SUPERSTICIONES Y NÚMEROS DE BUENA Y MALA SUERTE EN LOS QUE CREEN LOS JAPONESES

SUPERSTICIONES Y NÚMEROS DE BUENA Y MALA SUERTE EN LOS QUE CREEN LOS JAPONESES

 

Para la gran mayoría de los japoneses existen varios números que dan mala suerte. Por ejemplo el 4 y el 9. La pronunciación del 4 es shi, que significa al mismo tiempo además de esta cifra, la muerte. Y con respecto al 9, pronunciado ku, significa también, sufrimiento.  Y por si no tenían bastante, los occidentales les hemos importado el 13 que asimismo aporta mala fortuna. Este asunto de los números malditos lo llevan a extremos tan desesperantes como evitar la mencionada numeración para edificios como hospitales y hoteles, y el colmo es evitar habitaciones con cifra 43 en las secciones de maternidad de los hospitales, pues la lectura de 43 significa literalmente nacimiento muerto. Y siguiendo esta muy arraigada superstición, cuando se hacen regalos se evita regalar 4 cosas, por lo que se usan 3 o 5 pero nunca 4… Otra curiosidad es que mientras entre los occidentales echarse sal encima trae mala suerte, para los nipones es buena suerte y protege contra el mal, por lo que mucha gente se echa sal antes de acudir a un entierro.

 

           MÁS SUPERSTICIONES. Nunca debe pronunciarse shio por la noche, pues además de sal significa también muerte. Nunca dormir con la cabeza orientada al norte, porque quien lo hace tendrá una vida corta. Cortarte las uñas por la noche es del mal agüero. Parece ser que si lo haces, no estarás con tus padres en su lecho de muerte, vamos, que te habrás muerto antes. No pintar el nombre de nadie en rojo. Ver una araña por la mañana, significa buena suerte y no hay que matarla, pero si se la ve por la noche sí hay que matarla porque de lo contrario traería mala suerte.  El Maneki, o gato de la buena suerte, lo tienen en muchos negocios  para atraer a la buena suerte y a los clientes. Si se estrenan zapatos nuevos y se mojan en un día lluvioso, lloverá cada vez que calcen estos zapatos. Estrenar zapatos negros por la noche atrae la mala suerte.

 

 

 

UNA VISITA INESPERADA (MICRORRELATO)

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El anciano Jerónimo Díaz vivía solo en una modesta casita mucho más vieja que él. Como tenía por costumbre, se levantó otro día más con el alba. La noche anterior había estado un rato viendo un documental sobre unas grandes minas de cobre situadas en una nación del continente africano. Este documental denunciaba la dureza del trabajo, en condiciones inhumanas, que realizaban los mineros a las órdenes de los despiadados capataces una poderosa y muy rica multinacional. Condenó en voz alta a los explotadores, y se compadeció de los obreros explotados. Él había sido, toda su vida, un obrero explotado y mal pagado.
En cuanto comenzaron la celebración de la Nochevieja con estruendosa música, dos horas antes de la ceremonia de las 12 uvas, una de tantas costumbres consumistas y comerciales, que él odiaba, se fue a la cama.
Antes de prepararse el frugal desayuno diario, echó un puñado de ramas secas y dos leños a los rescoldos que todavía quedaban en la chimenea y, cuando el fuego hubo prendido bien, comenzó a prepararse en la antigua y baqueteada cocinita de gas butano, un cazo con café y a tostar dos rebanadas de pan.
Lo tenía todo listo cuando sonó el timbre de la puerta, hecho que le sorprendió pues él no esperaba a nadie.
Abrió la puerta y se encontró a un joven desconocido que sumaría poco más de veinte años.
—¿Qué quieres, chico? —le preguntó mostrando extrañeza.
—Soy su nieto. Mi madre me pidió que cuando ella muriese viniese yo a quedarme con usted, si a usted le parece bien. Mi madre murió hace una semana —expuso el visitante, con timidez, entrecortada su voz.
El anciano tuvo que cogerse al quicio de la puerta, pues la impresión que acababa de recibir le mermo, durante un momento las fuerzas. Su hija, la única que había tenido, que un día se fue de casa para ejercer la prostitución y de la que llevaba más de veinte años sin saber nada, antes de fallecer le había enviado a su hijo, de cuya existencia él nunca había sabido.
Escrutó el rostro del expectante joven y encontró en él un gran parecido con el de su hija echada a perder. Casi de inmediato sus ojos se llenaron de lágrimas y su corazón de ternura. Sus temblorosas piernas se desplazaron a un lado y con una voz cargada de repentino cariño invitó:
—Pasa, chico, tenemos muchas cosas que decirnos.
El recién llegado asintió con la cabeza y entró en la vivienda. También él tenía las piernas temblorosas y el corazón desbocado.