MI ABUELO CIRILO FUNAMBULISTA (MICRORRELATO)


(Copyright Andrés Fornells)

El circo Topacio había adquirido merecida fama de contar siempre con el elenco de artistas más extraordinarios del mundo entero.
Mi abuelo Cirilo actuó en el circo Topacio durante tres años. Su número era uno de los de mayor riesgo y, por lo tanto, más admirado y aplaudido por los espectadores. Mi abuelo, sobre un cable situado a diez metros de altura, saltaba a la comba, daba saltos mortales y lo más difícil de todo, recorría dando saltitos parte del cable con la cabeza cubierta con una almohadilla para no lastimarse el cuero cabelludo.
Un día, al ambicioso dueño de aquella afamada compañía circense tuvo la ocurrencia de proponerle a mi abuelo algo que nunca había hecho nadie antes: recorrer el grueso alambre con la cabeza y, además, tocar el violín al mismo tiempo.
—No sé tocar ese instrumento —fue la única oposición que le hizo ese fabuloso familiar mío.
—Encargaré al violinista de la orquesta que te enseñe a tocarlo —solucionó el director del circo.
Mi abuelo aprendió con tanta rapidez a tocar aquel instrumento de cuatro cuerdas, que sorprendió a todos los que siguieron su evolución, y muy especialmente al que le había enseñado.
Cuando mi abuelo estuvo preparado, anunciaron su número catalogándolo como el más espectacular de cuantos se habían realizado nunca. Como se había previsto, con aquel número circense-musical, mi abuelo tuvo un éxito apoteósico. Habían vendido tantas entradas que casi había más espectadores de pie, que sentados. El director del circo llamó a mi abuelo a su despacho para felicitarle personalmente, elogiarle y anunciarle un importante aumento de salario.
—Cirilo, es usted un genio, un artista prodigioso, ¡único! Todos los medios de comunicación del mundo entero hablarán de la proeza realizada por usted. Nos ha dejado a todos boquiabiertos de admiración.
Mi abuelo sonriendo satisfecho le comunicó:
—Me alegra muchísimo que haya gustado tanto mi actuación. No podrá ni usted ni nadie más volver a vérmela realizar de nuevo. Me despido.
—Le triplicaré el sueldo que cobra ahora —creyendo el director del circo Topacio que iban por ahí los tiros.
Mi abuelo, continuo sonriendo. Agitó la cabeza en sentido negativo y le respondió:
—No se trata de eso. Se trata de que usted me ha ayudado a descubrir que, para lo que realmente sirvo es para tocar el violín y no para jugarme la vida sirviéndole emociones fuertes a la gente.
Y así fue como mi abuelo llegó a ser uno de los violinistas más famoso del planeta. Advertencia: que nadie lo busque en la Wikipedia porque este prodigioso familiar mío, en un loable alarde de modestia, toda su vida actuó bajo un nombre que no era el suyo, conservando para siempre el anonimato.

ELLA DEJÓ DOS «VIUDOS» (MICRORRELATO)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pedro Mendrago permaneció más de una hora esperando en la calle, metido dentro de su coche donde terminó fatal de los nervios, amargado y desesperado. Pues durante todo este  angustioso  y eternizado tiempo, llamó por lo menos un centenar de veces al celular de Telesfora Tortosa y le envió otro número parecido de mensajes, preguntándole por qué demonios no bajaba de una maldita vez a la calle a reunirse con él.
Finalmente, Pedro Mendrago se marchó convencido de que ella, en el último momento, se había arrepentido del decisivo paso que habían acordado: el  de escapar juntos.
La verdad resultó muy otra, Telesfora Tortosa no se había arrepentido de nada ni cambiado tampoco de propósito. Le sucedió que, en la cocina, por lo muy nerviosa que estaba se le cayó al suelo el contenido de un vaso de agua, resbaló al pisarlo, tuvo la mala fortuna de dar su cabeza contra un canto de la mesa de formica que allí había y quedar muerta junto a la enorme maleta que tenía preparada.
Durante el entierro, y también horas antes de que tuviera lugar el mismo, Pedro Mendrago lloró desconsoladamente por Telesfora Tortosa y se avergonzó de todo lo que había despotricado contra ella, y también se avergonzó de la infinita cantidad de veces que le dijo a Rafael Peláez (su mejor amigo), que no tenía ni la más remota idea de porque su mujer había metido dentro de su maleta la mejor ropa que poseía y asimismo algunos objetos de valor, evidenciando con ello su intención de abandonarle.
—El corazón humano es un enigma —comentó Pedro Mendrago muy compungido.
—Desde luego que es un enigma. Yo creía que Telesfora era muy feliz conmigo —se lamentó Rafael Peláez– y parece que planeaba huir de mí.
Pedro Mendruga ahogó un sollozo mientras pensaba que su cornudo amigo nunca sabría que Telesfora Tortosa, con su muerte, les había dejado viudos a los dos.