El Seductor y la Rica Heredera

-Anoche me robaron el bolso, y llevaba dentro mi móvil. Y además hoy es domingo -enojándose conmigo-. Si no quieres ayudarme, márchate. Otro encontraré que lo haga.

Su actitud demostraba que no era persona acostumbrada a pedir nada por favor, y sí habituada a mandar y ser obedecida.

-Has tenido suerte de dar con un buen samaritano, tía. Dime dónde tienes las herramientas y la rueda de recambio.

Ella abrió el maletero. Mientras me hacía con los bártulos pensé que si le habían robado el bolso debía tener menos dinero que un nudista. Antes de iniciar la tarea, me quité la chaqueta y, entregándosela, le recomendé:

-Cuídala bien. No tengo otra. Y si aparezco delante de mis padres con ella sucia podrían desheredarme, por guarro y desaseado.

Dibujó su tentadora boca un mohín desdeñoso. Si pretendía caerme antipática, no podía estarlo haciendo mejor.

El gato automático elevó el vehículo a la altura que me convenía. Gracias a una revista de mecánica leída cierta mañana mientras reparaban mi utilitario en el taller de José Guerrero, no tuve problemas a la hora de aflojar los tornillos de la rueda, los cuales funcionan de manera diferente a la de los automóviles de menor cilindrada, y no digamos coste.

Cuando tuve el neumático chungo quitado, le eché otra buena ojeada a la pija que, desentendida de mí, contemplaba el paisaje. Admiré su figura. Sus piernas y su culo eran de primera. Pensé que ni el vestido de alta costura ni las pieles que vestía eran las apropiadas para una matutina excursión campestre, por lo que era de suponer que debía venir de alguna fiesta que había durado toda la noche. Buen observador, como requiere mi profesión de investigador privado, ya había notado que el aliento le olía a alcohol. No estaba borracha, sin embargo. Asentaba con firmeza los pies en el suelo. De pronto me di cuenta de que mantenía mi chaqueta colgada de su dedo índice, a tanta distancia de ella, que me indignó.

-Oye, tranquila, tía, que lo único que puede contagiarte mi chaqueta es humildad, algo que creo que te hace buena falta.

Ella, sin volverse, masculló algo por lo bajo, que muy bien pudo ser una insolencia. Sentí en el bajo vientre un pellizco de ira proletaria.

-¡Ricachona de mierda! -mascullé, reanudando mi tarea.

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