El Seductor y la Rica Heredera

Me llevó unos diez minutos cambiarle la rueda. Mientras me quitaba con el antebrazo el sudor de la frente, me volví hacia ella. Había ocultado sus ojos detrás de unas gafas de cristales oscuros. Y de pronto descubrí algo que me disparó la indignación. La prenda dejada por mí a su cargo, se hallaba ahora toda arrugada encima del capó de su bólido cubierto de polvo.

-¿Ha sido excesivo esfuerzo para ti sostener mi americana unos pocos minutos, tía floja? -le espeté, furioso.

Torció su boca una mueca de desprecio, que a mí me sentó tan mal como un escupitajo. Me acordé repentinamente de Tanaka y sus continuas recomendaciones de conservar siempre la calma, y realicé varias inspiraciones profundas, al tiempo que devolvía las herramientas y la rueda averiada a su sitio, y limpiaba bien mis manos sucias con un paño que allí encontré.

-Bueno, listo -anuncié recogiendo mi chaqueta y quitándole el polvo adherido, antes de ponérmela-. Ha sido menos difícil que descifrar un jeroglífico sin la ayuda de la piedra de Rosetta y sin tener ni puñetera idea de egiptología -exhibí cultura con la petulancia que ella me inspiraba-. Me gustaría conocer tu nombre. El mío es Javi Madriles.

-Marina -dijo como a la fuerza-. Dime cuánto te debo y la dirección donde puedo mandarte el dinero.

-Estás acostumbrada a pagar por todo aquello que hacen por ti, ¿verdad, engreída?

-La gente como tú, todo lo hace por dinero, ¿no? -apuntó, despectiva, echando hacia atrás su espléndida melena.

Reparé en la pulsera de zafiros que rodeaba su muñeca y me retorció las entrañas la consideración de que debía valer más dinero del que yo conseguiré ahorrar a lo largo de toda mi vida, si no cambio por otra más lucrativa, la ruinosa y vocacional profesión que ejerzo.

Su arrogante actitud despertó la ira del troglodita que llevo dentro.

-No todo se hace por dinero, tía pija. Yo te he ayudado para cobrármelo a mi manera. En asunto de favores, el que pone precio es quien los hace.

La sorpresa, por lo general, suele favorecer al que sabe emplearla. Cogí a aquella altiva mujer firmemente por los hombros y la atraje hacia mí. La barrera de sus dientes le cerró el paso a mi lengua. Pero cuando mi pecho se apretó más contra el suyo y aplastó sus pezones, su boca respondió a la mía. Me las prometí muy felices. Mis manos cubrieron la totalidad de sus palpitantes senos. Pero sólo pudieron disfrutar la dureza y morbidez de los mismos un par de segundos, que fue justo el tiempo que ella tardó en despegarse de mí y arrearme tan tremenda bofetada que, por unos instantes, creo que se me aflojaron los dientes del carrillo izquierdo y mis ojos sufrieron la indecisión de si saltar fuera de sus órbitas o permanecer donde habían estado siempre. Reaccioné con violencia también. Agarré la muñeca de la mano que me había golpeado y la apreté con fuerza hasta arrancarle a su dueña un gemido de dolor y un insultó:

-¡Suelta, bestia inmunda! ¡Me haces daño!

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