NECESITABAN VEINTE DOLARES PARA COMPRAR EL DESAYUNO (MICRORRELATO)

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Arturo Cansado se despertó aquella mañana, para no variar de otros muchísimos días de su existencia, perezoso. La pereza era en él un mal endémico, inevitable, como lo era en el mundo que los guisantes crecieran dentro de vainas, las cerezas crecieran a pares y los patos fueran monosílabos. Estiró los brazos hacia arriba unos pocos centímetros, ensayó medio bostezo (ambas acciones sin excederse), y murmuró, lánguido, escaso de sonido:
—Estoy hecho polvo. Más hecho polvo que otros días. Hoy sí que no voy a hacer ni el huevo. Me tomaré el día libre. Con lo que sí me desperté fue con hambre. Voy a la cocina a ver que ha preparado mi mujer para desayunar.
Arrastrando los pies y con el cuerpo encorvado hacia adelante, por lo muchísimo que pesa la vagancia a quien carga con ella, Arturo llegó hasta la cocina encontrándose a su mujer allí, ociosa, leyendo una novelita de amor, a las que era muy aficionada, aunque el amor lo practicase poquísimo alegando siempre dolores de cabeza, irritaciones en la parte receptiva de su rellenita figura o que su horóscopo le aconsejaba abstinencia.
Encima de la mesa, los adormilados ojos de Arturo no vieron nada. Disgustado quiso saber:
—¿Es que hoy no desayunamos?
—Desayunaremos cuando te pongas a trabajar y me des el billete de veinte dólares que estoy esperando me des —sin apartar su consorte la mirada anclada en la letra impresa.
—Hoy no tengo ganas de hacer nada —manifestó el flojo de Arturo.
—Pues ayunaremos —dándole ella una calada al porrito que mantenía encerrado entre dos dedos su mano izquierda, mientras la lectura la sostenía su mano derecha.
Arturo contrariadísimo se fue al garaje donde tenía su pequeño taller de falsificación, rezongando:
—¡Uf! Por mucho que uno quiera huir del trabajo, el muy cabrón de él te persigue y, lo que es peor, acaba alcanzándote.

LA COQUETERÍA MASCULINA VIENE DE ANTIGUO (MICRORRELATO)


(Copyright andrés Fornells)
Detengámonos, un momento, en un hecho histórico que lo evidencia.
Los centuriones eran oficiales del ejército romano que tenían
a su cargo 100 hombres. Su vestimenta era muy parecida
a la de los legionarios, y se diferenciaban los primeros
de los segundos por llevar la espada colgada
a la derecha de su cuerpo y no a la izquierda.
Y otro notable detalle en el que también se distinguían
los centuriones romanos era en que, antes de entrar en
batalla se hacían la manicura y se depilaban el vello
de las piernas.
Este detalle coqueto masculino de la depilación
de las extremidades bajas está de nuevo de rabiosa
actualidad, lo cual nos demuestra que todo aquello
que alguna vez estuvo de moda siempre acaba regresando.
¡Ay, Sodoma y Gomorra, qué cerquita de nosotros
te tenemos, si es que no has llegado ya!

ROSAS ROJAS PARA ASUNCIÓN (MICRORRELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
Asunción Muñoz era una chica de nuestro barrio que gustaba mucho al personal masculino, por su buena figura, su feminidad y su donaire. A lo largo de los cinco minutos que ella tardaba en ir de su casa a la parada del autobús, que todos los días la llevaba a la boutique donde ella trabajaba de dependienta, recibía numerosas miradas de admiración, de lujuria y requiebros desvergonzados la mayoría de ellos.
Una mañana, al ir a cerrar la puerta del piso que compartía con sus padres y demás miembros de su familia, Asunción encontró en el pomo de esa puerta una rosa roja sujeta por medio de una gomita, para que no cayese al suelo.
Este hecho la sorprendió agradablemente y también la intrigó. A mí, que me tenía mucha confianza, cuando fui a buscar a su hermana, con la que yo estaba saliendo por aquel entonces, me contó lo de la rosa, terminando su revelación con una pregunta:
—¿Tienes tú alguna idea de quién puede haber dejado esa rosa en la puerta?
Encogí los hombros. Me había comprometido a no decírselo. La rosa la había dejado yo allí, de parte de mi primo Agustín, perdidamente enamorado de ella, y que jamás se lo confesaría porque sufría la desgracia de estar imposibilitado en una silla de ruedas. Yo intenté animarle a que revelase a Asunción sus sentimientos, pero él se opuso enérgicamente todo el tiempo aseverando, con total convencimiento:
—Yo nunca podría hacerla dichosa, aunque ella por lástima llegara a hacerme caso. Déjame disfrutar del misterio que le representará encontrar todas las semanas una rosa con su nombre escrito en una tarjetita.
Pasadas algunas semanas, contrariando los deseos de mi primo, le revelé a Asunción que las rosas eran cosa de mi primo Agustín. Después de unos momentos en que la enmudeció la sorpresa, Asunción exclamó con lágrimas en lo ojos:
—¡Pobrecito! ¡Lo siento! Estoy prometida y no tardaré en casarme.
Asunción era una chica admirable. Llena de bondad. En adelante, cada vez que veía a mi primo en la calle se acercaba a saludarle, a interesarse por su salud y se despedía de él dándole dos besos en las mejillas, besos que a él le reventaban de felicidad el corazón.
Yo seguí dejando rosas en la puerta de la casa de Asunción hasta que ella se casó y abandonó el domicilio de sus padres. Fue ella la única mujer que mi pobre primo Agustín, que moriría prematuramente, amó en toda su vida, y la única mujer también, aparte de su madre, que lloró su muerte.

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PLAYA Y OLAS (MICRORRELATO)


PLAYA Y OLAS
(Copyright Andrés Fornells)
Las olas se detuvieron a tiempo,
al descubrir que la playa había desaparecido.
Y muy preocupadas se preguntaron:
¿Dónde podremos ahora rascar nuestros
lomos, murmurar recuerdos sobre la arena
y vestirnos de blanca espuma?
Tuvieron suerte, el pintor que la había borrado,
al considerar que no le había salido bien,
volvió a pintar la playa, más bonita que antes.
Además de las olas, los bañistas también
le estuvieron agradecidos al artista.
Sería plausible que a todos los creadores,
les agradeciéramos sus obras, porque
con ellas nos alimentan, nos mejoran
la calidad de los sentidos y del alma.
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TROYANO, MI PERRO, Y LA NIÑA CONCHI (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Generalmente a los niños les gustan mucho los perros, y viceversa. A Troyano lo acarician muchos pequeños cuando salimos a pasear. Lo hacen cuando yo me detengo en algún sitio por algo que ha llamado mi atención, como los últimos títulos expuestos en la vitrina de una librería.
Él recibe las atenciones de los chiquillos, de un modo más bien pasivo. No fiándose del todo. Más de un travieso le ha tirado de la cola o de una oreja. Supongo que impulsados más por la curiosidad, que por la maldad. Sin embargo, con Conchi, una vecinita de seis años reaccionaba de otra manera, daba saltos, le hacia fiestas y movía el rabo con tanto entusiasmo que, cualquier observador insensato podría figurarse pretendía desprenderse de este peludo y locuaz apéndice.
La entusiasta reacción de Troyano con esta niña me tenía algo intrigado. Un día, al coincidir en el supermercado con Conchi acompañada de Merche, su madre, la pequeña me preguntó:
—¿Y Troyano?
—En casa lo he dejado. Por cierto, que Troyano te quiere mucho, pero mucho —reconocí.
—Lo sé. Y yo a él, le doy por encima de la valla del jardincito la mitad de mis chuches.
Le explicamos su madre y yo, que las cosas dulces no son buenas para los perros pues dañan sus dientes, y sucedió lo que nos temíamos. Conchi rompió a llorar a moco tendido. Los próximos minutos los empleamos, Merche y yo consolándola.
La niña Conchi no le echa más chuches a Troyano por encima de la valla que divide nuestras casas adosadas, pero le habla muy tiernamente y, cuando la ve en la calle, Troyano reacciona con la misma alegría de antes, demostrando que su amor hacia ella no se debe al detalle de los dulces que le regalaba, sino a que ella se ha ganado de verdad su cariño.
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CADENA DE FRACASOS AMOROSOS (MICRORRELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
Lucio Banana comenzó a salir con Luci Rojas, por la misma razón que impulsa a tantos hombres a salir con mujeres: le gustaba a rabiar por los numerosos encantos físicos que sumaba su voluptuosa arquitectura femenil y simpatía en el trato.
Luci Rojas, aparte de sus notorios atractivos personales, poseía un defecto muy generalizado dentro del grupo de las féminas: desconocía la puntualidad. Esta impuntualidad suya motivaba que Lucio Banana combatiera las exasperantes esperas, por ella, comiéndose las uñas, alimento que reprueban por completo los esteticistas y dietéticos, por indigesto y antihigiénico si las manos que lo suministran no son lavadas con la conveniente frecuencia.
Al final, sin uñas y con los dedos en carne viva, Lucio Banana rompió con Luci Rojas y comenzó a salir con Pili Rojas, hermana de la anterior, quién, además de ser más puntual que un reloj suizo, superaba, en belleza, a Luci Rojas.
Lucio Banana comenzó a creer que él se encontraba dentro del reducido grupo de personas que había encontrado la felicidad suprema dentro de la pareja. Pecó, exageradamente, de optimista, como no tardó en tener que, con no poca amargura, reconocer. Pili Rojas se escapó con Pedro Lunares, el director del banco donde ella trabajaba, llevándose entre ambos, para que el peso quedase mejor repartido, todo cuanto de algún valor contenía la caja bancaria que, por buen cálculo suyo, en esa fecha se encontraba llenísima.
Lucio Banana creía a pies juntillas en los dichos populares: A la tercera va la vencida. Así que inicio una nueva relación estable con Asunción Lebrija que era pudorosa, recatada y virtuosa. Virtuosa hasta el punto de haber sido novicia y haberse salido del convento a punto de llegar a los votos, debido a un increíble milagro que le aconteció. El milagro consistió en que un pajarito, vestido de luto, en correctísimo español le dijo, parándose en una rama de almendro y a muy pocos centímetros del rostro de ella:
—No seas tonta, muchacha. No te encierres en un convento porque no existe sobre la faz de la tierra nada más hermoso que la libertad. Te lo digo yo, que sé muy bien de qué hablo: me escapé de una jaula de oro y diamantes.
Lucio Banana fue aceptablemente feliz con Asunción Lebrija, aunque ella era tan pudibunda que solo le permitía besarla en la oscuridad, cortísimo periodo de tiempo, y, en cuanto a acariciarla, tan solo por encima de la ropa y sin excederse.
Esto continuó así hasta que Asunción Lebrija huyó con su prima Susi Tresbién, que había nacido en Francia y recibido una educación que tiraba escandalosamente a libertina.
Total, que Lucio Banana decidió regresar a su casa, y quedarse a vivir con su madre, la única mujer que, antes se arrancaría el alma de cuajo, que perjudicarle en modo alguno.

ESTRATEGIA ACTUAL (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Están juzgando a un hombre por haber robado un banco. El señor juez, muy severo, le aconseja:
—Declárese culpable y no nos haga perder más tiempo. Las pruebas contra usted son numerosas, irrefutables.
—De ninguna manera, señoría. Cuando tuvo lugar el atraco a ese banco, yo no era el que soy ahora, por lo tanto, yo me declaro inocente.
—¿Cómo que no era usted el que es ahora si las cámaras de vigilancia del banco lo filmaron todo el tiempo y hay huellas suyas por todas partes? —enojándose el juez.
—Señoría, me declaro inocente porque el que atracó el banco no era yo. El que atracó el banco era panadero, y yo soy ahora zapatero remendón.

UN NIÑO CREYÓ EN LOS DEMONIOS (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Agapito Cifuentes era un niño muy goloso. Marisa Cifuentes, su mamá, era una persona estricta que no dudaba en castigar, con su mano severa, el todavía tierno trasero de su hijo.
Marisa Cifuentes, para que su pequeño no se comiera las magdalenas que ella compraba para la abuelita Alfonsa aquejada de inapetencia y de mal ajuste en su dentadura postiza, las escondía.
Agapito Cifuentes, que apuntaba para convertirse en sabueso policial, conseguía localizarlas siempre, comérselas, y una vez comidas arrepentirse al pensar en la nalgada que recibiría de parte de su madre, pues de la abuelita Alfonsa lo único que recibía era la blanda y, para él carente, de importancia advertencia:
—Los niños que hacen enfadar a sus mamás y roban van de cabeza al infierno.
Para Agapito carecía de importancia esta advertencia, porque don Julián, el maestro, ateo hasta las cachas, aseguraba en clase que el infierno no existía y era un asutabobos creado por los curas para atemorizar a la gente asustadiza.
Una mañana Marisa compró para su madre dos pastelitos de crema y los escondió dentro de su caja de la costura, envuelto en un plástico. Agapito se puso a ventear igual que un perro de caza y descubrió donde se encontraban los dos pastelitos de crema. Cuando su madre descubrió su falta le hizo la acusación habitual:
—Te los has comido tú, ¿verdad, sinvergüenza?
—No, mamá, he visto como se los llevaban las hormigas. Una gran procesión de hormigas.
Esta original excusa motivo que ella moviese la cabeza, escondiera una sonrisa, y dejara su mano castigadora ociosa.
Agapito creyó haber encontrado la excusa suprema para zamparse las cosas ricas compradas para su abuela. Pero calculó mal, pues la segunda vez que la empleó no hizo sonreír a su mamá que lo golpeo con mayor fuerza que otras veces, demostrándole que, para ella no existían excusas supremas que valieran.
Tal vez tenía razón en ateo profesor don Julián, en lo de que no existía el infierno, pero si existía un algo que castigaba las malas acciones, pues Agapito dormía muy mal debido a que soñaba en hormigas que se lo comían a él. Este sueño lo atormentaba tanto, que dejó de comerse las cosas dulces de su abuela, y las hormigas lo dejaron en paz. Y un día hablando con su profesor Agapito le dijo:
—Maestro, el infierno puede que no exista, pero los demonios sí existen. Yo lo sé y tienen forma de hormiga.
Don Julián fue a decirle que estaba muy equivocado, cuando una hormiga le picó en la punta de la lengua y lo silenció con un calambrazo de dolor.

LA MAMÁ PERDIDA (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Una niña de seis años entró en una comisaría. Llegó delante de la recepción, un mueble que era más alto que ella, y habló:
—Oigan, vengo a poner una denuncia.
La gente que estaba de servicio, no viendo a nadie pues la pequeña quedaba oculta a sus ojos por el mostrador, no hizo caso, pensando que sus sentidos se estaban burlando de ella, hasta que la misma vocecita repitió:
—Oigan, vengo a poner una denuncia.
Por fin la joven policía dobló el cuerpo, se asomó por encima del mostrador y viendo a la chiquilla le sonrió y le dirigió la palabra:
—Dime, pequeña, ¿qué pudo hacer por ti?
—Verá es que he perdido a mi mamá y quiero que me ayuden a encontrarla.
—Vaya. Debes estar muy preocupada —haciéndole gracia a la agente.
—Lo estoy. Estoy preocupada. Es la primera vez que mi mamá se pierde.
Diez minutos más tarde, la mamá “perdida” se llevó una enorme alegría y un gran alivio al ver a su niña que creía perdida, sentada en una silla disfrutando de un chupa-chup y de las atenciones de todos los policías que en aquel momento se encontraban de servicio. La chiquilla al verla dijo:
—Menos mal que has aparecido. Ya tenía a todos los policías dispuestos a salir a buscarte.
La madre la cogió en brazos, riendo y llorando. Todos los presentes celebraron el encuentro de madre e hijo, con una salva de aplausos.

INFORMACIÓN IRÓNICO-IMPORTANTE SOBRE HALLOWEEN (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Hasta donde sé, esta fiesta no tiene origen cristiano, ya que su celebración se atribuye a los celtas que habitaban ya, antes de que el bueno de Moisés cargase con las pesadas tablas de los 10 mandamientos que, en mi modesta opinión (carga aparte), debieron ser bastantes mandamientos más. Originalmente, lo que alguien tradujo como Halloween, llevaba el nombre de “Samhain” y su objetivo era dar culto a los muertos. Lo de las juegas, desmadres discotequeros, fiestas privadas y demás son cosas de nuestra “civilización” consumista.
Pero volvamos a la historia primigenia. Transcurrieron montones de años, ocurrieron montones de cosas y finalmente durante el periodo que fue desde los años 1500 a los 1700 años, los protestantes ingleses les quitaron a los católicos irlandeses todos los derechos legales y, celebrar misa por parte de éstos, los protestantes lo consideraron una ofensa capital y cientos de sacerdotes católicos fueron martirizados por ejercer su ministerio, dejando constancia otra vez más de las “exquisitas bondades” de algunas reliciones.
Si nos fijamos en esto, hubo un tiempo en la historia de la humanidad en la que celebrar Halloween, fue gran diversión para unos, y gran horror para otros.
Cabreados por el mal trato recibido, los católicos más rebeldes trataron de asesinar, en tiempos del rey protestante Jaime I a este monarca consentidor, utilizando pólvora de cañón. El complot fue descubierto y los instigadores fueron a la horca, cuya posible consecuencia fue el descubrimiento de la corbata. Ya en esos tiempos utilizaban el demasiado eficiente, macabro y ofensivo método de: “Muerto el perro, se acabó la rabia”.
Como podemos ver, de nuevo existió gran diversión para unos y viajes al Más Allá, para otros.
Afortunadamente, en la actualidad, unos y otros pueden divertirse en la fiesta del Halloween, en donde las diferencias entre todos ya no son religiosas sino económicas.
Los niños de pueblo, en mi época, la vigilia de Todos los Santos, los que pertenecían a familias acomodadas se disfrazaban de generales, de capitanes, de obispos; mientras que los niños que como yo pertenecíamos a familias muy pobres nos disfrazábamos de indios de los tiempos de Colón, o sea que íbamos sin ropa ni calzado porque nuestros padres nos los guardaban para los domingos, porque en fechas tan señaladas se adquirían gripes, estaba mal visto y además era pecado acudir a misa llevando puesto únicamente el traje de Adán.
Este año, ha llegado hasta mis castos oídos, que algunos van a disfrazarse de defraudadores y de nacionalistas. No por nada, sólo porque está de moda. ¡Qué les sea leve la pesada, dichosa carga de la existencial!