ARMARIO (MICRORRELATO)

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En un extraordinario ataque
de remordimientos, ella guardó
en el armario de la hipocresía
todos los besos, todas las caricias
y todos los orgasmos que había
tenido con su amante secreto
y volvió a ejercer otra vez más
de esposa decente, ejemplar
y reprimida. Dependería de
lo que le durasen los remordimientos,
el que ella volviese a las andadas.
Los antiguos, con su falta
de delicadeza dirían de ella:
“que la cabra tira siempre al monte”.

SIN ELLA (MICRORRELATO)

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No quiero salir a la calle. No quiero ver nada ni a nadie. Ni que nadie me vea. Aquí, encerrado en el dormitorio, la sigo teniendo. Sigo percibiendo su perfume, escuchado su amada voz, sintiendo su presencia a mi alrededor. Escucho su andar ligero, su caminar de pasos suaves, elegantes. La cercanía de su almizclado, amoroso aliento.
Aquí dentro, ella todavía existe para mí. Si abandono esta habitación la habré abandonado también a ella, y eso no puedo hacerlo, no debo hacerlo, no quiero hacerlo.
Por entre los visillos de la ventana, que sus primorosas manos elaboraron, advierto que está oscureciendo. Se desvanece poco a poco la claridad del día. Es una circunstancia exterior que no me afecta. Dentro de mí se hizo noche, noche eterna, a partir del momento en que la perdí. Noche oscura, negra, fatídica, macabra, que me envolvió con su negro y siniestro manto dejándome sin luz interior.
Cuando unes de verdad tu vida y tu alma a otra persona quedas solo con la mitad del ser humano que eras antes de realizarse esa prodigiosa unión, y esa mitad que diste ya no puedes recuperarla nunca más. La has perdido para siempre. Se la llevó ella.
Y con esa mitad que me queda ahora debo yo seguir viviendo, ¿pero puede llamarse vivir a lo que uno hace cuando está muerto por dentro?

MERCEDITAS LLEVABA CAMINO DE QUEDARSE PARA VESTIR SANTOS (MICRORRELATO)

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Merceditas Lunares, equiparando injustamente a todos los hombres con su nada atractivo padre que, más que roncar atronaba, desprendía gases asfixiantes, igual si comía frijoles como otros alimentos menos propicios, solía decirle a su madre y a sus amigas de confianza, que ella no se casaría nunca, pues no les encontraba a los hombres atractivo ninguno.
—Son vulgares, groseros y feos.
Merceditas Lunares trabajaba de camarera en un hotel. Cierta mañana metió la llave en la cerradura de una de las habitaciones. El hombre que la ocupaba, debido al calor que hacía se hallaba desnudo en ella. Debido al apuro que a él le entró de ser descubierto sin ropa, no se le ocurrió otra cosa, para ocultar su desnudez, que encerrarse rápido dentro del armario.
Merceditas Lunares, que era una gran amante de los boleros, entró en la estancia canturreando su bolero favorito:
—“Si tú me dices ven, lo dejo todo…”
Se le cortó el canto al abrir el armario para colocar dentro la manta que traía, y paralizada de asombro, la boca descolgada y los ojos muy abierto, se quedó mirando al hombre que se hallaba tan desprovisto de ropa como cuando su buena madre lo trajo al mundo.
La visión del mismo, cambió por completo el negativo juicio que Merceditas Lunares había mantenido hasta entonces sobre los hombres: El que tenía delante suya era increíblemente hermoso, En especial de cintura para abajo, pues su mano no conseguía ocultar del todo lo que él pretendía tapar. Fue ella la primera en recobrar el habla y balbucear:
—¿Qué hace usted aquí?
Él, recuperándose en parte del bochorno, y habiéndole gustado ella nada más verla respondió, galante:
—No lo he sabido hasta este mismo momento. Te estaba esperando a ti.
—¿Para qué? —coloradas sus mejillas como dos tomates maduros.
—Para invitarte a cenar.
—¿Desnudo o vestido? —ya con sorna ella.
—Bueno, si tú me das tu aprobación, vestido primero y, después, si te viene al gusto, desnudo.
—Eres seductoramente atrevido.
—Y tu seductoramente irresistible.
Para que se complazcan los amantes de los finales felices, seis meses después del inesperado encuentro entre Merceditas Lunares y Eugenio Gálvez, él dentro de un armario, y ella fuera, contrajeron matrimonio y fueron extraordinariamente felices.

ESE AMIGO QUE NUNCA QUISO SEPARARSE DE MÍ (MICRORRELATO)

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“A nadie que te quiera de veras lo perderás en los laberintos que nos crea el azar” solía decirme mi entrañable abuela Rosa.
Esto me lo demostró un perro que recogí de muy chico. Por lo achinados que tenía los ojos, le puse de nombre “Mandarín”. “Mandarín” fue, como lo son la gran mayoría de los perros: fiel, inteligente y cariñoso. Cuando sus patas adquirieron la suficiente fortaleza, lo saqué todas las mañanas a dar un paseo. Me encantaba verle marchar a mi lado, muy chulo él, con la cabeza alta como si quisiera demostrarle al mundo entero que se sentía orgulloso de tenerme a mí por compañero de su vida.
A menudo, cuando yo permanecía demasiado tiempo concentrado en mi trabajo con el teclado y el ordenador, exteriorizaba unos gemidos de tristeza que me obligaban a hacer un alto en mi labor y dirigirle la palabra:
—¿Qué te pasa, “Mandarín”, que rezongas igual que una vieja malhumorada?
Inmediatamente él convertía su rabo en un eufórico ventilador y se acercaba a colocar su noble cabeza en lo alto de mi muslo para que se la acariciase. Yo se la acariciaba durante un par de minutos y después le decía:
—Ya tuviste tu ración de pamplinas. Ahora túmbate tranquilo y déjame trabajar que tengo mucha tarea por hacer.
Y él se tendía a dos pasos de mí, sin perderme de vista sus ojos color miel hasta que se le cerraban y quedaba traspuesto.
Hay gente que, cuando se refiere a perros muy inteligente dice: “Solo le faltaba hablar”. A “Mandarín” ni eso, porque hablaba, a su modo, claro.
Uno de tantos domingos por la mañana, que me lo llevé al campo para que los dos hiciéramos ejercicio y respirásemos aire limpio, de pronto “Mandarín” salió disparado detrás de una liebre, desapareció por el fondo de una quebrada y ya no regresó a mi lado. Creo que no se extravió. Creo que alguien se adueñó de él porque era un animal muy bonito, alegre y manso.
El caso es que yo le busqué durante horas y horas, hasta bien entrada la noche, en que tuve que darme por vencido. El disgusto mío fue tremendo. Le tenía a “Mandarín” un gran cariño.
En adelante, con harta frecuencia pensaba en él y lo echaba de menos. De vez en cuando miraba hacia el lugar de la estancia donde él solía colocarse, llevado yo de la ilusoria esperanza de que apareciese de pronto.
Transcurrieron varios días. Empecé a hacerme a la idea de que lo había perdido irremediablemente. Hasta que una mañana escuché unos ladridos provenientes de la puerta de la calle. Corrí presuroso a abrirla y allí estaba “Mardarín”, sucio, esquelético, rodeado su cuello con una cuerda. Se me lanzó encima en una explosión de alegría tal que me conmovió hasta los mismos cimientos del alma. Le acaricié, le dije las palabras más tiernas que en aquel momento me brotaron directamente del corazón. Entre la veintena de mayores alegrías que me he llevado a lo largo de la vida, su regreso fue una de ellas.
Hace un par de semanas volví a perder a “Mandarín”. Esta vez irremediablemente para siempre. Es una imperdonable crueldad que la vida de los perros sea tan corta. “Mandarín” solo pudo permanecer catorce años a mi lado. Vivo, claro, porque en el recuerdo lo sigo teniendo conmigo.

SE LE LLENÓ EL DORMITORIO DE OLOR A NARDOS (MICRORRELATO)

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Una anciana, con pasitos cortos y arrastrando sus cansados pies, se coloca delante del vetusto espejo de un armario antiguo y desvencijado. En el plateado azogue, que picoteó el inmisericorde transcurrir de muchos años, se mira fijamente y retrocede en el tiempo. Y en ese retroceso se ve junto a su añorado esposo (fallecido el invierno anterior). Son jóvenes y llevan ambos puestas, todavía, sus tradicionales ropas de recién casados.
—Aquí estamos reflejados tú y yo, mi amor —evoca, escucha le dijo él entonces manteniéndola tiernamente abrazada por la cintura—: Inmortalicemos esta imagen. Quedémonos para siempre aquí presentes, juntos, el resto de nuestra vida.
Y la buena mujer, cargada de años, de arrugas y de achaques, puede verse ella y su llorado marido tal como se vieron en su noche de bodas.
—Ya no tardaré mucho, mi amor, en reunirme contigo — murmura con un hilo de voz—. Ten un poco más de paciencia.
Aun flota en el aire el eco de sus sentidas palabras cuando invade la estancia un fuerte olor a nardos, la flor preferida de ella, flor que con frecuencia la obsequió el hombre que tanto la había amado y con el que anhela reunirse muy pronto.

EL PAYASO Y LA TRAPECISTA (RELATO)

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Ocurre con bastante frecuencia que, entre las diferentes personas que trabajan en un mismo circo, se creen vínculos de amistad, de admiración, de rivalidad, de antagonismo, y también de amor. Son muchas las horas, los días, los meses o incluso años que se ven obligados a convivir juntos.
Recientemente se había incorporado al grupo de artistas del Circo Ultramar, un joven llamado Carlos, quién realizaba un número que entraba dentro del género cómico-acrobático, con el que obtuvo un enorme éxito desde su primera actuación. Carlos salía disfrazado de payaso, exceptuando los zapatones (que en su caso eran floreadas zapatillas de tenis y prescindiendo asimismo de la holgada, ridícula chaqueta, pues vestía una camiseta de muy vivos colores medio hecha girones). Lo anunciaban como “El trotamundos de la Farola”. Su entrada en escena la hacía simulando estar muy borracho. Daba continuos y graciosos tropiezos, en los que se le caía el estropeado sombrero que cubría su cabeza, el cuál recogía en el aire realizando divertidas volteretas, al tiempo que soltaba hilarantes comentarios en diferentes lenguas. El ultimo tropiezo lo culminaba abrazado a una farola flexible que se doblaba en parte, y por la que trepaba realizando increíbles equilibrios y amenazas de caídas al llegar a lo más alto de ella cimbreándose en varias direcciones. Estos amagos de caídas que él evitaba en el último momento provocaban las delicias del público que reía a carcajadas. La culminación de su representación la realizaba en la parte superior de la farola cabeza abajo encima de la misma, balanceándose con brazos y piernas abiertos, dando la impresión de poder venirse al suelo en cualquier momento, para finalmente saltar en el aire dando un salto mortal espectacular cayendo de pies en el suelo, donde saludaba al respetable, con reverencia y abanicándose con su destrozado sombrero, mientras recibía entusiastas aplausos y genuinas muestras de admiración.
Carlos contaba cuarenta y dos años cuando llegó al Circo Ultramar, solo, sin pareja. Era atractivo de cara y muy atlético de cuerpo. Había conocido hasta entonces, los deleites del sexo, y presumía de desconocer los tormentos del amor. Con las mujeres tratadas a lo largo del tiempo, no había mantenido relación alguna que durase más tiempo del que tardaban en realizar el acto sexual. Sabía, por cuanto había visto en otros, que una relación duradera terminaba trayendo responsabilidades, ataduras y problemas casi siempre. La atracción tenía corto recorrido, el deseo se terminaba, y predominaban sobre lo anterior: el egoísmo, la dominación y el chantaje sentimental.
Para poder mantener esta conducta suya que consideraba muy práctica e inteligente, jamás se había relacionado sentimentalmente con ninguna compañera de trabajo.
Sin embargo, como bien señala un dicho antiguo: “El hombre propone, y Dios dispone”. Y por esa disposición supuestamente divina, Carlos comenzó a mirar con admiración primero, con deseo después y, con peligrosa obstinación finalmente, a Estrellita, la jovencísima trapecista. Estrellita poseía un cuerpo y un rostro que, a los ojos de Carlos, representaba la belleza perfecta femenina. Y sumado a lo anterior estaban, la gracia, elegancia y agilidad conque volaba por el aire antes de terminar cogida a los brazos u poderosas manos del portor, un joven apuesto y notablemente musculoso. El portor se llamaba Daniel y formaba con Estrellita un número de alta dificultad y gran éxito.
Estrellita y Daniel compartían carromato, pero no fidelidad, pues ambos se acostaban con quién les venía en gana.
Carlos consiguió, sin demasiado esfuerzo, una noche, en que hallándose en una ciudad a la espera de que montasen la carpa para la inauguración del día siguiente, convencer a Estrellita para que hiciese el amor con él, en la cama de una habitación del hotel donde se alojaban. Esta experiencia con ella tuvo para Carlos consecuencias imprevistas, excepcionales, insólitas. Estrellita era tan hermosa en lo físico, tan apasionada en el sexo, tan embelesante, que él se enamoró perdidamente de ella. Y en contra de como se había conducido siempre con las mujeres anteriores, a Estrellita le pidió se convirtiera en su pareja fija.
—Te amaré como nunca te ha amado nadie. Te trataré como a una diosa —prometió enfebrecido de pasión.
Estrellita se mostró con él amable y, sobre todo, sincera:
—Escucha, Carlos, me ha gustado hacer el amor contigo. Pero no lo vamos a repetir. Tú me quieres en exclusiva, quieres ser mi dueño, y yo no quiero pertenecer a nadie. Quiero vivir libre. Veo que te entristecen mis palabras. Lamento que sea así. Te pido que seas inteligente y te olvides de mí. Yo no comparto esa poderosísima atracción que tú pareces sentir hacia mi persona.
Carlos no pudo ser inteligente y mucho menos olvidarla. Hizo todo lo contrario, pensó a todas horas en ella. Se obsesionó hasta el punto de espiarla, de seguirla, de sufrir viéndola en los brazos de otros hombres. Viéndola realizar lo que él había realizado siempre: no permanecer con un hombre más tiempo del que empleaban ambos en realizar el acto sexual. Y entre dientes, con exasperación, la llamaba zorra asquerosa. Intentaba despreciarla, odiarla y lo único que conseguía era torturarse hasta extremos demenciales.
El sufrimiento de Carlos por ella se convirtió en insoportable hasta tal punto que, alcanzada la locura total, una noche, cuando ella se había despedido de su último amante, él entró en su camerino y la mató igual que Otelo a Desdémona, mascullado:
—No serás mía, pero tampoco serás de nadie más.
Después de cubrir de besos y de llanto el cadáver todavía desnudo de ella, “El Trotamundos de la Farola” se subió a lo más alto de la plataforma del trapecio y dijo con los ojos arrasados en lágrimas y una expresión de extraordinario desolación y tormento en su rostro:
—Voy a reunirme contigo, Estrellita.
Acto seguido abrió los brazos imitándola a ella cuando hacía el salto del ángel, terminada su actuación se lanzaba a la red. La red no estaba puesta para él, y se estrelló de cabeza contra el suelo donde murió a los pocos segundos rodeado de un charco de sangre, musitando, sus moribundos labios, el nombre de su amor imposible:
—Estrellita…
Todos juzgaron su asesinato y su suicidio actos de repentina locura. Ninguno coincidió con Carlos, que lo había juzgado como un acto de amor supremo.

ELLA SINTIÓ ALGO MUY HERMOSO DENTRO (MICRORRELATO)

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Una joven se tentó el pecho.
No entendía que le pasaba.
El inquilino que llevaba dentro
nunca había latido con tanta fuerza
y tan ruidosamente.
Se acordó entonces del chico
de sus amores
y comprendió qué le ocurría.
Le ocurría que ahora albergaba
en su interior,
además de su corazón,
el corazón de su enamorado
que se había venido a vivir
con el suyo.