CORNUDOS (RELATO)

CORNUDOS

 

 

 

 

 

 

(Copyright Andrés Fornells)

Arriba, cielo sombrío, amenazador, con pocos claros entre las negras nubes para que asomaran las titilantes estrellas. Sin luna visible. Abajo, un barrio marginal. Escaso tráfico en sus calles estrechas, llenas de baches y suciedad. Aceras en mal estado, sucias también. Olor a pobreza flotando en el aire inmóvil, denso. Las luminarias de las farolas rotas, apagadas por indigestión de piedras lanzadas por críos aburridos, encanallados. Oscuridad siniestra ocultando los edificios feos, deteriorados, míseros. Temperatura ambiente: templada.
De pronto surgen dos cegadores haces de luz provenientes de un vehículo surgido al principio de la calle que, abriendo sendos túneles lechosos rescatan de las sombras el escenario lúgubre, sombrío, peligroso.
Gracias a esta repentina claridad el hombre que camina cabizbajo, con las manos metidas en los bolsillos de su mugrienta gabardina, descubre a otro hombre sentado en el escalón de una puerta cerrada. Antes de que el coche se aleje y con él la visibilidad, el hombre de la gabardina ha tenido tiempo de ver que el hombre sentado está llorando. Y más que su silencioso llanto le impresiona la tristísima, la desesperada expresión que muestra su cadavérico semblante. Se le despierta un súbito sentimiento de lástima y, deteniéndose delante de él, le pregunta, amistoso, solidario:
—¿Por qué llora, amigo?
Ha de esperar media docena de sollozos para que el preguntado responda con voz ronca, entrecortada, plañidera:
—Mi mujer me ha echado de casa.
—¡Vaya! ¿Y por qué le ha echado ella de casa?
—Para que mi presencia no les moleste a ella y a su amante mientras me ponen los cuernos.
—¡Eso es imperdonable! ¡Los muy cerdos! —indignadísimo su oyente—. ¿Y qué piensa hacer al respecto?
Su interlocutor deja escapar un suspiro que encierra, a la vez, sufrimiento y resignación, para acto seguido responder avergonzado:
—Nada… Sólo esperar a que ese tipo asqueroso se largue, para regresar yo a la casa. Afortunadamente los cuernos no matan.
Recibe del hombre que se ha interesado por él, una mirada de profundo desprecio y una trágica sentencia:
—A los hombres de verdad, sí los matan los cuernos.
El hombre de la gabardina mugrienta reanuda su camino. Demasiado cobarde el desgraciado individuo dejado atrás. No mereció que le prestase su pistola para que se suicidase como va a hacer él, por el mismo motivo que desespera al otro, pero no lo hará antes de haberse cargado a la infiel y a su maldito amante.
La oscuridad se lo traga y el llorón desesperado deja de escuchar sus pasos. Libera un hondo suspiro, seca sus lágrimas y sus mocos en la manga de su chaqueta ensuciándola un poco más, y vence su cuerpo hacía adelante abatido por el peso de su desdicha. Seguirá vivo, sin dignidad, sin amor propio y dolorosamente humillado.
Del manto celeste se cae una estrella. El cornudo resignado no la ha visto. Ha perdido la oportunidad de pedirle un deseo.

PROPUESTA DE ASOCIACIÓN (RELATO)

james-stewart-con-kim-novak-en-vertigo(Copyright Andrés Fornells)

Mike Warner hizo girar la manivela de la puerta acristalada llena de pegatinas publicitarias, y entró en el Bar Sparow. En su interior no pasaban de media docena los clientes que había. Mike, joven atractivo y atlético vestía una chaqueta gris claro, una camiseta blanca, pantalones vaqueros y zapatillas de tenis bastante usadas. Al llegar al mostrador pidió al camarero, un hombre de mediana edad y acusados rasgos latinos que, con aire aburrido lo miraba expectante, acodado de brazos en la barra:

–Un Jack Daniel´s con mucho hielo.

—Inmediatamente, señor —indolente el empleado.

Mike esperó a que le sirviera la bebida, la pagó inmediatamente y fue, llevando en su mano izquierda el vaso largo, a sentarse a una mesa al fondo del salón, cerca de la cual no había nadie. Para lo que se proponía realizar no quería curiosos cerca. Echó un trago de la bebida «on the rocks» y a continuación sacó del bolsillo derecho exterior de su chaqueta tres cosas: un bolígrafo, una pequeña libreta y la cartera que acababa de robar a un turista australiano en la parada del autobús.
De su contenido escogió la tarjeta de crédito y empezó a imitar la firma de un tal Jaques Thomson. Era muy bueno falsificando firmas, y a los diez minutos de practicar copiaba ya tan bien la rúbrica del perjudicado, que seguro conseguiría engañar al empleado del primer banco en el que entrase. Obrar con rapidez era primordial en su delictiva profesión. El individuo robado tardaría poco en darse cuenta del hurto y pedir la anulación de su tarjeta. Se terminó de un solo trago el contenido de su vaso y marchó a la calle.
Tuvo que andar únicamente dos manzanas para encontrar una entidad bancaria. El empleado que le atendió, amable y risueño, tras comprobar que coincidía su firma con la de la visa de oro que acababa de presentarle, le  entregó el dinero requerido. Mike lo metió en su propia cartera, la pasó al bolsillo interior de su chaqueta y se dirigió a la puerta.
Al salir Mike del establecimiento bancario, tropezó  una bonita  joven con él y  le pidió perdón por su torpeza ,acompañándose de una sonrisa encantadora.
Mike le devolvió la sonrisa y la siguió con ojos apreciativos. Ella parecía tener prisa. Caminaba presurosa. Su cuerpo esbelto, de movimientos vivos, deliciosamente femeninos, llamaba la atención de la gente que la dirigía miradas de agrado. El carterista la perdió de vista entre el gentío. “Un exquisito bombón”, juzgó.
Caminados una veintena de pasos entró en un estanco a comprar tabaco. Y entonces se dio cuenta de que le faltaba la cartera en la que había metido el dinero recién sacado del banco.
Dejó a la estanquera con el cartón de Winston en su mano y salió corriendo. Mike poseía una buena constitución física y su carrera fue veloz. Tropezó con algunas personas, pero no perdió el tiempo disculpándose. Le urgía dar con la chica que un momento antes, chocando con él, le había robado. Cada segundo que transcurría lo alejaba de la posibilidad de atraparla. Su esfuerzo y su velocidad obtuvieron recompensa. La descubrió bajando por la escalera del metro. Iba confiada pues, aunque llevaba el paso rápido, no miraba atrás por estar convencida de que nadie la seguía.
Al llegar junto a ella Mike la cogió fuertemente del brazo justo delante de la barrera de control obligándola a detenerse. La joven se asustó al reconocerle. Sus grandes ojos verdes lo demostraron, al tiempo que forcejeaba intentando escapar de él. Mike la mantuvo firmemente presa, convencido de que a la menor oportunidad que le diera ella intentaría escapársele.
—No te voy a hacer nada, preciosa —le advirtió sonriendo para inspirarle confianza—. Devuélveme lo mío y te invitaré a un refresco. No estoy enfadado contigo. Los dos nos dedicamos a lo mismo.
Ella le registró la mirada. Se tranquilizó algo. Su cuerpo perdió cierta tensión. Los ojos de Mike mantenían todo el tiempo un brillo amistoso. La joven metió la mano que él le dejó libre dentro del bolso que colgaba de su hombro y sacando una cartera se la entregó.
—Esta no es la mía —él con un ronroneo divertido en su garganta.
Ella la devolvió al interior del bolso y sacó otra.
—Ésta sí es la mía. Vamos a la cafetería de la estación —Mike amistoso todo  el tiempo, y tirando del brazo de ella.
—Por favor… déjame ir. Te quité la cartera por necesidad. Tengo que mantener a mi madre enferma y estoy sin trabajo —intentando despertarle lástima.
—Tranquila, de eso hablaremos mientras tomamos algo.
Entraron en el establecimiento elegido por Mike. Cuando la obligó a sentarse a una silla de la mesa por él escogida, le repitió que era, al igual que ella, un carterista. Para convencerla de que estaba diciéndole la verdad, Mike le enseñó la cartera robada un rato antes al turista australiano y un par de carnets de conducir pertenecientes a personas diferentes.
Ahora sí se tranquilizó la joven y a la pregunta de él, sobre cómo se llamaba, respondió dedicándole un esbozo de sonrisa seductora:
—Camille.
Tenían el camarero a su lado.
—¿Tiene champán? —le pidió Mike.
El empleado, un jovenzuelo con el rostro sembrado de acné les observó sorprendido. Nunca nadie le había pedido champán a media mañana. Camille, encontrando divertida su reacción, intervino:
—¿Tenéis champán, o debemos irnos a otro sitio a tomarlo?
—Tenemos. Lo traeré enseguida —reaccionando torpemente el camarero y dirigiéndose acto seguido al mostrador, derribando por el camino una silla contra la que tropezó.
Los dos carteristas rieron de buena gana su cómico atolondramiento. Una hora más tarde habían terminado de beberse el champán acompañado de unos pastelitos y acabado convertidos en socios. Ninguno de los dos tenía ataduras. Mike estaba divorciado y Camille era soltera, huérfana, y criada en un orfanato.

“EL TEMPRANILLO” PASÓ DE BANDOLERO A POLICÍA GUBERNAMENTAL (LEYENDAS)

(Copyright Andrés Fornells)

Entre las muchas e interesantes leyendas andaluzas está la de José María “el Tempranillo”. Este destacado personaje nació en Jauja, término municipal de Lucena (Córdoba) un 24 de junio de 1805 (día de san Juan). Debió su apodo a que, a la temprana edad de 15 años tuvo que huir al monte porque en una reyerta de faldas, con su cuchillo mató a un rival. La razón de su huida fue que, de haber sido apresado lo habrían condenado por su asesinato a la horca o al garrote vil, sin que importase su corta edad.

En el monte, el joven José María se unió a otros huidos, con los que no tardó en formar una banda de bandoleros, junto a los que comenzó a crear la leyenda que le convirtió en un personaje famoso, temido, romántico y generoso pues, parte de lo que robaba a los ricos lo entregaba a algunos necesitados, convirtiéndose en la versión andaluza de Robín Hood.

La inquina que demostraba a los señoritos ricos, la justificaba él hecho que, uno de ellos había matado a su padre cuando aquél contaba solo 30 años.
“El Tempranillo” asaltaba a personas que viajaban a caballo y, muy especialmente, a diligencias con pasajeros acomodados. Y a las damas asaltadas les arrebataba sus joyas con una galantería y un encanto desconcertantes para ellas. Hasta tal punto era así, que más de una de las perjudicadas elogió sus modales.

La fama de este osado bandolero llegó a todos los rincones de España y Europa convirtiéndose en toda una leyenda sobre la que volcaron ríos de tinta los medios de comunicación de aquella época.

Los mercenarios del rey Fernando VII, a pesar de todos los esfuerzos realizados no consiguieron apresarlo, debido a lo escurridizo que era y a que muchos campesinos, favorecidos por este bandolero y su banda les ayudaban a esconderse a pesar de las elevadas recompensas que se ofrecían por su captura.

José María “el Tempranillo” se enamoró de una joven llamada María Jerónima Francés. Su relación tuvo que afrontar continuos sobresaltos y huidas. Cuando le nació su primer hijo, las autoridades prepararon a este bandolero una emboscada en el cortijo donde tuvo lugar el parto de su mujer. María Jerónima murió al dar a luz. El afamado bandolero cargó con el cadáver de ella sobre la grupa de su caballo, metió al recién nacido en la faja de su cintura y escapó de allí a galope tendido disparando sus dos pistolas y esquivando la lluvia de disparos que le lanzaron sus enemigos.

Para aquel entonces, su banda contaba con más de medio centenar de bandoleros, habían cometido varios asesinatos y eran temidos muy especialmente por viajeros y autoridades.

Ante la imposibilidad de derrotarles, las autoridades acordaron con el temible bandolero pagar un portazgo (Derechos que se pagan por pasar por un sitio determinado de un camino) para que las diligencias que iban de Sevilla a Madrid pudieran cruzar los caminos de Sierra Morena, zona que dominaban los bandoleros.

Esto dio motivo a un dicho muy celebrado en aquellos tiempos: Fernando VII es el rey de España, pero “el Tempranillo” lo es del reino de Sierra Morena.

En 1833, el rey de España creyó haber encontrado una buena solución para aquel gran conflicto considerado interminable. La solución consistió en conceder el indulto a José María “el Tempranillo” y nombrarle jefe comandante de un nuevo escuadrón de migueletes (los migueletes eran una milicia de soldados que había formado el rey para combatir a los bandoleros que se escondían y cometían todo tipo de delitos en las sierras andaluzas).

Aquellos de sus hombres que no quisieron unirse al ahora nuevo representante de la ley y pasar de asaltantes de caminos a policías, se enfrentaron a él.

Uno de sus antiguos hombres, llamado José María “el Barberillo” se enfrentó a su antiguo jefe y lo mató de un disparo a bocajarro.

José María “el Tempranillo” contaba 28 años cuando murió.

Su tumba, bonita y en excelente estado de conservación, pues es toda una atracción turística, puede ser visitada por quienes sientan curiosidad, en una estancia del patio interior de la iglesia de la Inmaculada Concepción de la población de Alameda, municipio de la provincia de Málaga.

BARRIO CÉNTRICO DE UNA CIUDAD (RELATO NEGRO)

muchacha
Barrio céntrico de ocio. Abundante iluminación eléctrica que casi supera la diurna. Caótica mezcla de multicolores letreros anunciando establecimientos de bebida y de comida. Colosales edificios modernos luciendo enormes pantallas digitales con publicidad de grandes marcas. Salones recreativos. Estridentes sonidos electrónicos. Andanadas de música provenientes de los locales, cuando alguien abre sus puertas.
Gente animada yendo y viniendo por las calles. Rumor de conversaciones, risas y pasos. Gente sentada en el interior de establecimientos y en sus terrazas. Delicias gastronómicas aromatizan el aire y son servidas por eficaces camareros. Ropas tradicionales envuelven los cuerpos de las personas mayores, y ropas deportivas llevadas con soltura y descuido por las personas jóvenes. Seriedad en los rostros de los primeros, bullicio, alegría y vitalidad, en los rostros de los segundos.
Circulan por la zona asfaltada gran cantidad de vehículos lentos con sus luces de ciudad puestas, bañando de plata el pavimento, alerta sus conductores no se les cruce de pronto algún imprudente transeúnte.
Sentada en un banco, aprovechando la luz proveniente de una farola cercana, una muchacha espera a alguien leyendo un libro. Viste una chaqueta de cuero, unos pantalones vaqueros y unas zapatillas de tenis. Lleva el pelo muy largo y apenas va maquillada. Posee cierto atractivo, aunque no es bella. Está totalmente aborta en la lectura. De vez en cuanto frunce el entrecejo con aire concentrado.
Todo esto forma la típica, habitual estampa de una metrópoli cosmopolita, dinámica, pacífica y próspera.
Y de pronto ráfagas de metralletas rompen, la paz, la armonía, la belleza y la vida festiva de una población inocente que está siendo víctima del fanatismo criminal terrorista.
La joven que leía se tira al suelo donde permanece totalmente inmóvil. En el último párrafo que ha leído en el libro ponía: “Los terroristas nunca les disparan a los que creen están muertos”. Y ella está muerta: muerta de miedo.

JAQUE MATE (HISTORIAS AMERICANAS) «RELATO NEGRO»

JAQUE MATE
JAQUE MATE
Cuando Larry el Niño entró en la banda de Ramos Culo Gordo, Gerard el Pecas le avisó que tuviera mucho cuidado con Washington el Loco.
—No le lleves nunca la contraria. Meses atrás envió al patio de los callados a Marcos el Guapo porque le dijo que era más feo que un tiro de mierda.
—¿Pero hay alguien en el mundo más feo que Washington? —rio Larry el Niño que era un chico bien parecido, alegre y estaba siempre de buen humor.
—Ten cuidado, no se lo digas a él en la cara. Recuerda lo que le hizo a Marcos el Guapo: le metió en el cuerpo seis tiros a bocajarro, está ahora criando malvas y le lloran su mujer y tres queridas que tenía.
—Bueno, tranquilo, Pecas. Con él me andaré siempre con mucho cuidado.
Gerard el Pecas se preocupaba por este simpático jovencito, y por eso se había toma-do la molestia de avisarle y de meterle en la banda. Por eso y porque su hija Pat se había enamorado de él y pedido le ayudase a obtener un empleo fijo y bien pagado.
Ramos Culo Gordo estaba interesado en la adquisición de un local céntrico en el que su propietario, un viejo llamado Thomas Stransvic, tenía montado un estanco que le daba para vivir bien, coleccionar guitarras de músicos famosos y procurarles una vida regalada a la docena larga de gatos que convivían con él en un apartamento que apestaba peor que un cementerio de mofetas, a pesar de que gastaba, con la intención de remediarlo, un spray diario de aromas de madreselva, perfume que usaba la única mujer que en su vida se la dejó meter en caliente, antes de fugarse con un domador de leones que no usaba el látigo únicamente con ellos.
Ramos Culo Gordo estaba interesado en adquirir el local del viejo Thomas Stransvic, pero éste no quería vendérselo al precio, miserable, que aquél quería comprárselo, así que el capo mafioso decidió emplear el medio intimidatorio que siempre le había dado exitosos resultados, y encargó a Washington el Loco y a Larry el Niño le dieran un “aperitivo” de lo que iba a sucederle si seguía negándose a cederle su establecimiento por el precio que él ofrecía.
Washington el Loco y Larry el Niño, en cuanto se hizo de noche se ocultaron en un portal desde el que podían vigilar el estanco del viejo Thomas. Esperaron a la hora habi-tual del cierre, para entrar en el mismo y, mientras Larry el Niño cerraba la puerta y echaba la cortina para que desde el exterior no pudieran ver lo que iba a acontecer en el interior del establecimiento, Washington el Loco le preguntó al viejo tendero si estaba dispuesto a venderle el local a su jefe. Éste demostrando que poseía un coraje suicida, le respondió:
—Por el precio de mierda que me ofrece no se lo vendo. Vale diez veces más.
El pistolero, con el bate de béisbol que llevaba, de un brutal golpe le rompió un brazo. El anciano se puso a bramar de dolor dando saltos como los de los sioux durante su danza de la lluvia.
El joven que salía con la hija de Gerard el Pecas, queriendo hacer méritos y de paso congraciarse con Washington el Loco, le pidió el bate de béisbol.
—Dame que contribuya también yo a darle parte del “aperitivo” a este asqueroso Matusalén.
El Loco sonrió perversamente, consiguiendo el casi imposible logro de aumentar su fealdad, y se lo entregó.
Larry el Niño, de un fuerte golpe con el palo de béisbol le rompió una pierna al herido que cayó al suelo aullando, revolcándose de dolor. Esta salvaje acción le ganó el agrado de Washington el Loco que se lo demostró dándole amistosas palmadas en la espalda.
Acción que repetía cada vez que Larry el Niño decía algo gracioso. A Gerard el Pe-cas esto no le parecía mal. Al Loco era absolutamente preferible tenerle como amigo que como enemigo.
El pobre Thomas Stransvic cuando salió del hospital donde le habían tenido enca-mado varios días, lo hizo con una pierna y un brazo escayolados, y en una silla de ruedas que empujaba una hermana suya, coja, que se había cuidado de sus gatos el tiempo que él estuvo hospitalizado.
Ese mismo día, sabiéndose amenazado de muerte, el aterrado estanquero vendió su estanco por lo que quiso darle Ramos Culo Gordo que acudió junto al notario para es-tampar la firma de compra-venta fumando uno de sus caros cigarros puros sostenido por sus dedos morcillones llenos de ostentosos anillos, impasible totalmente su grasiento rostro de buda urbanita.
Una noche, esperaban en un gran almacén la llegada de un tráiler que debían cargar con cajas de fruta en cuyo fondo iba camuflada una importante cantidad de droga: Gerard el Pecas, Washington el Loco y Larry el Niño.
Para entretener la espera y mientras compartían una botella de excelente bourbon, el Loco propuso echar unas partidas de póquer. El Pecas se opuso:
—De jugar al póquer nada, que tú tienes muy mal perder.
—Y yo no sé jugar —añadió el Niño—. Lo que sí se me da bien es el ajedrez. ¿Nos echamos una partida, suegro? —propuso, cariñoso, dirigiéndose al Pecas.
—No sé jugar al ajedrez —reconoció el interpelado.
—Yo juego contigo —manifestó el Loco acompañándose de una de sus horribles sonrisas-mueca.
Larry el Niño colocó las fichas encima del tablero y se situaron, él y Washington el Loco a cada lado de la mesa. Encima de sus cabezas una lámpara de plato lanzaba un amarillento círculo de luz sobre ellos. En otra silla, sin demostrar interés por la partida que iba a tener lugar, Gerard el Pecas decidió fumarse el puro que Ramos Culo Gordo le había regaló aquella tarde, cuando él regresó de pasear el agasajado perro de su mujer, animal que el mismo capo mafioso reconocía, ella le quería infinitamente más que a él.
De vez en cuando Larry el Niño soltaba una exclamación de puro júbilo porque le había comido una pieza al Loco. Gerard el Pecas, sin fijarse en ellos, fumaba impasible. Pertenecía a ese numeroso grupo de personas que no ve en los juegos de entretenimiento una diversión, sino una estúpida manera de perder el tiempo.
Larry el Niño anunció de pronto, a su adversario en el juego, dando muestras de explosivo regodeo, que le hacía jaque-mate.
Washington el Loco sintió que una oleada de humillación encendía sus venas, circulando veloz por las mismas le alcanzaba la cabeza y le nublaba la razón. Sacó rápido la berreta que llevaba metida en la sobaquera de su deformada y sucia americano que, para estar más cómodo había abierto nada más comenzar la partida, y escupió con voz cargada de vesánico odio:
—¡El jaque-mate te lo hago yo a ti, niñato de mierda!
Y le metió a Larry el Niño, en su joven pecho, seis balazos, todo ellos mortales de necesidad. Gerard el Pecas era un hombre en plena forma todavía y con admirable celeridad de reacción. Soltó el puro que llevaba consumido por la mitad y fue más rápido que Washington el Loco, pues cuando éste se volvió hacia él con su pistola humeante, antes de que pudiera apretar el gatillo, Gerard el Pecas le metió en el cuerpo todo el cargador de su parabellum.
Todo lo más que pudo hacer el asesino de Larry el Niño fue un disparo al techo, unas décimas de segundos antes de morir, y una pequeña cantidad de escayola cayó sobre sus ojos que ya no podían ver.
Gerard el Pecas se acercó al novio de su hija. Éste había pasado a mejor vida. Lo único que pudo hacer por él fue cerrar sus ojos velándose ya. En el rostro curtido de Gerard el Pecas se pintó una expresión de amargura.
A su hija, la única persona en el mundo que él quería y por la que era querido, tendría que darle una noticia que le rompería el corazón. Miró de nuevo el cuerpo cubierto de sangre de Larry el Niño y le reprochó, apenado:
—Chico, te advertí que tuvieras mucho cuidado.
Recogió del suelo el cigarro puro, que no había tenido tiempo de apagarse y continúo fumándolo a pesar de saberle amargo.
El camión, cuando llegara, tendrían que cargarlo él, el chofer y el ayudante de éste. No le importaba. Cualquier cosa que retrasase su regreso a casa donde su enamorada hija estaba esperando el regreso de su amado, le valía.
En cuando a Ramos Culo Gordo, su enfado le traía sin cuidado. En definitiva, al capo le supondría un gasto insignificante pagarles un buen entierro a los dos hombres que había perdido. Y si se hacía el rácano con una corona para Larry el Niño, él la pagaría de su propio bolsillo.
—Estúpido juego el ajedrez —masculló a través del pedazo de boca que no mordía el cigarro.

LA ENCANTADORA Y AMBICIOSA MARION DULAMIEUX (RELATO NEGRO)

Lautrec 6
LA ENCANTADORA Y AMBICIOSA MARION DULAMIEUX
La Belle Époque se hallaba en todo su esplendor. En París la antigua aristocracia europea gozaba de notoria influencia política y el capitalismo a gran escala se hallaba en su máximo auge. Muchas jóvenes del campesinado francés acudieron a la importantísima metrópoli francesa en busca de un trabajo menos duro y mejor pagado que el que realizaban en el campo y, las más ambiciosas, albergando la esperanza de hacer fortuna.
Marion Delamieux fue una de estas últimas. No era ninguna belleza pero poseía cierto atractivo y un cuerpo fuerte y muy bien formado. Apasionada y ardiente, llegó a “la ville lumière” con la doncellez largo tiempo perdida y un amplio conocimiento sobre la sexualidad, sobe lo que más les gusta a los hombres de las mujeres y lo que debe hacer una hembra para seducirles, complacerles y también dominarles.
Su primera colocación fue de sirvienta en la casa de los condes de Chatobreau. Camille, la condesa, Florián el conde; ambos sexagenarios. La condesa con inclinaciones zoofilias que satisfacía sus necesidades de placer con sus dos perros cocker spaniel a los que cuidaba y mimaba llevándolos dos veces por semana a salones de embellecimientos. El conde era impotente y gozaba únicamente del sexo visual y olfativo. Marion tardó poco descubrirlo y le arrancó al anciano oleadas de placer haciéndole tumbarse en la ca-ma y poniéndose ella de cuclillas colocarle en su picuda nariz sus afrodisiacos pétalos femeninos. El viejo aristócrata, agradecido, le hacía regalos que empezaron siendo pequeños y fueron aumentando debido al astuto proceder de Marión.
—Hoy me he puesto pantalones de pana porque me he levantado de muy mal hu-morada. Tendrás que regalarme algo que merezca me anime a ponerme la faldita corta.
—¿Te pondrán de buen humor unas ligas nuevas? —propuso el conde que no era precisamente desprendido.
—Tengo ya demasiadas ligas. Quiero abrirme una pequeña cuenta en el banco e ir ahorrando un poco cada vez que pueda, para cuando mis encantos se marchiten contar con algo para mi vejez.
—Nunca me pediste dinero antes —lamentándose él.
—Para todo hay una primera vez y la mía ha llegado ahora —contundente ella.
—Dinero no —obstinado él.
Marion sabía cómo vencer su resistencia y tacañería. Se paseaba por la casa señorial desprovista de esa prenda femenina que muchos llamas la más íntima, atormentándole con el fuerte aroma sexual que desprendía su entrepierna. El conde de Chatobreau ter-minó claudicando y entregándole encima del sueldo una substanciosa cantidad de dinero. Marion tenía un día libre a la semana, generalmente los sábados. Un sábado por la tarde en unos grandes almacenes se encontró a Nina, una joven vecina suya del pueblo. Celebraron el encuentro tomando un refresco en una café. Lógicamente hablaron de cómo les iba en París. Nina contó que estaba trabajando en un cabaret y le iba bastante bien. Marion quiso saber en qué consistía su trabajo y la otra le explicó que su trabajo consistía en desnudarse poco a poco, realizando al hacerlo movimientos eróticos delante de los clientes que acudían al local. Y entre actuación y actuación se dejaba toquetear por los hombres que la invitaban a consumiciones sobre las que ella recibía un pequeño porcentaje.
—Y para ganar más todos las noches me acuesto con dos o tres clientes. A veces más y lógicamente les cobro por ello.
—¿O sea que te has convertido en una prostituta?
—Hija, di mejor que me he convertido en una artista camera. En esta vida si vas con melindres nunca sales de la pobreza. ¿Te acuerdas de la finca del viejo Lautrec, ¿pues acabo de comprarla con mis ahorros?
—Pero eso te habrá costado una fortuna. Esa finca es grandísima.
—Ciertamente. Me ayudó el dinero que heredé de un viejo que murió, con el que durante algún tiempo me mostré extraordinariamente cariñosa. Sus herederos se me echaron encima, pero como todo había sido legal nada pudieron contra mí.
—Nunca pensé que fueras tan lista, Nina —admirada y envidiosa.
—Tampoco yo, hasta que descubrí que sí lo era —riéndose la otra.
A Marion, que cada día que pasaba le crecía la codicia, esta conversación la dio mucho que pensar, sin embargo estaba bien con los condes y poco a poco su cuenta del banco aumentaba, y no tenía que trasnochar, algo que no le apetecía, pues acostumbrada a trabajar en el campo se acostaba con las gallinas y despertaba con las primeras luces del día. Más su cómoda y provechosa existencia sufrió un repentino, inesperado vuelco debido un terrible accidente ferroviario. La locomotora de vapor que hacía la ruta Granville-Paris, por culpa de un freno defectuoso no pudo parar, atravesó la fachada de la estación y entre los muertos que hubo en este desdichado accidente se hallaban los condes Chatobreau. Al día siguiente de habérseles dado santa sepultura apareció en su magnífica propiedad, el heredero de los occisos, un sobrino ambicioso que acusó inmediatamen-te a Marion de haber robado, antes de su llegada, las joyas de sus tíos. La fámula lo negó, sostuvo que los difuntos eran muy desconfiados y las joyas se las habían llevado con ellos. El sobrino argumento que las joyas no se encontraron entre las pertenencias de los condes. Marión se defendió sosteniendo que alguien debió robárselas. La detuvieron, pero al no conseguir pruebas de su culpabilidad tuvieron que soltarla. Las joyas Marion las había guardado en la caja de seguridad de un banco. De nuevo en la calle, Marion no queriendo tocar sus ahorros, buscó inmediatamente un nuevo trabajo. Acordándose de su amiga Nina, se presentó ante el director del Moulin Rouge, un tipo gordo, calvo y con cara de hastío, quién le pidió que se desnudase delante de él. Marión no dudo un instan-te en hacerlo, el pudor llevaba mucho tiempo sin hacer uso de él.
—No eres muy guapa —juzgó él—, pero con el rostro bien maquillada podrás parecerlo. En cuanto a tu cuerpo es exuberante y voluptuoso. Gustarás a los hombres.
Efectivamente Marion gustó a la lujurioso clientela del Moulin Rouge y empezó para ella una buena época, aunque seguía resintiendo lo de acostarse de madruga y dor-mir durante el día, mal, pues vivía en una zona con mucho tráfico y trasiego de transeúntes, todos ellos ruidosos. Finalmente buscó y encontró un viejo chaletito provisto de un pequeño jardín situado en uno de los barrios antiguos de la ciudad. Una noche, después de realizado su número de striptease, un anciano que la había estado contemplando con ojos embelesados la invitó a beber y le confesó que lo tenía fascinado por lo mucho que ella se parecía a su difunta esposa a la que había amado con locura. Las visitas del anciano y las invitaciones a Marion se sucedieron y un día él la invitó a ir a su casa.
—Desgraciadamente no funciono ya —confesó—, pero gozaré teniéndote desnuda a mi lado en la cama perfumada con el perfume que usaba mi desaparecida esposa.
El anciano le pagaba por acostarse con él. Pero Marión, además de desarrollar más y más su ambición se convirtió en una cleptómana incurable y le robó al viejo las joyas pertenecientes a su difunta esposa. Este hurto lo indignó y fue a denunciarla a la policía. De nuevo no pudieron demostrar que las joyas las tenía ella y quedó libre, pero el dueño del Moulin Rouge era un hombre muy estricto y la despidió, pasando además aviso a los dueños de otros cabarets de las sospechas recaídas sobre Marion Delamieux, y nadie más la contrató. Marion decidió entonces cambiar de actividad. Realizó un curso de enferme-ría y no tardó en encontrar plaza en un céntrico hospital particular. A lo largo de su vida había aprendido a ser encantadora y a ganarse la voluntad de la gente. Puso estas artes suyas en funcionamiento máximo. Trataba tan bien a los pacientes, era tan servicial y cariñosa con ellos, que la adoraban. Y también se ganó el aprecio de la dirección pues, aunque hubiera terminado su turno y algún paciente sin familia se estaba muriendo ella se quedaba, dando ejemplo de caridad humana, con él hasta que expiraba.
Entre una paciente anciana llamada Anastase y Marion surgió una simpatía tan grande que, cuando esta mujer se repuso de la severa gastroenteritis que padecía la enfermera la invitó a pasar unos días en su casa. Y pasada una semana, cuando le pregunta-ron por ella en el hospital, Marion esbozando una tierna sonrisa comunicó que la adorable Anastase se había marchado a vivir con una sobrina que tenía en Lyon.
La dirección de la empresa, en reconocimiento por las muchas muestra de agradecimiento y alabanzas sobre la labor tan humanitaria que realizaba Marion Delamieux, decidió nombrarla jefa de enfermeras. Aceptando este puesto mucho mejor remunerado que el anterior, la ex stripper manifestó conmovida, emocionada:
—Bendeciré cada día de mi vida el haber decidido dedicarme a esta profesión humanitaria que tantas satisfacciones me da.
De vez en cuando, Marión se llevaba a su casa algún paciente a su casa y lo atendía divinamente hasta que se marchaba. Cuando en el hospital elogiaban su caritativo proceder, Marion explicaba con humedad de lágrimas en sus grandes ojos castaños daba siempre la misma explicación:
—Mis padres murieron siendo yo muy jovencita y sé lo triste que es que nadie te demuestra un poco de calor humano. Y por eso yo se lo demuestro a los pacientes.
A sus cuarenta años Marion se había convertido en una persona muy respetada y elegante. Fuera de la clínica vestía muy bien y, a quienes, le mencionaban este hecho replicaba:
—Como no tengo a nadie a quien mantener, me gasto en el lucimiento de mi persona todo cuanto gano.
El paso del tiempo la había favorecido y resultaba más atractiva en su edad madura de lo que lo fue en su juventud. El director del banco donde tenía ella depositados sus ahorros, la recibía en su despacho y allí encerrados gozaban ambos unas sesiones de sexualidad desenfrenada.
Una mañana ingresó en la clínica con un problema de insuficiencia cardíaca una anciana adorable. Su dulzura y amabilidad extremas se ganaron el cariño de todo el personal, lógicamente, entre Danielle, que así se llamaba esta mujer mayor, y Marion surgió un afecto muy especial. Daniel encontró en la eficiente y atenta Marion la hija querida que nunca había tenido, y la enfermera en ella la madre que le murió joven y había podido disfrutar muy poco tiempo. Cuando a madame Danielle la dieron el alta, aceptó pasar unos días con la encantadora y servicial Marion.
Marion tenía un turno de trabajo muy largo, pues comenzaba a las nueve de la mañana y terminaba a las nueve de la noche. Una noche cuando salía de cumplir con su ardua jornada laboral un hombre joven le interceptó el paso y enseñándole su credencial de agente de policía le dijo:
—Soy Aurelien Chamoi, inspector de policía, y tengo que hablar con usted, señora Delamieux. Acompáñeme.
Marion se mostró sorprendida:
—¿De qué quiere usted hablar conmigo? Se ha quejado algún paciente de mal trato por parte mía? —un tanto irónica.
—Acompáñeme a la comisaría, y lo averiguará —muy serio el agente—. Tengo mi coche aparcado ahí—señalándolo.
Durante el viaje apenas se dijeron nada. Fue cuando se encerraron en el despacho del funcionario quedando sentados frente a frente que él comenzó su ataque contra ella:
—Estuvo usted empleada en el Moulin Rouge, ¿no es cierto?
—Oh, pecadillos de juventud —rio burlona Marion.
—De allí la echaron por ladrona, ¿no es cierto?
—Fue una acusación falsa —perdiendo la sonrisa la jefa de enfermeras—. Nada pudieron probarme.
—Exacto, la soltaron por falta de pruebas.
—Todo el mundo es inocente mientras no se demuestra su culpabilidad —segura de sí misma.
—Efectivamente, y ante la falta de pruebas se prefiere soltar a un culpable que man-tener preso a un inocente.
—Exacto.
Recordando sus tiempos de seductora de cabaret, Marion realizó un cruce de piernas que elevó su falda hasta dejar la mitad de sus fuertes muslos al descubierto. Creyó haber conseguido la atención del policía sobre sus piernas, cuando él la cogió por sorpresa al referirse a la mano de ella apoyada en el regazo.
—¿De dónde ha sacado esa bonita y valiosa pulsera que lleva en su muñeca izquierda?
Ella, sin ponerse nerviosa, respondió astuta:
—Me la regalaron.
—¡Miente! Esa pulsera era propiedad de mi abuela Leana y no pudo regalártela por-que se la tenía prometido a mi hermana Colette que vive en Nantes, por tratarse de un recuerdo de familia, y que desapareció misteriosamente un par de semanas atrás, justo cuando usted se la llevó a su casa. Vamos a detenerla, acusada de su asesinato.
—No tiene prueba ninguna de lo que dice —con la arrogante seguridad que algunos psicópatas muestran en momentos muy comprometidos para ellos.
—Las encontraré. Queda detenida.
Una excavadora halló enterrados en el chaletito de Marion Delamieux ocho cadáveres de otros tantos pacientes que se había llevado a su casa. Y esta perversa mujer fue condenada a morir en la misma guillotina que le cortó el cuello al mayor asesino de mujeres de toda la historia de Francia, Henry Desire Landru.

MATAR Y MORIR (RELATO NEGRO)

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MATAR Y MORIR

Con mil esfuerzos, aullando de dolor, Mario consiguió atarse el pañuelo por encima de la rodilla de su pierna destrozada por la metralla y, rompiéndose las uñas, logró cauterizarla cubriéndola de tierra. ¿Y si gritaba pidiendo ayuda? ¿Y si lo escuchaban los enemigos y lo remataban? Paulatinamente las balas dejaron de silbar y la artillería calló. De pronto se movieron unos matorrales y apareció una figura humana, tambaleante. Vestía el uniforme enemigo y tenía el pecho de su guerrera empapado en sangre. Dio dos pasos y cayó al suelo donde quedó con la cabeza ladeada y los ojos sin vida fijos en él. Mario sintió que una congoja infinita le estrujaba la esponja del corazón. <<Ese desgraciado no es mi enemigo. Ese desgraciado es mi hermano al que engañaron igual que a mí durante el periodo de entrenamiento, con banderas, música, alegres canciones,  arengas chauvinistas, rememoración de las grandes gestas  bélicas nacionales del pasado, ensalzamiento de los héroes  que ofrecieron hasta su última gota de sangre, generosamente, para salvar a la “Patria” amenazada  por unos poderosos enemigos que pretenden destruir su cultura milenaria y esclavizar a nuestro pueblo. Y ahora está muerto y yo puedo correr su misma suerte>>.

        —¡Hijos de puta!

        Ni se había dado cuenta de cuando comenzó a llorar.

 

TERRIBLE PESADILLA (RELATO NEGRO)

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TERRIBLE PESADILLA

          Luis Gómez sufría una terrible pesadilla que se repetía casi todas las noches. En ella una silueta negra contra fondo blanco venía hacia él partiendo de la puerta de su dormitorio. La silueta pertenecía a una mujer. Una mujer joven de cuerpo curvilíneo que se movía voluptuosamente. En su mano derecha ella blandía un gran cuchillo y venía hacia él que se encontraba de pie en mitad del cuarto, inmovilizado, sin posibilidad alguna de poder huir. El convencimiento de que ella tenía el propósito de matarle, se adueñaba por completo de él. La silueta femenina se movía sinuosamente, despacio. Un silencio sepulcral lo envolvía,  incrementaba el horror que a él lo tenía paralizado. Por fin transcurrido un tiempo que le parecía eternizado, la negra figura armada llegaba delante de él y, muy despacio iba levantando el brazo hasta colocar el cuchillo en posición vertical, disponiéndose entonces a asentarle la cuchillada mortal.

          Él gritaba aterrado, indefenso, mientras el cuchillo descendía con torturante lentitud. Y no podía hacer nada para defender su vida. Su impotencia era absoluta. Ya no podía gritar, ni pedir clemencia. Sus cuerdas vocales habían quedado paralizadas. Cuando el cuchillo rozaba ya su pecho y él aceptaba su irremediable muerte, despertaba de golpe con el corazón desbocado, latiendo ensordecedoramente, todo su cuerpo empapado en sudor, la boca seca y, cuando había recobrado todos sus sentidos escuchaba, tan cercano como si estuviera dentro de su dormitorio, el fuerte petardeo del motor de una motocicleta y lo dominaba la sensación de que este ruido guardaba alguna relación con la espantosa pesadilla que había tenido.

          Una mañana, Luis Gómez al cruzar la calle fue atrozmente atropellado por una motocicleta que circulaba a doble velocidad de la permitida dentro de la urbe. El piloto de este vehículo salió indemne, mientras Luis agonizaba viendo la negra silueta femenina armada con un cuchillo que inclinándose delante de él, esbozaba una sonrisa asesina y soltaba el cuchillo. Ya no necesitaba matarlo, él se estaba muriendo de las terribles heridas causadas por el brutal atropello de la motocicleta. Lo último que los ojos Luis Gómez vieron fue la cada vez más borrosa figura femenina, que había dejado de darle miedo porque ella nada podía hacerle peor de lo que ya le estaba sucediendo. 

 

DOS RECLUSOS (Relato negro)

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DOS RECLUSOS 

        Aunque era malcarado y poseía un aire huraño, el preso veterano decidió entablar amistad con el recluso nuevo, cuando ambos se detuvieron en el patio de la cárcel apoyando su espalda contra la pared en la parte que daba la sombra pues estaban en verano y el sol calentaba lo suyo.

        —¿Y a ti por qué te han metido en el trullo? —preguntó, amistoso.

        El preguntado le dirigió una siniestra mirada y respondió, hosco:

        —Porque tenía un bar.

        —Por tener un bar no condenan a nadie a prisión —incrédulo, pensando que el otro podía estarle gastando una broma.

        —Es que muchos de los imbéciles que entraban en mi bar nunca más volvían a salir de él —con siniestro y escalofriante tono de voz, el condenado que recién acababa de llegar.

        El recluso veterano decidió inmediatamente no ganarse su amistad y mucho menos su enemistad. Mucha mayor desgracia que estar encarcelado era estar muerto. 

DOS JUBILADOS Y UN ASESINO (Éste y otros relatos también en www.periodicoirreverenes.com)

DOS JUBILADOS Y UN ASESINO

 

           Marisa se había jubilado hacia cuatro meses y Dionisio, su marido, había pasado también a pensionista hacía tan solo una semana. Ambos podían ahora disfrutar de una merecida ociosidad y dedicarse plenamente a dos afanes que soñaban poder realizar cuando llegaran a su inactividad laboral. Marisa hacer labores de punto y ganchillo cuyos conocimientos había adquirido de su paciente y admirada abuela que tejía tapetes y cubrecamas magistrales.

 

        Marisa había comenzado ya la parte baja de un jersey para su marido, y sentada en el sofá del salón continuaba con esta labor desde que terminaron el desayuno, escuchando tangos, música que la conquistó cuando ella y su esposo pasaron unas vacaciones en Argentina. Y los fines de semana, en el hogar de la tercera edad, practicaban ambos este baile que los arrebataba por lo misterioso y mágico que lo encontraban. Marisa movía las largas y gruesas agujas de acero al ritmo de la música que estaba escuchando procedente del pequeño altavoz  situado en la librería, y su voz algo cascada intentaba formar dúo con la del cantante inmortal. “Dirás que todo es mentira, dirás que nada es verdad, al mundo poco le importa, gira, gira…”

 

         Mientras ella realizaba esta, para ella placentera actividad, su cónyuge preparaba una pequeña parte de los veinte metros de terreno que poseían en la parte delantera de su casita adosada, comprada a plazos veinte años atrás y que hacía tan solo dos habían terminado de pagar la ultima letra al banco que les había concedido un préstamo para su adquisición. Pensaba plantar allí orquídeas, una pasión que había desarrollado durante sus últimos años trabajando en un vivero. Dentro de una semana comenzaría el mes de marzo época del año muy favorable para plantar esta planta tan bella y delicada. No hacía frío aunque el cielo estaba nublado. Ensimismado en su trabajo de remover la tierra con su azada, no se dio cuenta de que alguien había abierto la puertecita de entrada a su propiedad, hasta que tuvo a un extraño junto a él.

 

        Marisa escuchó ruido y levantó la vista de la labor para descubrir, sobresaltada, a su esposo que andando de espaldas entraba en el salón. Retrocedía él por culpa de un hombre joven, desconocido, que lo estaba encañonando con un revólver que mantenía cerca de su pecho. El sobresalto que la mujer sufrió le alteró el ritmo del corazón.

 

      —¿Hay alguien más en la casa, vieja bruja? —se dirigió a ella el recién llegado, agresivo, amenazador.

 

        Se trataba de un hombre joven, de algo menos de treinta años cuyo rostro demacrado, barbudo y ojos hundidos y ropa sucias denotaban que se trataba de una persona en pleno proceso de degeneración, posiblemente por el consumo de drogas.

 

       Ella, haciéndose cargo de la peligrosa situación que les había surgido, respondió con una voz sorprendentemente firme:

 

       —En la casa solo estamos mi marido y yo. ¿Qué quiere usted de nosotros?

 

       —De ti nada, de momento, vieja. Sigue con el punto y no te muevas de donde estás mientras el cabrón de tú marido me da cuanto de valor tenéis.

 

       —No nos insulte, por favor. Llévese lo que quiera y luego déjenos en paz.

 

       Esta muestra de valor por parte de Dionisio irritó al visitante que reaccionó golpeando violentamente con el cañón de su arma el rostro del pensionista que cayó al suelo gritando de dolor. Inmediatamente se formó una línea roja de sangre en la parte que el acero del arma había cortado la carne de la mejilla que pronto comenzó a hincharse y amoratarse.

 

       —Levántate rápido, viejo fantoche. Quiero el dinero que tenéis en la pequeña caja fuerte disimulada en el lado derecho de la chimenea. Y tú, vieja momia, quita esa mierda de música. ¡Rápido, coño, que yo pierdo la paciencia enseguida!

 

       Los ancianos comprendieron que el intruso sabía aquel secreto suyo, ya fuera por indiscreción de algún conocido o por descuido de ellos al haber accionado la caja de caudales alguna vez sin tomar la precaución de correr antes las cortinas del ventanal que daba al exterior.

 

       Encima de la repisa de la chimenea había media docena de copas y un florete.

 

       —Je, admiradores de los tres mosqueteros, ¿eh? ¡Joder! —burlándose el delincuente—. Abre rápido la caja, viejo. Estoy acusado de tres crímenes y la misma condena me caerá si cometo otros dos más —acompañó esta terrible revelación clavando con furia el cañón del revólver en el estómago del anciano, que recién incorporado se dobló por la mitad soltando un agudo, lastimero gemido de dolor.

 

       Marisa tuvo la certeza de que el asaltante después de obtenido su botín les mataría para no dejar testigos. Su crueldad y el brillo homicida que mostraban sus ojos, así se lo indicaban.

 

       Se adueño de ella el espíritu guerrero que la había distinguido cuando siendo joven competía en torneos. Se levantó con decisión del sofá y sigilosamente llegó junto a los dos hombres que en aquel momento la daban la espalda.

 

       El joven asaltante no se dio cuenta de su silencioso movimiento hasta que tuvo a la anciana a menos de un metro de él.

 

       —Te he dicho puta vieja…

 

        No pudo añadir nada más. La veloz y certera estocada de la gran aguja de hacer punto empuñada por Marisa con gran firmeza acababa de atravesarle el corazón. Soltó un agudo gemido y sus ojos se abrieron desmesuradamente por la sorpresa. Después se desplomó como un fardo quedando tendido en el suelo en una mala postura.

 

        Dionisio volvió hacia su consorte el rostro ensangrentado y con un brillo de ternura y admiración en su mirada dijo.  

 

       —Cariño, sigues conservando las extraordinarias cualidades que años atrás te convirtió en campeona de esgrima.

 

       —Eso parece, mi vida —dirigiendo ella una mirada de desprecio al agonizante—. Voy a llamar a la policía.

 

        —Presentiste, al igual que yo, que luego de habernos robado este canalla nos habría matado, ¿verdad?

 

        —Sí. Dijo que ya había matado antes. Y tenía ojos de asesino.

 

        La mujer conservando todavía en su mano la aguja manchada de sangre caminó hacia el teléfono y con voz falsamente aterrada denunció a la policía los terribles hechos que acababan de vivir su marido y ella.

 

        Mientras Marisa hacía la llamada, Dionisio recogió del suelo la parte de la cintura del jersey que su mujer le estaba haciendo y elogió en voz baja:

 

       —Le está quedando muy bien. Mi mujer siempre ha destacado en todo aquello que se ha propuesto dedicarle tiempo.

 

       El asaltante realizó en aquel momento el último estertor quedándose mortalmente quieto después de realizar unos movimientos convulsivos sus dos piernas. A su lado el revólver, soltado por él al caer, le apuntaba a la cabeza.