DISPUESTOS A DIVORCIARSE (RELATO)

 

 

 

 

 

 

 

 

(Copyright Andrés Fornells)
Almudena y Toni desayunaron en silencio. Se palpaba entre ellos la tensión. Ambos sabían que era la calma que precede a la tempestad que está a punto de estallar. Con toda intención, los dos terminaron de comer al mismo tiempo y, nada más dejar en lo alto de la encimera la vajilla empleada, comenzó la bronca. Vociferante, Toni acusó a Almudena de malgastar el dinero con el que ambos contribuían al mantenimiento de su hogar, en un nuevo par de zapatos cuando ya tenía otros diez pares de ellos. Y Almudena, para no ser menos, acusó, a gritos, a Toni, de haberse él comprado un nuevo videojuego cuando debía tener ya más de veinte.
—¡Eres un criticón y un desconsiderado despilfarrador de nuestros ingresos!
—¡Y tú una manirrota y una impulsiva malgastadora! ¡Me tienes harto!
—¡Y tú, a mí, me tienes más harta todavía!
—¡Pues ya sabes lo que podemos hacer!
—¡De acuerdo! ¡Hagámoslo de una vez!
Furiosísimos los dos cogieron, ella su bonita chaquetilla de cuero de la percha, y él su anorak y se lanzaron a la calle, donde llamaron la atención de los transeúntes por lo rápido que caminaban.
El abogado especialista en divorcios, tenía su despacho a unos trescientos metros del edificio donde la joven pareja tenía su pequeño y coqueto apartamento.
La secretaria del letrado les recibió con cierta frialdad. A su petición de que querían hacerle una consulta al abogado Joaquín Mariñas, les respondió:
—El señor Mariñas está ocupado en este momento. Tengan la bondad de esperar. Les atenderá enseguida que pueda.
Durante varios minutos el joven matrimonio permaneció callado, el ceño fruncido y con una expresión de encono en sus atractivos rostros.
De pronto, Almudena suspiró. Al escucharla, Tino suspiró a su vez. Siguió un silencio total, luego ambos se giraron hacia el otro y se fijaron en los labios que los dos mantenían entreabiertos. Permanecieron un momento presas sus miradas, después las miradas recorrieron el hermoso cuerpo del otro y Tino fue el primero en abrir la boca para reconocer con voz vibrante de pasión:
—¡Pero qué buena estas, Almudenita!
—¡Pues anda que tú, Tinito!
—¡Uf, como te deseo, mi vida!
—¡No más de lo que te deseo yo a ti!
Él se puso en pie y alargó el brazo. Ella lo alargó también y cuando sus manos se juntaron, ambos echaron a correr hacia la puerta:
—¡Eh! ¿A dónde van? —les gritó la secretaria del abogado Mariñas.
—¡En busca de la gloria! —le respondió a dúo la pareja, riéndose, mirándose como si no existiera en el mundo entero nada mejor que lo que estaban viendo el uno en el otro.
Aprovechando que no había nadie cerca, la secretaria soltó un denuesto soez. Estaban a veintiocho y esta era la tercera vez en el mes que aquel par de locos habían llegado hasta allí con la intención de divorciarse y escapado a toda prisa.

UN FANTASMA FEMENINO (RELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
A Fermín Portales, un fantasma que se le aparecía todas las noches en su dormitorio no lo dejaba dormir por el susto que le daba. El fantasma bailaba agitando mucho sus brazos hechos de niebla y dando espectaculares saltos en el aire.
El hecho de no poder pegar ojo en casi toda la noche tenía a este joven dueño de un pequeño quiosco donde vendía golosinas, somnoliento todo el día y, durante algunos momentos quedaba dormido y unos niños desaprensivos aprovechaban para llevarse chucherías de su quiosco, sin pagarlas.
Un día le hablaron a Fermín de una bruja blanca que podría darle una solución a su angustiante problema. Y decidió ir a visitarla.
La bruja se llamaba Ramona Tiesto y era tan fea que habría podido actuar en películas de terror sin necesitar de maquillaje alguno. Fermín, mirándola con bastante miedo, le expuso que tenía un problema.
Ella, que había estado limpiando con un paño de gamuza una bola de cristal del tamaño de un balón de fútbol le ordenó:
—No me digas nada. Estoy viendo en mi bola mágica la cosa que te atormenta. Es una muchacha. Una muchacha que se había enamorado de ti. Esta muchacha murió en un accidente de automóvil y su espíritu te ronda amargado por no habértelo podido confesar.
—¡Vaya, qué dramático! —el joven tendero aceptando como verdadero lo que acababa de decirle aquella mujer que daba susto mirarle la cara—. ¿Qué me aconseja que haga?
La pitonisa le dijo que acercase la cara a la suya y le susurró algo al oído.
—¿Por qué me ha hablado tan bajito? —quiso saber su visitante que igualaba su timidez a su curiosidad.
—Porque las paredes oyen—le explicó ella—. Y luego lo cuentan todo.
—¡Ah! Entiendo. Y si hago lo que usted me dice me veré libre de ese fantasma.
—Garantizado al cien por cien.
—Pero yo no estoy enamorado de nadie —manifestó Fermín.
—Eso no importa. Lo que importa es que hagas lo que yo te he dicho.
—De acuerdo. ¿Qué le debo?
—Son cien euros más el IVA.
—Me parece un poco caro.
—¿Sabes cuánto cuesta una bola de cristal mágica como la mía?
—Ni idea.
—Pues cuesta dos millones de euros. Tardaré cincuenta años en amortizarla. Si la salud y la longevidad me lo permiten, tendré ciento dos años cuando termine de pagarla.
—Visto así, cobra usted muy barato —reconoció el joven, comprensivo.
Siguiendo el consejo de la bruja, que daba miedo mirarla, Fermín puso en el periódico el anunció que aquella sabía hechicera le había indicado. El anuncio rezaba así: “Preciso tener una chica en mi cama durante una noche”. Para gran asombro suyo que creía ninguna joven aceptaría su demanda, se presentaron más de doscientas voluntarias en su quiosco de venta de chucherías.
Fermín, desbordado, decidió someterlas a una prueba que consideró importante. Les fue dando un chupa-chups a cada una de ellas diciéndoles que lo disfrutaran delante de él y, al final, escogió a la chica que, según su parecer, lo había chupado con más gracia.
La elegida se llamaba Alicia y le hizo tantas maravillas su boca al caramelo con palito, que Fermín le propuso compartiese cama con él hasta que ambos gastasen toda su vida.
Alicia, que de Fermín le había gustado todo, hasta su nombre, le respondió que aceptaba su propuesta.
La muchacha fantasma, tal como la señora Tiesto había asegurado ocurriría, al ver que Fermín ya tenía compañía femenina, desencantada, despareció para siempre de su dormitorio y él pudo dormir todo el tiempo que la muy cariñosa Alicia le permitía, y contando ella con lo a gusto que él permanecía en vela.
Cinco años más tarde Fermín era dueño de cinco quioscos de chucherías pues necesitaba muchos ingresos para mantener a los cinco chiquillos que Alicia le había ayudado, con entusiasmo a tener. Para aquellos poco expertos en matemáticas, que no les salen las cuentas, explicaré que un año, Alicia, le regaló gemelos a Fermín.

EL HOMBRE DEL GLOBO (RELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
Era un hombre raro, delgado y con un rostro tan chupado que se le marcaban limpiamente las quijadas. La gente se fijaba en él porque caminaba cabizbajo con las manos unidas detrás de la espalda y nunca miraba a nadie. Y como nunca hablaba con nadie tampoco, pues nadie hablaba con él. No tenía amigos, ni conocidos, ni mostraba interés alguno en tenerlos. Vivía de las cosas de algún valor que encontraba en los contenedores de basura, de recoger caracoles, espárragos y setas.
A los niños nos daba miedo, especialmente porque nuestros padres nos decían que seguramente estaba loco. Pero un día coincidí con él en la librería donde yo había entrado a comprar el periódico para Alfonso el bodeguero, que me daba siempre las cajitas de cerillas vacías que los niños utilizábamos para jugar a los cromos.
Vi al hombre aquel comprar un globo y, curioso por saber qué iba a hacer con él, le seguí.
Él no se dio cuenta de mi seguimiento, por ir siempre encorvado y con la vista puesta en el suelo. Llegó a la plaza, se detuvo, hinchó el globo tanto que me sorprendió no le explotara. Lo ató y a continuación lo soltó. Y el aire se llevó su globo y él, entonces, enderezó el cuerpo y lo estuvo siguiendo con la vista hasta que convertido en un `punto cada vez más diminuto, el globo se perdió en el cielo. A la segunda vez que le vi hacer lo mismo, mi curiosidad había crecido hasta tal punto que, superando el temor que todos, influidos por nuestros mayores le teníamos, le dirigí la palabra:
—Oiga, señor, ¿por qué suelta el globo? ¿Le divierte eso?
Me dirigió una mirada hosca. El brillo de sus ojos me pareció que debían ser los de un loco, aunque nunca había visto ninguno en toda mi vida. Finalmente me habló. Poseía una voz débil, susurrante, seguramente por el poco uso que les daba a sus cuerdas vocales:
—Cada vez que estoy triste suelto un globo y mi tristeza se va con él.
Y tuve que creerle porque le vi sonreír tras decir esto.
A partir de aquel día pensé que aquel hombre solitario no estaba loco, que había encontrado la fórmula que otros no sabían encontrar para librarse de sus tristezas y sus problemas.
No sé si me reconoció por los pasos, lo cierto fue que alguna que otra vez cuando pasaba cerca de él levantaba de repente la cabeza y me sonreía. Y yo encantado le devolvía la sonrisa y me sentía bien, como si su sonrisa me hiciera el mismo efecto que el globo soltado, le hacía a él.
—Nene, ahora ya sabes porque hincho un globo y lo suelto cuando me siento muy triste

UN BURRO, SU AMO Y UN LIBRO (RELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
El verano avanzaba consumiendo jornadas de sol abrasante. Un burro llevaba muchos días amarrado en una misma zona del campo, y se había comido ya hasta las raíces más profundas y ni el más incipiente brote de hierba asomaba por parte alguna. Los cagajones soltados por su descargador de retaguardia sembraban todo el terreno que le limitaba la cuerda cerrada a su cada vez más pelado cuello.
Un matemático poco escrupuloso con los olores habría podido, contándolas, sacar la cifra exacta de días que el infortunado animal llevaba excrementando allí.
Cuando al asno le quedó únicamente para comer las florecillas existentes en unas peligrosas matas de espinos, tuvo que disputárselas a las diligentes abejas que defendieron a picotazos su perfumado néctar.
No eran únicamente las trabajadoras de la miel las que atormentaban al jumento, también lo hacían las moscas que el buen Dios puso en el mundo para que no proliferaran los santos ni en el mundo animal ni en el mundo humano.
Para espantarlas el cuadrúpedo movía su rabo al cansino ritmo de un metrónomo con las pilas agotadas. Pues agotado y sin fuerzas se hallaba el pobre de él.
Por fin, Zacarías, el dueño de este animal-mártir se presentó con un puñado de alfalfa y escuchando sus rebuznos de queja, se la tiró delante al tiempo que le soltaba enfadado:
—¡Te quieres callar, pedazo de bestia, que vives mejor que nadie! ¡Sin mujer fea y puerca que te chille, ni hijos vagos que no ayudan en nada ni tienen en la vida más preocupación que comer y cagar!
Como si le hubiese entendido, el rucio dejó de rebuznar y atacó con todos sus dientes, grandes como fichas de dominó, la comida que acababa de serle arrojada. Se marchó su amargado amo despotricando. Entre la alfalfa había un libro de tapas verdes que llevaba escrito en su portada: “Las cien mejores poesías del mundo”.
El ignorante asno le arreó bocado y masticó sin notar nada. Para él todo lo verde era alimento para el cuerpo.
Igual trato dan al saber humano aquellos que consumen cultura sin concederle valor alguno, igual que hace el asno con todo lo que es verde.
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UNA MUY SENCILLA HISTORIA DE AMOR (RELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
Ernesto Martos era un joven alto y desgarbado. Lo más bonito de su cara, las cejas, dos grandes medios arcos bastante igualados, exageradas cornisas para sus ojillos apocados. Trabajaba en un taller de reparación de bicicletas y, quizás por convivir todo el día con ellas y sus averías, las odiaba. Las odiaba hasta el punto de no poseer él uno de estos artilugios de dos ruedas, e ir caminando de su pisito de soltero al taller.
Ernesto Martos era lo que todos aquellos inclinados a la crítica simplista llamaría: un tipo anodino y más aburrido que un gato de escayola.
Una mañana de primavera que, en aquella región comenzó como era bastante habitual allí, con lluvias intermitentes, Ernesto Martos, dando muestras de cierta torpeza, provocó tropezase su paraguas con el paraguas de Elvirita Salas que había comenzado la semana anterior de dependienta en una mercería situada en la misma calle que el taller de bicicletas donde laboraba él.
—Perdón —se disculpó ella.
—Perdón. Ha sido culpa mía —reconoció él.
—Bueno, da igual…
—Bueno, adiós…
Debido a la notoria timidez poseída por ambos, apenas si se miraron.
Elvirita Salas no era guapa, no poseía uno de esos cuerpos voluptuosos que llaman la atención y despiertan deseo carnal en los hombres. Elvirita era delgada de cuerpo y feílla de cara, exceptuando sus grandes ojos claros en los que brillaba la limpia candidez de los niños que no han descubierto todavía la existencia del pecado.
Aquel fortuito encuentro sirvió para que, al día siguiente, sin lluvia y sin paraguas abiertos, los grises ojos de Ernesto Martos encontraron acogedor puerto en los ojos aguamarina de Elvirita. Y este encuentro visual les despertó el dormido sentimiento del amor. Cambiaron un escueto “Adiós” y cada uno siguió su camino pensando en el otro.
Ernesto Martos que seguía impactado por la límpida mirada de Elvirita, en un momento en que aflojó el trabajo, escribió el primer poema de su vida.
Supe, nada más verte,
que eras el sol de mi vida,
y que cerca de ti nunca más
me faltarán ni el calor ni la luz.
Como los dos eran personas sencillas, sinceras, directas, la próxima vez que se vieron en la calle, Ernesto le entregó a Elvirita, con mano temblorosa, la hoja de papel donde había escrito su primer poema.
—Toma —le dijo, trémulo de cuerpo y de voz—. Lo escribí para ti.
—¿Puedo leerlo ahora? —preguntó ella toda ilusionda.
—Me gustaría mucho que lo hicieras —respondió él nerviosísimo.
Los lindos ojos de Elvirita recorrieron el escrito y al llegar al final del mismo dijo conmovida, llenos de humedad los ojos:
—¿De veras te sucedió esto nada más verme?
—Sí. Y me sigue sucediendo —categórico, embelesado él.
—¿Te gustaría que diésemos un paseo juntos algún día?
—¿A qué hora cerráis esta noche la tienda donde trabajas?
—A las ocho —ansiosa ella.
—¿Quieres que pase a recogerte? —él más ansioso todavía.
—Me encantaría —ella encantada.
Y así fue como un chico y una chica, que no eran hermosos por fuera, pero sí lo eran por dentro, unieron sus vidas y conocieron la felicidad de las personas sencillas, que es una felicidad mansa y cantarina como la corriente de los riachuelos de los cuentos de hadas.
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SUDECIÓ EN LA ÉPOCA QUE LOS DRAGONES RAPTABAN PRINCESAS (RELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
Es bien conocido por todos los amantes de las leyendas antiguas, que hubo un tiempo en que los grandes dragones se enamoraban de princesas hermosas y las secuestraban para gozar contemplando su belleza, pues por las insalvables diferencias físicas existentes entre ellos, ningún otro placer podían obtener de ellas aparte del visual.
Hubo una vez un dragón llamado “Casimiro”, que tuvo la debilidad de enamorarse de una princesa llamada Margarita, joven poseedora de tan extraordinarios encantos físicos, que, en su tiempo, fue considerada por muchos la princesa más hermosa del mundo.
Dentro del castillo donde moraba esta inigualable beldad, junto a sus padres y abuelos, el dragón contó con un sirviente codicioso y traidor que, por el pago de un puñado de perlas negras se comprometió a dejarle abierta la puerta de entrada a la fortaleza para que “Casimiro” pudiese entrar en ella y secuestrar a la bella princesa.
—Será mañana noche, cuando en el castillo duermen todos y todas las luces están apagadas, que dejaré abierta su entrada.
—¿Y cómo podré, a oscuras, encontrar entre las veinte habitaciones con que cuenta el castillo, la habitación de la princesa? —quiso saber el monstruo cuyo cerebro, aunque era muy pequeño, hasta cierto punto, funcionaba.
—El cuarto donde duerme la princesa Margarita lo descubrirás, tú que tan buen olfato tienes, por el perfume a violetas imperiales que el escultural cuerpo de ella desprende —informó el vendido.
La noche en que el dragón debía llevar a cabo el rapto de Margarita, se desató una terrible tempestad con profusión de rayos cegadores y truenos aterradores tan fuertes, que hubo momentos que pareció se estuviese rompiendo el mundo.
El dragón “Casimiro” estuvo tentado de dejar aquel asunto para otro día que hiciese mejor tiempo. Pero considerando que, el criado sobornado por él quizás no pudiese volver a facilitarle la entrada a la fortaleza y verse él obligado a intentar la seguramente imposible hazaña de escalar los altos muros del castillo, le decidió a no posponerlo.
Debido al diluvio que caía del cielo, el dragón llegó a la fortaleza calado hasta los huesos, pues en aquellos remotos tiempos no se habían inventado ni los chubasqueros ni tampoco los paraguas y los taxis todavía menos. Además de hecho una sopa, el enorme animal llegó a su meta con la vista muy irritada debido al continuado, cegador impacto que los relámpagos causaron a sus ojos.
Cruzó el Dragon la gran puerta abierta e inmediatamente activó al máximo su descomunal nariz oliendo con ella el interior de cada habitación que abría a tientas, pues, para dificultarle el delito que se proponía realizar, los relámpagos habían dejado de manifestarse y alumbrarle. El monstruo “Casimiro” tuvo que visitar trece habitaciones antes no consiguió captar la fragancia que buscaba: fragancia a violetas imperiales.
A ciegas llegó hasta le figura femenina dormida, la envolvió con la ropa de la cama y se la llevó acunada contra su empapado, amoroso pecho. Su presa, aterrada por el horrible hecho que le acontecía y le era imposible ver nada, solo pudo emitir unos gemidos de espanto, que no fueron lo suficientemente altos para despertar al rey o a algunos de sus soldados y que fueron silenciados por el inoportuno desvanecimiento que padeció.
Muy contento el secuestrador con el resultado obtenido, regresó finalmente a su cueva, después de extraviarse media docena de veces por el camino, y encerró a su inconsciente víctima en una celda que para ella había construido. Y mientras se secaba con una toalla tan grande como un campo de futbol, “Casimiro” estuvo estornudando, a más y mejor, pues era muy propenso a resfriarse. Luego se acostó y sus atronadores ronquidos compitieron, superándolos muchas veces en decibelios, con los truenos de la tempestad.
En la región donde acontecieron los hechos aquí narrados, la climatología estaba notablemente loca, como demostró amaneciendo el día siguiente sin viento, sin lluvia, sin tempestad y luciendo un sol esplendoroso.
El dragón despertó y, al hacerlo, cambió ronquidos por estornudos. No se quejó del tremendo constipado cogido. Valía la pena sufrir unas pequeñas molestias a cambio de tener, para su gozo contemplativo, a la princesa más hermosa del mundo.
Se acercó a la celda donde la había dejado encerrada la noche anterior y el horror que experimentó desorbitó sus ahuevados ojos y le descolgó la barbilla que cayó, pesadamente, sobre su escamoso pecho. La mujer que habían raptado no era la bellísima princesa, sino su feísima abuela. La confusión sufrida por él, se debía al hecho de que esta anciana y su nieta usaban el mismo perfume: violetas imperiales.
La secuestrada, para infortunio del monstruo “Casimiro” estaba despierta y furiosísima, y entre sus extraordinarias habilidades personales contaba la de poder hipnotizar a cualquier criatura viviente. Al instante, la anciana, sin mostrar temor alguno, se quitó el corazoncito de oro y brillantes que rodeaba su arrugado cuello y, mientras lo balanceaba delante de su captor le preguntó:
—¿Por qué me has traído aquí, monstruo feísimo?
—Por equivocación te traje. No era a ti a quien quería traer, vieja bruja, si no a la bellísima princesa Margarita.
—Bien. Pues duérmete ahora mismo, para que no puedas asustar con tu colosal y horripilante figura a mi regio esposo que está a punto de llegar aquí.
“Casimiro”, hipnotizado ya, juntó sus párpados bordeados de pestañas tan grandes como los cuernos de los búfalos, y quedó profundamente dormido. La anciana hipnotizadora salió fuera de la cueva donde encontró a su viejo esposo viniendo hacia ella, dando él muestras de agotamiento y también de alegría al verla.
—¡Gracias doy al cielo porque sigues viva, mi amada Perséfone! —exclamó.
Se abrazaron los dos esposos, estrecha y tiernamente.
—Mi querido Nobel, sabía que sabrías seguir las huellas de mi secuestrador y llegar hasta aquí para intentar salvarme.
—Así es. Ya sabes lo listo que soy —se auto elogió él.
—Listísimo. Nobel de mi vida, ¿has traído contigo algunos de esos cilindros de tu invención, que parecen cigarros puros?
—Los he traído. Vamos a alejarnos unos pasos, para nuestra seguridad, Perséfone de mi alma.
Varios siglos más tarde, un grupo de espeleólogos encontró el cadáver de un enorme Dragon sepultado dentro de una cueva derrumbada, y juzgaron que su derrumbe se debió a un fenómeno sísmico.
Advertencia: Cometen frecuentemente este tipo de ridículos equívocos todos los que se atreven a opinar sobre hechos que no presenciaron.
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EL MISTERIO COLETTE (relato)


(Copyright Andrés Fornells)

París es reconocida en el mundo entero como la ciudad de los artistas y del amor. A mí me tenía poderosamente fascinado, mucho tiempo antes de poder visitarla. Por este motivo, cuando por medio de mi tío Alberto, que poseía un pequeño restaurante en la zona de Pigalle, me surgió la posibilidad de ocupar una plaza vacante de profesor de español en una academia de idiomas, la acepté sin siquiera negociar la cuantía de mi salario.
Llevaba un par de semanas viviendo en la capital de Francia cuando, en una fiesta organizada por una multinacional de la comunicación, conocí a Colette. Colette contaba con ese chic que hace irresistibles a la gran mayoría de las mujeres parisinas. No era una gran belleza, pero los rasgos exóticos de su rostro y su escultural figura la hacían irresistiblemente atractiva. Surgió una poderosa atracción entre nosotros dos a partir del momento en que ella, para librarse de un pretendiente suyo, pesadísimo (insupportable), que se acercaba a nosotros me pidió:
—Bésame y me ayudarás a librarme de un tipo que me mata de asco.
Nunca me he negado a ayudar a una dame en apuros, y en esta ocasión muchísimo menos. Inmediatamente, Colette y yo nos abrazos y nuestras bocas se unieron en un beso incendiario, devastador, en el que nos sentimos ambos tan a gusto, que lo hicimos durar un par de minutos largos. Cuando nos separamos, su pretendiente, rojo de humillación, se hallaba parado a muy corta distancia de nosotros. Ella muy decidida, le dirigió la palabra con gran naturalidad:
—Hola, Jean Pierre. Permite que te presente a mi prometido…
Aquel individuo la dirigió una mirada de reconcentrado odio y replicó furibundo, odioso:
—¡Putain!
Y a continuación se alejó rápido como si le hubiesen insuflado gasolina en el mismo centro de sus posaderas. Colette y yo nos reímos. Y ya no nos separamos en toda la velada. Nos encontrábamos tan bien juntos, riéndonos, besándonos de vez en cuando (y ya no para espantar a admiradores, sino porque lo gozábamos plenamente). Total, que aquella noche la pasamos en la boardilla que yo tenía alquilada. Y disfrutamos tanto nuestra experiencia de unión corporal, que al día siguiente ella abandonó la pensión de mala muerte donde se alojaba y se vino a vivir conmigo.
Colette no contaba con un empleo fijo. Era bailarina y actuaba esporádicamente en programas de televisión y también en pequeños spots publicitarios.
Nos entendíamos de maravilla, los dos, y no tardamos en convertirnos en una pareja de inseparables enamorados. Como yo tenía una colocación y un sueldo estable, corría con todos los gastos del arrendamiento y de nuestra manutención. Yo lo aceptaba encantado, convencido de que, de haberse dado el caso contrario, Colette habría hecho lo mismo por mí.
Una noche nos hallábamos cenando en un bistró que frecuentábamos. Conversábamos animadamente, como siempre. Los dos éramos buenos observadores y gozábamos de un excelente buen humor. Nos comimos unos filetes de carne de caballo, alimento favorito de muchos galos y al que comenzaba yo a acostumbrarme, no sin dificultad.
Mientras esperábamos los flanes que habíamos pedido de postres, Colette cogió su bolso, de junto a la silla donde lo tenía, y me dijo que iba al servicio.
—Me encanta el carmín de tus labios —le confesé en tono jocoso.
—Ya he notado el placer que experimentas quitándomelo —bromeó también ella.
Pasaron varios minutos y Colette no regresó. Cuando llevaba un cuarto de hora de duración su ausencia, se apoderó de mí la preocupación. Me asaltó la posibilidad de que le hubiese ocurrido algo. Pensé en una caída o un desvanecimiento.
Abandoné la mesa, me acerqué al camarero y le expuse mis temores. El, servicial, me acompañó inmediatamente a los servicios; primero al de señoras y, por si acaso, también al de caballeros, infructuosamente, pues no encontramos rastro alguno de Colette. Aboné la cuenta y, considerando la posibilidad de que, por alguna razón ignorada por mí, ella hubiese marchado a nuestra vivienda. Caminé rápido hacia la misma, encontrándome con la inquietante realidad de que ella tampoco se hallaba allí.
Viví una noche de gran angustia y desasosiego tratando de figurarme, inútilmente, qué podía haberle sucedido. Aconsejado por mi tío Alberto, me presenté a la mañana siguiente en la comisaría de policía y denuncié su desaparición. Los agentes se mostraron amables, e intentaron tranquilizarme con los argumentos de que la mayoría de personas que desaparecían de repente, volvían a aparecer sin haber sufrido daño alguno.
Colette nunca regresó ni tan siquiera para recoger sus cosas. Su misteriosa desaparición sembró en mi espíritu una gran zozobra y, cada vez que daba algún medio de comunicación la noticia del hallazgo de una mujer muerta en algún descampado o bosque, viví la angustia de que se tratase de ella. Poco a poco fui asimilando aquel inexplicable, tétrico suceso y normalizando mi existencia.
Transcurrieron cinco meses y una mañana recibí con el correo una postal enviada desde Brasil. No llevaba dirección ninguna y solo unas pocas palabras:
“Hola, mon chou. Perdona que me fuese sin decirte adiós. Resulta que me encontré en los servicios del bistró a un antiguo pretendiente mío. Me propuso irme con él a Río de Janeiro, y acepté. Me molan cantidad las limusinas. Creo que te lo mencioné en más de una ocasión. En fin, lo siento. Lo nuestro fue bonito mientras duró. Cuídate. Colette”.
El tiempo es un buen lenitivo. Y contribuyó a que se me pasara el gran disgusto que Colette me había causado. También me ayudó mucho a conseguirlo, Silvia, otra francesa con mucho chic. Estaba encargada de la dirección de una prestigiosa boutique de lujo de la que pude vestirme con ropa de marcas caras, a precio de saldo. Fue la época de toda mi vida en que vestí con mayor elegancia. Y como soy un tipo conformista y optimista, considero siempre: “No hay mal que por bien no venga”.
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EL HOMBRE DEL JARDÍN BONITO (RELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
Aquel hombre se llamaba David. En nuestra calle, donde todas las viviendas eran casas adosadas con una parcelita de terreno de unos veinte metros en la entrada, él había creado un jardín notable por lo bien cuidado y por la gran variedad de hermosas plantas que había reunido en él. A veces, cuando nuestras miradas se encontraban al pasar yo por delante de su propiedad, cambiábamos un breve saludo y una sonrisa.
Él vivía solo, debía pasar de los sesenta y yo pensaba de él que era un buen hombre contento con su soledad. Una tarde de verano, crucé por delante de su jardín, camino del pequeño supermercado situado en una calle paralela, al que solíamos acudir muchos vecinos del barrio.
Me sorprendió verle sentado en un rustico banco de madera situado en su pequeño porche, con una copa en su mano y una botella de champán al lado, de la cual debía haberse bebido buena parte pues se estaba riendo de un modo ostensible. Aquella muestra de júbilo por su parte me llamo la atención. Así que me detuve y, advirtiendo él inmediatamente mi presencia se volvió a mirarme dando pie a que yo le dirigiera la palabra:
—Parece estar usted muy contento hoy, señor David —le dije.
—Lo estoy —respondió él cuando descendió la intensidad de sus carcajadas.
—¿Le ha tocado la lotería tal vez? —dije despertada mi curiosidad.
—Me ha sucedido algo infinitamente mejor: se ha muerto mi hermano.
Durante varios segundos la sorpresa despertada en mí por su inesperada respuesta me retrasó la reacción. Finalmente, observándole con extrañeza le dije:
—¿Le causa regocijo la muerte de su hermano?
—Me causa infinita alegría su muerte —afirmó él, contundente, después de haberse tomado otro sorbo de champán—. Llevaba treinta años deseándola y esperándola.
Aunque no me gusta meterme en la vida de nadie, mi innata curiosidad me animó a preguntarle:
—¿Odiaba usted a su hermano?
—Con toda mi alma. Por eso su muerte me colma de felicidad y lo estoy celebrando emborrachándome.
El deseo de averiguar los motivos de su odio le pedí:
—¿Por qué odiaba usted a su hermano?, perdone el atrevimiento de mi pregunta.
—Porque era un maldito canalla. Me robó a mi mujer a la que yo amaba más que a mi vida, y por su culpa he vivido todo este interminable periodo de tiempo, desdichado. La primera alegría mía durante treinta años, me la ha dado él con su fallecimiento y la zorra de su mujer a la que han detenido acusada de haberle envenenado.
—Que tenga usted un buen día. Adiós —dije despidiéndome de él disgustado con lo que acababa de saber.
Y pensando en la breve conversación mantenida con aquel hombre consideré que él tenía con su vida material suficiente para escribir una interesante novela dramática. Yo, en su lugar, la habría escrito.

LOS REMORDIMIENTOS DEL HÉROE (RELATO)

guerrero-con-espada
El pequeño reino Ataguay necesitaba desesperadamente un nuevo héroe que, emulando a otros antiguos, largo tiempo atrás muertos dirigiera el inevitable enfrenamiento contra Batilón, el país vecino, enemigos ambos desde tiempos inmemorables.
El hombre que reinaba en Ataguay ordenó que todos los hombres jóvenes de su reino se reunieran delante de la puerta de su palacio-fortaleza y fueran entrando uno detrás de otro al patio de armas. Había encargado a su primer ministro encontrar entre todos aquellos hombres el héroe que necesitaban para dirigir la guerra contra los batilonios. Cada joven que, siguiendo el turno impuesto llegaba junto a él, era exigido intentar sacar la Espada Victoriosa del interior de la enorme roca dentro de la que la clavó el último héroe que habían tenido.
Entre los forzados aspirantes se hallaba Tascano, un modesto herrero, dueño de una elevada estatura y cuerpo admirablemente musculado. Debido a su carácter tímido y bonachón, fue uno de los últimos en llegar junto al primer ministro. Aunque ya había escuchado por los que habían salido fracasados, la prueba que se le iba a exigir, preguntó mostrando apocamiento:
—Usted dirá en qué puedo servirle, señor.
El autoridad le pidió lo que estaba cansadísimo de repetir:
—Vamos, prueba a sacar la espada de ahí.
—Parece una tarea imposible —reconoció Tascano.
—Prueba a ver. Tú eres muy fuerte.
El herrero cerró su mano en torno a la empuñadura de la espada, inclinó el cuerpo hacia adelante y poniendo toda su fuera en el empeño in-tentó tirar hacia arriba del arma. Ésta le ofreció resistencia. Tascano era una persona tenaz. No se rendía a la primera dificultad que le surgía. Realizó otro intento empleando todas sus fuerzas. Todas las venas de su cuerpo se hincharon hasta el extremo de parecer podían estallar en cualquier momento. Y de pronto, la espada, centímetro a centímetro, se fue despegando de la roca hasta salir por completo de ella.
Mientras él la contemplaba fascinado, sintiendo que toda la fuerza empleada por el la recuperaba su cuerpo multiplicada por cien con el contacto del arma, el primer ministro lanzó un grito de triunfo:
—¡Ya tenemos un héroe!
Una multitud entusiasmada acudió junto a ellos rodeándoles y aclamándoles.
A partir de aquel hecho, los mejores profesores en el manejo de las armas entrenó a Tascano. Lo rápido y bien que él aprendió, les hizo afirmar a sus preceptores:
—¡Tenemos todos los motivos de este mundo para sentirnos jubilosos! ¡Nuestro héroe será invencible!
Y efectivamente, cuando en el gran llano que separaba a ambos reinos, se enfrentaron en feroz y cruenta batalla, los ataguayos y los batilones, Tascano actuó como se esperaba de él. Su espada y él se mostraron infalibles, incansables, matando enemigos y más enemigos. Realizó una espantosa carnicería. Terminó bañado en sangre enemiga desde la cabeza a los pies. La victoria de la brutal batalla se decantó, con devastadora diferencia a favor de los ataguayos. Cuando los batilones se rin-dieron, sus vencedores se retiraron triunfantes celebrando con estruendoso griterío su victoria, mientras los derrotados sobrevivientes recogían a sus heridos y enterraban a sus muertos.
Fue cuando lo sentaron en un sillón convertido en general del ejército ataguayo, que Tascano dejó de ser héroe para recuperar su personalidad de toda la vida y se dio cuenta de los innumerables crímenes que había cometido él, y horrorizado volvió a clavar la espalda en la roca y dijo una frase que pasaría a la historia:
—¡Ojalá jamás vuelva a conseguir nadie desclavar esta maldita espada asesina!
La multitud rugió de indignación. El primer ministro les calmó asegurándoles convencido:
—Tranquilos. Cuando nuestro pueblo necesite tener otro héroe, otro héroe encontraremos.
Tascano se alejó, huyó del reino donde había nacido, con la esperanza de encontrar un pueblo en el mundo donde vivieran gentes limpias de maldad, odio y sed de sangre. Murió años más tarde extenuado, descorazonado, y sin haberlo encontrado.

CUANDO DESCUBRES A UN HIJO DE 10 AÑOS FUMANDO (RELATO)

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Mi mujer entró en el cuartucho que pomposamente llamábamos mi despacho, y me comunicó empleando un tono de voz indignado, a juego con la expresión de su cara de porcelana de Sèvres:
—Acabo de dejar a Alfonsito en el colegio.
Aparte mis ojos, que están muy lejos de ser tan bonitos como los de ella y expresando sorpresa a través de ellos constate un hecho archisabido:
—Igual que todos los días laborables, ¿no? ¿Lo dices por algo especial?
—Lo digo porque entré en su cuarto a meterle prisa, y lo pillé fumando.
La sorpresa que me causó esta noticia les sentó a mis cejas como si quisieran imitar a los ascensores subiéndose hasta la mitad de mi frente.
—¿Fumando? ¡Pero si solo tiene 10 años!
—Exacto —tan escandalizada mi mujer como llevaba yo mucho tiempo sin verla.
A continuación, dije algo que la puso furiosa y no entendí el por qué:
—¿Tabaco rubio o negro?
—A veces tengo dudas sobre si la cabeza te sirve para pensar o solo de adorno —entrando ella en terreno de evidente enojo—. A ver si cuando regre-semos del colegio le das un buen rapapolvo. Se empieza por los cigarrillos, luego por el hachís y, finalmente, se termina en la cocaína y la tumba —concluyó dramática.
—Déjale de mi cuenta —dije severo para que el enfado de ella no subiese más peldaños—. Cuando regreséis del cole. Me lo traes aquí, nos dejas a solas a los dos que yo le daré una buena reprimenda.
Fue tan lograda mi severidad, que ella asustada me recomendó:
—No vayas a perder la cabeza, ¿eh? Considera que es solo un niño.
—No te preocupes. Sabré como reprenderle y lo haré tan bien que nunca más se le ocurrirá a nuestro hijo fumar ni hacer cualquier otra cosa mal hecha.
Se marchó mi mujer. Yo le di vueltas y más vueltas al asunto y, a pesar de que soy bastante condescendiente con las travesuras de nuestro hijo, aquélla, después de escuchar a mi mujer la suposición de que del tabaco se puede pasar al hachís y del hachís a la coca, y de la cosa a la tumba, me mantenía preocupadísimo.
Me cundió poco esa mañana mi trabajo de traductor y encima, para exasperarme más todavía, estaba traduciendo un artículo científico que me obligaba a echar mano continuamente del diccionario alemán-español. Tanto fue así, que me habría hecho falta a mí fumarme un cigarrillo para calmarme.
Y por fin llegaron mi mujer y nuestro hijo pequeño de regreso del colegio. Ella abrió la puerta de mi “despacho”, hizo entrar a nuestro hijo que no sé qué le habría contado durante el camino, que lo hizo con la cabeza gacha y dando evidentes muertas de estar asustado. Yo que había estado estudiando mil formas de afrontar aquella situación, aunque lo disimulé, me encontraba tan ner-vioso como él.
—Siéntate delante de mí —le ordené adusto, aunque esta adustez me dolía más a mí que a él. Esperé a que tomase asiento y entonces le dije adquiriendo forzada actitud de juez—: Me ha dicho tu madre que te pilló fumando en su cuarto. ¿Es cierto?
Él asintió levemente con la cabeza, sin atreverse a mirarme. Yo que no perdía de vista su carita infantil aprecié que comenzaban a enrojecérsele las medio lunas de debajo de sus ojos, señal de que podría echarse a llorar en cualquier momento.
—¿Tú sabes que fumar es malísimo? Y que por eso los niños de tu edad no acostumbran hacerlo —nuevo asentimiento por su parte y un parpadeo que empezó a conmoverme—: ¿Por qué lo has hecho?
—Quería saber que sienten las personas que fuman…—logró balbucir.
—¿Y qué te ha parecido eso?
—Asqueroso. El humo sabe asqueroso y te deja un sabor horrible en la boca.
—¿Ha sido tu primer cigarrillo?
—Y el ultimo —engordando lágrimas en sus ojos tan hermosos —los ha heredado de su madre—.
—¿Te quedan más cigarrillos?
—Tres…
—¿Qué vas a hacer con ellos?
—Tirarlos a la basura.
—¿Los compraste?
—Me los encontré en la calle… Papá, no te disgustes conmigo que me pongo muy triste —logró balbucir entre sollozos ya.
A estas alturas yo estaba ya tan triste como él. Me levanté de mi asiento, di la vuelta a la mesa y lo recibí en mis brazos para que tuviera el consuelo de poder llorar contra mi pecho. Para mí había quedado todo claro. Mi hijo nunca me había mentido. Y yo estaba seguro de que todo lo que me había dicho era cierto, y de que él no volvería a fumar más. Ese querer saber qué encontraban las personas mayores fumando, había querido saberlo yo teniendo más o menos su misma edad y nunca he vuelto a fumar.