UN PAR DE BANDERILLAS (primer fragmento)

LOS DOS PRIMOS

Tardaron los primos casi media hora en llegar a la zona donde durante una semana había disfrutado de su feria de primavera el barrio de los Altramuces. Todavía flotaban en el aire partículas del olor dejado por los pinchitos morunos, las patas de pulpo a la plancha, el algodón de azúcar, las almendras garrapiñadas y las patatas fritas.

Por la parte de levante se anunciaba el alba con su ruborosa claridad. La luz de las farolas del alumbrado público, puesta todavía, se tornaba mortecina, innecesaria.

Un vientecillo suave, algo húmedo, agitaba las banderitas de colores, los farolillos de papel y las guirnaldas también de papel. El barrio, así vacío, tenía un aspecto fantasmal. Sus vecinos, todavía en la cama, se recuperaban del empacho, de  la diversión y el trasnoche del día anterior. Una fina capa de polvo cubría las hojas y ramas de los árboles y el suelo del recinto ferial se hallaba sembrado  de papeles, envases, restos de comida, colillas… Noria, montaña rusa, tiovivo, casetas y demás atracciones aparecían cerradas, solitarias, inmóviles igual que enormes monstruos dormidos.

El silencio y la soledad  reinante sobrecogían  un poco el ánimo de los dos chavales tempraneros. Sus ojos, muy abiertos, registraban ávidamente cada palmo de terreno. De vez en cuando, por entre toda aquella porquería encontraban alguna moneda  o billete generalmente de poco valor, que les recompensaba el esfuerzo y el madrugón. Hallaron  en el alféizar de una ventana una bolsa casi llena de patatas fritas sabor a ajo con queso. Mientras se la comían, animándose de repente, comentaron lo mucho que se habían divertido la noche anterior lanzando «buscapiés», viendo como los petardos zigzagueando a ras de suelo se metían soltando chispas entre las piernas de las chicas arrancándoles cómicos, escandalosos chillidos de miedo.

-La feria debería durar un año entero, ¿eh, Maoliyo? Aunque luego le duela a uno el estómago de comer tantas golosinas.

-Sí, Julito, un año entero y un mes más de propina -rió el interpelado.

A los dos causaba profunda melancolía pensar que, dentro de un par de horas, tendrían que coger las mochilas y marchar al colegio. Y no podrían hacer novillos de momento hasta que se les pasara a sus madres el colosal enojo causado por la carta del director del centro de enseñanza poniendo en su conocimiento las continuadas ausencias a clase de sus retoños. Adivinándose el uno al otro los pensamientos, masculló despectivo Maoliyo:

-Menudo chivato está hecho don Damián, el director.

-Pues anda que don Antonio, el maestro. Más todavía.

Desahogaron su momentáneo malhumor dándole patadas a una lata de refresco vacía. El hallazgo de un billete todo arrugado y sucio, junto al bordillo de la acera, les devolvió el contento y treparon por la gozosa liana de los recuerdos recientes, agradables.

-Lo pasaron fenómeno anoche nuestros viejos bailando, ¿eh, Julito?

-En la vida les hemos visto más felices. Estaban como jóvenes.

-La gente debería ser feliz todo el tiempo. Es muy bonito ser feliz, ¿verdad, Maoliyo?

-Sólo los ricos, que andan sobrados de todo, pueden ser felices todo el tiempo; los pobres no -muy convencido el niño.

-¡Pues me cago en la leche!

-¡Y yo me cago en el café!

Les entró la risa. Poseían facilidad para contagiársela el uno al otro.

-Cuando seamos mayores, tendremos que pensar seriamente en eso de ser, igual que nuestros padres, pobres siempre.

-Sí, habrá que pensarlo muy seriamente.

Su corta edad  no era impedimento para que imaginaran  el futuro como un algo amenazador además de desconocido y lejano todavía.


DESPEDIDA MUY BIEN ORGANIZADA (último fragmento)

Salen a la puerta. Carmela espera a que estén algo más cerca las dos mujeres conocidos que vienen por la acera, para ponerse a propagar con voz desgarrada:

—¡Ay, Dios de los cielos, que penita tan grande la mía…! Compadeceros de mí. La pobrecita de mi suegra… Mi suegra de mi alma acaba de morirse. El Señor ha tenido a bien llevarla con Él… y aquí estoy yo sufriendo una tristeza que me ahoga…. ¡Ay, pobrecita suegra mía! Hace sólo un ratito que estaba llena de vida… y ahora ya no es más de este mundo. ¡Ay, qué dolor tan grande tengo dentro del pecho…! ¡Qué pena tan honda la mía…! ¡El corazón me sangra del pesar tan grande que tengo…!

Carmelita todo lo que puede hacer es mirar fascinada, boquiabierta de admiración a la autora de sus días. Pero que teatrera es. ¡Qué convincente resulta su falso dolor!

En nada de tiempo se ven las dos rodeadas de una multitud de gente, solícita, llorosa, compadecida. Entran en el interior de la casa. Las vecinas se traen sillas. Un duelo de pie resulta demasiado incómodo, además de quitarle bastante solemnidad. También traen tazas de tila las mujeres que viven cerca. Llegan con sus trenos las lloronas que no se pierden difunto alguno. Un vecino se ofrece para ir al campo a darle la noticia al hijo de la fenecida. Le recomienda Carmela, bañada en llanto, acompañándose de profundos hipidos:

—Díselo poquito a poco, Manuel… No le vaya a dar algo malo a mi pobrecito Paco… Ya sabes cuanto quiere a su santa madre…

Cien voces se compadecen de ella:

—¡Pobre Carmela, cuantísimo te ha afectado la muerte de tu suegra! Hija suya que fueras, no habrías sentido más su pérdida.

Carmelita sale por fin de su estado de alelamiento y empieza a forzar un llanto que no tarda en venirle. Se acercan sus amiguitas a darle el pésame. Carmelita las ve ahora con ojos diferentes. En el poco rato transcurrido desde que se separó de ellas, ha vivido una extraordinaria experiencia que la ha hecho madurar mucho. <<Son unas crías todavía; nada saben del mundo de los adultos>>, juzga. Y arrecia su derrame de lágrimas consiguiendo con ello que varias mujeres, apiadándose de su bien interpretado pesar, se acerquen a hablarle con todo cariño. Y Carmelita goza plenamente del notable protagonismo que la están concediendo en esta luctuosa ceremonia.

DESPEDIDA MUY BIEN ORGANIZADA (tercer fragmento)

Carmela, que no ha perdido el aplomo en ningún momento, replica otra falsedad más:

—La suerte la hemos tenido las dos, señora Felisa: ella de haber encontrado una buena nuera, y yo una buena suegra.

—Así es, hija. Así es. Dile a Emilia que se pase por aquí un momentito cuanto ella pueda. Quiero pedirle que me haga un mantelito de punto para la mesa del brasero.

—Se lo diré. No se preocupe usted. Debo irme, señora Felisa. En una casa hay siempre tanto que hacer.

Carmelita alucina. Está descubriendo que su madre es la mayor embustera de todo el pueblo.

—Ay, hija, todo el mundo con las prisas hoy en día. Es como una enfermedad de la que se contagian todos —se queja la tendera—. Recuerdos a la abuela.

—De su parte, señora Felisa.

Abandonan la tienda madre e hija. A buen paso la primera, al trotecillo la segunda para no quedarse atrás.

—La tía cotilla. No se quedara muda —murmura, desea, Carmela—. Llévame el bolso —ordena a su hija, dejando el envase de pintura un momento en el suelo para cambiarlo de mano—. El maldito bote pesa lo suyo.

Dos minutos más tarde están de nuevo en casa. La difunta sigue tal como la dejaron.Carmela prepara un cubo con agua y una fregona. Se hacetambién con una brocha y unpalo. Remueve con este último la pintura para mezclarla bien.

—¡Venga, niña, despabila! —apremia—. Yo pinto y tú vas detrás de mí limpiando las gotas que se caigan al suelo.

Acostumbrada ya a guardar silencio, Carmelita dice que sí con la cabeza. Una pinta con rapidez, la otra limpia, mirando de reojo a la yaciente en la cama. <<Como se levante de pronto la abuela pidiendo la merienda, yo salgo pitando de aquí>>, considera la nieta. Les lleva la tarea algo más de una hora. Carmela, sin resuello, los brazos doloridos, lo guarda todo en el trastero.

—Con este airecillo que entra por la ventana abierta, en unos pocos minutos estarán secas las paredes —calcula. Se pone en jarras muy cerca de la difunta y, vengativa, le dice con voz cargada de resentimiento—: ¿Qué…? ¿Se da usted cuenta ahora de lo poco que somos, Emilia? Tanta soberbia, orgullo y mala leche ¿de qué le han valido? Le han valido para morirse igual que cualquiera. Ni más ni menos. Ni menos ni más. Espero que Dios le haga pagar bien caro todo lo que, mientras ha vivido, me ha hecho sufrir a mí. Yo, para que vea lo buena que soy, la perdono —se vuelve hacia su hija que la observa embobaday ordena, enérgica—: Vamos a arreglarnos. Vas sucísima, hija. Te pondrás el vestido azul oscuro.

—Me viene muy chico —le recuerda la niña.

—Pero es el mejor que tienes y muy adecuado para la ocasión.Como tu padre es igual de encogido que su madre, no se gasta un céntimo en comprarnos ropa a nosotras.

Carmela por no escandalizar más a la niña, se guarda el acusar de más cosas a su consorte.

—La que tiene vestidos preciosos es Encarnita Tomales. Ocho tiene, mamá, a cuál de ellos más bonito.

—Su padre tiene una importante empresa y gana mucho —dice con un tonillo de envidia Carmela—. En este mundo hay gente que tienesuertey otra gente que tiene una mierda.

Se lavan un poco, se peinan y cambian de atuendo.

—Ahora ya se pueden enterar todos los del pueblo, de lo que ha pasado aquíesta mañana —decide entoncesCarmela; en sus manos lleva dos pañuelos de su marido porque son mucho más grandes que los suyos—. Coge tú uno —apremia a su hija.

DESPEDIDA MUY BIEN ORGANIZADA (fragmento segundo)

           —¡Calla, tonta! ¡Qué te van a oír en la calle! —le reprende furiosa, su progenitora, mirándole con ojos fulminantes—. Tú abuela está muerta, y bien muerta… —se guarda para ella el “gracias a Dios” que tenía ya en la punta de la lengua. Tampoco está bien escandalizar a la pequeña. De pronto repara en las paredes; están  acribilladas de manchas de sangre de los mosquitos reventados a zapatillazos por su aborrecida suegra. Piensa en voz alta—: Esto no puedo dejarlo así. Las más pécoras del pueblo me pondrían como los trapos. De puerca para arriba todo lo que les vendría en gana. Tendré que darle una capa de cal al cuarto. ¡Maldita vieja! En vez de usar insecticidas, ella matando los mosquitos a lo bestia. ¡Qué calvario el mío, Señor!

          —Ma, que la abuela me aplasta. Quítamela ya de encima — gimotea la niña a punto de caerse para atrás, sintiéndose ya incapaz de seguir sosteniendo tanto peso.

         Carmela se vuelve hacia ella. Demasiado tarde. La chiquilla ha soltado el cadáver para que éste no le arrastre en su caída. Suena un golpe secó al chocar la cabeza de la muerta contra el suelo. La chiquilla aterrada mira a su madre los brazos en alto para defenderse de las bofetadas que cree va a recibir. Pero no hay castigo. Carmela comenta en un tono de macabro humor:

         —Si tu abuela no hubiera estado ya muerta, ahora sí que lo estaría. Vamos a ponerla otra vez en lo alto de la cama.

         Colocan a la fenecida encima del lecho puesto de limpio. Sudores y jadeos les ha costado la tarea.

         —Niña, voy a llegarme hasta la tienda de la Felisa a comprar  un bote de cal para pintar este cuarto.

         —¡Ni hablar, ma! Yo no me quedo sola con la abuela —replica presto Carmelita, en ningún momento libre del pavor que la tiene presa—. No vaya a pasar con ella lo que pasó con el viejo Anselmo, que resucite de pronto pidiendo la merienda, y yo me muera del susto.

       —Bueno, vente conmigo, pero sin abrir la boca para nada, ¿eh? Que luego la Sra. Felisa lo cuenta todo. ¿Estamos? Cuando a mí me convenga ya diremos a todo el mundo que se ha muerto la abuela. ¿Entendido?

         Carmelita asiente. Cualquier cosa menos quedarse a solas con la extinta.

          La propietaria de la tienda situada al final de la calle, se halla sentada ella detrás del pequeño mostrador. Ningún cliente con ella. Es una mujer gorda, dos pelotas coloradas por mofletes y ojos de rana insomne; la persona más parlanchina, cotilla y curiosa de toda Corraleja, que no es decir poco.

         —Un bote de cal  de los medianos —pide Carmela señalando con la mano el lugar donde están apilados los mismos.

        —Cógelo tú misma, hija. Hoy tengo las piernas que no me sostienen. Hinchadísimas. ¿Qué vais a pintar?

        —Unas manchas de humedad  en una pared del salón.

        —Eso podría venirte de alguna tubería rota. Mi hermana Paca

también tenía unas manchas de humedad en la cocina y le venían de eso. Por cierto, que le arregló la avería Paco el Peladilla y no veas lo caro que le cobró. A ése no lo recomendaré yo a nadie que necesite un fontanero. Menudo sinvergüenza está hecho.

         —Pues ya veremos a ver —Carmela coloca encima del pequeño mostrador el envase que acaba de coger.

         La Sra. Felisa se fija en Carmelita.

         —¿Y tú no dices nada, niña? ¿Es que se te ha comido la lengua un gato?

        La chiquilla mira de reojo a su madre, encoge los hombros, se retuerce nerviosamente las manos y mantiene la boca fuertemente cerrada.

        —Que tímida es tu hija, Carmela. Desde luego no ha salido a ti. ¿Y la abuela? No la he visto hoy.

        Carmelita escucha con la máxima atención, la cabeza baja, mordiéndose el labio inferior. A ver qué dirá ahora su madre. La capacidad de su progenitora, para improvisar y mentir la deja perpleja una vez más.

        —En casa la hemos dejado. Está algo pachucha hoy. Cosas de la edad.

        —¡Ah!, es una mujer muy fuerte tu suegra, Carmela. Un roble. Ya me cambiaba yo por ella, y eso que yo soy bastante más joven. Seguro que Emilia nos enterrará a todos —pronostica la tendera—. Va a llegar a centenaria.

        —En estas cosas Dios tiene siempre la última palabra. ¿Qué le debo, Felisa?

        —Ya quisiera yo que mi nuera me quisiera a mí la mitad que tú quieres a tu suegra, hija.  Qué suerte tan grande ha tenido ella contigo.

 

UNA AVENTURA ESPECTACULAR (tercer fragmento)

          Transcurrieron un par de segundos de expectante silencio y de repente se abrió la puerta para dar paso a un botones con una llave en su mano, y detrás de él entró un individuo gigantón embutido dentro de una gabardina color marfil y con un maletín de cuero negro en su mano. Sobre la identidad de este último intruso se enteró inmediatamente Pepe Fiestas al exclamar Diana, aterrada:

        —Oh, God! Mio marito!

        Mientras el joven empleado del hotel quedaba paralizado de estupor, los ojos a  punto de salírsele de las órbitas y la boca descolgada un palmo, en la habitación se inició una actividad febril. El marido de la adultera dejó caer el maletín, lanzó un rugido de fiera rabiosa, al que no habría puesto ningún pero el más enfurecido de los leones, y que sirvió para helar la sangre que circulaba por las venas del aterrado Pepe Fiestas que, viéndole venir hacia él con el evidente deseo de matarle reflejado en sus furibundos ojos, dio un espectacular salto en el aire, eludió las manazas que buscaban su cuello y salió disparado hacia la puerta. Diana, mientras, aterrorizada, se puso a chillar histéricamente.

        Paco Fiestas, totalmente desprovisto de ropa corrió como una exhalación por el pasillo  donde se estaban abriendo ya muchas puertas por las que asomaban rostros alarmados. No se entretuvo en esperar el ascensor.  Estaba en juego su vida y cada segundo le era vital. Cogió las escaleras y, como si se tratase de una nueva modalidad olímpica, fue saltando a velocidad de vértigo y con temeridad suicida, los escalones de seis en seis. Su hombría campaneaba de un lado a otro como un cencerro loco.

          Al llegar al final de la escalera, el pudor frenó un segundo al fugitivo. Al otro lado de la acristalada puerta junto a la se había detenido, se hallaba el vestíbulo del hotel abarrotado de gente vestida. ¡Era para morir de vergüenza  exponerse  delante de todo aquel gentío, tal como lo había parido su buena madre! Pero escuchó a sus espaldas un ruido parecido a pisadas de elefante, y el recato se le esfumó. Abrió la puerta, se tapó con ambas manos la entrepierna —tan orgullosa unos minutos antes y tan humilde y descolgada en aquel momento— cruzó el repleto salón sembrando con su desnudez enorme sorpresa que se tradujo  en chillidos femeninos de muy diversa índole y airados insultos masculinos.

           La gran puerta principal se hallaba en aquel momento de par en par. Pepe Fiestas salió por ella veloz como un cohete. Afuera había dos taxis.  Se metió en el primero de ellos y le suplicó al taxista:

         —¡Por favor, salga usted pitando de aquí o será testigo de mi asesinato!

         El profesional de volante  mostró desconfianza.

       —¿Cómo sé yo que no ha cometido usted algún delito digno de ser castigado? La gente honrada no va por ahí desnuda.

        —El único delito que he cometido es dejar que una tía me sedujera y, mientras ella me estaba exprimiendo igual que a un limón, ha llegado su marido. ¡Por su santa madre, buen hombre, arranque! ¡Ya está ahí el tío cabrón que quiere matarme!

          El taxista miró hacia dónde le señalaba Pepe Fiestas y vio a un mastodonte de más de dos metros de estatura, ancho como un armario de cuatro puertas y cuya mirada criminal buscaba al que perseguía.

      —Desde luego tiene cara de asesino el tío. Que poco moderno es el muy cabrón —reconoció el profesional de volante, pisando el acelerador a fondo.

       —Muy poco moderno —convino Pepe Fiestas—. Hay tíos  que  se han quedado anclados en la época de las cavernas.

         Este intercambio de opiniones liberales y vanguardistas satisfizo a ambos, pues hicieron causa común. El taxista también era soltero.

 

UNA AVENTURA ESPECTACULAR (segundo fragmento)

           Miguelito les vio a los dos encaminarse hacia el ascensor, con ojos cargados de envidia. <<¡Qué potra tiene el cabrón de Pepe! ¡No más llega el tío, y besa el santo!>>

          Lo mismo que él estaba pensando su amigo dentro de la caja metálica dando y recibiendo besos como si la extranjera y él estuvieran ambos tomando parte en una competición con premio importante para el mejor.

        La habitación de la turista se hallaba situada en la cuarta planta. Más entretenidos en el cambio de caricias que en el de ganar terreno,  tardaron veinte minutos en recorrer los escasos diez metros de distancia que existían desde el ascensor al aposento de su inesperada pareja. Mientras ella, encendida de pasión abría la puerta con su llave, comunicó a su acompañante:

        —Mi llama Diana.

        —Un gustazo. El nombre mío es Pepe. Pepe el cariñoso.

        —¿Cariñoso?

         La palabra no le había sonado a ella. Pepe Fiesta trató de traducirlo al idioma inglés:

        —Pepe, the big lover.

        —Oh, esto sí gusta mí mucho. Big lover

    Entraron dentro de la habitación. Diana tiró su bolso encima de una silla y a continuación  rodeó con sus brazos el cuello del ligón, que a su vez le rodeó las dos firmes circunferencias que le sobresalían a ella nada más finalizar su espalda. Dieron los dos varios giros muy coreográficos intercambiando besos de tornillo antes de terminar aterrizando sobre la mullida cama.

        Presos de una misma urgencia, se afanó cada uno de ellos en la tarea de desvestir al otro lo más rápido posible.

        Y a partir del momento que lograron ambos la desnudez total, sus besos y caricias fueron abrasantes, salvajes, desesperadas, mientras intercambiaban posiciones pasando el dominador a ser dominado, y viceversa. No tardando mucho en alcanzar el objetivo final: el acoplamiento perfecto.

         Pero fue la suya una actuación demasiado ansiosa, apresurada y rápida, que les llevó casi en seguida a la explosión relajante.

         —Pequeño descanso, gitano, y otra vez trico-traco, ¿sí? —murmuró Diana, jadeante todavía.

         —Cuenta conmigo, mi alma —rió Pepe Fiesta, muy complaciente y complacido.

         —Mi despierta ahora, pajarraco dormido. ¿Tú gusta?

     —Con locura, reina  mía. Lo de pajarraco me ha encantado. Pajarito  me habría resultado ofensivo.

         Diana tenía la boca llena y optó por no decir nada, o mejor dicho por exteriorizar algo parecido a gorgoritos.

         De pronto escucharon un ruido junto a la puerta. Volvieron hacia ella la cabeza, intrigados.

UNA AVENTURA ESPECTACULAR (primer fragmento)

        Música, bullicio, risas y alcohol. El bar del hotel Sargazos se hallaba, igual que todas las noches, muy concurrido. Contribuía a ello el hecho de que la gran mayoría de los clientes que lo frecuentaban eran turistas alojados en el mismo establecimiento.

        Atendía la barra un camarero de cabeza amelonada, cuyos ojos hundidos y espesas cejas salidas, delataban muy a las claras su ascendencia troglodita.  De pronto, mientras se exhibía agitando a ritmo de chachachá la coctelera en cuyo interior se mezclaban los ingredientes correspondientes al cóctel que pusieron de moda los norteamericanos con el nombre de Manhattan, se le animó la mirada al posarla en la persona que en aquel momento se acercaba a la barra. Se trataba de su amigo Pepe Fiestas.

            —¡Joder, qué alegría me da verte, amigacho! —saludó.

        —Pues la mía de verte a ti, no cabe aquí dentro, Miguelito —respondió, jovial,  el recién llegado realizando con su mano un gracioso gesto giratorio que significaba el establecimiento al completo.

          Soltaron ambos sendas carcajadas jubilosas.  El camarero quitó el tapón a la coctelera y vertió su contenido dentro de una copa de fino cristal. Hecho esto, se la sirvió a un hombre mayor que se agarraba a la barra, como un naufrago a una tabla salvadora.

          —¿Qué te pongo, Pepe?

          —Sorpréndeme con alguna de sus maravillosas creaciones, Miguelito.

          —Te voy a preparar un coctel que te vas a cagar patas abajo.

       —Pues antes de prepararlo, compañero, suminístrame un buen rollo de fino papel higiénico, por si acaso.

          Dieron de nuevo protagonismo a su risa.

           Mientras su amigo iba metiendo dentro de la coctelera chorros de licores diferentes, Pepe Fiestas recorrió con mirada de gavilán su entorno. Tenía veinticinco años, era esbelto de cuerpo y hermoso de rostro. Vestía unos ajustados pantalones blancos, marcando trasero, y una chillona camisa más floreada que un jardín en primavera. Pepe Fiestas se consideraba un conquistador de éxito, y razones le sobraban para ello, pues eran ya tantas las hembras que llevaba gozadas, que había perdido la cuenta.

         Miguelito, esta vez agitó la coctelera al ritmo del merengue que lanzaban al aire los altavoces estratégicamente distribuidos por el interior del establecimiento. Finalmente, desde una altura considerable, remató su pericia dejando caer el contenido del recipiente mezclador dentro de un vaso largo, la boca del cual adornó con una rodaja de naranja entregándoselo a continuación a Pepe Fiesta, que ensalzó merecidamente su mérito:

       — ¡Joder qué show, Miguelito! ¡De película, tío!

       —El que sabe, sabe, Pepe. Y el que no al cole, que para eso están.

       Pepe Fiestas echó un trago, chasqueó la lengua, puso cara de alucinado y exclamó:

    —¡De puta madre, colega! Esto es bueno hasta para poner tiesos los plátanos melancólicos y decaídos.  ¿Qué lleva: dinamita?

         Nueva explosión de hilaridad a dúo, que interrumpió la llegada al mostrador de una mujer de bandera, y que se colocó justo al lado de Pepe Fiestas.

        —Una güisqui, por favor, camarero —pidió ella a Miguelito, empleando un español cargado de acento extranjero.

        Mientras el barman se lo preparaba, su amigo Pepe Fiestas le dio un buen repaso visual a la forastera. Melena rubia, ojos azules, boca carnosa y una exuberante arquitectura corporal encerrada dentro de un ajustado vestido rojo.

       Con el vaso de güisqui ya en su mano, la belleza se volvió hacia Pepe Fiestas y acompañándose de una sonrisa cachondísima le preguntó:

            —¿Tú piensas mí estoy buena?

        —Yo pienso tú estar más que buena. Tú estar buenísima, princesa —replicó Pepe Fiestas usando igual que ella el lenguaje indio, al tiempo que la devoraba con la mirada.

        —Mi gusta tú —declaró ella sin cortarse lo más mínimo—. ¿Tú gitano?

        —Yo seré lo que tú quieras, mi alma.  Menos vikingo, por lo de los cuernos.

        —A mí gusta mucho gitano. ¡Olé! Gitano tiene temperamento de fuego.

           Acompañó ella esta afirmación dando un giro aflamencado con los brazos en alto.

        —Si lo que a ti te gusta, guapísima, es el fuego, acabas de dar con un volcán a punto de erupción —Pepe Fiesta, embalado.

        —A mí gusta mucho apagar volcán. Mi estar muy sola. Marito mío marchar ayer. Negocios. ¡Malditos negocios!

        —La soledad es una cosa muy mala, muy triste, mi alma. Aquí me tienes tú a mí dispuesto a hacerte toda la compañía que tú quieras.

         Ella lo examinó de arriba abajo. Movió aprobadoramente la cabeza. Se terminó de un largo trago el contenido de su vaso y decidió:

           —Tú viene conmigo habitación, ¿sí?

           —Yo voy contigo hasta el fin del mundo, mi reina —entusiasmado el ligón.

MI ENTRAÑABLE ABUELA (último fragmento)

 

           Llegamos a la herboristería de la plaza Mayor. Mil olores diferentes nos marearon el olfato. Entre las cuatro personas que aguardaban ser despachadas se encontraba, acompañado de su flatulenta madre, el Tomasón, un compañero de clase con el que me llevaba peor que regular desde que él me ganó dos pelea seguidas que tuvimos durante el recreo en el patio del cole. Inmediatamente una idea malvada anidó en mi cabeza.

         —Mira que grano más grande me ha salido aquí, Tomasón —dije por mi abultado bolsillo.

         Él, que era más bruto que el asesino de Julio César, de un violento manotazo me descosió la mitad del bolsillo y, poniendo cara de listo, manifestó:

         —No es un grano, embustero. Es una manzana. Y muy manzana muy grande y colorada. Debe estar de buena.

          Nadie está libre, en un momento dado, de ser dominado por el espíritu de la mal- dad. Por lo que yo había aprendido de algunos cuentos leídos, salen siempre perjudicados de las manzanas malignas quienes se las comen. Así que, sintiéndome a la vez, serpiente del Paraíso y madrastra malvada, ofrecí tentador:  

           —Si la quieres, te la doy.

     —¿Por qué no quieres comértela tú? —pregunto él, suspicaz ante tan notoria generosidad por mi parte.

           Con mucha astucia saqué barriga y mentí con el mayor descaro:

          —Es que estoy que reviento, oye. Dos más grandes que ésta me he comido ya.

        Dio él otro  tirón salvaje  y  se quedó con la fruta dejándome a mí con el bolsillo colgando.

           —¡Jopa, qué rica está! —exclamó tras darle la primera y feroz dentellada.

        Viéndole comerla tan a gusto, pensé si no habría sido una estupidez por mi parte  habérsela dado. Cuando terminó la compra su madre, a él sólo le quedaba el corazón de la fruta.

         —Adiós, tonto del culo —fue la despedida del muy desagradecido.

         El Tomasón no apareció por clase los tres días siguientes. Uno que vivía en su calle me contó que le había dado una cólico tan terrible que a punto había estado de echar la vida por las patas abajo. Sentí remordimientos y también alivio porque me había librado de una buena. 

         Mi abuela, tal como le había indicado la Nati, acuchilló al Maligno dentro de un plato con aceite y agua al tiempo que murmuraba una oración secreta.

         Ese año no tuvimos más contratiempos. A mi abuela se le apañó el pie hasta el punto de poder jugar al futbol conmigo en el patio de casa, mis progenitores y mi hermano Miguel encontraron trabajo, la huerta de mi abuelo se convirtió en un vergel, a Valentina se le apañó por completo el vientre, Linda tuvo unos cachorritos preciosos, a Retal, para asombro de todos volvió a crecerle el rabo arrancado por el salvaje Caníbal, y yo, más prodigioso todavía que todo lo anterior, saque sobresaliente en todas las asignaturas, incluida la de mate.

        —Abuela, ¿por qué tiras el líquido que acuchillas dentro del plato, siempre por en- cima del hombro izquierdo? —le pregunté curioso.

      —Es que por encima de ese hombro se nos arrima el Maligno cuando viene a tentarnos con cosas malas.

         Por culpa de mi idolatrada abuela Rosa, todavía en la actualidad, pasados un montón de años desde entonces, giro a veces la cabeza por encima del hombro izquierdo temiendo encontrarme con la feísima cara de ese cornudo enredador.

MI ENTRAÑABLE ABUELA (segundo fragmento)

       —Pues, hija, me ha pasado que el  canalla del Maligno me empujó y tiró al suelo en la cocina de casa. Vamos, que no me maté de milagro.

       —¡Ave María purísima! ¿Has ido ya a que te vea el médico, Rosa?

    —¡Digo! Y verás tú qué me mandó. Me mandó reposo. Figúrate. ¿Qué reposo puede tener una mujer viviendo en una casa, con cuatro hombres, a cuál de ellos más puerco?

       —Igual me pasa a mí, hija. Sólo que, en mi caso, son cinco los puercos.

       —¡Ay!, pobres de los viejos; ya sólo nos queda confiar en la misericordia divina.

       —Gracias, María. Qué buen corazón  has tenido  siempre.

       Los doscientos metros existentes desde la primera casa del pueblo hasta la calle del Búho donde, en el número 13 vivía la Nati, la cartomántica, tardamos media hora en recorrerlos.

        Mi abuela apretó el timbre de la puerta, y yo, del miedo que tenía, deseé en aquel momento volverme invisible.

        Y la Nati abrió la puerta. La Nati parecía a primera vista una inofensiva, fea y regordeta ama de casa de mediana edad. Hasta que te clavaba esa mirada suya, tan penetrante que la sentías meterse dentro de ti y registrarte hasta el último rincón del alma.

        —¡Cuánto me alegra verla por aquí, Rosa!

      —¡Ay, hija, vengo a ver qué puedes hacer por mí! Mira mi pie. Una calabaza confitera parece. Y por si esto fuera poco, el cabrón del Maligno se nos ha metido en casa y no ganamos para desgracias.

       —Con la ayuda de Dios, las dos cosas las vamos a arreglar, Rosa. ¿Tu nietecito? —añadió dirigiéndome su taladrante mirada, bajo la cual yo me fui arrugando como un acordeón que le van quitando el aire.

         —El más chico. Ya ves. Ellos tirando para arriba, y nosotras para abajo.

         —Ley de vida, Rosa. Como debe ser. Venga, pasad, pasad.

          A mí me dejaron en el salón-comedor, que apestaba a col hervida y a garbanzos pedorreros, y ellas se metieron en el cuarto donde la Nati hacía sus brujerías. Había allí en el salón-comedor varios cuadros con flores, un televisor y algunos muebles. También había un frutero lleno de lustrosas manzanas que despertaron de inmediato mi apetito. Sin embargo, las ganas de comerme una entraron en liza con el miedo a que estuvieran envenenadas como las manzanas de la madrastra de Blancanieves. Me cansé pronto de balancear las piernas entre las patas de la silla donde estaba sentado, de rascarme picores de aburrimiento y de buscar cositas en los agujeritos de mi nariz y, por fin, porque la tentación a cierta temprana edad es casi imposible vencerla, metí una de aquellas manzanas coloradotas dentro del bolsillo de mis pantalones cortos. Justo había terminado el hurto, cuando mi abuela y la pitonisa aparecieron donde yo estaba. Y esta última dirigiéndome una de sus perforadoras miradas, me aterrorizó diciendo:

        —Procura ser bueno, niño, porque el que mal anda, mal acaba.

       Se me atragantó todo posible vocabulario y lo único que pude hacer fue echarme a temblar. Y cuando estuvimos ya en la calle, recobré el habla perdida y pude preguntarle a mi abuela, con más susto que otra cosa:

       —Abuela, ¿tú crees a la Nati capaz de echarle mal de ojo a una persona que no le caiga bien?

        —¡Bah, habladurías de la gente! La Nati es una buena mujer —rechazó ella.

MI ENTRAÑABLE ABUELA (primer fragmento)

MI ENTRAÑABLE ABUELA

( Para mi abuela Rosa )

Primer Fragmento

Recuerdo muy especialmente aquella primavera en que cumplí los ocho años, porque en menos de una semana cayó sobre nosotros un auténtico diluvio de adversidades. Padre quedó sin trabajo, madre lo mismo, una terrible granizada arrasó cuanto había plantado el abuelo en su huerta, mi abuela se torció un pie, a mi hermano Miguel le despidieron de la empresa de mudanzas donde recién se había colocado —por negarse a subir muebles hasta el tercer piso de un edificio sin ascensor—, a mí me robaron la cartera con los libros mientras jugaba al fútbol en un solar cercano a la escuela, a nuestra vieja mula Valentina se le descompuso el vientre y a punto estuvo de morirse, y a nuestra perra Linda la dejó preñada Caníbal el perro rabioso de los Martínez, luego de cortarle de feroz dentellada medio rabo a nuestro gato Retal.

Mi abuela Rosa supo desde el primer momento que el culpable de todos aquellos infortunios sólo podía ser uno.

—¡Ay, Señor, Señor! ¡El Maligno se nos metió en casa, sin que lo invitara nadie!

Mujer extremadamente piadosa, mi abuela pidió inmediata ayuda divina. Ayuda que no llegó con la premura que ella demandaba, y esto la desesperó. Así que una tarde, al volver del colegio, me la encontré con el vestido de los domingos puesto.

Le pregunté, extrañado, por qué se había vestido de aquella manera, si estábamos a martes. Y su respuesta fue que íbamos a irnos los dos en seguida a casa de la Nati.

—¿La Nati…? ¿La echadora de cartas…?

—Sí, la echadora de cartas. Deja tu cartera y vámonos. Necesito que me acompañes.

Su decisión me clavó las banderillas del miedo. Todos los chiquillos del pueblo te- níamos a la tal Nati por bruja, y varios de mis compañeros de clase juraban, y perjuraban, haberla visto de noche volar por encima de los tejados de las casas de su barrio, montada en una escoba. Intentando escapar de un encuentro cara a cara con persona tan peligrosa, argumente:

—Pero, abuela, ¿dónde quieres ir tú con ese pie tan hinchado que parece un botijo? Porque oye, no habrás pensando que te lleve yo a cuestas, ¿verdad?

Ella levantó la vista a lo alto y, con gran dramatismo, soltó su coletilla favorita:

—¡Ay, Señor, Señor! ¡En qué habré podido yo ofenderte para que me castigues con este nieto tan contestón y desobediente! ¿Cojo la escoba, nene?

Conociendo por dolorosas experiencias anteriores, que no se refería a usarla para barrer, sino para darme a mí con ella, solté un suspiro de contrariedad y, enrabietado, tiré en dirección al baqueteado sofá mi cartera con los libros. Pero con tan mala sombra que la cartera dio en el respaldo del mueble que, desviando su trayectoria, la envió directamente al jarrón situado en mitad de la mesa, el cual perdió su verticalidad y se vino al suelo donde se rompió en mil pedazos.

A mi abuela, ver hacerse añicos aquella reliquia de su pertenencia, que contaba con más de cien años de antigüedad, le puso la cara de todos los colores del arco iris, quedándose finalmente con un color morado rabioso. Sus ojos, empequeñecidos por la ira, lanzaron sobre mi encogida persona una lluvia de furibundos relámpagos. Pero antes de que pudiera fulminarme con ellos, yo me apresuré a endosarle lo sucedido al demonio que teníamos de indeseado inquilino:

—A mí no me culpes, abuela. Esto, y todo lo demás, ha sido cosa del Maligno.

Ella soltó un bufido tan huracanado que, de haberle puesto una tarta de cumpleaños con setenta y pico velitas, las habría apagado todas de una vez.

—Cuando quieras nos vamos, abuelita de mi alma —le dije, zalamero—. Que yo muero por tenerte contenta. ¡Fijo!

Ella necesito de un par de minutos para recobrar la calma. Después se cogió de mi brazo y los dos fuimos en busca de la puerta.

Nuestra vetusta casa estaba situada en un cerrillo a las afueras del pueblo. Por cómo soplaba allí el dios Eolo, todo el mundo lo llamaba el Cerrillo del viento.

Y mi abuela Rosa y yo empezamos a bajar la cuesta.

—Anda más despacio, condenado. Que me vas hacer caer —se quejó de mi ligereza.

—Pero si voy a pasito de tortuga, abuela.

—Anda, canta algo. A ver si me distraes y me acuerdo menos del dolor del pie.

Esta petición, que recibía de su parte por primera vez en mi joven vida, me llenó de gozo. Carraspeé para aclarar mi garganta, tal como había visto hacer a más de un cantaor en la Peña Flamenca, y lancé al aire chorros de arte vocinglero:

Dicen que el amor es ciego/, y muy ciego debe de ser. Pues tu novia es más que fea. Y tú no lo quieres ver.

—No sigas, no sigas —me interrumpió ella exhibiendo una mueca de persona ator- mentada-. Qué pena lo tuyo, chiquillo. Además de poquita voz la tienes desagradable.

Sin desanimarme por aquel juicio adverso suyo, insistí en demostrarle mi valía.

—Espera, espera a oírme cantar el fandango del ahorcado, abuela. Verás que bien me sale. Vamos, bordado me sale.

—Déjate de fandangos. Lo que vamos a hacer ahora mismo es rezar el rosario.

—Rosarios no, abuela; que los rosarios son más largos que un día sin pan. Nos valdrá lo mismo para tener contento al Señor, un Padrenuestro que es más cortito.

Ni caso de mi protesta. Y entramos en el pueblo liquidando el último misterio de la Virgen. Allí, el pie-botijo de mi abuela causó sensación. Todas las mujeres que encon- tramos —que fueron multitud— querían saber qué le había pasado.