MATAR Y MORIR (RELATO NEGRO)

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MATAR Y MORIR

Con mil esfuerzos, aullando de dolor, Mario consiguió atarse el pañuelo por encima de la rodilla de su pierna destrozada por la metralla y, rompiéndose las uñas, logró cauterizarla cubriéndola de tierra. ¿Y si gritaba pidiendo ayuda? ¿Y si lo escuchaban los enemigos y lo remataban? Paulatinamente las balas dejaron de silbar y la artillería calló. De pronto se movieron unos matorrales y apareció una figura humana, tambaleante. Vestía el uniforme enemigo y tenía el pecho de su guerrera empapado en sangre. Dio dos pasos y cayó al suelo donde quedó con la cabeza ladeada y los ojos sin vida fijos en él. Mario sintió que una congoja infinita le estrujaba la esponja del corazón. <<Ese desgraciado no es mi enemigo. Ese desgraciado es mi hermano al que engañaron igual que a mí durante el periodo de entrenamiento, con banderas, música, alegres canciones,  arengas chauvinistas, rememoración de las grandes gestas  bélicas nacionales del pasado, ensalzamiento de los héroes  que ofrecieron hasta su última gota de sangre, generosamente, para salvar a la “Patria” amenazada  por unos poderosos enemigos que pretenden destruir su cultura milenaria y esclavizar a nuestro pueblo. Y ahora está muerto y yo puedo correr su misma suerte>>.

        —¡Hijos de puta!

        Ni se había dado cuenta de cuando comenzó a llorar.

 

TERRIBLE PESADILLA (RELATO NEGRO)

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TERRIBLE PESADILLA

          Luis Gómez sufría una terrible pesadilla que se repetía casi todas las noches. En ella una silueta negra contra fondo blanco venía hacia él partiendo de la puerta de su dormitorio. La silueta pertenecía a una mujer. Una mujer joven de cuerpo curvilíneo que se movía voluptuosamente. En su mano derecha ella blandía un gran cuchillo y venía hacia él que se encontraba de pie en mitad del cuarto, inmovilizado, sin posibilidad alguna de poder huir. El convencimiento de que ella tenía el propósito de matarle, se adueñaba por completo de él. La silueta femenina se movía sinuosamente, despacio, envuelta en un silencio sepulcral que incrementaba el horror que a él lo tenía paralizado. Por fin transcurrido un tiempo que le parecía eternizado, la negra figura armada llegaba delante de él y, muy despacio iba levantando el brazo hasta colocar el cuchillo en posición vertical, disponiéndose entonces a asentarle la cuchillada mortal.

          Él gritaba aterrado, indefenso, mientras el cuchillo descendía con torturante lentitud. Y no podía hacer nada para defender su vida. Su impotencia era absoluta. Ya no podía gritar, ni pedir clemencia. Sus cuerdas vocales habían quedado paralizadas. Cuando el cuchillo rozaba ya su pecho y él aceptaba que irremediablemente iba a morir, despertaba de golpe con el corazón desbocado, latiendo ensordecedoramente, todo su cuerpo empapado en sudor, la boca dolorosamente seca y, cuando había recobrado todos sus sentidos escuchaba, tan cercano como si estuviera dentro de su dormitorio, el fuerte petardeo del motor de una motocicleta y lo dominaba la sensación de que este ruido guardaba alguna relación con la espantosa pesadilla que había tenido.

          Una mañana, Luis Gómez al cruzar la calle fue atrozmente atropellado por una motocicleta que circulaba a doble velocidad de la permitida dentro de la urbe. El piloto de este vehículo salió indemne, mientras Luis agonizaba viendo la negra silueta femenina armada con un cuchillo que inclinándose delante de él, esbozaba una sonrisa asesina y soltaba el cuchillo. Ya no necesitaba matarlo, él se estaba muriendo de las terribles heridas causadas por el brutal atropello de la motocicleta. Lo último que los ojos Luis Gómez vieron fue la cada vez más borrosa figura femenina, que había dejado de darle miedo porque ella nada podía hacerle peor de lo que ya le estaba sucediendo. 

 

DOS RECLUSOS (Relato negro)

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DOS RECLUSOS 

        Aunque era malcarado y poseía un aire huraño, el preso veterano decidió entablar amistad con el recluso nuevo, cuando ambos se detuvieron en el patio de la cárcel apoyando su espalda contra la pared en la parte que daba la sombra pues estaban en verano y el sol calentaba lo suyo.

        —¿Y a ti por qué te han metido en el trullo? —preguntó, amistoso.

        El preguntado le dirigió una siniestra mirada y respondió, hosco:

        —Porque tenía un bar.

        —Por tener un bar no condenan a nadie a prisión —incrédulo, pensando que el otro podía estarle gastando una broma.

        —Es que muchos de los imbéciles que entraban en mi bar nunca más volvían a salir de él —con siniestro y escalofriante tono de voz, el condenado que recién acababa de llegar.

        El recluso veterano decidió inmediatamente no ganarse su amistad y mucho menos su enemistad. Mucha mayor desgracia que estar encarcelado era estar muerto. 

DOS JUBILADOS Y UN ASESINO (Éste y otros relatos también en www.periodicoirreverenes.com)

DOS JUBILADOS Y UN ASESINO

 

           Marisa se había jubilado hacia cuatro meses y Dionisio, su marido, había pasado también a pensionista hacía tan solo una semana. Ambos podían ahora disfrutar de una merecida ociosidad y dedicarse plenamente a dos afanes que soñaban poder realizar cuando llegaran a su inactividad laboral. Marisa hacer labores de punto y ganchillo cuyos conocimientos había adquirido de su paciente y admirada abuela que tejía tapetes y cubrecamas magistrales.

 

        Marisa había comenzado ya la parte baja de un jersey para su marido, y sentada en el sofá del salón continuaba con esta labor desde que terminaron el desayuno, escuchando tangos, música que la conquistó cuando ella y su esposo pasaron unas vacaciones en Argentina. Y los fines de semana, en el hogar de la tercera edad, practicaban ambos este baile que los arrebataba por lo misterioso y mágico que lo encontraban. Marisa movía las largas y gruesas agujas de acero al ritmo de la música que estaba escuchando procedente del pequeño altavoz  situado en la librería, y su voz algo cascada intentaba formar dúo con la del cantante inmortal. “Dirás que todo es mentira, dirás que nada es verdad, al mundo poco le importa, gira, gira…”

 

         Mientras ella realizaba esta, para ella placentera actividad, su cónyuge preparaba una pequeña parte de los veinte metros de terreno que poseían en la parte delantera de su casita adosada, comprada a plazos veinte años atrás y que hacía tan solo dos habían terminado de pagar la ultima letra al banco que les había concedido un préstamo para su adquisición. Pensaba plantar allí orquídeas, una pasión que había desarrollado durante sus últimos años trabajando en un vivero. Dentro de una semana comenzaría el mes de marzo época del año muy favorable para plantar esta planta tan bella y delicada. No hacía frío aunque el cielo estaba nublado. Ensimismado en su trabajo de remover la tierra con su azada, no se dio cuenta de que alguien había abierto la puertecita de entrada a su propiedad, hasta que tuvo a un extraño junto a él.

 

        Marisa escuchó ruido y levantó la vista de la labor para descubrir, sobresaltada, a su esposo que andando de espaldas entraba en el salón. Retrocedía él por culpa de un hombre joven, desconocido, que lo estaba encañonando con un revólver que mantenía cerca de su pecho. El sobresalto que la mujer sufrió le alteró el ritmo del corazón.

 

      —¿Hay alguien más en la casa, vieja bruja? —se dirigió a ella el recién llegado, agresivo, amenazador.

 

        Se trataba de un hombre joven, de algo menos de treinta años cuyo rostro demacrado, barbudo y ojos hundidos y ropa sucias denotaban que se trataba de una persona en pleno proceso de degeneración, posiblemente por el consumo de drogas.

 

       Ella, haciéndose cargo de la peligrosa situación que les había surgido, respondió con una voz sorprendentemente firme:

 

       —En la casa solo estamos mi marido y yo. ¿Qué quiere usted de nosotros?

 

       —De ti nada, de momento, vieja. Sigue con el punto y no te muevas de donde estás mientras el cabrón de tú marido me da cuanto de valor tenéis.

 

       —No nos insulte, por favor. Llévese lo que quiera y luego déjenos en paz.

 

       Esta muestra de valor por parte de Dionisio irritó al visitante que reaccionó golpeando violentamente con el cañón de su arma el rostro del pensionista que cayó al suelo gritando de dolor. Inmediatamente se formó una línea roja de sangre en la parte que el acero del arma había cortado la carne de la mejilla que pronto comenzó a hincharse y amoratarse.

 

       —Levántate rápido, viejo fantoche. Quiero el dinero que tenéis en la pequeña caja fuerte disimulada en el lado derecho de la chimenea. Y tú, vieja momia, quita esa mierda de música. ¡Rápido, coño, que yo pierdo la paciencia enseguida!

 

       Los ancianos comprendieron que el intruso sabía aquel secreto suyo, ya fuera por indiscreción de algún conocido o por descuido de ellos al haber accionado la caja de caudales alguna vez sin tomar la precaución de correr antes las cortinas del ventanal que daba al exterior.

 

       Encima de la repisa de la chimenea había media docena de copas y un florete.

 

       —Je, admiradores de los tres mosqueteros, ¿eh? ¡Joder! —burlándose el delincuente—. Abre rápido la caja, viejo. Estoy acusado de tres crímenes y la misma condena me caerá si cometo otros dos más —acompañó esta terrible revelación clavando con furia el cañón del revólver en el estómago del anciano, que recién incorporado se dobló por la mitad soltando un agudo, lastimero gemido de dolor.

 

       Marisa tuvo la certeza de que el asaltante después de obtenido su botín les mataría para no dejar testigos. Su crueldad y el brillo homicida que mostraban sus ojos, así se lo indicaban.

 

       Se adueño de ella el espíritu guerrero que la había distinguido cuando siendo joven competía en torneos. Se levantó con decisión del sofá y sigilosamente llegó junto a los dos hombres que en aquel momento la daban la espalda.

 

       El joven asaltante no se dio cuenta de su silencioso movimiento hasta que tuvo a la anciana a menos de un metro de él.

 

       —Te he dicho puta vieja…

 

        No pudo añadir nada más. La veloz y certera estocada de la gran aguja de hacer punto empuñada por Marisa con gran firmeza acababa de atravesarle el corazón. Soltó un agudo gemido y sus ojos se abrieron desmesuradamente por la sorpresa. Después se desplomó como un fardo quedando tendido en el suelo en una mala postura.

 

        Dionisio volvió hacia su consorte el rostro ensangrentado y con un brillo de ternura y admiración en su mirada dijo.  

 

       —Cariño, sigues conservando las extraordinarias cualidades que años atrás te convirtió en campeona de esgrima.

 

       —Eso parece, mi vida —dirigiendo ella una mirada de desprecio al agonizante—. Voy a llamar a la policía.

 

        —Presentiste, al igual que yo, que luego de habernos robado este canalla nos habría matado, ¿verdad?

 

        —Sí. Dijo que ya había matado antes. Y tenía ojos de asesino.

 

        La mujer conservando todavía en su mano la aguja manchada de sangre caminó hacia el teléfono y con voz falsamente aterrada denunció a la policía los terribles hechos que acababan de vivir su marido y ella.

 

        Mientras Marisa hacía la llamada, Dionisio recogió del suelo la parte de la cintura del jersey que su mujer le estaba haciendo y elogió en voz baja:

 

       —Le está quedando muy bien. Mi mujer siempre ha destacado en todo aquello que se ha propuesto dedicarle tiempo.

 

       El asaltante realizó en aquel momento el último estertor quedándose mortalmente quieto después de realizar unos movimientos convulsivos sus dos piernas. A su lado el revólver, soltado por él al caer, le apuntaba a la cabeza.

 

 

 

VIVIRÁS OTRO DÍA MÁS

VIVIRÁS OTRO DÍA MÁS

El tipo duro le echó una última mirada a la foto que tenía del individuo que estaba esperando, la devolvió a la guantera de su automóvil que, con el aire acondicionado en marcha lo preservaba de la asfixiante temperatura con que castigaba el mes de agosto a quienes no disfrutaban de esta modernidad. Después de dejado el retrató cogió su revólver y sin comprobar si estaba cargado, pues de sobras sabía que era así, se lo colocó entre el cinturón y el interior de sus pantalones y, a continuación cerró un botón de su chaqueta consiguiendo con ello quedase oculto. El sujeto que le habían encargado liquidar llegó puntual, a la hora que le habían dicho. Conducía un coche de alta gama. Justo iba él a bajarse de su utilitario cuando sonó la patriotera musiquita de su móvil. Soltó un taco puerco, del extenso repertorio con que contaba. El número de la pantallita pertenecía al móvil de su inoportuna mujer. No le quedaba más remedio que atenderla.

—Sí, Pat, dime.

Con su voz chillona, alterada, ella le dijo que se le había averiado el coche y tendría que ir él, inmediatamente, a recoger a la niña al colegio.

—Calla, ya voy para allá —tragándose el cabreo que le había entrado.

El menda que había estado esperando se dirigía ya a la puerta por la que se entraba al bloque de pisos nuevos donde vivía. El tipo duro encajó las mandíbulas y masculló para el otro:

—Da gracias a Dios, tío mierda, porque vas a vivir un día más.

Acto seguido le dio a la llave del contacto y cogió la dirección que llevaba al colegio de monjas donde a su inocente hijita de ocho años le enseñaban, entre otras muchas cosas, el camino recto y seguro por el que un buen cristiano se gana el cielo. El tipo duro ya había colocado en su rostro la careta de papaíto bonachón.