ENRIQUETA VA A CAER (MICRORRELATO)

ENRIQUETA VA A CAER
Agapito vivía en el mismo viejo y deteriorado inmueble que vivía yo. Inmueble que no se había venido abajo porque mi abuela Rosa le pedía todos los días al buen Dios, que lo sostuviera en pie un año más, y el bondadoso Omnipotente le hacía caso.
Agapito era un tipo mala sombra al que gustaban mucho las mujeres. Se encaprichó de Enriqueta que vivía en la primera planta y tenía dos geranios en el alféizar de la ventana y un gatito de escayola.
—Vecino, esa va a caer, te lo digo yo —me aseguraba, el muy pesado, cada vez que yo no escapaba de él lo bastante rápido—. No sé cuándo, pero Enriqueta va a caer.
—Agapito, con lo feo que eres lo dudo. Enriqueta tiene un novio guaperas con motocicleta nueva y tú no tienes ni siquiera una bicicleta —desmerecía yo.
Enriqueta cayó un día, y Agapito, viéndola llorar de dolor se apiadó de ella y dejó de tirarle pieles de plátano a la salida de su puerta.

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CAPÍTULO III
James se acerca a la acristalada ventana de la habitación del establecimiento donde se aloja. A sus ojos se ofrece una de las avenidas más céntricas de la capitán francesa. Intenso tráfico y trasiego de viandantes habitual de las ciudades dinámicas. Y en lo alto, distrae su vista un cielo grisáceo con unas pocas nubes que le recuerdan el algodón de azúcar que le gustaba de niño
El norteamericano se hospeda en un lujoso hotel de cinco estrellas. Su padre se encargó de su reserva. Conoce a uno de sus accionistas y la factura de la estancia de su hijo se la pasaran a él. Ha sido etiquetado por la dirección del establecimiento como cliente VIP, y le remueve las tripas el servilismo y la pamplina con que le trata todo el personal.
Debido a ese trato especial, a las seis de la mañana, un camarero le sirve en su cuar-to el desayuno que él pidió la noche anterior. No le gusta viajar con el estómago vacío. Supone que Diana acudirá a la cita que acordaron, desayunada de su casa. Ella no le dijo dónde va a llevarle. Puede tratarse de un lugar muchos kilómetros fuera de la ciudad.
Su estado de ánimo es de excitación. No acaba de entenderlo. Apenas estuvo más de media hora con ella. Experiencia con mujeres no le falta. Ha conocido compañeras de estudios, compañeras del club de natación, alguna hija de amistades de sus padres y alguna stripper en despedida de soltero de sus amigos con prisas por casarse.
La noche anterior estuvo tentado de comprar un ramo de flores para Diana, pero pensó significarían un estorbo llevarlas en una excursión en motocicleta. Se decantó por una caja de bombones que ella podría guardar en la guantera. Sonríe al imaginar sus labios generosos moviéndose al degustarlos.
El portero parece un general bananero con su uniforme lleno de entorchados y su go-rro de ancha visera. Después de darle los buenos días le pregunta si desea le llame un taxi.
—Gracias, pero están ahí mismo —señalándolos a corta distancia de ellos.
—Lo que el señor mande —servil.
James va vestido con ropa deportiva. Cree es la adecuada. Ocupa el asiento de atrás de un vehículo de servicio público e indica al taxista la dirección dónde debe llevarle. Mientras circulan, James, distrae su mirada con las bellezas arquitectónicas de la capital de Francia. Su mente se recrea una vez más con el proyecto que ha venido elaborando desde que terminó su último curso en la universidad.
¿Y si le propusiera a Diana acompañarle? Sería una compañera de aventuras magni-fica. Le gusta viajar, posee una excelente constitución física y, por la profesión que ejerce, es muy probable sea valiente. Quizás logre tentarla con la oferta de que él correrá con todos los gastos, gracias a la tarjeta de platino que le regalaron sus preocupados progenitores. Preocupación lógica la de ambos, pues él es el único hijo que tienen y lo aman todo lo que unos buenos padres pueden amar al suyo.
El taxista le saca de sus reflexiones deteniéndose unos pocos metros antes de llegar a la parada de autobús. James paga la carrera y se baja. En la marquesina hay cuatro personas. Ninguna de ella es Diana. Especula: <>. No le pasa por la cabeza la posibilidad de que ella no aparezca.
El haber cometido el error de no preguntarle el tipo de motocicleta que ella tiene, le obliga a prestar atención a todas las que ve acercarse. Lo coge por sorpresa cuando, puntual, una motocicleta, seria candidata al desguace, se detiene junto a la acera. No la ha reconocido debido al casco que cubre su cabeza. El atuendo, anticuado, con algunos rotos, también lo sorprende. Y el mal estado de su vehículo le llena de preocupación. ¿No se desintegrará con el peso de los dos? ¿Tendrá fuerza su viejo motor para poder llevarlos a ambos?
Se saludan. Ella le entrega un casco que compró para él, muy barato, en la tienda de objetos de segunda mano existente en el barrio, con la mala conciencia de que pueda haber sido fruto de algún robo.
—¿Tengo que ponérmelo? —pensando él en el calor que le supondrá.
—Al igual que con las gafas, no cuentas con una cabeza de repuesto, ¿o sí? —irónica ella.
El casco le viene un poco pequeño. Le oprime algo la cabeza. James nada dice. Te-me pueda ella pensar que él es un tiquismiquis que afronta mal las dificultades.
—Diana, ¿vas a decirme a dónde vamos?
—¿Conoces el castillo de Vaux-le-Vicomte?
—No. ¿Queda lejos?
—A cincuenta y pico kilómetros de París.
—Estupendo. Vamos a conocerlo.
Al notar que él se ha sentado en el alargado asiento y, respetuoso, ni siquiera la roza, le advierte:
—Cógete bien fuerte de mi cintura. No quiero perderte por el camino. En un litigio, los banqueros siempre salen ganadores. Cuentan con los mejores abogados.
—Será un placer —aceptando él lo primero, y obviando lo segundo.
—Considéralo más bien una necesidad —le advierte ella.
—Perdona. No me levante nada brillante esta mañana.
James entiende enseguida lo acertado de la advertencia recibida. Diana es una exper-ta motorista. Zigzaguea con su máquina por entre los numerosos vehículos que circulan por el centro de la ciudad. Él se adapta rápido al ejercicio de pegar su cuerpo al de ella e imitar sus movimientos.
Comienza a gozar plenamente de esta experiencia nueva para él. Los cabellos de Diana, que sobresalen por la parte de atrás del casco, le azotan la cara. Le gusta su cosquilleo y su perfume. Un par de veces refrena su deseo de besarlos. Se recrimina. <>, justifica su reacción.
Se encuentra tan a gusto viajando como paquete, que el viaje se le ha hecho corto. Han llegado a una gran explanada donde, a pesar de lo temprano de la hora, ya se encuentran algunos vehículos con turistas. Diana aparca la motocicleta donde le corresponde, siguiendo las indicaciones de los agentes que controlaban el gran aparcamiento.
James se baja y quita el casco de su cabeza. También lo hace Diana, sacudiendo la cabeza para que su pelo quede suelto. Luego le anuncia:
—Allí tenemos el castillo que construyeron los tres artistas más talentosos de la época más gloriosa de Francia, el reinado de Luis XIV. El jardinero y paisajista André Le Nôtre, el arquitecto Louis Le Vau y el pintor y decorador Charles Le Brun.
—¡Qué bien pronuncias los nombres franceses! —elogia él.
—Es que le pongo mucho interés —se burla ella—. Vamos.
Echan a andar hacia el espléndido edificio y los extensos, espectaculares jardines.
—Me recuerda un poco a Versalles —reconoce James.
—Dicen que este fue el modelo que inspiró la construcción de Versalles.
—Es extraordinario.
Se mezclaron con algunos turistas que se desperdigan, admiran los magníficos parterres, los arbustos esculpidos, impresionantes estanques, surtidores, piscinas, grutas, cas-cadas, juegos de agua, bellas estatuas.
—Son enormes estos jardines —reconoce James transcurridos algunos minutos imitando a otros visitantes en lo de sacar continuas fotos con su móvil.
—Como que ocupan una superficie de 35 hectáreas.
—Me gustaría tener una foto tuya en cualquier parte que te guste.
—Nada de fotos mías. No quiero que me captures el alma.
El tono empleado por Diana hace dudar a su acompañante entre si se estaba burlando de él o en verdad es supersticiosa. A una mujer que se está haciendo un selfi, Diana ofrece fotografiarla cogiendo el máximo posible del fantástico edificio.
—Ah, muchas gracias —acepta la turista y, luego de ser fotografiada, quiere corres-ponderles—: ¿Les hago una foto a los dos?
James le entregó inmediatamente su móvil. Se coloca junto a Diana y le pasa un brazo por la espalda acercándola a él. Agradecen a la turista el detalle. Diana nada dice sobre la libertad que él se ha tomado. Los hombres, ya se sabe, no pierden comba. Sabrá pararle los pies si se pasa de la raya.
—Si compras dentro una colección de fotografías, serán mejores que las que saques tú —le aconseja.
—Ya tengo la mejor foto posible: esta que estamos juntos.
Diana pasa por alto su galantería. Según su experiencia, lo último que una mujer sensata debe hacer con respecto a los hombres, es concederles una sola gota de gasolina.
Han llegado a la entrada del magnífico edificio. Entran antes que les alcancen dos grupos que se acercan con guías políglotas a la cabeza.
Recorren las diferentes estancias. Admiran muebles, tapicerías, obras de arte. El gran salón del Rey, su dormitorio de techo decorado con estucos de oro, el salón de las Musas, el deslumbrante comedor. James, que ha estudiado arte, le ha ido señalando a su acompañante los diferentes estilos arquitectónicos: medievales, renacentistas, clásicos.
Son muchos los visitantes que fotografían el trono de Napoleón.
—¿Qué te parece si lo compro para ti? —bromea James junto al oído de Diana.
—No. Me parece muy incómodo —con buen humor ella.
Diana le habla de las veladas mágicas que se celebran en ese lugar, con más de 2000 velas encendidas. Y de que este castillo fue el escenario principal de la película “El hombre de la máscara de hierro”.
—De niño me encantó la película de “Los tres mosqueteros”.
—También fue una de mis favoritas.
—Me encanta que tengamos tantas cosas en común.
—No te hagas ilusiones. Que yo sepa esta es la primera. Tú tienes el pelo negro y yo lo tengo rubio.
—Y tú tienes los ojos verdes, y yo los tengo castaños.
—Ya, y tu nariz es más grande que la mía.
Ahogan la hilaridad que les produce este juego oral regocijante. Suben a la cúpula del casillo desde donde pueden disfrutar del parque, a vista de pájaro. Les fascina su belleza y grandiosidad. Pasan allí varios minutos. Imaginan lo poderosos, importantes, endiosados, que debieron sentirse los monarcas dueños de toda aquella inconmensurable ostentación y belleza.
—Evidentemente, jamás nadie de este mundo conoció tanto lujo y despilfarro como esos Luises —a modo de crítica Diana recordando toda la miseria que encontró en la India durante las varias semanas que la recorrió como mochilera.
—No es extraño que el pueblo se cansase de tanta ostentación de lujo, mientras mo-ría de hambre, y terminase cortando cabezas a diestro y siniestro.
—La construcción de este palacio la encargó un tal Nicolas Fouquet, tesorero duran-te el reinado de Louis XIV. Pero pudo disfrutarlo poco tiempo porque el ambicioso Rey Sol le metió en la cárcel y se quedó con todo esto. Veinte años tardaron en construir lo que están viendo nuestros ojos
—Para poder construir algo tan extraordinario, el tesorero aquel debió meter bien metidas las manos en la caja real.
—Es de suponer. Ocurrió algo sorprendente con este fastuoso lugar. Estuvo abandonado durante años. No recuerdo el nombre de quien lo compró en una subasta pública y se gastó 29 millones de euros en su reconstrucción. Abierto al público desde el año 1968, son sus descendientes directos los que lo explotan en la actualidad.
—Debe ser un buen negocio. Costará una fortuna mantener tan bien cuidado todo esto. ¿Qué tal se come en el restaurante que hemos visto antes?
—Supongo que bien. Nunca he comido aquí. Los precios no están al alcance de mi modesto bolsillo.
—Me gustaría invitarte.
—No quiero arruinarte.
—Tengo una tarjeta de crédito, que puede soportarlo. Me la dieron mis padres para estar seguros de que no voy a pasar apuros.
Diana pensó de nuevo que su acompañante era un pijo. Pero un pijo simpático, y, aparentemente, inofensivo.
Bajan de nuevo a los jardines. De pronto, James la sorprende con una petición:
—¿Puedo cogerte la mano?
—¿Por qué? ¿Tienes miedo a perderte? —guasona.
—Sí, acaba de entrarme ese temor.
Resultan irresistibles la súplica de sus ojos castaños y el gesto de su mano tendida.
—Es la explicación más tonta que he escuchado en toda mi vida —riéndose ella.
Sin embargo, alarga su mano y permite la aprese la mano de él. El contacto de sus manos les produce a ambos una agradable sensación.
—¿Quieres que vayamos a ver el museo de las carrozas? —propone.
—Por supuesto.
—Quedan un poco lejos.
—Los dos tenemos buenas piernas.
Encuentran mucha gente allí. algunos grupos de turistas prefieren realizar esta visita antes que la del palacio.
Admira a los visitantes este conjunto de fastuosas carrozas. Algunos de ellas eran ti-radas por varios caballos. En representación de aquellos los han construido cartón. Se hallan extraordinariamente bien conservados los vehículos. Son meticulosas y bellas obras de artesanía. Las hay para desfiles, para bodas y para funerales.
James le arranca una sonrisa a Diana susurrándole al oído:
—Estamos viendo los “Ferrari” del pasado.
Consumen una media hora allí. A la salida James dice:
—Diana…
Despierta extrañeza en ella la cálida inflexión que revela su voz.
—¿Sí? —interrogante.
—Me encantaría saber cosas de ti. Me contaste que te recogió de niña un tío tuyo.
Él interés que él demuestra le parece genuino. Sin embargo, es remisa a abrírsele.
—Mi vida no es nada interesante. No he realizado ninguna gran hazaña. Una vez pensé en coronar el Everest vestida de payaso. Pero desistí porque no me gustan nada ni la nieve ni el hielo ni ponerme una nariz roja. Soy más partidaria del calor. ¿Sabes cuál es el origen de la nariz roja de los payasos?
—Lo ignoro —paciente.
—Pues fue un acróbata norteamericano. Era un hombre tan impuntual, que el direc-tor del circo donde trabajaba, solía castigarlo a quedarse encerrado en su carromato junto a otros artistas castigados también por diferentes motivos. Este acróbata, se burlaba del director del circo poniéndose una nariz roja y diciendo tonterías. Un día fue pillado por el hombre que ridiculizaba. Éste le persiguió, entraron ambos en la pista llena de público, la gente se partió de risa viendo la cómica cara del acróbata y, a partir de este hecho, se convirtió en payaso, y desde entonces todos los payasos han llevado una nariz roja.
—Muy original esta historia, Diana —dolido él—. Pero yo te hice una pregunta se-ria.
La joven le dirige una mirada de disculpa. Han llegado delante del mayor de los es-tanques.
—Perdona. El espíritu burlón se me descontroló. Sentémonos ahí un momento —propone. Espera a que ambos han tomado asiento y con gravedad, mirándose las manos, en un gesto que le ayuda a sincerarse, expone:
—Ya te conté lo más importante. La pérdida de mis padres y la generosidad de mi tío ocupándose de mí desde entonces. Nos queremos mucho. Él es un hombre extraordinario. Me ha enseñado a defenderme y a ser libre con conocimiento. Con conocimiento sig-nifica no arriesgar estúpidamente mi vida, si no me es imposible evitarlo. ¿Por qué no me hablas de los tuyos, de tus padres?
James demuestra haberle gustado la pregunta. Sonríe. Se echa con los dedos, convertidos en peine, los cabellos que tienden todo el tiempo a caerle sobre el rostro. A Diana, que le observa con atención le gusta este gesto suyo. Lo encuentra muy varonil.
—Mis padres son buena gente. Quienes pretenden encontrarles defectos solo encuentran uno: que son ricos. Mi abuelo paterno creo un banco, y mi padre quiso seguir sus pasos y es banquero también. Mi madre estudió biología. Le gustaban los bichos. Los encontraba graciosamente feos. Mis padres se conocieron en una de esas fiestas que en su época llamaban de la alta sociedad. Conversaron. Descubrieron que no tenían nada en común. Él era de un equipo de beisbol, y ella lo era de su máximo oponente. Él veía todas las cosas de un modo, y ella las veía de un modo totalmente contrario. Sin embargo, por uno de esos extraños milagros que nos ocurren a los humanos, un día cualquier descubrieron que estaban (como se dice ahora) locamente enamorados. Y, para dicha de sus respetivas familias, se casaron y siguen siendo muy felices. Hablaron sobre formar una familia y mi madre dijo a mi padre que tendrían tres hijos, por los tres lunares que ella tenía en su cuerpo y que a él tanto le gustaban. Mi padre que nunca tuvo para ella un no, ni lo tiene, ni lo tendrá nunca, respondió que, por él, de acuerdo. Pero se les torcieron estos planes. Mi nacimiento se complicó y recibieron la mala noticia, de que no podrían tener más descendencia.
—¡Vaya! Eres, al igual que yo, hijo único —Diana se muestra apenada por esta parte de su relato.
—¿Ves? Otra cosa que tú y yo tenemos en común.
—Sigue —ansiosa por saber más.
—Bueno, lógicamente mis padres siempre temen que a mí me ocurra algo irremediable y se queden sin ningún hijo. Por eso se preocupan desesperadamente por mí y esto me agobia un poco. ¿Sabes que le pregunté a mi madre, cuando yo tenía diez años, esa edad en que nos volvemos desvergonzadamente curiosos?
—A saber —llena de curiosidad Diana, apartando de la suya la mano que él le está acariciando.
—Pues como mis padres me habían contado la historia de los tres lunares de mi madre, le dije: <<Mamá, ¿puedo ver tus tres lunares?
—¡Ja, ja, ja! Qué descarado. ¿Qué te respondió ella?
—Mi madre, sonriente, se desabotonó la blusa, se bajó un poco el sujetador y me los enseñó.
Diana se ríe con todas sus ganas.
—¡Me gusta tu madre! —espontanea.
—A ella también le gustarías tú —encantado James con la favorable reacción de ella, volviendo a adueñarse de la mano que Diana había liberado.
Permanecen algunos minutos callados, disfrutando la refrescante actividad del surtidor y de unas libélulas volando a su alrededor. Los visitantes se han convertido en multitud con la llegada de dos autobuses llenos de gente.
—Tal vez debiéramos irnos —sugiere Diana—. Aquí somos ya demasiados. Y el calor comienza a ser agobiante.
—¿Dónde podríamos ir ahora? —pregunta James demostrando su deseo de continuar con ella.
Tampoco Diana tiene prisa por separarse de él. Lo encuentra agradable, interesante y caballeroso.
—¿Conoces el Parc Rives del Sena?
—No. ¿Es interesante esa playa artificial?
—Hay divertimento allí y numerosos sitios donde se come bien a precios asequibles.
Diana le menciono también las piscinas, las actividades al aire libre, las zonas verdes y de arena, la tirolina sobre el agua, etc.
—¿Podemos conseguir bañadores?
—Por supuesto.
—Bañadores no nos harían falta si hay zona para nudistas —bromea él.
—Para los nudistas hay un sector en el Bois de Vicennes, al oeste de París.
—¿Has ido allí alguna vez? —malicioso.
—No es una de mis tentaciones irresistibles. ¿Si te interesa ir allí, te llevo y te dejo en la entrada?
—No, gracias. Tampoco es esa una de mis tentaciones irresistibles.
Se miran con ojos chispeantes y rompen a reír.
—¿Vamos entonces al Parque Rives, Diana?
Ella asiente con la cabeza. Marchan hacia donde ella dejó aparcada su motocicleta. El sol ha calentado los asientos. Diana saca una toalla de la guantera y la extiende sobre los asientos.
—Servirá para quitarles algo de calor.
—Podríamos habernos traído un par de bolsas de hierro.
—Eso sería una maldad. Si liquido podría oxidarme la moto.
Ríen la broma. Debido al evidente deterioro del vehículo con numerosas partes descascarilladas y asimismo abolladuras. Cubren su cabeza con los cascos.
No hablan durante el viaje. James se ha acoplado perfectamente al pilotaje de Diana y ambos encuentran placer en los virajes doblando el cuerpo hasta casi rozar el asfalto con la rodilla.
Encuentran el Parque Rives muy animado. Bares y restaurante llenos, gente jugando al vóley, a la petanca; gente tumbada en las zonas verdes. Multitud de chiquillos ruidosos, alborotados.
Caminan entre aquel bullicio cogidos de la mano. Les complace a ambos este contacto. Les produce buenas sensaciones. Son jóvenes y, por serlo, predestinados a sucumbir a la atracción del sexo opuesto.
De pronto él se fija en la tirolina que cruza el Sena. Propone señalándola:
—¿No damos un viaje por el aire?
—Te espero si quieres pasar tú por esta experiencia. He pasado por ella dos veces. La primera la encontré divertida, la segunda me aburrió.
—Seguramente me aburriría también—admite James—. Las he conocido mejores que ésta. En Hoonah, en Alaska hay una con 400 metros de altura que alcanza una velocidad cercana a los cien kilómetros.
—Esta también puede que te guste. No me importa esperarte sentada en algún bar. Me compraré un libro y me entretendré leyendo.
—Gracias, pero no quiero separarme de ti.
—Es una razón tan buena como cualquier otra —aprobando su decisión.
—Diana, ¿te apetece un helado? —se están acercando a una heladería.
—Vale. No les temo a las calorías.
Se lo terminan a la puerta de los vestuarios de la piscina. Hay cerca una tienda con artículos para el baño. Adquieren unas bermudas él, y un bikini ella. Minutos más tarde con los bañadores puestos se encuentran los dos junto a las duchas.
James se queda sin aliento contemplándola. Diana posee un cuerpo espectacular. La fijeza de su mirada, cargada de admiración, logra turbarla.
—Pareces algo pasmado, James. ¿Soy la primera mujer que has visto en bikini? —le dice con sorna.
—Hermosa como tú ninguna vi antes.
Más que el elogio, altera a Diana la pasión con que lo ha dicho.
—Deja de mirar así, que me desasosiegas —le pide.
—Perdona. Cometí la imprudencia de decir lo que pienso.
Abre él una de las duchas y se coloca debajo. Diana ha tenido tiempo, antes de darle él la espalda, de percibir una reacción suya a la altura de la entrepierna. Oculta entre sus manos abiertas una risita divertida y juzga: <>.
Él no se vuelve más hacia ella. Corre hacia la piscina y se zambulle en un hueco que ha visto entre la multitud metida en el agua. Diana lo ve nadar con muy excelente estilo. Supone su cuerpo atlético lo debe a la práctica de deportes. Y remedando a Camile, la chica que trabaja de modelo televisiva considera: <<Está buenísimo el tío>>.
Se juntan en uno de los lados de la piscina. Comenta James:
—Hay demasiada gente para poder nadar más allá de unos pocos metros. ¿A qué distancia estamos del mar? Allí podríamos nadar hasta cansarnos.
—La única playa en la que he estado es en la de Boulogne-Sur-Mer.
—¿Queda lejos de aquí?
—Por carretera me llevó unas tres horas.
Se miran. James, le propone:
—¿Crees que sería una buena idea llegarnos hasta allí?
—Tendremos que echar gasolina y comer antes algo —dando a entender buena disposición por su parte.
—No hay problema. Tengo una tarjeta de crédito que me regaló mi padre. Y no quiero me regañe él por no usarla.
Salen del agua. Donde ven menos gente es en una pizzería. Leen la carta colocada en el exterior del establecimiento. Escogen una pizza que gusta a ambos, con queso y jamón. Y dos refrescos. Encuentran una mesa libre.
Dan buena cuenta de lo adquirido. Durante un momento se encuentran sus miradas. Un brillo de mutua complacencia les alarga el encuentro. James expone lo que sinceramente siente:
—Diana, me encanta estar contigo. Consigues hacerme sentir muy bien.
—Tampoco tú consigues que yo me sienta mal —empleando un tono burlón, sin sin-cerarse, de los hombres no quiere intimidad para un rato, en materia de sexo no quiere practicarlo si no va unido al amor.
Callan. No quieren dejarse arrastrar por un momentáneo impulso. No quieren decir nada comprometedor. Todo es demasiado prematuro. Apenas se conocen. Los sentimientos surgidos entre ellos son únicamente un esbozo que puede terminar en nada.