LA MAGIA DE UN PRIMER BESO (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Ella me igualaba el deseo, y yo creía que no. Ella rodeó mi cuello con sus tiernos brazos y me besó nada más salimos de la cafetería. A mí se me silenciaron los desagradables ruidos del tráfico, desapareció de repente el resto del mundo, y sólo pude escuchar lo fuerte y hermoso que latían su enamorado corazón y el mío.
Luego nos miramos muy hondo, hasta alcanzarnos el alma. Cambiamos una sonrisa embriagada y no nos subimos los cuellos de la gabardina, como otras veces. Hacía mucho frío en la calle, pero nosotros no lo sentíamos. Ardían dentro de nuestros cuerpos las abrasantes llamas del amor.
Y echamos a andar cogidas nuestras manos, creyéndonos, ciegamente ilusionados, a través de ellas, unidos para siempre.
Éramos tan jóvenes, tan ingenuos, que desconocíamos cuán grande y cruel es el poder destructor de la vida y del paso del tiempo.
Si le ha gustado este relato mío tal vez le gustaría también leer mi novela más romántica: ¿ESTÁS SOLA ESTA NOCHE? Pueden leer capítulos gratis pulsando este enlace: http://smarturl.it/solakindle

SOLDADOS ESPAÑOLES, NAVEGANTES Y CONQUISTADORES (OPINIÓN)


Unos breves apuntes para todos esos españoles que desconocen por completo la historia de nuestro país, y que debido a su ignorancia consideran nuestra bandera un trapo sin significado ninguno y, en vez de orgullo y admiración por su nación y por sus heroicos antepasados, se asocian al desprecio, menosprecio y calumnias que vierten sobre España los enemigos nuestros.

Miguel Hidalgo en la guerra de Independencia de México:
“Si la batalla dura una semana, serán italianos. Si la batalla se alarga, es que son españoles”.

Almirante francés sobre la gesta de los Tercios en Empel:
“Cinco mil españoles, que a la vez eran cinco mil infantes y cinco mil caballos ligeros y cinco mil gastadores y cinco mil diablos”.

Alemanes sobe la batalla de Nordlinger (1634 – Guerra de los treinta años):
“… los españoles peleaban como diablos y no como hombres, estando firmes como si fueran paredes”.

Coronel sueco en la batalla de Nordlinger (los suecos fueron derrotados en esta batalla):
“Nunca nos habíamos enfrentados a un soldado de infantería como el español.
No se derrumba, es una roca, no desespera y resiste paciente hasta que puede derrotarte”.

Napoleón Bonaparte:
“Si queremos dominar el mundo, antes debemos anexionarnos a los vecinos del sur; su arrojo y voluntad nos dará la victoria que necesitamos”.
“A los españoles les gusta renegar de su país y de sus instituciones, pero no permiten que lo hagan los extranjeros”.

José I Bonaparte:
“Hacen falta muchos medios para someter a España, este país y este pueblo no se parece a ningún otro.
No hay un solo español que defienda mi causa”.

Cardenal Richelieu de Francia:
“Tan cierto es que los españoles aspiran al dominio mundial como que sólo su escaso número se lo impide”.

Adolf Hitler a sus generales cuando propusieron invadir España:
“Ni hablar.
Los españoles gobernaron una vez el mundo, es el único pueblo mediterráneo verdaderamente valiente, organizarían guerrillas en nuestra retaguardia.
No se puede entrar en España sin el permiso de los españoles”.

General alemán Josef “Seep” Dietrich (general de las Waffen-SS de Hitler):
“Cuando veáis a un soldado desaliñado, indisciplinado y sin afeitar, cuadraros.
Es un héroe español.
Son valientes, duros, no ceden ante nada; qué orgullo me da que los españoles estén con nosotros”.

Hipólito Taine, filósofo, crítico e historiador francés (1828-1893):
“Hay un momento superior en la especie humana: la España desde 1500 a 1700”.

Alexander Von Humboldt, naturalista y explorador alemán:
“La Humanidad debe gratitud eterna a España, pues la multitud de expediciones científicas que ha financiado ha hecho posible la extensión de los conocimientos geográficos”.

*¡¡¡VIVA ESPAÑA!!!

LAS TENTACIONES (PÍLDORAS FILOSÓFICAS)

para hoy
LAS TENTACIONES

(Copyright Andrés Fornells)
Nunca te alejes demasiado rápido de las tentaciones, concédeles la oportunidad y el tiempo para que puedan alcanzarte. Algunas de ellas superan con creces a la aburrida y rutinaria realidad. Escoger una calle en vez de otra, un choque fortuito puede cambiarte la vida., Un ceder tu silla a una dama,  un buenos días a un empleado, un  me gustaría salir contigo, un piropo hermoso, una sonrisa cálida, un saludo caballeroso, un perdón educado, un suspiro del alma, un te quiero con el corazón…

UN CONJUNTO DE EQUÍVOCOS (MICRORRELATO)

a-un-conjunto-de-equivocos
(Copyright Andrés Fornells)

—Hola, Conchi. Soy Arturo. Te llamo para repetirte otra vez más que sigo firmemente dispuesto a dedicar el resto de mi vida a hacerte feliz. ¿Qué me respondes?
—Caballero, se ha equivocado usted de teléfono. Mi nombre es Lorena. Y se da la casualidad de que soy soltera, no mal parecida y estoy precisamente buscando a alguien que quiera dedicar el resto de su vida a hacerme feliz.
—Tal vez sería interesante que nos conociéramos, Lorena. La chica que estaba llamando ha rechazado ya cinco veces esta proposición mía.
—No todas las mujeres somos iguales, ni los hombres tampoco. ¿Nos vemos hoy mismo?
—Nos vemos. Di dónde —entusiasmándose.
Ella escogió un conocidísimo parque de la ciudad. Él asistió al mismo a la hora que acordaron. Vio a una chica sola, guapa y con un cuerpo espectacular, se acercó a ella y preguntó, ilusionado:
—¿Eres Lorena?
A ella que le había gustado él nada más verlo respondió, encantadora:
—Yo seré para ti lo que tú quieras, simpático. Venga, dame tu mano para que empecemos a coger confianza el uno con el otro —ofreciéndole la suya.
Y ambos echaron a caminar con las manos presas, mirándose con mucho agrado
Al final, caprichos del azar que hilvanó una serie de equívocos, Arturo no mantuvo una larga y hermosa historia de amor ni con Conchi, ni con Lorena, sino con Julita. Y es que a Cupido no le importan los nombres sino los sentimientos que poseen los seres humanos.

DOS COCODRILOS Y UNA SARTÉN (RELATO)

cocodrilos

(Copyright Andrés Fornells)

Deseosa de averiguar si su madre, muerta recientemente, y a la que quería muchísimo, había ido al cielo, Paquita visitó a una vidente. Esta pitonisa le echó las cartas y la tranquilizó a este respecto:

—Su mamá era una buenísima persona y fue directo al cielo sin hacer escala alguna por el camino.

—Huy, ¡qué bien! —encantada Paquita—. Y aprovechando que estoy aquí, ¿podría mirar qué le pasa a mi marido que lo encuentro, últimamente, como muy desganado conmigo?

La cartomántica, después de barajarlas, colocó un montón de cartas boca arriba y, después de estudiarlas detenidamente, con evidente gravedad le advirtió:

—Tenga usted mucho cuidado con su esposo. Las cartas me dicen que está planeando matarla.

Cuando Paquita pudo reponerse del sobresalto que le causó este terrible anuncio, defendió:

—Pero si mi marido es manso, bobo e inofensivo. Lo he manejado siempre a mi antojo.

—Las cartas nunca mienten —categórica la vidente—. Solo las personas imprudentes se fían de las aguas mansas—le advirtió.

Convencida de que esta mujer se equivocaba, Paquita abandonó su consulta.

Tres días más tarde, Paquita despertó por la mañana. Su marido, siempre más madrugador que ella, se hallaba en el salón delante del televisor esperando a que ella se levantase y preparara el desayuno.

Paquita se metió en el cuarto de baño con la intención de llenar la bañera. Tenía por costumbre bañarse todas las mañanas. Al ir a abrir los grifos se llevó un susto morrocotudo. Dentro del recipiente de la bañera había dos cocodrilos de buen tamaño que la saludaron abriendo sus descomunales bocas. Cerró de inmediato la puerta. Con ojos desorbitados y muda de terror corrió hasta la cocina. Una vez allí recordó la advertencia que le había hecho la médium con respecto a que su esposo se había propuesto matarla.

Paquita era una mujer valiente. Cuando veía un ratón no huía despavorida, sino que terminaba con él a escobazos. Cuando Paquita se recuperó del sobresalto, decidió enfrentarse a lo que consideró una amenaza exclusivamente para ella. Cogió la mayor de las sartenes que tenía en la cocina, regresó armada con ella al cuarto de baño y, con media docena de violentísimos sartenazos dejó sin sentido a los dos saurios.

A continuación, marchó al salón y golpeó con la sartén la cabeza de Anselmo, su esposo, sentado delante del televisor, dejándolo también noqueado. Paquita necesitó de un par de minutos para reponerse del esfuerzo físico realizado. Luego, cuando tuvo su respiración normalizada, llamó primero al zoológico y, acto seguido, a una ambulancia.

Minutos más tarde los del zoológico se llevaron a los aturdidos cocodrilos, y una ambulancia a su contusionado cónyuge rápidamente a urgencias.

Los abogados contratados por ambos cónyuges llegaron a un acuerdo que consideraron favorecía tanto a Paquita como a Anselmo. Él había traído los cocodrilos a casa con la intención de sorprenderla confeccionándole un bolso y un abrigo con sus pieles, y de que Paquita había golpeado la cabeza de su esposo debido a que padecía sonambulismo y había soñado que se hallaba jugando una partida de tenis en la que la sartén era la raqueta y, la cabeza de su marido, la bola.

Paquita y Anselmo se divorciaron debido a que ella no se fiaba más de los regalos que pudiera hacerle él, y, Anselmo, a que desconfiaba del sonambulismo de ella.

EL INCOMPRENSIBLE MISTERIO DEL DESAGRADECIMIENTO (PÍLDORAS FILOSÓFICAS)

(Copyright Andrés Fornells)
Hoy tengo uno de esos días en que la melancolía, la tristeza y el dolor profundo que tantas personas nos vienen causando, con toda intención o sin ella, me impulsa a emitir un juicio justo, aunque posiblemente algo alejado de la piedad.
Hay una condición humana que no para de extenderse y que, de ninguna manera soy capaz de comprender, disculpar ni de aceptar con benevolencia. Y es la ruin inclinación de tantas personas que no sólo no agradecen el bien que reciben, sino que además de no experimentar agradecimiento por el bien recibido, sienten odio hacia las personas que de un modo generoso y altruista les han favorecido.

UN HOMBRE APOCADO Y UNA MUJER SOÑADORA (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Alfredo Penas consideraba, en su innata modestia, que él poseía un único mérito: era una buena persona. Ayudaba a las ancianas y a los ciegos a cruzar la calle y llevaba un puñado de caramelos en el bolsillo para dárselos a los niños que, yendo él por la calle veía llorar, y conseguir con este detalle suyo se les animase la carita y dejasen de hacerlo.
Por lo demás, Alfredo era bastante menguado de estatura, desprovisto de musculatura y rematadamente feo. Tanto era así, esto último, que se vio obligado a dejar de ir al zoológico porque montones de simios, cuando lo veían, intentaban romper los barrotes de sus jaulas para reunirse con él creyéndole familiar suyo y, más de un pequeñín lo llamó, desesperadamente:
—¡Papá, papá!
Además de su falta de encantos físicos, Alfredo era patéticamente tímido y si una mujer lo miraba, aunque fuese con indiferencia o lástima durante un segundo y medio, se ponía rojo como las flores del granado, temblaba todo su cuerpo y se llenaba de truenos su timorato corazón.
Y para añadir más sufrimiento a su apocada persona, a Alfredo le gustaban las mujeres tanto como a los niños gustan sus tartas de cumpleaños. Y cuando ellas no miraban en su dirección, él las contemplaba con arrobo hasta el punto de tener que vigilarse para no babear embelesado.
Una tarde de primavera, Alfredo fue a pasear al parque con la intención de admirar y embriagarse con el perfume que las sonrientes flores desprenden en esa privilegiada época. Se entretuvo observándolas en los parterres asomándosele a los labios una sonrisa alelada, de tierna admiración.
De pronto se detuvo delante de él una mujer joven y muy agraciada que lo dejo boquiabierto de sorpresa al preguntarle:
—¿Cómo se llama usted?
—Alfredo —dijo él trabucándose, adorándola con sus ojos mansos.
—Lo sabía —dijo ella, entusiasmada.
—Pues no sé cómo lo sabe. Creo que no nos conocemos de nada —sensato él.
—Bueno, usted puede que no me conozca, pero yo si le conozco a usted. Y le conozco muy bien.
—¡Vaya! ¿Y de qué me conoce usted? —cada vez más perplejo él.
—Pues porque sueño con usted todas las noches.
—¡Vaya! Me resulta increíble —reconoció él con total incredulidad.
—Pues le aseguro que es cierto. Sueño con usted todas las noches —mostrándosele muy ilusionada ella.
—¿Y qué sueña usted, si me permite preguntárselo? —destrozándose él las manos de tan nervioso.
—Sueño que es el hombre de mi vida y que casada con usted seré inmensamente dichosa.
Una de las virtudes que Alfredo poseía era la capacidad de leer en los ojos de las personas si éstas decían verdad o decían mentira, y aquella joven decía la verdad. Pero como otra virtud suya era la honestidad, manifestó:
—Oiga, pero si yo no valgo nada. Si he tenido que dejar de ir al zoológico porque los monos me creen un pariente suyo y quieren escapar de su jaulas para abrazarme.
—Usted, como todos los seres maravillosos, no sabe valorar lo muchísimo que usted vale —afirmó ella convencida—. ¿Dispone usted de tiempo para que nos acerquemos al zoológico? Me encantaría ver lo que acaba de contarme sobre los primates que hay allí.
—Para usted tengo yo la vida entera de tiempo, y mil vidas más que me prestaran —galante, envalentonándose.
Ella rio feliz, y Alfredo rio feliz también. Y ambos cogidos del brazo caminaron en dirección al lugar donde tienen presos a los animales. Y una vez allí rieron y se conmovieron con las acrobacias de los simios, las demostraciones de afecto hacia Alfredo y sus grititos de papá, papá.
Y ellos dos, tal como ella había soñado, jamás se separaron. Para los curiosos que sientan interés por conocer el nombre de aquella joven bonita y soñadora, les informo que se llamaba Eva.
Si les ha gustado este relato quizás les guste también leer el más sentimental y tierno de mis libros “MADRE LEÍA NOVELITAS DE AMOR” Capítulos gratis del mismo pulsando este enlace: https://www.amazon.es/Madre-le%C3%ADa-novelitas-Andr%C3%A9s-Fornells/dp/1549582801

LA MUJER QUE HABLABA A LAS PALOMAS (MICRORRELATO)

la-mujer-que-les-hablaba-a-las-palomas

 

 

 

 

 

(Copyright Andrés Fornells)

Mañana soleada. Parque céntrico de la ciudad. Una mujer de unos cincuenta años, mientras les da de comer a un numeroso grupo de palomas que la rodean, les habla, les pone cara seria, les reprende, les aconseja, les sonríe, les dice cosas tiernas.
Las palomas comen y emiten sonidos de imposible interpretación para los humanos no dedicados a la colombófila.
Otra mujer, que lleva un rato observándola con cierta curiosidad, se acerca a la mujer que proporciona alimento a las aves y, en un tono entre afectuoso e irónico le dice:
—Oiga, ¿las palomas le contestan a todo lo que usted les dice?
La mujer que da de comer a las palomas se vuelve hacia la mujer que le pregunta y responde mostrándole simpatía:
—No. No me contestan, pero por lo menos me escuchan, algo que en mi casa no hacen ni mi marido ni mis hijos.
—La entiendo perfectamente. Deje de hablarles a las palomas, vengase conmigo a un banco y hablemos nosotras. A mí, en mi casa, me ocurre lo mismo que le ocurre a usted en la suya: ni mi marido ni mis hijos me escuchan.
Y sentadas en un banco, ambas mujeres hablan y hablan hasta secárseles la garganta y toser, pero no les importa sus toses porque son toses felices.
Las palomas, a su alrededor, también zurean lo suyo. Bueno, aquellas que no están entretenidas llenando de excrementos la estatua de un famoso general. Evidentemente ellas no entienden de guerras ni de héroes, ni están expuestas a ser multadas, o algo peor, encarceladas y torturadas, o silenciadas para siempre.