HISTORIAS ROMÁNTICAS: EL PRÍNCIPE DE EGIPTO, Y AZAHARA EL GRAN AMOR DE SU VIDA (RELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

El príncipe de Egipto, hijo primogénito del rey de uno de los imperios más importantes de Oriente, se alzó en armas contra su padre. Era un joven, hermoso, sabio y justo. Los innumerables súbditos descontentos, empobrecidos y maltratados por su progenitor, le siguieron incondicionalmente. Y durante semanas mantuvieron durísimas, terriblemente cruentas batallas contra el muy poderoso, numeroso y bien armado ejército del tiránico soberano.
El valor, la capacidad de sacrificio y de sufrimiento de los sublevados les permitió por fin conseguir la victoria. Derrotado el ejército del soberano, se apresó a éste y encerró en un calabozo.
Pasados unos días, necesarios para restablecer la paz en todo el territorio y ajusticiar a los traidores y verdugos que habían gobernado y ejecutado sin piedad a inocentes bajo el mandato del destronado rey, el príncipe de Egipto visitó, por primera vez desde que terminó la contienda, al hombre que le había dado la vida.
A éste. la amargura de la derrota, le había quitado la arrogancia de la que siempre había hecho gala y, con falsa humildad, le preguntó a su hijo:
—¿Por qué razón alzaste al pueblo contra mí y mi ejército?
Su primogénito le dirigió una mirada en la que se mezclaban la censura y la compasión al verlo tan desmejorado y hundido. Y le dijo endureciendo de nuevo su actitud:
—La razón fue que tú ordenaste ejecutar a la única mujer que he amado en mi vida. Y eso ya te dije, nada más enterarme de tu crimen, que no te lo perdonaba.
El hombre abatido, que había pedido su reino, le dio una explicación que creía justificaba su criminal acción:
—Era una simple campesina. No te convenía en absoluto. Yo te tenía preparada una boda con la más hermosa y rica de las princesas de este mundo. Yo pensaba en tu bien.
—Eso te ha llevado a la perdición, padre, darle la máxima importancia a la riqueza y ninguna importancia al amor. Por eso nunca nos amaste, ni a mi madre, ni a mis hermanos, ni a tu pueblo.
—¿Qué vas a hacer conmigo? —tembloroso y asustado el monarca destronado.
—¿Qué ves desde la ventana de este calabozo en el que mandé te encerraran?
—Un simple descampado —fue la respuesta que recibió de su interlocutor.
—Pues ahí voy a ordenar, en ese descampado, se edifique el mayor palacio-mausoleo del mundo. Será tan hermoso, tan extraordinario que maravillará al mundo entero. Y dentro de él enterraré el cadáver de mi amada Azahara. Y el castigo que tu recibirás, de por vida, será verlo construir y, cuando esté terminado, presenciar los millones de visitantes que, venidos de todas partes de la tierra admirarán la fabulosa obra que yo habré dedicado a la única mujer que amé, y que podré amar jamás.
Así fue como el príncipe de Egipto consiguió que su nombre y el de su amada siguieran unidos por los siglos de los siglos.

«POPEYE», MI GATO, ME BUSCÓ UNA NOVIA (RELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

A mi gato “Popeye”, no le gustaba que yo viviese en soledad. Él había entrado en mi casa poco después de haber tenido yo el mayor desengaño amoroso de toda mi vida. No me había ocurrido nada que no le haya sucedido anteriormente a muchísima gente. Carmen, la chica de la que yo estaba locamente enamorado y creía haber encontrado reciprocidad en ella, se lio con mi mejor amigo y marchó a vivir con él.
Este hecho traumatizante hirió muy en lo hondo mi corazón, me quitó por un tiempo las ganas de exponerme a otra experiencia parecida y, la forma de conseguirlo entendí la encontraría manteniendo lejos de las féminas.
Mi gato “Popeye”, no sé cómo sacaría él la convicción de que yo, viviendo sin pareja, de ninguna manera podía ser feliz.
Y empezó a escaparse. Y en una de sus escapadas volvió a casa acompañado de una gata de angora preciosa. Lógicamente le pregunté de dónde la había sacado, impulsado yo por la honesta intención de devolvérsela a su dueño. “Popeye” se limitó a decirme: “miau” y a mirarme como queriendo añadir: “Déjate de pamplinas y búscate tú también pareja, tío aburrido”.
Queriendo continuar mi existencia de hombre probo, honesto y justo llevada por mí hasta entonces, dejé una nota en la acristalada puerta de la panadería, en la describía al precioso gato de angora, la circunstancia de que había aparecido un día en mi casa e invitaba a su dueño a que viniese a buscarlo a la dirección mía escrita allí.
Aquella misma noche, estábamos viendo un musical en la televisión: “Popeye”, la gatita blanca como la nieve, que mi gato había convertido en su novia, y un servidor, cuando sonó el timbre de la puerta.
Fui a abrir y me encontré con una joven elegante, guapa y con todas esas formas que tan voluptuosamente diferencian el género femenino del género masculino. Ella, ofreciéndome una sonrisa devastadora, me dijo con voz aterciopelada:
—Hola. Verá, hace tres días me desapareció una gatita que es igual a la descrita por usted en ese anuncio que dejó en la puerta de la panadería.
—¡Vaya, estupendo! —exclamé saliendo del encandilamiento que se había adueñado de mí nada más verla—. Pase, pase; a ver si es su gatita la que vino un día en compañía de mi gato.
Pasamos al salón. La gatita blanca de Angola en cuanto la vio, se fue para ella y le saltó a los brazos.
—“¡Olivia!” —escuché que decía con manifiesta alegría mi visitante.
Yo tuve la inmediata evidencia de que aquel bello animalito era el suyo. Esperé a que mi visitante terminase de hacerle carantoñas al ronroneante minino, para decirle:
—¿Puedo invitarla a un café?
—No quisiera molestar.
—Será un placer. Tengo una maquinita que tarda un par de minutos en prepararlo. Tome asiento, por favor.
Con Laurita, que así se llamaba la propietaria de “Olivia”, nos tomamos dos cafés, cuatro coñacs; hablamos sobre mil cosas diferentes, disfrutando enormemente de la conversación y, otro tanto, de mirarnos con enorme agrado.
Total, que mi “Popeye” se había hecho novio de “Olivia” y yo me hice novio de su dueña.
Aunque sólo sea por esta breve historia que acabo de contarles, nunca hagan caso, nunca crean a las personas que les niegan extraordinaria inteligencia a los gatos. Yo, a la inteligencia del mío, le debo mi felicidad.

FASCINACIÓN JUVENIL (RELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

En el instante mismo en que Araceli, la profesora de Instituto, cruzaba la puerta de la clase, para Santi Suárez se desvanecía todo cuanto le rodeaba; todo excepto ella. Y a partir de ese momento él quedaba fascinado, totalmente pendiente de ella, deleitándose con cada expresión de su cara, cada movimiento de su esbelto cuerpo, y de la embriagadora musicalidad de su voz.
Aquella mañana Araceli llevaba puesto un traje gris que realzaba al máximo la voluptuosidad de su figura. Santi se derretía de amor por ella.
Terminada la clase, los alumnos abandonaron en estampida el aula. Santi permaneció en su asiento, para poder seguir contemplándola.
La pedagoga, para la que no había pasado desapercibida la fijación que el muchacho tenía con ella, decidió llamarle la atención:
—Santi Suárez, debes dejar de mirarme con tanta fijeza, con tanta intensidad. Me incomoda y disgusta que lo hagas. Lo considero una falta de respeto.
—No puedo evitarlo, profesora. Estoy locamente enamorado de ti. Sueño contigo todas las noches —el muchacho defendiendo con valentía sus sentimientos.
Su apasionada declaración despertó la curiosidad de la señorita Araceli , que le preguntó, siendo no obstante consciente de que cometía una imprudencia:
—¿Qué es lo que sueñas?
—Pues sueño —incendiadas de rubor las mejillas del joven, mirándola con una intensidad hipnótica —que caminamos los dos por un parque cogidos de la mano, mirándonos todo el tiempo, sonriéndonos embelesados.
Mientras confesaba esto, Santi abandonó su pupitre y se acercó a la educadora. Quedaron ambos frente a frente, muy cerca el uno del otro.
—Y aquí termina tu sueño —empezando a ponerse nerviosa la maestra.
—No, no termina aquí. En mi sueño yo te beso.
Y pasando de las palabras a la acción, Santi la cogió por los hombros y unió sus labios a los de ella.
La reacción de la profesora Araceli fue arrearle un demoledor bofetón. Su alumno, llevándose la mano a la parte del rostro donde había recibido el fuerte golpe añadió, impulsivo, arrebatado de pasión:
—En mi sueño me devolvías el beso. Y yo te decía lo mismo que te digo ahora: ¡Te amo! ¡Te amo con toda mi alma!
La profesora Araceli recogió de encima de la mesa su bolso y una carpeta y se dirigió hacia la salida, turbada, entristecida, con lágrimas rodando por sus mejillas. ¿Cuándo dejaría el maldito amor de surgir en su vida llevando siempre la etiqueta: de imposible?

EL MEJOR LIBRO DEL MUNDO (RELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

Adquirida un servidor merecida fama entre mis familiares de ser un empedernido lector, por llevar mi extraordinaria pasión lectora hasta el extremo de estar leyendo siempre dos o tres libros a la vez (uno puesto en mi mesita de noche, otro colocado en la mesa del salón y frecuentemente otro más en el cuarto de baño), mi tío Pascual, dueño de una pequeña granja cuya explotación daba para vivir él y su mujer sin pasar privaciones (hijos, el buen Dios se hacía el distraído para no dárselos, aunque ningún día descuidaban mis tíos el ejercicio que sirve para engendrarlos); en una de las frecuentes visitas que yo les hacía los fines de semana para echarme largas caminatas en los montes que rodeaban su propiedad, justo a mi regreso de una de esas caminatas, mientras bebía del botijo agua fresca del pozo que allí tenían, mi tío Pascual me dijo colocando ambas manos en los riñones gesto que prodigaba continuamente, enderezándose así el cuerpo que doblaba abusivamente trabajando con el azadón en su huerta:
—Sobrino, ¿cuál crees tú que es el mejor libro del mundo?
Llevado de mi amor patrio, y arrimando el ascua a mi sardina como suelen hacer los británicos con su William Shakespeare, le dije contundente:
—Tío, sin duda alguna, el mejor libro del mundo es Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes.
—Vamos a la casa que me lo apunte —propuso él.
Entramos en el salón-comedor donde Angustias, su esposa y tía mía, interrumpió el jersey que me estaba haciendo —a ella, hermana de mi padre, por falta de tenerlos propios, me quería como a un hijo—, me dirigió una mirada cariñosa y quiso saber:
—¿Vas a quedarte a almorzar con nosotros, sobrino?
—Muchas gracias, tiita, pero no puedo. Mi madre hace hoy paella y no me perdonaría me la perdiese.
—Buenas paellas hace tu madre. Aún tengo por conocer una valenciana que las haga malas —elogió.
Mi tío había sacado de un cajón de la alacena antigua, heredada de sus abuelos, papel y un bolígrafo y tendiéndomelo me pidió:
—Escríbeme bien clarito el nombre de ese libro tan bueno, el mejor del mundo, que me lo voy a comprar un día de estos y a leerlo.
Se lo escribí. Examiné lo que mi tía Angustias tenía ya hecho del jersey que iba a ser para mí, le di las gracias, dos afectuosos besos en sus coloradas y sanas mejillas y después de dejar estrujara mi blanda mano de urbanita, la callosa y dura manaza de mi tío Pascual, me marché subido en mi baqueteado utilitario de cuarta mano.
Mi tío se compró El Quijote y le llevó un año entero leérselo. Así que tardé yo todo ese tiempo en poderle preguntar por fin, qué le había parecido . Mi tío esbozó una divertida sonrisa y dijo socarronamente:
—Un tío muy loco el don Quijote ese. Pero alguno llevo yo conocido, a lo largo de mi vida, que no le iba a la zaga.
—No te ha entusiasmado ese libro, ¿eh? —interpreté.
—La verdad es que no demasiado —reconoció dándome una palmada cariñosa en la espalda.
No quise ofenderle con mi decepción y me la guardé en el almacén de las cosas que, deseándolo, uno cree preferible no decir.
Le hice varias visitas antes no decidí preguntarle si quería le recomendase algún otro libro para que, al igual que yo, él se aficionase a la lectura. Quise animarle diciéndole que gracias a la lectura yo había podido conocer países lejanos y exóticos que nunca había visitado y probablemente nunca visitaría, y conocido la forma de pensar de personas muy inteligentes y sabias que no conocía personalmente y era muy probable no conociera jamás. Y todo esto me había enriquecido notablemente como persona.
Mi tío esperó sin interrumpir en ningún momento a que yo terminase mi entusiasta apología, prosiguiendo todo el tiempo con su labor de aquel momento: confeccionar una alpargata de esparto, pues tenía a orgullo no haber gastado nunca, ni él ni su mujer un céntimo en calzado comprado, para finalmente sorprenderme con una reflexión muy propia de él:
—Querido sobrino, ¿para qué voy a leer más libros si ya he leído el mejor que se ha escrito en el mundo y éste no ha mejorado en nada mi vida? Respeto tu entusiasmo por la lectura, pero no lo comparto. Perdóname.
Un suspiro de derrota escapó de mi pecho. Me desconcertaron y dolieron sus palabras. Sentí en las entrañas el calambrazo de la indignación que nos produce no compartan, otros, cosas que nosotros consideramos de la máxima importancia, incluso imprescindibles. Tuve el control suficiente y la sensatez de callar un argumento ofensivo que se me estaba ocurriendo.
Sin reconocerlo en aquel momento, obré con mucha sabiduría. Comprendí algo más tarde que yo no tenía argumentos con los que rebatir su filosofía de la vida. Reconocí que, vivencialmente, mi tío Pascual me superaba por mucho. Él llevaba una existencia equilibrada, útil, satisfactoria, porque creaba cosas con sus manos (que infinidad de personas como yo tenemos que comprar) y esto le llenaba la existencia, le hacía feliz. Posiblemente mucho más feliz de lo que yo atiborrando mi mente con conocimientos ajenos, no me sentía ni tan equilibrado, ni tan realizado, ni tal valioso como él.
Y honesto casi siempre, en más de una ocasión les dije a mis queridos tíos que les admiraba muchísimo. Les complacía esta confesión mía, mostraban contento, y dándome lecciones de humildad, me respondían que eran ellos los que me admiraban a mí por lo mucho que sabía.
La realidad fue, que yo aprendí de mi tío Pascual y de mi tía Angustias cosas que han influido muy positivamente en mi vida, mientras yo no he sido capaz de enseñarles nada, ni siquiera a que leyeron otros libros aparte de “el mejor libro del mundo”.

PAREJA DE BAILE (RELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

Ella no era bonita de cara ni poseía uno de esos voluptuosos cuerpos que despiertan deseos sexuales en los hombres que los miran. Era joven, eso sí. Se llamaba Margot y bailaba maravillosamente. Yo era entonces tan joven como ella e igualmente me apasionaba el baile, y en especial bailar boleros y tangos.
Estaba de moda entre la juventud de mi época un salón llamado Doré. En este local, los sábados por la noche, tocaban dos orquestas de bajo presupuesto la música que estaba de rabiosa actualidad entonces.
Este local contaba con varias filas de asientos alrededor de la pista redonda, de enlosado desgastado, limado por el continuo pisar y deslizarse de zapatos. Los asientos de delante los ocupaban las chicas que esperaban las sacasen a bailar los chicos. En los asientos de atrás las mamás de algunas de ellas, vigilantes todo el tiempo, no les fuera a estropear la virginidad a sus nenas algún sinvergüenza seductor.
Margot y yo no sabíamos nada el uno del otro, aparte de nuestros nombres. No nos hacíamos preguntas. No intentábamos averiguar nada personal.
Acudíamos ambos todos los sábados por la noche al salón Doré. Ella acompañada de un par de amigas, y yo de un par de amigos. Nos buscábamos con los ojos y una vez localizados esperábamos a que tocaran tangos.
Como si fuera una señal ineludible, en cuanto anunciaba el locutor el título de la pieza que iba a interpretar el conjunto de músicos, yo me dirigía hacia donde se encontraba Margot. Ella, pendiente de mí, salía a mi encuentro. Y empezábamos  a bailar. Y parecía como si los hubiésemos nacido para bailar juntos.
A menudo, la gente nos hacía corro para vernos y admirarnos. Si de veras existe en este mundo la felicidad suprema, nosotros la experimentábamos bailando juntos tangos con extraordinaria maestría. Perfecta la sincronización de los pasos que realizábamos, las combinaciones, las piruetas, las histriónicas paradas. Existía telepatía entre nosotros. Mientras bailábamos nuestras almas conectaban, nuestros cuerpos se ensamblaban a la perfección. Nunca hablábamos mientras bailábamos, tampoco después al abandonar la pista de baile. Nos separábamos siempre con un escueto: “Gracias”. Ella regresaba entonces con sus amigas y yo con mis amigos.
Un sábado después de meses de haber repetido lo anterior, Margot no estaba en el salón Doré, pero sí se hallaban sus amigas. Experimenté una inmediata preocupación, un gran desasosiego, un temor de que hubiera podido sucederle una desgracia. Me acerqué a donde se hallaban sus amigas y les pregunté:
—¿Le ocurre algo a Margot que no ha venido esta noche con vosotras?
La chica a la que acababa de preguntar me dirigió una mirada cargada de tristeza, de reproche, y me informó:
—Margot y sus padres marcharon el lunes de esta semana de regreso a la Argentina.
Me quedé un momento perplejo, aturdido, con un profundo dolor en el pecho. Y les hice otra pregunta que, después de haberla hecho me pareció estúpida.
—¿Por qué se ha ido Margot?
La chica me miró como si me creyese idiota y finalmente me acusó furiosa:
—¡Se fue por tu culpa, imbécil! Estaba locamente enamorada de ti y tú nunca quisiste darte cuenta. Margot espera, dejando de verte, conseguir olvidarte.
Me entraron unas incontenibles ganas de llorar y marché a la calle para que nadie pudiera ver mis lágrimas de dolor.
No sé si Margot me habrá olvidado. Lo que sí sé es que yo nunca he podido olvidarla a ella.

FIESTA DE LOS TOROS (RELATO)

TOREO(Copyright Andrés Fornells)
La Monumental Plaza de Toros de Méjico. Aforo: más de cuarenta y una mil personas. A diferencia de España, en vez de a las cinco de la tarde, allí las corridas comienzan a las cuatro.
Aquella tarde toreaban tres diestros, uno era mujer, y los otros dos, hombres. Yo ocupé en la plaza, abarrotada de taurinos, una localidad de sol que era a lo más que entonces podía llegar mi pobre economía de mochilero trotamundos.
En lo alto, un cielo deslumbrante y colérico arrojaba sobre los que estábamos en la zona mía, una despiadada lluvia de plomo derretido.
A mi lado derecho tenía a dos tipos que por su habla, totalmente desconocida para mí, debían provenir de algún país del Este de Europa. Y a mi izquierdo tenía a un hombrecillo de mediana edad, muy moreno de cara, de lacios cabellos canosos, tres mechones de ellos colgándole cerca de los ojos. Sudaba él tanto como yo y, a no tardar, con esa naturalidad que todavía sobrevive en tanta gente de nuestros pueblos, me dirigió la palabra:
—La fiesta de los toros es lo más grande del mundo, ¿verdad, señor?
—Pocas cosas más grandes habrá, si es que hay alguna —respondí imitándole la vehemencia y el gesto de secarme la frente con un pañuelo que se estaba empapando por momentos.
—Antonio González —dijo ofreciéndome su mano pequeña, callosa, sincera.
La estreché con firmeza, al tiempo que le decía mi nombre.
—Por el habla me parece que usted no es de por acá…
—Soy español.
—¡Ah, caray! Un pueblo hermano el español —muy amistosa su voz y su actitud.
A partir de aquel momento compartimos con agrado y apasionamiento conocimientos taurinos y opiniones. Y como era de prever coincidimos en lo principal y es que las corridas de toros representan como ningún otro festejo de cuantos se celebran en nuestro superpoblado planeta, todo el arte, la elegancia y el valor que un ser humano es capaz de derrochar mientras se juega la vida.
—Y quienes critican, atacan y tratan de acabar con nuestra fiesta, son unos absolutos cobardes, además de ignorantes —sentenció Antonio González, acalorado ahora por el coraje que sentía, además de por la inclemente climatología.
Asentí enérgicamente con la cabeza y le pregunté si había visto torear antes a Guadalupe Morales, y descubrí que a él lo había traído a la plaza la misma curiosidad que a mí.
—Dicen que tiene tanto valor y arte como cualquier hombre, si no más. Yo nunca antes he visto torear a una mujer, mano. Siempre me ha parecido que esto del toreo es cosa de hombres. A lo mejor hoy cambio de idea.
—Estoy en el mismo caso que usted, amigo —coincidí con él.
El clarín anunció que iba a dar comienzo la corrida. Muy gallardos y serios los tres matadores dieron el paseíllo. Aplausos y silbidos, especialmente para Guadalupe Morales, que era esbelta y muy guapa.
—Es mucha la gente que no le gusta que las mujeres toreen —reconocí.
—La falta de costumbre, digo yo que será.
—Algo de eso habrá.
Actuaron primero los dos diestros. Estuvieron bastante bien y consiguieron una oreja cada uno además de la vuelta al ruedo. El respetable se estaba divirtiendo. En la parte del ruedo donde yo me encontraba empezaba a darnos la sombra. El calor se volvía más soportable.
Y salió el tercer toro, impetuoso, zaino, con unos pitones enormes. Se dio una veloz carrera dentro del ruedo. Eludió los capotes de dos subalternos. Entre los espectadores se produjo disparidad de opiniones. Unos aficionados le vieron mucha casta al animal, y otros juzgaron que tenía poca. Lo acostumbrado. Apareció el picador con su puya. Era un veterano sobrado de peso y experiencia. Surgieron de inmediato voces reclamando que saliera Guadalupe Morales a acercarle el astado al hombre montado a caballo. Había muchas ganas de verla enfrentarse a aquel morlaco de casi seiscientos quilos.
Guadalupe Morales se prestó a la petición generalizada y abandonó la protección de la barrera. Llevaba el pelo, negrísimo como el plumaje del cuervo, recogido detrás de la nuca, la cabeza alta y en su cara una expresión de valentía. El ajustado traje de luces resaltaba su escultural figura. Recibió además de los aplausos de rigor, silbidos de admiración y requiebros. Ella desplegó la capa y se fue para el fiero animal, elegante, sinuosa de movimientos, muy torera. Y logró con dos largas afaroladas dejar el toro delante del picador. La fiera, en una clara demostración de bravura, atacó con fuerza al caballo y su jinete le clavó la puya en todo lo alto. Puyazo certero y hondo. Comenzó a manar sangre de la herida. La gente protestó ruidosamente y Guadalupe Morales no permitió que lo castigaran más. Se aclamó su decisión. Los banderilleros lo hicieron muy mal y fueron abucheados. Sólo habían conseguido clavar en buen sitio la mitad de los palos.
—Ese animal está entero, mano —dijo mi vecino de asiento, preocupado.
Le di la razón, pues coincidíamos en esa apreciación. Un repentino, indefinido y sin embargo hondo malestar se estaba apoderando de mí.
La mejor actuación de la tarde la realizó Guadalupe Morales. Primero con el capote, envolviendo, burlando, mareando al morlaco, con bellísimos remolinos de paño rojo y viento ondulante, volatinero. Los espectadores, volcados con ella, nos rompíamos las manos aplaudiéndola, y enronquecían nuestras gargantas coreando su nombre y rematando el entusiasmo con enardecidos olés.
Y si ella lo hizo genial con el capote, en su faena con la muleta alcanzó la perfección. Burló al impetuoso animal una y otra vez realizando extraordinarias, sublimes figuras de ballet que enloquecieron de entusiasmo al respetable, cuyos maravillados ojos absorbían hasta el menor de sus movimientos. El triunfo de Guadalupe Morales se preveía apoteósico.
Llegó la hora de la verdad. Esa hora en que el diestro con un cuerno de acero se enfrenta a vida o muerte con los dos cuernos del astado.
Guadalupe Morales se llevó el toro al centro del ruedo para que todo el público pudiera presenciarlo bien, pudiera disfrutar el remate de su genial faena.
Se hizo un silencio absoluto. Todos los presentes contuvimos la respiración y dejamos de parpadear para no perdernos detalle. Guadalupe Morales no tardó en tener el toro posesionado como ella quería: con las pezuñas delanteras juntas y cuadradas con respecto a las patas traseras, y la cabeza humillada.
En el último instante sacrificial es cuando más igualados están la bestia y el diestro, pues éste deja de ver hacia dónde se dirigen los cuernos del toro. La suerte escogida por ella fue a volapié y recibiendo. Con la muleta enrollada en su mano izquierda, el otro brazo en alto, extendido y armado con la espada citó al toro al mismo tiempo que se adelantaba un paso. Fiera y matadora se juntaron y lograron su objetivo. Ella clavó hasta lo más hondo de las agujas del animal su estoque, y la fiera salvaje su cuerno derecho en el delicado pecho femenino.
La plaza entera soltó un ensordecedor, gemebundo alarido de dolor, que apagó el grito de la joven. Dos peones se la llevaron con la mayor rapidez posible hacia la enfermería. Del seno izquierdo de Guadalupe Morales salía ya la sangre a borbotones. Durante un par de minutos se mantuvo en la plaza un silencio total, estremecedor, dramático, trágico. Ni respirar se escuchaba. En los ojos de todos podía verse reflejado el más profundo, doloroso horror.
Después, poco a poco se fue formando un oleaje de voces pesarosas, patéticas, desdichadas.
Mi vecino de asiento y yo, nos miramos. Ambos con las lágrimas asomadas a los ojos y realizando titánicos esfuerzos por mantenerlas presas.
Yo me marché sin decir nada, muy consternado, igual que otro buen número de espectadores que buscó las salidas. Ríos de llanto rodaban por mis curtidas mejillas. Estaba pensando en mi madre y mis hermanas.
Jamás he vuelto a pisar una plaza de toros.

DIA DE PRIMAVERA Y UNA VIEJA HISTORIA DE AMOR (RELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

El joven llevaba en su mano una rosa roja de tallo largo. Llegó delante del banco del parque que le había descrito su madre. No estaba allí sentada la anciana que esperaba encontrar. Había una joven de más o menos su misma edad, que lo estaba observando con curiosidad. El portador de la flor dudó entre quedarse allí esperando de pie o decidirse y tomar asiento en el banco al lado de ella. Pensando en que igual su espera pudiese ser larga, caminó hasta el banco y tomó asiento al lado de ella. Le gustó el perfume que la joven desprendía y también lo bonita que era. Guardaron ambos, silencio durante un par de minutos interminables. Por fin fue ella la que le dirigió la palabra:
—Perdona mi indiscreción, pero necesito hacerte una pregunta. ¿Conoces a un señor llamado Fulgencio García?
Las cejas de él se elevaron en demostración de sorpresa.
—Uno de mis abuelos se llamaba Fulgencio García.
—¿Has dicho se llamaba? —mostrando ella repentina consternación.
—Sí, murió hace cuatro meses —con tristeza—. Le quería yo mucho —añadió, porque así se lo pidió el sentimiento, aunque supuso que a ella no le importaría este sentir suyo.
—Entiendo. Y te han encargado a ti entregar esta rosa a una señora llamada Alicia Sánchez.
—¿Cómo sabes tú eso? —perplejo.
—Porque así se llamaba mi abuela que también falleció hace cuatro meses, y mi madre me encargó venir aquí a decirle a tu abuelo este luctuoso suceso.
Los dos jóvenes se examinaron ahora abiertamente. Él fue el primero en tomar la palabra de nuevo:
—Oye, no me había dado cuenta hasta ahora de lo mucho que te pareces a la fotografía que mi abuelo conservaba de una chica de la que se enamoró en su adolescencia.
—¡Qué extraordinaria casualidad! Tú te pareces a una fotografía antigua que mi abuela conservaba de cuando era adolescente.
Los dos jóvenes encadenaron sus ojos y fue como si un fluido misterioso, ancestral, transitara del uno al otro por un camino espiritual que ellos acababan de construir a medias. Él le dio a ella la rosa. Ella la aceptó con absoluta naturalidad dedicándole una sonrisa feliz.
—Tu abuelo y mi abuela compartieron una preciosa y también triste historia de amor.
—La conozco. Podríamos hablar de ella tomando un café. ¿Qué te parece?
—Estupendo. ¿Sueles tener a menudo ocurrencias tan geniales?
—Bueno, también podemos hablar de eso.
Y como si fuera la cosa más natural del mundo, los dos jóvenes se levantaron del banco y echaron a andar cogidos de la mano.

PROPUESTA DE ASOCIACIÓN (RELATO)

james-stewart-con-kim-novak-en-vertigo(Copyright Andrés Fornells)

Mike Warner hizo girar la manivela de la puerta acristalada llena de pegatinas publicitarias, y entró en el Bar Sparow. En su interior no pasaban de media docena los clientes que había. Mike, joven atractivo y atlético vestía una chaqueta gris claro, una camiseta blanca, pantalones vaqueros y zapatillas de tenis bastante usadas. Al llegar al mostrador pidió al camarero, un hombre de mediana edad y acusados rasgos latinos que, con aire aburrido lo miraba expectante, acodado de brazos en la barra:

–Un Jack Daniel´s con mucho hielo.

—Inmediatamente, señor —indolente el empleado.

Mike esperó a que le sirviera la bebida, la pagó inmediatamente y fue, llevando en su mano izquierda el vaso largo, a sentarse a una mesa al fondo del salón, cerca de la cual no había nadie. Para lo que se proponía realizar no quería curiosos cerca. Echó un trago de la bebida «on the rocks» y a continuación sacó del bolsillo derecho exterior de su chaqueta tres cosas: un bolígrafo, una pequeña libreta y la cartera que acababa de robar a un turista australiano en la parada del autobús.
De su contenido escogió la tarjeta de crédito y empezó a imitar la firma de un tal Jaques Thomson. Era muy bueno falsificando firmas, y a los diez minutos de practicar copiaba ya tan bien la rúbrica del perjudicado, que seguro conseguiría engañar al empleado del primer banco en el que entrase. Obrar con rapidez era primordial en su delictiva profesión. El individuo robado tardaría poco en darse cuenta del hurto y pedir la anulación de su tarjeta. Se terminó de un solo trago el contenido de su vaso y marchó a la calle.
Tuvo que andar únicamente dos manzanas para encontrar una entidad bancaria. El empleado que le atendió, amable y risueño, tras comprobar que coincidía su firma con la de la visa de oro que acababa de presentarle, le  entregó el dinero requerido. Mike lo metió en su propia cartera, la pasó al bolsillo interior de su chaqueta y se dirigió a la puerta.
Al salir Mike del establecimiento bancario, tropezó  una bonita  joven con él y  le pidió perdón por su torpeza ,acompañándose de una sonrisa encantadora.
Mike le devolvió la sonrisa y la siguió con ojos apreciativos. Ella parecía tener prisa. Caminaba presurosa. Su cuerpo esbelto, de movimientos vivos, deliciosamente femeninos, llamaba la atención de la gente que la dirigía miradas de agrado. El carterista la perdió de vista entre el gentío. “Un exquisito bombón”, juzgó.
Caminados una veintena de pasos entró en un estanco a comprar tabaco. Y entonces se dio cuenta de que le faltaba la cartera en la que había metido el dinero recién sacado del banco.
Dejó a la estanquera con el cartón de Winston en su mano y salió corriendo. Mike poseía una buena constitución física y su carrera fue veloz. Tropezó con algunas personas, pero no perdió el tiempo disculpándose. Le urgía dar con la chica que un momento antes, chocando con él, le había robado. Cada segundo que transcurría lo alejaba de la posibilidad de atraparla. Su esfuerzo y su velocidad obtuvieron recompensa. La descubrió bajando por la escalera del metro. Iba confiada pues, aunque llevaba el paso rápido, no miraba atrás por estar convencida de que nadie la seguía.
Al llegar junto a ella Mike la cogió fuertemente del brazo justo delante de la barrera de control obligándola a detenerse. La joven se asustó al reconocerle. Sus grandes ojos verdes lo demostraron, al tiempo que forcejeaba intentando escapar de él. Mike la mantuvo firmemente presa, convencido de que a la menor oportunidad que le diera ella intentaría escapársele.
—No te voy a hacer nada, preciosa —le advirtió sonriendo para inspirarle confianza—. Devuélveme lo mío y te invitaré a un refresco. No estoy enfadado contigo. Los dos nos dedicamos a lo mismo.
Ella le registró la mirada. Se tranquilizó algo. Su cuerpo perdió cierta tensión. Los ojos de Mike mantenían todo el tiempo un brillo amistoso. La joven metió la mano que él le dejó libre dentro del bolso que colgaba de su hombro y sacando una cartera se la entregó.
—Esta no es la mía —él con un ronroneo divertido en su garganta.
Ella la devolvió al interior del bolso y sacó otra.
—Ésta sí es la mía. Vamos a la cafetería de la estación —Mike amistoso todo  el tiempo, y tirando del brazo de ella.
—Por favor… déjame ir. Te quité la cartera por necesidad. Tengo que mantener a mi madre enferma y estoy sin trabajo —intentando despertarle lástima.
—Tranquila, de eso hablaremos mientras tomamos algo.
Entraron en el establecimiento elegido por Mike. Cuando la obligó a sentarse a una silla de la mesa por él escogida, le repitió que era, al igual que ella, un carterista. Para convencerla de que estaba diciéndole la verdad, Mike le enseñó la cartera robada un rato antes al turista australiano y un par de carnets de conducir pertenecientes a personas diferentes.
Ahora sí se tranquilizó la joven y a la pregunta de él, sobre cómo se llamaba, respondió dedicándole un esbozo de sonrisa seductora:
—Camille.
Tenían el camarero a su lado.
—¿Tiene champán? —le pidió Mike.
El empleado, un jovenzuelo con el rostro sembrado de acné les observó sorprendido. Nunca nadie le había pedido champán a media mañana. Camille, encontrando divertida su reacción, intervino:
—¿Tenéis champán, o debemos irnos a otro sitio a tomarlo?
—Tenemos. Lo traeré enseguida —reaccionando torpemente el camarero y dirigiéndose acto seguido al mostrador, derribando por el camino una silla contra la que tropezó.
Los dos carteristas rieron de buena gana su cómico atolondramiento. Una hora más tarde habían terminado de beberse el champán acompañado de unos pastelitos y acabado convertidos en socios. Ninguno de los dos tenía ataduras. Mike estaba divorciado y Camille era soltera, huérfana, y criada en un orfanato.

EL NIÑO DEL COLUMPIO (RELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

Vivían en una modesta casita adosada dentro de un barrio obrero. El niño, siempre que sus padres tenían una de sus frecuentes, airadas discusiones, salía al jardincito y se columpiaba en el columpio que con la ayuda de una gruesa cuerda y un neumático viejo le había montado su padre. Y allí, balanceándose con todas sus fuerzas, bajando o levantando la cabeza, ya fuera él elevando el columpio hacia adelante o llevándolo hacia atrás, calmaba el miedo y el pesar que sus progenitores le causaban con su violenta conducta.
Una mañana la trifulca entre ambos fue tan extremadamente virulenta que, aterrado, el niño huyó hasta su columpio donde sentándose se tapó los oídos para no seguir escuchando las terribles palabras que sus progenitores cambiaban.
De vez en cuando apartaba las manos de sus oídos para comprobar si seguían peleándose. Y cuando por fin guardaron silencio comenzó a columpiarse, a ver el suelo cuando se impulsaba hacia atrás y el cielo cuando se impulsaba hacia adelante. Vio pasar un avión y eso lo distrajo por unos instantes. Nunca había viajado en uno y creía que le haría ilusión hacerlo.
El sol, pasando por encima de las altas edificaciones empezó a darle en la cara. Cerró los ojos porque le cegaba. Estaban a finales de invierno y el calor que éste procuraba a su cuerpo le resultaba muy agradable. Y pensó en lo hermosa que sería su vida si hubiese paz entre sus padres y el mismo amor entre ellos, que le prodigaban a él.
De pronto escuchó un ruido de pasos. Abrió los ojos y vio a su padre cargado con dos maletas. Corrió junto a él cuando justo acababa de abrir el maletero de su coche y cogiéndole fuertemente del brazo le suplicó entre sollozos:
—Por favor papá no te vayas. Todos los niños que conozco, que se han quedado sin su papá son infinitamente desdichados. Y yo no quiero ser desdichado, papá.
Su padre suspiró. Su cansado rostro mostraba hondo pesar y amargura. Su pesimismo le dijo que no funcionaría, que no merecía la pena pasar otra vez más por lo mismo. Pero la infinita tristeza que mostraban los ojos de su hijo, cuajados de lágrimas, le conmovió los cimientos del alma y, rindiéndose a su irresistible súplica, decidió que lo intentaría de nuevo.
Cerró el maletero del coche sin meter las maletas dentro. Abrió sus brazos y estrechó con inmensa ternura el sollozante, estremecido cuerpo de su niño. Él podía renunciar a cualquier cosa menos a la inmensa ternura de su niño.

SIN SUERTE, NO HAY VIDA NI MUERTE (RELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

Un coche que circulaba por el centro de la ciudad a más de cien kilómetros hora, en un paso de peatones atropelló a una mujer vestida de negro que, en aquel momento lo cruzaba. La gente acudió enseguida junto a ella, y mientras un par de personas comprobaban que seguía con vida, otra pidió por su móvil una ambulancia, una tercera llamó a la policía y una cuarta aprovechando la confusión reinante se llevó el bolso de la accidentada.
Los primeros en acudir allí fueron dos agentes del orden. Uno de ellos atendió a la mujer inconsciente. El otro buscó testigos que le informaran sobre lo acontecido. Varias personas les comunicaron que un coche blanco, circulando a gran velocidad, había lanzado a aquella pobre transeúnte por los aires. Desgraciadamente ninguno de cuantos habían presenciado aquel infausto suceso memorizó la matrícula del atropellador.
Por fin llegó la ambulancia. Dos enfermeros, rápidamente, colocaron a la accidentada sobre una camilla, la metieron dentro de su coche y acto seguido se dirigieron al hospital, desarrollando gran velocidad y con la sirena a todo volumen. Durante su recorrido, los conductores de los otros vehículos que circulaban delante de la ambulancia procuraron cederle el paso y, transcurridos veinte minutos desde el instante que la recogieron, a la mujer accidentada, la ingresaban en urgencias.
La atendió la doctora Sánchez, con su estetoscopio colgado del cuello y la preocupación pintada en su huesuda cara, por un motivo ajeno a su trabajo: una reclamación de Hacienda que, pagarla, le significaría endeudarse. Tardó poco la facultativa en comprobar que, salvo imprevisibles complicaciones, la vida de la paciente no corría peligro alguno.
—Brazo izquierdo y pierna izquierda rotos. Podía haber sido infinitamente peor —explicó a la enfermera que, a su lado, la miraba con ojos interrogantes.
—Mientras hay vida, hay esperanza —manifestó su compañera de trabajo, que era una persona muy aficionada a los refranes.
Tres horas más tardes, la atropellada, cuyo nombre era Marta Rosales , ya enyesada convenientemente, fue tan poco original como lo son todas las personas que pasan por desdichadas circunstancias parecidas a la suya:
—¿Qué me ha ocurrido?
La enfermera amiga de los refranes, le informó de todo cuanto sabía. Y la paciente recobró la memoria y con ella  se le despertó un enorme enfado:
—¿Y han cogido ya al hijo de puta que me ha dejado medio muerta —se había dado ya cuenta de que tenía un brazo y una pierna escayoladas.
—En eso anda la policía.
—¿Sabe ya mi familia la desgracia que me ha ocurrido?
—No hemos podido hacer nada a ese respecto. No llevaba usted encima identificación alguna.
—¿Y mi bolso?
—Aquí al hospital sólo la han traído a usted.
—¿Cree posible que me lo hayan robado?
—Yo apostaría muy poco por lo contrario. Del árbol caído todos hacen leña.
—Puedo llamar a mi familia. Deben estar muy preocupados preguntándose por dónde ando yo.
—Le prestaré mi móvil. Lo tengo en el vestuario. Iré a por él.
—¿Sabe usted de dónde venía yo, cuando me ocurrió esta desgracia?
—Lo sabré en cuanto usted me lo diga. El saber no ocupa lugar.
—Acababa de salir de la consulta de una vidente que se llama Fortunata Iluminata, y ella acababa de vaticinarme que hoy tendría mucha suerte. Vamos para matarla a la muy farsante.
—Tal vez la suerte que esa sabia mujer le vaticinó fue que salvaría la vida, que en realidad es lo que le ha ocurrido.
—Todo puede ser del color del cristal con que se mire —contagiándose la paciente.
La enfermera fue al vestuario, y la primera llamada que hizo fue precisamente para Fortunata Iluminata:
—Coño, prima, no das pie con bola. Aquí en el hospital tenemos ingresada a una pobre mujer que nos trajeron medio muerta a la que tú vaticinaste que hoy iba a tener muy buena suerte.
—Hostias, prima, al final tendré que cambiar de medio de vida. Estoy hecha un gafe.
—No hay mal que por bien no venga.
—Ni pena que cien años dure.
Y cortaron ambas la conversación. Y una se quedó con remordimientos, y la otra pensando que Dios aprieta, pero no ahoga.