UN PAR DE BANDERILLAS (tercer fragmento)

Uno de los morlacos les miraba; el fondo oscuro de sus ojos salvajes y traidores emitiendo un centelleo avieso. Su pelaje era de color zaino y poseía una cornamenta  amplia y afilada. El otro toro, negro también, les ignoraba.

-Hay dos banderillas en el suelo, primo -apuntó  Maoliyo bajando un poco la cabeza para escapar del dorado chorro de sol que, tras elevarse por encima de los edificios próximos, le estaba dando en la cara.

Julito le adivinó el pensamiento.

-Podrían ser una banderilla para cada  uno, ¿no?

En aquel momento,  el cornúpeta que les estaba observando se incorporó. Cojeaba ostensiblemente de una de sus patas traseras. Inclinó la testuz y empezó a comer el pienso que contenía el barril cortado por su mitad y colocado encima de un soporte de hierro.

-¿Vamos a por ellas, primo? -propuso el más atrevido de los dos.

-¿No tienes miedo, Maoliyo?

-Algo sí tengo, Julito; pero me lo aguanto.

-Bueno, pues lo mismo haré yo.

-Vamos para allá. Pero estate  preparado  para salir cagando leches si se viene para nosotros una de esas fieras, ¿eh? ¿Me has escuchado?

-Digo. Me tiemblan las piernas, primo.

-Si no piensas en ello, lo notarás menos, primo.

Ciertamente mostraban notorio tembleque las flacas piernas que asomaban por debajo de los pantalones cortos de los dos chicuelos. Dentro de sus pechos  sonaban a arrebatados tambores sus corazones. Y brillaba en sus ojos el coraje y el fatalismo característicos de la raza a la que pertenecían.

La distancia a recorrer hasta los palos era de unos cuatro metros y, a otros seis más se hallaba la res que no les perdía  de vista.  Los dos primos avanzaron el uno al lado del otro, despacio, tratando de transmitirse mutuamente valor, mentalizados para salir flechados hacia las tablas y salvarse pasando por entre medio de ellas sus flacos cuerpos.

No se hablaron, ni tan siquiera en susurros. Imposible hacerlo. Las pelo- tas del miedo bloqueaban sus gargantas. El tiempo se fue desgranando en segundos muy alargados. Ni el uno ni el otro prestaron oído al par de vehículos pesados que acaban de entrar en el recinto ferial. Ni tampoco a los primeros feriantes que se disponían a iniciar el  desmonte de los artilugios mecánicos de su propiedad. Una nueva feria les estaba aguardando en otro sitio.

Las negras pupilas del toro se encogieron. Tensó sus orejas. Expandió las aletas de su nariz. Una de sus patas delanteras escarbó el suelo.

UN PAR DE BANDERILLAS (SEGUNDO FRAGMENTO)

SEGUNDO FRAGMENTO

Al llegar a la plaza vieron  a un chucho esquelético y sucísimo comiéndose con avidez un churro pisoteado. Y en uno de los bancos de hierro descubrieron el cuerpo tendido de un hombre. Su inmovilidad era absoluta.  Apestaba.  Parte de sus ropas aparecían cubiertas de vómito. Con una mezcla de curiosidad y temor, los dos chiquillos se acercaron a él. Consideraron:

-Menuda borrachera debe haber cogido el tío.

-No estará muerto, ¿verdad, Maoliyo?

Observándole con mucha atención, pudieron percibir que su pecho subía y bajaba lentamente.

-Respira. Está vivo.

Les produjo alivio esta apreciación. Asusta tanto la muerte. Se alejaron de él. Julito se agachó a coger la varilla de un cohete. Sirvió para que ambos comentaran, entusiasmados, la espectacular maravilla de explosiones multicolores que había sido el castillo de fuegos artificiales de la noche anterior. Todavía eran capaces de ver, en el registro guardado dentro de su memoria, aquellas saetas de fuego rasgando la negrura del cielo antes de estallar en magníficas, continuas cascadas de estrellas multicolores y deslumbrantes. Con que fruición aspiraron entonces el fuerte olor a pólvora quemada que impregnaba todo el aire. Con qué exultante placer contribuyeron al clamor de admiración que formaron las gargantas de cuantos presenciaron aquel apoteósico espectáculo luminoso y atronador.

Habían llegado al solar donde, al otro lado de un cercado de troncos y tablas estaban los dos toros que, luego de recibir un puyazo y dos pares de banderillas, habían retirado la tarde anterior de la plaza  portátil, por defectuosos. Estaban los dos tendidos en el suelo, medio adormilados. En las heridas que presentaban en lo alto de sus lomos empezaban a hacinarse algunas moscas despertadas por el ancho rayo de sol que acababa de hacer acto de presencia colándose por entre la cañada de viviendas que formaba la ancha calle situada a Levante.

Tomaron asiento los chiquillos en lo alto  del vallado de tablas que ser- vía de cerca. Sentían, como la gran mayoría de los españoles, una auténtica fascinación por estos animales legendarios que simbolizan la fuerza, la bravura, la muerte y, en muchos casos, también la nobleza encomiable.

-Que grandes son y que enormes sus cuernos, ¿eh, Julito?

-Para cagarse de miedo, Maoliyo.

Y como van tan ligados de toda la vida toros y toreros,  coincidieron los dos primos en que un hombre valiente y con arte podía enriquecerse en el toreo, ahorrando  castigar, como sus progenitores, el cuerpo de sol a sol intentando sacarle a la mala y dura tierra que poseían, poco más que el sustento diario.

-Toreros es lo que deberíamos hacernos tú y yo de mayores.

-Eso. Y ganar el  dinero a espuertas  y comprarles a nuestros viejos  un buen cortijo en el que hubiera de todo, y no faltara de nada.

-Y comprar un camión lleno hasta arriba de jamones, para que toda nuestra familia comiera hasta reventar.

La magia de los sueños adorno con hermosos destellos las negrísimas pupilas de ambos arrapiezos. Y sus aniñadas bocas las entreabrió el resorte de la ilusión.

UN PAR DE BANDERILLAS (primer fragmento)

LOS DOS PRIMOS

Tardaron los primos casi media hora en llegar a la zona donde durante una semana había disfrutado de su feria de primavera el barrio de los Altramuces. Todavía flotaban en el aire partículas del olor dejado por los pinchitos morunos, las patas de pulpo a la plancha, el algodón de azúcar, las almendras garrapiñadas y las patatas fritas.

Por la parte de levante se anunciaba el alba con su ruborosa claridad. La luz de las farolas del alumbrado público, puesta todavía, se tornaba mortecina, innecesaria.

Un vientecillo suave, algo húmedo, agitaba las banderitas de colores, los farolillos de papel y las guirnaldas también de papel. El barrio, así vacío, tenía un aspecto fantasmal. Sus vecinos, todavía en la cama, se recuperaban del empacho, de  la diversión y el trasnoche del día anterior. Una fina capa de polvo cubría las hojas y ramas de los árboles y el suelo del recinto ferial se hallaba sembrado  de papeles, envases, restos de comida, colillas… Noria, montaña rusa, tiovivo, casetas y demás atracciones aparecían cerradas, solitarias, inmóviles igual que enormes monstruos dormidos.

El silencio y la soledad  reinante sobrecogían  un poco el ánimo de los dos chavales tempraneros. Sus ojos, muy abiertos, registraban ávidamente cada palmo de terreno. De vez en cuando, por entre toda aquella porquería encontraban alguna moneda  o billete generalmente de poco valor, que les recompensaba el esfuerzo y el madrugón. Hallaron  en el alféizar de una ventana una bolsa casi llena de patatas fritas sabor a ajo con queso. Mientras se la comían, animándose de repente, comentaron lo mucho que se habían divertido la noche anterior lanzando “buscapiés”, viendo como los petardos zigzagueando a ras de suelo se metían soltando chispas entre las piernas de las chicas arrancándoles cómicos, escandalosos chillidos de miedo.

-La feria debería durar un año entero, ¿eh, Maoliyo? Aunque luego le duela a uno el estómago de comer tantas golosinas.

-Sí, Julito, un año entero y un mes más de propina -rió el interpelado.

A los dos causaba profunda melancolía pensar que, dentro de un par de horas, tendrían que coger las mochilas y marchar al colegio. Y no podrían hacer novillos de momento hasta que se les pasara a sus madres el colosal enojo causado por la carta del director del centro de enseñanza poniendo en su conocimiento las continuadas ausencias a clase de sus retoños. Adivinándose el uno al otro los pensamientos, masculló despectivo Maoliyo:

-Menudo chivato está hecho don Damián, el director.

-Pues anda que don Antonio, el maestro. Más todavía.

Desahogaron su momentáneo malhumor dándole patadas a una lata de refresco vacía. El hallazgo de un billete todo arrugado y sucio, junto al bordillo de la acera, les devolvió el contento y treparon por la gozosa liana de los recuerdos recientes, agradables.

-Lo pasaron fenómeno anoche nuestros viejos bailando, ¿eh, Julito?

-En la vida les hemos visto más felices. Estaban como jóvenes.

-La gente debería ser feliz todo el tiempo. Es muy bonito ser feliz, ¿verdad, Maoliyo?

-Sólo los ricos, que andan sobrados de todo, pueden ser felices todo el tiempo; los pobres no -muy convencido el niño.

-¡Pues me cago en la leche!

-¡Y yo me cago en el café!

Les entró la risa. Poseían facilidad para contagiársela el uno al otro.

-Cuando seamos mayores, tendremos que pensar seriamente en eso de ser, igual que nuestros padres, pobres siempre.

-Sí, habrá que pensarlo muy seriamente.

Su corta edad  no era impedimento para que imaginaran  el futuro como un algo amenazador además de desconocido y lejano todavía.


DESPEDIDA MUY BIEN ORGANIZADA (último fragmento)

Salen a la puerta. Carmela espera a que estén algo más cerca las dos mujeres conocidos que vienen por la acera, para ponerse a propagar con voz desgarrada:

—¡Ay, Dios de los cielos, que penita tan grande la mía…! Compadeceros de mí. La pobrecita de mi suegra… Mi suegra de mi alma acaba de morirse. El Señor ha tenido a bien llevarla con Él… y aquí estoy yo sufriendo una tristeza que me ahoga…. ¡Ay, pobrecita suegra mía! Hace sólo un ratito que estaba llena de vida… y ahora ya no es más de este mundo. ¡Ay, qué dolor tan grande tengo dentro del pecho…! ¡Qué pena tan honda la mía…! ¡El corazón me sangra del pesar tan grande que tengo…!

Carmelita todo lo que puede hacer es mirar fascinada, boquiabierta de admiración a la autora de sus días. Pero que teatrera es. ¡Qué convincente resulta su falso dolor!

En nada de tiempo se ven las dos rodeadas de una multitud de gente, solícita, llorosa, compadecida. Entran en el interior de la casa. Las vecinas se traen sillas. Un duelo de pie resulta demasiado incómodo, además de quitarle bastante solemnidad. También traen tazas de tila las mujeres que viven cerca. Llegan con sus trenos las lloronas que no se pierden difunto alguno. Un vecino se ofrece para ir al campo a darle la noticia al hijo de la fenecida. Le recomienda Carmela, bañada en llanto, acompañándose de profundos hipidos:

—Díselo poquito a poco, Manuel… No le vaya a dar algo malo a mi pobrecito Paco… Ya sabes cuanto quiere a su santa madre…

Cien voces se compadecen de ella:

—¡Pobre Carmela, cuantísimo te ha afectado la muerte de tu suegra! Hija suya que fueras, no habrías sentido más su pérdida.

Carmelita sale por fin de su estado de alelamiento y empieza a forzar un llanto que no tarda en venirle. Se acercan sus amiguitas a darle el pésame. Carmelita las ve ahora con ojos diferentes. En el poco rato transcurrido desde que se separó de ellas, ha vivido una extraordinaria experiencia que la ha hecho madurar mucho. <<Son unas crías todavía; nada saben del mundo de los adultos>>, juzga. Y arrecia su derrame de lágrimas consiguiendo con ello que varias mujeres, apiadándose de su bien interpretado pesar, se acerquen a hablarle con todo cariño. Y Carmelita goza plenamente del notable protagonismo que la están concediendo en esta luctuosa ceremonia.

DESPEDIDA MUY BIEN ORGANIZADA (tercer fragmento)

Carmela, que no ha perdido el aplomo en ningún momento, replica otra falsedad más:

—La suerte la hemos tenido las dos, señora Felisa: ella de haber encontrado una buena nuera, y yo una buena suegra.

—Así es, hija. Así es. Dile a Emilia que se pase por aquí un momentito cuanto ella pueda. Quiero pedirle que me haga un mantelito de punto para la mesa del brasero.

—Se lo diré. No se preocupe usted. Debo irme, señora Felisa. En una casa hay siempre tanto que hacer.

Carmelita alucina. Está descubriendo que su madre es la mayor embustera de todo el pueblo.

—Ay, hija, todo el mundo con las prisas hoy en día. Es como una enfermedad de la que se contagian todos —se queja la tendera—. Recuerdos a la abuela.

—De su parte, señora Felisa.

Abandonan la tienda madre e hija. A buen paso la primera, al trotecillo la segunda para no quedarse atrás.

—La tía cotilla. No se quedara muda —murmura, desea, Carmela—. Llévame el bolso —ordena a su hija, dejando el envase de pintura un momento en el suelo para cambiarlo de mano—. El maldito bote pesa lo suyo.

Dos minutos más tarde están de nuevo en casa. La difunta sigue tal como la dejaron.Carmela prepara un cubo con agua y una fregona. Se hacetambién con una brocha y unpalo. Remueve con este último la pintura para mezclarla bien.

—¡Venga, niña, despabila! —apremia—. Yo pinto y tú vas detrás de mí limpiando las gotas que se caigan al suelo.

Acostumbrada ya a guardar silencio, Carmelita dice que sí con la cabeza. Una pinta con rapidez, la otra limpia, mirando de reojo a la yaciente en la cama. <<Como se levante de pronto la abuela pidiendo la merienda, yo salgo pitando de aquí>>, considera la nieta. Les lleva la tarea algo más de una hora. Carmela, sin resuello, los brazos doloridos, lo guarda todo en el trastero.

—Con este airecillo que entra por la ventana abierta, en unos pocos minutos estarán secas las paredes —calcula. Se pone en jarras muy cerca de la difunta y, vengativa, le dice con voz cargada de resentimiento—: ¿Qué…? ¿Se da usted cuenta ahora de lo poco que somos, Emilia? Tanta soberbia, orgullo y mala leche ¿de qué le han valido? Le han valido para morirse igual que cualquiera. Ni más ni menos. Ni menos ni más. Espero que Dios le haga pagar bien caro todo lo que, mientras ha vivido, me ha hecho sufrir a mí. Yo, para que vea lo buena que soy, la perdono —se vuelve hacia su hija que la observa embobaday ordena, enérgica—: Vamos a arreglarnos. Vas sucísima, hija. Te pondrás el vestido azul oscuro.

—Me viene muy chico —le recuerda la niña.

—Pero es el mejor que tienes y muy adecuado para la ocasión.Como tu padre es igual de encogido que su madre, no se gasta un céntimo en comprarnos ropa a nosotras.

Carmela por no escandalizar más a la niña, se guarda el acusar de más cosas a su consorte.

—La que tiene vestidos preciosos es Encarnita Tomales. Ocho tiene, mamá, a cuál de ellos más bonito.

—Su padre tiene una importante empresa y gana mucho —dice con un tonillo de envidia Carmela—. En este mundo hay gente que tienesuertey otra gente que tiene una mierda.

Se lavan un poco, se peinan y cambian de atuendo.

—Ahora ya se pueden enterar todos los del pueblo, de lo que ha pasado aquíesta mañana —decide entoncesCarmela; en sus manos lleva dos pañuelos de su marido porque son mucho más grandes que los suyos—. Coge tú uno —apremia a su hija.

DESPEDIDA MUY BIEN ORGANIZADA (fragmento segundo)

           —¡Calla, tonta! ¡Qué te van a oír en la calle! —le reprende furiosa, su progenitora, mirándole con ojos fulminantes—. Tú abuela está muerta, y bien muerta… —se guarda para ella el “gracias a Dios” que tenía ya en la punta de la lengua. Tampoco está bien escandalizar a la pequeña. De pronto repara en las paredes; están  acribilladas de manchas de sangre de los mosquitos reventados a zapatillazos por su aborrecida suegra. Piensa en voz alta—: Esto no puedo dejarlo así. Las más pécoras del pueblo me pondrían como los trapos. De puerca para arriba todo lo que les vendría en gana. Tendré que darle una capa de cal al cuarto. ¡Maldita vieja! En vez de usar insecticidas, ella matando los mosquitos a lo bestia. ¡Qué calvario el mío, Señor!

          —Ma, que la abuela me aplasta. Quítamela ya de encima — gimotea la niña a punto de caerse para atrás, sintiéndose ya incapaz de seguir sosteniendo tanto peso.

         Carmela se vuelve hacia ella. Demasiado tarde. La chiquilla ha soltado el cadáver para que éste no le arrastre en su caída. Suena un golpe secó al chocar la cabeza de la muerta contra el suelo. La chiquilla aterrada mira a su madre los brazos en alto para defenderse de las bofetadas que cree va a recibir. Pero no hay castigo. Carmela comenta en un tono de macabro humor:

         —Si tu abuela no hubiera estado ya muerta, ahora sí que lo estaría. Vamos a ponerla otra vez en lo alto de la cama.

         Colocan a la fenecida encima del lecho puesto de limpio. Sudores y jadeos les ha costado la tarea.

         —Niña, voy a llegarme hasta la tienda de la Felisa a comprar  un bote de cal para pintar este cuarto.

         —¡Ni hablar, ma! Yo no me quedo sola con la abuela —replica presto Carmelita, en ningún momento libre del pavor que la tiene presa—. No vaya a pasar con ella lo que pasó con el viejo Anselmo, que resucite de pronto pidiendo la merienda, y yo me muera del susto.

       —Bueno, vente conmigo, pero sin abrir la boca para nada, ¿eh? Que luego la Sra. Felisa lo cuenta todo. ¿Estamos? Cuando a mí me convenga ya diremos a todo el mundo que se ha muerto la abuela. ¿Entendido?

         Carmelita asiente. Cualquier cosa menos quedarse a solas con la extinta.

          La propietaria de la tienda situada al final de la calle, se halla sentada ella detrás del pequeño mostrador. Ningún cliente con ella. Es una mujer gorda, dos pelotas coloradas por mofletes y ojos de rana insomne; la persona más parlanchina, cotilla y curiosa de toda Corraleja, que no es decir poco.

         —Un bote de cal  de los medianos —pide Carmela señalando con la mano el lugar donde están apilados los mismos.

        —Cógelo tú misma, hija. Hoy tengo las piernas que no me sostienen. Hinchadísimas. ¿Qué vais a pintar?

        —Unas manchas de humedad  en una pared del salón.

        —Eso podría venirte de alguna tubería rota. Mi hermana Paca

también tenía unas manchas de humedad en la cocina y le venían de eso. Por cierto, que le arregló la avería Paco el Peladilla y no veas lo caro que le cobró. A ése no lo recomendaré yo a nadie que necesite un fontanero. Menudo sinvergüenza está hecho.

         —Pues ya veremos a ver —Carmela coloca encima del pequeño mostrador el envase que acaba de coger.

         La Sra. Felisa se fija en Carmelita.

         —¿Y tú no dices nada, niña? ¿Es que se te ha comido la lengua un gato?

        La chiquilla mira de reojo a su madre, encoge los hombros, se retuerce nerviosamente las manos y mantiene la boca fuertemente cerrada.

        —Que tímida es tu hija, Carmela. Desde luego no ha salido a ti. ¿Y la abuela? No la he visto hoy.

        Carmelita escucha con la máxima atención, la cabeza baja, mordiéndose el labio inferior. A ver qué dirá ahora su madre. La capacidad de su progenitora, para improvisar y mentir la deja perpleja una vez más.

        —En casa la hemos dejado. Está algo pachucha hoy. Cosas de la edad.

        —¡Ah!, es una mujer muy fuerte tu suegra, Carmela. Un roble. Ya me cambiaba yo por ella, y eso que yo soy bastante más joven. Seguro que Emilia nos enterrará a todos —pronostica la tendera—. Va a llegar a centenaria.

        —En estas cosas Dios tiene siempre la última palabra. ¿Qué le debo, Felisa?

        —Ya quisiera yo que mi nuera me quisiera a mí la mitad que tú quieres a tu suegra, hija.  Qué suerte tan grande ha tenido ella contigo.

 

UNA CHICA PERFECTA

Una chica perfecta

           La vio salir de una tienda y, al instante su corazón enloqueció. Pudo sentirlo dentro de su pecho advertirle, a golpes de trueno, que aquella era la mujer de su vida. La que había soñado infinidad de veces. Decidió seguirla. Un sabio presentimiento, le avisó de que si la perdía nunca más volvería a verla, hecho que lamentaría ya para siempre. La vida le había enseñado, que las cosas realmente buenas deben cogerse cuando se presentan, porque casi nunca repiten una segunda vez. Debía superar su timidez y hablarle. Pero ¿qué decirle que no le escandalizara, asustara, o molestara? <<Señorita, si usted y yo nos uniéramos, nunca más estaríamos solos, ¿verdad?>> Esto le parecería una solemne estupidez. Ella se detuvo junto a la marquesina de la parada del autobús. Ahora era el momento, o se arrepentiría el resto de su existencia. Se acercó hasta quedar delante de la joven. Ella levantó hacia él sus hermosos ojos, un brillo interrogante asomado a ellos.

—Tal vez la sorprenda lo que voy a decirle, señorita, tal vez no me crea, pero le juro que es la pura verdad: la llevo buscando toda mi vida.

Ella le dirigió la más luminosa sonrisa que él había visto jamás en boca femenina alguna, y respondió ilusionada.

—Que maravilloso es encontrar y ser encontrado. Un auténtico milagro.

Él sintió de repente que las olas de la duda le empujaban hostilmente en otra dirección. Y sufrió el inevitable temor de haberse equivocado.

UNA AVENTURA ESPECTACULAR (tercer fragmento)

          Transcurrieron un par de segundos de expectante silencio y de repente se abrió la puerta para dar paso a un botones con una llave en su mano, y detrás de él entró un individuo gigantón embutido dentro de una gabardina color marfil y con un maletín de cuero negro en su mano. Sobre la identidad de este último intruso se enteró inmediatamente Pepe Fiestas al exclamar Diana, aterrada:

        —Oh, God! Mio marito!

        Mientras el joven empleado del hotel quedaba paralizado de estupor, los ojos a  punto de salírsele de las órbitas y la boca descolgada un palmo, en la habitación se inició una actividad febril. El marido de la adultera dejó caer el maletín, lanzó un rugido de fiera rabiosa, al que no habría puesto ningún pero el más enfurecido de los leones, y que sirvió para helar la sangre que circulaba por las venas del aterrado Pepe Fiestas que, viéndole venir hacia él con el evidente deseo de matarle reflejado en sus furibundos ojos, dio un espectacular salto en el aire, eludió las manazas que buscaban su cuello y salió disparado hacia la puerta. Diana, mientras, aterrorizada, se puso a chillar histéricamente.

        Paco Fiestas, totalmente desprovisto de ropa corrió como una exhalación por el pasillo  donde se estaban abriendo ya muchas puertas por las que asomaban rostros alarmados. No se entretuvo en esperar el ascensor.  Estaba en juego su vida y cada segundo le era vital. Cogió las escaleras y, como si se tratase de una nueva modalidad olímpica, fue saltando a velocidad de vértigo y con temeridad suicida, los escalones de seis en seis. Su hombría campaneaba de un lado a otro como un cencerro loco.

          Al llegar al final de la escalera, el pudor frenó un segundo al fugitivo. Al otro lado de la acristalada puerta junto a la se había detenido, se hallaba el vestíbulo del hotel abarrotado de gente vestida. ¡Era para morir de vergüenza  exponerse  delante de todo aquel gentío, tal como lo había parido su buena madre! Pero escuchó a sus espaldas un ruido parecido a pisadas de elefante, y el recato se le esfumó. Abrió la puerta, se tapó con ambas manos la entrepierna —tan orgullosa unos minutos antes y tan humilde y descolgada en aquel momento— cruzó el repleto salón sembrando con su desnudez enorme sorpresa que se tradujo  en chillidos femeninos de muy diversa índole y airados insultos masculinos.

           La gran puerta principal se hallaba en aquel momento de par en par. Pepe Fiestas salió por ella veloz como un cohete. Afuera había dos taxis.  Se metió en el primero de ellos y le suplicó al taxista:

         —¡Por favor, salga usted pitando de aquí o será testigo de mi asesinato!

         El profesional de volante  mostró desconfianza.

       —¿Cómo sé yo que no ha cometido usted algún delito digno de ser castigado? La gente honrada no va por ahí desnuda.

        —El único delito que he cometido es dejar que una tía me sedujera y, mientras ella me estaba exprimiendo igual que a un limón, ha llegado su marido. ¡Por su santa madre, buen hombre, arranque! ¡Ya está ahí el tío cabrón que quiere matarme!

          El taxista miró hacia dónde le señalaba Pepe Fiestas y vio a un mastodonte de más de dos metros de estatura, ancho como un armario de cuatro puertas y cuya mirada criminal buscaba al que perseguía.

      —Desde luego tiene cara de asesino el tío. Que poco moderno es el muy cabrón —reconoció el profesional de volante, pisando el acelerador a fondo.

       —Muy poco moderno —convino Pepe Fiestas—. Hay tíos  que  se han quedado anclados en la época de las cavernas.

         Este intercambio de opiniones liberales y vanguardistas satisfizo a ambos, pues hicieron causa común. El taxista también era soltero.

 

UNA AVENTURA ESPECTACULAR (segundo fragmento)

           Miguelito les vio a los dos encaminarse hacia el ascensor, con ojos cargados de envidia. <<¡Qué potra tiene el cabrón de Pepe! ¡No más llega el tío, y besa el santo!>>

          Lo mismo que él estaba pensando su amigo dentro de la caja metálica dando y recibiendo besos como si la extranjera y él estuvieran ambos tomando parte en una competición con premio importante para el mejor.

        La habitación de la turista se hallaba situada en la cuarta planta. Más entretenidos en el cambio de caricias que en el de ganar terreno,  tardaron veinte minutos en recorrer los escasos diez metros de distancia que existían desde el ascensor al aposento de su inesperada pareja. Mientras ella, encendida de pasión abría la puerta con su llave, comunicó a su acompañante:

        —Mi llama Diana.

        —Un gustazo. El nombre mío es Pepe. Pepe el cariñoso.

        —¿Cariñoso?

         La palabra no le había sonado a ella. Pepe Fiesta trató de traducirlo al idioma inglés:

        —Pepe, the big lover.

        —Oh, esto sí gusta mí mucho. Big lover

    Entraron dentro de la habitación. Diana tiró su bolso encima de una silla y a continuación  rodeó con sus brazos el cuello del ligón, que a su vez le rodeó las dos firmes circunferencias que le sobresalían a ella nada más finalizar su espalda. Dieron los dos varios giros muy coreográficos intercambiando besos de tornillo antes de terminar aterrizando sobre la mullida cama.

        Presos de una misma urgencia, se afanó cada uno de ellos en la tarea de desvestir al otro lo más rápido posible.

        Y a partir del momento que lograron ambos la desnudez total, sus besos y caricias fueron abrasantes, salvajes, desesperadas, mientras intercambiaban posiciones pasando el dominador a ser dominado, y viceversa. No tardando mucho en alcanzar el objetivo final: el acoplamiento perfecto.

         Pero fue la suya una actuación demasiado ansiosa, apresurada y rápida, que les llevó casi en seguida a la explosión relajante.

         —Pequeño descanso, gitano, y otra vez trico-traco, ¿sí? —murmuró Diana, jadeante todavía.

         —Cuenta conmigo, mi alma —rió Pepe Fiesta, muy complaciente y complacido.

         —Mi despierta ahora, pajarraco dormido. ¿Tú gusta?

     —Con locura, reina  mía. Lo de pajarraco me ha encantado. Pajarito  me habría resultado ofensivo.

         Diana tenía la boca llena y optó por no decir nada, o mejor dicho por exteriorizar algo parecido a gorgoritos.

         De pronto escucharon un ruido junto a la puerta. Volvieron hacia ella la cabeza, intrigados.

UNA AVENTURA ESPECTACULAR (primer fragmento)

        Música, bullicio, risas y alcohol. El bar del hotel Sargazos se hallaba, igual que todas las noches, muy concurrido. Contribuía a ello el hecho de que la gran mayoría de los clientes que lo frecuentaban eran turistas alojados en el mismo establecimiento.

        Atendía la barra un camarero de cabeza amelonada, cuyos ojos hundidos y espesas cejas salidas, delataban muy a las claras su ascendencia troglodita.  De pronto, mientras se exhibía agitando a ritmo de chachachá la coctelera en cuyo interior se mezclaban los ingredientes correspondientes al cóctel que pusieron de moda los norteamericanos con el nombre de Manhattan, se le animó la mirada al posarla en la persona que en aquel momento se acercaba a la barra. Se trataba de su amigo Pepe Fiestas.

            —¡Joder, qué alegría me da verte, amigacho! —saludó.

        —Pues la mía de verte a ti, no cabe aquí dentro, Miguelito —respondió, jovial,  el recién llegado realizando con su mano un gracioso gesto giratorio que significaba el establecimiento al completo.

          Soltaron ambos sendas carcajadas jubilosas.  El camarero quitó el tapón a la coctelera y vertió su contenido dentro de una copa de fino cristal. Hecho esto, se la sirvió a un hombre mayor que se agarraba a la barra, como un naufrago a una tabla salvadora.

          —¿Qué te pongo, Pepe?

          —Sorpréndeme con alguna de sus maravillosas creaciones, Miguelito.

          —Te voy a preparar un coctel que te vas a cagar patas abajo.

       —Pues antes de prepararlo, compañero, suminístrame un buen rollo de fino papel higiénico, por si acaso.

          Dieron de nuevo protagonismo a su risa.

           Mientras su amigo iba metiendo dentro de la coctelera chorros de licores diferentes, Pepe Fiestas recorrió con mirada de gavilán su entorno. Tenía veinticinco años, era esbelto de cuerpo y hermoso de rostro. Vestía unos ajustados pantalones blancos, marcando trasero, y una chillona camisa más floreada que un jardín en primavera. Pepe Fiestas se consideraba un conquistador de éxito, y razones le sobraban para ello, pues eran ya tantas las hembras que llevaba gozadas, que había perdido la cuenta.

         Miguelito, esta vez agitó la coctelera al ritmo del merengue que lanzaban al aire los altavoces estratégicamente distribuidos por el interior del establecimiento. Finalmente, desde una altura considerable, remató su pericia dejando caer el contenido del recipiente mezclador dentro de un vaso largo, la boca del cual adornó con una rodaja de naranja entregándoselo a continuación a Pepe Fiesta, que ensalzó merecidamente su mérito:

       — ¡Joder qué show, Miguelito! ¡De película, tío!

       —El que sabe, sabe, Pepe. Y el que no al cole, que para eso están.

       Pepe Fiestas echó un trago, chasqueó la lengua, puso cara de alucinado y exclamó:

    —¡De puta madre, colega! Esto es bueno hasta para poner tiesos los plátanos melancólicos y decaídos.  ¿Qué lleva: dinamita?

         Nueva explosión de hilaridad a dúo, que interrumpió la llegada al mostrador de una mujer de bandera, y que se colocó justo al lado de Pepe Fiestas.

        —Una güisqui, por favor, camarero —pidió ella a Miguelito, empleando un español cargado de acento extranjero.

        Mientras el barman se lo preparaba, su amigo Pepe Fiestas le dio un buen repaso visual a la forastera. Melena rubia, ojos azules, boca carnosa y una exuberante arquitectura corporal encerrada dentro de un ajustado vestido rojo.

       Con el vaso de güisqui ya en su mano, la belleza se volvió hacia Pepe Fiestas y acompañándose de una sonrisa cachondísima le preguntó:

            —¿Tú piensas mí estoy buena?

        —Yo pienso tú estar más que buena. Tú estar buenísima, princesa —replicó Pepe Fiestas usando igual que ella el lenguaje indio, al tiempo que la devoraba con la mirada.

        —Mi gusta tú —declaró ella sin cortarse lo más mínimo—. ¿Tú gitano?

        —Yo seré lo que tú quieras, mi alma.  Menos vikingo, por lo de los cuernos.

        —A mí gusta mucho gitano. ¡Olé! Gitano tiene temperamento de fuego.

           Acompañó ella esta afirmación dando un giro aflamencado con los brazos en alto.

        —Si lo que a ti te gusta, guapísima, es el fuego, acabas de dar con un volcán a punto de erupción —Pepe Fiesta, embalado.

        —A mí gusta mucho apagar volcán. Mi estar muy sola. Marito mío marchar ayer. Negocios. ¡Malditos negocios!

        —La soledad es una cosa muy mala, muy triste, mi alma. Aquí me tienes tú a mí dispuesto a hacerte toda la compañía que tú quieras.

         Ella lo examinó de arriba abajo. Movió aprobadoramente la cabeza. Se terminó de un largo trago el contenido de su vaso y decidió:

           —Tú viene conmigo habitación, ¿sí?

           —Yo voy contigo hasta el fin del mundo, mi reina —entusiasmado el ligón.