HISTORIA DEL KUNG-FU (1)

 

HISTORIA DEL KUNG-FU

De las muchas tradiciones y leyendas sobre el origen del Kung-fú, la más aceptada actualmente es la que establece que el Kung-fú proviene del monasterio de Shaolin.

Se cree que, en el año 500 D.C., un hindú, vigésimo patriarca de la india fue responsable de la introducción de lo que tiempo después sería el Kung-fú.

A este patriarca se le conoce por «Bodhidarma».

Según cuenta la leyenda, Bodhidarma fue un príncipe, hijo de Suganda, de la región de Madras, perteneciente a la casta de los guerreros.

Bodhidarma se educó en el budismo basado en la técnica de «dyana» enseñada por el maestro prajnatara.

A la muerte de este y siguiendo sus deseos, abandonó la india, atravesando el Himalaya. Después de muchas penalidades llegó a la China con el Budismo «Chan».

Bodhidarma llegó a Cantón y poco tiempo después se entrevistó con el emperador Wu de Liang, gran admirador y seguidor del budismo.

Al emperador Liang no le agradó el chan por lo desquiciado y áspero de su método. Despedido por el emperador, se dirigió al monasterio Shaolin de Soog Shan en la provincia de Honan, instalándose en el templo de Chor Jo Um.

Bodhidarma era un hombre exigente, de mirada profunda y penetrante; de modales bruscos y desafiantes.

Empezó a enseñar sus prácticas budistas a un grupo de novicios y viendo cómo caían dormidos durante sus lecturas, les enseño 12 movimientos y 24 ejercicios musculares llamados Eki Kinkyo.

Estos movimientos servirían para que adquirieran un fuerte cuerpo y una sólida capacidad de concentración.

Los movimientos estaban basados en 12 animales: el águila, el Rocho, el ganso feroz, la grulla, el dragón, el fénix, el oso, el chi-lin, el tigre, el leopardo, el mono y la serpiente.

Los monjes empezaron a practicar los ejercicios en las mañanas y el entrenamiento cotidiano les dio un cuerpo robusto y lleno de salud.

EL MISTERIO LÁCTEO (último fragmento)

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Minutos más tarde Lacterina llega junto a sus ansiosas y preocupadas compañeras y, sin dilación, las hace partícipes de lo que ha organizado para que todas las de su especie escapen de la masacre que las amenaza. Al escuchar tan esperanzadoras nuevas, ellas recuperan inmediatamente el optimismo y la alegría perdida. Y corretean, lanzan al aire jubilosos mugidos. Consiguen despertar, sobresaltar, a José y María, que asomándose a la ventana de su dormitorio descubren con ojos desorbitados de asombro a sus lecheras dando saltos de contento y embistiéndose juguetonas, para a continuación empezar a comer con voracidad, dispuestas a recuperar el alimento perdido.

La repentina recuperación de salud que muestra su ganado llena de gozo al matrimonio ganadero que se pone a bailar de felicidad, alocadamente, al ritmo de un vals que ambos tararean. ¡Qué suerte! ¡Qué felicidad! ¡Ha desaparecido su amenaza de ruina! Les invade una oleada de reconocimiento.

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