FANTASÍA: UN ASUNTO DE ALMAS (MICRORRELATO)

angel

(Copyright Andrés Fornells)

La diablesa Flamigera quiso entrar a formar parte del multitudinario harén que poseía Satán.
—Tendrás que ganarte ese honor, como se lo han ganado mis otras esclavas —le exigió el malvado de los cuernos.
—Me lo ganaré —aseguró Flamigera, después de escuchar de su maligna boca la prueba que debía superar.
Flamigera se disfrazó de mujer extraordinariamente hermosa. Los hombres se le rendían nada más verla. Y cuando se acercaban a ella anhelantes, babeantes de deseo, les sonreía y les decía irresistiblemente seductora:
—Eres un hombre maravilloso, único. Me entrego a ti. Dame tu alma en un beso.
Y los hombres incautos y ciegos de lujuria y de vanidad, le daba su alma en un beso y se quedaban sin ella dejando de ser válidos para las mujeres buenas.
En menos de una semana Flamigera se presentó delante de Satán y le entregó las mil almas masculinas por él exigidas.
Un ángel queriendo arreglar hasta donde le fuera posible este desastre espiritual descendió a la tierra y procuró avisar a cuantas mujeres les fue posible que tuvieran el máximo cuidado pues algunos hombres no tenían alma. Este mismo ángel algún tiempo antes había avisado a los hombres de que había mujeres a las que Satán había dejado también sin la suya. Y de esa desdichada época vienen todos los hombres y mujeres sin alma.

SE EQUIVOCÓ EL CONQUISTADOR (MICRORRELATO)

SE EQUIVOCO EL CONQUISTADOR
Pepe Lomas era uno de eso hombres que miran a las mujeres como a simples objetos de deseo. Aunque no a todas. A las mujeres maduras y a las ancianas simplemente no las veía. Para él como si fueran transparentes. En cambio, con las mujeres jóvenes y guapas despilfarraba su vista abusivamente, tan abusivamente que muchas de ellas tenían la impresión de que los ojos de él les quitaban la ropa y a continuación les ensuciaba el cuerpo.
Un día Pepe Lomas coincidió en el ascensor con Marujita Torres. Marujita Torres estaba magníficamente provista de todos esos encantos femeninos que los hombres encuentran irresistibles.
Ese día que coincidieron ambos en el ascensor, Pepe Lomas, como era habitual en él, la desnudó con la vista y además tuvo la desvergüenza de meterle mano.
Marujita Torres era cinturón negro en la disciplina de karate, y había ganado más de una docena de competiciones en este duro y competitivo deporte.
Pepe Lomas se permitió decirle, babeante de deseo:
—Joe, tía, tienes de todo y por pares. Tú y yo vamos a terminar cometiendo locuras. Vamos a mi apartamento y sabrás lo que es bueno.
—Las locuras las vamos a cometer ahora y aquí mismo —dijo ella cerrando los puños y colocándose en posición de ataque.
Pepe Lomas con dos golpes de ella, muy bien aplicados, quedó como dicen de los toros, después de haber sido muertos por el torero, quedó para el arrastre. Y eso hizo Marujita Torres, lo arrastró hasta su apartamento soltándolo delante de la puerta del mismo.
Cuando un vecino consiguió reanimarle, le preguntó a Pepe Lomas:
—¿Qué te ha ocurrido, Pepe?
—No lo sé muy bien. Creo que me ha pasado un tráiler por encima.
Sí sabía bien Pepe Lomas lo que le había ocurrido pues, en el futuro, cada vez que veía a Marujita Torres salía corriendo tan rápido que ni el Usain Bolt lo habría alcanzado.

ELLA ERA COMO LA REINA DE HONOLOLÚ (MICRORRELATO)

flor-buena

(Copyright Andrés Fornells)

Yo no sabía nada del reino de las flores cuando conocí a Margarita. Las consideraba cositas de colores que encontrabas presentes en los jardines de parques y plazas públicas. Cositas que atraían la especial atención de las zumbadoras abejas y que, algunas de ellas, si te daba por emplear el olfato, considerabas olían hasta bien.
Fue Margarita cuando, arrebatado de pasión le declaré que me había enamorado de ella, quien, mirándome con la benevolencia con que una reina miraría a un vasallo insignificante que le demostrase incondicional adoración, me dijo:
—Encanto, si yo perteneciera al reino de las flores, yo merecería el nombre  de reina de Honolulú.
—Divino —contesté yo en mi ignorancia, y añadí, galante—: Las flores sois preciosas y, muy especialmente lo eres tú que posees el rango de reina.
—Bueno. Estás avisado —respondió ella, enigmática.
De haber poseído yo un más amplio conocimiento sobre estas bellas criaturas vegetales, entra dentro de lo muy posible que jamás me hubiese enamorado de Margarita. Lo reconozco así porque el amor de Margarita me duró tanto, por su parte, como dura la flor reina de Honolulú: una única noche.
Creo que su veloz pérdida, afectó bastante negativamente a mi cerebro, me lo traumatizó, pues fue a partir de entonces, de la brevísima duración de nuestro idilio, que comencé a coleccionar cactus.
Llevo reunidos, más de trescientos ya, y raro es el día en que alguno de ellos no me pincha los dedos. A todo el que me pregunta por qué colecciono cactus si me causan dolor, mi respuesta es que, ese dolor que me causan sus pinchazos traen a mi memoria a Margarita a la que, a pesar de los pesares, y de la fugaz relación que nosotros dos mantuvimos , no quiero olvidarla. ¿Estoy solo en esto de creer que, de recuerdos hermosos también se puede sobrevivir?

LA BELLEZA (MICRORRELATO)

belleza font
—Papá, dime una cosa que te duela
en lo más hondo del corazón
—me pidió el más sensible de mis hijos, el que se queda embelesado contemplando una flor, una mariposa, el sol sorteando nubes.
Y le respondí:
—Pues que cada día resulta más difícil
encontrar la belleza dentro
de un mundo en el que son
tan numerosos quienes se
esfuerzan en llenarlo
de fealdad y lo consiguen.
Encontré en su reacción belleza de nuevo.
Se llenaron de lágrimas de pena
sus sentimentales ojos. Me dolió su reacción, pero consideré era mejor lo supiera por mí, que por otros que él pudiera creer menos que a mí.

CARTA SEMANAL DE UNA ESCLAVA (MICRORRELATO)

PATÉTICA
Te amé con todo mi cuerpo y toda mi alma. Me entregué a ti por completo y conseguí enloquecieras de placer. El menor de tus caprichos te lo concedí. Entre nosotros dos no hubo más voluntad que la tuya. Yo fui tu abnegada esclava. Viví para ti. Tu dicha era la mía. Sólo tú contabas. Te entregué cuanto poseía, pues me bastaba tu amor para considerarme la persona más rica de este mundo, y nada más necesitaba.
Y cuando ya te lo había dado todo y no me quedaba nada que poder darte, un día, aprovechando una ausencia mía de dos días por un viaje de trabajo, te marchaste llevándote las escasas pertenencias de algún valor que todavía me quedaban. Cuando a mi vuelta descubrí esta ruin acción tuya, no lo sentí por mi ruina total sino porque te habías ido de mi vida dejándola tan vacía como una bañera que ha dejado correr por el sumidero el líquido que contenía. Por favor, te lo suplico vuelve a mi lado. Haré para ti lo que me pidas, incluso prostituirme y darte el dinero que consiga. Y si no te basta que me prostituya por ti, robaré e incluso asesinaré en tu provecho. Ya sabes todo lo dispuesta que estoy a hacer por ti. Vuelve a mi lado, por favor. Vuelve, porque tu ausencia me está matando.
Tu esclava,
EVA
Una semana más tarde ella recibía de vuelta esta carta, debido a que ignoraba la dirección del ingrato huido y escribía una inventada por ella. Abría esa cara y mientras la leía lloraba desconsoladamente sintiéndose la más desdichada de todas las mujeres. Y cuando se había desahogado bien, escribía una nueva humillante carta a una dirección cualquiera, pero con el remitente correcto.

Y un día un hombre que había sido traicionado del mismo modo que ella se presentó en su casa y tras contarse ambos sus desdichas decidieron unir sus vidas consiguiendo con ello un extraordinario éxito como pareja, dejando demostrado que ni los desengaños ni los sufrimientos duran siempre.

UNA MUJER DESCONCIERTA A UN HOMBRE (MICRORRELATO)

UNA MUJER DESCONCIERTA A UN HOMBRE

(Copyright Andrés Fornells)

Habían terminado de hacer el amor y, al igual que siempre desde que comenzaron su relación, semanas atrás, había sido altamente satisfactorio para ambos. El hombre, todavía jadeante, contempló a la mujer como si la considerase la hembra más hermosa del universo. Ella, de pronto, reparando en el embeleso que mostraba su mirada, torció el gesto y preguntó contrariada:
—¿Por qué me estás haciendo esto?
—¿Haciendo qué? —él sin comprender a qué se refería.
—Actuar como si me amaras.
—¿Y si fuera así, que te amo realmente con toda mi alma?
—Pues que no volveríamos a vernos más —tajante ella apartando, brusca, la mano con la que él le acariciaba con extremada ternura el pelo—. Yo sólo quiero sexo contigo. Sexo y nada más.
—Perfecto, pues sigamos —ocultando el hombre la decepción y el desencanto que acababa de causarle la cruda exposición de ella.
Para una vez que se había enamorado de verdad…

MUJERES Y HOMBRES MADUROS (MICRORRELATO)

pareja-lisen-musica_2653499
Ella era, como tantas mujeres, excesivamente confiada. Creía estar haciendo todo lo necesario para que su marido tuviese una vida cómoda y placentera. Cuidaba con esmero de su ropa, le preparaba las comidas que más le gustaban y estaba todo el tiempo pendiente de él. Y para tener confirmación de que él reconocía sus esfuerzos y dedicación, de vez en cuando le preguntaba:
—¿Eres feliz, mi vida, con lo bien que yo te cuido?
—Sí, sí, claro —respondía él con aire distraído y ademán condescendiente.
Ella, aunque pueda parecerles normal a muchas mujeres en su misma situación, aunque se daba cuenta de que su consorte cada vez le demostraba menor deseo carnal, consideraba le estaba ocurriendo lo mismo que a ella, con el paso de los  años practicar sexo ya no le apetecía casi nada. El acto sexual exigía realizar un esfuerzo físico que le causaba agotamiento e incómodas y desagradables agujetas en varias partes de su cuerpo.
Efectivamente a ella le ocurría lo mismo que les ocurre a tantas mujeres: se le olvido lo importante que para su hombre había sido siempre el acto sexual.
Y un día, aprovechando que ella se había ido a visitar a una hermana que vivía en otra ciudad, su marido llenó una maleta con sus mejores cosas y se marchó lejos con una chica mucho más joven que su mujer, y a la que entusiasmaba practicar sexo con él.
Su mujer nunca perdonó ni entendió. No entendió que su esposo pudiera pagarle con desagradecimiento y traición todos los sacrificios y esfuerzos hechos por ella para que fuera feliz, tal y como ella interpretaba la felicidad de un hombre.
Siempre se ha dicho que los hombres no conocen bien a las mujeres, pues esto es aplicable asimismo a las mujeres: que conocen poco a los hombres.

ERA UN HOMBRE QUE LE GUSTABAN MUCHÍSIMO LAS MUJERES (MICRORRELATO)

mujer

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(Copyright Andrés Fornells)

Se llamaba Primitivo Rodríguez. Era bajito, escuchimizado, medio calvo y trabajaba de contable. Tenía 53 años y no se había casado porque su falta de atractivo personal había espantado a todas las mujeres a las que él se había acercado. Esta realidad la llevaba muy mal porque idolatraba a las mujeres. Sus ojos se incendiaban siempre que una fémina hermosa pasaba cerca de él, y su embelesada mirada la seguía hasta que la multitud o la distancia se la quitaban de la vista.
Una mañana se encontró tumbado de espaldas en la acera con la nariz ensangrentada y rodeado de un pequeño grupo de personas que, preocupándose por él, le estaban preguntando qué le había sucedido.
Primitivo sacudió la cabeza, recobró la memoria y, por vergüenza no les confesó que se había dado de narices contra la farola que tenía a menos de un metro de él, por haber caminado con la cabeza vuelta siguiendo con mirada admirativa a una imponente rubia de curvas extraordinariamente voluptuosas envueltas en un ajustado vestido rojo y calzada con una zapatos altísimos del mismo color que hacían a sus bien torneadas piernas interminables, y dijo mintiendo, aceptando el pañuelo que le entregaba una señora regordeta para que limpiase sus ensangrentados nariz y boca:
—Me ha dado un pequeño mareo…
—Debería acudir a un médico. Posiblemente tenga la tensión baja —la samaritana.
—No, creo que ha sido por culpa de mi vista.
—Entonces vaya a que lo vea un oculista.
Quería ayudarle la mujer gordita, la única que se había quedado junto a él pues los demás curiosos todos habían seguido ya su camino. Primitivo enredó sus ojos cargados de interés en los ojos bondadosos, solícitos, de la atenta mujer y sintió que se le despertaba hacia ella en vez de deseo, afecto, y le preguntó:
—¿Está usted soltera?
—Sí. Nunca tuve suerte con los hombres.
—Ni yo con las mujeres.
—¿Qué le parece si intentamos juntos cambiar eso? —risueño.
—Perfecto —alegre ella, tendiéndole una mano para ayudarle a ponerse en pie.
Y continuaron juntos chalando animadamente. El destino, desde lo alto de su torre del capricho, les observaba sonriente.

MI PERRO «GARBANCITO» (MICRORRELATO)

perritos-graciosos

 

 

 

 

 

 

(Copyright Andrés Fornells)

“Garbancito”, un perro mío miniatura llevaba mucho tiempo poniendo a prueba mi paciencia. Si le decía:
—¡Ven aquí!
Él hacía todo lo contrario, se alejaba. Y si yo le decía, porque no quería tenerlo cerca:
—¡Fuera! ¡Márchate!
En vez de irse “Garbacito” se tumbaba a mis pies. ¡Era desesperante su actitud!
Un día me encontré en el mercado a mi primo Telesforo. Mi primo Telesforo tiene una pequeña granja a las afueras de Estepona. Nos preguntamos por nuestras respectivas familias. Tanto la suya como la mía, aparte de las consabidas dificultades económicas, en lo de la salud íbamos tirando bien. Él se me quejó de lo mal que sus gallinas le ponían en aquellas fechas.
—Acusan el frío, y eso que les he puesto calefacción, lujo que yo no tengo en mi vivienda por lo mucho que suma la factura de la luz.
—Bueno, no tienes calefacción en tu casa porque ninguno de vosotros, que yo sepa, ponéis huevos.
Mi guasa tuvo éxito y los dos nos reímos.
—De todas formas recuerda el dicho: En el tiempo de la graná, la gallina no pone ná.
—Joer, primo, eres más de campo que yo.
—No sé si tomarme a bien o a mal esto que acabas de decir. Bueno, voy a lo que importa; mira, me tiene desesperado ese perrillo mío Es el animal más desobediente de este mundo.
Después de escuchar mis quejas, primo Telesforo me hizo una amable propuesta:
—Déjame a ese animalillo unos días y verás como yo te lo cambio.
—Eso está hecho y te adelanto mi agradecimiento.
Le llevé a “Garbancito”, que cuando se vio preso de una correa que sujetaba mi primo, y a mí alejarme hacia el coche se puso a gimotear con tanta pena, que me puso el corazón como pan en remojo.
—¡Vente a por él dentro de una semana, primo! —me gritó Telesforo.
Pasó una semana. Yo echaba tanto de menos a “Garbancito” que no paraba de pensar en él, en su mansa mirada, en sus cariñosos lengüetazos y en los desenfrenados movimientos que me dedicaban su rabo. Llamé a mi primo.
—Puedes venir ya a por él. Y tráete de camino una docena de cervezas que me he quedado sin ninguna.
Entendí que este sería el pago por su esfuerzo de educarme a “Garbancito”.
Telesforo se puso alegre con las cervezas (para mí que le tiene manía al agua), y “Garbancito” se volvió loco de contento al verme. Daba saltos locos. Volteretas en el aire y unos ladridos que me sonaron a música celestial.
—Vaya lo que te añoraba tu perrillo —se admiró mi primo.
—Más lo añoraba yo a él —sincero, acariciándole con infinita ternura la peluda cabeza.
—Venga, largaos los dos que tengo trabajo. He de ir a cortar un poco de alfalfa para el burro, que todavía no ha desayunado hoy. Ya podéis escucharle como rebuzna, parece un cantante de ópera (el género “vocero” que a mi primo le mola es el flamenco).
—Digo si rebuzna, se le escuchará desde la Moncloa. Ya mismo te cobran por tener burro.
—¡Calla, primo, no les des ideas, joer!
—Me voy a ir. Gracias por todo, primo.
—De nada. La familia está para algo, ¿no? Hasta la vista.
Puso él las cervezas a la sombra y se dirigió con la hoz y un capazo hacía la parcecelita donde tiene plantado el forraje.
Por el camino, “Garbancito” y yo mantuvimos una conversación tonta, pamplinosa.
—¡Qué rebonito eres, joer! ¡Y mira que te quiero yo, sacodepulgas!
—¡Gua! ¡Gua! ¡Gua, gua, gua!
Y en cuanto llegué a casa y él se bajó del coche y empezó a darle deses-perada tarea a sus narices olisqueando por mil sitios diferentes, decidí entonces comprobar la labor educativa que mi pariente había realizado con él, y le llamé:
—¡“Garbancito”, aquí! ¡Ven aquí, bonito!
En lugar de obedecer mi orden, mi perrillo se alejó varios metros más de mí. Solté un bufido de exasperación. Mascullé gran enojo dedicado a mi primo Telesforo:
—Ya me extrañaba a mí que ese palurdo hubiera conseguido progreso alguno. No sabe obligar a sus gallinas a poner huevos en otoño, va a saber cómo educar perros.
Esperé a calmarme antes de coger el teléfono y marcar el número de su granja.
—Primo, me parece que tú sabes tanto de perros, como yo de descifrar jeroglíficos egipcios —le solté con recochineo—. Le he ordenado a “Gar-bancito” que viniera y se ha alejado de mí.
—Normal.
—¿Cómo que normal? —sintiendo recorrer mi cuerpo el hormigueo de la indignación.
—Pues normal —ratificó él—. ¿No te has dado cuenta de que tu perro padece dislexia? Dale las ordenes al revés de lo que quieres que haga, y verás el resultado.
—Tú estás loco —dije enfadándome.
—Y tú no sabes nada de perros. Y te dejo porque tengo que atender a una oveja que está apunto de parir, ¡paleto!
Colgó inmediatamente mi primo. Aunque creí saber el significado de la palabra dicha por él: dislexia, la busqué en mi diccionario de la RAE. Y allí ponía: Dislexia: alteración de la capacidad de leer, por la que se con-funden o se altera el orden de las letras, sílabas o palabras.
Quedé muy pensativo. Reflexioné. Reconocí que mi primo con un coeficiente de inteligencia de 180 me había estado tratando, equivocadamente, como a un igual. Y de pronto entendí lo que había significado con lo de dislexia. Me fui hacia donde se encontraba “Garbancito” jugando con una pelota de tenis junto a la maceta de la María Luisa (plata muy buena para quitarte el flato) y le ordené:
—¡Ven aquí, “Garbancito”.
Inmediatamente él se alejó. Realicé una nueva prueba:
—¡“Garbancito”, fuera! ¡Márchate!
Inmediatamente se vino hacia a mí, veloz, meneando el rabo con tanto entusiasmo, que no sé cómo no se le despegó del culo.
Sirva este escrito mío para aquellos que tienen perros que ellos creen desobedientes. No son desobedientes sus perros, lo que les ocurre es que sufren “dislexia”. Ni más ni menos.