El Seductor y la Rica Heredera

CAPÍTULO  I

 

Saqué mis zapatos negros de debajo de la cama. Estaban sucios. Solté un gruñido de contrariedad. Odio limpiar zapatos. Me había despertado reflexivo y me pregunté por qué era así. Abrí el cajón de la mesita de noche. Al lado de mi revólver estaba el artilugio que tiene una esponja incorporada, la cual además de limpiar te ennegrece las partes que frotas con ella. Y empecé a darle. Encontré dos posibles razones a mi aversión a limpiar zapatos. Una el olor del tinte, que me repugna. La otra que siempre, antes de independizarme, los zapatos me los había limpiado mi servicial madre. Decidí no profundizar más. Acabaría sintiendo remordimientos.

El libro cargado de sabiduría oriental que me había prestado Tanaka, mi sen sei del gimnasio donde acudo a practicar artes marciales tres noches por semana y, que estaba leyendo muy poco a poco porque si vas a la carrera en las cosas filosóficas te las pasas sin enterarte, aconsejaba concentrarse mucho más en las cosas espirituales, que en las mundanas. El espíritu es el órgano invisible que el hombre menos cuida y menos ejercita, a pesar de ser el principal de todos cuantos posee.

Me puse los zapatos embetunados, cogí la chaqueta del armario, lancé la percha sobre la cama y abandoné mi piso. Pasé de largo por delante del ascensor. Es un artilugio mecánico al que también odio. Cuando se avería te pone a prueba la claustrofobia.

Bajé los tres pisos silbando. Más por costumbre que por tener una razón especial para estar contento. Desemboqué en la calle. Eché una mirada a lo alto. El cielo estaba vestido de gris perla y, nube que lo manchara, ni una sola. Apenas hacía frío. El invierno lo teníamos a punto de jubilarse, y la primavera aporreando su puerta para que la dejara entrar. Las farolas de la calle daban una luz que apenas servía para nada, pues la claridad del nuevo día se estaba imponiendo.

Mi destartalado utilitario arrancó a la séptima tentativa. Considerando lo achacoso que está, casi merecía un sobresaliente esta lenta reacción suya. Como es habitual los domingos a hora tan temprana, el tráfico era muy reducido todavía.  Es un placer para los ojos y el espíritu recorrer aunque sea  encajonado en el interior de un coche, el centro de esta Barcelona tan hermosa, histórica y dinámica.

Tomé el rumbo que más me convenía y que, en cosa de un cuarto de hora, me llevó a una carretera de segundo orden por la que circulé sin prisas asustando, con el asmático ruido del motor y mi patética voz imitando a José Carreras en la canción Granada, a las inocentes avecillas cantoras que buscaban su almuerzo entre los árboles y arbustos cercanos a la oscura cinta de asfalto.

avatar
  Subscribe  
Notify of