CAMPOSANTO (último fragmento)

        No descubrimos sombras de muertos, pero sí escuchamos gemidos tan plañideros, gruñidos tan amenazadores y vimos acercarse a nosotros tantas luces fosforescentes, que el miedo se nos agarró a las entrañas y salimos corriendo, todo lo que daban de sí nuestras jóvenes y ágiles piernas; los tres con los pelos tiesos como escarpias. Casi una semana tardé en devolverle a mi pelo la docilidad que tenía antes de visitar el cementerio. A mis dos valientes amigos, no les tardó menos tiempo el alisado capilar.

 

CAMPOSANTO (primer fragmento)

 

        Para protegerme, porque yo me mostraba extremadamente curioso, mi gente me advertía de que la curiosidad puede resultar tan peligrosa, que igual es mejor carecer de ella, que poseerla en exceso. Cierta vez, cuando todavía era un muchacho, escuché decir a un anciano, que de noche, en los cementerios, los muertos abandonan sus tumbas y pueden verse sus sombras paseando por allí. Convencí a dos amigos, que presumían de no ser cobardes, para que me acompañaran y comprobáramos  con nuestros propios ojos si había algo de cierto en lo que, entrándome por los oídos, había despertado mi curiosidad. Y una noche, tan negra que ni la luna ni las estrellas quisieron meterse dentro de ella, entramos los tres dentro del camposanto cercano a nuestro barrio.

EL MISTERIO LÁCTEO (último fragmento)

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Minutos más tarde Lacterina llega junto a sus ansiosas y preocupadas compañeras y, sin dilación, las hace partícipes de lo que ha organizado para que todas las de su especie escapen de la masacre que las amenaza. Al escuchar tan esperanzadoras nuevas, ellas recuperan inmediatamente el optimismo y la alegría perdida. Y corretean, lanzan al aire jubilosos mugidos. Consiguen despertar, sobresaltar, a José y María, que asomándose a la ventana de su dormitorio descubren con ojos desorbitados de asombro a sus lecheras dando saltos de contento y embistiéndose juguetonas, para a continuación empezar a comer con voracidad, dispuestas a recuperar el alimento perdido.

La repentina recuperación de salud que muestra su ganado llena de gozo al matrimonio ganadero que se pone a bailar de felicidad, alocadamente, al ritmo de un vals que ambos tararean. ¡Qué suerte! ¡Qué felicidad! ¡Ha desaparecido su amenaza de ruina! Les invade una oleada de reconocimiento.

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