EQUIVOCACIÓN (MICRORRELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

Te equivocaste conmigo. Lo siento aunque el error fue tuyo, no mío. Y ahora me odias porque no soy el que pensabas que yo era, ni era el que tú querías que fuese. Te habría ido mejor conmigo, de haber intentado conocer a mi auténtico yo. Pero no te tomaste la molestia. Lo fácil es culpar, lo difícil, comprender.
Te di una rosa. Te pinchaste con sus espinas y me culpaste de ello. Lo que te ocurrió no fue culpa mía, ni culpa de la rosa, sino culpa de tu ignorancia. Cojamos dos caminos que nos distancien. Los dos mismos caminos que antes nos acercaron. Los dos hemos ganado conociéndonos. Hemos ganado experiencia. Somos alumnos de la escuela de la vida. ¡Que no te falte la suerte! ¡Adiós!

ELLA SINTIÓ ALGO MUY HERMOSO DENTRO (MICRORRELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

Una joven se tentó el pecho.
No entendía que le pasaba.
El inquilino que llevaba dentro
nunca había latido con tanta fuerza
y tan ruidosamente.
Se acordó entonces del chico
de sus amores
y comprendió qué le ocurría.
Le ocurría que ahora albergaba
en su interior,
además de su corazón,
el corazón de su enamorado
que se había venido a vivir
con el suyo.

LA LARGA ESPERA (MICRORRELATO)

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Copyright Andrés Fornells)
(El día de hoy dedico este escrito especialmente a las mujeres que nos regalan a los hombres este tipo de finales)
Como dijo, desde el cielo, un hombre que cogió un avión que no debía y éste se estrelló causando la muerte de todos sus pasajeros, él incluido:
—El destino puede tener muy mala leche.
Yo opiné lo mismo que ese desdichado cierto sábado por la tarde. Marujita, una chica que me gustaba a morir, y yo, habíamos acordado nuestra primera cita en la terraza de una céntrica cafetería a las cinco de la tarde. Yo estaba loco de ilusión. Deseaba tanto estar con ella, como un geólogo dar con una mina de diamantes. Pero el asunto comenzó a complicarse. Mi coche se me reveló y no hubo manera de arrancarlo y eso que probé un método que había resultado infalible en ocasiones anteriores: arrearle un montón de patadas.
Cuando agotado y con el dedo gordo de mi pie derecho tan hinchado que parecía una berenjena de buen año, corrí cojeando a la parada de autobús más próxima y lo perdí por un par de minutos teniendo que esperar media hora para el próximo. Durante la espera pensé en mi teléfono móvil, pero descubrí que me lo había dejado en mi casa encima de la mesita de noche. Tenía una cabina cerca, pero no pude llamarla porque desconocía el número del móvil de Marujita.
Por fin llegó el autobús y no llevábamos ni diez minutos subidos en él cuando se rompió una pieza del motor y dijo aquel vehículo desconsiderado: ¡yo me quedo aquí! Tuvimos que bajarnos todos los pasajeros a esperar que llegara otro autobús enviado por la compañía para recogernos. Para entonces yo estaba tan desesperado que ni tirarme de los pelos conseguía tranquilizarme.
Total que cuando llegué a la cafetería donde habíamos quedado con Marujita, llevaba yo casi dos horas de retraso. El corazón me dio media docena de saltos mortales de alegría al descubrir que ella seguía allí sentada a una mesa de la terraza esperándome. En su cara tenía pintada una expresión de aburrimiento y cansancio indescriptibles. Expresión que, al verme, se borró como una raya de tiza al pasarle por encima un borrador. Me entraron ganas de llorar de agradecimiento. Con voz consternada le pedí perdón y le conté el calvario por el que había tenido que pasar. Ella me escuchó en silencio, muy seria entonces y cuando yo terminé, con el resuello perdido por el énfasis empleado, ella me regaló la sonrisa más hermosa de este mundo y me aseguró:
—Tonto, yo te habría esperado una eternidad si falta hubiera habido.
La cogí de la mano con firmeza y delicadeza a la vez, y cuando la tuve de pie la abracé con ternura y, mientras Marujita se reía entre emocionada y conmovida, yo tuve la certeza de que, por fin, había encontrado a la mujer de mi vida.

EL TALENTO, LA ENVIDIA Y LA JUSTICIA (MICRORRELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

El Talento era un ser que por timidez, modestia y humildad comía poco y por lo tanto su fuerza era una fuerza que residía principalmente en su espíritu, su extraordinaria sensibilidad y su lucidez.
En cambio, la envidia era golosa, glotona, egoísta, estaba muy gorda, muy fornida y había conseguido llegar a adquirir un tamaño gigantesco, arrollador.
Desde su nacimiento la envidia había odiado al Talento porque éste poseía lo que ella habría querido poseer, y no poseería nunca, y hacía malvados planes para destruir al Talento. Y finalmente creyó haber llegado a saber el modo de destruirlo, y entró en acción. Se dirigió hacia donde se encontraba el Talento y después de insultarle dejó caer su enorme mole sobre él con la intención de acabar con su vida aplastándole y asfixiándole.
Estaba a punto de conseguirlo cuando entró en escena la Justicia. La Justicia era más grande y más fuerte que la Envidia y, a pesar de su reconocida ceguera consiguió derrotar a la Envidia empleando contra ella el peso de la inteligencia, el derecho y la equidad.
MORALEJA: Lo que se consigue por la fuerza, por la fuerza se pierde.

UN FANTASMA EN LA CASA (MICRORRELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

Era un fantasma que desde hacía cerca de cincuenta años moraba como amo y señor de un antiguo y aislado caserón. Este fantasma estaba muy satisfecho de sí mismo. Sólo en la última década había conseguido deshacerse de doce inquilinos que habían pretendido compartir con él esta vivienda que consideraba suya, con-siguiendo hacerles huir despavoridos.
Aunque era un fantasma relativamente moderno, había empleado siempre para aterrar a los arrendatarios métodos antiguos como era arrastrar cadenas, cubrirse con sábanas y pasear una palmatoria encendida que al ser él invisible para los vivos, éstos únicamente veían la palmatoria y la llama viajar por el aire como por arte de magia y los pelos se les ponían de punta.
Este fantasma dormía durante el día y por la noche recorría sus dominios disfrutando de todo el espacio del edificio que consideraba de su exclusiva propiedad.
Una noche de invierno, al despertar alrededor de la ocho, descubrió que su viejo caserón tenía nuevos arrendatarios. Se trataba de un matrimonio que tenía una hijita de ocho años y un hijito de nueve.
—Je, je, dentro de un ratito los cuatro estaréis cagados de miedo —pronosticó perverso.
Esperó a que los nuevos inquilinos estuvieran cenando para aparecer agitando una sábana muy sucia y lanzando gritos aterradores. La familia recién llegada se quedó un momento boquiabierta de asombro. Jamás antes habían visto sus ojos fenómeno semejante. Pero se les pasó pronto la perplejidad, especialmente a los niños que fueron los primeros que entraron en acción. La niña cogió el encendedor de la cocina y le prendió fuego a la sábana al tiempo que su hermano se hacía con el bate de béisbol y golpeaba con toda su alma al ectoplasma del fantasma que, de los golpes se fue desintegrando en mil partículas.
El fantasma se retiró fracasado, atónito. Jamás le había ocurrido nada parecido. Unos minutos más tarde intentó lo de la palmatoria y recibió varios cubos de agua y más golpes de bate de béisbol.
A la semana de verse continuamente cubierto de llamas, anegado en cubos de agua y recibido más golpes que una estera, el fantasma decidió emigrar a un castillo en ruinas, deshabitado desde hacía siglos, aunque tuviera que mojarse cuando lloviera y pasar frío cuando nevara, pero por lo menos allí no sería humillado y maltratado.

LAS 10 RAZONES DE UN CURA PARA NO AGASAJAR MEJOR A UN OBISPO (MICRORRELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

Es archiconocido (por la muchísima frecuencia con que se da) que a la mayoría de las personas, la mayor o menor importancia de sus cargos se les sube a la cabeza y esperan, por ostentar los mismos, grandes diferencias en el trato que reciben.
Hubo una vez un obispo del que solo daré el nombre y no el apellido para no tropezar con la iglesia (pues en asunto de tropiezos es bien conocido que puede haberlos dolorosos). El nombre del obispo al que hago referencia era Melitón.
El obispo Melitón era un hombre de muy buen paladar, figura oronda, y un tanto quisquilloso, megalómano, engreído y exigente de carácter.
En cierta ocasión, este obispo le anunció por teléfono a un ex compañero de seminario, que iba a concederle el honor de visitarlo. Este ex compañero de seminario, que no había pasado en su carrera eclesiástica de cura de un pueblo muy pequeño, se llamaba Agapito Porcelana.
El obispo Melitón llegó con su lujoso coche conducido por un chófer uniformado, al pueblecito donde realizaba sus funciones de sacerdote Agapito Porcelana. Hubo abrazos entre ambos, palabras amables, un par de referencias a su lejana vida de seminaristas, y muy especialmente a los excelentes embutidos que a este último le enviaban sus padres (esforzados labriegos y granjeros) y que compartía generosamente con el hoy encumbrado personaje con bonete en la cabeza.
Terminadas estas pamplinas, el cura pueblerino se llevó al pomposo obispo al banquete que le habían preparado. A mitad del mismo, terminada por el obispo una tercera copa de excelente vino, éste dijo a su antiguo amigo:
—Agapito, el agasajo que me has brindado habría sido perfecto si, a mi llegada hubieses ordenado sonaran en mi honor las campanas de la iglesia.
El clérigo recibió con benevolencia esta especie de regañina y, con la socarronería de la que son maestros mucha gente pueblerina, le respondió:
—Amigo mío y muy admirado y respetado señor obispo, voy a darte diez razones por las cuales no han sonado las campanas en tu honor. La primera y principal de ellas es: que en nuestra humilde iglesia no tenemos campanas instaladas. Y las otras nueve razones, por insignificantes, no merecen siquiera el ser mentadas.
El obispo no supo que decir a lo anterior. Quienes sí supieron hacerlo, y lo siguen haciendo, fueron y son todos los habitantes de aquel pueblo y sus descendientes que, a los forasteros que les visitan le cuentan esta graciosa anécdota.