EL MISTERIO COLETTE (relato)

 

 

 

 

 

 

 

 

(Copyright Andrés Fornells)

París es reconocida en el mundo entero como la ciudad de los artistas y del amor. A mí me tenía poderosamente fascinado, mucho tiempo antes de poder visitarla. Por este motivo, cuando por medio de mi tío Alberto, que poseía un pequeño restaurante en la zona de Pigalle, me surgió la posibilidad de ocupar una plaza vacante de profesor de español en una academia de idiomas, la acepté sin siquiera negociar la cuantía de mi salario.
Llevaba un par de semanas viviendo en la capital de Francia cuando, en una fiesta organizada por una multinacional de la comunicación, conocí a Colette. Colette contaba con ese chic que hace irresistibles a un gran número de mujeres parisinas. No era una gran belleza, pero los rasgos exóticos de su rostro y su escultural figura la hacían irresistiblemente atractiva. Surgió una poderosa atracción entre nosotros dos a partir del momento en que ella, para librarse de un pretendiente suyo, pesadísimo (de insupportable lo calificó ella),  me pidió antes de que llegase junto a nosotros:
—Bésame y me ayudarás a librarme de un tipo que me mata de asco.
Nunca me he negado a ayudar a una dame en apuros, y en esta ocasión muchísimo menos. Inmediatamente, Colette y yo nos abrazos y nuestras bocas se unieron en un beso incendiario, devastador, en el que nos sentimos ambos tan a gusto, que lo hicimos durar un par de minutos largos. Cuando nos separamos, su pretendiente, rojo de humillación, se hallaba parado a muy corta distancia de nosotros. Ella muy decidida, le dirigió la palabra con gran naturalidad:
—Hola, Jean Pierre. Permite que te presente a mi prometido…
Aquel individuo la dirigió una mirada de reconcentrado odio y replicó furibundo, odioso:
—¡Putain!
Y a continuación se alejó rápido como si le hubiesen insuflado gasolina en el mismo centro de sus posaderas. Colette y yo nos reímos. Y ya no nos separamos en toda la velada. Nos encontrábamos tan bien juntos, riéndonos, besándonos de vez en cuando (y ya no para espantar a admiradores, sino porque lo gozábamos plenamente). Total, que aquella noche la pasamos en la boardilla que yo tenía alquilada. Y disfrutamos tanto nuestra experiencia de unión corporal, que al día siguiente ella abandonó la pensión de mala muerte donde se alojaba y se vino a vivir conmigo.
Colette no contaba con un empleo fijo. Era bailarina y actuaba esporádicamente en programas de televisión y también en pequeños spots publicitarios.
Nos entendíamos de maravilla los dos y no tardamos en convertirnos en una pareja de inseparables enamorados. Como yo tenía una colocación y un sueldo estable, corría con todos los gastos del arrendamiento y de nuestra manutención. Yo lo aceptaba encantado, convencido de que, de haberse dado el caso contrario, Colette habría hecho lo mismo por mí.
Una noche nos hallábamos cenando en un bistró que frecuentábamos. Conversábamos animadamente, como siempre. Los dos éramos buenos observadores y gozábamos de un excelente buen humor. Nos comimos unos filetes de carne de caballo, alimento favorito de muchos galos y al que comenzaba yo a acostumbrarme, no sin cierta dificultad.
Mientras esperábamos los flanes que habíamos pedido de postre, Colette cogió su bolso y me dijo que iba al servicio.
—Me encanta el carmín de tus labios —le confesé en tono jocoso.
—Ya he notado el placer que experimentas quitándomelo —bromeó también. Gocé siguiéndola con la vista del sensual, elegante movimiento de sus de sus curvilíneas caderas. Era tan extraordinariamente sensual. Pasaron varios minutos y Colette no regresaba. Cuando llevaba un cuarto de hora de duración su ausencia, se apoderó de mí la preocupación. Me asaltó la posibilidad de que le hubiese ocurrido algo. Pensé en una caída o un desvanecimiento.
Abandoné la mesa, me acerqué al camarero y le expuse mis temores. El, servicial, me acompañó inmediatamente a los servicios; primero al de señoras y, por si acaso, también al de caballeros, infructuosamente, pues no encontramos rastro alguno de Colette. Aboné la cuenta y, considerando la posibilidad de que, por alguna razón que yo ignoraba, ella hubiese marchado a nuestra vivienda. Caminé rápido hacia la misma, encontrándome con la inquietante realidad de que ella tampoco se hallaba allí.
Viví una noche de gran angustia y desasosiego tratando de figurarme, inútilmente, qué podía haberle sucedido. Aconsejado por mi tío Alberto, me presenté a la mañana siguiente en la comisaría de policía y denuncié su desaparición. Los agentes se mostraron amables, e intentaron tranquilizarme con los argumentos de que la mayoría de personas que desaparecían de repente, volvían a aparecer sin haber sufrido daño alguno.
Colette nunca regresó ni tan siquiera para recoger sus cosas. Su misteriosa desaparición sembró en mi espíritu una gran zozobra y, cada vez que daba algún medio de comunicación la noticia del hallazgo de una mujer muerta en algún descampado o algún bosque, yo vivía el sufrimiento de que se tratase de ella. Poco a poco fui asimilando aquel inexplicable, tétrico suceso y normalizando mi existencia.
Transcurrieron cinco meses y una mañana recibí con el correo una postal enviada desde Brasil. No llevaba dirección ninguna y solo unas pocas palabras:
“Hola, mon chou. Perdona que me fuese sin decirte adiós. Resulta que me encontré en los servicios del bistró a un antiguo pretendiente mío. Es millonario. Me propuso irme con él a Río de Janeiro, y acepté. Me molan cantidad las limusinas. Creo que te lo mencioné en más de una ocasión. En fin, lo siento. Lo nuestro fue bonito mientras duró. Cuídate. Colette”.
El tiempo es un buen lenitivo. Y contribuyó a que se me pasara el gran disgusto que Colette me había causado. También me ayudó mucho a conseguirlo, Silvia, otra francesa con mucho chic. Estaba encargada de la dirección de una prestigiosa boutique de lujo de la que pude vestirme con ropa de marcas caras, a precio de saldo. Fue la época de toda mi vida en que vestí con mayor elegancia. Y como soy un tipo conformista y optimista, considero siempre ese dicho tan sabio que todos conocemos: “No hay mal que por bien no venga”.
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DISPUESTOS A DIVORCIARSE (RELATO)

 

 

 

 

 

 

 

 

(Copyright Andrés Fornells)
Almudena y Toni desayunaron en silencio. Se palpaba entre ellos la tensión que les dominaba. Ambos sabían que era la calma que precede a la tempestad a punto de estallar. Con toda intención, los dos terminaron de comer al mismo tiempo y, nada más dejar en lo alto de la encimera la vajilla empleada, comenzó la bronca. Vociferante, Toni acusó a Almudena de malgastar el dinero con el que ambos contribuían al mantenimiento de su hogar, con la compra de un nuevo par de zapatos cuando ya contaba con otros diez pares. Y Almudena, para no ser menos, acusó, a gritos, a Toni, de haberse él comprado un nuevo videojuego cuando debía tener ya más de veinte.
—¡Eres un criticón y un desconsiderado despilfarrador de nuestros ingresos!
—¡Y tú una manirrota y una impulsiva malgastadora! ¡Me tienes harto!
—¡Y tú, a mí, me tienes más harta todavía!
—¡Pues ya sabes lo que podemos hacer!
—¡De acuerdo! ¡Hagámoslo de una maldita vez!
Furiosísimos ambos , ella cogió del perchero su bonita chaquetilla de cuero,  él cogió su anorak y los dos se lanzaron a la calle, donde llamaron la atención de los transeúntes por lo rápido que caminaban.
El abogado especialista en divorcios, tenía su despacho a unos trescientos metros del edificio donde la joven pareja tenía su pequeño y coqueto apartamento.
La secretaria del letrado les recibió con cierta frialdad. A su petición de que querían hacerle una consulta al abogado Joaquín Mariñas, ella les respondió:
—El señor Mariñas está ocupado en este momento. Tengan la bondad de esperar. Les atenderá nada más pueda.
Durante varios minutos el joven matrimonio permaneció callado, el ceño fruncido y con una expresión de encono en sus atractivos rostros.
De pronto, Almudena suspiró. Al escucharla, Tino suspiró a su vez. Siguió un silencio total, luego ambos se giraron hacia el otro y se fijaron en los labios que los dos mantenían entreabiertos. Permanecieron un momento presas sus miradas, después las miradas recorrieron el hermoso cuerpo del otro y Tino fue el primero en abrir la boca para reconocer con voz vibrante de pasión:
—¡Pero qué buena estas, Almudenita!
—¡Pues anda que tú, Tinito!
—¡Uf, como te deseo, mi vida!
—¡No más de lo que te deseo yo a ti!
Él se puso en pie y alargó el brazo. Ella lo alargó también y cuando sus manos se juntaron, ambos echaron a correr hacia la puerta:
—¡Eh! ¿A dónde van? —les gritó la secretaria del abogado Mariñas.
—¡En busca de la gloria! —le respondió a dúo la pareja, riéndose, mirándose como si no existiera en el mundo entero nada mejor a lo que estaban viendo el uno en el otro.
Aprovechando que no había nadie cerca, la secretaria soltó un denuesto soez. Estaban a veintiocho y esta era la tercera vez en el mes que aquel par de locos habían llegado hasta allí con la intención de divorciarse y escapado a toda prisa.

ODIABA LAS VACACIONES (RELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
Varios hombres ociosos, apuntalados en la barra de un bar de barrio bebiendo cerveza fresca, sacaron a colación el tema de las vacaciones y contaron algunas anécdotas que tenían que ver con este popular, multitudinario, lúdico asunto veraniego.
Uno contó que reservado un viaje en avión a la mítica India, llegados él y su mujer al aeropuerto se dieron cuenta de que habían olvidado en su casa los pasa-portes que les eran imprescindibles para viajar al país que pretendían visitar, y no pudieron coger otro avión con el mismo destino hasta el día siguiente.
Otro contó que yendo al aeropuerto estrelló su coche contra un árbol, afortunadamente no se hizo ninguna herida importante, pero perdió el avión y los desperfectos hechos al automóvil le habían costado una fortuna.
Otro contó que llegado a su destino, Buenos Aires, se encontró con la des-agradable sorpresa de que le habían perdido la maleta y le tuvieron dos días sin ella y se vio obligado a comprar prendas de vestir que de no haberle extraviado el equipaje, no habría necesitado. Luego la compañía aérea no quiso hacerse cargo del gasto al que lo habían obligado con su fallo.
Finalmente hubo uno de los contertulios que afirmó tajante:
—Yo odio las vacaciones con toda mi alma. Estoy seguro de que fue un invento del cabrón del demonio.
Todos los presentes le miraron con sorpresa, y un par de ellos le pidieron explicara el porqué de su contundente afirmación.
—Odio las vacaciones porque significan para mí el mayor sufrimiento que padezco a lo largo de cada año.
—Explícate, hombre; explícate —le exigieron.
—Me explicó. Os cuento cómo fueron las vacaciones mías del año pasado. Empezaré diciendo (para los que no lo sabéis) que vivimos en el mismo piso, mi mujer, mi hija, mi hijo y mi suegra. Semanas antes de la fecha de partida reservamos dos habitaciones en una modesta pensión de la Costa Blanca. Durante semanas hasta el día de partida tuve que escuchar a todas horas lo que todos los miembros de mi familia pensaban hacer durante ese tan anhelado periodo vacacional. Planes y más planes. Diversiones y placeres. ¡Guay y más guay! Y por fin llegó la fecha de partida. Del lugar escogido para nuestras vacaciones nos separaba una distancia de seiscientos kilómetros, distancia que recorreríamos en nuestro coche utilitario, pues habíamos calculado que por este medio de transporte nos saldría mucho más barato que yendo en autocar o en tren. El trajín comenzó nada más despertarnos por la mañana del día que debíamos partir. Desayuno y a conti-nuación preparar las maletas. Todos queriendo meter dentro de ellas infinitamente más de lo que les cabía. Al final reunimos cinco maletas que pesaban como demonios y otras tantas bolsas de mano que, en peso y volumen, no le iban mucho a la zaga. Reunimos todo esto en el salón añadiendo el gato de mi hija, el perro de mi hijo que es un pastor alemán grande como un caballo, la pecera de mi suegra que mide 40 x 20 centímetros y la jaula con tres periquitos que no mide mucho menos. Dos maletas cupieron en el maletero junto con la jaula y la pecera. Y otras tres maletas, las más grandes y pesadas en lo alta de la baca. Tuve una discusión de muerte con mi suegra porque quería que nos lleváramos también su silla de ruedas (adquirida por casi nada en una subasta) para poder ella desplazarse más cómodamente cuando sus viejas piernas se cansaran. Al final la silla se quedó en casa, luego de llamarme la airada madre de mi mujer lo que no está escrito. Por fin lo tuvimos todo acomodado. Las ruedas del vehículo, debido al abusivo peso con que lo habíamos cargado casi rozaba el suelo con las llantas a pesar de haber-las hinchado yo al máximo el día anterior. El asiento de atrás lo ocuparon mi mujer, nuestros dos hijos, el perro y el gato, todos ellos apretados como sardinas en lata, y mi suegra delante, a mi lado dándome con el codo en las costillas cada vez que despegaba los codos hacia los lados, ejercicio cabrón que realizaba cada pocos segundos alegando que se le entumecían los hombros. Lo que yo me temía, por obligar al automóvil a llevar tan exagerada carga ocurrió cuando llevábamos re-corridos unos doscientos kilómetros: ¡pincharon a la vez las dos ruedas traseras! Puse la de recambió y otra que me vi obligado a comprar. Todo esto tuve que hacerlo solito, sudando a mares, mientras dentro del coche los demás miembros de mi familia disfrutaban, con el motor en marcha, de aire acondicionado, escuchaban música, leían y contaban chistes con los que se mondaban de risa. Cuando terminé, en vez de alabanzas recibí críticas porque los miembros de mi familia consideraron que soy muy torpe, tardé muchísimo en cambiar las ruedas pincha-das y los forcé a permanecer más de una hora aburridos. Medio deshidratado, pedí agua y resultó que se la habían bebido toda. Finalmente llegamos, a media tarde, a la pensión donde teníamos alquilado hospedaje. En la pensión nos tocó una habitación en la cuarta planta. Otra mala noticia para mí, el ascensor se había averiado y los botones que solían encargarse de llevar los equipajes a las habitaciones de los clientes se habían declarado en huelga. Como las maletas eran demasiado pesadas para las débiles fuerzas de los miembros de mi familia, tuve que subirlas yo por la escalera terminando esta pesadísima tarea más muerto que vivo, y maldiciendo las vacaciones y el cabrón de mierda que las inventó. Por la no-che tuve que dormir con el perro de mi hijo porque (Dios sabrá porqué maldita razón, el animal se había encariñado conmigo). El gato que ha nacido para incordiarle se instaló en el alfeizar de la ventana de mi cuarto y me mantuvo toda la noche en vela el perro ladrándole. Al día siguiente se le murió un periquito a mi inconsolable suegra que llorado como una magdalena me culpó de ello por los bruscos frenazos que durante el viaje en coche hice al llegar a cada curva. Todos los miembros de mi familia le dieron la razón sin atender a mi explicación que con todo el peso que llevaba el vehículo éste se me iba fuera de control en las curvas. Al mediodía fuimos a comer a un restaurante, sufrí una intoxicación (sólo yo, ¿eh?) y estuve tres días sin poder abandonar mi cuarto porque a cada momento yo me salía por el trasero y no me convenía estar lejos de un cuarto de baño.
Al llegar aquí el hombre rompió a llorar amargamente. Ninguno de sus oyen-tes tuvo tan mal corazón como para pedirle que terminara de contar las desdichas que seguramente todavía le quedaban en el tintero, al pobre desgraciado y todos le dedicaron palabras de consuelo y lo invitaron a beber más cervezas.
A continuación dejaron de hablar de las vacaciones y hablaron de los temas más comunes: de la climatología, del fútbol y de lo mal que lo hacía el gobierno de turno.

MANCHAS DE CARMÍN EN EL CUELLO DE UNA CAMISA (RELATO)

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Elena Ruiz se dejó influir notablemente por los números a lo largo de su joven existencia. Contaba los pasos que había de su casa a todos los lugares a los que iba andando. Hasta el banco, la panadería, la oficina donde trabajaba, la estación de autobuses cuando iba a visitar a su madre que vivía en una población cercana, etc.
Aquel martes había terminado su jornada laboral a las ocho de la noche. Su marido terminaba la suya una hora más tarde. Formaba parte de la dirección de una pequeña empresa farmacéutica y se veía obligado a viajar frecuentemente a distintas ciudades del país.
Elena se quitó el abrigo, lo colgó de la percha que tenían en el pequeño recibidor del piso que habitaban y fue directo al cuartito donde tenía la lavadora y el contenedor de la ropa sucia. Había prendas de los dos, pero ella se preocupó únicamente de las ropas pertenecientes a su marido. Examinó la camisa suya que allí había y descubrió en el cuello unas huellas apenas perceptibles de carmín. Acercó su nariz y concentro su olfato al máximo sacando la conclusión de que el pintalabios pertenecía a una mujer distinta a las manchas anteriores. Sacó inmediatamente la conclusión de que su marido tenía una amante nueva. No se indignó. La época en que le ocurría esto la había superado ya. La superó a partir del momento en que había decidido que le convenía más vengarse que destrozar su matrimonio que, en otras muchas facetas, funcionaba muy bien. En especial en lo económico, pues a la buena marcha de su hogar su marido contribuía con un sueldo mayor que el de ella.
Lloró 13 lágrimas, que era la cifra exacta que le concedía al dolor de la traición y le dio un repaso a los hombres que trabajaban con ella en la misma empresa. Eran veintitrés. De ellos, ocho la miraban con lujuria. Con cinco de estos compañeros de la empresa se había acostado ya, sumando la misma cantidad de camisas manchadas de carmín que le había descubierto a su marido. Elena sonrió maliciosamente y dijo para complacerse los oídos:
—Cuando me lo haya hecho con los otros tres empezaré por el primero. Después de todo mi marido también repite.
A las nueve y cuarto llegó su esposo. Elena contó seis segundos antes de saludarlo y otros cuatro antes de rozarse los labios con él, en un gesto rutinario y sin pasión, una reacción habitual en los matrimonios de larga duración. La devastadora pasión es una llama con fecha de caducidad, su madre, que también le era infiel a su padre, se lo había comentado cada vez que, al principio, ella le contaba las dolorosas traiciones de su marido.

TENÍA UN AMANTE SECRETO (RELATO)

PAREJA EN LA CAMA

 

 

 

 

(Copyright Andrés Fornells)

Una pareja se amaba en secreto a espaldas del marido. Ella se llamaba Lucrecia, él Sebastián, y Roque, era el nombre de la víctima de su adulterio.
Un día en que Roque debía haber salido de viaje, cuando se hallaba en la estación a punto de subirse al AVE, su jefe le llamó al móvil comunicándole que pospusiera el viaje. Se había muerto el padre del cliente que se disponía visitar y, había acordado con el susodicho cliente, un encuentro entre ambos para el día siguiente.
—Así que puedes irte a casa con tu mujercita. Ella se alegrará de verte.
—Muy cierto. Me la llevaré de paseo, a tomar un vermú y a comer en cualquier tasca. Gracias, jefe por el día libre. Es usted la mejor persona del universo entero.
—Recuérdalo todo el tiempo y nunca más me pidas aumento de sueldo. ¡Ja, ja, ja!
Cortaron la comunicación riéndose. Los diez minutos de recorrido hasta su hogar, Roque se los pasó silbando alegremente. Su mujer estaría encantada con esta inesperada sorpresa que iba a darle.
Cuando Roque entró en su casa, sonriente y muy animado, escuchó voces, lo cual le extraño bastante, porque una voz pertenecía a su mujer, la otra voz a un hombre y ambas provenían del dormitorio.
Imaginándose de repente lo que esto podía significar, sintió que la sangre que corría por sus venas entraba en estado de ebullición. Lucrecia y él no llevaban ni medio años casados y su mujer, aprovechando su ausencia le estaba metiendo cuernos. ¡Aquello merecía un buen escarmiento! ¡A él no le ponía cuernos nadie, sin recibir un duro castigo por ello! ¡Él era muy macho!
Roque fue hasta la cocina, cogió del cajón de los cubiertos un cuchillo de enormes dimensiones y empuñándolo con mano firme, rugiente de furia se dirigió al cuarto donde sonaban unas risitas cómplices, gozosas. Abrió la puerta y rojo de irá gritó:
—¡Habéis manchado mi honor y voy a degollaros a los dos!
Lucrecia soltó un estridente grito de terror y se cubrió cuerpo y cara con la sábana. Pálido como un muerto, Sebastián, ocultando su hombría con sus dos trémulas manos, suplicó:
—Por favor no pierdas la cabeza, hombre. No arruines tu vida y la nuestra. Tu mujer y yo nos amamos. No hemos podido evitar, a pesar de que lo intentamos con todas nuestras fuerzas, que surgiera entre los dos este amor irresistible, invencible. Y queremos suplicarte que te hagas cargo de ello y nos permitas vivir juntos de ahora en adelante.
—¡De eso nada! Queréis para vosotros un final feliz y para mí la más absoluta desdicha. Vivir solo, sin mujer, con un sueldo de mierda y debiendo un montón de letras por este piso en el que me empeñé para que Lucrecia y yo tuviésemos nuestro nidito de amor. ¡Prefiero degollaros a los dos! ¡A ti por seductor y a ella por traidora!
Amenazador a más no poder, Roque dio dos pasos blandiendo el cuchillo enorme, al que un rayo de sol, colándose por la ventana, arrancó un destello siniestro.
—Por favor, recapacita, hombre. Te compensaré en parte por la pérdida de Lucrecia. Me haré cargo de esas letras que debes.
El cónyuge burlado quedó un momento pensativo, impresionado por la generosa oferta que acababa de recibir.
—¿A cambio de qué pagarías tú las letras? —pidió le aclarase.
—A cambio de que nos permitas, a tu mujer y a mí, que seamos felices viviendo juntos, lejos de ti.
Lucrecia apartó la sábana de su cara y mirando con ojos horrorizados al traicionado por ella, suplicó a su vez:
—Por favor, Roque, atiende nuestros ruegos. Siempre me has demostrado que posees un gran corazón y que eres una persona comprensiva. Tal como Sebastián te ha dicho: el amor ha surgido entre nosotros sin pretenderlo nosotros, de un modo inevitable, irremediable e invencible. Apiádate de nosotros. Todos tenemos derecho a la felicidad, y Sebastián y yo somos muy felices cuando estamos juntos.
—Vuestra felicidad significa la desdicha mía —le recordó Roque.
—Te repondrás. Olvidarás. Los disgustos no matan. Los disgustos nos fortalecen. La vida premiará tu buen corazón, si lo demuestras con nosotros.
Roque dejó caer los brazos en un signo de dolorosa rendición y, tras pensarlo durante unos momentos en los que su rostro reflejó deseos de violencia y finalmente de resignada rendición, dijo:
—Sal de aquí cagando leches, ¡adultero! antes de que me arrepienta de no haberte descuartizado y, cuando regreses delante de mí trae todas las letras de este piso pagadas. Solo entonces podrás llevarte (a mala hora) a mi infiel mujer, aunque yo quede condenado a ser desdichado el resto de mi vida y llore lágrimas de sangre por su pérdida.
Sebastián se vistió rápido y temblando todo el tiempo se encaminó con pasos vacilantes hacia la puerta, seguido de cerca por el todavía armado Roque.
—Por favor serénate y no le hagas nada a Lucrecia —suplicó el amante, temiendo por la seguridad de ella.
—Tú date prisa en cumplir el compromiso que acabas de contraer conmigo y dejaré que te la lleves, aunque me dejéis destrozado el corazón —Roque mostrando abatimiento, rabia y desesperación.
Cuando un par de días más tarde Sebastián le entregó a Roque todas las letras del piso pagadas, Lucrecia que lo estaba aguardando con las maletas preparadas, se fue inmediatamente con él.
Tanto ella como Sebastián, cuando se vieron seguros dentro del coche, respiraron aliviados.
—Estamos a salvo, amor. Podremos ser absolutamente felices de ahora en adelante.
—Sí, me ha salido bastante caro, pero en adelante estaremos libres para amarnos sin ningún temor.
—Y del papeleo del divorcio que se cuide tu abogado, cariño.
—Se ocupará. Dame un beso para ir haciendo boca antes de irnos directamente a mi casa —pidió él.
Se besaron apasionadamente, y después él arrancó el vehículo manteniendo una mano encima del muslo de ella, mientras la mano de Lucrecia se mostraba más atrevida con cierta parte muy sensible del cuerpo de él. Por fin podría amarse libremente sin pasar miedo alguno a ser descubiertos por el violento marido de ella.
Roque les vio alejarse desde la ventana que daba a la calle y, cuando apreció que el coche en el que iban se pedía entre los otros vehículos que circulaban por la calle, marcó un número de teléfono y, cuando recibió respuesta su llamada dijo en tono entre tierno y jocoso:
—Ya puedes venir a mi casa, preciosa, me he librado del amante de mi mujer, de ella y de esa torturadora deuda que tenía pendiente.
Se escuchó un escandaloso grito de júbilo desde el otro móvil y una promesa:
—Prepara las copas que traeré una botella de cava. ¡Esto hay que celebrarlo a lo grande, cariño!
—Sí, y mientras, yo preparo la cama de limpio. Compré esta mañana un juego de sábanas nuevo de muy buena calidad. Vamos a empezar bien este nuevo periodo de nuestra vida, bombón.

LOS HOMBRES YA NO GALANTEAN A LAS DAMAS COMO ANTES (MICRORRELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

Una actriz que por sus muchos años estaba a punto de jubilarse era muy querida por las actrices jóvenes de la compañía teatral y, terminada la función, les gustaba llevarla con ellas y tener un rato de charla. Una de aquellas noches en que estaban reunidas en una cafetería, una de las jovencitas que la acompañaba, preguntó a la veterana actriz qué diferencia encontraba ella existía entre los hombres actuales y los hombres de su época.
La mujer esbozó una nostálgica sonrisa, movió la cabeza a un lado y otro como si quisiera con este gesto recuperar recuerdos del fondo de su memoria y la sorprendió, a ella y a las otras chicas que la rodeaban diciendo:
—Los hombres de ahora no quieren a las mujeres como las querían los hombres de antes.
—Significa eso que los hombres de ahora nos quieren menos a las mujeres? —le preguntaron varias voces.
—La gran mayoría de los hombres actuales solo quieren usaros, llevaros a la cama, no saben amaros con el corazón, os aman con otro órgano diferente. Lo que sienten por vosotros es exclusivamente físico, no espiritual.
—Los hombres y las mujeres se han acostado siempre juntos —argumentó una de las chicas, creyendo haber dicho algo apabullante.
—Claro que los hombres y las mujeres se han acostado siempre juntos, nena, de lo contrario ninguna de nosotras estaríamos ahora aquí —marcando ironía la dama—. Lo que no conocen los hombres actuales es la galantería. Os pregunto: ¿habéis conocido a un caballero que todas las mañanas os deje una flor sobre la almohada antes de marcharse de vuestro lado? ¿Algún caballero conserva un pañuelo vuestro para oler vuestro perfume y besarlo cuando os tiene lejos? ¿Qué hombre os muestra respeto besando vuestra mano? ¿Qué hombre abre una puerta para que paséis primero? ¿Qué hombre se saca el sombrero para saludaros?
—Es que la mayoría de los hombres actuales no usan sombrero —defendió una de las jovencitas.
—Cierto, nena, los hombres actuales no usan sombrero y tampoco usan buenos modales.
Un hombre mayor que la estuvo escuchando todo el tiempo, salió un momento a la calle, regresó con una rosa roja y se la entregó diciendo:
—Adorable dama, llevo treinta años viéndola actuar y deseando honrarla como la estoy honrando en este momento. Gracias por haberme permitido tantas veces disfrutar de su extraordinario talento interpretativo.
Ella le dio las gracias al caballero de mediana edad, mostrándole una de sus más seductoras sonrisas, y volviéndose hacia sus jóvenes colegas les dijo, encantada:
—Acabáis de presenciar una prueba de galantería que hoy en día no existe más.

HISTORIAS ROMÁNTICAS: EL PRÍNCIPE DE EGIPTO, Y AZAHARA EL GRAN AMOR DE SU VIDA (RELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

El príncipe de Egipto, hijo primogénito del rey de uno de los imperios más importantes de Oriente, se alzó en armas contra su padre. Era un joven, hermoso, sabio y justo. Los innumerables súbditos descontentos, empobrecidos y maltratados por su progenitor, le siguieron incondicionalmente. Y durante semanas mantuvieron durísimas, terriblemente cruentas batallas contra el muy poderoso, numeroso y bien armado ejército del tiránico soberano.
El valor, la capacidad de sacrificio y de sufrimiento de los sublevados les permitió por fin conseguir la victoria. Derrotado el ejército del soberano, se apresó a éste y encerró en un calabozo.
Pasados unos días, necesarios para restablecer la paz en todo el territorio y ajusticiar a los traidores y verdugos que habían gobernado y ejecutado sin piedad a inocentes bajo el mandato del destronado rey, el príncipe de Egipto visitó, por primera vez desde que terminó la contienda, al hombre que le había dado la vida.
A éste. la amargura de la derrota, le había quitado la arrogancia de la que siempre había hecho gala y, con falsa humildad, le preguntó a su hijo:
—¿Por qué razón alzaste al pueblo contra mí y mi ejército?
Su primogénito le dirigió una mirada en la que se mezclaban la censura y la compasión al verlo tan desmejorado y hundido. Y le dijo endureciendo de nuevo su actitud:
—La razón fue que tú ordenaste ejecutar a la única mujer que he amado en mi vida. Y eso ya te dije, nada más enterarme de tu crimen, que no te lo perdonaba.
El hombre abatido, que había pedido su reino, le dio una explicación que creía justificaba su criminal acción:
—Era una simple campesina. No te convenía en absoluto. Yo te tenía preparada una boda con la más hermosa y rica de las princesas de este mundo. Yo pensaba en tu bien.
—Eso te ha llevado a la perdición, padre, darle la máxima importancia a la riqueza y ninguna importancia al amor. Por eso nunca nos amaste, ni a mi madre, ni a mis hermanos, ni a tu pueblo.
—¿Qué vas a hacer conmigo? —tembloroso y asustado el monarca destronado.
—¿Qué ves desde la ventana de este calabozo en el que mandé te encerraran?
—Un simple descampado —fue la respuesta que recibió de su interlocutor.
—Pues ahí voy a ordenar, en ese descampado, se edifique el mayor palacio-mausoleo del mundo. Será tan hermoso, tan extraordinario que maravillará al mundo entero. Y dentro de él enterraré el cadáver de mi amada Azahara. Y el castigo que tu recibirás, de por vida, será verlo construir y, cuando esté terminado, presenciar los millones de visitantes que, venidos de todas partes de la tierra admirarán la fabulosa obra que yo habré dedicado a la única mujer que amé, y que podré amar jamás.
Así fue como el príncipe de Egipto consiguió que su nombre y el de su amada siguieran unidos por los siglos de los siglos.