LEYENDA ANTIGUA ESCANDINAVA (VIAJES)

 

 

 

 

 

 

 

(Copyright Andrés Fornells)
Dice una leyenda muy antigua, que en la época en que el rey Gylfe reinaba en Suecia llegó a visitarlo una mujer de rara hermosura. Se llamaba Gefjon, era diosa y vidente. Todas las mujeres que morían vírgenes eran enviadas a ella que las convertía en siervas suyas, pues Gefjon era diosa también de la virtud y de la fertilidad. Su esposo era el rey Skjöld, hijo de Odinn. Muchos legendarios reyes daneses alegaron ser descendientes de la diosa Gefjon.
El rey Gylfe fue seducido por la belleza de la diosa Gefjon y por la dulzura y armonía de su canto. Después que ella hubo permanecido durante varios días en Palacio, este monarca le preguntó qué deseaba  le ofreciera él en prueba de gratitud por el placer que le había procurado con su presencia y con su extraordinario canto.
Al parecer esta conversación tuvo lugar en una habitación de palacio mientras ambos personajes brindaban con copas llenas de hidromiel (una bebida alcohólica fermentada a base de agua y miel, tan antigua que ya era nombrada en los versos del Rig Vedá, compuestos 1.700 años a. C.)
En cierto momento de esta conversación la diosa Gefjon dijo:
—¡Oh ilustre señor!, grande es la fama de tu generosidad, y por ello quiero pedirte una pequeña parte de tus tierras. Poca cosa. No temas que vaya a mutilar tu reino; quiero sólo el trozo que yo pueda labrar durante veinticuatro horas con la ayuda de cuatro bueyes.
El rey Gylfe contestó, demostrando que era justificada su fama de desprendido:
—¡Oh, diosa! Ciertamente es muy poco lo que me pides. Te lo concedo gustosamente.
Entonces la diosa Gefjon, que pertenecía a la familia de los Ases (dioses bienhechores escandinavos), mandó venir a cuatro hijos que ella había tenido de un gigante en el Iothunheim, cambió a estos hijos en bueyes; a continuación los unció a un colosal arado y marcó un surco alrededor del terreno que había elegido, un surco que fue tan profundo que toda la parte que rodeaba este surco fue separada del continente. Entonces la diosa unció sus bueyes a este trozo de tierra y los aguijó de modo que la arrastrasen hasta el mar. Una vez que estuvieron en la orilla, los sumergió en el agua y los llevó hasta meter el trozo de tierra en el Øresund. Y así fue como nació la isla Danesa de Selandia.
Esta leyenda es conmemorada por la Fuente Gefjon de bronce en Copenhague, esculpida por Anders Bundgaard en 1908, y podéis admirarla en el centro de la plaza que rodea el Palacio Real Amalienborg, una maravilla arquitectónica que no debe perderse nadie que visite Dinamarca.

LEYENDA TAIWANESA (VIAJES)

LEYENDA TAIWANESA

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Muchos enamorados chinos recuerdan, el séptimo día del séptimo mes en su calendario lunar, una leyenda que se remonta a la época de la dinastía Han (206 a.C. Aunque actualmente cada vez son más los chinos que celebran el tradicional día de San Valentín el 14 de febrero, en algunas regiones chinas aún conservan costumbres que recuerdan la leyenda de QiXi o el «Día chino del amor».

La leyenda conocida con el nombre de QiXi, que significa «La noche de los sietes», describe la relación amorosa entre un mortal y un hada que se conocieron casualmente cuando él, un granjero llamado Niulang, sorprende al hada Zhinu bañándose desnuda en un lago. Los dos se enamoran instantánea e irremediablemente nada más verse, y deciden casarse.

Matsu, la Diosa de los Cielos, descubre este matrimonio y lo rechaza por considerarlo una unión imposible y decide separar para siempre a los amantes enviándolos al cielo en forma de dos estrellas, Vega y Altair, que están separadas por la Vía Láctea.

Según esta conmovedora leyenda, una vez al año se reúnen todas las urracas del mundo y forman un puente que atraviesa la Vía Láctea y permite que los dos enamorados se reúnan de nuevo. Pero  si  ese día llueve, quienes conocen esta leyenda dirán que la lluvia son las lágrimas del granjero Niulang y del hada Zhinu por no haber podido  verse el único día que los dioses se lo permiten.

MAUI, DIOS POLINESIO DEL MAR

MAUI, DIOS POLINESIO DEL MAR

Este dios de la mitología polinesia, a pesar de lo pequeño de estatura que al parecer fue no temía a nada ni a nadie. Estaba dotado de poderes mágicos y los aproximadamente veinte relatos que se escribieron sobre sus hazañas, demuestran que fue ingenioso, mujeriego y valiente.

Cuando él nació, Taranga, su madre, lo envolvió con un mechón de sus cabellos y lo arrojo al mar, porque le había nacido prematuro (este pueblo en la antigüedad tenía algunas costumbres que nosotros consideramos muy bárbaras). Pero sucedió que un antepasado rescató a Maui del mar, lo regresó a tierra y a su familia. Su madre aceptó este prodigio y lo llamó Maui tiki tiki a Taranga, que significaba: Maui formado en el moño más alto de Taranga.

Según la leyenda, la hazaña más conocida de Maui fue la creación de las islas del Pacífico en las que actualmente viven los polinesios. Islas que pescó del fondo del mar con la ayuda de un anzuelo mágico. Según los maoríes de Nueva Zelanda, Maui atrapó el sol con un nudo corredizo y lo golpeó con su arma invencible: el maxilar de un antepasado femenino. A consecuencias de la brutal paliza, el sol quedó tan débil que sólo pudo arrastrarse por su curso, prolongando por este motivo la duración del día.

Los habitantes de Tonga afirman que a veces el cielo está oscuro porque Maui empleó un atizador para elevarlo. Mientras Maui preparaba un horno en la tierra, el atizador se le enganchó en el cielo, que por aquel entonces estaba muchísimo más bajo que en el presente, y, con el propósito de disponer de más espacio para trabajar con comodidad, este increíble héroe se limitó a apartar el cielo.

Los hawaianos creen que Maui pretendía con esta hazaña impresionar a una mujer que deseaba conquistar. Las mujeres lo fascinaban y su madre lo ayudó a salirse con la suya en innumerables aventuras. Los habitantes del archipiélago de Tuamotu afirman que sin la decisiva ayuda materna, Maui no habría tratado de satisfacer los deseos ilimitados de Hina, esposa de la monstruosa anguila Te Tuna.

Al principio Te Tuna ignoró esta relación, pero finalmente las murmuraciones de las demás divinidades desencadenaron su ira y lo llevaron a desafiar a Maui. Y los dos se enfrentaron en la playa en medio de una tormenta torrencial. Y mientras estallaban los relámpagos y retumbaban los truenos, Maui y Te Tuna compararon el tamaño de sus falos. Ganó Maui, e Hina cambió de amante sin tener la menor duda. Más tarde Te Tuna intentó recuperar a su esposa por la fuerza, pero el héroe conquistador lo destruyó con su magia que era superior a la de Te Tuna. Los habitantes de Tuamotu sostienen que el primer cocotero brotó de la cabeza enterrada de Te Tuna.

Los dos relatos más populares sobre Maui cuentan grandes delitos cometidas por él. En uno de estos relatos se cuenta que robó de los cielos una gallina celestial para conseguir el secreto del fuego que ella guardaba. En el otro relato Maui intentó derrotar Hine-nui-te-po, diosa de la muerte aprovechando que la encontró dormida. Pero no pudo conseguirlo porque el canto de las aves despertó a la diosa, que apretó el cuerpo de este legendario héroe hasta conseguir matarlo. Los hawaianos afirman que la sangre de Maui dio el color que poseen los camarones y también dio colores al arco iris.

SUPERSTICIONES JAPONESAS

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SUPERSTICIONES JAPONESAS

Los números 4 y 9 los japoneses los consideran de muy mal agüero. Tanto es así que hay hospitales (la habitación 43 puede significar a las parturientas nacimiento muerto), y también hoteles que no tienen habitaciones con estos números, así como  atletas que se niegan a llevarlos en sus dorsales. Esta superstición la justifica que 4 es shi en japonés, que significa además muerte. El 9 se pronuncia ku que significa sufrimiento y rima con kutsuu, (que significa dolor en japonés). El número cuatro y el dos juntos se pronuncian shi-ni, que significa morir por este motivo el 42 se considera de mala suerte y el 24 que se pronuncia ni-shi (doble muerte) también.

Cuando se hacen regalos han de ser siempre menos de cuatro o más de esta cantidad.

Ver una araña por la mañana significa buena suerte y no hay que matarla; pero si hay que hacerlo si se ve una araña por la noche para librarse de la mala suerte que puede dar.

No fotografiar las tumbas para no perturbar el descanso de los difuntos.

Si un coche fúnebre pasa, ocultar el pulgar dentro del puño, como un signo de protección a los padres, pues de lo hacerlo éstos morirán…

Cuando se está nervioso se escribe ningen (humano en japonés) se finge que se traga y ayuda a tranquilizarse.

Quien descansa después de comer se convierte en vaca.

Los niños que juegan con fuego se orinan en la cama.

Si estornudas, sin estar resfriado, indica que alguien habla mal de ti en ese momento.

Al que silba de noche se le aparecen fantasmas.

Si silbas o tocas una flauta de noche, las serpientes vendrán a ti.

Nunca hay que dejar pasar de largo un templo sin dar dos palmadas delante del altar, inclinarse en reverencia, decir una oración a los dioses, y si hay una campana delante del templo, hay que finalizar tocando una vez esa campana.

Al tanuki, un animal típico de Japón, se le atribuyen poderes sobrenaturales, como adoptar forma humana y realizar travesuras. Equivale a nuestros duendes, gnomos. Es análogo a las supersticiones europeas relacionadas con duendes, gnomos y otros seres burlones.

Echarse sal encima antes de ir a un entierro, lo purifica a uno.

Quien duerme con la cabeza orientada al norte tendrá una vida corta.

Trae mala suerte clavar los palillos en la comida.

Cortarte las uñas por la noche es del mal agüero. Hacerlo significa que no se estará en el lecho de muerte de los padres porque se habrán muerto antes que ellos.

No pintar en rojo el nombre de nadie.

El Maneki Neko  o gato de la suerte está presente en muchos negocios como tiendas o restaurantes para atraer la buena suerte al local y a los clientes.

Al que cruza su mirada con la mirada de un cuervo le pasará algo malo.

El que estrene zapatos nuevos o cualquier otra cosa un día lluvioso, lloverá cada vez que se los ponga de nuevo

Estrenar zapatos nuevos por la noche atrae a la mala suerte.

Y también la atrae pronunciar por la noche la palabra shio (sal) porque puede confundirse con shi (muerte).

El que en una foto de tres personas ocupa el centro del trío tendrá mala suerte e incluso puede morir a una edad temprana.

 

 

ME SUCEDIÓ EN BERLIN (VIAJES)


(Copyright Andrés Fornells)
En la segunda de mis dos visitas a la ciudad de Berlín, tomé asiento en un banco desde el que podía ver el monumento dedicado a un general antiguo montado a caballo (no mencionaré su nombre para evitar la posibilidad de molestar a sus descendientes). Llevaba un par de minutos observando a este notorio personaje cuando un hombre vino a ocupar que un hombre vino a ocupar la parte del asiento que yo dejaba libre. No le preste atención porque con mi cámara fotográfica comencé a sacarles varias instantáneas a dos desconsideradas palomas que con sus excrementos estaban ensuciando el casco que coronaba la cabeza de aquel ilustre jinete. Salieron volando ambas aves. Yo cerré el aparato fotográfico y entonces, el sujeto que tenía a mi lado, encontrándose con mi mirada me preguntó:
—Haciendo turismo?
Para suerte mía hablo alemán, así que pude contestarle:
—Es mi segunda visita a Berlín, me encanta esta ciudad.
—También a mí. He nacido en ella, Y por nada del mundo me iría a vivir a otra diferente. ¿Sabe qué significa que el caballo de este gran héroe de nuestro país tenga una pata delantera levantada?
—No lo sé, y me gustaría saberlo –yo siempre con la puerta de la curiosidad abierta.
—Pues el que tenga el caballo una de sus patas delanteras elevadas significa que el personaje de este monumento murió de las heridas recibidas en combate.
—¿Y si el caballo tuviese las dos patas delanteras en el aire, qué significaría? despertada en mi la curiosidad.
—Significaría que el héroe habría muerto en combate.
—¿Y si el caballo tuviese las cuatro patas en el suelo?
—Significaría que el héroe habría muerto por causas naturales.
—Y si el caballo tuviese las cuatro patas en el aire?
—Significaría que algún extranjero le habría robado el pedestal.
Reímos los dos debido al tono amistoso mantenido todo el tiempo. Me había caído muy bien aquel desconocido y obedeciendo a un repentino impulso al que sucumbo con frecuencia le dije:
—¿Puedo invitarle a un café?
—Mejor será una cerveza —aceptó risueño.
Entramos en un bar. Aquel berlinés se llama Heinz y lleva diez años siendo uno de mis mejores amigos alemanes.
Mientras nos bebíamos una cerveza me reveló que era historiador y había obtenido mucho éxito con un libro que él había escrito precisamente sobre el heroico militar que dos palomas puercas, algunos minutos antes, habían denigrado con sus heces.

FLORES Y PERFUME EN LA POLINESIA (MIS VIAJES)

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Copyright Andrés Fronells)
Quienes visitan la Polinesia aprecian inmediatamente dos señas de identidad características de las mujeres y los hombres polinesios: la flor de tiaré en las mujeres y los tatuajes en los hombres. Las flores tiaré y las flores de los hibiscos son las más apreciadas en las idílicas islas de los mares del sur. Sus colores, como bien saben los amantes de la floricultura, son el blanco, el rojo, el naranja y el amarillo.
Desde tiempo inmemorial ha existido una extraordinaria complicidad muy especial entre las flores y las mujeres. Y en las regiones insulares de la Polinesia existe un lenguaje muy significativo entre las flores y las mujeres, y bastante menos entre las flores y los hombres, como explicaré al final:
Veamos el significado que tiene para la mujer polinesia lucir flores de tiaré en su cabeza. Si la mujer lleva una flor detrás de la oreja izquierda significa que está comprometida o casada y no está dispuesta a cometer adulterio. Si lleva la flor detrás de su oreja derecha significa que esta soltera y disponible para el amor.  Si lleva una flor a cada lado de su cara significa que está comprometida, pero indecisa y abierta a una posible nueva relación. Si la flor la lleva en la parte trasera del cabello indica que  le apremia encontrar un amor.
Advertencia a las mujeres casadas que quieren conservar a su marido a pesar de los posibles defectos que él posee: Agárrenlo bien fuerte cada vez que pase una joven polinesia que, aparte de llevar la flor tiaré en la oreja derecha lleve otra en la parte de atrás del pelo y además haya untado su cuerpo con el aceite perfumado “Monoï de Tahití” porque este tipo de hembras polinesias suelen ser irresistibles.
En cuanto a los hombres, algunos llevan una flor tiaré, pero no abierta como la de las mujeres sino en su estado capullo. Quién sienta curiosidad que les pregunte a estos varones su significado.

TEMPLO DEDICADO AL DIOS DEL AMOR (MIS VIAJES ALREDEDOR DEL MUNDO)

 

 

 

 

(Dedicado a los pesimistas
El poco ostentoso templo de Jishu es un adoratorio sintoísta dedicado al dios del amor Okuninushi-Mikoto, del que hay una estatua acompañada por la figura de su conejo mensajero. Asegura una leyenda japonesa que visitarlo ayuda, a quienes no lo tienen, a encontrar el amor verdadero.
En el centro de este templo hay dos «piedras del amor», las Mekura ishi; rocas que son consideradas milagrosas. Quien no la tiene, y desea encontrar pronto pareja, ha de caminar a ciegas los dieciocho metros que separan una roca de la otra. Si logra con los ojos cerrados, comenzando de una roca llegar a la otra sin pasar de largo, será señal de que en un plazo muy corto verá cumplido su deseo de encontrar pareja.
Este modesto santuario está un poco escondido en la parte de atrás de Kiyomizu y se llega a él a través de los estrechos y empinados pasos peatonales de Ninen-zaka y Sannen-zaka, que conservan todavía la atmósfera urbana del Japón antiguo.
Solteros, divorciados y faltos de pareja, tienen aquí una oportunidad de dejar de caminar solos por la vida. Prueba de que esta ilusionante leyenda puede funcionar, la tengo en un amigo casado con una maravillosa mujer nipona.

INTERCAMBIANDO CUENTOS CON UN NIÑO FILIPINO (MIS VIAJES)

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(Copyright Andrés Fornells)

En mi último viaje a Filipinas fui invitado, por un amigo que vive en Manila, a ir a su casa a comer lechón asado, su plato nacional más famoso, una exquisitez que cosiste efectivamente en un lechón relleno de papayas y hojas de tamarindo. Por cierto, que los frutos de este árbol son muy recomendados como laxantes, por si a alguien le sirve esta información.

Mi amigo, que es filipino, lo mismo que su señora y su hijo de ocho años, me mostraron en todo momento una cordialidad y hospitalidad digna de los mayores elogios. Mientras disfrutábamos de la excelente comida, hablamos un poco de todo, en inglés, lengua que allí domina la mayor parte de la población. Hablamos de política, arte, deportes (especialmente, para satisfacer mi curiosidad, de la lucha de palos, lucha que en los tiempos antiguos era a muerte, y que durante mi estancia allí tuvo lugar todos los viernes después  de las peleas de gallos), y, como no podía ser de otra manera, hablamos de literatura también, pues este amigo tagalo es periodista.

Mientras tomábamos café después del suculento almuerzo, mi amigo me pasó una petición de su hijo, cuyos negrísimos, grandes y bellos ojos me habían estado observando todo el tiempo con extremado interés.

—Mi respetuoso hijo me ha rogado que te pida le cuentes un cuento para niños. Un cuento que sea muy popular en tu país. Me avine enseguida a complacerle. Recordé que a mis hijos, de pequeños, les había impresionado mucho el cuento de Caperucita Roja y el lobo feroz, y le pregunté si le gustaría oírlo. Pero entonces intervino su padre y me dijo que su hijo no sabía lo que era un lobo, porque en su país no los tenían.

—Bien, entonces le contaré el de Los tres cerditos, que sí tenéis en vuestro país como acabamos de disfrutar.

Le conté el cuento y el niño lo escuchó entre continuas risas. Cuando terminé le pedí me dijera por qué se había reído tanto, y me contestó que le había hecho muchísima gracia que los cerditos de mi cuento supieran hablar y fueran tan divertidos. Entonces, animado, aquel niño me dijo si quería escuchar un cuento filipino, y le respondí inmediatamente que lo escucharía encantado.

Volviendo a componer una expresión ilusionada, él me contó que según una antigua leyenda, dentro de su país existe una montaña toda de oro, y que nadie sabe dónde está situada. Muchísima gente la ha estado buscando durante cientos de años, pero nadie ha conseguido encontrarla.

—¿Y sabes por qué no han podido encontrarla? —me preguntó el pequeño—. Moví negativamente la cabeza, pendiente por completo de su relato-. Pues no la han encontrado porque sólo podrá encontrarla un niño que sea bueno y obediente, pues sólo un niño que sea así podrá ver lo que existe en lo invisible y verá al Hada Chata sentada en la cumbre de la montaña de oro. Yo descubriré donde se encuentra el Hada Chata y esa montaña y se la regalaré a mis papás a los que quiero muchísimo.

Fue cuando él dijo está última frase que a mí se me llenaron de humedad los ojos, me acordé de mis hijos y decidí que había llegado el momento de hacer la maleta y regresar a casa. Llevaba ya demasiado tiempo lejos de mis seres queridos. 

 

 

SUPERSTICIONES Y NÚMEROS DE BUENA Y MALA SUERTE EN LOS QUE CREEN LOS JAPONESES

SUPERSTICIONES Y NÚMEROS DE BUENA Y MALA SUERTE EN LOS QUE CREEN LOS JAPONESES

 

Para la gran mayoría de los japoneses existen varios números que dan mala suerte. Por ejemplo el 4 y el 9. La pronunciación del 4 es shi, que significa al mismo tiempo además de esta cifra, la muerte. Y con respecto al 9, pronunciado ku, significa también, sufrimiento.  Y por si no tenían bastante, los occidentales les hemos importado el 13 que asimismo aporta mala fortuna. Este asunto de los números malditos lo llevan a extremos tan desesperantes como evitar la mencionada numeración para edificios como hospitales y hoteles, y el colmo es evitar habitaciones con cifra 43 en las secciones de maternidad de los hospitales, pues la lectura de 43 significa literalmente nacimiento muerto. Y siguiendo esta muy arraigada superstición, cuando se hacen regalos se evita regalar 4 cosas, por lo que se usan 3 o 5 pero nunca 4… Otra curiosidad es que mientras entre los occidentales echarse sal encima trae mala suerte, para los nipones es buena suerte y protege contra el mal, por lo que mucha gente se echa sal antes de acudir a un entierro.

 

           MÁS SUPERSTICIONES. Nunca debe pronunciarse shio por la noche, pues además de sal significa también muerte. Nunca dormir con la cabeza orientada al norte, porque quien lo hace tendrá una vida corta. Cortarte las uñas por la noche es del mal agüero. Parece ser que si lo haces, no estarás con tus padres en su lecho de muerte, vamos, que te habrás muerto antes. No pintar el nombre de nadie en rojo. Ver una araña por la mañana, significa buena suerte y no hay que matarla, pero si se la ve por la noche sí hay que matarla porque de lo contrario traería mala suerte.  El Maneki, o gato de la buena suerte, lo tienen en muchos negocios  para atraer a la buena suerte y a los clientes. Si se estrenan zapatos nuevos y se mojan en un día lluvioso, lloverá cada vez que calcen estos zapatos. Estrenar zapatos negros por la noche atrae la mala suerte.

 

 

 

HINDÚ INMÓVIL COMO UNA ESTATUA JUNTO AL GANGES (MIS VIAJES ALREDEDOR DEL MUNDO)

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Conocí a Abdali en Alemania. Él trabajaba allí de enfermero y yo de lavacoches. Nos hicimos amigos en un restaurante que, por sus precios módicos y su enorme tamaño, recibía masiva cantidad de clientes todas las noches. Abdali necesitaba enviar dinero a su casa, y yo lo mismo. Esta necesidad nos obligaba al pluriempleo, así que terminada la jornada en nuestros trabajos fijos, durante el día, laborábamos por la noche de friegaplatos en la anteriormente mencionada casa de comidas.
Abdali y yo nos llevábamos muy bien. Los huevos duros y los filetes a medio comer, que nos llegaban dentro de los platos, los íbamos guardando en un par de grandes latas y él lo llevaba a familiares suyos y amigos de estos familiares, que pasaban hambre en un improvisado poblado de chabolas.
Decidimos coger las vacaciones juntos y él se comprometió a enseñarme, durante 13 días, que éstas durarían, lo más relevante de su país.
No cansaré a nadie contándole las bellezas y las miserias que cualquier visitante de la India habrá visto en su recorrido turístico.
Me detendré solo en contar una anécdota que Abdali y yo vivimos en Benarés. Nada más entrar en los “ghats” (escalinatas de piedra), tuve la impresión de que habíamos llegado a un gran mercado, en vez de como me habían contado, un lugar propicio para orar, meditar y bañarse los devotos hindúes. Reinaba allí un gentío y un bullicio infernales. Hasta codazos nos dieron y dimos. Había un gran número de cremaciones en marcha. Mi amigo Abdali me dijo que algunos días éstas cremaciones alcanzaban la cifra de doscientas. Y me contó que todas corrían a cargo de una etnia llamada Doms. Etnia de parias que, antes de hacerse cargo de este apestoso insalubre y lucrativo negocio eran tan pobres, que lloraban cuando tenían un hijo, en vez de alegrarse.
—El jefe actual de los doms, se dice que es multimillonario.
—¿Pues cuánto cuesta cada incineración? —interesadísimo en cuanto me estaba contando.
—Varía. La más barato diez dólares y la más cara setenta.
—No parece tanto—opine.
—Para un hindú pobre, es una fortuna —me rectificó él—. Las cenizas las arrojan luego al Ganges, lo cual garantiza al muerto una buena vida eterna.
—Y a los vivos intoxicación seguramente.
Entonces él me explicó que el río era sagrado porque, a pesar de todos los deshechos que le arrojaban a diario, nadie enfermaba al bañarse en él, todo lo contrario, se purificaba.
Sentado en uno de los ghats reparé en la presencia de un hombre que consideré debía tratarse de un santón. Se hallaba sentado en la postura del Loto y mostraba una absoluta impasibilidad en medio de la multitud que circulaba a su alrededor. Iba vestido con harapos, llevaba la cara blanqueada con ceniza y lo mismo su larga barba. Sobre la frente le sobresalía una especie de tridente rojo. Éste, y el rosáceo de sus labios, eran las únicas notas de color en su persona.
Nos impresionó su inexpresividad. Ni siquiera parpadeaba. Hice al respecto un comentario que pretendió ser jocoso:
—No estará muerto, ¿verdad, Abdali?
—No. Se mueven levísimamente las aletas de su nariz —apreció él.
Nativos, turistas y vendedores contribuían a aquel ambiente masivo, agobiador. Nos dimos un paseo en barca y compramos algunas baratijas. Abdali negoció y las consiguió diez veces más baratas de lo que me habrían costado a mí.
Cuando regresamos del paseo marítimo por el Ganges, pasamos de nuevo al lado del santón, que seguía tan impertérrito como lo habíamos visto casi una hora antes. Y a mí se me ocurrió algo que creí, en aquel momento una originalidad:
—Oye, Abdali, ¿por qué no le preguntas si está rezando o haciendo meditación trascendental?
Él me miró mostrando cierta contrariedad. Me ocurría de vez en cuando con él, estar en desacuerdo en nuestro sentido del humor. Sin embargo, se detuvo junto a aquel hombre-estatua y le hizo la pregunta indicada por mí. Y por fin perdió aquel santón su total inactividad de estatua y movió los labios. Lo único antes de volver a convertirse en estatua. Cuando Abdali se reunió conmigo (que lo aguardaba a un par de metros de distancia), aprecié por la expresión de su cobrizo rostro, que estaba disgustado.
—¿Qué te ha dicho? —quise saber curioso, notándole renuente a decírmelo.
—Me ha dicho que colecciona preguntas de curiosos. La mía es la ciento noventa y dos, hoy.
Le noté tan disgustado, que lo acepté por bueno. De ser cierto aquello, resultaba realmente chocante que un hombre santo lo único que estuviera haciendo fuese contar las preguntas estúpidas que le hacían. Y de ser así, resultaba de lo más sorprendente lo que podía interpretarse como gran muestra de humor jocoso en un hombre tan cargado de dignidad y seriedad.