TREINTA AÑOS (MICRORRELATO)

Antique books on bookshelf
Antique books on bookshelf

(Copyright Andrés Fornells)
Un libro permaneció treinta años en una estantería acumulando polvo y soledad, esperando que alguien lo cogiera y leyera. Por fin alguien lo cogió, limpió con respeto el polvo acumulado, leyó la historia contada en él y la encontró tan hermosa como la había creado su autor todos esos años atrás. Al ver aquel libro limpio, fueron muchos los nuevos lectores que tuvo. A la magnífica obra aquella habían tardado 30 años en hacerle justicia.

POETA (MICRORRELATO)

POETA(Copyright Andrés Fornells)
Un hombre llevaba muchos años persiguiendo una meta que consideraba, cayendo cada vez más hondo en el pozo del desánimo, le sería imposible de alcanzar. Hasta que un bienaventurado día descubrió que la había alcanzado, que ya era un verdadero poeta, pues cada palabra que escribía se convertía en una flor mágica, y la siguiente palabra en una lágrima perfumada.

SUEÑOS DE NIÑO Y REALIDADES DE ADULTO (PÍLDORAS FILOSÓFICAS)

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SUEÑOS DE NIÑO Y REALIDADES DE ADULTO

(Copyright Andrés Fornells)
De niño, en mis sueños, un delfín aparecía en ellos y me enseñaba todos los secretos que guardaba el mar de mi fantasía. Este delfín amigo me iba mostrando las tumbas de los galeones que habían sido hundidos por las tempestades y por los piratas ladrones y asesinos. Y en las panzas de esas embarcaciones yo hallaba escondidos fabulosos tesoros. Y me entretenía abriendo cofres llenos de riquísimas joyas y tirando al aire monedas de oro y plata como si fueran esos confetis que arrojamos alegre y divertidamente durante la Nochevieja.
Luego, como nos ocurre a todos, deje la niñez muy atrás y perdí por el camino al maravilloso delfín y los ricos tesoros de mis sueños; pero en mi realidad encontré muchos tesoros valiosísimos; ninguno de ellos en el fondo del mar sino en el fondo de los corazones de todas las buenas personas que he venido conociendo a lo largo de mi vida. Mi más sentido agradecimiento por su extraordinaria generosidad y el infinito bien que me han hecho.

LA “VERDADERA” HISTORIA DE NOÉ (RELATO)

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PARA RELIGIOSOS Y ATEOS:
LA “VERDADERA” HISTORIA DE NOÉ

(Copyright Andrés Fornells)
Cuentan de Noé, que padecía nefofobia. Este miedo a las nubes le surgió de muy pequeñito. Ya dando sus primeros pasos, cuando tenía intención de salir a la calle, miraba al cielo y si veía una nube, se escondía debajo de la cama. Sus padres, al principio, se lo consentían, pero luego, a medida que fue creciendo, considerándolo una demostración de vergonzosa cobardía, lo sacaban de allí abajo a base de escobazos.
—Debería darte vergüenza —le recriminaban—. Tus hermanos van a trabajar no solo cuando hay nubes, sino cuando llueve y nieva, y tu escondiéndote debajo de la cama.
Noé sumó años y pasó por todos esos periodos del crecimiento que terminan convirtiendo al que fue niño, en hombre. Un hombre admirablemente justo y bondadoso, razón por la que Dios se le apareció un día dándole un susto de muerte, pues Noé no se lo esperaba, y mucho menos que se presentara envuelto en una enorme y aterradora nube. Y Dios le dijo:
— Noé, voy a hacerte un encargo que a ningún otro hombre le he hecho antes que a ti, ni tampoco le haré tampoco después. “He decidido poner fin a toda carne, porque la tierra está llena de violencia por causa de ellos; por eso voy a destruirlos jun-to con la tierra. Hazte un arca de madera de ciprés. Harás el arca con compartimientos, y la cubrirás con brea por dentro y por fuera. De esta manera la harás: de 135 metros la longitud del arca, de 22.5 metros su anchura y de 13.5 metros su altura. Le harás una ventana que terminará a 45 centímetros del techo, y pondrás la puerta en su costado. Harás el arca de tres pisos. Entonces Yo traeré un diluvio sobre la tierra, para destruir toda carne (todo ser viviente) en que hay aliento de vida debajo del cielo. Todo lo que hay en la tierra perecerá. Pero estableceré Mi pacto contigo. Entrarás en el arca tú, y contigo tus hijos, tu mujer y las mujeres de tus hijos. Y de todo ser viviente, de toda carne, meterás dos de cada especie en el arca, para preservarles la vida contigo; macho y hembra serán. De las aves según su especie, de los animales según su especie y de todo reptil de la tierra según su especie, dos de cada especie vendrán a ti para que les preserves la vida. Y tú, toma para ti de todo alimento que se come, y almacénalo, y será alimento para ti y para ellos”.
Cuando se le pasó en cierta medida la acojonante impresión causada por esta celestial presencia y la misión encomendada, Noé se creyó con derecho a poner algunas objeciones:
—Señor Dios, ¿no puedo ahorrarme el recoger serpientes y otros animales fie-ros y peligrosos, además de los molestos, atormentadores y cabreantes mosquitos, moscas, garrapatas, arañas y algún mal bicho más que en este momento no recuerdo su nombre, pero seguro terminaré recordando en cualquier momento?
El Todopoderoso se lo quedó mirando con ojos reprobatorios y replicó contundente:
—Todas las criaturas vivas las he creado yo y, por lo tanto, tienen el mismo derecho que tú a existir. Y no me enojes porque te castigaré de la peor manera para ti que tanto te gustan las prácticas cameras con tu esposa, convirtiéndote en impotente.
Ante esta severísima amenaza, Noé se resignó, que es, según algunos filósofos contemporáneos, otra cara más de las muchas que posee la cobardía.
Cuando la gente vio a Noé empezar a construir aquella colosal arca, con la ayuda de toda su familia, quedó convencida del todo de que este hombre, además de cobarde y santurrón era exageradamente tonto, y se burlaron despiadadamente de él:
—Oye, Noé, cabeza de chorlito, ¿cómo podrás hacer avanzar esa enorme barca a base de remos? ¿Te crecerán, por extraordinario milagro los mil brazos que vas a necesitar?
Envalentonado con la confianza que el Ser Supremo había depositado en él, Noé respondía:
—No quiero la nave para llevarla a parte alguna, sino simplemente para que flote.
En esa época antiquísima los árboles podían hablar con el Todopoderoso, y éstos, de viva voz, se le quejaron de Noé y de su familia porque estaban tumbando a golpes de hacha a muchos de ellos.
El buen Dios les respondió, con admirable sensatez:
—No os quejéis por tan poca cosa. Sois ya demasiado y es una bendición que se elimine a algunos de vosotros. ¡Callad y reproduciros!
Este Noé, admirable ejemplar de ser humano elegido por el Señor junto a to-dos los suyos, trabajaron durísimamente noche y día con admirable ahínco y, para la fecha prevista, tuvieron terminada aquella colosal arca que todo el mundo aseguraba no podrían acercar al mar ni empujada por la humanidad entera.
Cuando le comentaban esto, Noé, ponía cara de enterado y respondía:
—No hará falta de que la empuje nadie. Yo sé muy bien lo que va a suceder.
Esta respuesta sirvió para que aumentase la creencia generalizada de que Noé padecía una demencia incurable. Y ya fue el colmo cuando Noé empezó a pedir ayuda para ir metiendo dentro de la extraordinaria nave un macho y una hembra de cada especie existente. Pero entonces un viejo al que consideraban sabio salió en su ayuda manifestando:
—Noé, ha tenido por fin una idea genial: emplear su barcaza como zoo. Así nuestros niños no tendrán que recorrer un gran número de kilómetros para vez animales, pues podrán verlos sin moverse del pueblo, mientras sentados cómodamente comen palomitas de maíz, mascan chicle y beben latas de refrescos.
Esta idea influyó tan eficazmente, que poco a poco todo el mundo fue colaborando en la caza de animales que, una vez apresados, iban encerrando en el arca de Noé. Ayudaron tan bien, que los tuvieron recogidos antes del plazo que el Todopoderoso había dado. Y tuvo un éxito enorme durante dos días. No se pagaba entrada pero sí se pedía a los visitantes contribuyeran en el forraje tan necesario y la carne tan necesaria para poder alimentar a toda aquella fauna.
Y como ninguna espera se hace eterna, ni siquiera la de la pacientísima Pené-lope por Ulises, Noé dijo a todas las personas de su familia que subieran y cerró el arca para todos los demás. Y entonces comenzó de inmediato a diluviar. Y los malos, que eran todos los demás, se arrepintieron de no haber construido ellos también un arca. El arrepentimiento les duró poquísimo pues las inundaciones y las crecidas de los ríos acabaron, en un plisplás, con sus pecadoras vidas por el abuso hidrófilo que conduce al anego.
Quedó demostrado que Noé había estado en lo cierto al sostener que no tendría que remar su arca hacia ninguna parte porque el desmesurado crecimiento que tuvo el agua lo despegó de la tierra y lo puso a flote.
Todos cuanto se hallaban a salvo, unánimemente, incluidos los animales que sabían expresar agradecimiento, se lo demostraron a Noé por haberles salvado la vida, pues todos los que no habían permanecido dentro de su inmensa arca perecie-ron.
Estuvo diluviando cuarenta días y cuarenta noches. A cualquier parte que se mirase desde, los ventanucos de la nave de Noé, sólo se veía agua y más agua, nubes y más nubes, lluvia y más lluvia. El pesimista padre de Noé realizó una prematura y patética y totalmente equivocada afirmación:
—El sol ha muerto. Nunca más volveremos a verlo.
Noé, que había estado haciendo rayitas en una tabla con la punta de un cuchillo de acero inoxidable, anunció un día con solemnidad patriarcal:
—¡Se terminó! Hemos tenido ya el diluvio anunciado. A partir de esta mañana, no caerá del cielo ni una sola gota más.
Para asegurarse de que estaba en lo cierto, soltó una paloma y ésta regresó un rato más tarde con una hoja de olivo en su pico.
—Bien, en cuanto descienda el agua lo suficiente, vamos a bajar a tierra y construir un nuevo poblado donde viviremos felices y prósperos, pues no va a repetirse otro diluvio igual que éste hasta el año tres mil en que las generaciones de esa época merecerán, por su maldad, ser castigadas con un nuevo diluvio. ¡Que mis palabras sirvan de aviso para las gentes de ese tiempo!
La tierra se tragó finalmente el agua y Noé y su familia, todos comenzaron construir viviendas. Los animales domésticos, fueron enjaulados, y llevaron en adelante la misma sacrificada y ejecutada existencia que antes del diluvio. Los animales salvajes huyeron a las selvas y también continuaron considerando enemigos a los humanos, pues en la larga convivencia con ellos la opinión que de su crueldad tenían, no mejoró.
Considerando no había nadie más cualificado que él para soberano del pueblo que construyeron, eligieron a Noé. Debido a la alta dignidad que ostentó a partir de aquel momento, Noé tuvo que renunciar al alivio que le producía esconderse debajo de la cama cada vez que invadía el cielo una nube.
Finalmente, para concluir esta historia “verídica”, expongo aquí que la palabra nefofobia fue creada pensando en el “naviero” Noé, que murió 350 años después del Diluvio, a la edad de 950 años, 19 menos que el longevo Matusalén que vivió 969. Haber muerto más joven que Matusalén fue el disgusto más grande de todos los que el celebérrimo Noé se llevó a la tumba.

BREVE HISTORIA DE DOS GRACIOSOS Y UNA CHICA QUE LE GUSTABA TRONCHARSE DE RISA (MICRORRELATO)

mecánico
BREVE HISTORIA DE DOS GRACIOSOS Y UNA CHICA QUE LE GUSTABA TRONCHARSE DE RISA
Pepe Lechuga se había echado novia. La novia se llamaba Azucena Alacena, era muy guapa y tenía la risa muy fácil. Pepe era graciosillo y Azucena lo pasaba muy bien con él porque con sus jocosidades le provocaba frecuente hilaridad.
Pepe Lechuga era mecánico y tenía a Rufo Mieloso, otro mecánico, como su mejor compañero de trabajo en el taller donde ambos estaban empleados.
Se daba la circunstancia de que los dos eran tan chistosos que mantenían a todos los demás compañeros muy divertidos con sus ocurrencias y payasadas. En la empresa se les quería mucho porque con su buen humor contribuían a que existiera un buen rollo entre los operarios y los clientes que, al menor problema en sus vehículos acudían al taller para recibir sus servicios y de paso reírse un rato con los chistes y las ingeniosidades de los dos graciosos.
Pepe Lechuga hablaba a su novia tan a menudo de las ocurrencias y chanzas que compartía con su colega del taller, que despertó el interés de ella hasta el punto de expresarle que le gustaría muchísimo conocerle.
—El sábado que viene le diré que venga al bar que tú y yo frecuentamos y tendrás oportunidad de conocerle.
—Que traiga también a su novia, si la tiene —propuso Azucena.
—Rufo vendrá solo. No tiene novia.
—¿Qué te parece si invito a mi amiga Filo e intentamos liarlos?
—Pues no sé. Filo es bastante fea —reconoció Pepe.
—Ya, pero seguramente le gustará conocer a tu amigo. Filo tiene una risa muy alegre y contagiosa.
Pepe estuvo de acuerdo. Se reunieron en el bar Parchís y desde el primer momento reinó gran simpatía y buen humor entre los cuatro. Rufo congenió bien con Filo, pero muy especialmente lo hizo con Azucena que se partía de risa con él.
A la semana siguiente de este encuentro tan exitoso, la novia de Pepe comenzó a salir con Rufo. A su novio le sentó fatal este suceso y tuvieron una buena bronca que Azucena liquidó decidiendo:
—Pepe, tú y yo hemos terminado.
—¿Pero por qué? —perplejo e incrédulo el que a partir de aquel momento descendería para Azucena a la categoría de ex novio.
—Pues porque con Rufo me río muchísimo más que contigo, y es de sabios rectificar, y yo rectifico. De ahora en adelante mis risas serán todas para Rufo. Adiós para siempre
—Pero tú y yo lo pasamos de maravilla en la cama —aún argumentó Pepe.
—No te lo discuto, pero es que yo disfruto muchísimo más riendo que practicando sexo, para que te enteres.
Azucena ordenó a sus pies realizar medio giro y una vez realizado éste, indicó a sus piernas alejarse. Pepe se quedó con el corazón mitad desnivelado, mitad lleno a rebosar de rencor. Y en el próximo encuentro que tuvo en la calle con su ex novia y su ex amigo le lanzó una maldición:
—¡Quiera Dios que vuestra felicidad no sea eterna!
Pepe Lechuga acertó. La felicidad de Azucena Alacena y de Rufo Mieloso no fue eterna: duró 60 años de feliz y alegre matrimonio, duración que quebró la muerte que los pilló riendo a carcajadas cogidos de las manos, cuando vino a por ellos.

LA FELICIDAD (PÍLDORAS FILOSÓFICAS)

(Copyright Andrés Fornells)
Posiblemente son muy pocas las personas que no desean ser felices. Opino esto desde mi experiencia personal, pues yo todavía no he conocido a ninguna.
De la felicidad habla todo el mundo. La persigue todo el mundo. Quizás hablan de ella, más que nadie los artistas. Los poetas, sobre todo, desde tiempo inmemorial la han ensalzado, aunque ellos quizás, paradójicamente, hayan logrado sus mejores obras empleado: la tristeza, la desdicha, la tragedia.
Hasta donde me alcanza el entendimiento he llegado a la convicción de que la felicidad es como un pájaro maravilloso que todos queremos apresar y no lo conseguimos.
Y no conseguimos apresarlo porque somos tan torpes que, en los numerosos momentos que somos felices a lo largo de nuestra vida, nos damos cuenta de esa felicidad experimentada cuando ya no la tenemos, cuando dejada atrás no supimos gozarla por ignorancia, por la estupidez de continuar persiguiendo lo que habíamos alcanzado ya.
Por cuanto acabo de exponer, todo aquel que quiera saber si ha sido feliz en algunas etapas de su vida, no le queda otra alternativa que echar mano de los mejores recuerdos que guarda almacenados, a lo largo de su existencia, e ir lamentando el no haberlos sabido disfrutar como merecían cuando los tuvieron.

EL SONIDO QUE SALVÓ MI VIDA (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Nunca he presumido de ser valiente. Primero porque no lo soy y, segundo, porque aquellos que me conocen bien no me creerían si yo presumiese de serlo. Tampoco soy un cobarde. En cierta ocasión, durante un viaje mío al Zaire, maté a una serpiente que se estaba comiendo los huevos de mi desayuno. Me fue fácil atravesarle la cabeza con un tenedor. Tengo adquirida mucha practica pinchando las aceitunas de las ensaladas.
Bueno, después de esta insignificante introducción personal, paso a narrar la situación de extremo peligro en la que me hallé allí, en mitad de la selva, desarmado y sin nadie conmigo que pudiera ayudarme, cuando surgió de la espesura, a un par de metros de donde yo me encontraba, un león tan grande como una catedral.
Los ojos de esta terrible fiera me miraron de un modo igual de escalofriante a como dicen que miraba Jack el destripador a sus víctimas, o sea una mirada de esas que, aunque no tengas ganas, te causan incontinencia. Por si colaba, traté de razonar con aquel enorme animal melenudo, empleando un tono de voz melifluo y encantadoramente amistoso:
—Oiga, señor León, no me mire como si usted y yo no fuésemos compatibles. No soy su enemigo. No tengo intención alguna de agredirle. Mire mis manos vacías, sin armas y sin callos. Soy tan pacifico que aquí me tiene en un lugar tan peligroso como éste sin tan siquiera disponer de un tirachinas.
La respuesta de aquella gigantesco fiera fue abrir su boca tan grande como una entrada del metro y poblada de más dientes que fichas posee el juego del dominó.
—Tranquilo. No tengas miedo —me dijo aquella bestia, con voz de trueno—. Llevo varios días sin comer, pero poseo unos modales excelentes. Y además no existe en mí el menos atisbo de crueldad. Te tragaré entero, sin masticarte, y no sentirás dolor alguno.
—Le agradezco la delicadeza con que piensa tratarme, pero tenga la amabilidad de buscar a otro para calmar su hambre. Haga como yo, que también estoy famélico, pero me aguanto. No pienso en comérmelo.
Y dicho esto, veloz como un rayo y más ágil que un trapecista, di un salto colosal en el aire y aterricé encima de un enorme elefante que, justo en aquel momento, pasaba por allí. No tuve suerte con él, era un paquidermo carente de solidaridad, pues me gritó airado:
—Bájate inmediatamente, polizonte de mierda, o te bajo yo de una trompada.
—No le creo capaz de tener tan mal corazón —respondí encogiendo las piernas, pues con su zarpa el furibundo rey de la selva trataba de alcanzármelas.
—Te equivocas. Tengo más mal corazón que nadie de este mundo —aseguró el mastodonte.
Y acto seguido me agarró por el cuello con su maldita tropa y, cuando la balanceaba con la intención de estrellarme contra un árbol, sonó mi odioso despertador.
Ha sido la única mañana, en los diez años que poseo este trasto, en que no lo he maldecido ni he sentido ganas de darle mil martillazos.

EL GRAN ÉXITO DE UNA CARTOMÁNTICA (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Azucena Murillos ejercía de cartomántica, y en esta profesión no prosperaba por ser totalmente honesta. No le decía a la gente, cuando le echaba las cartas lo que las personas que acudían a su consulta deseaban oír.
No le decía a la viuda desconsolada, que muy pronto encontraría un marido mejor incluso al marido que había perdido y tanto lloraba, sino que mejor continuase su camino por la vida sola porque todos los hombres que se iban a acercar a ella serían unos sinvergüenzas que procurarían quedarse con los pocos ahorros que poseía.
No le aseguraba a la solterona falta de belleza, que iba a conocer muy pronto a un hombre joven, guapo y con muy buena situación económica, que la sacaría de la soledad y la necesidad de placeres carnales que por su carencia de atractivo nadie le procuraba.
No engañaba al hombre de negocios, al borde de la quiebra, contándole que un cambio de fortuna le permitiría pagar todas sus deudas y enriquecerse en un corto periodo de tiempo.
Y tampoco le regalaba ilusiones falsas al joven amante de la aventura con futuros viajes a países lejanos y exóticos donde descubriría un tesoro oculto en una cueva guardada por cientos de serpientes que no le harían nada mientras fuese pronunciando todo el tiempo la palabra mágica “Puchicachi”.
Finalmente, aburrida, por la falta de clientes y además por la mala fama con que algunos castigaban las verdades desagradables y acertadas que les había revelado, se hizo jugadora de cartas profesional donde adquirió fama y riqueza, pues adivinaba en cada jugada todas las cartas que tenían sus oponentes y le resultaba fácil ganarles sumas considerables cuando apostaba fuerte porque todos tenían buen juego y ella lo tenía todavía mejor.
Moraleja: Cuando no te vaya bien en un oficio, cambia porque quizás te vaya mejor en otro. Pero ten cabeza al cambiar de profesión, no termines en la cárcel como le ocurrió a Pascual Tomates que se paso de afilador de cuchillos, a cuchillero.

UNA VIUDA PELIGROSA (RELATO)

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Antonio Lugano era publicista. Había nacido un 13 de mayo y solía celebrar todos sus cumpleaños dando una pequeña fiesta en su casa, fiesta a la que invitaba a sus mejores amigos entre los que me hallaba yo. La última de estas fiestas, a la que asistí, aceptando su amable invitación, me encontré un tanto solo, pues él se multiplicaba procurando atender a todos los allí reunidos y esto le dejaba escaso tiempo para mí. La mayoría de los asistentes eran compañeros suyos de profesión y, por ello, completos desconocidos para mí que pertenezco al gremio pastelero. Aparte de esto, eran casi todos parejas y terminé con un whisky on de rocks en mi mano sentado en un rincón de la amplia estancia.

Llevaba allí un rato distrayéndome con la visión de las figuras femeninas que, por la armoniosa distribución de sus voluptuosas formas despertaron mi imaginación sensual, cuando apareció junto a mí una mujer vestida totalmente de negro. No era una belleza, pero en su conjunto poseía unas facciones atractivas que despertaban agrado y sobre todo era dueña de un cuerpo, que no exagero si tildo de extraordinariamente escultural.

Me dedicó una seductora sonrisa y ofreciéndome su mano dijo muy amistosa:

—Aurelia Gómez.

Estreché su mano, blanda y cálida, y le dije mi nombre. A ella debió gustarle el mis-mo porque a partir de aquel momento lo estuvo usando todo el tiempo.

—Bonita fiesta, ¿verdad, Jaume?

—Acogedora —acepté, prudente, pues hasta entonces me había estado aburriendo.

—Soy viuda desde hace un año —me soltó con notoria naturalidad.

—¡Vaya! Pues lo siento.

—No lo sientas, Jaume —tuteándome desde el principio—. Conseguí la viudedad por decisión propia.

Una maliciosa sonrisa curvó su boca de labios gruesos y sensuales. Le devolví una sonrisa torpe, pues no había entendido la intencionalidad de su explicación. Ella llevaba un bolso, también negro, colgado del hombro y en su mano derecha un vaso que, por el color y los cubitos de hielo dentro podía tratarse del mismo brebaje espirituoso que estaba tomando yo.

—¿Trabajas también en publicidad? —le pregunté después de un breve silencio que habíamos mantenido.

—No, no trabajo. Vivo del dinero que, al morir, me dejó mi marido. Era muy rácano. Vamos no te puedes figurar lo tacaño que era. Lo tuve que matar para poder heredarle.

Siempre me han funcionado excelentemente bien los dos oídos, pero esta vez quise cerciorarme de que seguía siendo así.

—¿Mataste a tu marido para poder heredarle? —dije escrutando su rostro, buscando alguna señal que me confirmara la posibilidad de que estuviera bromeando.

—Sí. No me quedó otra salida. El muy imbécil seguía enamorado de mí y no quiso dejarme su fortuna por las buenas.

Yo empecé a creerla. La seriedad de su confesión era absoluta, convincente.

—¿Y cómo le mataste? —empezando a preocuparme.

—Le pegué seis tiros con una pistola que llevo dentro de mi bolso. ¿Quieres verla?

—No, no, soy alérgico a las armas —me apresuré a decirle, temeroso ya.

—Oye, Jaume, acabo de darme cuenta de que te pareces mucho a mi difunto marido. Pero mucho, mucho. ¡Es curioso!

—Ay, seguro que estás confundida. Yo no me parezco a nadie —me apresuré a contradecirla—. Perdona, pero tengo que ir a un sitio urgentemente.

Marché directo hacia la salida. Por el camino dejé mi vaso en lo alto de una mesa y gané la calle. Mirando todo el tiempo hacia atrás, entré en mi coche y me alejé de allí pisando el acelerador a fondo. Reconozco que poseo un sentido de la prudencia que muchos interpretan como enfermiza cobardía. Entre aquellos que lo interpretaban así se contaba mi imprudente amigo Antonio Lugano.

Justo en este momento me estoy vistiendo de oscuro para asistir a su sepelio. Mi valiente amigo Antonio Lugano cometió la temeridad de casarse con Aurelia Gómez, cinco meses atrás. Según el informe que ella dio a la policía, entraron ladrones en la casa, su intrépido esposo ofreció resistencia y los ladrones le pegaron seis tiros dejándole para ser enterrado.

Por pura cobardía yo me mantuve al margen de este asunto. No se encontró el arma homicida, lo cual significa que ésta continúa en poder de su dueña y ya lo dijo el sabio Salomón: “Los cementerios están llenos de valientes que murieron prematuramente”.