UNA VIUDA PELIGROSA (RELATO)

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Antonio Lugano era publicista. Había nacido un 13 de mayo y solía celebrar todos sus cumpleaños dando una pequeña fiesta en su casa, fiesta a la que invitaba a sus mejores amigos entre los que me hallaba yo. La última de estas fiestas, a la que asistí, aceptando su amable invitación, me encontré un tanto solo, pues él se multiplicaba procurando atender a todos los allí reunidos y esto le dejaba escaso tiempo para mí. La mayoría de los asistentes eran compañeros suyos de profesión y, por ello, completos desconocidos para mí que pertenezco al gremio pastelero. Aparte de esto, eran casi todos parejas y terminé con un whisky on de rocks en mi mano sentado en un rincón de la amplia estancia.

Llevaba allí un rato distrayéndome con la visión de las figuras femeninas que, por la armoniosa distribución de sus voluptuosas formas despertaron mi imaginación sensual, cuando apareció junto a mí una mujer vestida totalmente de negro. No era una belleza, pero en su conjunto poseía unas facciones atractivas que despertaban agrado y sobre todo era dueña de un cuerpo, que no exagero si tildo de extraordinariamente escultural.

Me dedicó una seductora sonrisa y ofreciéndome su mano dijo muy amistosa:

—Aurelia Gómez.

Estreché su mano, blanda y cálida, y le dije mi nombre. A ella debió gustarle el mis-mo porque a partir de aquel momento lo estuvo usando todo el tiempo.

—Bonita fiesta, ¿verdad, Jaume?

—Acogedora —acepté, prudente, pues hasta entonces me había estado aburriendo.

—Soy viuda desde hace un año —me soltó con notoria naturalidad.

—¡Vaya! Pues lo siento.

—No lo sientas, Jaume —tuteándome desde el principio—. Conseguí la viudedad por decisión propia.

Una maliciosa sonrisa curvó su boca de labios gruesos y sensuales. Le devolví una sonrisa torpe, pues no había entendido la intencionalidad de su explicación. Ella llevaba un bolso, también negro, colgado del hombro y en su mano derecha un vaso que, por el color y los cubitos de hielo dentro podía tratarse del mismo brebaje espirituoso que estaba tomando yo.

—¿Trabajas también en publicidad? —le pregunté después de un breve silencio que habíamos mantenido.

—No, no trabajo. Vivo del dinero que, al morir, me dejó mi marido. Era muy rácano. Vamos no te puedes figurar lo tacaño que era. Lo tuve que matar para poder heredarle.

Siempre me han funcionado excelentemente bien los dos oídos, pero esta vez quise cerciorarme de que seguía siendo así.

—¿Mataste a tu marido para poder heredarle? —dije escrutando su rostro, buscando alguna señal que me confirmara la posibilidad de que estuviera bromeando.

—Sí. No me quedó otra salida. El muy imbécil seguía enamorado de mí y no quiso dejarme su fortuna por las buenas.

Yo empecé a creerla. La seriedad de su confesión era absoluta, convincente.

—¿Y cómo le mataste? —empezando a preocuparme.

—Le pegué seis tiros con una pistola que llevo dentro de mi bolso. ¿Quieres verla?

—No, no, soy alérgico a las armas —me apresuré a decirle, temeroso ya.

—Oye, Jaume, acabo de darme cuenta de que te pareces mucho a mi difunto marido. Pero mucho, mucho. ¡Es curioso!

—Ay, seguro que estás confundida. Yo no me parezco a nadie —me apresuré a contradecirla—. Perdona, pero tengo que ir a un sitio urgentemente.

Marché directo hacia la salida. Por el camino dejé mi vaso en lo alto de una mesa y gané la calle. Mirando todo el tiempo hacia atrás, entré en mi coche y me alejé de allí pisando el acelerador a fondo. Reconozco que poseo un sentido de la prudencia que muchos interpretan como enfermiza cobardía. Entre aquellos que lo interpretaban así se contaba mi imprudente amigo Antonio Lugano.

Justo en este momento me estoy vistiendo de oscuro para asistir a su sepelio. Mi valiente amigo Antonio Lugano cometió la temeridad de casarse con Aurelia Gómez, cinco meses atrás. Según el informe que ella dio a la policía, entraron ladrones en la casa, su intrépido esposo ofreció resistencia y los ladrones le pegaron seis tiros dejándole para ser enterrado.

Por pura cobardía yo me mantuve al margen de este asunto. No se encontró el arma homicida, lo cual significa que ésta continúa en poder de su dueña y ya lo dijo el sabio Salomón: “Los cementerios están llenos de valientes que murieron prematuramente”.

CORAZONES ROTOS (RELATO)

LLOVIENDO
CORAZONES ROTOS
No hacía frío. Estaban en plena primavera. Era noche cerrada y afuera llovía a mares. Por el túnel los pasajeros que acababan de llegar a la estación aquella, avanzaban con pasos rápidos, sordos, hacia las escaleras que conducían a la salida. Todos demostraban tener prisa menos un joven ensimismado que caminaba despacio, con aire ausente. A él no lo esperaba nadie. Antes de salir por la boca del metro, se subió el cuello de la chaqueta. Un gesto instintivo, de los que suelen hacerse sin pensar.
Lo recibió de lleno el aguacero. Vio el semáforo en verde y a impulsos de una prisa repentina cruzó la calle corriendo, cegado por los faros de los coches detenidos. Llegado justo al otro lado de la calzada el tráfico reanudó su ensordecedora, chapoteante actividad. Ríos de luces iluminaban la densa tromba de agua que caía.
El joven avanzó por la acera sorteando transeúntes, chocando con alguno sin disculparse. Eran solo bultos humanos obstaculizando su camino. Procuraba aprovechar la protección que le ofrecían cornisas y toldos. Sin embargo llegó al bar, que tenía por me-ta, con el pelo mojado, lo mismo que la parte superior de su chaqueta y, por la parte baja, el dobladillo de las perneras de sus pantalones, sus zapatos y sus calcetines.
Antes de empujar la puerta se miró en el improvisado espejo de sus cristales. Peinó sus empapados cabellos hacia atrás. Echó muchísimo de menos la figura femenina que otras muchas veces se reflejó a su lado. ¡Qué pálido y demacrado vio su rostro! Dejó escapar un hondo suspiro delator de la siniestra tristeza que lo embargaba desde hacía varias semanas.
Cruzó la puerta. Restregó los pies en el felpudo. Una docena de clientes repartidos por el interior del local. Resbaló sobre ellos su mirada indiferente. No hallándose la per-sona que a él le importaba, el resto del mundo le sobraba. De los altavoces brotaba un bolero cantado por una voz femenina que no se tomó la molestia de buscarle el nombre. No era una de las melodías que a ella y a él les gustaba.
Halló libre la mesa junto a la ventana, esa mesa en la que tantas horas maravillosas habían compartido Marga y él. Tomó asiento. Apoyó los antebrazos en su tablero y que-dó inmóvil, los hombros vencidos hacia adelante, contemplando con ojos melancólicos el agua deslizándose zigzagueante por el cristal de la ventana, el activo rebaño de vehículos circulando, los presurosos viandantes con sus paraguas abiertos ocultándoles a muchos de ellos la cabeza. Dentro de la cabeza suya un torrente de recuerdos atormentándole, incrementando con su torturante presencia la honda desdicha que lo embargaba.
Entreabrió los labios y, al tiempo que pronunciaba en un susurro el nombre de la mujer que jamás olvidaría, un dolor muy profundo le anunció que el corazón se le estaba rompiendo un poco más. ¿Se podía morir de tristeza? ¿Se hallaba él muriendo ya de este mal asesino?
El camarero, un hombre mayor de semblante serio, buen profesional, le preguntó llegado junto a él:
—¿Un café solo, como otras veces, joven?
—Sí, muchísimas gracias —respondió el recién llegado, sin volverse hacia él, la mi-rada perdida en la calle, la mente extraviada en el pasado.
El empleado del establecimiento, después de preparar el café se lo sirvió, sin come-ter la indiscreción de preguntarle por qué estaba llorando. Él también había sido joven y experimentado que perder un gran amor era lo más dramático que en esa inexperta época de la vida puede sucederle a uno. Después el corazón se endurece al mismo tiempo que se va diluyendo la frágil ilusión juvenil, lo mismo que se diluye un azucarillo en el café. ¡Si lo sabría él que había pasado más de una vez por ello!

ENTREVISTA AL DAMNIFICADO POR UN GRAN INCENDIO (RELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
En el estudio de televisión, el invitado que segundos antes había recibido los favorecedores servicios de las maquilladoras, ahora, sentado en un cómodo sillón, empezó a ser entrevistado por el presentador, un rostro muy conocido, afamado veterano de los medios audiovisuales, ganador de varios premios otorgados por medios de comunicación, amigos suyos y amigos de la cadena para la que trabajaba con notable profesionalidad y gran audiencia, circunstancia que redundaría, una vez más, en la obtención de altos beneficios por publicidad para la empresa que lo tenía contratado.
—Un pirómano insensato y criminal provocó un devastador incendio en un bosque de su propiedad del que se han quemado más de 2000 hectáreas de pinos, ¿cierto? —fueron sus primeras palabras pronunciadas con una dicción perfecta.
Su entrevistado compuso una expresión compungida y en tono quejumbroso respondió:
—Sí, desgraciadamente, tal como usted acaba de mencionar fue un acto imperdonable perpetrado por un criminal contra la indefensa naturaleza. Todos los miembros de mi familia, sin excepción, estamos profundamente apenados y condenamos sin paliativos a ese desalmado pirómano que ojalá consigan detener y hacer pagar su atroz crimen —ahogó un sollozo antes de continuar—: Los pinos estaban tan verdes, tan bonitos, todos llenos de florecillas debido a lo bien que les estaba sentando la primavera. Y ahora son solo fantasmas renegridos que alzan sus desnudas ramas al cielo, como si fueran brazos inocentes clamando justicia.
El damnificado por el devastador incendio mostraba tal patetismo y abatimiento, que consiguió conmover al prestigioso entrevistador, quién reconoció:
—Ese incendio, por lo que estoy viendo, le ha roto a usted el corazón.
—Sin la menor duda, ¡en mil pedazos me lo ha roto! —llevándose el hombre un pañuelo a los lagrimosos ojos, sacado del bolsillo superior de su americana gris otoño.
El presentador se permitió una pausa efectista, en la que sacaron un conmovedor primer plano del rostro apenado y lloroso del entrevistado.
—¿Han apresado al supuesto pirómano o grupo de pirómanos? —continúo el entrevistador.
—No, no, a ninguno. Esos canallas realizan su trabajo destructor sabedores de que nunca les cogerán ni tendrán que pagar por ello.
—¿Y ahora qué ocurrirá con ese bosque calcinado suyo?
—Lo habitual. Malvenderemos los chamuscados troncos de esos desdichados árboles para que hagan leña con ellos. Esto nos alegra, en cierta medida, porque gracias a esa leña muchas personas podrán tener calientes sus hogares y no pasar frío el próximo invierno. Será una buena obra humanitaria.
—Sí, ciertamente, por lo menos servirá para algo, para una obra humanitaria esa terrible ruina ecológica —el entrevistador moviendo con gesto de simpatía su bien repeinada cabeza, posando principalmente para la cámara que enfocaba el lado de su rostro más favorable para él—. Y una vez limpia esa zona del bosque arrasada por las llamas ¿piensan repoblarla con nuevos árboles?
—De ninguna de las maneras —categórico—. Sería una locura. Un despilfarro. Sería darles una nueva oportunidad a los pirómanos para que pudieran ejercer otra vez más su criminal acción.
—¿Qué harán entonces con esa parte del bosque que se quemó?
—Pues lo mismo que han hecho tantos otros que has sido perjudicados de igual modo que nosotros: vender esos terrenos a una de esas solidarias empresas constructoras que construirán allí viviendas para la pobre gente que ahora vive en la calle o hacinada en casas de familiares.
—Muy bien. Demuestra usted ser una persona de muy buenos sentimientos, muy humanitaria.
—¡Absolutamente cierto! —rotundo el entrevistado—. Yo siempre digo: que a este mundo venimos todos con la santa misión de ayudarnos los unos a los otros.
—Bien. Ha sido un placer hablar con usted, una persona sincera, integra y altruista. Muchas gracias por su colaboración. Le agradeceré recomiende a esa empresa constructora, que realizará el sacrificio de comprarle ese terreno calcinado, que piensa en nosotros a la hora de encargar la publicidad. Se la haremos mejor y más barata de precio que nuestros competidores.
—Lo haré, no se preocupe. Y podré hacerlo porque me han propuesto ser accionista de esa constructora y pienso aceptar. Y como creo que dijo el buen Dios: “Hoy por ti, mañana por mí”.
Realizó el entrevistador disimuladamente un leve movimiento de su dedo índice. Inmediatamente, el encargado de los sonidos hizo sonar una extraordinaria salva de aplausos que duró hasta la entrada de la próxima cuña publicitaria.

REAPARECIÓ EL GENIO DE LA LÁMPARA MARAVILLOSA (RELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Una mujer amante de las antigüedades compró en un “Mercadillo” una lámpara muy antigua, la cuál se hallaba en un deplorable estado de suciedad. Al llegar a su casa, la mujer, que era persona muy pulcra, decidió limpiarla y darle mejor aspecto del que tenía. Cogió un limpiametales, le echó un chorrito encima y a continuación con un paño de cocina comenzó a frotar la lámpara. Inmediatamente se produjo un fenómeno que durante algunos segundos dejó a esta señora petrificada de asombro. Del interior de la lámpara salió un genio impresionante, vestido con ricas ropas de una época esplendorosa y mágica, quién le dijo con atronadora voz:
—He venido a este mundo a complacerte, mujer. Pide tres deseos y te los concederé.
La mujer tardó un tiempo en reponerse de la enorme sorpresa recibida y aceptar que este fabuloso ser aparecido de repente podía poseer los extraordinarios poderes que anunciaba.
—Bien, si lo que dices es cierto: conviérteme en la mujer más hermosa del mundo.
—Antes de complacerte permite que te haga una advertencia: Todo aquello que yo te conceda, tu marido lo recibirá diez veces en mayor cantidad que tú. ¿Estás de acuerdo?
Ella se lo pensó un par de minutos y después, esbozando una astuta sonrisa respondió:
—Estoy totalmente de acuerdo con ello.
El genio pidió al oculto y misterioso mundo de los milagros se cumpliera este primer deseo suyo. Una nube mágica envolvió a la mujer y cuando a los pocos segundos la nube desapareció, la mujer había adquirido una portentosa belleza y, su holgazán y borrachín marido que se hallaba tendido en el lecho durmiendo la borrachera cogida la noche anterior, se volvió diez veces más hermoso que ella.
—¿Cuál es tu segundo deseo, mujer? —preguntó el genio.
—Pues que me conviertas en la mujer más rica del mundo.
—Te recuerdo que tu marido serás diez veces más rico que tú.
—No me importa, adelante.
De nuevo una nube la envolvió y cuando la nube se disipó, ella era la mujer más rica del mundo y su vago marido, roncando su embriaguez, ni cuenta se dio de los fabulosos tesoros que llenaban su habitación.
—Bien, voy a concederte el último deseo y después desapareceré, le advirtió el prodigioso genio.
—De acuerdo. Te pediré una cosa más y podrás irte —apuntó la taimada mujer—: Haz que yo enferme un poco del corazón.
—Concedido.
De nuevo fue envuelta por una nube y cuando la nube desapareció, lo hizo esta vez con una estruendosa explosión en la que desaparecieron el mago y la lámpara maravillosa.
La mujer más guapa y rica del mundo lo fue diez veces más a partir de aquel momento, pues mientras ella padecía una pequeña dolencia en su corazón y seguía viva, el haragán y vicioso de su marido, con una dolencia de corazón multiplicada por diez había muerto dejándola heredera de cuanto poseía.

EL MATRIMONIO ES COMO UNA CASA (RELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
—Abuelo, el matrimonio mío está haciendo aguas. Creo que Laurita y yo vamos a terminar separándonos.
El anciano examinó con sus ojos cansados, mostrando preocupación, el angustiado rostro de su nieto. Le dio lástima de él porque estaba viendo que sufría y podía cometer uno de esos errores de los que uno se arrepiente toda su vida.
—A mí puedes hablarme claro. Sabes que cuentas con mi cariño y mi comprensión. Cuéntame que os ocurre.
—Me da un poco de vergüenza, abuelo —un tanto cohibido el joven.
—No debe darte ninguna. Cuando eras muy crío, tu madre te dejaba a mi cuidado y tú no guardabas ningún secreto para mí, pues yo te cambiaba los pañales sucios y pestilentes, te lavaba y te ponía otros limpios y secos.
—Es verdad, abuelo. Desde mi venida al mundo solo buenas cosas has hecho por mí.
—Pues déjame que haga otra más. Cuéntame que os ocurre a Laurita y a ti.
—Nos ocurre que cada vez nos tenemos menos cariño. Que lo hacemos solo los fines de semana y, a veces ella pone la excusa de que no se encuentra bien y no lo hacemos tampoco. Cuando nos casamos, era todos los días que disfrutábamos de nuestro cariño, y ella nunca me decía que no se sentía bien.
El anciano esbozó una sonrisa mitad tierna, mitad triste acordándose de su querida mujer que lo dejó viudo tres años atrás, y a la que seguía echando de menos todas las horas del día.
—¿Cuántos años lleváis casados Laurita y tú?
—Tres. No hace tanto tiempo, abuelo. Nos echaste un discurso muy bonito durante el banquete.
—Cierto. Os eché un discurso. ¿Lo recuerdas?
—Claro. Dijiste que el matrimonio era como una casa. Una casa al principio está nueva, pero con el tiempo va necesitando pequeños arreglos. Unas manos de pintura. Algunos desperfectos en su estructura general. Las lluvias y los vientos desconchan partes de las paredes exteriores, castigan el tejado y hay que cambiar por otras nuevas tejas que se rompieron. Asentar losas que se soltaron. Cambiar alguna que se rompió. Si no existen más del mismo modelo, cambiarlas por algún modelo que se le parezca lo más posible.
—Exacto, querido Tino. Y repetí un par de veces que las reparaciones son necesarias, inevitables, imprescindibles. Pero lo más importante de todo, lo que siempre debe prevalecer es la casa. Nada es más importante que la casa. La casa nos cobija, la casa nos protege de todos los elementos adversos. La casa es lo mejor que poseemos. La construimos con los mejores materiales que poseíamos. Nos costó mucha ilusión, amor y esfuerzo. No podemos permitir que se derrumbe. ¿Has entendido esto bien? Tu abuela y yo estuvimos arreglando nuestra casa durante casi cincuenta años y fue maravilloso. Esa casa nos cobijó a todos nosotros, a tus padres primero y a ti y a tu hermana después. No permitas que, por unos pocos malentendidos, por unos momentos de cansancio, de desilusión, de monotonía, de tedio, vuestra casa, la de Laurita y tuya se venga abajo. Te arrepentirás toda tu vida si lo permites. Laurita y tú os casasteis locamente enamorados. Cuando os mirabais el uno al otro todos podíamos ver cegadores destellos de amor en vuestros ojos. No permitáis que los enemigos de todas las casas minen los cimientos de la vuestra y la derrumben. Escucha: una noche del fin de semana llévate a Laurita a cenar a un restaurante romántico. Cómprale unas flores. Esas pequeñas delicadezas gustan muchísimo a las mujeres. Mírala con los ojos de tu alma, como la mirabas cuando os enamorasteis, y dile que la sigues queriendo con todo tu corazón. Y cuando se lo digas te darás cuenta de que es verdad, y verdad será cuando ella te diga que también te quiere de igual modo. Y vuestra casa seguirá cobijándoos hasta la próxima reparación, que terminará necesitando. No se ha construido todavía casa alguna libre de reparaciones.
Conmovido, Tino agradeció el consejo del anciano:
—Gracias, abuelo. Eres un sabio.
—No, muchachito. Solo soy un hombre que ha reparado muchas veces su casa y ha aprendido a hacerlo lo mejor que sabía.

CUENTO DE BLANCANIEVES INÉDITO (PARA ADULTOS) RELATO

(Copyright Andrés Fornells)
La encantadora y bella Blancanieves había enviado a su enano Sabio al castillo de su madrastra a espiarla, quedando ella sentada junto a la ventana de su vivienda a la espera de su regreso. Sabio tardó más de una hora en regresar, tiempo suficiente para que a la niña blanca como la nieve le creciera considerablemente el malhumor.
—¡Vaya lo que has tardado, tonto de capirote! ¡Hasta Dormilón se hubiera dado más prisa que tú en hacer lo que te ordené!
Como si el enano que acababan de mencionar les hubiese oído en sueños emitió un sonoro ronquido, pero continuó durmiendo.
Sabio justificó su tardanza, de la siguiente manera:
—Tuve que esperar a que tu madrastra terminase de cepillar su largo, espeso pelo, se restregase en la cara crema antiarrugas, engordara con rímel sus tupidas y negras pestañas, pintase de rojo sus labios y finalmente, después de haber hecho todo esto se situó delante de su espejo mágico y le hizo la pregunta de siempre.
—¿Y qué respuesta le dio el espejo mágico? —impaciente Blancanieves.
—Le dio también la misma de siempre.
La joven princesa cerró con fuerza los puños, apretó los labios y frunció el entrecejo.
—¡Qué rabia! ¿Has visto si ha regresado ya Gruñón?
—Afuera en el salón se encuentra discutiendo con Feliz que, como es su costumbre, ni se altera ni pierde su estúpida, radiante sonrisa.
—Dile enseguida, a ese eterno descontento, que venga inmediatamente aquí —marimandona Blancanieves.
Pasado un minuto Gruñón entró en la estancia rezongando entre dientes.
—Deja ya de rezongar —le ordenó la princesita—. ¿Has realizado mi encargo?
Gruñón, en cuyos pequeños ojillos brillaba la maldad, asintió con la cabeza y, a continuación le entregó una cesta de mimbre con cuatro piezas de fruta dentro.
—Bien, puedes marcharte a descansar, que mañana tendrás que trabajar duro.
Gruñón agitó de nuevo la cabeza y abandonó la estancia refunfuñando.
—A veces, este tonto habla menos que Mudito —comentó para sí la niña blanca como la nieve refiriéndose al que acababa de marcharse.
A media tarde Estornudón se presentó ante Blancanieves dando estornudos tan potentes que le obligaban a doblar el cuerpo hacia adelante como si realizase exageradas reverencias.
—Estornuda para otro lado, cochino, que me has llenado de saliva —protestó la princesita.
Apretándose fuertemente con dos dedos la nariz, único método con el que conseguía este enano eternamente resfriado dejar de estornudar anunció:
—Blancanieves, acaba de llegar tu madrastra.
—¡Estupendo! Hazla pasar
La hermosísima reina entró, elegantes y majestuosos sus andares, en el saloncito donde su hijastra la esperaba.
—Hola, mi querida niña —saludó mostrando una sonrisa bella y tierna—, ¿cómo estás?
Blancanieves nunca había soportado a esta distinguida, hermosísima mujer que había ocupado el puesto de su querida madre cuando aquélla falleció
—Estoy maravillosamente, señora —respondió la princesita forzando una sonrisa que le salió falsa, y acto seguido le ofreció la cesta con frutos que para ella había manipulado Gruñón—. Tomad una, alteza —dijo con voz extremadamente melosa—. Acaban de ser cogidas y están riquísimas. Yo me he comido ya una —mintió.
—Oh, gracias, Ya sabes cuánto me gustan.
La agraciada madrastra cogió uno de los frutos que su hijastra puso a su alcance, se lo llevó a la boca y le dio un mordisco. Inmediatamente su visión se nublo, sus piernas dejaron de sostenerla y la bondadosa reina cayó al suelo muerta por la manzana envenenada que su perversa e envidiosa hija acababa de darle.
Blancanieves soltó una maligna, odiosa carcajada, y exclamo triunfal:
—Ahora, muerta mi madrastra, yo seré la más hermosa de las mujeres y la nueva reina.

UNA HISTORIA DE ALCALDES Y DE VOTANTES (RELATO)


UNA HISTORIA DE ALCALDES Y DE VOTANTES
(Copyright Andrés Fornells)
Don Blas Posada, un industrial dueño de una empresa envasadora de aceitunas que siempre había destacado por su honestidad, altruismo y amor al prójimo fue elegido alcalde de su pueblo que, como en tantos otros pueblos existía una gran injusticia social, con unos cuantos ricos que vivían sobrados de todo y una mayoría de pobres que subsistían penosamente.
Una de las primeras medidas que tomó el nuevo primer edil fue reunir a las personas que no contaban siquiera con un puesto de trabajo que les aliviara con la ayuda de un pequeño sueldo la miseria que padecían y les preguntó si estaban dispuestos a trabajar duro para ellos. Todos a coro le aseguraron que su mayor deseo era tener una ocupación que les permitiera llevar una existencia decente y les cubriera las necesidades básicas.
Entonces don Blas dividió en parcelas todas las zonas verdes y jardines públicos del municipio, y entregó una de esas a cada familia. Y para los que no sabían, puso a su disposición unos instructores que les enseñaron a cultivar la tierra y a sacarle los alimentos que precisaban para alimentarse bien.
A partir de entonces, en ese pueblo, los desheredados de la fortuna en vez de admirar bonitas flores que no sirven para quitar el hambre al hambriento, admiraron como crecían sus cosechas y lo ricamente que se alimentaban gracias a ellas.
Las desigualdades que existen en el mundo se deben, recortándolo mucho, a cuatro virus malignos principales que atacan devastadoramente a los humanos: la ignorancia, la credulidad, el desagradecimiento y la codicia.
Transcurridos cuatro años en el pueblo de marras se celebraron nuevas elecciones. A don Blas le salió un rival que ambicionaba hacerse con el sillón de la alcaldía. Se llamaba don Creso y contaba con el apoyo y las simpatías de la inmensa mayoría de las familias burguesas del lugar.
En los austeros mitines que don Blas dio se limitó a decir que si le elegían de nuevo realizaría otros cuatro años de honrada gestión haciendo las mejoras que los modestos impuestos que cobraban a los ciudadanos les permitieran.
Por el contrario los mitines de don Creso fueron alegres, ruidosos y pródigos. Actuaba una orquesta con mucho ritmo y se ofrecía bebida y comida gratis. Unido a lo anterior, don Creso acusaba al alcalde que habían tenido de derrochador y de trincón. ¿Por qué acaso dudaba alguien de que el listo de don Blas no se llenaba los bolsillos con los ruinosos impuestos que todos ellos pagaban?
Los más pobres de esta comunidad fueron los que más se creyeron las calumnias sembradas por el aspirante a nuevo edil y que más disfrutaron de sus fiestas. Los embaucadores tienen fácil embaucar porque encuentran mucha gente crédula y mucha gente con el alma fácil de ensuciar. También fueron ellos los que más creyeron que el hombre que aspiraba a ser elegido iba a embellecer el pueblo como nunca lo había estado antes y procurarles una mejor vida, una prosperidad como nunca habían conocido antes. Se lo aseguraba él que era un hombre íntegro, que antes se cortaría una mano que hacerse con un céntimo que no fuera suyo.
Llegó el día de las elecciones y las urnas se llenaron de papeletas. Los amigos de ambos candidatos estaban convencidos de que iban a ganar. El director del único periódico de la localidad entrevistó a los dos candidatos. Y a ambos les hizo una misma pregunta principal:
—¿Espera usted salir vencedor de estas elecciones?
—Eso espero por el bien de nuestro pueblo —respondió don Blas.
—¿Qué va a hacer usted si pierde las elecciones?
—Dedicarle más tiempo a mi empresa y crear más puestos de trabajo.
Don Creso contestó lo siguiente a la pregunta de si esperaba salir vencedor:
—Por supuesto que espero salir elegido. A este pueblo que vivía aletargado lo he despertado yo, le he hecho ver que un alcalde corrupto les ha estado robando a manos llenas y ya es hora de que encuentren en mí, un hombre íntegro y generoso, el bienestar y la decencia que necesitan.
Cuando se terminó el recuento de votos quedó elegido alcalde por una considerable diferencia de votos don Creso. Este celebró su triunfo dando una gran fiesta en la que todos los habitantes del pueblo (menos don Blas y sus fieles partidarios, que se retiraron derrotados y tristes) bailaron, rieron y se divirtieron.
Fue la última vez que pudieron hacerlo los más humildes, pues al día siguiente de hacerse cargo de la Casa Consistorial, por orden del nuevo edil fueron echados de los ex jardines y ex zonas verdes y encima multados por ocupar tierras que pertenecían al erario municipal los privilegiados por el alcalde anterior.
Los desesperados embaucados aprendieron muy duramente que no es oro todo lo que reluce y que todas las promesas que se hacen en las campañas electorales nunca se cumplen. Y algunos de ellos no murieron de hambre porque amparados en la oscuridad de la noche se comían las flores de los bonitos jardines públicos corriendo el riesgo de que les cogieran cometiendo esta acción considerada criminal, por el nuevo mandatario del pueblo, y terminaran con sus huesos en la cárcel.

SE CREÍA UNA CHICA DEL MONTÓN (RELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Elena se consideraba lo que la gente suele decir de las mujeres jóvenes poco atractivas: una chica del montón. Por eso creyó vivir un cuento de hadas cuando Alberto, el nuevo director de la empresa de electrodomésticos en la que ella trabajaba de secretaria, a la semana de haber ocupado su alto cargo la pidió salir a cenar con él.
Elena se quedó perpleja y tardó unos segundos en aceptar la oferta, tiempo que empleó examinando el risueño rostro del joven ejecutivo para llegar a la convicción de que se lo pedía en serio.
Alberto la llevó a un buen restaurante donde el personal los trató con deferencia, y media docena de personas se llegaron hasta su mesa a saludarle muy amistosamente.
—Elena, mi secretaria —él presentó así a su aturdida y fascinada acompañante.
Durante la comida, Alberto estuvo de lo más atento, ameno y encantador. Mantuvo a Elena, todo el tiempo, absolutamente cautivada. Terminada la exquisita cena, la propuso acompañarlo a una fiesta a la que estaba invitado y ella, maravillada, aceptó sin pensárselo un segundo. En la fiesta descubrió que Alberto era muy popular, tenía muchos amigos, hombres y mujeres, y cambiaba amabilidades y simpatía con ellos presentándola con notoria amabilidad:
—Elena, una encantadora amiga mía.
Bailaron. Él la besó discretamente en el cuello y ella se estremeció de placer. Hubo más besos entre los dos al llegar al apartamento de él, estos en la boca, ardientes, voraces. Y Elena le consintió a Alberto lo que jamás le había consentido a nadie; hacerle el amor en su primera salida juntos.
Al día siguiente se arrepintió muchísimo de su arrebatada, irreflexiva, conducta. Se hizo mil reproches y le costó enormes esfuerzos, a lo largo del día, contener las lágrimas.
Su madre le había repetido mil veces que los hombres no respetan a las mujeres que consiguen fácilmente, y a ella, Alberto no podía haberla conseguido con mayor facilidad: a las pocas horas de estar con él.
Elena pasó todo el día avergonzada de su conducta. Alberto, cada vez que la veía le sonreía y en sus ojos había una mirada cariñosa, que la hacía desconfiar. “¿Seguro que lo único que él busca es acostarse conmigo de nuevo? Cuando terminaron la jornada laboral, Alberto no la dijo para salir y Elena pensó que la despreciaba.
El día siguiente fue sábado y para gran alegría de Elena, Alberto la llevó a otra fiesta. Allí fue saludado por conocidos y conocidas, entre ellas mujeres de esplendorosa belleza ante las que Elena se sintió muy inferior y sufrió por ello.
Se acostaron de nuevo los dos y sexualmente vivieron ambos una explosión de placer que los dejó exhaustos y muy unidos.
El domingo por la mañana Elena fue a ver a su madre. Con ella mantenía una estrecha confianza. Mostrándose muy avergonzada, le contó lo que había ocurrido entre ella y su jefe y le expuso sus temores:
—Estoy loca por él mamá. Y mucho me temo que mi conducta le haya hecho creer que soy una furcia que me voy a la cama con todos los hombres que me invitan a salir.
Su madre la sorprendió. En vez de condenar su conducta, la aprobó:
—Que piense ese hombre lo que quiera, hija. Tú eres feliz con él, ¿verdad? Pues goza plenamente de esa felicidad y, dure lo que dure, nadie podrá quitarte el tiempo, corto o largo, en que has sido inmensamente dichosa.
—Te adoro, mamá. Eres la mejor madre del mudo —agradecida y emocionada.
Pero Elena estaba llena de dudas y una noche en que Alberto y ella estuvieron en la boda de un amigo de él, y ella bebió más de la cuenta, le preguntó:
—¿Por qué sales conmigo, Alberto, cuando compruebo que conoces mujeres extraordinariamente hermosas que leo en sus ojos, se te entregarían inmediatamente con solo que se lo insinuaras?
Él la miró sorprendido y dijo mostrando extrañeza:
—No entiendo a qué viene lo que acabas de decir. A mí no me importa ninguna de esas mujeres. A mí me importas tú porque te quiero. ¿Te irías tú con un hombre que fuera más guapo que yo?
La respuesta de Elena fue tirarse en sus brazos y abrazarlo con todas sus fuerzas. Y mientras cambiaba apasionados besos con él, la joven del montón pensó que los cuentos de hadas existían porque ella estaba viviendo uno.

ODIABA LAS VACACIONES (RELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
Varios hombres ociosos, apuntalados en la barra de un bar de barrio bebiendo cerveza fresca, sacaron a colación el tema de las vacaciones y contaron algunas anécdotas que tenían que ver con este popular, multitudinario, lúdico asunto veraniego.
Uno contó que reservado un viaje en avión a la mítica India, llegados él y su mujer al aeropuerto se dieron cuenta de que habían olvidado en su casa los pasa-portes que les eran imprescindibles para viajar al país que pretendían visitar, y no pudieron coger otro avión con el mismo destino hasta el día siguiente.
Otro contó que yendo al aeropuerto estrelló su coche contra un árbol, afortunadamente no se hizo ninguna herida importante, pero perdió el avión y los desperfectos hechos al automóvil le habían costado una fortuna.
Otro contó que llegado a su destino, Buenos Aires, se encontró con la des-agradable sorpresa de que le habían perdido la maleta y le tuvieron dos días sin ella y se vio obligado a comprar prendas de vestir que de no haberle extraviado el equipaje, no habría necesitado. Luego la compañía aérea no quiso hacerse cargo del gasto al que lo habían obligado con su fallo.
Finalmente hubo uno de los contertulios que afirmó tajante:
—Yo odio las vacaciones con toda mi alma. Estoy seguro de que fue un invento del cabrón del demonio.
Todos los presentes le miraron con sorpresa, y un par de ellos le pidieron explicara el porqué de su contundente afirmación.
—Odio las vacaciones porque significan para mí el mayor sufrimiento que padezco a lo largo de cada año.
—Explícate, hombre; explícate —le exigieron.
—Me explicó. Os cuento cómo fueron las vacaciones mías del año pasado. Empezaré diciendo (para los que no lo sabéis) que vivimos en el mismo piso, mi mujer, mi hija, mi hijo y mi suegra. Semanas antes de la fecha de partida reservamos dos habitaciones en una modesta pensión de la Costa Blanca. Durante se-manas hasta el día de partida tuve que escuchar a todas horas lo que todos los miembros de mi familia pensaban hacer durante ese tan anhelado periodo vacacional. Planes y más planes. Diversiones y placeres. ¡Guay y más guay! Y por fin llegó la fecha de partida. Del lugar escogido para nuestras vacaciones nos separaba una distancia de seiscientos kilómetros, distancia que recorreríamos en nuestro coche utilitario, pues habíamos calculado que por este medio de transporte nos saldría mucho más barato que yendo en autocar o en tren. El trajín comenzó nada más despertarnos por la mañana del día que debíamos partir. Desayuno y a conti-nuación preparar las maletas. Todos queriendo meter dentro de ellas infinitamente más de lo que les cabía. Al final reunimos cinco maletas que pesaban como demonios y otras tantas bolsas de mano que, en peso y volumen, no le iban mucho a la zaga. Reunimos todo esto en el salón añadiendo el gato de mi hija, el perro de mi hijo que es un pastor alemán grande como un caballo, la pecera de mi suegra que mide 40 x 20 centímetros y la jaula con tres periquitos que no mide mucho menos. Dos maletas cupieron en el maletero junto con la jaula y la pecera. Y otras tres maletas, las más grandes y pesadas en lo alta de la baca. Tuve una discusión de muerte con mi suegra porque quería que nos lleváramos también su silla de ruedas (adquirida por casi nada en una subasta) para poder ella desplazarse más cómodamente cuando sus viejas piernas se cansaran. Al final la silla se quedó en casa, luego de llamarme la airada madre de mi mujer lo que no está escrito. Por fin lo tuvimos todo acomodado. Las ruedas del vehículo, debido al abusivo peso con que lo habíamos cargado casi rozaba el suelo con las llantas a pesar de haber-las hinchado yo al máximo el día anterior. El asiento de atrás lo ocuparon mi mujer, nuestros dos hijos, el perro y el gato, todos ellos apretados como sardinas en lata, y mi suegra delante, a mi lado dándome con el codo en las costillas cada vez que despegaba los codos hacia los lados, ejercicio cabrón que realizaba cada pocos segundos alegando que se le entumecían los hombros. Lo que yo me temía, por obligar al automóvil a llevar tan exagerada carga ocurrió cuando llevábamos re-corridos unos doscientos kilómetros: ¡pincharon a la vez las dos ruedas traseras! Puse la de recambió y otra que me vi obligado a comprar. Todo esto tuve que hacerlo solito, sudando a mares, mientras dentro del coche los demás miembros de mi familia disfrutaban, con el motor en marcha, de aire acondicionado, escuchaban música, leían y contaban chistes con los que se mondaban de risa. Cuando terminé, en vez de alabanzas recibí críticas porque los miembros de mi familia consideraron que soy muy torpe, tardé muchísimo en cambiar las ruedas pincha-das y los forcé a permanecer más de una hora aburridos. Medio deshidratado, pedí agua y resultó que se la habían bebido toda. Finalmente llegamos, a media tarde, a la pensión donde teníamos alquilado hospedaje. En la pensión nos tocó una habitación en la cuarta planta. Otra mala noticia para mí, el ascensor se había averiado y los botones que solían encargarse de llevar los equipajes a las habitaciones de los clientes se habían declarado en huelga. Como las maletas eran demasiado pesadas para las débiles fuerzas de los miembros de mi familia, tuve que subirlas yo por la escalera terminando esta pesadísima tarea más muerto que vivo, y maldiciendo las vacaciones y el cabrón de mierda que las inventó. Por la no-che tuve que dormir con el perro de mi hijo porque (Dios sabrá porqué maldita razón, el animal se había encariñado conmigo). El gato que ha nacido para incordiarle se instaló en el alfeizar de la ventana de mi cuarto y me mantuvo toda la noche en vela el perro ladrándole. Al día siguiente se le murió un periquito a mi inconsolable suegra que llorado como una magdalena me culpó de ello por los bruscos frenazos que durante el viaje en coche hice al llegar a cada curva. Todos los miembros de mi familia le dieron la razón sin atender a mi explicación que con todo el peso que llevaba el vehículo éste se me iba fuera de control en las curvas. Al mediodía fuimos a comer a un restaurante, sufrí una intoxicación (sólo yo, ¿eh?) y estuve tres días sin poder abandonar mi cuarto porque a cada momento yo me salía por el trasero y no me convenía estar lejos de un cuarto de baño.
Al llegar aquí el hombre rompió a llorar amargamente. Ninguno de sus oyen-tes tuvo tan mal corazón como para pedirle que terminara de contar las desdichas que seguramente todavía le quedaban en el tintero, al pobre desgraciado y todos le dedicaron palabras de consuelo y lo invitaron a beber más cervezas.
A continuación dejaron de hablar de las vacaciones y hablaron de los temas más comunes: de la climatología, del fútbol y de lo mal que lo hacía el gobierno de turno.

DISPUESTOS A DIVORCIARSE (RELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
Almudena y Toni desayunaron en silencio. Se palpaba entre ellos la tensión. Ambos sabían que era la calma que precede a la tempestad que está a punto de estallar. Con toda intención, los dos terminaron de comer al mismo tiempo y, nada más dejar en lo alto de la encimera la vajilla empleada, comenzó la bronca. Vociferante, Toni acusó a Almudena de malgastar el dinero con el que ambos contribuían al mantenimiento de su hogar, en un nuevo par de zapatos cuando ya tenía otros diez pares de ellos. Y Almudena, para no ser menos, acusó, a gritos, a Toni, de haberse él comprado un nuevo videojuego cuando debía tener ya más de veinte.
—¡Eres un criticón y un desconsiderado despilfarrador de nuestros ingresos!
—¡Y tú una manirrota y una impulsiva malgastadora! ¡Me tienes harto!
—¡Y tú, a mí, me tienes más harta todavía!
—¡Pues ya sabes lo que podemos hacer!
—¡De acuerdo! ¡Hagámoslo de una vez!
Furiosísimos los dos cogieron, ella su bonita chaquetilla de cuero de la percha, y él su anorak y se lanzaron a la calle, donde llamaron la atención de los transeúntes por lo rápido que caminaban.
El abogado especialista en divorcios, tenía su despacho a unos trescientos metros del edificio donde la joven pareja tenía su pequeño y coqueto apartamento.
La secretaria del letrado les recibió con cierta frialdad. A su petición de que querían hacerle una consulta al abogado Joaquín Mariñas, les respondió:
—El señor Mariñas está ocupado en este momento. Tengan la bondad de esperar. Les atenderá enseguida que pueda.
Durante varios minutos el joven matrimonio permaneciócallado, el ceño fruncido y con una expresión de encono en sus atractivos rostros.
De pronto, Almudena suspiró. Al escucharla, Tino suspiró a su vez. Siguió un silencio total, luego ambos se giraron hacia el otro y se fijaron en los labios que los dos mantenían entreabiertos. Permanecieron un momento presas sus miradas, después las miradas recorrieron el hermoso cuerpo del otro y Tino fue el primero en abrir la boca para reconocer con voz vibrante de pasión:
—¡Pero qué buena estas, Almudenita!
—¡Pues anda que tú, Tinito!
—¡Uf, como te deseo, mi vida!
—¡No más de lo que te deseo yo a ti!
Él se puso en pie y alargó el brazo. Ella lo alargó también y cuando sus manos se juntaron, ambos echaron a correr hacia la puerta:
—¡Eh! ¿A dónde van? —les gritó la secretaria del abogado Mariñas.
—¡En busca de la gloria! —le respondió a dúo la pareja, riéndose, mirándose como si no existiera en el mundo entero nada mejor que lo que estaban viendo el uno en el otro.
Aprovechando que no había nadie cerca, la secretaria soltó un denuesto soez. Estaban a veintiocho y esta era la tercera vez en el mes que aquel par de locos habían llegado hasta allí con la intención de divorciarse y escapado a toda prisa.