TODOS LOS MUERTOS ERAN INOCENTES (UNO DE LOS RELATOS MÁS TRISTES QUE HE ESCRITO )

TODOS LOS MUERTOS ERAN INOCENTES

(El 6 de agosto de 1.945, Estados Unidos lanzó sobre Hiroshima la primera bomba atómica contra seres humanos causando más de 200.000 muertos).

La señora Tanako, acompañó a sus dos hijas (Misiko de 5 años y Sakura de siete) hasta la puerta del colegio donde una vieja maestra que, por necesitarlo el país, había interrumpido su jubilación para impartir clases. La señora Tanako las siguió con mirada amorosa hasta que las niñas, tras cruzar la puerta del centro, desaparecieron de su vista. Ellas eran la única familia que le quedaba, pues sus padres y hermanos habían muerto en un terremoto y, Takeshi, su esposo, había perecido en la maldita guerra contra la todopoderosa Norteamérica. Él, lo mismo que tantos otros japoneses, fue a luchar contra el enemigo, pero tuvo la mala fortuna de no poder hacer nada a favor de su patria porque el barco en el que solo hacía cinco días llevaba enrolado, voló por los aires al impactar en su casco dos torpedos lanzados desde un submarino estadounidense.

Después de haber dejado a sus niñas en el centro escolar, la señora Tanako se dirigió a la oficina personal del poderoso y rico señor Murasaki, cuya limpieza se ocupaba de realizar desde hacía cuatro años. El señor Murasaki poseía una industria armamentista y, muchos que lo envidiaban decían que aquella terrible guerra era una bendición para él pues se estaba enriqueciendo escandalosamente.

Cuando la señora Tanako iba a entraren en la oficina del magnate, se lo encontró a él saliendo de ella con unos documentos en la mano. Existía un trato exquisito entre ellos dos, y después de las protocolarias reverencias, el industrial le dio a la limpiadora una noticia inesperada que le causó una inmensa alegría: considerando que su empresa marchaba muy bien, él había decidido subirles la nómina un diez por ciento a todos sus empleados y, por supuesto, ella entraba dentro de esta mejora salarial.

—Lo va a necesitar, señora Tanako. Sus niñas crecen y sus necesidades es lógico que crezcan también. Y sólo la tienen a usted, ya que su esposo tuvo la desgracia de morir por nuestra querida patria.

La señora Tanako le mostró tanto agradecimiento, que el señor Murasaki llegó a sentirse abrumado, yéndose con el convencimiento de que merecía la pena ser generoso con la gente que le servía bien y además lo apreciaba.

La señora Tanako se dirigió acto seguido al pequeño almacén donde el personal de limpieza guardaba artículos y útiles, cogiendo el cubo que llevaba su nombre, las bayetas, trapos y productos químicos para abrillantar los suelos y los objetos de metal.

Mientras comenzaba su tarea diaria, la viuda de guerra empezó a hacer planes futuros para sus hijas que, tras la desaparición de su malogrado marido se habían convertido en su única razón de vivir.

Aunque tuviera que matarse trabajando —esperaba encontrar algún trabajo más aparte del que ya tenía, una vez llegara a su fin aquella espantosa, criminal guerra, y todo volviera a la normalidad y también prosperidad porque el pueblo nipón era emprendedor y trabajador como muy pocos en el mundo—, conseguiría que sus hijas pudieran tener lo que ella tanto había soñado y no podido ver realizado: estudios universitarios. Sus niñas, influidas por ella, deseaban tener una carrera que les permitiera un bienestar económico y un prestigio dentro de la sociedad. Misiko decía que le gustaría construir puentes. Puentes enormes y tan fuertes que pudieran circular por ellos montones y montones de vehículos. Sakura deseaba ser médico. Pensaba que era muy bonito curar a la gente. Ella sería muy buena con ellos, muy cariñosa, y les salvaría la vida a los que estuvieran terriblemente enfermos. Ya se entrenaba poniéndole a su muñeca vendas hechas de tiras de ropa, que ella sacaba de viejas prendas de vestir y se las daba.

La señora Tanako odiaba con toda su alma a los norteamericanos. No podía ser de otra manera porque mataban japoneses y, entre ellos, a su marido un hombre muy bueno, trabajador y pacífico que se había visto obligado, por dictamen de su conciencia, a defender a su país. El odio de la señora Tanako por los norteamericanos era relativamente reciente. Antes de aquella terrible guerra, ella los había admirado y hasta querido. En las pocas ocasiones que había podido ir al cine a ver películas hechas por cineastas de aquel rico país, las personas le parecieron todas muy buenas, daban muy buenos ejemplos cristianos, sonreían alegres, vestían muy bien y tenían casas preciosas.

De repente, apreció que muy cerca se producía un estallido ensordecedor. La señora Tanako miró en la dirección que éste se había producido y pudo ver un gigantesco hongo de fuego, violácea primero y luego de color blanco intenso y brillante, que ascendía en sepulcral silencio sembrando el aire de un sabor a plomo. La señora Tanako sintió dentro del pecho que su corazón de madre se rompía al tener el convencimiento de que sus idolatradas hijas habían dejado de existir. Y al segundo siguiente de haber sabido esto, la colosal bola de fuego la convirtió en carbón a ella y a cuantos alcanzó su enorme ola expansiva.

UNA VIUDA PELIGROSA (RELATO)

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Antonio Lugano era publicista. Había nacido un 13 de mayo y solía celebrar todos sus cumpleaños dando una pequeña fiesta en su casa, fiesta a la que invitaba a sus mejores amigos entre los que me hallaba yo. La última de estas fiestas, a la que asistí, aceptando su amable invitación, me encontré un tanto solo, pues él se multiplicaba procurando atender a todos los allí reunidos y esto le dejaba escaso tiempo para mí. La mayoría de los asistentes eran compañeros suyos de profesión y, por ello, completos desconocidos para mí que pertenezco al gremio pastelero. Aparte de esto, eran casi todos parejas y terminé con un whisky on de rocks en mi mano sentado en un rincón de la amplia estancia.

Llevaba allí un rato distrayéndome con la visión de las figuras femeninas que, por la armoniosa distribución de sus voluptuosas formas despertaron mi imaginación sensual, cuando apareció junto a mí una mujer vestida totalmente de negro. No era una belleza, pero en su conjunto poseía unas facciones atractivas que despertaban agrado y sobre todo era dueña de un cuerpo, que no exagero si tildo de extraordinariamente escultural.

Me dedicó una seductora sonrisa y ofreciéndome su mano dijo muy amistosa:

—Aurelia Gómez.

Estreché su mano, blanda y cálida, y le dije mi nombre. A ella debió gustarle mi nombre porque a partir de aquel momento lo estuvo usando todo el tiempo.

—Bonita fiesta, ¿verdad, Leandro?

—Acogedora —acepté, prudente, pues hasta entonces me había estado aburriendo.

—Soy viuda desde hace un año —me soltó con notoria naturalidad.

—¡Vaya! Pues lo siento.

—No lo sientas, Leandro —tuteándome desde el principio—. Conseguí la viudedad por decisión propia.

Una maliciosa sonrisa curvó su boca de labios gruesos y sensuales. Le devolví una sonrisa torpe, pues no había entendido la intencionalidad de su explicación. Ella llevaba un bolso, también negro, colgado del hombro y en su mano derecha un vaso que, por el color y los cubitos de hielo dentro podía tratarse del mismo brebaje espirituoso que estaba tomando yo.

—¿Trabajas también en publicidad? —le pregunté después de un breve silencio que habíamos mantenido.

—No, Leandro, no trabajo. Vivo del dinero que, al morir, me dejó mi marido. Era muy rácano. Vamos no te puedes figurar lo tacaño que era. Lo tuve que matar para poder heredarle.

Siempre me han funcionado excelentemente bien los dos oídos, pero esta vez quise cerciorarme de que seguía siendo así.

—¿Mataste a tu marido para poder heredarle? —dije escrutando su rostro, buscando alguna señal que me confirmara la posibilidad de que estuviera bromeando.

—Sí, Leandro.  No me quedó otra salida. El muy imbécil seguía enamorado de mí y no quiso dejarme su fortuna por las buenas.

Yo empecé a creerla. La seriedad de su confesión era absoluta, convincente.

—¿Y cómo le mataste? —empezando a preocuparme.

—Le pegué seis tiros con una pistola que llevo dentro de mi bolso. ¿Quieres verla, Leandro?

—No, no, soy alérgico a las armas —me apresuré a decirle, temeroso ya.

—Oye, Leandro, acabo de darme cuenta de que te pareces mucho a mi difunto marido. Pero mucho, mucho. ¡Es curioso!

—Ay, seguro que estás confundida. Yo no me parezco a nadie —me apresuré a contradecirla—. Perdona, pero tengo que ir a un sitio urgentemente.

Marché directo hacia la salida. Por el camino dejé mi vaso en lo alto de una mesa y gané la calle. Mirando todo el tiempo hacia atrás, entré en mi coche y me alejé de allí pisando el acelerador a fondo. Reconozco que poseo un sentido de la prudencia que muchos interpretan como enfermiza cobardía. Entre aquellos que lo interpretaban así se contaba mi imprudente amigo Antonio Lugano.

Justo en este momento me estoy vistiendo de oscuro para asistir a su sepelio. Mi valiente amigo Antonio Lugano cometió la temeridad de casarse con Aurelia Gómez, cinco meses atrás. Según el informe que ella dio a la policía, entraron ladrones en la casa, su intrépido esposo ofreció resistencia y los ladrones le pegaron seis tiros dejándole para ser enterrado.

Por pura cobardía yo me mantuve al margen de este asunto. No se encontró el arma homicida, lo cual significa que ésta continúa en poder de su dueña y ya lo dijo el sabio Salomón: “Los cementerios están llenos de valientes que murieron prematuramente”.

UNA INOLVIDABLE TARDE DE TOROS (RELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
La Monumental Plaza de Toros de Méjico. Aforo: más de cuarenta y una mil personas. A diferencia de España, en vez de a las cinco de la tarde, allí las corridas comienzan a las cuatro.
Aquella tarde toreaban tres diestros, uno era mujer, y los otros dos, hombres. Yo ocupé en la plaza, abarrotada de taurinos, una localidad de sol que era a lo más que entonces podía llegar mi pobre economía de mochilero trotamundos.
En lo alto, un cielo deslumbrante y colérico arrojaba sobre los que estábamos en la zona mía, una despiadada lluvia de plomo derretido.
A mi lado derecho tenía a dos tipos que por su habla, totalmente desconocida para mí, debían provenir de algún país del Este de Europa. Y a mi izquierdo tenía a un hombrecillo de mediana edad, muy moreno de cara, de lacios cabellos canosos, tres mechones de ellos colgándole cerca de los ojos. Sudaba él tanto como yo y, a no tardar, con esa naturalidad que todavía sobrevive en tanta gente de nuestros pueblos, me dirigió la palabra:
—La fiesta de los toros es lo más grande del mundo, ¿verdad, señor?
—Pocas cosas más grandes habrá, si es que hay alguna —respondí imitándole la vehemencia y el gesto de secarme la frente con un pañuelo que se estaba empapando por momentos.
—Antonio González —dijo ofreciéndome su mano pequeña, callosa, sincera.
La estreché con firmeza, al tiempo que le decía mi nombre.
—Por el habla me parece que usted no es de por acá…
—Soy español.
—¡Ah, caray! Un pueblo hermano el español —muy amistosa su voz y su actitud.
A partir de aquel momento compartimos con agrado y apasionamiento conocimientos taurinos y opiniones. Y como era de prever coincidimos en lo principal y es que las corridas de toros representan como ningún otro festejo de cuantos se celebran en nuestro superpoblado planeta, todo el arte, la elegancia y el valor que un ser humano es capaz de derrochar mientras se juega la vida.
—Y quienes critican, atacan y tratan de acabar con nuestra fiesta, son unos absolutos cobardes, además de ignorantes —sentenció Antonio González, acalorado ahora por el coraje que sentía, además de por la inclemente climatología.
Asentí enérgicamente con la cabeza y le pregunté si había visto torear antes a Guadalupe Morales, y descubrí que a él lo había traído a la plaza la misma curiosidad que a mí.
—Dicen que tiene tanto valor y arte como cualquier hombre, si no más. Yo nunca antes he visto torear a una mujer, mano. Siempre me ha parecido que esto del toreo es cosa de hombres. A lo mejor hoy cambio de idea.
—Estoy en el mismo caso que usted, amigo —coincidí con él.
El clarín anunció que iba a dar comienzo la corrida. Muy gallardos y serios los tres matadores dieron el paseíllo. Aplausos y silbidos, especialmente para Guadalupe Morales, que era esbelta y muy guapa.
—Es mucha la gente que no le gusta que las mujeres toreen —reconocí.
—La falta de costumbre, digo yo que será.
—Algo de eso habrá.
Actuaron primero los dos diestros. Estuvieron bastante bien y consiguieron una oreja cada uno además de la vuelta al ruedo. El respetable se estaba divirtiendo. En la parte del ruedo donde yo me encontraba empezaba a darnos la sombra. El calor se volvía más soportable.
Y salió el tercer toro, impetuoso, zaino, con unos pitones enormes. Se dio una veloz carrera dentro del ruedo. Eludió los capotes de dos subalternos. Entre los espectadores se produjo disparidad de opiniones. Unos aficionados le vieron mucha casta al animal, y otros juzgaron que tenía poca. Lo acostumbrado. Apareció el picador con su puya. Era un veterano sobrado de peso y experiencia. Surgieron de inmediato voces reclamando que saliera Guadalupe Morales a acercarle el astado al hombre montado a caballo. Había muchas ganas de verla enfrentarse a aquel morlaco de casi seiscientos quilos.
Guadalupe Morales se prestó a la petición generalizada y abandonó la protección de la barrera. Llevaba el pelo, negrísimo como el plumaje del cuervo, recogido detrás de la nuca, la cabeza alta y en su cara una expresión de valentía. El ajustado traje de luces resaltaba su escultural figura. Recibió además de los aplausos de rigor, silbidos de admiración y requiebros. Ella desplegó la capa y se fue para el fiero animal, elegante, sinuosa de movimientos, muy torera. Y logró con dos largas afaroladas dejar el toro delante del picador. La fiera, en una clara demostración de bravura, atacó con fuerza al caballo y su jinete le clavó la puya en todo lo alto. Puyazo certero y hondo. Comenzó a manar sangre de la herida. La gente protestó ruidosamente y Guadalupe Morales no permitió que lo castigaran más. Se aclamó su decisión. Los banderilleros lo hicieron muy mal y fueron abucheados. Sólo habían conseguido clavar en buen sitio la mitad de los palos.
—Ese animal está entero, mano —dijo mi vecino de asiento, preocupado.
Le di la razón, pues coincidíamos en esa apreciación. Un repentino, indefinido y sin embargo hondo malestar se estaba apoderando de mí.
La mejor actuación de la tarde la realizó Guadalupe Morales. Primero con el capote, envolviendo, burlando, mareando al morlaco, con bellísimos remolinos de paño rojo y viento ondulante, volatinero. Los espectadores, volcados con ella, nos rompíamos las manos aplaudiéndola, y enronquecían nuestras gargantas coreando su nombre y rematando el entusiasmo con enardecidos olés.
Y si ella lo hizo genial con el capote, en su faena con la muleta alcanzó la perfección. Burló al impetuoso animal una y otra vez realizando extraordinarias, sublimes figuras de ballet que enloquecieron de entusiasmo al respetable, cuyos maravillados ojos absorbían hasta el menor de sus movimientos. El triunfo de Guadalupe Morales se preveía apoteósico.
Llegó la hora de la verdad. Esa hora en que el diestro con un cuerno de acero se enfrenta a vida o muerte con los dos cuernos del astado.
Guadalupe Morales se llevó el toro al centro del ruedo para que todo el público pudiera presenciarlo bien, pudiera disfrutar el remate de su genial faena.
Se hizo un silencio absoluto. Todos los presentes contuvimos la respiración y dejamos de parpadear para no perdernos detalle. Guadalupe Morales no tardó en tener el toro posesionado como ella quería: con las pezuñas delanteras juntas y cuadradas con respecto a las patas traseras, y la cabeza humillada.
En el último instante sacrificial es cuando más igualados están la bestia y el diestro, pues éste deja de ver hacia dónde se dirigen los cuernos del toro. La suerte escogida por ella fue a volapié y recibiendo. Con la muleta enrollada en su mano izquierda, el otro brazo en alto, extendido y armado con la espada citó al toro al mismo tiempo que se adelantaba un paso. Fiera y matadora se juntaron y lograron su objetivo. Ella clavó hasta lo más hondo de las agujas del animal su estoque, y la fiera salvaje su cuerno derecho en el delicado pecho femenino.
La plaza entera soltó un ensordecedor, gemebundo alarido de dolor, que apagó el grito de la joven. Dos peones se la llevaron con la mayor rapidez posible hacia la enfermería. Del seno izquierdo de Guadalupe Morales salía ya la sangre a borbotones. Durante un par de minutos se mantuvo en la plaza un silencio total, estremecedor, dramático, trágico. Ni respirar se escuchaba. En los ojos de todos podía verse reflejado el más profundo, doloroso horror.
Después, poco a poco se fue formando un oleaje de voces pesarosas, patéticas, desdichadas.
Mi vecino de asiento y yo, nos miramos. Ambos con las lágrimas asomadas a los ojos y realizando titánicos esfuerzos por mantenerlas presas.
Yo me marché sin decir nada, muy consternado, igual que otro buen número de espectadores que buscó las salidas. Ríos de llanto rodaban por mis curtidas mejillas. Estaba pensando en mi madre y mis hermanas.
Jamás he vuelto a pisar una plaza de toros.

ELLA DORMÍA SIN PIJAMA (RELATO)

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Hace unos meses me hallaba en el aeropuerto de Barajas esperando un vuelo que me llevaría a Roma. Estaba invitado, por unos buenos amigos que viven allí, en la Ciiudad Santa, a pasar las entrañables fiestas navideñas en su compañía. De pronto alguien pronunció mi nombre.
Me volví, sorprendido, en la dirección que había sonado la voz y, a pesar de los muchos años transcurridos desde la última vez que nos habíamos visto, reconocí al que me había llamado y venía a paso ligero hacia mí con una sonrisa de oreja a oreja.
—Joer, Abelardo, llevábamos por lo menos un siglo sin vernos —le saludé mostrando parecida alegría a la que expresaba él.
Nos dimos un recio abrazo acompañado de afectuosas palmaditas en la espalda. Una eternidad atrás Abelardo y yo habíamos mantenido una estrecha y sincera amistad. Luego él se vino a Madrid y perdimos todo contacto.
Abelardo me preguntó inmediatamente qué hacía yo en este afamado, enorme aeropuerto madrileño. Los dos nos mirábamos a los ojos con afectuosa atención, buscando ese brillo tierno, fraternal que una vez compartimos.
Le expliqué a dónde iba y que seguía trabajando de traductor y además, a ratos perdidos, escribía alguna que otra novela cumpliendo con ello esa poderosa pasión que arrastraba desde mi niñez.
—¿Y tienes éxito? —con un brillo en su mirada en la que se mezclaban, a partes iguales, la ilusión y la admiración.
—Bueno, no puedo quejarme; para comprar estas fiestas una caja de polvorones y dos barras de turrón me llegará —respondí entre modesto y sincero.
Él me contó entonces que llevaba ocho años trabajando en Barajas, en la sección de control de equipajes y justo acababa de terminar su turno.
—No puedo quejarme, amigo mío. Otros se las ven canutas para poder llegar a final de mes, y yo también —demostrando forzado buen humor y heroica resignación—. ¿Tienes tiempo para que nos tomemos un café?
—Lo tengo, mi avión no saldrá hasta dentro de hora y media —le informé tras consultar mi reloj de pulsera.
Nos dirigimos ambos al bar, hermanando los pasos y rozándonos amistosamente los codos. Adquirimos dos cafés con leche y ocupamos una mesa vacía. El hecho de dedicarme parcialmente a escribir me ha convertido en una persona curiosa y bastante indiscreta. Sin embargo, él se me adelantó preguntando:
—¿Te casaste, Jaime?
Mi condición de modesto escritor me inclina siempre a obtener de los demás la máxima información y procurarles la mínima sobre mi persona.
—Yo sigo soltero como mi padre —repliqué con vaguedad—. Y tú ¿te casaste?
—Sí —empleando él un tono que interpreté como mohíno.
—Recuerdo que siempre decías que no ibas a casarte nunca —dije sacando esta frase del archivo de la memoria—. Que como se vive bien es estando soltero.
—Ya, pero uno dice tantas cosas cuando es muy joven. Luego, la vida manda —lúgubre ahora.
—¿Tienes hijos?
—Tres, y menuda ruina lleno encima —exasperándose abiertamente.
—Recuerdo que solías decirme que no ibas a traer hijos a este contaminado, podrido, inmoral mundo.
—Ciertamente lo decía —admitió manifiestamente amargado—. Pero verás, la culpa de que tenga ya tres hijos es de mi mujer —pasándose, nervioso, una mano por el pelo, ya más gris que negro en las sienes.
—¿Por qué tiene la culpa tu mujer de que tengáis tres hijos? —despertado al máximo mi interés
—Porque ella duerme sin pijama —trató de justificar él.
—Pues dile que se ponga uno.
—No quiere. Le molesta llevar ropa en la cama, dice.
—Pues si no quieres tener más hijos dile a tu señora que tome la famosa píldora.
—Tampoco quiere porque la engorda —cada vez más indignado.
—Pues usa tú profilácticos.
—Ella no me deja. Dice que la hacen daño.
—Pues hazte una vasectomía —empeñado yo en ayudarle.
—No quiero yo, porque sé de alguno que se la ha hecho y ha quedado impotente. Dame un buen consejo, Jaime, tú siempre has sido muy inteligente, sensato y bien predispuesto a ayudar a los amigos.
Me lo quedé mirando apurado, sintiendo hacia él sincera lástima y, finalmente le dije lo único práctico que se me ocurrió:
—Pues la verdad es que, Alberto, el problema que tenéis tu mujer y tú es gordí-simo y a mí, lo único que se me ocurre en este momento es aconsejarte que si ella sigue empeñada en dormir sin pijama, te busques otro empleo además del que ya tienes, porque volverás a ser padre más veces y necesitaréis ingresos extra para cuidarlos y educarlos.
En el avión a Roma no me abandonó la sonrisa que me procuraba la conversación sostenida con mi antiguo amigo, sonrisa que debió ser tan maliciosa y divertida que una de las bonitas azafatas que me atendió, me entregó, risueña, prometedora la mirada, su tarjeta para que la llamara si me aburría durante mi estancia en la Ciudad Santa.

LAS SABIDURÍAS DE MI ABUELO SILVINO


—Esta noche voy a cazar un grillo ahí en los jardines de la placita, Andrés.

—¿Y para qué quieres tú un grillo, abuelo?

—Le haré una jaulita, lo colocaremos ahí en el balcón, y nos servirá de termómetro.

—Pero qué dices, abuelo, ¿has perdido la chaveta? —manifesté dirigiéndole una mirada guasona.

—Sin faltar, niño, que la ignorancia no es ningún mérito —me advirtió, severo—. Para que lo sepas, los grillos sirven para conocer gracias a sus vocecitas* la temperatura que hace.

Solté una carcajada, convencido de que este adorable anciano que, tanta paciencia y ternura derrochó sobre mi insignificante persona, estaba de broma.

—¿Qué ocurre, abuelo? ¿Qué tú le preguntas a un grillo la temperatura que hace, y el grillo de contesta con unos cricrí que tú entiendes?

El desaprobó mi incredulidad, con un grave movimiento de cabeza.

—¡Ay, nieto, que tú no tienes más conocimientos que los que sacas de los libros! —lamentó—. Escucha, niño, que te estoy hablando muy en serio. Tengo comprobado que partiendo de la base de que setenta chirridos de grillo por minuto equivalen a quince grados de temperatura, pues a cada siete chirridos más se añade un grado y, a cada quince menos, se quita uno. ¿Te ha quedado claro?

—¿Y eso funciona, abuelo? —incrédulo y desconcertado.

—¡Es infalible!

—¿Y tú cómo sabes tanto de grillos, abuelo?

—Porque de chico me gustaron muchísimo los bichos. No tenía ni tres años cuando cogí una serpiente, cerca de casa, y corrí hacia mi madre que se encontraba lavando ropa en el fregadero que teníamos en el patio, gritándole que había encontrado un palo que se movía. A la pobre casi la dio un infarto.

—Y a cualquiera no.

Quizás porque ya desde mi desorientada infancia las matemáticas nunca se me dieron bien, lo cierto es que nunca conseguí medir la temperatura por el sistema infalible de mi abuelo. Aunque también pudiera ser porque el ruidito ese machacón que ejecutan los grillos me ha atacado siempre los nervios y, cuando estoy nervioso, se me da mal contar.

Quizás mi abuelo ignoraba —igual que yo por aquel entonces—, que estos insectos no tienen vocecita, sino que el ruido característico suyo lo produce el macho al frotar el relieve acanalado que tiene en la parte inferior de una de sus alas delanteras contra el borde afilado de la otra.

Añado a todo lo anterior, que yo amaba muchísimo a mi abuelo Silvino y que le seguiré echando de menos mientras yo viva, que es lo que la gente de bien hacemos con las personas que hemos amado.

 

 

EL MISTERIO COLETTE (relato)

 

 

 

 

 

 

 

 

(Copyright Andrés Fornells)

París es reconocida en el mundo entero como la ciudad de los artistas y del amor. A mí me tenía poderosamente fascinado mucho tiempo antes de poder visitarla. Por este motivo, cuando por medio de mi tío Alberto, que poseía un pequeño restaurante en la zona de Pigalle, me surgió la posibilidad de ocupar una plaza vacante de profesor de español en una academia de idiomas, la acepté sin siquiera negociar la cuantía de mi salario.
Llevaba un par de semanas viviendo en la capital de Francia cuando, en una fiesta organizada por una multinacional de la comunicación, conocí a Colette. Colette contaba con ese chic que hace irresistibles a un gran número de mujeres parisinas. No era una gran belleza, pero los rasgos exóticos de su rostro y su escultural figura la hacían irresistiblemente atractiva. Surgió una poderosa atracción entre nosotros dos a partir del momento en que ella, para librarse de un pretendiente suyo, pesadísimo (de insupportable lo calificó ella),  me pidió antes de que llegase junto a nosotros:
—Bésame y me ayudarás a librarme de un tipo que me mata de asco y no veo el modo de desengañarlo.
Nunca me he negado a ayudar a una dama en apuros, y en esta ocasión muchísimo menos. Inmediatamente, Colette y yo nos abrazos y nuestras bocas se unieron en un beso incendiario, devastador, en el que nos sentimos ambos tan a gusto, que lo hicimos durar un par de minutos largos. Cuando nos separamos, su pretendiente, rojo de humillación, se hallaba parado a muy corta distancia de nosotros. Ella muy decidida, le dirigió la palabra con gran naturalidad:
—Hola, Jean Pierre. Permite que te presente a mi prometido…
Aquel individuo la dirigió una mirada de reconcentrado odio y replicó furibundo, odioso:
—¡Putain!
Y a continuación se alejó tan rápido como si le hubiesen insuflado gasolina en el mismo centro de sus posaderas. Colette y yo nos reímos. Y ya no nos separamos en toda la velada. Nos encontrábamos tan bien juntos, riéndonos, besándonos de vez en cuando (y ya no para espantar a admiradores, sino porque lo gozábamos plenamente). Total, que aquella noche la pasamos en la boardilla que yo tenía alquilada. Y disfrutamos tanto nuestra experiencia de unión corporal, que al día siguiente ella abandonó la pensión de mala muerte donde se alojaba y se vino a vivir conmigo.
Colette no contaba con un empleo fijo. Era bailarina y actuaba esporádicamente en programas de televisión y también en pequeños spots publicitarios.
Los dos nos entendíamos de maravilla y nos convertirnos en una pareja de inseparables enamorados. Como yo tenía una colocación y un sueldo estable, corría con todos los gastos del arrendamiento y de nuestra manutención. Yo lo aceptaba encantado, convencido de que, de haberse dado el caso contrario, Colette habría hecho lo mismo por mí.
Una noche nos hallábamos cenando en un bistró que frecuentábamos. Conversábamos animadamente, como siempre. Los dos éramos buenos observadores y gozábamos de un excelente buen humor. Nos comimos unos filetes de carne de caballo, alimento favorito de muchos galos y al que comenzaba yo a acostumbrarme, no sin cierta dificultad.
Mientras esperábamos los flanes que habíamos pedido de postre, Colette cogió su bolso y me dijo que iba al servicio a retocarse.
—Me encanta el carmín de tus labios —le confesé en tono jocoso.
—Ya he notado el placer que experimentas quitándomelo —bromeó también. Gocé, siguiéndola con la vista, del sensual, elegante movimiento de sus  curvilíneas caderas. Era tan extraordinariamente sensual. Pasaron varios minutos y Colette no regresaba. Cuando llevaba un cuarto de hora de duración su ausencia, se apoderó de mí la preocupación. Me asaltó la posibilidad de que le hubiese ocurrido algo. Pensé en una caída o un desvanecimiento.
Abandoné la mesa, me acerqué al camarero y le expuse mis temores. El, servicial, me acompañó inmediatamente a los servicios; primero al de señoras y, por si acaso, también al de caballeros, infructuosamente, pues no encontramos rastro alguno de Colette. Aboné la cuenta y, considerando la posibilidad de que, por alguna razón que yo ignoraba, ella hubiese marchado a nuestra vivienda. Caminé rápido hacia la misma, encontrándome con la inquietante realidad de que ella tampoco se hallaba allí.
Viví una noche de gran angustia y desasosiego tratando de figurarme, inútilmente, qué podía haberle sucedido. Aconsejado por mi tío Alberto, me presenté a la mañana siguiente en la comisaría de policía y denuncié su desaparición. Los agentes se mostraron amables, e intentaron tranquilizarme con los argumentos de que la mayoría de personas que desaparecían de repente, volvían a aparecer sin haber sufrido daño alguno.
Colette nunca regresó ni tan siquiera para recoger sus cosas. Su misteriosa desaparición sembró en mi espíritu una gran zozobra y, cada vez que daba algún medio de comunicación la noticia del hallazgo de una mujer muerta en algún descampado o algún bosque, yo vivía el sufrimiento de temer que se tratase de ella. Poco a poco fui asimilando aquel inexplicable, tétrico suceso y normalizando mi existencia.
Transcurrieron cinco meses y una mañana recibí con el correo una postal enviada desde Brasil. No llevaba dirección ninguna y solo unas pocas palabras:
“Hola, mon chou. Perdona que me fuese sin decirte adiós. Resulta que me encontré en los servicios del bistró a un antiguo pretendiente mío. Es millonario. Me propuso irme con él a Río de Janeiro, y acepté. Me molan cantidad las limusinas. Creo que te lo mencioné en más de una ocasión. En fin, lo siento. Lo nuestro fue bonito mientras duró. Cuídate. Colette”.
El tiempo es un buen lenitivo. Y contribuyó a que se me pasara el gran disgusto que Colette me había causado. También me ayudó mucho a conseguirlo, Silvia, otra francesa con mucho chic. Estaba encargada de la dirección de una prestigiosa boutique de lujo de la que pude vestirme con ropa de marcas caras, a precio de saldo. Fue la época de toda mi vida en que vestí con mayor elegancia. Y como soy un tipo conformista y optimista, considero siempre ese dicho tan sabio que todos conocemos: “No hay mal que por bien no venga”.
Si te ha gustado este relato tal vez de guste mi libro sobre el que encontrarás información pulsando este enlace https://www.amazon.es/%C2%BFEst%C3%A1s-sola-esta-noche-Presley-ebook/dp/B01N4WM6LO

DISPUESTOS A DIVORCIARSE (RELATO)

 

 

 

 

 

 

 

 

(Copyright Andrés Fornells)
Almudena y Toni desayunaron en silencio. Se palpaba entre ellos la tensión que les dominaba. Ambos sabían que era la calma que precede a la tempestad a punto de estallar. Con toda intención, los dos terminaron de comer al mismo tiempo y, nada más dejar en lo alto de la encimera la vajilla empleada, comenzó la bronca. Vociferante, Toni acusó a Almudena de malgastar el dinero con el que ambos contribuían al mantenimiento de su hogar, con la compra de un nuevo par de zapatos cuando ya contaba con otros diez pares. Y Almudena, para no ser menos, acusó, a gritos, a Toni, de haberse él comprado un nuevo videojuego cuando debía tener ya más de veinte.
—¡Eres un criticón y un desconsiderado despilfarrador de nuestros ingresos!
—¡Y tú una manirrota y una impulsiva malgastadora! ¡Me tienes harto!
—¡Y tú, a mí, me tienes más harta todavía!
—¡Pues ya sabes lo que podemos hacer!
—¡De acuerdo! ¡Hagámoslo de una maldita vez!
Furiosísimos ambos , ella cogió del perchero su bonita chaquetilla de cuero,  él cogió su anorak y los dos se lanzaron a la calle, donde llamaron la atención de los transeúntes por lo rápido que caminaban.
El abogado especialista en divorcios, tenía su despacho a unos trescientos metros del edificio donde la joven pareja tenía su pequeño y coqueto apartamento.
La secretaria del letrado les recibió con cierta frialdad. A su petición de que querían hacerle una consulta al abogado Joaquín Mariñas, ella les respondió:
—El señor Mariñas está ocupado en este momento. Tengan la bondad de esperar. Les atenderá nada más pueda.
Durante varios minutos el joven matrimonio permaneció callado, el ceño fruncido y con una expresión de encono en sus atractivos rostros.
De pronto, Almudena suspiró. Al escucharla, Tino suspiró a su vez. Siguió un silencio total, luego ambos se giraron hacia el otro y se fijaron en los labios que los dos mantenían entreabiertos. Permanecieron un momento presas sus miradas, después las miradas recorrieron el hermoso cuerpo del otro y Tino fue el primero en abrir la boca para reconocer con voz vibrante de pasión:
—¡Pero qué buena estas, Almudenita!
—¡Pues anda que tú, Tinito!
—¡Uf, como te deseo, mi vida!
—¡No más de lo que te deseo yo a ti!
Él se puso en pie y alargó el brazo. Ella lo alargó también y cuando sus manos se juntaron, ambos echaron a correr hacia la puerta:
—¡Eh! ¿A dónde van? —les gritó la secretaria del abogado Mariñas.
—¡En busca de la gloria! —le respondió a dúo la pareja, riéndose, mirándose como si no existiera en el mundo entero nada mejor a lo que estaban viendo el uno en el otro.
Aprovechando que no había nadie cerca, la secretaria soltó un denuesto soez. Estaban a veintiocho y esta era la tercera vez en el mes que aquel par de locos habían llegado hasta allí con la intención de divorciarse y escapado a toda prisa.