ME CANSÉ DE ESPERARLA (RELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Eran las diez de la noche. Llevaba más de una hora esperando a Encarnita junto a la puerta del cine Emporium. La paciencia agotada, y el enfado a tope, me dije: “Ella se lo ha perdido”. Y colocándome al lado de la primera muchacha que pasó por delante de mí inicié su conquista diciéndole que perdonase mi atrevimiento, pero que no podía resistir la necesidad de decirle que era dueña de los ojos más bonitos que yo había visto en mi vida. Ella, que se sabía bizca y debía estar muy acomplejada por esta causa, me deseó:
—¡Ojalá te quedes mudo, sinvergüenza!
Por suerte para mí su maldición no resultó efectiva y eso me permitió ejercer de vocalista, durante una breve temporada en un grupo musical que habíamos creado media docena de amigos. Nuestras más apasionadas fans nos aseguraban que lo hacíamos maravillosamente bien. Nuestras más apasionadas fans eran nuestras madres, nuestras hermanas y algún que otro prójimo que estaba bastante averiado de oído. El único dinero que ganamos tocando fue por actuar en la fiesta de un pueblo. Un montón de desalmados nos silbaron, bautizaron con un diluvio de tomates y gritaron: ¡fuera, fuera! Esto salió en los periódicos y ya nadie más quiso correr el riesgo de contratarnos.
Con el dinero ganado compramos una bicicleta cuyo uso nos repartíamos fraternalmente un día cada uno. Aquel artilugio rodador estaba maldito pues sus ruedas terminaban pinchadas cada vez que hacíamos uso de él.
Al final, hartos de tanto meterles parches a las ruedas, la rifamos, me tocó a mí y la bicicleta, oxidada y criando margaritas, todavía la tengo en el cuarto de los tratos, junto a la jaula del periquito difunto por tragarse una cucaracha, el trabuco de mi tatarabuelo Anselmo (un bandolero de Sierra Morena) y de un cinturón de castidad que nadie de mi familia ha sabido (o querido) decirme a que antepasada nuestra perteneció. Parece ser que este tipo de impedimento se lo colocaban a las señoras con tendencia a la infidelidad.

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GOTAS MALVADAS (RELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

Siendo todavía adolescente, con acné en mi cara y con todavía bastante inocencia en mi corazón, salí un día al monte a buscar espárragos silvestres, considerados por mí, hechos en tortilla por mi madre, un muy exquisito manjar.

De pronto descubrí la presencia de un anciano de cuerpo encorvado que estaba buscando lo mismo que yo.  El anciano era, por su derrotado aspecto, sin la menor duda un vagabundo.  Iba vestido con ropas muy deterioradas y sucias. Iba barbudo y su apelmazado y enmarañado pelo delataba que llevaba mucho tiempo sin lavarlo ni peinarlo.

Nos saludamos. Me apiadé de él pues solo había recogido cuatro espárragos, por los cuarenta y pico míos, y le entregué mi fajo.  Él se mostró extraordinariamente sorprendido y usando conmigo modales antiguos quiso saber:

—¿No los quiere usted, joven?

Para que no entendiese que le tenía lástima y pudiera parecerle ofensiva tal cosa, encogí los hombros, displicente, y respondí:

—No. No los quiero. Estaba dando un paseo y me entretenía cogiéndolos. Y la verdad es que no pensaba hacer nada con ellos.

—Oiga, pues muchas gracias, yo me los comeré asados sobre una lata, con una chispa de sal. Están buenísimos así —mostrándose ilusionado mientras los encerraba en sus manos temblorosas y muy estropeadas.

De pronto el cielo, muy nublado desde que salí de casa, soltó un par de gotas de esas que se notan bien porque son de tamaño considerable.

El vagabundo me dejó estupefacto al exclamar notándolas también:

—Ya están esas malvadas fastidiando.

—¿Por qué llama malvadas a las gotas de lluvia, porque nos mojan? —quiso saber mi curiosidad despertada.

—No sólo por eso, sino porque no importa donde ponga yo el colchón sobre el que duermo allí en mi chabola, que siempre consiguen por las numerosas goteras caer encima del colchón y de mí con lo perjudicial que es para la salud dormir sobre algo mojado.

Apiadado de él, y creyendo debía felicitar a mi activa inteligencia por lo que acababa de ocurrírseme le dije:

—¿Ha probado usted a protegerse con un paraguas, señor?

—Me protejo con dos paraguas, pero así y todo esas malditas gotas encuentra algún agujero en el techo de uralita y tablas para caer sobre mi colchón y sobre mí, y mojarnos.
No se me ocurrió nada más que decirle, aparte de que lo sentía y, despidiéndome de él eché a correr, pues yo odiaba mojarme por lo fácilmente que me resfriaba.

Regresé un par de veces a aquel mismo sitio con la esperanza de volver a encontrarme al viejo vagabundo aquel. No lo encontré y tuve que traerme de vuelta a casa los dos chubasqueros que con mis ahorros le había comprado.

Mis padres me habían enseñado que quién no practica la caridad, la solidaridad y la empatía, es porque no ha terminado de desarrollarse por completo como ser humano.

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ALGUNAS RAZONES POR LAS QUE ESCRIBO (RELATO)

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Algunos amigos me predican, me aconsejan, me dicen:
—Amigo Andrés, ¿por qué cuentas cosas todos los días en algunos medios de comunicación, esfuerzo éste que no se traduce en ningún beneficio económico para ti? ¿No piensas en que muy probablemente habrá cantidad de gente a la que aburrirán tus historias? ¿Que quizás habrá también mucha gente que criticará tus escritos de un modo despiadado, incluso es posible que cruel? ¿Que asimismo habrá gente que dirá de ti que eres un inútil ignorante, egocéntrico y vanidoso? ¿No ves que te expones, a cambio de nada, a que te menosprecien, te ofendan, te ridiculicen y hasta te humillen?
A estos afectuosos y bienintencionados amigos, yo suelo responderles, comprensivo y cariñoso, porque la amistad se sostiene, entre otros imprescindibles pilares, también en especial sobre estos dos: la comprensión y el cariño.
—Mis amables y entrañables amigos, yo nací y crecí en un hogar pobre dentro del que el único entretenimiento que disfrutábamos, fuera del arduo trabajo diario que nos permitía sobrevivir, era olvidar el cansancio y las frustraciones sumadas a nuestros agotados y malnutridos cuerpos, contando cuentos. Y por medio de esos cuentos alimentábamos nuestra esperanza, nuestra fantasía y nuestra ilusión, que son nutrimentos indispensables para que subsista la salud del alma. En esos cuentos, nosotros conseguíamos la magia de poder ser todo aquello que no nos permitía serlo nuestra sórdida y paupérrima realidad económica.
Y porque la vida continúa negándome, al igual que les niega a muchísimos otros infinidad de cosas que anhelamos, que deseamos y necesitamos, yo sigo contando cuentos que no me producen, en materia de beneficios, otras cosas más que simpatía, amistad y alguna que otra sonrisa y reflexión, todo ello valiosísimo para mí.
Puede que mis relatos también provoquen algún suspiro y alguna lágrima, y es mi grande y sincero deseo que estas emociones les beneficien en algo, pues el suspiro que trae a la mente un hermoso recuerdo, o la lágrima que trae a los ojos y a la memoria un hecho conmovedor recuperado del pasado, no tiene porqué ser perjudicial sentirlos. Y de paso, incluso les ayude un poquito a amar el impagable, milagroso, don de la vida y, de paso, el enriquecedor don de la literatura.
Por todo lo expuesto aquí brevemente, yo seguiré contando cosas, cosas vividas, cosas escuchadas, cosas imaginadas, todas ellas envueltas en mis intenciones fraternales, afectuosas y amistosas. Y si algún malpensado (que existe de todo en la viña del Señor) pudiese imaginar, creer que todo lo expuesto aquí por mí, no es cierto, sincero ni sentido, le deseo que estas dudas suyas le favorezcan de alguna manera, pues a este mundo deberíamos haber venido todos para ayudarnos los unos a los otros. Yo, por mi parte, lo intento.

UN POBRE Y UN RICO (RELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)
Un pobre llamó a la puerta de una lujosa mansión. Le abrió un estirado mayordomo y le preguntó qué quería.
Con una mirada pedigüeña en sus pitarrosos ojos, el desventurado manifestó con voz debilitada por las calamidades que llevaba sufridas:
—Por favor. Piedad. Llevo tres días sin comer. Me estoy muriendo de hambre. ¿Podrían darme aunque fuese un pequeño mendrugo de pan?
—Aquí no alimentamos a hambrientos. Así que lárgate antes de que te eche a patadas —amenazó el criado con la altivez que los soberbios bien cebados demuestran a los humildes indefensos.
—Dígale a su amo que si no me dan algo de comida le echaré una maldición y a partir de mañana su amo se encontrará en la misma situación de necesidad en la que me encuentro yo ahora.
Los ojos del vagabundo habían adquirido de pronto un brillo tan amenazador, que lograron impresionar al sirviente que, al momento fue a contarle a su acaudalado amo lo que estaba ocurriendo con un andrajoso mendigo.
El ricachón que acababa de recibir una estupenda noticia: habían encontrado una riquísima bolsa de petróleo en la prospección que su firma financiera estaba realizando, decidió:
—Conduce a ese mendigo hasta la cocina, que ahora iré yo a hablar con él.
El mayordomo recibió muy contrariado esta orden, regresó a la puerta donde había dejado esperando al mendigo y, de muy mala gana lo condujo a la cocina.
—¿Qué mierdas hace este desgraciado aquí, ensuciando con su mísera presencia mis dominios? —protestó el orondo cocinero vestido con un impoluto traje blanco rematado con un almidonado gorro del mismo color.
—El señor me ha dicho que lo trajera aquí —el mayordomo empezando a rascarse la cabeza imaginando que el pobre acababa de traspasarle algunos piojos suyos.
Un par de minutos más tarde apareció el millonario en la cocina, le echó un crítico vistazo al mendigo y comentó:
—¡Vaya! Estás hecho un asco, ¿sabes?
—Lo sé —humildemente el indigente — Es que soy paupérrimo, llevo tres días sin comer y estoy que me caigo de debilidad.
—No deberías cometeré ese tipo de privaciones pues, a la larga, la salud se resiente —reprobó el ricachón.
—Si sabré yo eso, que cada vez me queda menos salud —el mísero, al borde del llanto apoyándose en una silla pues sus piernas mostraban notoria intención de dejar de sostenerle.
—Siéntate, que te hace falta —compadecido el magnate que, a continuación, una vez se hubo sentado a la mesa de la cocina el mendigo, volviéndose hacia el gordo cocinero le ordenó—: Dale a este hombre hambriento lo mejor que tenemos, y que coma has-ta que él diga que no es capaz de tragar un bocado más. Y cuando esto ocurra me avisas. Estaré en mi despacho.
El grasiento cocinero necesitó varios minutos para reponerse de la sorpresa que acababa de llevarse. El vagabundo temiendo que aquél fuera a negarle el festín prometido, se envalentonó un poco y reclamó perdiéndole todo respeto:
—¡Venga, aligera, que ya no puedo aguantarme más el hambre y empezaré a mor-discos contigo!
El cocinero, muy contrariado, comenzó a cocinar platos, que el inesperado comensal devoraba a toda velocidad pensando en que si todo aquello lo estaba soñando atiborrar-se bien antes de que despertara.
Y comió y comió dando la impresión de que era insaciable. Pero no lo era. Llegó un momento en que confesó no era capaz de engullir ni un gramo más de comida. Entonces, tal como le había pedido su amo, el cocinero fue a comunicarle que su invitado ya no quería comer más. El ricachón dejó de consultar la pantalla de su ordenador, se puso de pie y precedido del cocinero entró en la cocina. Con una amabilidad que conmovió al pordiosero y casi noqueo de sorpresa al cocinero dijo:
—¿De veras no quieres comer nada más?
—No muchísimas gracias. Estoy a punto de reventar. Que Dios le pague sus bondades para conmigo.
—Perfecto. Ahora voy a buscar un cigarro para que te lo fumes. Lo que más apetece después de una buena comilona es fumar.
—Yo es que no fumo —expuso a modo de disculpa el pobre.
—No importa. Hazlo por complacerme.
Y un par de minutos más tarde su anfitrión regresaba con un gran cigarro puro.
—Póngaselo en la boca que voy a encendérselo —Dijo entregándoselo al menesteroso. Éste, sometiéndose a su capricho, colocó el cigarro entre sus labios llenos de postillas y el millonario le ofreció la llama de un encendedor de oro—. Fume, fume con ganas. Huele bien, ¿eh?
Su obediente invitado asintió con la cabeza. Llevaba media docena de caladas cuando el puro explotó tiznando la cara del fumador a la fuerza cuya expresión de perplejidad no podía resultar más cómica.
El hombre acaudalado se tronchaba de risa. El cocinero mostraba una forzada sonrisa para congraciarse con él. Cuando el millonario superó el ataque de hilaridad le preguntó a la víctima de su chanza:
—No te ha molestado mi broma, ¿verdad?
—No. La gente como usted nunca da nada gratis. Me ha invitado a comer para poder reírse a mi costa. Ya se ha reído y con ello queda compensado el generoso detalle que ha tenido conmigo. Detalle que se ha cobrado, por lo tanto no tengo que darle las gracias. Es usted más desgraciado que yo.
Y caminando con enorme dignidad, el pobre se marchó subido en sus destrozados zapatos, habiendo conseguido lo que otros muy poderosos no había conseguido nunca: ofender al potentado.

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MUTUA SEDUCCIÓN (RELATO)

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MUTUA SEDUCCIÓN

(Copyright Andrés Fornells)
Boutique de lujo en pleno centro de la metrópoli. Una joven bella y elegante entra en la misma, se acerca al mostrador y pide a una dependienta de estereotipada sonrisa:
—Deseo comprar un pijama de hombre de la mejor calidad que tengan.
—¿De qué talla lo quiere? —amablemente atenta la vendedora.
La compradora queda por un instante desconcertada, reflexiva. No ha previsto este imprescindible detalle.
En ese momento llega junto al mostrador un apuesto joven y pide a otra dependienta que le atiende:
—Deseo adquirir un pijama de mujer.
La joven indecisa gira hacia él su rubia cabeza y con gran naturalidad le pregunta:
—Perdone, caballero, ¿puede decirme qué talla de pijama usa usted?
Él queda gratamente sorprendido. Recorre con mirada apreciativa la voluptuosa figura de quien acaba de formularle una pregunta tan personal, y responde:
—La talla 42. Ejem. ¿Puede decirme qué talla de pijama necesita usted?
La interpelada sonríe seductoramente y, la complace informándole:
—La talla 36.
—Perfecto. ¿De qué color le gustan los pijamas y de que género?
—El satén me encanta. Es un género que envuelta en él, cada movimiento que hago lo siento como si fuera una suavísima caricia.
Los negrísimos ojos femeninos han adquirido un brillo sensual, el mismo brillo que ha aparecido también en los ojos grises del caballero.
—Perfecto, ya conozco el género. Ahora falta el color. ¿Qué color le gusta? —muy interesado.
—El color áureo me encanta. Hace juego con mis cabellos —coqueta.
—Preciosos cabellos los suyos, por cierto. Adoro a las mujeres rubias —lo ha dicho con voz cargada de pasión.
La joven que acaba de recibir esta directa, apasionada apreciación sonríe de un modo seductor.
Ambos se han olvidado por completo de las dependientas que les observan con total curiosidad. Los dos posibles clientes cambian una mirada encendida. Se produce un leve temblor en los labios de ambos. Su respiración sufre una notable alteración. Han quedado mutuamente fascinados, compartiendo una poderosísima atracción. Él es el primero en hablar, cálida la voz y cálido el brillo de sus hermosos ojos:
—¿De qué color te gustan los pijamas de hombre y de qué género?
—Azules y de seda.
No menos cálidos los bellos ojos de ella ni menos aterciopelada su voz.
Durante un tiempo que, por ser mágico no pueden registrar los prosaicos relojes que controlan las vidas humanas, los dos clientes se observan arrobados. El primero en hablar es el joven que, con abrasante sinceridad, manifiesta:
—Me gustaría dedicar la mitad de mi vida a verte cada noche con un pijama de satén color áureo puesto, y la otra mitad de mi vida dedicarla a quitártelo.
—Y a mí me gustaría dedicar la mitad de mi vida a verte cada noche con un pijama de seda de color azul puesto, y la otra mitad de mi vida dedicarla a quitártelo.
Los dos jóvenes salen de la tienda con ambas prendas compradas y metidas en bolsas, cogidos del brazo y mirándose como si aparte de ellos dos no existiera en el mundo entero nada más digno de verse.
Las dos empleadas de la boutique les siguen con miradas cargadas de envidia, convencidas, tras lo que acaban de presenciar, que en verdad existe el romanticismo y también el amor a primera vista. Y cuando la puerta acristalada se cierra ambas sueltan un suspiro que ensancha sus bustos y llena de ilusión sus corazones.

LA «VERDADERA» HISTORIA DE NOÉ (RELATO)

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PARA RELIGIOSOS Y ATEOS:
LA “VERDADERA” HISTORIA DE NOÉ

(Copyright Andrés Fornells)
Cuentan de Noé, que padecía nefofobia. Este miedo a las nubes le surgió de muy pequeñito. Ya dando sus primeros pasos, cuando tenía intención de salir a la calle, miraba al cielo y si veía una nube, se escondía debajo de la cama. Sus padres, al principio, se lo consentían, pero luego, a medida que fue creciendo, considerándolo una demostración de vergonzosa cobardía, lo sacaban de allí abajo a base de escobazos.
—Debería darte vergüenza —le recriminaban—. Tus hermanos van a trabajar no solo cuando hay nubes, sino cuando llueve y nieva, y tu escondiéndote debajo de la cama.
Noé sumó años y pasó por todos esos periodos del crecimiento que terminan convirtiendo al que fue niño, en hombre. Un hombre admirablemente justo y bondadoso, razón por la que Dios se le apareció un día dándole un susto de muerte, pues Noé no se lo esperaba, y mucho menos que se presentara envuelto en una enorme y aterradora nube. Y Dios le dijo:
— Noé, voy a hacerte un encargo que a ningún otro hombre le he hecho antes que a ti, ni tampoco le haré tampoco después. “He decidido poner fin a toda carne, porque la tierra está llena de violencia por causa de ellos; por eso voy a destruirlos jun-to con la tierra. Hazte un arca de madera de ciprés. Harás el arca con compartimientos, y la cubrirás con brea por dentro y por fuera. De esta manera la harás: de 135 metros la longitud del arca, de 22.5 metros su anchura y de 13.5 metros su altura. Le harás una ventana que terminará a 45 centímetros del techo, y pondrás la puerta en su costado. Harás el arca de tres pisos. Entonces Yo traeré un diluvio sobre la tierra, para destruir toda carne (todo ser viviente) en que hay aliento de vida debajo del cielo. Todo lo que hay en la tierra perecerá. Pero estableceré Mi pacto contigo. Entrarás en el arca tú, y contigo tus hijos, tu mujer y las mujeres de tus hijos. Y de todo ser viviente, de toda carne, meterás dos de cada especie en el arca, para preservarles la vida contigo; macho y hembra serán. De las aves según su especie, de los animales según su especie y de todo reptil de la tierra según su especie, dos de cada especie vendrán a ti para que les preserves la vida. Y tú, toma para ti de todo alimento que se come, y almacénalo, y será alimento para ti y para ellos”.
Cuando se le pasó en cierta medida la acojonante impresión causada por esta celestial presencia y la misión encomendada, Noé se creyó con derecho a poner algunas objeciones:
—Señor Dios, ¿no puedo ahorrarme el recoger serpientes y otros animales fie-ros y peligrosos, además de los molestos, atormentadores y cabreantes mosquitos, moscas, garrapatas, arañas y algún mal bicho más que en este momento no recuerdo su nombre, pero seguro terminaré recordando en cualquier momento?
El Todopoderoso se lo quedó mirando con ojos reprobatorios y replicó contundente:
—Todas las criaturas vivas las he creado yo y, por lo tanto, tienen el mismo derecho que tú a existir. Y no me enojes porque te castigaré de la peor manera para ti que tanto te gustan las prácticas cameras con tu esposa, convirtiéndote en impotente.
Ante esta severísima amenaza, Noé se resignó, que es, según algunos filósofos contemporáneos, otra cara más de las muchas que posee la cobardía.
Cuando la gente vio a Noé empezar a construir aquella colosal arca, con la ayuda de toda su familia, quedó convencida del todo de que este hombre, además de cobarde y santurrón era exageradamente tonto, y se burlaron despiadadamente de él:
—Oye, Noé, cabeza de chorlito, ¿cómo podrás hacer avanzar esa enorme barca a base de remos? ¿Te crecerán, por extraordinario milagro los mil brazos que vas a necesitar?
Envalentonado con la confianza que el Ser Supremo había depositado en él, Noé respondía:
—No quiero la nave para llevarla a parte alguna, sino simplemente para que flote.
En esa época antiquísima los árboles podían hablar con el Todopoderoso, y éstos, de viva voz, se le quejaron de Noé y de su familia porque estaban tumbando a golpes de hacha a muchos de ellos.
El buen Dios les respondió, con admirable sensatez:
—No os quejéis por tan poca cosa. Sois ya demasiado y es una bendición que se elimine a algunos de vosotros. ¡Callad y reproduciros!
Este Noé, admirable ejemplar de ser humano elegido por el Señor junto a to-dos los suyos, trabajaron durísimamente noche y día con admirable ahínco y, para la fecha prevista, tuvieron terminada aquella colosal arca que todo el mundo aseguraba no podrían acercar al mar ni empujada por la humanidad entera.
Cuando le comentaban esto, Noé, ponía cara de enterado y respondía:
—No hará falta de que la empuje nadie. Yo sé muy bien lo que va a suceder.
Esta respuesta sirvió para que aumentase la creencia generalizada de que Noé padecía una demencia incurable. Y ya fue el colmo cuando Noé empezó a pedir ayuda para ir metiendo dentro de la extraordinaria nave un macho y una hembra de cada especie existente. Pero entonces un viejo al que consideraban sabio salió en su ayuda manifestando:
—Noé, ha tenido por fin una idea genial: emplear su barcaza como zoo. Así nuestros niños no tendrán que recorrer un gran número de kilómetros para vez animales, pues podrán verlos sin moverse del pueblo, mientras sentados cómodamente comen palomitas de maíz, mascan chicle y beben latas de refrescos.
Esta idea influyó tan eficazmente, que poco a poco todo el mundo fue colaborando en la caza de animales que, una vez apresados, iban encerrando en el arca de Noé. Ayudaron tan bien, que los tuvieron recogidos antes del plazo que el Todopoderoso había dado. Y tuvo un éxito enorme durante dos días. No se pagaba entrada pero sí se pedía a los visitantes contribuyeran en el forraje tan necesario y la carne tan necesaria para poder alimentar a toda aquella fauna.
Y como ninguna espera se hace eterna, ni siquiera la de la pacientísima Pené-lope por Ulises, Noé dijo a todas las personas de su familia que subieran y cerró el arca para todos los demás. Y entonces comenzó de inmediato a diluviar. Y los malos, que eran todos los demás, se arrepintieron de no haber construido ellos también un arca. El arrepentimiento les duró poquísimo pues las inundaciones y las crecidas de los ríos acabaron, en un plisplás, con sus pecadoras vidas por el abuso hidrófilo que conduce al anego.
Quedó demostrado que Noé había estado en lo cierto al sostener que no tendría que remar su arca hacia ninguna parte porque el desmesurado crecimiento que tuvo el agua lo despegó de la tierra y lo puso a flote.
Todos cuanto se hallaban a salvo, unánimemente, incluidos los animales que sabían expresar agradecimiento, se lo demostraron a Noé por haberles salvado la vida, pues todos los que no habían permanecido dentro de su inmensa arca perecie-ron.
Estuvo diluviando cuarenta días y cuarenta noches. A cualquier parte que se mirase desde, los ventanucos de la nave de Noé, sólo se veía agua y más agua, nubes y más nubes, lluvia y más lluvia. El pesimista padre de Noé realizó una prematura y patética y totalmente equivocada afirmación:
—El sol ha muerto. Nunca más volveremos a verlo.
Noé, que había estado haciendo rayitas en una tabla con la punta de un cuchillo de acero inoxidable, anunció un día con solemnidad patriarcal:
—¡Se terminó! Hemos tenido ya el diluvio anunciado. A partir de esta mañana, no caerá del cielo ni una sola gota más.
Para asegurarse de que estaba en lo cierto, soltó una paloma y ésta regresó un rato más tarde con una hoja de olivo en su pico.
—Bien, en cuanto descienda el agua lo suficiente, vamos a bajar a tierra y construir un nuevo poblado donde viviremos felices y prósperos, pues no va a repetirse otro diluvio igual que éste hasta el año tres mil en que las generaciones de esa época merecerán, por su maldad, ser castigadas con un nuevo diluvio. ¡Que mis palabras sirvan de aviso para las gentes de ese tiempo!
La tierra se tragó finalmente el agua y Noé y su familia, todos comenzaron construir viviendas. Los animales domésticos, fueron enjaulados, y llevaron en adelante la misma sacrificada y ejecutada existencia que antes del diluvio. Los animales salvajes huyeron a las selvas y también continuaron considerando enemigos a los humanos, pues en la larga convivencia con ellos la opinión que de su crueldad tenían, no mejoró.
Considerando no había nadie más cualificado que él para soberano del pueblo que construyeron, eligieron a Noé. Debido a la alta dignidad que ostentó a partir de aquel momento, Noé tuvo que renunciar al alivio que le producía esconderse debajo de la cama cada vez que invadía el cielo una nube.
Finalmente, para concluir esta historia “verídica”, expongo aquí que la palabra nefofobia fue creada pensando en el “naviero” Noé, que murió 350 años después del Diluvio, a la edad de 950 años, 19 menos que el longevo Matusalén que vivió 969. Haber muerto más joven que Matusalén fue el disgusto más grande de todos los que el celebérrimo Noé se llevó a la tumba.

UNA VIUDA PELIGROSA (RELATO)

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Antonio Lugano era publicista. Había nacido un 13 de mayo y solía celebrar todos sus cumpleaños dando una pequeña fiesta en su casa, fiesta a la que invitaba a sus mejores amigos entre los que me hallaba yo. La última de estas fiestas, a la que asistí, aceptando su amable invitación, me encontré un tanto solo, pues él se multiplicaba procurando atender a todos los allí reunidos y esto le dejaba escaso tiempo para mí. La mayoría de los asistentes eran compañeros suyos de profesión y, por ello, completos desconocidos para mí que pertenezco al gremio pastelero. Aparte de esto, eran casi todos parejas y terminé con un whisky on de rocks en mi mano sentado en un rincón de la amplia estancia.

Llevaba allí un rato distrayéndome con la visión de las figuras femeninas que, por la armoniosa distribución de sus voluptuosas formas despertaron mi imaginación sensual, cuando apareció junto a mí una mujer vestida totalmente de negro. No era una belleza, pero en su conjunto poseía unas facciones atractivas que despertaban agrado y sobre todo era dueña de un cuerpo, que no exagero si tildo de extraordinariamente escultural.

Me dedicó una seductora sonrisa y ofreciéndome su mano dijo muy amistosa:

—Aurelia Gómez.

Estreché su mano, blanda y cálida, y le dije mi nombre. A ella debió gustarle el mis-mo porque a partir de aquel momento lo estuvo usando todo el tiempo.

—Bonita fiesta, ¿verdad, Jaume?

—Acogedora —acepté, prudente, pues hasta entonces me había estado aburriendo.

—Soy viuda desde hace un año —me soltó con notoria naturalidad.

—¡Vaya! Pues lo siento.

—No lo sientas, Jaume —tuteándome desde el principio—. Conseguí la viudedad por decisión propia.

Una maliciosa sonrisa curvó su boca de labios gruesos y sensuales. Le devolví una sonrisa torpe, pues no había entendido la intencionalidad de su explicación. Ella llevaba un bolso, también negro, colgado del hombro y en su mano derecha un vaso que, por el color y los cubitos de hielo dentro podía tratarse del mismo brebaje espirituoso que estaba tomando yo.

—¿Trabajas también en publicidad? —le pregunté después de un breve silencio que habíamos mantenido.

—No, no trabajo. Vivo del dinero que, al morir, me dejó mi marido. Era muy rácano. Vamos no te puedes figurar lo tacaño que era. Lo tuve que matar para poder heredarle.

Siempre me han funcionado excelentemente bien los dos oídos, pero esta vez quise cerciorarme de que seguía siendo así.

—¿Mataste a tu marido para poder heredarle? —dije escrutando su rostro, buscando alguna señal que me confirmara la posibilidad de que estuviera bromeando.

—Sí. No me quedó otra salida. El muy imbécil seguía enamorado de mí y no quiso dejarme su fortuna por las buenas.

Yo empecé a creerla. La seriedad de su confesión era absoluta, convincente.

—¿Y cómo le mataste? —empezando a preocuparme.

—Le pegué seis tiros con una pistola que llevo dentro de mi bolso. ¿Quieres verla?

—No, no, soy alérgico a las armas —me apresuré a decirle, temeroso ya.

—Oye, Jaume, acabo de darme cuenta de que te pareces mucho a mi difunto marido. Pero mucho, mucho. ¡Es curioso!

—Ay, seguro que estás confundida. Yo no me parezco a nadie —me apresuré a contradecirla—. Perdona, pero tengo que ir a un sitio urgentemente.

Marché directo hacia la salida. Por el camino dejé mi vaso en lo alto de una mesa y gané la calle. Mirando todo el tiempo hacia atrás, entré en mi coche y me alejé de allí pisando el acelerador a fondo. Reconozco que poseo un sentido de la prudencia que muchos interpretan como enfermiza cobardía. Entre aquellos que lo interpretaban así se contaba mi imprudente amigo Antonio Lugano.

Justo en este momento me estoy vistiendo de oscuro para asistir a su sepelio. Mi valiente amigo Antonio Lugano cometió la temeridad de casarse con Aurelia Gómez, cinco meses atrás. Según el informe que ella dio a la policía, entraron ladrones en la casa, su intrépido esposo ofreció resistencia y los ladrones le pegaron seis tiros dejándole para ser enterrado.

Por pura cobardía yo me mantuve al margen de este asunto. No se encontró el arma homicida, lo cual significa que ésta continúa en poder de su dueña y ya lo dijo el sabio Salomón: “Los cementerios están llenos de valientes que murieron prematuramente”.

CORAZONES ROTOS (RELATO)

LLOVIENDO
CORAZONES ROTOS
No hacía frío. Estaban en plena primavera. Era noche cerrada y afuera llovía a mares. Por el túnel los pasajeros que acababan de llegar a la estación aquella, avanzaban con pasos rápidos, sordos, hacia las escaleras que conducían a la salida. Todos demostraban tener prisa menos un joven ensimismado que caminaba despacio, con aire ausente. A él no lo esperaba nadie. Antes de salir por la boca del metro, se subió el cuello de la chaqueta. Un gesto instintivo, de los que suelen hacerse sin pensar.
Lo recibió de lleno el aguacero. Vio el semáforo en verde y a impulsos de una prisa repentina cruzó la calle corriendo, cegado por los faros de los coches detenidos. Llegado justo al otro lado de la calzada el tráfico reanudó su ensordecedora, chapoteante actividad. Ríos de luces iluminaban la densa tromba de agua que caía.
El joven avanzó por la acera sorteando transeúntes, chocando con alguno sin disculparse. Eran solo bultos humanos obstaculizando su camino. Procuraba aprovechar la protección que le ofrecían cornisas y toldos. Sin embargo llegó al bar, que tenía por me-ta, con el pelo mojado, lo mismo que la parte superior de su chaqueta y, por la parte baja, el dobladillo de las perneras de sus pantalones, sus zapatos y sus calcetines.
Antes de empujar la puerta se miró en el improvisado espejo de sus cristales. Peinó sus empapados cabellos hacia atrás. Echó muchísimo de menos la figura femenina que otras muchas veces se reflejó a su lado. ¡Qué pálido y demacrado vio su rostro! Dejó escapar un hondo suspiro delator de la siniestra tristeza que lo embargaba desde hacía varias semanas.
Cruzó la puerta. Restregó los pies en el felpudo. Una docena de clientes repartidos por el interior del local. Resbaló sobre ellos su mirada indiferente. No hallándose la per-sona que a él le importaba, el resto del mundo le sobraba. De los altavoces brotaba un bolero cantado por una voz femenina que no se tomó la molestia de buscarle el nombre. No era una de las melodías que a ella y a él les gustaba.
Halló libre la mesa junto a la ventana, esa mesa en la que tantas horas maravillosas habían compartido Marga y él. Tomó asiento. Apoyó los antebrazos en su tablero y que-dó inmóvil, los hombros vencidos hacia adelante, contemplando con ojos melancólicos el agua deslizándose zigzagueante por el cristal de la ventana, el activo rebaño de vehículos circulando, los presurosos viandantes con sus paraguas abiertos ocultándoles a muchos de ellos la cabeza. Dentro de la cabeza suya un torrente de recuerdos atormentándole, incrementando con su torturante presencia la honda desdicha que lo embargaba.
Entreabrió los labios y, al tiempo que pronunciaba en un susurro el nombre de la mujer que jamás olvidaría, un dolor muy profundo le anunció que el corazón se le estaba rompiendo un poco más. ¿Se podía morir de tristeza? ¿Se hallaba él muriendo ya de este mal asesino?
El camarero, un hombre mayor de semblante serio, buen profesional, le preguntó llegado junto a él:
—¿Un café solo, como otras veces, joven?
—Sí, muchísimas gracias —respondió el recién llegado, sin volverse hacia él, la mi-rada perdida en la calle, la mente extraviada en el pasado.
El empleado del establecimiento, después de preparar el café se lo sirvió, sin come-ter la indiscreción de preguntarle por qué estaba llorando. Él también había sido joven y experimentado que perder un gran amor era lo más dramático que en esa inexperta época de la vida puede sucederle a uno. Después el corazón se endurece al mismo tiempo que se va diluyendo la frágil ilusión juvenil, lo mismo que se diluye un azucarillo en el café. ¡Si lo sabría él que había pasado más de una vez por ello!

ENTREVISTA AL DAMNIFICADO POR UN GRAN INCENDIO (RELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
En el estudio de televisión, el invitado que segundos antes había recibido los favorecedores servicios de las maquilladoras, ahora, sentado en un cómodo sillón, empezó a ser entrevistado por el presentador, un rostro muy conocido, afamado veterano de los medios audiovisuales, ganador de varios premios otorgados por medios de comunicación, amigos suyos y amigos de la cadena para la que trabajaba con notable profesionalidad y gran audiencia, circunstancia que redundaría, una vez más, en la obtención de altos beneficios por publicidad para la empresa que lo tenía contratado.
—Un pirómano insensato y criminal provocó un devastador incendio en un bosque de su propiedad del que se han quemado más de 2000 hectáreas de pinos, ¿cierto? —fueron sus primeras palabras pronunciadas con una dicción perfecta.
Su entrevistado compuso una expresión compungida y en tono quejumbroso respondió:
—Sí, desgraciadamente, tal como usted acaba de mencionar fue un acto imperdonable perpetrado por un criminal contra la indefensa naturaleza. Todos los miembros de mi familia, sin excepción, estamos profundamente apenados y condenamos sin paliativos a ese desalmado pirómano que ojalá consigan detener y hacer pagar su atroz crimen —ahogó un sollozo antes de continuar—: Los pinos estaban tan verdes, tan bonitos, todos llenos de florecillas debido a lo bien que les estaba sentando la primavera. Y ahora son solo fantasmas renegridos que alzan sus desnudas ramas al cielo, como si fueran brazos inocentes clamando justicia.
El damnificado por el devastador incendio mostraba tal patetismo y abatimiento, que consiguió conmover al prestigioso entrevistador, quién reconoció:
—Ese incendio, por lo que estoy viendo, le ha roto a usted el corazón.
—Sin la menor duda, ¡en mil pedazos me lo ha roto! —llevándose el hombre un pañuelo a los lagrimosos ojos, sacado del bolsillo superior de su americana gris otoño.
El presentador se permitió una pausa efectista, en la que sacaron un conmovedor primer plano del rostro apenado y lloroso del entrevistado.
—¿Han apresado al supuesto pirómano o grupo de pirómanos? —continúo el entrevistador.
—No, no, a ninguno. Esos canallas realizan su trabajo destructor sabedores de que nunca les cogerán ni tendrán que pagar por ello.
—¿Y ahora qué ocurrirá con ese bosque calcinado suyo?
—Lo habitual. Malvenderemos los chamuscados troncos de esos desdichados árboles para que hagan leña con ellos. Esto nos alegra, en cierta medida, porque gracias a esa leña muchas personas podrán tener calientes sus hogares y no pasar frío el próximo invierno. Será una buena obra humanitaria.
—Sí, ciertamente, por lo menos servirá para algo, para una obra humanitaria esa terrible ruina ecológica —el entrevistador moviendo con gesto de simpatía su bien repeinada cabeza, posando principalmente para la cámara que enfocaba el lado de su rostro más favorable para él—. Y una vez limpia esa zona del bosque arrasada por las llamas ¿piensan repoblarla con nuevos árboles?
—De ninguna de las maneras —categórico—. Sería una locura. Un despilfarro. Sería darles una nueva oportunidad a los pirómanos para que pudieran ejercer otra vez más su criminal acción.
—¿Qué harán entonces con esa parte del bosque que se quemó?
—Pues lo mismo que han hecho tantos otros que has sido perjudicados de igual modo que nosotros: vender esos terrenos a una de esas solidarias empresas constructoras que construirán allí viviendas para la pobre gente que ahora vive en la calle o hacinada en casas de familiares.
—Muy bien. Demuestra usted ser una persona de muy buenos sentimientos, muy humanitaria.
—¡Absolutamente cierto! —rotundo el entrevistado—. Yo siempre digo: que a este mundo venimos todos con la santa misión de ayudarnos los unos a los otros.
—Bien. Ha sido un placer hablar con usted, una persona sincera, integra y altruista. Muchas gracias por su colaboración. Le agradeceré recomiende a esa empresa constructora, que realizará el sacrificio de comprarle ese terreno calcinado, que piensa en nosotros a la hora de encargar la publicidad. Se la haremos mejor y más barata de precio que nuestros competidores.
—Lo haré, no se preocupe. Y podré hacerlo porque me han propuesto ser accionista de esa constructora y pienso aceptar. Y como creo que dijo el buen Dios: “Hoy por ti, mañana por mí”.
Realizó el entrevistador disimuladamente un leve movimiento de su dedo índice. Inmediatamente, el encargado de los sonidos hizo sonar una extraordinaria salva de aplausos que duró hasta la entrada de la próxima cuña publicitaria.

REAPARECIÓ EL GENIO DE LA LÁMPARA MARAVILLOSA (RELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Una mujer amante de las antigüedades compró en un “Mercadillo” una lámpara muy antigua, la cuál se hallaba en un deplorable estado de suciedad. Al llegar a su casa, la mujer, que era persona muy pulcra, decidió limpiarla y darle mejor aspecto del que tenía. Cogió un limpiametales, le echó un chorrito encima y a continuación con un paño de cocina comenzó a frotar la lámpara. Inmediatamente se produjo un fenómeno que durante algunos segundos dejó a esta señora petrificada de asombro. Del interior de la lámpara salió un genio impresionante, vestido con ricas ropas de una época esplendorosa y mágica, quién le dijo con atronadora voz:
—He venido a este mundo a complacerte, mujer. Pide tres deseos y te los concederé.
La mujer tardó un tiempo en reponerse de la enorme sorpresa recibida y aceptar que este fabuloso ser aparecido de repente podía poseer los extraordinarios poderes que anunciaba.
—Bien, si lo que dices es cierto: conviérteme en la mujer más hermosa del mundo.
—Antes de complacerte permite que te haga una advertencia: Todo aquello que yo te conceda, tu marido lo recibirá diez veces en mayor cantidad que tú. ¿Estás de acuerdo?
Ella se lo pensó un par de minutos y después, esbozando una astuta sonrisa respondió:
—Estoy totalmente de acuerdo con ello.
El genio pidió al oculto y misterioso mundo de los milagros se cumpliera este primer deseo suyo. Una nube mágica envolvió a la mujer y cuando a los pocos segundos la nube desapareció, la mujer había adquirido una portentosa belleza y, su holgazán y borrachín marido que se hallaba tendido en el lecho durmiendo la borrachera cogida la noche anterior, se volvió diez veces más hermoso que ella.
—¿Cuál es tu segundo deseo, mujer? —preguntó el genio.
—Pues que me conviertas en la mujer más rica del mundo.
—Te recuerdo que tu marido serás diez veces más rico que tú.
—No me importa, adelante.
De nuevo una nube la envolvió y cuando la nube se disipó, ella era la mujer más rica del mundo y su vago marido, roncando su embriaguez, ni cuenta se dio de los fabulosos tesoros que llenaban su habitación.
—Bien, voy a concederte el último deseo y después desapareceré, le advirtió el prodigioso genio.
—De acuerdo. Te pediré una cosa más y podrás irte —apuntó la taimada mujer—: Haz que yo enferme un poco del corazón.
—Concedido.
De nuevo fue envuelta por una nube y cuando la nube desapareció, lo hizo esta vez con una estruendosa explosión en la que desaparecieron el mago y la lámpara maravillosa.
La mujer más guapa y rica del mundo lo fue diez veces más a partir de aquel momento, pues mientras ella padecía una pequeña dolencia en su corazón y seguía viva, el haragán y vicioso de su marido, con una dolencia de corazón multiplicada por diez había muerto dejándola heredera de cuanto poseía.