HUBO UN TIEMPO EN QUE LOS HOMBRES FUERON MUY IMPORTANTES (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Hubo un tiempo en que los hombres, trabajando de sol a sol, empleando toda su fuerza, sufriendo, terminando cada jornada doloridos, extenuados y desdichados, alimentaron a sus familias arrancándole a la tierra sus frutos, a las minas sus riquezas y a la mar sus pescados. Muchos de ellos perdieron la salud y la vida procurando que sus mujeres e hijos sobrevivieran.
Ahora que las maquinas cumplen las tareas que esos admirables hombres realizaban con su esfuerzo, sacrificio y salud, es muy fácil quitarles todo mérito, importancia y reconocimiento.
A Gustavito lo criaron su madre y su abuela. Las dos eran viudas. La madre de Gustavito, siendo apenas una adolescente perdió a su padre, pescador, en una tormenta cuando él se hallaba pescando en su modesta barquita para conseguir con que alimentar a su familia. Gustavito, siendo todavía niño, perdió a su padre en una guerra a la que él, hombre pacifico y humanitario no quería ir.
Por su parte los asesinos que organizaron esa guerra, los ganadores sacaron honores y riquezas. Los perdedores huyeron con riquezas también, vivitos y coleando. Todos ellos sin que les atormentase la conciencia por las viudas y huérfanos que habían causado.
Sí, hubo un tiempo en que los hombres fueron muy importantes. Lástima que demasiada gente se ha olvidado de ellos. Pero así es el género humano: olvidadizo, desagradecido e ingrato.
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DESAYUNO PARA DOS (MICRORRELATO)

desayuno bueno

 

 

 

 

 

 

 

(Copyright Andrés Fornells)

Amadeo despertó. Giró la cabeza. Ella estaba allí, a su lado, con su cara angelical, dormida. Sintió ganas de soltar un estentóreo grito de felicidad; unas ganas tan fuertes de hacerlo, que se tapó la boca con toda la mano para evitarlo. Por nada del mundo debía molestar a criatura tan divina. La contempló embelesado durante varios minutos. ¡Dios, qué hermosa era, Y le quería ella! Le quería con locura. Se lo había repetido varias veces mientras se amaban desenfrenadamente.
Una idea repentina, genial, lo puso en movimiento. Abandonó el lecho poniendo sumo cuidado de no despertarla. Su propósito era preparar dos suculentos desayunos y, cuando los tuviera listos, la despertaría con un beso, ella le sonreiría amorosamente y desayunarían juntos. Y mientras desayunaban se mirarían todo el tiempo al fondo de los ojos y seguirían amándose con la mirada.
Cuando él regresó al dormitorio con el desayuno para dos en lo alto de una bandeja en la que, además llevaba una rosa amarilla que había robado del jardín de su vecino, comprobó que la cama se hallaba vacía, cayendo entonces en la frustrante cuenta de que todo lo anterior lo había soñado.
Esta realidad le produjo tanta rabia que se comió él los dos desayunos diciendo entre bocado y bocado:
—Ñam ñam, esto te perdiste por tonta… Ñam ñam, esto te perdiste por ton-ta…
Llegó él, en su decepción y enojo hasta el extremo de que, quitándole las espinas, también se comió la rosa amarilla con tallo y todo. Esa mañana llegó tarde a la oficina porque la flor o el disgusto le causó diarrea.
Tomar demasiado en serio los sueños, a menudo, resulta perjudicial.

UN CAMPESINO Y UNA CARTOMANTICA (RELATO CORTO)

TAROT BUENO

(Copyright Andrés Fornells)

Él se llamaba Teo y era un habitual del bar. El nombre de ella era Alicia y había entrado por primera vez en aquel local. Los dos estaban tomando café en la barra y se observaban de reojo. Más decidida ella realizó una primera aproximación:
—Tampoco parece que vaya a llover hoy, ¿verdad?
—No, y buena falta que hace. Y sé lo que me digo porque soy agricultor.
—Pues yo soy vidente. Echo las cartas —reveló ella con seriedad.
—¡Qué interesante! ¿Y cobra mucho por echarlas —interesado él.
—Usted quiere que se las eche gratis, y gratis se las voy a echar.
—Oiga, lo ha adivinado usted —él abiertamente admirado.
Alicia sacó del interior de su bolso una baraja de tarot, la barajó con notoria maestría y colocándola encima del mostrador le indicó al hombre del campo que cortara.
—¿Con la navaja que llevo dentro del bolsillo? —bromeó él.
—Es usted una persona con muy buen humor —juzgó ella.
—Oiga, también eso lo ha acertado usted —reconoció él.
—Es que soy muy buena en lo mío —ella sin falsa modestia. Colocó a continuación nueve naipes boca abajo y explicó—: Este es el círculo mágico del sabio Salomón. Vamos a ver que me revelan las cartas —dio la vuelta, con mucha solemnidad, a una de ellas. Su rostro todavía agraciado mostró profunda concentración—. Veo una mujer en su vida —manifestó por fin.
—La guarra de mi mujer.
—Su mujer le hizo algo malo.
—Se fugo con un camionero, la muy puta.
—No se preocupe, se llevará su merecido.
—Eso deseo, que a cada cual le den lo que merece —rencoroso.
—Veo ahora a una persona bastante joven —ella volteando otra carta.
—Mi hijo, otro sinvergüenza. Robándome se compró un coche nuevo, mientras yo voy por ahí con una furgoneta que se cae en pedazos. Lo eché de casa y le dije que se fuera a robar a otros, que a mí no me podría robarme más.
—Vamos muy bien hasta ahora. Todo aciertos —ufana ella—. Ahora veo a una mujer mayor.
—¿Gorda, fea y con bigote?
—Sí, gorda, fea y con bigote.
—Mi suegra. Maldita sea su estampa. Ella tuvo buena parte de culpa en lo que me ocurrió con su hija. Por mal criarla desde que la trajo al mundo. Dándole siempre todos los caprichos, acostumbrándola mal y al final me dio el pago que me dio. Todo lo que yo hacía por ella la parecía poco. No había forma de tenerla contenta. ¡Maldita sea su estampa!
—Veo a otra mujer —la adivina dándole la vuelta a una nueva carta.
—¿Delgada y con cara de bondad?
—Exacto, delgada y con cara bondad.
—Mi madre: una santa, que Dios la tenga en su Gloria.
—Me lo ha quitado de la boca. Veo ahora a un hombre mayor.
—¿Delgado también, con bigote y vestido de luto?
—Exacto, delgado, con bigote y vestido de luto.
—Mi padre, un hombre muy recto, muy trabajador y con un par de cojones. Con perdón. Nunca le vi arrugarse ante nadie y todos lo respetaban. Pero por favor siga usted adivinando cosas, me tiene perplejo —consideró admirado.
Alicia colocó su dedo índice sobre una nueva carta puesta boca arriba.
—Veo que aparece en su vida una mujer buena, misteriosa e inteligente. Es rubia, con los ojos castaños y lleva un vestido rojo con lunares blancos.
El labriego se la quedó observando boquiabierto de asombro y exclamó:
—¡Usted es rubia, con ojos castaños y lleva un vestido rojo con lunares!
—Así es. Mis cartas nunca mienten —ella con arreboles de veinteañera.
—¿Sabe? Yo nunca había creído en los poderes de la adivinación y usted acaba de demostrarme que existen. Queda una última carta. Vea qué dice –demostrando el rústico una mezcla de ilusión y ansiedad.
—Veo un hombre recio de pelo cano, muy cariñoso, que encuentra a esta mujer del vestido rojo con lunares blancos y desea hacerla muy feliz.
El cepo que Teo tenía por boca se abrió cuanto daba de sí. Mantuvo esta máxima apertura dos minutos largos y luego, recuperando la movilidad dijo entusiasmado:
—¡Dios de las buenas cosechas. Acertó usted de nuevo. ¿Nos damos un paseo. Afuera hace un día precioso. ¿No le apetece a usted?
—Sabía que iba a pedírmelo. Me apetece muchísimo. Vamos de paseo.
Pagaron a medias los cafés a un tabernero que los había escuchado con benevolencia y ahora les miraba con los comprensivos ojos del hombre que ha visto muchas personas diferentes, escuchado muchas historias creíbles e in-creíbles, y ya no lo sorprende nada. Y que con una ancha sonrisa del que es gran filósofo sin necesitar estudiarlo en los libros, les siguió con un brillo en la mirada, de sabio de la mirada.
El labriego y la nigromántica se habían cogido de la mano y cuando llegaron a la puerta el agricultor dijo:
—¿Ves ese par de nubes que se están rejuntando por la parte de poniente? Pues mañana o pasado nos darán lluvia.
—Hombretón, presumo que adivinando cosas del tiempo, eres tan bueno como yo en lo mío —tuteándole también.
Y ambos unieron sus alegres risas.  El destino había decidido portarse generosamente con ellos.

TINO Y SUS SUEÑOS (RELATO CORTO)

bajo la lluvia

(Copyright Andrés Fornells)

Tino Díaz vivía solo en un pequeño apartamento. Tino soñaba mucho y, una vez despierto lamentaba que sus mejores sueños nunca se convirtieran en realidad.
Una noche que llovía a mares soñó que en el parque cercano a su casa, una chica bellísima iba, dentro de un momento a bailar desnuda para él.
“Si me doy prisa la encontraré”, se dijo despertando de pronto. Y convencido de que así sería, se puso un chubasquero, un par de botas de goma y, espoleado por la ilusión corrió hacia el parque mojándose y ensuciándose de barro la parte baja de sus pantalones. Desde los vehículos y los portales donde se había guarecido, mucha gente observó con sorpresa su correr acelerado.
Tino llegó finalmente al parque y allí estaba la chica bellísima bailando desnuda bajo la lluvia. El corazón le saltó de alegría. <<¡Oh, Dios de los cielos, tengo la felicidad a mi alcance!>>, se dijo exultante. Por fin había logrado lo considerado por muchos como imposible: Unir sueño y realidad.
Con acelerada avidez caminó hacia la chica soñada, los brazos abiertos, la más seductora de sus sonrisas curvando sus labios; pero cuando estuvo muy cerca de aquella beldad se llevó la gran desilusión de comprobar que ella estaba bailando, ciertamente, pero para otro chico que la observaba embelesado, protegido del agua torrencial que caía, debajo de un enorme paraguas multicolor.
Tino sumando otro desengaño más a los otros anteriores, se alejó cabizbajo, amargado, convencido de que el malvado destino le tenía asignado el fatalismo de que siempre se le adelantase alguien impidiéndole cumplir sus más maravillosos anhelos. En esta ocasión, además de llevarse a casa una nueva frustración, el joven soñador se llevó también un fuerte catarro.
Y aquella noche soñó en un cementerio y en una multitud de gente que depositaba flores a su tumba.
Cuando finalmente despertó, con fiebre y muchos mocos, Tino se alegró de que esta vez, sueño y realidad con coincidieran en absoluto.
—Tendré que realizar serios esfuerzos para soñar menos y aferrarme con mayor fuerza a la realidad —se auto aconsejó, rubricando esta sensata decisión con un estruendoso estornudo.
—¡Jesús! —dijo, desde la oscuridad, una armoniosa voz femenina.
Fue tanta la claridad con que la escuchó que Tino pensó le merecería al día siguiente ir al médico y también al psiquiatra.

REFLEXIONES OPTIMISTAS (PÍLDORAS FILOSÓFICAS)

reflesiones optimistas

 

 

 

 

 

 

(Copyright Andrés Fornells)

No sintamos ni amargura ni frustración si no hemos conseguido alcanzar
metas que eran demasiado altas para nosotros.
Sepamos ser humildes y agradecidos.
Miremos atrás con optimismo y valoremos todo
lo que hemos logrado desde nuestro inicio,
que fue venir al mundo desnudos,
indefensos, ignorantes y desvalidos.
Y así apreciaremos el enorme éxito que,
en realidad, hemos obtenido. desde entonces, y no seremos injustos y desagradecidos

UNA MUJER INFIEL (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Román Muñoz conocía al taxista que, atendiendo a su llamada, acudió al aeropuerto cuando él regresó de un viaje de trabajo que había durado dos días. Durante el trayecto, el profesional de la conducción, que se llamaba Judas Morales, puso en conocimiento de su cliente un hecho que había presenciado, por casualidad, la noche anterior.
Román Muñoz quiso le confirmase lo que acababa de descubrirle el taxista, con una indignada pregunta que le hizo:
—¿Estás seguro de que viste a mi mujer cenando en Los Comensales con un joven que la cogía las manos?
—Estoy tan seguro como lo estoy de que, en este momento, lo estoy llevando a su casa —afirmó con absoluto seguridad su interlocutor.
Llegaron al apartamento donde vivía Román Muñoz. Éste pagó la carrera con propina incluida y se separó del conductor profesional.
Cuando entró en la vivienda conyugal encontró a su bella mujer tumbada en el sofá siguiendo en el televisor un culebrón y disfrutando, al mismo tiempo que mantenía sus hermosos ojos verdes fijos en la pequeña pantalla, del contenido de una caja de bombones.
—Hola, mi vida —le dedicó ella el cariñoso saludo habitual.
Su marido soltó la pequeña maleta, fue junto a su consorte y cambió con ella un beso, más afectuoso que apasionado.
—¿Has tenido buen viaje? —se interesó ella cargada de dulzura la voz dirigiéndole una mirada de genuino interés.
—Muy bueno. Y he cumplido a la perfección el encargo que me había recomendado mi empresa. —¿Y tú que tal has pasado estos dos días? —demostrando él parecido interés.
—Aburrida el primer día. Divertida el segundo. El hijo de tu jefe me llevó a cenar, luego al baile y finalmente me acompañó a casa.
—¿Y supongo le dijiste que te da miedo dormir sola? —ansioso él.
—Por supuesto, y él fue tan amable que pasó toda la noche conmigo en la cama quitándome el miedo.
—¿Te mereció la pena el sacrificio que hiciste?
—Mas o menos —sin demostrar entusiasmo ella.
—¿Le hablaste de mi aumento de sueldo?
—Pues claro, mi vida. Siempre velo por nuestros intereses. Te conseguí un diez por ciento de aumento.
—¡Estupendo! Siempre he podido confiar en ti. Eres extraordinaria, mi vida. Mira, ponte bien guapa esta noche, que seré yo quien te lleve a cenar a un lujoso restaurante. Te mereces un detalle especial como éste y muchos más.
—¡Ay, que no hará por amor una mujer enamorada, como lo estoy yo de ti! —celebró con una alegre carcajada ella, cuyo metabolismo le permitía atiborrarse de comida sin aumentar de peso por ello.
El cornudo consentido se rio también con parecida satisfacción. Formaban un matrimonio admirablemente bien avenido que compartía ganancias y falta de escrúpulos.

EL TRAPECISTA Y PIMPINELA ROSA (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
A Joe Mendoza, el hecho de haberlo abandonado Pimpinela Rosa lo había sumido en tal estado de desesperación que, habiendo llegado a experimentar un total desprecio por su vida ordenó al director de pista, minutos antes del momento de su actuación:
—No pongas la red esta noche. Actuaré sin ella.
El aludido, teniendo en cuenta el enorme peligro que tal decisión encerraba trató de disuadirlo.
—No seas temerario, Joe. El cuádruple salto mortal lo has fallado alguna que otra vez y, una caída a la pista desde diez metros de altura a la velocidad que tú giras sería exponerte a una muerte casi segura.
Joe se le enfrentó airadamente gritándole de lo más amenazador:
—¡Si colocas la red yo no actuaré y del escándalo y de las enojadas protestas del público tendrás que responder tú, primero delante de los enfurecidos espectadores y después delante del todavía más enfurecido dueño del circo que bastante exasperado está ya porque las pobres recaudaciones que conseguimos cada día hacen menos rentable este negocio y lo tenemos al borde de la ruina!
—Vosotros sois testigos de que no voy a poner la red, porque este loco de Joe Mendoza me está obligando a ello —dijo el director de pista a Antón, el domador de leones, y a Kuko, el payaso.
Estos dos asintieron con la cabeza. Joe marchó a su camerino a cambiarse de ropa para su próxima actuación. Antón se dirigió también a su carromato a contarle a su mujer la posible desgracia que podía producirse inminentemente. Kuko, mientras hablaba por su móvil, observó por un resquicio las arriesgadas piruetas de la pareja de amazonas sobre sus monturas. De Irina, la más joven de las dos, estaba muy enamorado sin posibilidad de correspondencia.
Joe Mendoza estaba realizando unos ejercicios de calentamiento cuando recibió una llamada telefónica. Estuvo a punto de ignorarla, pues no le era conocido el número aparecido en la pequeña pantalla luminosa. Pero finalmente abrió línea.
Las palabras que escuchó, venidas desde un teléfono público motivaron que abandonase corriendo su camerino. Localizó al director de pista y le ordenó, categórico:
—¡Colocad la red! La necesito para seguir vivo.
El ordenado lo miró con alivio pensando que el trapecista había recobrado de nuevo la cordura perdida. Ignoraba que la llamada que Joe Mendoza acababa de recibir pertenecía a Pimpinela Rosa. Ella le había anunciado que regresaba con él porque no podía vivir sin su amor. Aquella noche podrían pasarla juntos en la misma cama, no sin antes regalarle ella una caja de sus bombones favoritos a Kuko, el payaso, en muestra de agradecimiento.
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