EL MATRIMONIO ES COMO UNA CASA (RELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
—Abuelo, el matrimonio mío está haciendo aguas. Creo que Laurita y yo vamos a terminar separándonos.
El anciano examinó con sus ojos cansados, mostrando preocupación, el angustiado rostro de su nieto. Le dio lástima de él porque estaba viendo que sufría y podía cometer uno de esos errores de los que uno se arrepiente toda su vida.
—A mí puedes hablarme claro. Sabes que cuentas con mi cariño y mi comprensión. Cuéntame que os ocurre.
—Me da un poco de vergüenza, abuelo —un tanto cohibido el joven.
—No debe darte ninguna. Cuando eras muy crío, tu madre te dejaba a mi cuidado y tú no guardabas ningún secreto para mí, pues yo te cambiaba los pañales sucios y pestilentes, te lavaba y te ponía otros limpios y secos.
—Es verdad, abuelo. Desde mi venida al mundo solo buenas cosas has hecho por mí.
—Pues déjame que haga otra más. Cuéntame que os ocurre a Laurita y a ti.
—Nos ocurre que cada vez nos tenemos menos cariño. Que lo hacemos solo los fines de semana y, a veces ella pone la excusa de que no se encuentra bien y no lo hacemos tampoco. Cuando nos casamos, era todos los días que disfrutábamos de nuestro cariño, y ella nunca me decía que no se sentía bien.
El anciano esbozó una sonrisa mitad tierna, mitad triste acordándose de su querida mujer que lo dejó viudo tres años atrás, y a la que seguía echando de menos todas las horas del día.
—¿Cuántos años lleváis casados Laurita y tú?
—Tres. No hace tanto tiempo, abuelo. Nos echaste un discurso muy bonito durante el banquete.
—Cierto. Os eché un discurso. ¿Lo recuerdas?
—Claro. Dijiste que el matrimonio era como una casa. Una casa al principio está nueva, pero con el tiempo va necesitando pequeños arreglos. Unas manos de pintura. Algunos desperfectos en su estructura general. Las lluvias y los vientos desconchan partes de las paredes exteriores, castigan el tejado y hay que cambiar por otras nuevas tejas que se rompieron. Asentar losas que se soltaron. Cambiar alguna que se rompió. Si no existen más del mismo modelo, cambiarlas por algún modelo que se le parezca lo más posible.
—Exacto, querido Tino. Y repetí un par de veces que las reparaciones son necesarias, inevitables, imprescindibles. Pero lo más importante de todo, lo que siempre debe prevalecer es la casa. Nada es más importante que la casa. La casa nos cobija, la casa nos protege de todos los elementos adversos. La casa es lo mejor que poseemos. La construimos con los mejores materiales que poseíamos. Nos costó mucha ilusión, amor y esfuerzo. No podemos permitir que se derrumbe. ¿Has entendido esto bien? Tu abuela y yo estuvimos arreglando nuestra casa durante casi cincuenta años y fue maravilloso. Esa casa nos cobijó a todos nosotros, a tus padres primero y a ti y a tu hermana después. No permitas que, por unos pocos malentendidos, por unos momentos de cansancio, de desilusión, de monotonía, de tedio, vuestra casa, la de Laurita y tuya se venga abajo. Te arrepentirás toda tu vida si lo permites. Laurita y tú os casasteis locamente enamorados. Cuando os mirabais el uno al otro todos podíamos ver cegadores destellos de amor en vuestros ojos. No permitáis que los enemigos de todas las casas minen los cimientos de la vuestra y la derrumben. Escucha: una noche del fin de semana llévate a Laurita a cenar a un restaurante romántico. Cómprale unas flores. Esas pequeñas delicadezas gustan muchísimo a las mujeres. Mírala con los ojos de tu alma, como la mirabas cuando os enamorasteis, y dile que la sigues queriendo con todo tu corazón. Y cuando se lo digas te darás cuenta de que es verdad, y verdad será cuando ella te diga que también te quiere de igual modo. Y vuestra casa seguirá cobijándoos hasta la próxima reparación, que terminará necesitando. No se ha construido todavía casa alguna libre de reparaciones.
Conmovido, Tino agradeció el consejo del anciano:
—Gracias, abuelo. Eres un sabio.
—No, muchachito. Solo soy un hombre que ha reparado muchas veces su casa y ha aprendido a hacerlo lo mejor que sabía.

CUENTO DE BLANCANIEVES INÉDITO (PARA ADULTOS) RELATO

(Copyright Andrés Fornells)
La encantadora y bella Blancanieves había enviado a su enano Sabio al castillo de su madrastra a espiarla, quedando ella sentada junto a la ventana de su vivienda a la espera de su regreso. Sabio tardó más de una hora en regresar, tiempo suficiente para que a la niña blanca como la nieve le creciera considerablemente el malhumor.
—¡Vaya lo que has tardado, tonto de capirote! ¡Hasta Dormilón se hubiera dado más prisa que tú en hacer lo que te ordené!
Como si el enano que acababan de mencionar les hubiese oído en sueños emitió un sonoro ronquido, pero continuó durmiendo.
Sabio justificó su tardanza, de la siguiente manera:
—Tuve que esperar a que tu madrastra terminase de cepillar su largo, espeso pelo, se restregase en la cara crema antiarrugas, engordara con rímel sus tupidas y negras pestañas, pintase de rojo sus labios y finalmente, después de haber hecho todo esto se situó delante de su espejo mágico y le hizo la pregunta de siempre.
—¿Y qué respuesta le dio el espejo mágico? —impaciente Blancanieves.
—Le dio también la misma de siempre.
La joven princesa cerró con fuerza los puños, apretó los labios y frunció el entrecejo.
—¡Qué rabia! ¿Has visto si ha regresado ya Gruñón?
—Afuera en el salón se encuentra discutiendo con Feliz que, como es su costumbre, ni se altera ni pierde su estúpida, radiante sonrisa.
—Dile enseguida, a ese eterno descontento, que venga inmediatamente aquí —marimandona Blancanieves.
Pasado un minuto Gruñón entró en la estancia rezongando entre dientes.
—Deja ya de rezongar —le ordenó la princesita—. ¿Has realizado mi encargo?
Gruñón, en cuyos pequeños ojillos brillaba la maldad, asintió con la cabeza y, a continuación le entregó una cesta de mimbre con cuatro piezas de fruta dentro.
—Bien, puedes marcharte a descansar, que mañana tendrás que trabajar duro.
Gruñón agitó de nuevo la cabeza y abandonó la estancia refunfuñando.
—A veces, este tonto habla menos que Mudito —comentó para sí la niña blanca como la nieve refiriéndose al que acababa de marcharse.
A media tarde Estornudón se presentó ante Blancanieves dando estornudos tan potentes que le obligaban a doblar el cuerpo hacia adelante como si realizase exageradas reverencias.
—Estornuda para otro lado, cochino, que me has llenado de saliva —protestó la princesita.
Apretándose fuertemente con dos dedos la nariz, único método con el que conseguía este enano eternamente resfriado dejar de estornudar anunció:
—Blancanieves, acaba de llegar tu madrastra.
—¡Estupendo! Hazla pasar
La hermosísima reina entró, elegantes y majestuosos sus andares, en el saloncito donde su hijastra la esperaba.
—Hola, mi querida niña —saludó mostrando una sonrisa bella y tierna—, ¿cómo estás?
Blancanieves nunca había soportado a esta distinguida, hermosísima mujer que había ocupado el puesto de su querida madre cuando aquélla falleció
—Estoy maravillosamente, señora —respondió la princesita forzando una sonrisa que le salió falsa, y acto seguido le ofreció la cesta con frutos que para ella había manipulado Gruñón—. Tomad una, alteza —dijo con voz extremadamente melosa—. Acaban de ser cogidas y están riquísimas. Yo me he comido ya una —mintió.
—Oh, gracias, Ya sabes cuánto me gustan.
La agraciada madrastra cogió uno de los frutos que su hijastra puso a su alcance, se lo llevó a la boca y le dio un mordisco. Inmediatamente su visión se nublo, sus piernas dejaron de sostenerla y la bondadosa reina cayó al suelo muerta por la manzana envenenada que su perversa e envidiosa hija acababa de darle.
Blancanieves soltó una maligna, odiosa carcajada, y exclamo triunfal:
—Ahora, muerta mi madrastra, yo seré la más hermosa de las mujeres y la nueva reina.

UNA HISTORIA DE ALCALDES Y DE VOTANTES (RELATO)


UNA HISTORIA DE ALCALDES Y DE VOTANTES
(Copyright Andrés Fornells)
Don Blas Posada, un industrial dueño de una empresa envasadora de aceitunas que siempre había destacado por su honestidad, altruismo y amor al prójimo fue elegido alcalde de su pueblo que, como en tantos otros pueblos existía una gran injusticia social, con unos cuantos ricos que vivían sobrados de todo y una mayoría de pobres que subsistían penosamente.
Una de las primeras medidas que tomó el nuevo primer edil fue reunir a las personas que no contaban siquiera con un puesto de trabajo que les aliviara con la ayuda de un pequeño sueldo la miseria que padecían y les preguntó si estaban dispuestos a trabajar duro para ellos. Todos a coro le aseguraron que su mayor deseo era tener una ocupación que les permitiera llevar una existencia decente y les cubriera las necesidades básicas.
Entonces don Blas dividió en parcelas todas las zonas verdes y jardines públicos del municipio, y entregó una de esas a cada familia. Y para los que no sabían, puso a su disposición unos instructores que les enseñaron a cultivar la tierra y a sacarle los alimentos que precisaban para alimentarse bien.
A partir de entonces, en ese pueblo, los desheredados de la fortuna en vez de admirar bonitas flores que no sirven para quitar el hambre al hambriento, admiraron como crecían sus cosechas y lo ricamente que se alimentaban gracias a ellas.
Las desigualdades que existen en el mundo se deben, recortándolo mucho, a cuatro virus malignos principales que atacan devastadoramente a los humanos: la ignorancia, la credulidad, el desagradecimiento y la codicia.
Transcurridos cuatro años en el pueblo de marras se celebraron nuevas elecciones. A don Blas le salió un rival que ambicionaba hacerse con el sillón de la alcaldía. Se llamaba don Creso y contaba con el apoyo y las simpatías de la inmensa mayoría de las familias burguesas del lugar.
En los austeros mitines que don Blas dio se limitó a decir que si le elegían de nuevo realizaría otros cuatro años de honrada gestión haciendo las mejoras que los modestos impuestos que cobraban a los ciudadanos les permitieran.
Por el contrario los mitines de don Creso fueron alegres, ruidosos y pródigos. Actuaba una orquesta con mucho ritmo y se ofrecía bebida y comida gratis. Unido a lo anterior, don Creso acusaba al alcalde que habían tenido de derrochador y de trincón. ¿Por qué acaso dudaba alguien de que el listo de don Blas no se llenaba los bolsillos con los ruinosos impuestos que todos ellos pagaban?
Los más pobres de esta comunidad fueron los que más se creyeron las calumnias sembradas por el aspirante a nuevo edil y que más disfrutaron de sus fiestas. Los embaucadores tienen fácil embaucar porque encuentran mucha gente crédula y mucha gente con el alma fácil de ensuciar. También fueron ellos los que más creyeron que el hombre que aspiraba a ser elegido iba a embellecer el pueblo como nunca lo había estado antes y procurarles una mejor vida, una prosperidad como nunca habían conocido antes. Se lo aseguraba él que era un hombre íntegro, que antes se cortaría una mano que hacerse con un céntimo que no fuera suyo.
Llegó el día de las elecciones y las urnas se llenaron de papeletas. Los amigos de ambos candidatos estaban convencidos de que iban a ganar. El director del único periódico de la localidad entrevistó a los dos candidatos. Y a ambos les hizo una misma pregunta principal:
—¿Espera usted salir vencedor de estas elecciones?
—Eso espero por el bien de nuestro pueblo —respondió don Blas.
—¿Qué va a hacer usted si pierde las elecciones?
—Dedicarle más tiempo a mi empresa y crear más puestos de trabajo.
Don Creso contestó lo siguiente a la pregunta de si esperaba salir vencedor:
—Por supuesto que espero salir elegido. A este pueblo que vivía aletargado lo he despertado yo, le he hecho ver que un alcalde corrupto les ha estado robando a manos llenas y ya es hora de que encuentren en mí, un hombre íntegro y generoso, el bienestar y la decencia que necesitan.
Cuando se terminó el recuento de votos quedó elegido alcalde por una considerable diferencia de votos don Creso. Este celebró su triunfo dando una gran fiesta en la que todos los habitantes del pueblo (menos don Blas y sus fieles partidarios, que se retiraron derrotados y tristes) bailaron, rieron y se divirtieron.
Fue la última vez que pudieron hacerlo los más humildes, pues al día siguiente de hacerse cargo de la Casa Consistorial, por orden del nuevo edil fueron echados de los ex jardines y ex zonas verdes y encima multados por ocupar tierras que pertenecían al erario municipal los privilegiados por el alcalde anterior.
Los desesperados embaucados aprendieron muy duramente que no es oro todo lo que reluce y que todas las promesas que se hacen en las campañas electorales nunca se cumplen. Y algunos de ellos no murieron de hambre porque amparados en la oscuridad de la noche se comían las flores de los bonitos jardines públicos corriendo el riesgo de que les cogieran cometiendo esta acción considerada criminal, por el nuevo mandatario del pueblo, y terminaran con sus huesos en la cárcel.

SE CREÍA UNA CHICA DEL MONTÓN (RELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Elena se consideraba lo que la gente suele decir de las mujeres jóvenes poco atractivas: una chica del montón. Por eso creyó vivir un cuento de hadas cuando Alberto, el nuevo director de la empresa de electrodomésticos en la que ella trabajaba de secretaria, a la semana de haber ocupado su alto cargo la pidió salir a cenar con él.
Elena se quedó perpleja y tardó unos segundos en aceptar la oferta, tiempo que empleó examinando el risueño rostro del joven ejecutivo para llegar a la convicción de que se lo pedía en serio.
Alberto la llevó a un buen restaurante donde el personal los trató con deferencia, y media docena de personas se llegaron hasta su mesa a saludarle muy amistosamente.
—Elena, mi secretaria —él presentó así a su aturdida y fascinada acompañante.
Durante la comida, Alberto estuvo de lo más atento, ameno y encantador. Mantuvo a Elena, todo el tiempo, absolutamente cautivada. Terminada la exquisita cena, la propuso acompañarlo a una fiesta a la que estaba invitado y ella, maravillada, aceptó sin pensárselo un segundo. En la fiesta descubrió que Alberto era muy popular, tenía muchos amigos, hombres y mujeres, y cambiaba amabilidades y simpatía con ellos presentándola con notoria amabilidad:
—Elena, una encantadora amiga mía.
Bailaron. Él la besó discretamente en el cuello y ella se estremeció de placer. Hubo más besos entre los dos al llegar al apartamento de él, estos en la boca, ardientes, voraces. Y Elena le consintió a Alberto lo que jamás le había consentido a nadie; hacerle el amor en su primera salida juntos.
Al día siguiente se arrepintió muchísimo de su arrebatada, irreflexiva, conducta. Se hizo mil reproches y le costó enormes esfuerzos, a lo largo del día, contener las lágrimas.
Su madre le había repetido mil veces que los hombres no respetan a las mujeres que consiguen fácilmente, y a ella, Alberto no podía haberla conseguido con mayor facilidad: a las pocas horas de estar con él.
Elena pasó todo el día avergonzada de su conducta. Alberto, cada vez que la veía le sonreía y en sus ojos había una mirada cariñosa, que la hacía desconfiar. “¿Seguro que lo único que él busca es acostarse conmigo de nuevo? Cuando terminaron la jornada laboral, Alberto no la dijo para salir y Elena pensó que la despreciaba.
El día siguiente fue sábado y para gran alegría de Elena, Alberto la llevó a otra fiesta. Allí fue saludado por conocidos y conocidas, entre ellas mujeres de esplendorosa belleza ante las que Elena se sintió muy inferior y sufrió por ello.
Se acostaron de nuevo los dos y sexualmente vivieron ambos una explosión de placer que los dejó exhaustos y muy unidos.
El domingo por la mañana Elena fue a ver a su madre. Con ella mantenía una estrecha confianza. Mostrándose muy avergonzada, le contó lo que había ocurrido entre ella y su jefe y le expuso sus temores:
—Estoy loca por él mamá. Y mucho me temo que mi conducta le haya hecho creer que soy una furcia que me voy a la cama con todos los hombres que me invitan a salir.
Su madre la sorprendió. En vez de condenar su conducta, la aprobó:
—Que piense ese hombre lo que quiera, hija. Tú eres feliz con él, ¿verdad? Pues goza plenamente de esa felicidad y, dure lo que dure, nadie podrá quitarte el tiempo, corto o largo, en que has sido inmensamente dichosa.
—Te adoro, mamá. Eres la mejor madre del mudo —agradecida y emocionada.
Pero Elena estaba llena de dudas y una noche en que Alberto y ella estuvieron en la boda de un amigo de él, y ella bebió más de la cuenta, le preguntó:
—¿Por qué sales conmigo, Alberto, cuando compruebo que conoces mujeres extraordinariamente hermosas que leo en sus ojos, se te entregarían inmediatamente con solo que se lo insinuaras?
Él la miró sorprendido y dijo mostrando extrañeza:
—No entiendo a qué viene lo que acabas de decir. A mí no me importa ninguna de esas mujeres. A mí me importas tú porque te quiero. ¿Te irías tú con un hombre que fuera más guapo que yo?
La respuesta de Elena fue tirarse en sus brazos y abrazarlo con todas sus fuerzas. Y mientras cambiaba apasionados besos con él, la joven del montón pensó que los cuentos de hadas existían porque ella estaba viviendo uno.

ODIABA LAS VACACIONES (RELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
Varios hombres ociosos, apuntalados en la barra de un bar de barrio bebiendo cerveza fresca, sacaron a colación el tema de las vacaciones y contaron algunas anécdotas que tenían que ver con este popular, multitudinario, lúdico asunto veraniego.
Uno contó que reservado un viaje en avión a la mítica India, llegados él y su mujer al aeropuerto se dieron cuenta de que habían olvidado en su casa los pasa-portes que les eran imprescindibles para viajar al país que pretendían visitar, y no pudieron coger otro avión con el mismo destino hasta el día siguiente.
Otro contó que yendo al aeropuerto estrelló su coche contra un árbol, afortunadamente no se hizo ninguna herida importante, pero perdió el avión y los desperfectos hechos al automóvil le habían costado una fortuna.
Otro contó que llegado a su destino, Buenos Aires, se encontró con la des-agradable sorpresa de que le habían perdido la maleta y le tuvieron dos días sin ella y se vio obligado a comprar prendas de vestir que de no haberle extraviado el equipaje, no habría necesitado. Luego la compañía aérea no quiso hacerse cargo del gasto al que lo habían obligado con su fallo.
Finalmente hubo uno de los contertulios que afirmó tajante:
—Yo odio las vacaciones con toda mi alma. Estoy seguro de que fue un invento del cabrón del demonio.
Todos los presentes le miraron con sorpresa, y un par de ellos le pidieron explicara el porqué de su contundente afirmación.
—Odio las vacaciones porque significan para mí el mayor sufrimiento que padezco a lo largo de cada año.
—Explícate, hombre; explícate —le exigieron.
—Me explicó. Os cuento cómo fueron las vacaciones mías del año pasado. Empezaré diciendo (para los que no lo sabéis) que vivimos en el mismo piso, mi mujer, mi hija, mi hijo y mi suegra. Semanas antes de la fecha de partida reservamos dos habitaciones en una modesta pensión de la Costa Blanca. Durante se-manas hasta el día de partida tuve que escuchar a todas horas lo que todos los miembros de mi familia pensaban hacer durante ese tan anhelado periodo vacacional. Planes y más planes. Diversiones y placeres. ¡Guay y más guay! Y por fin llegó la fecha de partida. Del lugar escogido para nuestras vacaciones nos separaba una distancia de seiscientos kilómetros, distancia que recorreríamos en nuestro coche utilitario, pues habíamos calculado que por este medio de transporte nos saldría mucho más barato que yendo en autocar o en tren. El trajín comenzó nada más despertarnos por la mañana del día que debíamos partir. Desayuno y a conti-nuación preparar las maletas. Todos queriendo meter dentro de ellas infinitamente más de lo que les cabía. Al final reunimos cinco maletas que pesaban como demonios y otras tantas bolsas de mano que, en peso y volumen, no le iban mucho a la zaga. Reunimos todo esto en el salón añadiendo el gato de mi hija, el perro de mi hijo que es un pastor alemán grande como un caballo, la pecera de mi suegra que mide 40 x 20 centímetros y la jaula con tres periquitos que no mide mucho menos. Dos maletas cupieron en el maletero junto con la jaula y la pecera. Y otras tres maletas, las más grandes y pesadas en lo alta de la baca. Tuve una discusión de muerte con mi suegra porque quería que nos lleváramos también su silla de ruedas (adquirida por casi nada en una subasta) para poder ella desplazarse más cómodamente cuando sus viejas piernas se cansaran. Al final la silla se quedó en casa, luego de llamarme la airada madre de mi mujer lo que no está escrito. Por fin lo tuvimos todo acomodado. Las ruedas del vehículo, debido al abusivo peso con que lo habíamos cargado casi rozaba el suelo con las llantas a pesar de haber-las hinchado yo al máximo el día anterior. El asiento de atrás lo ocuparon mi mujer, nuestros dos hijos, el perro y el gato, todos ellos apretados como sardinas en lata, y mi suegra delante, a mi lado dándome con el codo en las costillas cada vez que despegaba los codos hacia los lados, ejercicio cabrón que realizaba cada pocos segundos alegando que se le entumecían los hombros. Lo que yo me temía, por obligar al automóvil a llevar tan exagerada carga ocurrió cuando llevábamos re-corridos unos doscientos kilómetros: ¡pincharon a la vez las dos ruedas traseras! Puse la de recambió y otra que me vi obligado a comprar. Todo esto tuve que hacerlo solito, sudando a mares, mientras dentro del coche los demás miembros de mi familia disfrutaban, con el motor en marcha, de aire acondicionado, escuchaban música, leían y contaban chistes con los que se mondaban de risa. Cuando terminé, en vez de alabanzas recibí críticas porque los miembros de mi familia consideraron que soy muy torpe, tardé muchísimo en cambiar las ruedas pincha-das y los forcé a permanecer más de una hora aburridos. Medio deshidratado, pedí agua y resultó que se la habían bebido toda. Finalmente llegamos, a media tarde, a la pensión donde teníamos alquilado hospedaje. En la pensión nos tocó una habitación en la cuarta planta. Otra mala noticia para mí, el ascensor se había averiado y los botones que solían encargarse de llevar los equipajes a las habitaciones de los clientes se habían declarado en huelga. Como las maletas eran demasiado pesadas para las débiles fuerzas de los miembros de mi familia, tuve que subirlas yo por la escalera terminando esta pesadísima tarea más muerto que vivo, y maldiciendo las vacaciones y el cabrón de mierda que las inventó. Por la no-che tuve que dormir con el perro de mi hijo porque (Dios sabrá porqué maldita razón, el animal se había encariñado conmigo). El gato que ha nacido para incordiarle se instaló en el alfeizar de la ventana de mi cuarto y me mantuvo toda la noche en vela el perro ladrándole. Al día siguiente se le murió un periquito a mi inconsolable suegra que llorado como una magdalena me culpó de ello por los bruscos frenazos que durante el viaje en coche hice al llegar a cada curva. Todos los miembros de mi familia le dieron la razón sin atender a mi explicación que con todo el peso que llevaba el vehículo éste se me iba fuera de control en las curvas. Al mediodía fuimos a comer a un restaurante, sufrí una intoxicación (sólo yo, ¿eh?) y estuve tres días sin poder abandonar mi cuarto porque a cada momento yo me salía por el trasero y no me convenía estar lejos de un cuarto de baño.
Al llegar aquí el hombre rompió a llorar amargamente. Ninguno de sus oyen-tes tuvo tan mal corazón como para pedirle que terminara de contar las desdichas que seguramente todavía le quedaban en el tintero, al pobre desgraciado y todos le dedicaron palabras de consuelo y lo invitaron a beber más cervezas.
A continuación dejaron de hablar de las vacaciones y hablaron de los temas más comunes: de la climatología, del fútbol y de lo mal que lo hacía el gobierno de turno.

DISPUESTOS A DIVORCIARSE (RELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
Almudena y Toni desayunaron en silencio. Se palpaba entre ellos la tensión. Ambos sabían que era la calma que precede a la tempestad que está a punto de estallar. Con toda intención, los dos terminaron de comer al mismo tiempo y, nada más dejar en lo alto de la encimera la vajilla empleada, comenzó la bronca. Vociferante, Toni acusó a Almudena de malgastar el dinero con el que ambos contribuían al mantenimiento de su hogar, en un nuevo par de zapatos cuando ya tenía otros diez pares de ellos. Y Almudena, para no ser menos, acusó, a gritos, a Toni, de haberse él comprado un nuevo videojuego cuando debía tener ya más de veinte.
—¡Eres un criticón y un desconsiderado despilfarrador de nuestros ingresos!
—¡Y tú una manirrota y una impulsiva malgastadora! ¡Me tienes harto!
—¡Y tú, a mí, me tienes más harta todavía!
—¡Pues ya sabes lo que podemos hacer!
—¡De acuerdo! ¡Hagámoslo de una vez!
Furiosísimos los dos cogieron, ella su bonita chaquetilla de cuero de la percha, y él su anorak y se lanzaron a la calle, donde llamaron la atención de los transeúntes por lo rápido que caminaban.
El abogado especialista en divorcios, tenía su despacho a unos trescientos metros del edificio donde la joven pareja tenía su pequeño y coqueto apartamento.
La secretaria del letrado les recibió con cierta frialdad. A su petición de que querían hacerle una consulta al abogado Joaquín Mariñas, les respondió:
—El señor Mariñas está ocupado en este momento. Tengan la bondad de esperar. Les atenderá enseguida que pueda.
Durante varios minutos el joven matrimonio permaneciócallado, el ceño fruncido y con una expresión de encono en sus atractivos rostros.
De pronto, Almudena suspiró. Al escucharla, Tino suspiró a su vez. Siguió un silencio total, luego ambos se giraron hacia el otro y se fijaron en los labios que los dos mantenían entreabiertos. Permanecieron un momento presas sus miradas, después las miradas recorrieron el hermoso cuerpo del otro y Tino fue el primero en abrir la boca para reconocer con voz vibrante de pasión:
—¡Pero qué buena estas, Almudenita!
—¡Pues anda que tú, Tinito!
—¡Uf, como te deseo, mi vida!
—¡No más de lo que te deseo yo a ti!
Él se puso en pie y alargó el brazo. Ella lo alargó también y cuando sus manos se juntaron, ambos echaron a correr hacia la puerta:
—¡Eh! ¿A dónde van? —les gritó la secretaria del abogado Mariñas.
—¡En busca de la gloria! —le respondió a dúo la pareja, riéndose, mirándose como si no existiera en el mundo entero nada mejor que lo que estaban viendo el uno en el otro.
Aprovechando que no había nadie cerca, la secretaria soltó un denuesto soez. Estaban a veintiocho y esta era la tercera vez en el mes que aquel par de locos habían llegado hasta allí con la intención de divorciarse y escapado a toda prisa.

UN FANTASMA FEMENINO (RELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
A Fermín Portales, un fantasma que se le aparecía todas las noches en su dormitorio no lo dejaba dormir por el susto que le daba. El fantasma bailaba agitando mucho sus brazos hechos de niebla y dando espectaculares saltos en el aire.
El hecho de no poder pegar ojo en casi toda la noche tenía a este joven dueño de un pequeño quiosco donde vendía golosinas, somnoliento todo el día y, durante algunos momentos quedaba dormido y unos niños desaprensivos aprovechaban para llevarse chucherías de su quiosco, sin pagarlas.
Un día le hablaron a Fermín de una bruja blanca que podría darle una solución a su angustiante problema. Y decidió ir a visitarla.
La bruja se llamaba Ramona Tiesto y era tan fea que habría podido actuar en películas de terror sin necesitar de maquillaje alguno. Fermín, mirándola con bastante miedo, le expuso que tenía un problema.
Ella, que había estado limpiando con un paño de gamuza una bola de cristal del tamaño de un balón de fútbol le ordenó:
—No me digas nada. Estoy viendo en mi bola mágica la cosa que te atormenta. Es una muchacha. Una muchacha que se había enamorado de ti. Esta muchacha murió en un accidente de automóvil y su espíritu te ronda amargado por no habértelo podido confesar.
—¡Vaya, qué dramático! —el joven tendero aceptando como verdadero lo que acababa de decirle aquella mujer que daba susto mirarle la cara—. ¿Qué me aconseja que haga?
La pitonisa le dijo que acercase la cara a la suya y le susurró algo al oído.
—¿Por qué me ha hablado tan bajito? —quiso saber su visitante que igualaba su timidez a su curiosidad.
—Porque las paredes oyen—le explicó ella—. Y luego lo cuentan todo.
—¡Ah! Entiendo. Y si hago lo que usted me dice me veré libre de ese fantasma.
—Garantizado al cien por cien.
—Pero yo no estoy enamorado de nadie —manifestó Fermín.
—Eso no importa. Lo que importa es que hagas lo que yo te he dicho.
—De acuerdo. ¿Qué le debo?
—Son cien euros más el IVA.
—Me parece un poco caro.
—¿Sabes cuánto cuesta una bola de cristal mágica como la mía?
—Ni idea.
—Pues cuesta dos millones de euros. Tardaré cincuenta años en amortizarla. Si la salud y la longevidad me lo permiten, tendré ciento dos años cuando termine de pagarla.
—Visto así, cobra usted muy barato —reconoció el joven, comprensivo.
Siguiendo el consejo de la bruja, que daba miedo mirarla, Fermín puso en el periódico el anunció que aquella sabía hechicera le había indicado. El anuncio rezaba así: “Preciso tener una chica en mi cama durante una noche”. Para gran asombro suyo que creía ninguna joven aceptaría su demanda, se presentaron más de doscientas voluntarias en su quiosco de venta de chucherías.
Fermín, desbordado, decidió someterlas a una prueba que consideró importante. Les fue dando un chupa-chups a cada una de ellas diciéndoles que lo disfrutaran delante de él y, al final, escogió a la chica que, según su parecer, lo había chupado con más gracia.
La elegida se llamaba Alicia y le hizo tantas maravillas su boca al caramelo con palito, que Fermín le propuso compartiese cama con él hasta que ambos gastasen toda su vida.
Alicia, que de Fermín le había gustado todo, hasta su nombre, le respondió que aceptaba su propuesta.
La muchacha fantasma, tal como la señora Tiesto había asegurado ocurriría, al ver que Fermín ya tenía compañía femenina, desencantada, despareció para siempre de su dormitorio y él pudo dormir todo el tiempo que la muy cariñosa Alicia le permitía, y contando ella con lo a gusto que él permanecía en vela.
Cinco años más tarde Fermín era dueño de cinco quioscos de chucherías pues necesitaba muchos ingresos para mantener a los cinco chiquillos que Alicia le había ayudado, con entusiasmo a tener. Para aquellos poco expertos en matemáticas, que no les salen las cuentas, explicaré que un año, Alicia, le regaló gemelos a Fermín.

EL HOMBRE DEL GLOBO (RELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
Era un hombre raro, delgado y con un rostro tan chupado que se le marcaban limpiamente las quijadas. La gente se fijaba en él porque caminaba cabizbajo con las manos unidas detrás de la espalda y nunca miraba a nadie. Y como nunca hablaba con nadie tampoco, pues nadie hablaba con él. No tenía amigos, ni conocidos, ni mostraba interés alguno en tenerlos. Vivía de las cosas de algún valor que encontraba en los contenedores de basura, de recoger caracoles, espárragos y setas.
A los niños nos daba miedo, especialmente porque nuestros padres nos decían que seguramente estaba loco. Pero un día coincidí con él en la librería donde yo había entrado a comprar el periódico para Alfonso el bodeguero, que me daba siempre las cajitas de cerillas vacías que los niños utilizábamos para jugar a los cromos.
Vi al hombre aquel comprar un globo y, curioso por saber qué iba a hacer con él, le seguí.
Él no se dio cuenta de mi seguimiento, por ir siempre encorvado y con la vista puesta en el suelo. Llegó a la plaza, se detuvo, hinchó el globo tanto que me sorprendió no le explotara. Lo ató y a continuación lo soltó. Y el aire se llevó su globo y él, entonces, enderezó el cuerpo y lo estuvo siguiendo con la vista hasta que convertido en un `punto cada vez más diminuto, el globo se perdió en el cielo. A la segunda vez que le vi hacer lo mismo, mi curiosidad había crecido hasta tal punto que, superando el temor que todos, influidos por nuestros mayores le teníamos, le dirigí la palabra:
—Oiga, señor, ¿por qué suelta el globo? ¿Le divierte eso?
Me dirigió una mirada hosca. El brillo de sus ojos me pareció que debían ser los de un loco, aunque nunca había visto ninguno en toda mi vida. Finalmente me habló. Poseía una voz débil, susurrante, seguramente por el poco uso que les daba a sus cuerdas vocales:
—Cada vez que estoy triste suelto un globo y mi tristeza se va con él.
Y tuve que creerle porque le vi sonreír tras decir esto.
A partir de aquel día pensé que aquel hombre solitario no estaba loco, que había encontrado la fórmula que otros no sabían encontrar para librarse de sus tristezas y sus problemas.
No sé si me reconoció por los pasos, lo cierto fue que alguna que otra vez cuando pasaba cerca de él levantaba de repente la cabeza y me sonreía. Y yo encantado le devolvía la sonrisa y me sentía bien, como si su sonrisa me hiciera el mismo efecto que el globo soltado, le hacía a él.
—Nene, ahora ya sabes porque hincho un globo y lo suelto cuando me siento muy triste

UN BURRO, SU AMO Y UN LIBRO (RELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
El verano avanzaba consumiendo jornadas de sol abrasante. Un burro llevaba muchos días amarrado en una misma zona del campo, y se había comido ya hasta las raíces más profundas y ni el más incipiente brote de hierba asomaba por parte alguna. Los cagajones soltados por su descargador de retaguardia sembraban todo el terreno que le limitaba la cuerda cerrada a su cada vez más pelado cuello.
Un matemático poco escrupuloso con los olores habría podido, contándolas, sacar la cifra exacta de días que el infortunado animal llevaba excrementando allí.
Cuando al asno le quedó únicamente para comer las florecillas existentes en unas peligrosas matas de espinos, tuvo que disputárselas a las diligentes abejas que defendieron a picotazos su perfumado néctar.
No eran únicamente las trabajadoras de la miel las que atormentaban al jumento, también lo hacían las moscas que el buen Dios puso en el mundo para que no proliferaran los santos ni en el mundo animal ni en el mundo humano.
Para espantarlas el cuadrúpedo movía su rabo al cansino ritmo de un metrónomo con las pilas agotadas. Pues agotado y sin fuerzas se hallaba el pobre de él.
Por fin, Zacarías, el dueño de este animal-mártir se presentó con un puñado de alfalfa y escuchando sus rebuznos de queja, se la tiró delante al tiempo que le soltaba enfadado:
—¡Te quieres callar, pedazo de bestia, que vives mejor que nadie! ¡Sin mujer fea y puerca que te chille, ni hijos vagos que no ayudan en nada ni tienen en la vida más preocupación que comer y cagar!
Como si le hubiese entendido, el rucio dejó de rebuznar y atacó con todos sus dientes, grandes como fichas de dominó, la comida que acababa de serle arrojada. Se marchó su amargado amo despotricando. Entre la alfalfa había un libro de tapas verdes que llevaba escrito en su portada: “Las cien mejores poesías del mundo”.
El ignorante asno le arreó bocado y masticó sin notar nada. Para él todo lo verde era alimento para el cuerpo.
Igual trato dan al saber humano aquellos que consumen cultura sin concederle valor alguno, igual que hace el asno con todo lo que es verde.
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UNA MUY SENCILLA HISTORIA DE AMOR (RELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
Ernesto Martos era un joven alto y desgarbado. Lo más bonito de su cara, las cejas, dos grandes medios arcos bastante igualados, exageradas cornisas para sus ojillos apocados. Trabajaba en un taller de reparación de bicicletas y, quizás por convivir todo el día con ellas y sus averías, las odiaba. Las odiaba hasta el punto de no poseer él uno de estos artilugios de dos ruedas, e ir caminando de su pisito de soltero al taller.
Ernesto Martos era lo que todos aquellos inclinados a la crítica simplista llamaría: un tipo anodino y más aburrido que un gato de escayola.
Una mañana de primavera que, en aquella región comenzó como era bastante habitual allí, con lluvias intermitentes, Ernesto Martos, dando muestras de cierta torpeza, provocó tropezase su paraguas con el paraguas de Elvirita Salas que había comenzado la semana anterior de dependienta en una mercería situada en la misma calle que el taller de bicicletas donde laboraba él.
—Perdón —se disculpó ella.
—Perdón. Ha sido culpa mía —reconoció él.
—Bueno, da igual…
—Bueno, adiós…
Debido a la notoria timidez poseída por ambos, apenas si se miraron.
Elvirita Salas no era guapa, no poseía uno de esos cuerpos voluptuosos que llaman la atención y despiertan deseo carnal en los hombres. Elvirita era delgada de cuerpo y feílla de cara, exceptuando sus grandes ojos claros en los que brillaba la limpia candidez de los niños que no han descubierto todavía la existencia del pecado.
Aquel fortuito encuentro sirvió para que, al día siguiente, sin lluvia y sin paraguas abiertos, los grises ojos de Ernesto Martos encontraron acogedor puerto en los ojos aguamarina de Elvirita. Y este encuentro visual les despertó el dormido sentimiento del amor. Cambiaron un escueto “Adiós” y cada uno siguió su camino pensando en el otro.
Ernesto Martos que seguía impactado por la límpida mirada de Elvirita, en un momento en que aflojó el trabajo, escribió el primer poema de su vida.
Supe, nada más verte,
que eras el sol de mi vida,
y que cerca de ti nunca más
me faltarán ni el calor ni la luz.
Como los dos eran personas sencillas, sinceras, directas, la próxima vez que se vieron en la calle, Ernesto le entregó a Elvirita, con mano temblorosa, la hoja de papel donde había escrito su primer poema.
—Toma —le dijo, trémulo de cuerpo y de voz—. Lo escribí para ti.
—¿Puedo leerlo ahora? —preguntó ella toda ilusionda.
—Me gustaría mucho que lo hicieras —respondió él nerviosísimo.
Los lindos ojos de Elvirita recorrieron el escrito y al llegar al final del mismo dijo conmovida, llenos de humedad los ojos:
—¿De veras te sucedió esto nada más verme?
—Sí. Y me sigue sucediendo —categórico, embelesado él.
—¿Te gustaría que diésemos un paseo juntos algún día?
—¿A qué hora cerráis esta noche la tienda donde trabajas?
—A las ocho —ansiosa ella.
—¿Quieres que pase a recogerte? —él más ansioso todavía.
—Me encantaría —ella encantada.
Y así fue como un chico y una chica, que no eran hermosos por fuera, pero sí lo eran por dentro, unieron sus vidas y conocieron la felicidad de las personas sencillas, que es una felicidad mansa y cantarina como la corriente de los riachuelos de los cuentos de hadas.
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