tarde los del zoológico se llevaron a los aturdidos cocodrilos, y una ambulancia a su contusionado cónyuge rápidamente a urgencias.

Los abogados contratados por ambos cónyuges llegaron a un acuerdo que consideraron favorecía tanto a Paquita como a Anselmo. Él había traído los cocodrilos a casa con la intención de sorprenderla confeccionándole un bolso y un abrigo con sus pieles, y de que Paquita había golpeado la cabeza de su esposo debido a que padecía sonambulismo y había soñado que se hallaba jugando una partida de tenis en la que la sartén era la raqueta y, la cabeza de su marido, la bola.

Paquita y Anselmo se divorciaron debido a que ella no se fiaba más de los regalos que pudiera hacerle él, y, Anselmo, a que desconfiaba del sonambulismo de ella.

UN HOMBRE APOCADO Y UNA MUJER SOÑADORA (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Alfredo Penas consideraba, en su innata modestia, que él poseía un único mérito: era una buena persona. Ayudaba a las ancianas y a los ciegos a cruzar la calle y llevaba un puñado de caramelos en el bolsillo para dárselos a los niños que, yendo él por la calle veía llorar, y conseguir con este detalle suyo se les animase la carita y dejasen de hacerlo.
Por lo demás, Alfredo era bastante menguado de estatura, desprovisto de musculatura y rematadamente feo. Tanto era así, esto último, que se vio obligado a dejar de ir al zoológico porque montones de simios, cuando lo veían, intentaban romper los barrotes de sus jaulas para reunirse con él creyéndole familiar suyo y, más de un pequeñín lo llamó, desesperadamente:
—¡Papá, papá!
Además de su falta de encantos físicos, Alfredo era patéticamente tímido y si una mujer lo miraba, aunque fuese con indiferencia o lástima durante un segundo y medio, se ponía rojo como las flores del granado, temblaba todo su cuerpo y se llenaba de truenos su timorato corazón.
Y para añadir más sufrimiento a su apocada persona, a Alfredo le gustaban las mujeres tanto como a los niños gustan sus tartas de cumpleaños. Y cuando ellas no miraban en su dirección, él las contemplaba con arrobo hasta el punto de tener que vigilarse para no babear embelesado.
Una tarde de primavera, Alfredo fue a pasear al parque con la intención de admirar y embriagarse con el perfume que las sonrientes flores desprenden en esa privilegiada época. Se entretuvo observándolas en los parterres asomándosele a los labios una sonrisa alelada, de tierna admiración.
De pronto se detuvo delante de él una mujer joven y muy agraciada que lo dejo boquiabierto de sorpresa al preguntarle:
—¿Cómo se llama usted?
—Alfredo —dijo él trabucándose, adorándola con sus ojos mansos.
—Lo sabía —dijo ella, entusiasmada.
—Pues no sé cómo lo sabe. Creo que no nos conocemos de nada —sensato él.
—Bueno, usted puede que no me conozca, pero yo si le conozco a usted. Y le conozco muy bien.
—¡Vaya! ¿Y de qué me conoce usted? —cada vez más perplejo él.
—Pues porque sueño con usted todas las noches.
—¡Vaya! Me resulta increíble —reconoció él con total incredulidad.
—Pues le aseguro que es cierto. Sueño con usted todas las noches —mostrándosele muy ilusionada ella.
—¿Y qué sueña usted, si me permite preguntárselo? —destrozándose él las manos de tan nervioso.
—Sueño que es el hombre de mi vida y que casada con usted seré inmensamente dichosa.
Una de las virtudes que Alfredo poseía era la capacidad de leer en los ojos de las personas si éstas decían verdad o decían mentira, y aquella joven decía la verdad. Pero como otra virtud suya era la honestidad, manifestó:
—Oiga, pero si yo no valgo nada. Si he tenido que dejar de ir al zoológico porque los monos me creen un pariente suyo y quieren escapar de su jaulas para abrazarme.
—Usted, como todos los seres maravillosos, no sabe valorar lo muchísimo que usted vale —afirmó ella convencida—. ¿Dispone usted de tiempo para que nos acerquemos al zoológico? Me encantaría ver lo que acaba de contarme sobre los primates que hay allí.
—Para usted tengo yo la vida entera de tiempo, y mil vidas más que me prestaran —galante, envalentonándose.
Ella rio feliz, y Alfredo rio feliz también. Y ambos cogidos del brazo caminaron en dirección al lugar donde tienen presos a los animales. Y una vez allí rieron y se conmovieron con las acrobacias de los simios, las demostraciones de afecto hacia Alfredo y sus grititos de papá, papá.
Y ellos dos, tal como ella había soñado, jamás se separaron. Para los curiosos que sientan interés por conocer el nombre de aquella joven bonita y soñadora, les informo que se llamaba Eva.
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DOS NIÑOS POBRES ANTE UN JUEZ (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
El juez de menores tenía un fuerte dolor de cabeza aquella mañana. Se la producían siempre las sesiones de juicios rápidos múltiples.
El dueño de una tienda de animales de compañía le había traído dos niños de ocho años a los que acusaba de haberle robado un cachorrito.
El señor juez examinó detenidamente a los dos acusados: iban mal vestidos y sucios. Dedujo por su aspecto que pertenecían a algún barrio de chabolas habitado por marginados de la sociedad. Parados hundidos en la miseria, ladronzuelos, supervivientes gracias a lo que una sociedad consumista y despilfarradora tiraba a los cubos de basura, y niños candidatos a la delincuencia y al analfabetismo. Los pequeños estaban asustados, temblaban, anidaba el miedo en sus grandes ojos. Cruzó su mente un pensamiento derrotista: “No creen en la justicias, solo la temen”.
El dueño del negocio había terminado su denuncia exigiendo un firme castigo para los dos ladronzuelos. El letrado no le demostró con su mirada el desagrado que le había producido el modo en que el tendero había formulado su acusación, despectivo, con manifiesto odio.
—Bien. Puede sentarse —le dijo sin demostrarle simpatía ninguna.
A los niños les ordenó se pusieran en pie y procurando no mostrara severidad su voz, les preguntó si admitían haber robado a un cachorro. Los chiquillos, trabucándose, hablando los dos a la vez admitieron el hurto y una razón por la que haber perpetrado el mismo, demostrando su nerviosismo con movimientos continuos de sus manos sucias. A la anciana Mercedes, que no tenía en el mundo nada más que su fiel perro, este se le había muerto y habían decidido regalarle otro para que la hiciese compañía y dejase ella de estar llorando todo el tiempo. Y como no tenían dinero para comprarlo, se lo habían llevado de la tiende de aquel hombre gordo que, no habiéndose conmovido con su historia, y habérselo regalado, no tuvieron más salida que robarlo.
El juez les creyó. Tenía una dilatada experiencia tratando con delincuentes y conocía muy bien leer en sus ojos si le decían la verdad o no.
En aquel momento. El hujier trato de echar de la sala a una anciana que se había colado a la fuerza. Llevaba ella en sus brazos, acunado como si de una criatura humana se tratara, a un perrito blanco.
—Déjela que hable —indicó el magistrado al empleado del juzgado.
La anciana, con lágrimas en los ojos, le contó lo buenos chicos que eran los dos acusados y que ella devolvería el perrito aunque ya lo quería con toda su alma, con tal de que a los pequeños no les ocurriese nada, no recibiesen ningún castigo.
—Si la justicia castiga sus buenos sentimientos, su reacción en el futuro puede ser dejar de tenerlos, señor juez —explicó con voz entrecortada.
El hombre de la toga desgastada por infinidad de lavados, observó con la serenidad que le caracterizaba al acusador, a los acusados, y a la anciana que había salido en su defensa. Él era una persona bondadosa, pero también justa.
—¿En cuánto valora ese cachorro que le sustrajeron estos dos chiquillos? —preguntó al comerciante.
—En cien euros.
—¿Y si lo comprase yo que me cobraría?
—A usted, señoría, le haría un precio especial.
—¿Qué precio? —manteniendo el magistrado una seriedad que no sentía.
—Para usted cincuenta euros, señoría.
—Bien, acérquense usted y la anciana.
Los dos llegaron junto al estrado. El primero con expresión desconcertada. La anciana llorosa y asustada. El juez sacó de un bolsillo de sus pantalones la cartera, contó cincuenta euros se los entregó al tendero y le dijo:
—Tenga. Ya puede marcharse. El perrito es ahora mío.
—Cierto señoría, que lo disfrute.
El comerciante se marchó feliz. Había ganados en aquella venta veinticinco euros. El magistrado llamó a los dos niños y cuando los tuvo delante, mirando temerosos hacia arriba pues sus cabezas apenas llegaban a la parte superior del estrado, ordenó a la anciana:
—Señora, tenga la amabilidad de entregarme el perrito.
La mujer dudó un momento. Le había cogido ya tanto cariño. Cuando el juez tuvo al animalito en sus mano se lo entregó a los niños y les dijo:
—Os lo regalo. Sois dueños de hacer con él lo que queráis.
Los pequeños, presurosos, se lo dieron a la anciana. Los tres se abrazaron riendo alegremente, le dieron las gracias al hombre de leyes y se marcharon juntos haciéndole carantoñas al perro que no paraba de darles lengüetazos y mover contento el rabo.
El señor magistrado reparó en que, de repente, el dolor de cabeza que llevaba un buen rato atormentándolo había desaparecido. Y no solo eso, sino que notó que una oleada de bienestar recorría todo su cuerpo. “Qué raro, pero que bien me siento”, se dijo. Y además de lo anterior reparó en que llevaba tiempo sin sentirse tan feliz, y consideró que para emitir juicios como el que acababa de realizar había él querido desde su adolescencia estudiar jurisprudencia.
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EL LISTO DE LA CLASE Y EL PROFESOR (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
El profesor era muy mayor. Las viejas y deterioradas gafas que llevaba incomodaban a sus ojos obligándole a forzar la vista todo el tiempo, y también lo incomodaba su dentadura postiza obligándole a chuparse todo el tiempo las encías. Sentado detrás de su mesa coja, situada frente a los pupitres de sus alumnos, después de pedir a estos atención les dirigió la siguiente pregunta:
—¿Puede alguien darme un ejemplo sobre coincidencias?
—¡Yo, profesor! —el listo de clase.
—Veamos ese ejemplo, Pepe Pérez.
—Mi padre y mi madre se casaron el mismo día, a la misma hora y en la misma iglesia por el mismo cura.
—Puede valer —aceptó el pedagogo, aguantando con resignación las carcajadas de la totalidad de sus alumnos. Espero a que terminase el regocijo general para realizar otra pregunta—: ¿Cuál creéis que tiene mayor utilidad para los humanos: el sol o la luna?
—¡Yo lo sé, profesor! —el listo de la clase.
—¿Puedes explicarnos por qué tiene mayor utilidad uno de los dos?
—Muy fácil, profe. La luna es más importante que el sol. De noche esta oscuro y gracias a la luna se puede ver algo. Durante el día tenemos mucha luz, y el sol no hace falta que alumbre en absoluto.
Cuando terminó la explosión de risas, el maestro dijo recorriendo con severa mirada a todos los presentes:
—Bien, atentos a los siguiente: Durante un mes me traeréis cada uno de vosotros un euro todos los días a la clase y me los entregaréis para que yo se los de a mi esposa.
—¿Para qué quiere usted ese dinero, profesor? —se adelantó a todos los demás Pepe Pérez.
—Para comprarle una corona al alumno de esta clase que se muera de la risa por culpa de Pepe Pérez.
Los alumnos se rieron más fuerte que nunca. Ninguno de ellos se murió y todos elogiaron el buen humor que demostraba poseer su educador. Le trajeron un euro diario y, cuando este profesor murió por haberse tragado su desajustada dentadura, su compungida esposa le compró una magnífica corona pagada con el dinero aportado por todos sus entristecidos alumnos. Y entre ellos hubo uno que lloró casi tanto como su mujer: el listo de la clase.