CONSOLAR SE ME DA FATAL (MICRORRELATO)

MENDIGO-bueno(Copyright Andrés Fornells)

Cierta mañana de domingo, el buen tiempo que hacía me animó a dar un paseo por el parque principal del a ciudad donde vivo.  Cuando me cansé de procurarle ejercicio a mis piernas, me senté en un banco. La mitad del mismo lo ocupaba  un mendigo. Concentrado en la lectura de un periódico  que debía haber abandonado alguien, contestó a mis buenos días, con un gruñido.
—¡La madre que los parió! ¡Mire esto! ¡Lea, lea!—exclamó de pronto indignadísimo.
Le presté atención y leí lo que él me señalaba con su índice de uña negra, a juego con todas las demás uñas de sus manos, y que era lo siguiente:  Un hombre que había estado sentado en otro tipo de banco diferente, al que nosotros ocupábamos en aquel momento, se había jubilado cobrando  de jubilación tres millones de euros al año.
Tuve que darle mi pañuelo limpio para que no siguiera secándose los ríos de lágrimas que vertían sus ojos en la pringosa manga de su deteriorada y puerca chaqueta. Una infección ocular hubiera sido una desgracia más añadida a las que sin duda ya padecía.
Cuando le vi un poco más calmado, con la intención de procurarle algún consuelo, le dije algo que no podía ser más estúpido y ridículo:
–Pues a lo mejor ese tipo, teniendo como tiene, una paga tan alta, no es ni la mitad de feliz que somos usted y yo.
Comprendí lo desacertado de mis palabras, cuando aquel desdichado rompió en sollozos todavía mayores que los de antes. No me quedó más remedio que abrazarle, darle afectuosas palmaditas en la encorvada espalda. Cuando consiguió él cerrar el grifo de su desdicha, fui a comprar dos bocadillos de jamón serrano y se lo entregué. Él dejó entonces de llorar y me lo agradeció con una sonrisa de felicidad que, para mí valió más que la abultada paga de jubilación del afortunado banquero. Aquel vagabundo se llamaba Alfonso y durante varias semanas nos seguimos viendo algunos domingos por la mañana. Me contó los avatares y desdichas que lo habían convertido en marginado. Yo le compraba bocadillos y él me los recompensaba con su genuino agradecimiento. Luego vinieron domingos en los que él no apareció más y yo vivo desde entonces  la preocupación de no saber qué habrá sido de él. Nos había unido un genuino afecto.

TENÍAN UN MÉTODO MUY EFICAZ PARA SALVAR SU MATRIMONIO (MICRORRELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

Cuando Claudia y Esteban se casaron, lo hicieron enamoradísimos y convencidos de que su amor duraría eternamente. Se miraban con ojos encandilados y se derretían con las oleadas de ternura que se prodigaban mutuamente.
El tiempo, que tiene la inexorable y perversa tendencia a desgastarlo todo con sus infalibles armas: la rutina, la repetición y el tedio, apagó la ardiente, apasionada, extraordinaria pasión de la pareja, pero no el afecto y el entendimiento existente entre ambos, aparte de la conveniencia económica, social y familiar.
Convertidos en consumados actores, Claudia y Esteban interpretaban delante de familiares, amigos, conocidos y muy especialmente de los dos hijos que tenían, el papel de matrimonio ejemplar, unido y muy respetuoso con el sagrado lazo que les había unido.
Dos días por semana, Esteban llevaba a Claudia a unos grandes almacenes y la dejaba allí.
—Como siempre, dentro de dos horas vendré a recogerte, cariño. Cómprate cosas bonitas —le deseaba él.
—De acuerdo, mi vida. Hasta luego. Que lo pases bien —le animaba ella.
Esteban después de dejar a su mujer se iba directamente al pisito donde le aguardaba su amante, y Claudia salía por otra puerta de los grandes almacenes para reunirse con el amante suyo al que iba a dedicar dos horas de desenfrenado ejercicio carnal.
Y de esta manera los dos esposos lograban aparentar que seguían siendo el matrimonio estable y bien avenido  que creían amigos, conocidos y familiares. Ejemplo moral no pretendían serlo para nadie, solo ejercían una práctica que ellos entendían les convenía y funcionaba.

LA FÁBULA DEL ÁRBOL ENFADADO (MICRORRELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

Un perro cochino se acercaba todos los días al tronco de un árbol, levantaba con displicencia una de sus patas traseras y descargaba sobre él todo el maloliente contenido de su vejiga. El árbol que era tan amante de la pulcritud que todos los años cambiaba de traje, odiaba esta puerca acción del can, y deseoso de poder evitarla, le pidió a su madre la naturaleza le concediese el don de la movilidad. Una movilidad que le permitiese apartarse a tiempo de la apestosa rociada canina y la suficiente flexibilidad a alguna de sus ramas para castigar con un buen golpe al desconsiderado meón.
La madre naturaleza, todos los que se acercan a ella con peticiones han descubierto que es muy hermosa, pero tiene el evidente defecto de ser sorda. Así que no escuchó la petición del árbol, y el perro siguió duchándolo con su manguerita de los desahogos. Finalmente, un día de tempestad pasó cerca del árbol meado un rayo amigo, y el árbol le pidió un favor. El rayo le escuchó y se avino inmediatamente a favorecerle:  «Tranquilo que te ayudaré. Los amigos están para eso». La próxima vez que el desconsiderado chucho  se acercó al árbol para bañarlo,  el rayo descendió desde el cielo, y le chamuscó el rabo. El cánido escapó aullando de dolor y, escarmentado,  nunca más volvió a molestar al árbol.
Esta fábula nos enseña que nuestros amigos pueden hacer por nosotros cosas que nosotros mismos no podemos. Tengámoslo siempre presente, y dediquemos a nuestros amigos el buen trato que merecen.

LA VIDA EN BROMA (II) (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Era verano. El sol había alcanzado su achicharrante verticalidad. Hasta los mismos demonios, reconocidos expertos en altas temperaturas, de haberles preguntado alguien, habrían reconocido que hacía un calor endiablado. Yo me hallaba sentado en una céntrica terraza, debajo de un toldo a rayas verdes y blancas, gozando la ambrosía de una cerveza bien fresquita.
De pronto descubrí se acercaban andando hacia el lugar donde yo me encontraba, Azucena, mi ex, acompañada de un dandi de metro cincuenta con bigote a lo Leonardo DiCaprio, traje Armani, zapatos brillantes como espejos y ese fruncimiento desdeñoso de morritos que caracteriza a los que se creen grandes triunfadores económicos.
Azucena al verme solo, sintió el deseo de humillarme y le pidió a su “triunfador” sentarse cerca de donde yo me hallaba. Una vez estuvieron acomodados, yo saqué el pañuelo limpio que llevaba en el bolsillo superior de mi arrugada chaqueta y llevándomelo a la cara solté un chorro de sonidos que igual podían ser interpretados como sollozos que como carcajadas. Mi propósito era que ella entendiese lo primero y supe lo había logrado cuando mi exnovia, mirándome con regocijo sentenció en beneficio de su acompañante:
—Mira a ese pobre desgraciado. Es tal su desdicha desde que le dejé por ti, que terminará suicidándose.
Acababa ella de emitir este despiadado pronóstico sobre mí cuando justo regresó de los servicios mi nueva novia, la miss Universo del año anterior. Al verla sentarse delante de mí y mirarme con ojos de adoración, a Azucena le dio un patatús, quedó despatarrada en su silla y privada de todos sus sentidos. Cogí a mi bella acompañante del brazo y ella me siguió encantada. Hay que tener don con las mujeres. Y yo lo tengo. Al pasar por el lado de la desvanecida y de su acaudalado prometido le di a éste un excelente consejo:
—No te dé asco, hombre. Hazle el boca a boca a ver si la reanimas.
Y el que compuso entonces cara de triunfador fui yo mientras nos alejábamos.
Me enteraría más tarde que del despatarro Azucena salió bien parada, pero que como consecuencia del patatús quedó tartamuda y virada del ojo izquierdo.
Estaré de acuerdo con quienes me critiquen y me digan con toda su boca que la venganza es fea, reprobable, bochornosa; pero nadie podrá negarme que nos provoca un inmenso placer vengarnos. ¿A qué sí?

ELLA, ÉL Y HALLOWEEN (MICRORRELATO)


Copyright Andrés Fornells

Él se llamaba Tiburcio Sombrajo y según decían de su persona quienes no le tenían simpatía y quienes sí se la tenían, que era más feo que Picio. A Tiburcio Sombrajo había una fecha en el calendario que le gustaba más que ninguna otra, y era el 31 de octubre, muy especialmente por la noche en que una gran multitud de gente se lanzaba a la calle disfrazada de lo que más le gustaba. De entre todos los disfraces los dos que más éxito tenían era el de monstruo para los hombres, y de bruja para las mujeres.
Tiburcio Sombrajo, la noche de Halloween, aprovechándose de su carencia total de atractivo, para disfrazarse solo tuvo que ponerse una peluca y quedar horroroso.
Y de esta guisa se lanzó a la calle donde reinaba gran bullicio. Un enorme gentío disfrazado saltaba, gritaba y bailaba disfrutando a lo grande de esta noche tan especial.
De pronto, de entre aquella multitud, Tiburcio se encontró frente a frente con una joven bruja, de enorme nariz, boca grande y morcillona y ojos del tamaño de huevos, a la que dijo con no poca admiración:
—Chica, tienes el mejor disfraz de todos cuantos he visto esta noche.
—Pues chico, tengo que decir lo mismo del disfraz tuyo.
–¿Bailas?
—Bailo.
Y comenzaron los dos a danzar y a divertirse como nunca se habían divertido en toda su vida, diciendo todo el tiempo cosas tan graciosas, que encadenaban una carcajada tras otra.
Finalmente, sudorosos, cansados, tomaron asiento en un banco.
—¡Uf!, qué bien lo estoy pasando —dijo ella abanicándose la cara con su falda.
—Estoy viviendo la mejor noche de toda mi vida —confesó él mirándole con admiración y excitado interés las bonitas piernas de ella—. ¿Cómo te llamas, preciosa?
—Dulcinea Perdigones. ¿Y tú?
—Tiburcio Sombrajo.
—Me encanta de lo más tu nombre.
—Y a mí me encanta de lo más el nombre tuyo.
—Ay, me gustas muchísimo Tiburcio.
—A mí me gustas muchísimo tú, Dulcinea. ¿Nos quitamos los disfraces a ver si nos gustamos también sin ellos? —propuso él, valiente.
—Bueno, pero esto seguramente terminará con el hermoso romance que hemos comenzado —resignándose ella—. Hagámoslo los dos a la vez. Una, dos, y tres.
Los dos se quitaron únicamente la peluca, pues el resto de la cara era la propia de cada uno. Entonces con la peluca en su mano se miraron y rompieron a reír con todas sus ganas.
Cincuenta años más tarde seguían riéndose, juntos y amándose como el primer día.