UN PARACAÍDAS PARA TODOS LOS POLÍTICOS (MICRORRELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

Al histórico avión se le habían incendiado los motores y, envuelto en humo, llamas y fatídico estruendo, estaba cayendo en picado. Iban en él 17 personas, cada una de ellas nacida de una madre diferente. Gritos de terror, rezos, llantos y acojonamiento general. A bordo del aparato había un paracaídas, uno solo pero de muy buen tamaño. Ninguno de los presentes quiso compartirlo con los demás, así que se pusieron a luchar encarnizadamente por su posesión. Patadas, mordiscos, arañazos, golpes, puñaladas traperas… Y finalmente, lo irremediable, el avión terminó estrellándose violentamente contra el mar haciéndose pedazos. Todos sus pasajeros, que eran cada uno de ellos de una madre diferente, murieron.
El general de los tiburones que se dieron un pantagruélico festín con ellos, y cuya cabeza tenía cierta forma teutónica, a la hora de la digestión, mostrando amplia sonrisa de glotonería satisfecha, se tomó la molestia de elevar su voz en muestra de sentido agradecimiento:
—Compañeros, nos hemos dado este banquetazo gracias a la gilipollez e insolidaridad de un grupo de humanos suicidas. Dios los bendiga y nuestras barrigotas los gocen.
Todos los presentes aplaudieron entusiásticamente con sus colas.
—Muy bien. Ellos que se peleen y nosotros a lo nuestro: a engordar —concluyó el oficial escualo de la máxima graduación, soltando un eructo de saciedad exagerada, que repitieron colectivamente los demás comensales.

MIS MARGARITAS (MICRORRELATO)

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En el balcón de mi casa tengo un tiesto con margaritas. Es un tiesto ecologista, o sea hecho de barro cocido. Debido al clima tan benigno que disfrutamos actualmente, estos inocentes seres vegetales, desorientados, no paran de echar flores. A las cuatro últimas de ellas se me ocurrió recuperar un poco recomendable juego que solía realizar de niño, y que me había enseñado mi traviesa prima Martita. Este juego consiste en hacerles una pregunta a cada florecilla y, después de realizada ésta, arrancarles hojas buscando te respondan: “sí”, o “no”. A estas cándidas y muy blancas florecillas las he dejado desnudas acompañándome de la siguiente cuestión:
—¿Conseguiremos entre todos los que habitamos este maravilloso país dentro del que he nacido y vivo, destrozarlo finalmente?
Hasta ahora el resultado de mi pregunta ha terminado con: sí. Estoy esperando a que esta plantita, paciente, resignada y torturada por mí, me ofrezca, para el sacrificio, más margaritas, con la esperanza de que me salga un: “no” final, y yo pueda dejar de llorar apesadumbrado y sonreír con esperanza, y sus redondos ojos amarillos dejen de mirarme con reproche.

CAFE SIN AZUCAR (MICRORRELATO)

Cinco amigos se reunieron en casa de uno de ellos a tomar café. El invitador, que ejercía la profesión de psiquiatra, decidió realizar una prueba con ellos. Sirvió las cinco tazas con café y antes de que comenzaran a beberlo hizo un comentario aparentemente fútil:
—Se ha descubierto hace poco, que las personas que poseen inclinaciones homicidas tienen más desarrollados el sentido del gusto que las otras personas que podríamos llamar normales, equilibradas. Por cierto, en uno de los cafés se me olvidó poner azúcar. El que lo encuentre, aquí tiene el azucarero.
Todos los presentes se fueron llevando la taza a los labios, seguidos por los ojos vigilantes del especialista en enfermedades mentales. Sus invitados conscientes de esta vigilancia, después de tomar un sorbo de la infusión devolvieron la taza al platito y, al ser interrogados por su mirada, absolutamente todos movieron la cabeza indicando que no eran ellos quienes necesitaban azúcar.
—Lo sospechaba. Ninguno de vosotros es una persona desequilibrada y peligrosa.
El experimento obtuvo mayor éxito del previsto por el psiquiatra. Antes de transcurrido un año, dos de sus cinco invitados habían cometido un asesinato. El experimentador no pudo disfrutar de su acertado cálculo porque él fue uno de los asesinados.

MI CAMINO PREFERIDO (MICRORRELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

Cuando siento una imperiosa,  apremiante necesidad de ti,
me adentro en el laberíntico mundo de mis recuerdos más preciosos
y tomo el camino preciso que me conduce a ti.
Y cuando felizmente te encuentro,
me quedo contigo hasta que la realidad
intransigente reclama mi presencia y entonces
sufro la pesadumbre de perderte por un tiempo. Es el castigo que nos impone la vida por no haber sabido, en su momento,  escoger lo que nos era más valioso.

UNA HISTORIA DE AMOR DESPROPORCIONADA (MICRORRELATO)

—Querido Agapito, eso de que me quieras con locura, me gusta. Eso de que me adores, me gusta. Eso de que no puedas vivir sin mí, me gusta menos. Y lo que ya no puedo soportar más de ti, Agapito, es que lleves diez años sin trabajar y yo te haya estado manteniendo todo ese tiempo y siga con lo mismo.
Agapito rompió a llorar y con voz lastimera logro balbucir:
—¿Esto significa que has dejado de quererme?
—Esto significa que me he cansado de mantenerte. Ahí en la puerta tienes tu maleta y dentro de ella lo que trajiste cuando te viniste a vivir conmigo.
—¿Y que fue? —él haciéndose el olvidadizo.
—Un pijama y unos calzoncillos.
Agapito cogió su maleta, abatido como si le hubiesen caído encima los Diez Mandamientos en piedra, abrió la puerta y marchó llorando. Había llegado a la puerta del ascensor cuando Rosalía lo llamó:
—Anda vuelve, llorón. Me acostumbre tanto a ti, que ya no me acostumbraría a dejar de tenerte a mi lado—dijo ella compadeciéndose.
Agapito cambió llanto por gritos de alegría.
Hay historias de amor, que no saben terminar de otra manera.

ELLA ME DIJO ADIÓS (MICRORRELATO)

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Cuando la vi salir del dormitorio
cargada con su maleta y, con un hilo de voz,
decirme: “Adiós, que seas muy feliz”,
sentí partirse una parte de mi corazón.
Pero hasta la mañana siguiente, al despertar en la cama
sin tenerla a mi lado
no reconocí que sufriría su ausencia
el resto de mi vida,  y entonces
fue cuando el corazón
se me partió ya del todo.