VIVIRÁS OTRO DÍA MÁS

VIVIRÁS OTRO DÍA MÁS

El tipo duro le echó una última mirada a la foto que tenía del individuo que estaba esperando, la devolvió a la guantera de su automóvil que, con el aire acondicionado en marcha lo preservaba de la asfixiante temperatura con que castigaba el mes de agosto a quienes no disfrutaban de esta modernidad. Después de dejado el retrató cogió su revólver y sin comprobar si estaba cargado, pues de sobras sabía que era así, se lo colocó entre el cinturón y el interior de sus pantalones y, a continuación cerró un botón de su chaqueta consiguiendo con ello quedase oculto. El sujeto que le habían encargado liquidar llegó puntual, a la hora que le habían dicho. Conducía un coche de alta gama. Justo iba él a bajarse de su utilitario cuando sonó la patriotera musiquita de su móvil. Soltó un taco puerco, del extenso repertorio con que contaba. El número de la pantallita pertenecía al móvil de su inoportuna mujer. No le quedaba más remedio que atenderla.

—Sí, Pat, dime.

Con su voz chillona, alterada, ella le dijo que se le había averiado el coche y tendría que ir él, inmediatamente, a recoger a la niña al colegio.

—Calla, ya voy para allá —tragándose el cabreo que le había entrado.

El menda que había estado esperando se dirigía ya a la puerta por la que se entraba al bloque de pisos nuevos donde vivía. El tipo duro encajó las mandíbulas y masculló para el otro:

—Da gracias a Dios, tío mierda, porque vas a vivir un día más.

Acto seguido le dio a la llave del contacto y cogió la dirección que llevaba al colegio de monjas donde a su inocente hijita de ocho años le enseñaban, entre otras muchas cosas, el camino recto y seguro por el que un buen cristiano se gana el cielo. El tipo duro ya había colocado en su rostro la careta de papaíto bonachón.