LOS LIBROS Y LAS MUJERES SON APASIONANTES (MICRORRELATO)

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Fue de muy niño que a Rodolfo se le despertó una extraordinaria pasión por los libros nuevos. Lo fascinaban sus portadas, sus olores y muy especialmente su contenido. Y empleó muchas, muchas horas disfrutándolos. Veía uno con una portada subyugadora y el deseo de poseerlo se le hacía insoportable, exasperante, urgente. El poco dinero que conseguía de sus padres o ganaba realizando pequeños trabajos, en vez de gastárselo en chucherías y juegos, se lo gastaba en obras literarias.
Cayeron varios calendarios llevándose su niñez con ellos y Rodolfo entró en la apasionante y complicada adolescencia. Seguían interesándole los libros, pero con fuerza arrolladora le interesaron infinitamente más las mujeres jóvenes y bonitas. Pues ellas, al igual que los libros poseían bellos exteriores, olían agradablemente incluso más agradablemente que los libros nuevos y su contenido era un misterio que sólo podía desentrañarse cuando se las poseía. Y después de haber disfrutado su contenido aunque el disfrute hubiera sido grande no podía guardarlas a ellas para siempre. Por eso con el tiempo Rodolfo consiguió reunir 5000 libros, pero de mujeres no pudo pasar de la séptima. Esta séptima se llamaba Virtudes y le advirtió después de haber perdido la virtud suya con él:
—Cariño, sigue coleccionando todos los libros que quieras, pero como intentes cambiarme por otra mujer te mato.
Aquellos que piensen que esta amenaza amedrentó o irritó a Rodolfo, se equivocan porque le encantó. Y le encantó por una reflexión muy profunda que hizo: Un hombre puede amar muchos libros, pero ninguno de ellos puede amarlo a él como puede amarlo una buena Virtudes.

UN HIPNOTIZADOR (MICRORRELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

Un hombre había adquirido merecida fama como hipnotizador. Su mayor éxito profesional lo obtuvo hipnotizando a un elefante, convencerlo de que era un pero y conseguir de él que ladrase. Pero este profesional perdió sus poderes hipnotizadores a partir del momento en que él quedó hipnotizado por el contoneo de las caderas de una bailarina. brasileña.  Actualmente intenta fascinarla a ella ocupándose de todas las tareas de la casa y lo está consiguiendo.  Y ella le ha convencido, sin necesidad de hipnotizarlo, de que es el más feliz de todos los hombres.

¿OJOS NEGROS U OJOS VERDES? (MICRORRELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

Alex Monilla creía poseer poderes psíquicos y, a sus íntimos, les aseguraba que con él caminaba todo el tiempo, desde lo invisible para los demás, pero no para él, una misteriosa mujer de ojos profundamente negros, de la que se había enamorado. Los familiares y amigos a los que confesaba este fenómeno suyo, unos le creían y otros no, lo mismo que ocurre con todo en este mundo dividido entre creyentes y descreídos.
Un día, en la playa, se cruzó en el camino de Alex Montilla una espectacular mujer en bikini que tenía los ojos verdes y, a partir de aquel momento este jovenzuelo veleta no volvió a ver más a la fantasma de ojos negros. Sus poderes psíquicos habían desaparecido sustituidos por otros poderes más reales y sensuales.

LE ROBARON A «GERTRUDIS» (MICRORRELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

La policía acudió a la casa de un hombre que había denunciado un robo.
—¿Qué es lo que le han robado? —quiso saber el agente conmovido por el sentimiento con que lloraba el denunciante.
—Me han robado a Gertrudis —logró hacerse entender entre sollozos.
—¿Gertrudis es su mujer? —quiso le aclarase el representante de la ley.
—No, Gertrudis es mi prodigiosa gallina.
Cuando salió de su asombro, el funcionario le dijo entre enfadado y despectivo:
—¿Y qué tienes de especial su gallina?
—Mucho. Mi gallina pone los huevos cuadrados.
No le creyeron, pensaron que les tomaba el pelo o que estaba loco. Y el resultado fue que aquel buen hombre nunca recuperó a la sustraída, prodigiosa, Gertrudis.

LE LLAMABAN EL LOCO DE LA ESCOBA (MICRORRELATO)

BAILANDO
Valentín Colinas vivía en una tercera planta. El salón de su pequeña vivienda no tenía cortinas. Cuando se hallaba en esta pieza, la gente podía, desde la calle, ver a veces lo que hacía. Le tenían por loco quienes le veían bailar con una escoba. Quienes así le juzgaban no sabían que había amado, en toda su vida, con verdadera locura a una sola mujer y no había conocido la dicha de ser correspondido. Quienes le veían desde fuera no podían escuchar con cuanto amor, con cuanta pasión él decía:
—Me encanta bailar contigo este tango. Margot, te amo con toda mi alma.