UN NIÑO Y SU PERRO JUGABAN Y CONVERSABAN (MICRORELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
El niño se llamaba Toni, y su perro “Aristóteles”. Toni había sido educado en la religión cristiana. “Aristóteles” había sido educado por Toni. Los padres de este último trabajaban los dos y les dejaban, muy frecuentemente, solos en casa durante muchas horas. Niño y perro jugaban. El primero hacia rodar a lo largo del pasillo una pelota de tenis y, el segundo, procuraba alcanzarla antes de que llegase a la puerta. Cuando ambos se cansaban de este juego, tumbados frente a frente, sobre la alfombra del saloncito, conversaban.
—Hoy también estoy triste —manifestó el niño.
—También ayer estabas triste —respondió el can apoyando, perezosamente, la cabeza sobre sus estiradas, peludas patas delanteras.
—Sí, estoy triste todos los días —reconoció Toni descansando la cabeza sobre las palmas de sus manos pequeñas y graciosas.
—¿Por culpa de tus padres otra vez?
—Otra vez por culpa suya. Siempre están enfados y discutiendo. Y yo sufro viéndoles así, porque yo quiero verles contentos y felices.
—¿Qué crees que les pasa?
—No lo sé muy bien. Repiten continuamente la palabra: dinero.
—¿Qué es dinero?
—Algo muy malo. Tú no lo necesitas.
—¿Algo tan malo como el demonio?
—Mucho, mucho peor.
Niño y perro se sumieron en profunda reflexión. ¿Habría alguna forma de alejar de la vida de las personas al “demonio” dinero y, teniéndole lejos, serían entonces dichosas las personas?
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TRAICIÓN (MICRORRELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
Fue una noche mágica con luna y estrellas.
Con embriagadoras fragancias envolviéndonos.
Te idolatraron una vez más mis ojos.
Estalló de amor por ti mi corazón enamorado.
Te dije: abre el hermoso lago de tus dulces besos,
que estoy muriendo de sed y necesito calmarla.
Tú dijiste, fría: No tengo ya más besos para ti.
Para ti me he convertido en desierto;
despidámonos con una última copa.
Y una copa de despedida tomamos.
Te dije, llorando: Me supo a veneno esta copa.
Con una risa que me sonó malvada respondiste:
Pues a mí me ha sabido a libertad.
Al día siguiente te marchaste a vivir
a un nuevo jardín con otro jardinero.
Lleno de ira cogí la foto tuya
y la rompí en mis pedazos creyendo
rompía también mi infinita tristeza.
Pretendí conseguir un imposible,
la tristeza es igual que el corcho,
flota y no puedes librarte de ella.
Te amaba tanto y sigo amándote,
mas no envidio a tu nuevo jardinero.
Podrá poner a tus pies el mundo entero.
El mundo entero como te lo puse yo,
que terminarás traicionándole algún día,
lo mismo que me traicionaste a mí
porque la traición la llevas,
bien metida dentro del alma,
y, de vez en cuando, necesitas
sacarla fuera.
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¿ES LA FEALDAD ALGO RELATIVO (MICRORRELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
Margarito Pilones había nacido además de feo sin ninguna gracia personal. Era aburrido, tétrico y refunfuñón. Su misma madre, cuando le mencionaban la absoluta carencia de atractivo de su hijo, en vez de defenderle se echaba a llorar de la pena que sentía. Pena que, para ahorrársela, decidió abandonarle y marcharse con un vendedor de ajos e ir con él de Mercadillo en Mercadillo.
Margarito Pilones había conseguido un trabajo de los menos deseados: empleado en la recogida de basura. Su jefe, que nunca habría conseguido un sobresaliente en caridad humana ni en diplomacia, dijo a Margarito cuando le contrató:
—Te pondré en el turno de noche porque de día, con lo feo que eres, asustarías a los niños.
Cuando este joven nulamente agraciado llegó a la edad de veinticinco años lo celebró con un paquete de galletas de chocolate y una gaseosa en compañía de su único amigo, un ciego que, por no poder verle la cara, le resultaba fácil brindarle amistad y afecto.
Un mediodía, Margarito Pilones se hallaba todavía dormido pues, cumpliendo su horario habitual, se había acostado de madrugaba, cuando le despertó el timbre de la puerta del apartamentito de alquiler antiguo que habitaba. En calzoncillos, que era como solía acostarse, pues su mísero sueldo no llegaba para comprar pijamas, se acercó a la puerta de la calle y la abrió. El que había llamado era un joven muy bien vestido que, tras echarle una mirada despectiva, le entregó una carta de parte del director del bufete de abogados que le tenía empleado.
—El señor Augusto Tiznado, mi superior, le ruega que en cuanto haya leído el contenido de esta carta tenga la amabilidad de llamarle al número de teléfono que le ha puesta en la misma —le comunicó marchándose acto seguido.
En esa carta, el abogado señor Augusto Tiznado anunciaba a Margarito Pilones que había muerto el hermano de su padre, que había emigrado a América, muerto sin más pariente cercano que él, y le había dejado heredero de treinta millones de dólares.
A partir de esta riqueza inesperada, Margarito Pilones descubrió que, de pronto, todo el mundo lo encontraba bello, gracioso, encantador y digno de ser amado. Y tuvo que reconocer que los milagros existían. ¡Los milagros de la riqueza!
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COSAS DE NIÑOS: MANU DESEABA SER TORTUGA (MICRORRELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
En un solar dos niños sentados encima de un palé lleno de ladrillos cubiertos por una capa de plástico transparente, combaten su aburrimiento fantaseando.
—Tino, ¿sabes qué me gustaría ser? —dice uno al otro, librando sus ojos del flequillo que los cegaba.
—¿Futbolista, Manu? —aventura su compañero que está tratando de hacer un agujero en el plástico con la ayuda de una ramita.
—No. Futbolista no. Han de correr como descosidos, y reciben muchas patadas. Me gustaría ser una tortuga.
—¡Bah! ¿Y eso por qué?
—Por qué no hacen nada. Las tortugas no hacen nada y viven mogollón de años. Incluso más de cien.
—¿Y eso es bueno? Los conejos, los perros y los caballos lo pasan mejor pues corren y saltan todo el tiempo, se divierten —defiende Tino.
—Sí, corren y saltan todo el tiempo; pero los conejos viven solo ocho años, los perros 14 y los caballos 25.
Su interlocutor ha entendido su punto de vista.
—Total, Manu, que tú piensas que los vagos viven mucho más tiempo que los laboriosos. Ahora entiendo porque tú nunca haces los deberes del cole.
—Sigue mi ejemplo, Tino. Vive sin prisas, sin correr nunca y llegarás a muy viejo.
—Puede que tengas razón, Manu —admite su compañero que ha conseguido finalmente atravesar el plástico con la ramita.
—¡Mi padrino! —exclama de pronto el niño que aseguró desearía ser tortuga, y sale corriendo como una exhalación.
Tino, que se ha quedado sentado, observa totalmente perplejo como su amiguito además de la rápida carrera que se ha echado, salta, abraza y besa a su padrino que al final, emocionado por sus entusiastas muestras de cariño le da, como otras veces, dinero.
Las tortugas pueden ser siempre lentas porque ellas no precisan tener dinero para comprarse chucherías. Ellas comen verduras, flores y hojas, cosas éstas que no necesitan comprarlas.
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¿POR QUÉ SE SENTÍA TAN DESDICHADO EL POETA? (MICRORRELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
Cuando Manuel entró en la casa de Pablo, su mejor amigo, lo encontró con los ojos hinchados de haber llorado durante horas.
—¿Por qué estuviste llorando, mi buen amigo? —le preguntó, como si no lo supiera.
—Estuve llorando y voy a empezar a llorar otra vez más porque soy tan desdichado que me quisiera morir. Me siento como el barco al que han dejado sin mar; como el avión al que han dejado sin aire, como el cielo al que han robado su color azul, como la noche a la que han dejado sin estrellas y como el caminante al que le han borrado todos los caminos…
—Escucha, amargado, acabo de hablar con Lucía, tú novia, y me ha dicho que quiere hacer las paces contigo.
—¿Qué…?
—Que tu novia quiere hacer las paces contigo porque no puede vivir sin ti.
—¿De veras? ¿No me engañas, Manuel? —la esperanza y la alegría embelleciendo de nuevo el pálido rostro poético de Pablo.
—Tu novia está afuera, en la puerta, esperando tu decisión.
—¡Dios de los cielos, retiro todo lo dicho! ¡No la hago esperar ni un segundo!
El poeta de un salto se puse de pie y salió corriendo como una exhalación en busca de la felicidad que había creído perdida.
Y colorín, colorado…

¡QUÉ MARAVILLA ES SER JOVEN! (MICRORRELATO)


¡QUÉ MARAVILLA ES SER JOVEN!
(Copyright Andrés Fornells)
—Benita, en una pared de la calle Huerta Vieja he visto una pintada que te menciona —le anunció Agustín, su hermano pequeño, recién llegado de la calle.
La joven, que se hallaba en aquel momento cambiando por una nueva la cremallera rota de sus pantalones favoritos, se volvió hacia el niño y, mostrando contrariedad, quiso saber:
—¿Qué dice ese escrito, Agustín?
El chiquillo se rascó la cabeza, como si este gesto ayudase al buen funcionamiento de su memoria y dijo la frase entera:
—“Yo amo con locura a Benita Selena”.
—¿Lo firma alguien? —quiso ella saber enseguida.
—No solo poner eso.
Benita quedó pensativa, en sus labios asomando una sonrisa entre intrigada e ilusionada. De pronto decidió:
—Voy a verla.
La joven recorrió dos calles, llegó a la pared mencionada por su hermano, leyó en voz baja lo escrito allí, sacó del bolsillo su teléfono móvil y, colocándose a la distancia conveniente, sacó una fotografía de todo el escrito. De allí se fue a casa de la profesora de Lengua, que era a la vez experta grafóloga y le pidió enseñándole el escrito fotografiado:
—Tiita, ¿serías capaz de averiguar quién ha escrito esto?
—Sientes curiosidad, ¿eh? —consideró la hermana mayor de su madre dirigiéndole una mirada divertida—. Dame un tiempo para que lo estudie y, cuando haya averiguado a quien pertenece esta bonita caligrafía, si es que llego a averiguarlo, te lo diré.
Dos horas más tarde Benita Selena, llevando puesto su vestido más bonito, con el pelo recién lavado, sedoso y perfumado, se presentaba en el pequeño supermercado “Los Moriles” y, llegada frente a Chema, el hijo de los dueños del mismo, que en aquel momento se hallaba llenando un estate con latas de melocotón en almíbar le dijo risueña, graciosa, poniendo sus brazos en jarra:
—Oye, valiente, ¿por qué no me dices a mí, en la cara, lo que vas escribiendo por las paredes?
—¡Oh, me descubriste! —el muchacho, todo azorado, en llamas su rostro, suplicante la mirada.
—No has contestado a mi pregunta —exigente ella.
Él suspiró, superó por un momento su innata timidez y confesó poniendo toda su alma en la confesión:
—¡Benita Selena, estoy loco por ti!
—Muy bien, ¿Eso es verdad?
—¡Que me quede mudo si miento!
—¡Quita, hombre, que yo te quiero con muy buena voz para que me digas miles de veces que me quieres! —saltó ella.
Y como era mucho más lanzada que su admirador, y éste le gustaba muchísimo, le dio un beso en plena boca que a él casi lo mató de la emoción.
La madre del muchacho, presenciándolo todo, dijo para ella, con marcada nostalgia:
—¡Qué maravilloso es ser joven!
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UN LAMA ANCIANO Y SU JOVEN ALUMNO (MICRORRELTO)


(Copyright Andrés Fornells)
Un anciano lama, de largas barbas blancas y cuerpo endeble y esquelético por los muchos años que tenía sumados su naturaleza humana, recibió la ayuda de un alumno para poder sentarse en el suelo. Después de conseguido esto, el jovencito que tras haberle ayudado, mostrándole todo el tiempo una actitud altamente respetuosa, se sentó también con las piernas cruzadas delante de él y mirándole con ojos cargados de admi-ración esperó, anhelante, a que el anciano sabio le hablase.
Y por fin, este hombre añoso, delicado de salud, movió sus labios trémulos, desteñidos, y con voz temblorosa le regaló las palabras que la sed de conocimiento del joven tan ávidamente esperaba:
—Querido muchacho, esta vida es el infierno, el lugar de prueba donde nuestro espíritu se va purificando poco a poco a través del dolor, el conocimiento, la belleza y el placer. Un espíritu que debe aprender a controlar nuestro cuerpo para que no reinen dentro de él y lo gobiernen, el egoísmo innato en todo ser humano y la frecuente carencia de piedad. Una vez se ha logrado controlar todo lo anterior, nuestra alma será un ave limpia de las ruindades humanas, que merecerá volar hacia la morada suprema donde tendrá el puesto que se ha ganado junto a nuestro excelso Creador. Así que el camino que debe conducirnos a la perfección humana solo puede recorrerlo, en verdad, y únicamente, nuestra alma.
Al joven alumno llevaba aprendido ya que una de las fórmulas primordiales para adquirir conocimiento se lograba por medio de preguntas cuyas respuestas pudieran contribuir a restarle ignorancia. Así que realizó una pregunta sobre un enigma que venía desasosegándole desde el momento mismo en que se alojó en su inquieta mente:
—Maestro, por mucho que me esfuerzo, yo no veo el alma. ¿Qué prueba tengo de que existe?
Los muy cansados ojos del viejo le dirigieron una mirada, entre afectuosa y nostálgica. También él, setenta años atrás, cuando tenía más o menos la misma edad que este chico que ahora esperaba expectante su respuesta, le había formulado esta misma pregunta a su maestro, muerto muchísimos años atrás, y a continuación le dio a este alumno suyo la misma respuesta que en el remoto pasado recibió él:
—Muchacho, tampoco ves el aire y, sin embargo, es el que te mantiene vivo. Lo mismo que con el aire ocurre con tu alma.
Su alumno asintió con la cabeza y su mirada expresó admiración y respeto por el hombre que había dedicado toda su vida a procurar ser un mejor ser humano y mejorar también a su prójimo.
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DECISIVO EL VOTO DEL MÁS TONTO (MICRORRELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
Hubo una vez un país en el que cansados sus habitantes de que los políticos que se presentaban para ocupar el puesto de presidentes les mintieran, les hiciesen un sinfín de promesas, especialmente sobre mejoras sociales, y luego, una vez conseguido el poder que ambicionaban, no cumplían ninguna de esas promesas, decidieron que debían cambiar el modelo electoral.
Se juntaron los hombres más sabios, honrados y justos de ese país y acordaron, para que la población no fuese masivamente embaucada una vez más por los candidatos a presidentes, que hubiese un solo votante representándoles a todos. Y el votante que, el selecto grupo de personas más sabias, honestas y justas escogieron, para asombro de la gran mayoría de la gente, fue el hombre más tonto e inocente de todo el país.
Llegaron las nuevas elecciones y, como no se consintió a ninguno de los tradicionales partidos políticos costosas campañas publicitarias, no hubo en estos comicios dos únicos todopoderosos candidatos, sino que hubo diez de ellos, algunos tan humildes que, para aparecer algo mejor vestidos de lo habitual, tenían que alquilar los trajes con que se presentaban en las televisiones (todos el mismo número de veces e igual cantidad de tiempo), a hablar sobre todas las cosas buenas que realizarían en caso de ser elegidos.
Y finalmente llegó el día de la elección y, el hombre más tonto del pueblo deposito en la urna, la papeleta con la que representaba a la nación entera. Y el voto suyo sirvió para que fuese declarado presidente un humilde tendero que tenía una lista larguísima de deudores entre la gente más pobre, lista que muchos de ellos jamás lograrían ser borrados de ella. La tienda de este piadoso tendero no había quebrado y se mantenía abierta todavía porque sus familiares contribuían con sus salarios a hacerlo posible.
Los candidatos de la oposición quisieron que se anulasen las elecciones alegando la poca inteligencia del único votante.
El grupo de sabios les contestó que no le habían elegido, para representarles a todos, por su inteligencia, sino porque poseía el don de descubrir a través de la voz quienes decían la verdad y quienes mentían. Y el único candidato a presidente que no mintió ni una sola vez en cuanto dijo, fue el tendero Justo Honesto Incorruptible.
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LA PUERTA PROHIBIDA (MICRORRELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
De vez en cuando la virtud de la sensatez se manifiesta en nosotros de un modo tan claro que, las codicias y ambiciones que nos la oscurecen a diario, no lo consiguen y entonces reconocemos que no solo tenemos cubiertas nuestras necesidades vitales sino que, además, contamos con el mayor de los tesoros: que es una buena salud. En esos momentos de elevada claridad mental somos capaces de reconocer que la felicidad, ese estado de bienestar absoluto que todos deseamos alcanzar, lo tenemos alcanzado si no dejamos que ambiciones, envidias y anhelos a menudo fuera de nuestro alcance nos cieguen impidiéndonos ver nuestra hermosa realidad.
No sé qué jeroglífico mental, repentinamente descifrado, ha traído a mi memoria uno de los cuentos que la genial Scheherezade dejó, para la posteridad, en sus famosas “Mil y una noches”. Es el cuento de un joven al que dieron el empleo de cuidar de diez ancianos que se pasaban todo el tiempo llorando, poniéndole la condición de que nunca les preguntase el motivo de su aflicción ni abriese una misteriosa puerta que había cerrada con cuatro candados.
Finalmente, cuando solo quedó vivo el anciano que le había contratado, éste le reveló que todos los viejos lloraban por culpa de esa puerta misteriosa que él nunca debería abrir, pues tras ella estaba el origen de todas desgracias. Murió también este anciano y el joven no resistió la tentación de abrir la puerta que le había sido pedido no abrir.
La abrió y encontró un largo pasillo que le llevó a un río. De pronto apareció un águila negra que le cogió entre sus garras y le llevó por el aire hasta una isla situada en medio del mar. Allí le recogieron diez mujeres, lo subieron a su barco y le llevaron a un fabuloso lugar donde se alzaban maravillosos palacios rodeados de vergeles asombrosamente hermosos.
La reina de este extraordinario lugar lo corono rey y le hizo partícipe de las inmensas riquezas que poseía, haciéndole una única prohibición abrir una puerta del palacio, que ella le señaló.
Aquel joven llevó durante varios años una existencia regalada en la que no le faltó de nada y vio cumplidos todos sus deseos, con tan solo expresarlos. Pero aquella puerta misteriosa le tenía muy intrigado. “¿Qué será lo que hay detrás de ella? Seguramente las mayores maravillas de este mundo. Sufro muchísimo por no saberlo”, se decía.
Y un día en que la sensatez se ausentó de su mente, aquel joven no resistiendo más tiempo su curiosidad, abrió la puerta prohibida e, inmediatamente apareció el águila negra que, cogiéndole entre sus garras le devolvió en un instante al lugar de partida. Y comprendió entonces, este joven imprudente, el desconsolado llanto de los ancianos que él había cuidado. Y desesperado por la inmensa felicidad que había perdido, también él estuvo llorando sin parar hasta el día de su triste muerte.
En la vida, todos tenemos lecciones que nos son imprescindibles aprender, y puertas prohibidas que, para nuestro bien, más nos valdría respetar.
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JAQUE MATE, MUCHACHO (MICRORRELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
Estaba jugando una partida de ajedrez (ese extraordinario juego que sirve para hacerte pensar y quitarte telarañas en todas esas zonas del cerebro que te pasas temporadas largas sin usar), con el hijo adolescente de un buen amigo, cuando teniéndole yo acorralado y considerando él seguramente la posibilidad de conseguir distraerme y cometiese yo un error que a él le permitiese escapar de la seria amenaza de yo ganarle la partida en la próxima jugada, me preguntó mirándome a los ojos para atraer mi mirada y la quitase yo, por unos momentos, del tablero y de las piezas repartidas sobre el mismo:
—Oiga usted que, según mi padre, en su condición de psicólogo conoce mucho sobre las mujeres, ¿qué debo yo hacer para conseguir conquistar a una princesa?
Sonreí socarronamente y contesté:
—Pues mira, lo primero que debes hacer es, antes que nada, convertirte tú en príncipe —y volviendo mi atención al juego, moví la reina en la jugada que yo tenía pensada, y él temida, y dije conteniendo la risa triunfal que cosquilleaba mi garganta—: Jaque mate, muchacho.
—Vaya, para una vez que le pido consejo, quedo bien servido —él mostrando evidente contrariedad—. No volveré a hacerlo.
—Para conseguir princesas, y para conseguir cualquier otra cosa en la vida, muchacho, lo primero que debes hacer es aprender a no hacer trampas y aprender asimismo a saber perder.
Él frunció el ceño y puso cara de enfado, lo que me hice temer, con respecto a él, que había yo predicado en desierto.
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