DÍA DE LA MADRE (HOY Y SIEMPRE)

Copyright Andrés Fornells)
Los Panchos es un grupo de músicos que podríamos llamar eternos. Sé que se han re-novado varias veces, pero lo han hecho tan bien que parecen siempre los mismos. Me estoy refiriendo a ellos porque hace un momento he escuchado por la radio una can-ción suya que me cantaba mi madre cuando yo era un crío. Esta canción es “Como un rayito de luna”. Y escuchándola he navegado en un mar de sentimentales reflexiones que deseo compartir con todos vosotros:
Con todo nuestro progreso, nuestros inventos, nuestros descubrimientos y nuestra avances científicos y tecnológicos, no hemos sido capaces, ni lo seremos jamás, de crear un robot u otro tipo de máquina o artilugio que pueda ocupar el maravilloso sitio de una buena madre.
Una buena madre que nos ha arropado, cuidado, alimentado, mimado, enseñado y que-rido con ese don especial, único de los seres humanos que es el amor que nace al uní-sono del corazón y del alma.
Tengamos esto siempre presente y cuando ya no necesitemos más esa total dedicación de nuestras madres, acordémonos de ellas visitándolas, llamándolas por teléfono, con-solándolas cuando tengan penas, cuidándolas cuando estén enfermas, y acompañándo-las cuando se sientan solas.
Si tal hacemos seremos personas agradecidas, decentes, merecedoras de respeto y me-recedoras de todo el cariño, cuidados, y desvelos que esas abnegadas madres tuvieron con nosotros cuando tanto las necesitábamos y sin los cuales, muchos de nosotros no estaríamos hoy aquí disfrutando del impagable don de la vida.
Y de paso daremos ejemplo a nuestros hijos para que cuando nosotros seamos viejos, como lo son ahora nuestras madres, y necesitemos también, que ellos se acuerden de nosotros, nos cuiden cuando estemos enfermos y nos visiten cuando nos sintamos so-los porque eso aprendieron de nosotros.
¡Que tengáis una feliz existencia!

Como un rayito de luna
Entre la selva dormida
así la luz de tus ojos
ha iluminado mi pobre vida
Tu diste luz al sendero
en mi noche sin fortuna
Iluminando mi cielo
como un rayito claro de luna

ESOS ANCIANOS QUE LEVANTARON UN PAÍS TOTALMENTE DESTRUIDO (ACTUALIDAD)


ESOS ANCIANOS QUE LEVANTARON
UN PAÍS TOTALMENTE DESTRUIDO
El dolor, el sufrimiento y la muerte de nuestros mayores actuales no podemos ni debemos olvidarlos, desmerecerlos, ni silenciarlos. Estos ancianos que ahora están muriendo masivamente fueron niños de la posguerra, de la mayor miseria, destrucción y ruina que una fratricida guerra civil causó a nuestro desdichado país.
Estos ancianos a los que tengo mis dudas sobre si han sido atendidos debidamente, levantaron este país desde la más absoluta destrucción. Padecieron hambruna y enfermedades, condiciones de trabajos insalubres, propios de esclavos, con horarios incontrolados, viviendo un enorme número de ellos en chabolas infectas, vistiendo ropas remendadas, que habían usado y roto otros más afortunados, sin luz y sin agua. Y viendo como morían sus mayores y sus hermanos de pobreza y enfermedades, aparte de todos los que les habían matado en la más criminal de todas las guerras: las guerras entre personas de un mismo país y, a menudo, portadores de la misma sangre los combatientes enfrentados.
A estos ancianos, algunos desalmados, les han dado y les dan ya por amortizados.
Pues bien, yo digo, y seguramente que no estaré solo diciéndolo, que aquellos que no honran a los suyos cuando dejan de ser productores de riqueza, son unos desagradecidos desalmados que, de seres humanos, solo tienen el aspecto, no los sentimientos.

EL DÍA DE LA TIERRA –ACTUALIDAD–


(Copyright Andrés Fornells)
Hoy, alguien tuvo el capricho de declararlo el Día de la Tierra. Y esto, como mínimo merece una reflexión y yo, voy a hacer la mía.
De la Tierra, esa diosa prodigiosa que, con los innumerables y maravillosos alimentos que nos regala permite que subsistamos todas las criaturas vivientes, y que nos acoge en su maternal seno cuando dejamos de vivir; muy pocos somos los que la amamos, respetamos y agradecemos los infinitos dones que recibimos de ella.
Valga que, unos miserables desagradecidos como somos los seres humanos, nos acordemos de ella, por lo menos, un día.

UNA VISITA INESPERADA (MICRORRELATO)

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El anciano Jerónimo Díaz vivía solo en una modesta casita mucho más vieja que él. Como tenía por costumbre, se levantó otro día más con el alba. La noche anterior había estado un rato viendo un documental sobre unas grandes minas de cobre situadas en una nación del continente africano. Este documental denunciaba la dureza del trabajo, en condiciones inhumanas, que realizaban los mineros a las órdenes de los despiadados capataces una poderosa y muy rica multinacional. Condenó en voz alta a los explotadores, y se compadeció de los obreros explotados. Él había sido, toda su vida, un obrero explotado y mal pagado.
En cuanto comenzaron la celebración de la Nochevieja con estruendosa música, dos horas antes de la ceremonia de las 12 uvas, una de tantas costumbres consumistas y comerciales, que él odiaba, se fue a la cama.
Antes de prepararse el frugal desayuno diario, echó un puñado de ramas secas y dos leños a los rescoldos que todavía quedaban en la chimenea y, cuando el fuego hubo prendido bien, comenzó a prepararse en la antigua y baqueteada cocinita de gas butano, un cazo con café y a tostar dos rebanadas de pan.
Lo tenía todo listo cuando sonó el timbre de la puerta, hecho que le sorprendió pues él no esperaba a nadie.
Abrió la puerta y se encontró a un joven desconocido que sumaría poco más de veinte años.
—¿Qué quieres, chico? —le preguntó mostrando extrañeza.
—Soy su nieto. Mi madre me pidió que cuando ella muriese viniese yo a quedarme con usted, si a usted le parece bien. Mi madre murió hace una semana —expuso el visitante, con timidez, entrecortada su voz.
El anciano tuvo que cogerse al quicio de la puerta, pues la impresión que acababa de recibir le mermo, durante un momento las fuerzas. Su hija, la única que había tenido, que un día se fue de casa para ejercer la prostitución y de la que llevaba más de veinte años sin saber nada, antes de fallecer le había enviado a su hijo, de cuya existencia él nunca había sabido.
Escrutó el rostro del expectante joven y encontró en él un gran parecido con el de su hija echada a perder. Casi de inmediato sus ojos se llenaron de lágrimas y su corazón de ternura. Sus temblorosas piernas se desplazaron a un lado y con una voz cargada de repentino cariño invitó:
—Pasa, chico, tenemos muchas cosas que decirnos.
El recién llegado asintió con la cabeza y entró en la vivienda. También él tenía las piernas temblorosas y el corazón desbocado.