JAMÁS ENTENDERÉ A LAS MUJERES (MICRORRELATO

MUJERES(Copyright Andrés Fornells)

Yo creía que Pepi y yo estábamos, como se dice en términos vulgares, a partir un piñón los dos. Sobre todo después de una noche en que ambos, con la complicidad de una cama muy acogedora y sólida, nos consumimos igual que una vela prendida por los dos cabos a la vez.
Al despedirnos, con el lucero del alba colgado como si fuera una bombilla cualquiera de un cielo todavía emergente, tirando a rosa, ella me dijo:
—Amor, siento por ti la más intensa llama de pasión que jamás, por hombre alguno, haya sentido una mujer.
Embelesado le respondí que yo sentía lo mismo por ella.
Al día siguiente, Pepi se casó con otro. Fue a partir de esta imperdonable conducta suya que yo comencé a repetir, obsesivamente:
—¡Jamás entenderé a las mujeres!

Moraleja: No es justo generalizar, pero lo hacemos.

ME GUSTA… (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Me gusta ese primer rayo de sol que por la mañana me da en la cara. Me hace cerrar un momento los ojos, sonreír y pensar: ¡Qué hermosa es la vida!
Me gusta salir a la calle y cambiar saludos con la gente conocida. Llegar al semáforo y mirar las caras de los transeúntes que esperan aparezca la luz verde, aunque ellos no me miren a mí. Comprarle un cupón al ciego de la esquina que termina con la cifra de los años que tiene mi amada.
Me gusta llegar a la casa de Mary, que me abra la puerta su madre, cambie unos buenos días conmigo y ella te grite en tono jocoso:
—¡Mary, ha llegado el pesado de tu chico!
Me gusta escuchar tus pasos rápidos descendiendo la escalera, el beso que le das a tu madre, y el ímpetu con que te arrojas a mis brazos, que te cierran contra mi pecho para que tu corazón y el mío se arrullen.
Me gusta caminar contigo hundiendo los pies en la arena de la playa y llegados allí donde no hay nadie, que tú te comas el amor de mi boca y yo comerme la miel de la tuya.
Me gusta recordar que nos seguimos amando igual que aquel primer día en que, con voz temblorosa de emoción nos dijimos, los dos a la vez: ¡Te amo!
—Me gusta… Me gusta estar en el mundo, ¡el lugar más hermoso de cuantos existen en el universo!
Si les ha entretenido un poco este modesto y breve comentario mío, tal vez le guste leer mi libro “MADRE LEÍA NOVELITAS DE AMOR”. Capítulos gratis en este enlace:  https://www.amazon.es/Madre-le%C3%ADa-novelitas-Andr%C3%A9s-Fornells/dp/1549582801

UN PARACAÍDAS PARA TODOS LOS POLÍTICOS (MICRORRELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

Al histórico avión se le habían incendiado los motores y, envuelto en humo, llamas y fatídico estruendo, estaba cayendo en picado. Iban en él 17 personas, cada una de ellas nacida de una madre diferente. Gritos de terror, rezos, llantos y acojonamiento general. A bordo del aparato había un paracaídas, uno solo pero de muy buen tamaño. Ninguno de los presentes quiso compartirlo con los demás, así que se pusieron a luchar encarnizadamente por su posesión. Patadas, mordiscos, arañazos, golpes, puñaladas traperas… Y finalmente, lo irremediable, el avión terminó estrellándose violentamente contra el mar haciéndose pedazos. Todos sus pasajeros, que eran cada uno de ellos de una madre diferente, murieron.
El general de los tiburones que se dieron un pantagruélico festín con ellos, y cuya cabeza tenía cierta forma teutónica, a la hora de la digestión, mostrando amplia sonrisa de glotonería satisfecha, se tomó la molestia de elevar su voz en muestra de sentido agradecimiento:
—Compañeros, nos hemos dado este banquetazo gracias a la gilipollez e insolidaridad de un grupo de humanos suicidas. Dios los bendiga y nuestras barrigotas los gocen.
Todos los presentes aplaudieron entusiásticamente con sus colas.
—Muy bien. Ellos que se peleen y nosotros a lo nuestro: a engordar —concluyó el oficial escualo de la máxima graduación, soltando un eructo de saciedad exagerada, que repitieron colectivamente los demás comensales.

PRÍNCIPE AZUL (PÍLDORAS FILOSÓFICAS)

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(Copyright Andrés Fornells

Azucena Ramírez era una chica romántica, ingenua y soñadora. No existía en el mundo cosa que le gustase más que los cuentos de hadas. Leía todos los que caían en sus manos. Embelesada, al terminar cada lectura, cerraba sus ojos, suspiraba y pedía a las madrinas mágicas encontrasen para ella un Príncipe Azul.

Azucena Ramírez creyó que las hadas la habían escuchado y complacido el día que conoció al apuesto Jacinto Velones y él la confesó, románticamente arrodillado, que ella le gustaba con locura, incluso le gustaba muchísimo más que el jerez y el jamón serrano pata negra.

Y ambos se unieron, siempre en la oscuridad pues ella era muy púdica, y vivieron felices durante un tiempo. Concretamente justo hasta el día en que a Jacinto Velones lo pilló en la calle una lluvia torrencial, desprovisto él de paraguas, y quedó empapado hasta los mismos huesos.

—Cámbiate, mi amor, no vayas a coger una pulmonía —llegado a casa le aconsejó Azucena Ramírez, cariñosísima, temiendo por su salud.

Fue entonces, al ver a Jacinto Velones desprovisto de ropa, cuando Azucena sufrió el mayor y más terrible desengaño de toda su vida al descubrir que, con la mojadura, él había perdido casi la totalidad de su color azul.

Entonces, furiosa y engañada a más no poder, les echó a él y a sus ropas a la calle.

He sabido, por la mamá de Azucena Ramírez, que ahora ella se ha aficionado a las lecturas de horror, y no me extrañaría verla cualquier día del brazo del Conde Drácula, de Frankenstein o de ese masajista de cuellos, el Estrangulador de Boston.

LA JOVEN DEL PARAGUAS CON MARIPOSAS (MICRORRELATO)

 

(Copyright Andrés Fornells)
Pronto haría dos años que Santiago y Virginia se habían conocido en aquel café durante una noche de intensa lluvia. Entre ambos surgió una inmediata, irresistible atracción, un amor incendiario. Esa clase de amor especial que solo surge entre personas marcadas por el destino. Santiago y Virginia vivieron, durante unos pocos días, una pasión devastadora. Se amaron como solo pueden amar, una única vez en la vida, los seres especialmente afortunados.
Ella le confesó, con infinita tristeza, la última noche que pasaron juntos, que tenía dada su promesa de matrimonio a un joven maravilloso al que no quería ni podía destrozar el corazón faltando a su compromiso.
—Y no te importa, para evitar destrozar el corazón de ese joven destrozar el mío —se quejó Santiago, transido de dolor, sollozante.
—No sufras, por favor —suplicó Virginia entre lágrimas—. Me mata verte tan abatido. Hablaré con él. Si renuncia a mí, volveré a nuestro bar un sábado noche con lluvia llevando en mi mano este paraguas de las mariposas que a ti tanto te gusta.
Santiago, otra noche más, llegó al café donde Virginia y él se conocieron tantos meses atrás. Llovía intensamente. Santiago iba con el cuello de su gabardina subido y cubierta la cabeza con su viejo sombrero Sinatra. Colocó éste encima de una mesa vacía desde la que tenía una perfecta visión de cualquier persona que llegase de la calle. Su esperanza sobrevivía, aunque cada día más debilitada, al inexorable paso del tiempo.
Iba Santiago por el segundo brandy cuando entró en el local un hombre desconocido. El alma se le encogió cuando descubrió que el recién llegado llevaba en su mano un paraguas femenino con mariposas estampadas. Se puso inmediatamente de pie. Temblaba todo su cuerpo sacudido por el agorero ventarrón de la fatalidad. El recién llegado se fijó en su persona y caminó directo hacia él. Mostraba un rostro notablemente demacrado y unos ojos tristísimos, empapados en llanto.
Santiago supo al instante el significado que tenía la presencia de aquel hombre desconocido. Especialmente cuando, convencido de que él era la persona que buscaba anunció, con voz quebradiza al detenerse junto a su mesa.
—Virginia me pidió viniera a verte.
—¡Virginia ha muerto! —Santiago soltando un alarido de dolor.
Los dos hombres se abrazaron compartiendo la misma desdicha, tal como había sido el último deseo de la adorable mujer que ambos habían amado con toda su alma.
Fuera del establecimiento, se intensificó la lluvia como si un ser sobrenatural quisiera manifestar con esta alteración su invisible presencia.