ANIVERSARIO DE BODA (MICRORRELATO)


Germán y Paula llevaban cuarenta años casados. Era un matrimonio muy bien avenido que había entrado en ese periodo en que las parejas de larga duración han caído en la monotonía y los sostiene únicamente el amor que han sabido mantener, unas veces más vivo, y otras menos, a lo largo del tiempo cuidándose y respetándose mutuamente.
Una mañana Germán, a la salida del médico, se detuvo en una floristería y compró un bonito ramo de flores. Cuando Germán llegó a casa y le entregó a Paula este ramo de flores, ella gratamente conmovida le dijo con voz a la que ponía temblores la emoción.
—Cariño, en cuarenta años que llevamos casados es la primera vez que te acuerdas de la fecha de nuestra boda, aunque lo has hecho con una semana de antelación. Hoy estamos a ocho y nosotros nos casamos un quince de este mes; un quince de marzo.
Su marido forzó una sonrisa y se calló que de nuevo había olvidado su aniversario de boda. Él había comprado las flores porque al salir de la consulta pensó en lo muchísimo que la quería y no en el tiempo que lle-vaban casados.
—Bueno, algún año tenía que ser el primero —dijo—. Siempre tuve mala memoria. Ya sabes.
—¿Qué te ha dicho el medico sobre esos continuos dolores de estómago que padeces?
Aunque le costaba mentirle, esta vez Germán lo hizo para evitarle a su mujer la pena de saber que le habían diagnosticado un cáncer maligno y dado un máximo de seis meses más de vida.
—Nada. Que no tienen importancia. Me ha recetado unas pastillas que me irán bien.
—¿Lo ves, aprensivo? Ya te dije yo que no sería nada grave lo tuyo.
—Siempre tienes razón en todo, Paula. Ven y dame un abrazo muy fuerte. Hoy me siento especialmente cariñoso.
Y el matrimonio se dio un abrazo muy fuerte, muy fuerte, y Paula se tragó las lágrimas que acudían a sus ojos. Llevaba demasiados años viviendo con Germán para que él pudiera engañarla ni siquiera una vez.

CUENTO DE BLANCANIEVES INÉDITO (PARA ADULTOS) MICRORRELATO

(Copyright Andrés Fornells)
La encantadora y bella Blancanieves había enviado a su enano Sabio al castillo de su madrastra a espiarla, quedando ella sentada junto a la ventana de su vivienda a la espera de su regreso. Sabio tardó más de una hora en regresar, tiempo suficiente para que a la niña blanca como la nieve le creciera considerablemente el malhumor.
—¡Vaya lo que has tardado, tonto de capirote! ¡Hasta Dormilón se hubiera dado más prisa que tú en hacer lo que te ordené!
Como si el enano que acababan de mencionar les hubiese oído en sueños emitió un sonoro ronquido, pero continuó durmiendo.
Sabio justificó su tardanza, de la siguiente manera:
—Tuve que esperar a que tu madrastra terminase de cepillar su largo, espeso, sedoso, relucientenpelo, se restregase en la cara crema antiarrugas, engordara con rímel sus tupidas y negras pestañas, pintase de rojo sus sensuales labios y finalmente, después de haber hecho todo esto se situó delante de su espejo mágico y le hizo la pregunta de siempre.
—¿Y qué respuesta le dio el espejo mágico? —impaciente Blancanieves.
—Le dio también la misma respuesta de siempre.
La joven princesa cerró con fuerza los puños, apretó los labios de trazo cruel y frunció el entrecejo.
—¡Qué rabia! ¿Has visto si ha regresado ya Gruñón?
—Afuera en el salón se encuentra discutiendo con Feliz que, como es su costumbre, ni se altera ni pierde su estúpida, radiante sonrisa.
—Corre a decirle a ese eterno descontento, que venga inmediatamente aquí —marimandona Blancanieves.
Pasado un minuto Gruñón entró en la estancia rezongando entre dientes.
—Deja ya de rezongar —le ordenó la princesita—. ¿Has realizado mi encargo?
Gruñón, en cuyos pequeños ojillos brillaba la maldad, asintió con la cabeza y, a conti-nuación le entregó una cesta de mimbre con cuatro piezas de fruta dentro.
—Bien, puedes marcharte a descansar, que mañana tendrás que trabajar duro.
Gruñón agitó de nuevo la cabeza y abandonó la estancia refunfuñando.
—A veces, este tonto habla menos que Mudito —comentó para sí la niña blanca como la nieve refiriéndose al que acababa de marcharse.
A media tarde Estornudón se presentó ante Blancanieves dando estornudos tan potentes que le obligaban a doblar el cuerpo hacia adelante como si realizase exageradas reverencias.
—Estornuda para otro lado, cochino, que me has llenado de partículas de saliva —protestó la quisquillosa princesita.
Apretándose fuertemente con dos dedos la nariz, único método con el que conseguía este enano eternamente resfriado dejar de estornudar anunció:
—Blancanieves, acaba de llegar tu madrastra.
—¡Estupendo! Hazla pasar
La hermosísima reina entró, elegantes y majestuosos sus andares, en el saloncito donde su hijastra la esperaba.
—Hola, mi querida niña —saludó mostrando una sonrisa bella y tierna—, ¿cómo estás hoy?
Blancanieves nunca había soportado a esta distinguida, bellísima mujer que había ocupado el puesto de su querida madre cuando aquélla falleció.
—Estoy maravillosamente, señora —respondió la princesita forzando una sonrisa que le salió falsa, y acto seguido le ofreció la cesta con frutos que para ella había manipu-lado Gruñón—. Tomad una de estas deliciosas manzanas, alteza —dijo con voz extre-madamente melosa—. Acaban de ser cogidas y están riquísimas. Yo me he comido ya una —mintió.
—Oh, gracias, Ya sabes cuánto me gustan.
La agraciada madrastra cogió uno de los frutos que su hijastra puso a su alcance, se lo llevó a la boca y le dio un mordisco. Inmediatamente su visión se nublo, sus piernas dejaron de sostenerla y la bondadosa reina cayó al suelo muerta por la manzana envenenada que su perversa y envidiosa hija acababa de darle.
Blancanieves soltó una maligna, odiosa carcajada, y exclamo triunfal:
—Ahora, muerta mi madrastra, yo seré la más hermosa de las mujeres y la nueva reina.