El Seductor y la Rica Heredera

Me había arrancado de la cama a hora tan temprana la obligación moral de visitar a mis progenitores que viven en Rubí, donde poseen una pequeña casa de campo con huerta y media docena de árboles frutales.

Aunque ni matándome se lo confesaría a mis padres, esta obligación moral que mantengo con ellos, cada vez me cuesta más cumplirla. Y es que a medida que sumo años me crece el desarraigo y prefiero hacer, con mi tiempo libre, montones de cosas antes que pasarlo con ellos. Y me remuerde la conciencia porque ellos gozan muchísimo con mi compañía y me quieren a morir.

Por la ventana medio bajada se colaba un aire fresquito, enriquecido con los agradables olores que soltaban las florecillas silvestres. Yo absorbía con fruición ese aire perfumado, limpiando mis pulmones de la intoxicación urbana.

Acababa de romperme el pecho con las dos últimas sílabas con que termina la canción que yo destrozaba, cuando descubrí a unos doscientos metros de distancia, aparcado junto a la cuneta, un flamante Ferrari rojo y junto al mismo una chica rubia haciéndome señas para que me detuviera. ¡Vamos, de película!

Sin dudarlo un segundo me salí de la calzada, detuve mi cacharro unos pocos metros delante del deportivo, bajé y me dirigí hacia ella. Le calculé veintidós o veintitrés años. Era guapa con ganas. El elegante vestido color celeste y la chaqueta de visón plateado que llevaba puestos, añadidos al lujoso automóvil, indicaban con meridiana claridad que pertenecía al grupo humano contrario al que tiene dificultades para que los euros le lleguen  hasta final de mes.

-Hola. ¿Qué puedo hacer por ti? -saludé, exhibiendo la mejor sonrisa de mi repertorio.

Antes de responderme, sus ojos azules me examinaron entre altivos y desconfiados.

-He pinchado una rueda y no sé poner la de recambio. ¿Puedes hacerlo tú por mí? Te pagaré por ello -manifestó, mandona.

Su altanera actitud me predispuso de inmediato en su contra. Tuve la frase: <<Vete a la mierda>>, revolcándose sobre la salivosa punta de mi lengua, pero al final no la solté.

-Hay garajes de servicio las veinticuatro horas, ¿lo sabes? -sugerí, antipático también.

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