EL BUDISMO

EL BUDISMO

El budismo proclama la igualdad religiosa de todos

los hombres y de todas las clases sociales,

y predica la tolerancia, la fraternidad,

el perdón de las ofensas,

la dulzura y la humildad.

CAFÉS SIN AZÚCAR

Cinco amigos se reunieron en casa de uno de ellos a tomar café. El invitador, que ejercía la profesión de psiquiatra, decidió realizar una prueba con ellos. Sirvió las cinco tazas con café y antes de que comenzaran a beberlo hizo un comentario aparentemente fútil:

-Se ha descubierto hace poco, que las personas que poseen inclinaciones homicidas tienen más desarrollados el sentido del gusto que las otras personas que podríamos llamar normales, equilibradas. Por cierto, en uno de los cafés se me olvidó poner azúcar. El que lo encuentre, aquí tiene el azucarero.

Todos los presentes se fueron llevando la taza a los labios, seguidos por los ojos vigilantes del especialista en enfermedades mentales. Sus invitados conscientes de esta vigilancia, después de tomar un sorbo de la infusión devolvieron la taza al platito y, al ser interrogados por su mirada, absolutamente todos movieron la cabeza indicando que no eran ellos quienes necesitaban azúcar.

-Lo sospechaba. Ninguno de vosotros es una persona desequilibrada y peligrosa.

El experimento había obtenido el éxito previsto por el huésped. Se equivocó. Antes de transcurrido un año, dos de sus cinco invitados habían cometido un asesinato.

EL ENIGMA DE LA ESFINGE

EL ENIGMA DE LA ESFINGE

Seguro que lo conocéis. Pero por si queda alguno que, por vivir algo distraído

lo desconoce, tengo el detalle de contárselo. <<¿Cuál es el animal

que tiene cuatro pies por la mañana, dos al mediodía y tres

al atardecer?>> Edipo respondió a este enigma: el hombre.

Pues éste, en la infancia, suma las manos a los

pies; marcha con dos pies todo el mediodía

de su existencia y, al llegar al atardecer

de la misma, o sea la ancianidad,

usa bastón.

AMINGA

AMINGA

Es una planta salvaje que crece a orillas del Amazonas a la que

se atribuyen propiedades misteriosas. Los indios que quieren

poseer un miembro bien desarrollado, lo golpean con

los frutos de la aminga blanca tres días antes

y tres días después de la luna nueva.

FALSA VICTORIA

Los dos camilleros aguardaban protegidos detrás de una de las trincheras abandonadas por los soldados. Hasta ellos llegaba el ensordecedor retumbo de la artillería. El suelo temblaba bajo sus pies. A corta distancia de ellos las explosiones de las bombas levantaban grandes nubes de tierra y polvo. El olor a pólvora y tierra removida les resultaba asfixiante. Silbaban su siniestra sinfonía las balas por encima de ambos sanitarios, acompañadas de lejanos aullidos de dolor de los combatientes que eran alcanzados por ellas.

Según habían asegurado los mandos superiores, la gran batalla de aquel día iban a ganarla ellos. Superaban en combatientes y en armamento al enemigo que, a pesar de esta inferioridad numérica luchaba denodadamente, demostrando un coraje y sacrificio dignos de mejor causa.

Mario, el más joven de los dos enfermeros, pensaba con respecto a esto último que también ellos podían estar arriesgando sus vidas por otra causa mejor que una contienda asesina. No le transmitió sus pensamientos al compañero que con expresión angustiada fumaba a su lado, porque lo consideraba un patriota fanático muy capaz de perjudicarle por sus ideas pacifistas.

Paulatinamente el número de explosiones fue disminuyendo hasta detenerse finalmente dando paso a un silencio siniestro, lúgubre, trágico.

-Cuando esa densa nube de humo y polvo desaparezca un poco saldremos -le advirtió David tirando con desgana la colilla del pitillo que habían estado fumando.

– ¡Dios mío! La cifra de muertos será infinitamente mayor hoy que las de los días anteriores.

-Mientras uno de los muertos no seas tú, date por satisfecho -desdeñó su compañero.

Transcurrieron algunos minutos que parecieron eternizarse. Ellos dos no volvieron a hablar. Tampoco las armas.

-Vamos. Tenemos trabajo -ordenó David, que era quien llevaba la ligera camilla de campaña.

Salieron de su parapeto. Todavía la nube de humo y polvo dificultaba la visión. Empezaron a reconocer cuerpos de soldados caídos. Los diez primeros que encontraron eran de los suyos. Todos sin vida. El que hizo once pertenecía al ejército contrario. Algunos trozos de metralla le habían alcanzado en un costado y en el vientre -parte de sus tripas quedaban expuestas- y tenía además una pierna rota por varias partes. Mario había conseguido superar últimamente las nauseas y vómitos que le provocaban las horribles escenas que se veía obligado a presenciara diario. Escuchó un gemido proveniente del soldado extranjero. Se arrodilló junto a él. Armándose de valor examinó su rostro. Era una masa sanguinolenta. Tenía reventados los ojos. Puñados de asquerosas moscas recorrían sus destrozadas facciones, zumbaban satisfechas, celebraban el banquete que se les ofrecía.

-Madre… agua… -le escuchó susurrar.

Para Mario, cuyo corazón oprimía el cepo de la lástima y el espanto, aquel desdichado dejó de ser un enemigo para convertirse en un hermano sufriente. Él entendía su lengua porque la había estudiado. Antes de que estallara la guerra Mario trabajaba en la recepción de un hotel y hablaba tres idiomas. Acercó su cantimplora a los labios del moribundo. Éste, luego de beber un sorbo, dio débilmente las gracias. Mario le contestó en su mismo lenguaje, que no las merecía. Entonces, el agonizante, creyendo tenía junto a él a un compatriota le preguntó en lo que ya era un mínimo hilo de voz:

-¿Hemos ganado… la batalla…?

Mario solamente lo dudó un instante. El tiempo justo que tardó en comprobar que su compañero no se hallaba cerca y por lo tanto no podría acusarlo de alta traición.

-Sí, hemos ganado la batalla.

Algo parecido a una sonrisa torció los medio destrozados labios del soldado contrario, que acto seguido torció el cuello y expiró llamando a su madre con el agónico resto de voz que le quedaba.

El camillero sintió que un sollozo seco, lacerante le rompía el pecho por dentro. Y sus ojos comenzaron a verter lágrimas. Lloraba, no sólo por este soldado muerto, sino por todos los soldados del mundo entero, mientras roía sus entrañas un dolor inconmensurable, una impotencia infinita y una  rabia que alcanzaba a la humanidad entera.

De pronto, se reanudaron los ensordecedores bombardeos. Su compañero se reunió con él.

-¿Qué haces aquí  sujetando  la cabeza  de un enemigo muerto? -le preguntó escandalizado.

-Es mi hermano -logró murmurar Mario.

-Si, un hermano que si estuviera vivo intentaría matarte, ¡idiota! -consideró David, despectivamente sarcástico-. Vamos a ponernos a cubierto. Eso hijos de puta han comenzado a bombardear de nuevo.

Mario le siguió. El instinto de conservación continuaba vivo en él. Llevaban recorrido unos pocos metros cuando un proyectil de gran potencia estalló muy cerca de ellos haciéndoles saltar por los aires convertidos en dos muñecos destrozados. Y en el último soplo de vida que les quedó a ambos, al igual que el soldado enemigo, tuvieron en los labios el nombre de su madre querida.

MUJERES Y HOMBRES, Y GALLINAS Y GALLOS

Marujita Gómez y Adolfo, su marido, llevaban diez años de matrimonio y su relación iba de mal en peor. Marujita era apasionada y celosa, dos condiciones que casi siempre combinan mal. Últimamente, a ella se le había metido en la cabeza que Adolfo le era infiel. ¿Pruebas que lo confirmaran? Sólo aquellas que ella suponía, pues su marido juraba y perjuraba que para él no existía en el mundo otra mujer más que ella.

-Pues si eso es cierto, ¿por qué no me haces el amor todos los días? -esgrimía ella este argumento que consideraba irrebatible.

Adolfo echaba mano siempre de la misma defensa, que a los ojos de su consorte era artera y en absoluto creíble.

-Llego a casa muy cansado la mayoría de los días. Tan cansado que me siento más muerto que vivo. Tú no tienes ni idea de lo que agota abrir zanjas con el martillo neumático.

-Pues diles que te den otro trabajo más descansado. Haz valer que llevas ya cinco años trabajando para el ayuntamiento.

Ni la exigencia de ella, ni la justificación de él cambiaba nada entre ellos.

-Ya me ha dicho el encargado, que es un hijo de muy mala madre, que si no me gusta trabajar con el martillo puedo marcharme, que tiene a cincuenta desesperados por ocupar mi puesto y que encima le estarán enormemente agradecidos.

-Excusas nunca te faltan. Pues mira una cosa, Alberto, como yo descubra que me la pegas con otra, te arranco los ojos y te dejo para vender cupones que por lo menos sabré dónde estás, y como no podrás ver a ninguna otra, tendrás que conformarte conmigo. Esto te lo juro por lo más sagrado.

Marujita se apuntó a una agrupación de Mujeres Traicionadas, aunque ella ninguna prueba tenía de serlo o de haberlo sido y, un sábado forzó a su marido a que la acompañara a una excursión que el grupo había organizado. En la excursión iban a visitar un antiguo monasterio, unas aguas termales y una granja donde comerían unos entremeses variados y una caldereta de cordero.

Los asistentes a la excursión eran cuarenta y tres mujeres -contando la conductora del autocar- y dos hombres. Ni que decir que Adolfo y al otro congénere suyo, que se llamaba Anacleto, recibieron un sinnúmero de miradas aviesas de muchas féminas rencorosas. En un momento que pudieron dirigirse la palabra, el tal Anacleto dijo a Adolfo:

-Qué difícil es ser hombre en el mundo actual, ¿verdad?

-Y más difícil nos lo van a poner, cuando ellas manden ya en todo.

-Que será casi mañana mismo.

Lo único que les alegró por un momento fue que los dos eran forofos del mismo equipo y todo apuntaba a que iba a ganar la liga nacional de fútbol. Pero enseguida llegaran sus consortes:

-Qué, hablando mal de nosotras, ¿verdad? -le soltó la cónyuge de Anacleto que con el cabello más corto y un par de guantes habría podido pasar por boxeador del peso  pesado.

-Hablábamos de fútbol -se arrugó él.

-Es lo único que les interesa, y a nosotras que nos parta un rayo -remató la consorte de Adolfo.

Debido a que llegaron a la granja con tiempo sobrado, fueron invitados a dar una vuelta por sus establos, porqueras, cercados y la orilla del riachuelo que tenían cerca donde gran número de ranas, asustadas por los excursionistas, se lanzaron al agua poblada por muchos peces pequeños y muy pocos grandes. Los ciudadanos, cada vez más alejados de la naturaleza, demostraron gran interés por todo aquello que ya les quedaba tan lejos.

Al abuelo de la familia que llevaba la granja, hombre extrovertido y parlanchín, le cayó en gracia el matrimonio Gómez, y viceversa. Y el hombre les estuvo enseñando los diferentes animales que tenían en la granja. Un par caballos, una piara de cerdos, media docena de corderos. El matrimonio no hizo ningún comentario hasta que llegaron al gallinero donde un gallo de cresta muy roja paseaba con aire presuntuoso entre la veintena larga de ponedoras.

-Que chulo el gallo -comentó, admirada, Marujita.

-Está muy orgulloso de sí mismo porque todos los días hace el amor.

Marujita, más admirada todavía, queriendo hacerse la graciosa y de paso mortificar a su esposo, volviéndose hacia él manifestó despectiva:

-Toma ejemplo, marido. Ese animal todos los días y tú ya ni una vez a la semana.

Picado en su amor propio, el hombre cometió el error de preguntarle al anciano:

-Oiga, ¿y todos los días lo hace el gallo con la misma gallina?

-Por supuesto que no. Cada día lo hace con una gallina diferente.

Marujita creyó que con esta pregunta su marido acababa de demostrar su infidelidad.

-En cuanto lleguemos a casa, te saco los ojos, traidor -amenazó dirigiéndole una mirada fulminante.

Creyéndola capaz de cumplir su amenaza, Adolfo cogió un taxi para que lo llevase directamente a casa de su madre, a la que pidió amparo y protección.

Debido a esta mala experiencia conyugal, después de conseguido el divorcio, Adolfo pasó a preferir la compañía masculina a la femenina.


ORFEO Y EL ASUNTO DEL PERRO

Yo salía de los urinarios públicos y mi primo Orfeo iba a entrar. Reparé enseguida en que él llevaba una mano vendada.

-¿Qué te ha pasado esta vez, primo? -dije sorprendido, pues no hacía ni un mes que le habían quitado la escayola de la pierna que se rompió al empujarlo la adultera por la ventana del primer piso donde ambos se estaban refocilando sin permiso del marido que, encima era muy celoso.

-No me hables. Menuda racha llevo -poniendo justificada expresión de víctima recalcitrante -. Acompáñame dentro y te lo cuento.

La curiosidad es una trampa con la que a mí me cazan muy fácilmente. Entramos. Había varios tíos desaguando, unos con caras de alivio y otros como malhumorados por tener que realizar tantas veces al día esta función de tan poco mérito.

No he contado que mi primo llevaba la mano además de vendada, en cabestrillo. Antes de acercarse al urinario, Orfeo me dijo al oído algo que me escandalizó.

-¿Te has vuelto loco, primo? -le reprendí-. Qué pensaría de mí la gente si yo te ayudara en eso? De ninguna manera. Tengo una honorabilidad que defender, y muchas ganas de hacerlo.

Él, dolido:

-¡Lo sabía! Sabía que el primer favor que te pidiera en mi vida, me lo ibas a negar. Más me valdrá de ahora en adelante confiar más en extraños que en los que llevan mi misma sangre.

-Sangre sólo por parte de padre -alegué en mi defensa.

Por suerte a mi primo no se le ocurrió demandar a ninguno de los presentes la ayuda que me había solicitado y yo negado prestarle. Exageró al máximo la maniobra, y todo el mundo se dio cuenta de que estaba utilizando una sola mano -la sana- para abrir la cremallera de la bragueta y lo que siguió de inmediato, que por discreción no describiré. Hubo algunos que como yo esbozaron sonrisas de burla, pero también los hubo que mostraron compasión, y un jovenzuelo de aspecto querúbico se le ofreció para lo de la sacudida final. Aquí mi primo, muy digno le dijo:

-Aparte de la mano mía, sólo admito manos amigas en ciertas partes muy íntimas de mi anatomía. Gracias por tu oferta de todas maneras. Seguramente, si no tuerces el buen camino que ahora llevas, acabes ganando el cielo. Las buenas acciones las premian siempre en el reino de los cielos

-¡Desagradecido! -le soltó el voluntario, marchándose ofendido, con la cabeza muy alta y los brazos tiesos y pegados a los flancos.

Cuando mi primo Orfeo se reunió conmigo, que lo esperaba al lado de la puerta, me mostró un par de manchitas húmedas, insignificantes, en sus pantalones y me dijo, acusador:

-Esto ha sido culpa tuya. Cárgalo sobre tu conciencia.

-Huy, no sé si mi conciencia aguantará tan enorme carga -respondí con una carcajada que multiplicó su volumen la favorable acústica del meódromo.

Lo abandonamos. Orfeo me hizo chantaje enseguida.

-A esta hora si quieres que te cuente lo que me ha pasado, tendrás que invitarme a un aperitivo acompañado de una ración de almejas.

Se detuvo para arreglarse el pañuelo que anudado tras la nuca le sujetaba el brazo que mantenía todo el tiempo formando una ele. Como con él siempre salgo perdedor, intenté que la pérdida fuera la menos posible.

-Un aperitivo y un pincho de tortilla.

-Si vas a tratarme con tacañerías, me voy para casa y no te cuento nada.

-Joder, joder, siempre me chuleas -lamenté-. Más que un primo, lo que tú eres para mí es una sanguijuela.

El bar que nos quedaba más cerca era el de la Culona, mujer de unos cuarenta y cinco años más elevados para arriba que decantados para abajo. Por capricho de la naturaleza es guapa de cara, pero para desgracia suya el capricho de aquélla no pasó de ahí. De cintura para arriba esta señora es una cosa normal, de cintura para abajo sólo tiene trasero y además, parece que no encuentra bragas del tamaño que necesita pues se las sube todo el tiempo porque no se le sujetan en la cintura.

-Dos aperitivos y media ración de almejas-pedí por si colaba.

-No hagas caso de mi primo, Encarna, que está siempre de broma, Ponme la ración entera y bien servida, que el cariño que te profeso, bien lo merece.

A ella le gusta la sonrisa sinvergonzona de mi primo. En este mundo hay gustos para todo.

-Ya me he dado cuenta de que me miras siempre con ojos golosos -se hizo ilusiones ella, subiéndose sin disimulo aquello que no paraba de bajársele.

-Golosísimos -afirmó mi primo enseñándole la dentadura y la lengua gorrina.

En recompensa ella le devolvió un remeneo de lo que tan de sobras tenía en su cuerpo.

Cuando la mujer nos hubo servido los aperitivos y las almejas, buscamos una mesa vacía y la encontramos. Mi primo con solemnidad de sibarita consumado pinchó una almeja y luego de depositarla con elegancia dentro de su boca dijo poniendo ojos de deleite supremo:

-¡Guau, qué rica! ¿Por qué me gustaran a mí tanto las almejas?

-Porque sólo las comes cuando te las pago yo -dije así de claro.

-Mira, el lotero. Anda primo, compremos un décimo a medias. Mi parte te la pago mañana, y el número lo guardaré yo porque tú eres muy distraído y olvidadizo y puedes perderlo.

-Ni hablar. Ya he cometido mi imbecilidad del día y no esperes que cometa ninguna más.

-Hay que ver cómo eres. Renuncias a tu suerte, con tal de fastidiarle la suerte a otro ser humano que, encima lleva tu misma sangre.

-Con lo mal que te portas conmigo, sangre mía debes llevar poquísima. Dos o tres gotas, a lo sumo. ¿Me vas a contar de una vez lo que te ha pasado en la mano y que tan caro me está costando?

-Lo de la mano es un mordisco.

-Un mordisco de perro -aventuré creyendo que ejercía de adivino.

-No, no. Hubo un perro que mordió también, pero no a mí. Si no me interrumpes con tus especulaciones, te lo iré contando.

Por miedo a que no lo hiciera callé observando que, con todo el teatro que había hecho con su mano, ésta sí le valía para ir pinchando con el tenedor las almejas y llevárselas a la boca.

-Verás, se bajó una señora de un Rolls-Royce dorado.

-¡Joder! -sorprendido.

-No empieces a interrumpirme, ¿eh? -amenazó.

-Lo dije para mí -justifiqué.

-La señora del coche lujoso dejó en el suelo un perro inmaculadamente blanco, que llevaba con ella. Ni grande ni chico. Una cosa mediana, que lucía un collar de diamantes alrededor de su cuello -por temor a que cumpliera la amenaza que había recién realizado no le pregunté si el detalle del collar de diamantes no era fruto de su imaginación-. De pronto un indigente que en aquel momento pasaba por la calle tuvo la desdichada ocurrencia de acercarse a la ricachona a pedirle una limosna. Ella lo miró desconcertada. Quizás era el único pobre lastimoso que había visto en toda su regalada existencia. Resultó evidente que ella no sabía cómo reaccionar ante aquella insólita situación que nunca antes debía habérsele presentado. Pero el que sí supo cómo reaccionar fue su bonito perro blanco que, sin mediar ladrido alguno, se fue para el mendicante y le arreó un considerable bocado en su huesuda pantorrilla.  El así agredido lanzó un bramido de dolor y acto seguido, con la pierna buena, le arreó tan descomunal patada al perro que lo levantó varios metros del suelo. El animal mantuvo un aullido ensordecedor mientras subía por el aire, aullido que terminó al aterrizar el animal sobre el pavimento, con los hocicos por delante. Entonces, levantándose medio grogui, se escondió dentro del coche cuya puerta mantenía abierta un serio, circunflejo, uniformado chofer. Yo me figuré entonces que el pedigüeño iba a darse por satisfecho con su venganza, pero no fue así, porque se fue hacía la ricachona y diciéndole que toda su vida había estado manteniendo vivo el deseo de darle a conocer el dolor a algún privilegiado de la fortuna, le arreó un feroz mordisco en su mórbido y perfumado hombro. Ella lanzó un grito tan elevado de decibelios que temblaron las lunas de los negocios que teníamos más cerca.

-¡Qué barbaridad! Qué conjunto de desatinos, primo -reconocí, perplejo a más no poder.

-Pues te falta todavía oír el desatino mayor -afirmó él tragándose la última almeja de la ración-. El Quijote que llevo dentro me impulsó a intervenir. Me acerqué a la señora y la dije, que el necesitado -que por cierto había escapado corriendo- había obrado mal, pero también lo había hecho su impulsivo y mordedor perro. Ella, sin abrir sus ojos, histérica perdida, cogió mi mano y supongo que creyendo que era la de su agresor, me la mordió con todas sus ganas. Ay, primo, para cuando pude cerrar la boca por la que abierta al máximo había lanzado yo mi alarido de dolor, ella se había metido dentro del coche y el chofer uniformado se la llevó junto al chucho blanco y cobardón.

-Que canallada -reconocí indignado.

-Pues decirlo con toda seguridad.

Él se miró con ternura la mano herida que, terminadas las almejas había adquirido completa inmovilidad.

-Supongo que tomaste el número de la matrícula del Rolls-Royce y denunciaste el atropello sufrido -pedí hambriento de justicia.

-He retirado la denuncia.

-¿Y eso por qué? -dije con tono reprobatorio.

-Vino a visitarme el abogado de la ricachona y me dijo que si seguía adelante con la denuncia se me iba a caer el pelo, pues ella mostraría su mordisco y alegaría que me mordió a mí en defensa propia.

-Eso es una cochinada grande como una casa -condené.

-¿Entiendes tú ahora porque sostengo a todas horas que los ricos ganan siempre y me empeño en ser de izquierdas?

-Por eso te mordió esa mano la ricachona: la izquierda -aventuré, bastante confuso.

Mi primo pareció advertir por primera vez este detalle.

-Te das cuenta, primo. He recibido un mordisco político.

-Todo es política dicen los que creen entender de eso. Supongo que el mendigo le mordió a la millonaria su mano derecha.

-Pues no. El muy desorientado le mordió la izquierda.

-Vivimos tiempos de absoluto desconcierto. Creo que los pobres no sabemos porque lo somos, mientras que los ricos sí saben porque son ricos.

-Paga, primo, y no nos amarguemos más de lo que ya estamos -concluyó él.

Orfeo fue más rápido que yo y se me adelantó cogiendo el cambio que la Culona me había devuelto. Se acercó a la máquina tragaperras, le echó una moneda y el tramposo artilugio se volvió loco pues tocó a arrebato y comenzó a soltar una catarata de dinero. Todos los presentes se volvieron a mirarnos con ojos cargados de envidia y, del pasmo la Culona dejó tranquilas sus bragas caídas.

-Supongo que iremos a medias, primo -manifesté, esperanzado-. La moneda que le metiste a la tragaperras era mío.

-El dinero será del que sea, pero la buena suerte ha sido solo mía.

Y tal como me había dado a entender muy claro, se quedó con toda la pasta. No pienso hablarle a mi primo Orfeo, en lo que me resta de vida. La tolerancia, al igual que la minifalda, tiene un límite que, sobrepasarlo, es inmoralidad.