SUFRIR LA TORTURA DE LOS CELOS (MICRORRELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

Dos amigos han terminado de cerrar un negocio sentados en la terraza de una cafetería céntrica. Es principio de verano. De los parterres cercanos una ligera brisa les trae la fragancia de las flores que allí crecen. Un toldo a rayas blancas y verdes les protege del sol que va aumentando su calor a medida que la mañana avanza hacia el mediodía. La gente circula por las aceras, en ambas direcciones. Los vehículos son dueños de una calzada sin aparcamientos. Alguna que otra mujer mayor se alivia el bochorno abanicándose. Los caballeros con corbata se la aflojan. Los ancianos se mueven con lentitud y expresiones de cansancio, de angustia. Niño ninguno. Los mantienen presos en las aulas.
Un amigo se da cuenta de que el otro tiene la frente surcada por dos hondas líneas de preocupación. Se interesa por él, pues le tiene aprecio.
—¿Va todo bien en tu matrimonio? —aventura, dando sonido a un pensamiento que acaba de surgirle.
—Sí, sí… —no suena convincente la respuesta, aunque lo pretende.
—No podía ser de otra manera. Te casaste con esa chica de la que todos estábamos enamorados. Gloria es hermosísima. Podría haber ganado el concurso de Miss Universo de habérselo propuesto.
—Sí, Gloria es tan hermosa, que son multitud los desalmados que desean quitármela. Y yo estoy enfermo de celos. Lo mío es un sinvivir. Tú no sabes lo que es ver esas miradas de lujurioso deseo en los ojos de tantos tíos al fijarse en ella. Y luego ella es tan amable y tan encantadora que, sin ella pretenderlo fascina a todo el mundo con sus deslumbrantes sonrisas.
—Te comprendo. Pero debes pensar que es mejor ser envidiado, que envidioso.
De pronto pasa un descapotable a velocidad moderada por la calle que ambos tienen a pocos metros de distancia.
—¡El dios que los parió! —exclamó de pronto el casado con una mujer bellísima, cogiendo su maletín y corriendo detrás de vehículo deportivo que sigue adelante, tras acelerar para hacer inútil su carrera.
Su amigo, que continúa sentado en su sitio, mueve gravemente la cabeza y musita para sí:
—Su mujer iba en ese coche y a mi amigo no le ha gustado el tipo joven y guapo que lo conduce. Visto lo que acabo de ver, fui muy precavido e inteligente casándome con una mujer bastante fea. Uno vive más tranquilo y sosegado sin sufrir el tormento de los celos.

LA ASTUCIA DE ALI BUBÚ, HERMANO DE ALI BABÁ (MICRORRELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

Ali Bubú, hermano pequeño de Ali Babá, llegado a la pubertad, se enamoró de Fátima una jovencita hermosa como la luna y, considerada por él tan inalcanzable como este satélite, pues ella pertenecía a una familia de comerciantes muy ricos que exigían la abusiva cantidad de veinte camellos a quien la pretendiera por esposa. Sabedor Ali Bubú, de que con los salarios tan bajos que se pagaba en Bagdad necesitaría cuarenta años de su vida para reunir la astronómica suma que costaban veinte camellos, decidió seguir los pasos de su hermano el famoso ladrón.
—Si me atrapan robando me cortarán las dos manos y, si no consigo casarme con Fátima se me romperá el corazón. De estas dos cosas malísimas, escoge-ré la que me parece que lo es menos —decidió.
Y Ali Bubú comenzó a robar con extraordinario entusiasmo, astucia y suerte. Suerte, pues transcurridos once meses había conseguido juntar ya la cantidad suficiente para adquirir diecinueve camellos.
Pero una mañana, en el zoco, acababa de sustraerle de la faja donde la llevaba una bolsa de oro a un rico comerciante, cuando le pilló infraganti un taimado policía llamado Simbad el Tuerto, quien consiguió poner de acuerdo sus independientes ojos, clavarlos sobre Ali Bubú y apresarle
—Te cogí, ladronzuelo. Te voy a llevar a presencia del sultán, éste ordenará te corten la cabeza y a mí me recompensará generosamente.
—Una recompensa que te dará para comer una semana como mucho —dijo mostrando desprecio el prisionero—. En cambio, yo puedo hacerte rico si pro-metes que me soltarás.
Simbad el Tuerto poseía además del problema físico de no ponerse de acuerdo sus ojos en lo de mirar ambos a una misma cosa, el de que llenaran el interior de su peluda cabeza: la codicia, la astucia y la traición.
—¿Cómo puedes tú hacerme rico, si pareces un indigente? —quiso saber señalando despectivo su pobre aspecto.
—Puede hacerte rico llevándote a la cueva donde mi hermano, Ali Babá guarda su fabuloso tesoro.
El codicioso Simbad que, al igual que todo el mundo en Bagdad, había oído hablar de la enorme riqueza acumulado por el famosísimo ladrón, creyendo ser más listo que su prisionero, concedió:
—De acuerdo. Trato hecho. Te ataré para que te me escapes. Tú me llevas hasta esa cueva y, una vez allí, yo te soltaré.
—¿Puedo confiar en ti?
—Claro, igual que todos confiamos en el todopoderoso Alá.
Se pusieron en camino. Dejaron atrás la populosa ciudad de Bagdad y por fin, llegados al pie de una montaña, Ali Bubú anunció:
—Ahí enfrente está la cueva donde mi hermano Ali Babá guarda su valiosísimo tesoro.
—Estupendo. ¿Qué he de hacer ahora para poder entrar en ella?
—Acércate un poco más a la pared rocosa y di en voz alta: Ábrete Sésamo.
Simbad el Tuerto, como si imaginase que la montaña pudiese ser dura de oído gritó con voz trémula de emoción:
—¡Ábrete, Sésamo!
Inmediatamente parte de la base de la montaña se abrió. El policía corrupto entró dentro de la cueva, llegó al centro de la misma sin que sus ávidos ojos localizaran el tesoro de Ali Babá. De repente, la puerta abierta en la roca se cerró dejándole atrapado. Y se dio cuenta entonces del error mortal que había cometido no pidiéndole a su prisionero la contraseña que necesitaba para salir de allí. Y para mayor exasperación suya no encontró allí tesoro alguno, pues, precavido, Ali Babá se lo había llevado a otra parte cuando se enteró de que Sherezade, para salvar la vida había contado su secreto, nada menos que al sultán Shahriar, de un reino vecino.
Ali Bubú se libró de las cuerdas con que estaba atado frotándolas contra un saliente rocoso, se compró el camello que le faltaba y unido a los otros diecinueve pudo conseguir esposar a la bellísima Fátima a la que estuvo haciendo feliz en la cama hasta que alcanzada la longeva edad de 92 años dejó de funcionar su aparato gestor. Su mujer celebró este hecho comiendo dátiles con nata, pues consideró que haber parido cuarenta hijos (todos ellos ladrones) era una suma más que suficiente.
El cadáver de Simbad el Tuerto fue descubierto en pleno siglo XXI y, quienes lo hallaron todavía se preguntan, el día de hoy, que podía estar haciendo aquel individuo allí dentro sin comida ni bebida alguna y con todas sus uñas comidas.

NUNCA ESCRIBIRÉ UN BEST-SELLER NI ALCANZARÉ LA CÚSPIDE DEL ÉXITO (MICRORRELATO)

GUITARRA CON AMIGO

 

 

 

 

(Copyright Andrés Fornells)

De ninguna de estas dos cosas conozco el secreto que permite conseguirlas. Pero sí se juntar palabras que emocionan a quienes me quieren bien y son amados por mí. También sé acompañarme con media docena de acordes canciones que, cuando la ternura se me hace grande, brotan de mi alma, y salen por mi boca envueltas en mi voz ronca y cargada de sentimiento. Y sé asimismo mirar al cielo estrellado y a la luna sembradora de plata, con esos ojos limpios de los que, como yo, jamás hicieron daño, a sabiendas, a nadie.
Nunca escribiré un best-seller ni alcanzaré la dorada cúspide del éxito y el dinero, pero dejaré atrás, el día que se me termine la cuerda de la vida, a una familia por la que hice cuanto pude para que viviese mejor de lo que yo nunca viví, y a unos amigos que derramarán lágrimas sinceras por mí, y me recordarán con agrado y añoranza. E incluso mencionarán cosas de algún mérito que alguna vez, inspirado, dije yo.
Y esto no deja de ser un éxito, un éxito humilde que estará en consonancia con la clase de persona que yo fui siempre.
A los que no creen en la inmortalidad del alma, les recuerdo que las palabras, los suspiros y hasta los pensamientos quedan viajando en el aire y, el aire, es eterno.

RECUPERÓ SU BICI (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Francisca se casó con Federico, su primer novio, en justa compensación por haberle roto, lo que ella había mantenido entero hasta conocerle a él. A Federico le gustaba más que ninguna otra cosa del mundo montar en bicicleta y devorar kilómetros.
Cuando Federico no montaba en bici ni trabajaba de electricista, cumplía con su esposa la obligación matrimonial. Fruto de este compromiso matrimonial fue la venida al mundo de un hijo de ambos al que pusieron de nombre Quico.
Quico creció mostrando solo afecto a su madre por consentírselo ella todo, y mostrando desarraigo a su padre porque trataba de inculcarle estrictos principios morales.
Cuando Quico cumplió los dieciséis años empeñó en el Monte de Piedad la magnífica bicicleta de carreras de su padre para poder llevar, con lo obtenido, a Maripili, su chica, un fin de semana a un lujoso hotel de Benidorm donde le hizo lo mismo que su padre le había hecho a su madre.
Enojado con él y enojado con su esposa por defender a su desconsiderado hijo, Federico desempeñó su bici y pedaleó entusiasmado los cuarenta kilómetros que lo separaban de la casa de Enriqueta donde se quedó en prueba de agradecimiento por haberle ella entregado el dinero que le costó recuperarla.

«EL MISTERIO FEMENINO» ESTÁ DEJANDO DE SERLO (MICRORRELATO)

CHOCHORTS

(Copyright Andrés Fornells)

La tarea de estudiar los diferentes modos de conducta existentes entre las generaciones que se han ido sucediendo en nuestra sociedad, la considero labor propia de psicólogos y estudiosos del tema (yo no soy ni una cosa ni la otra), y a ellos se lo dejo.
En lo que sí pretendo opinar es sobre lo que yo llamo “el misterio femenino”. Este misterio fue mantenido, más o menos fielmente por las mujeres durante varios siglos, a partir del momento en que los humanos de ambos sexos, por razones de abrigo, cubrieron sus cuerpos con pieles y otros materiales.
En algún momento de la historia de la humanidad, las mujeres se dieron cuenta de que, si mostraban un poco de toda la belleza que llevaban oculta, despertaban el deseo carnal en los hombres y este deseo podía significar para ellas conseguir un compañero que la ayudaría a construir un hogar y a tener unos hijos.
Pero, según deduzco ha ocurrido con el transcurso del tiempo, los hombres han querido ver mayor parte del “misterio femenino” escondido, y la mayoría de las mujeres (quizás equivocadamente complacientes) se han avenido a mostrar más y más de lo que ocultaban hasta que hemos llegado a un punto en que ha dejado de existir “el misterio femenino”. Y dejó de existir a partir del momento en que se extendió el uso de la minifalda que permitía, a la mujer que se agachaba o se exponía a una ráfaga de viento dejar visualmente expuesta la mayor parte del susodicho secreto suyo.
Desde hace muy poco se ha puesto de moda el chochort y ya, “el misterio femenino” ha dejado de existir en su práctica totalidad para todo el que tiene ojos para verlo y quiere  emplearlos.
Las consecuencias de todo esto son las que son: que un hombre mira a una mujer y no encuentra en ella necesidad ninguna de ejercitar su imaginación. Ciertamente los hombres nos fijamos ahora más en las mujeres y las deseamos más que nunca. Pero me hago yo un par de preguntas que me parecen importantes: ¿El sentimiento del amor no quedará aplastado por la montaña de deseo que se le caiga encima? ¿Puede durar mucho una relación hombre-mujer basada únicamente en el deseo? ¿Existirá algo que mantenga unidas a las parejas una vez satisfecho ese deseo? ¿Y si un hombre y una mujer no permanecen unidos, hasta qué punto será perjudicial para los posibles hijos nacidos de solo un esporádico deseo?
Bueno, tengo un amigo que practica una buena filosofía, y la expongo aquí:
“Vivir sin pensar”. Claro, que no todo el mundo es capaz de poner en práctica esta cómoda filosofía.

ES PROPIO DE IMBÉCILES NO RECONOCER EL BIEN QUE SE TIENE (MICRORRELATO)

es propio de imbeciles

 

 

 

 

(Copyright Andrés Fornells)

Claudio Pomelo se hallaba sentado a su escritorio. Había poco trabajo y combatía el aburrimiento con la papiroflexia. Su figura favorita eran los caballitos. Había llegado, realizándolos, a un punto tal de destreza que podía construirlos incluso con los ojos cerrados.
Su eficiente y poco atractiva secretaria lo distrajo comunicándole por el interfono que acababa de llegar un señor llamado Leandro Fiestas con la pretensión de hablar con él.
—¿Le has preguntado de qué quiere hablarme?
—Se lo he preguntado y me ha dicho que quiere hablarle sobre la felicidad.
—¿Va vestido como un cura?
—No, no; va vestido como una persona adinerada.
—¿Tiene ojos de loco?
—Tiene ojos de persona inteligente.
Claudio se lo pensó un momento. Quizás el inesperado visitante lo sacara del muermo que tenía encima o quizás, con suerte, viniera a proponerle un negocio interesante.
—Bueno. Hazlo pasar.
Transcurridos unos pocos segundos Claudio escuchó unos discretos golpecitos en la puerta y ocultando debajo de la negra carpeta el caballito a medio terminar y dijo:
—Adelante.
Se abrió la puerta y apareció un hombre más joven, más esbelto, más guapo y mejor vestido que él, quien dirigiéndole una amistosa sonrisa le dio los buenos días.
—Tenga la amabilidad de sentarse —indicándole Claudio la butaca que dejó a su visitante delante de él.
—A pesar de estar en invierno, esta mañana estamos gozando de una temperatura primaveral —expuso el recién llegado, que mostraba una naturalidad y aplomo admirables.
—Ciertamente. ¿Qué puedo hacer por usted, señor Fiestas? —observándole con interés y algo de envidia al reconocer que su visitante le superaba en atractivo y elegancia.
—He venido a darle las gracias.
—¿Las gracias por qué? —perplejo Claudio, juntando sus manos en un gesto que denotaba incomodidad y nerviosismo.
—Las gracias por haberse divorciado de Laura dejándola libre para que yo pudiera cortejarla. He conocido muchas mujeres, pero ninguna tan extraordinaria como ella. Laura es la mujer con la que yo soñaba toda mi vida. Una mujer bella, discreta, encantadora, apasionada, inteligente. Laura ha cambiado mi vida. Me ha hecho conocer la verdadera dicha. En los pocos meses que llevamos juntos, Laura me ha procurado tanta felicidad que me resulta imposible expresarlo con palabras. Por eso yo también procuro hacerla todo lo feliz que me es posible. Pero el motivo por el que he venido a verle es para decirle también cuánta lástima me da usted. Lástima porque estoy seguro de que, por mucho que busque nunca encontrará una mujer tan maravillosa como Laura. Bueno, sólo he venido a decirle esto por si acaso considera que no cometió la mayor estupidez de su vida al divorciarse de ella. Que tenga un buen día, adiós —levantándose, satisfecho, el señor Fiestas y dirigiéndose hacia la puerta.
La perplejidad causada por las impactantes palabras que acababa de lanzarle el apuesto desconocido, dejó a Claudio boquiabierto, paralizado durante algunos segundos mientras el desconcertante desconocido abandonaba el despacho. Inmediatamente un desagradable temblor se repartió por todo su cuerpo. Claudio llevó sus manos trémulas a las pálidas mejillas y su mente se convirtió en un torbellino de atormentadoras preguntas. ¿Era posible que él jamás hubiese sabido ver en Laura todas las extraordinarias cualidades que le había enumerado su entusiasmado visitante? ¿Era posible que por esa razón, no reconocida por él, seguía sin encontrar una mujer con la que reemplazarla? ¿Había cometido, al despreciarla, el mayor error de toda su vida?
Claudio, desesperado, comenzó a maldecir al hombre que acaba de macharse, cuando en realidad al que debiera maldecir era a sí mismo por lo imbécil que había sido al perder a la mujer más valiosa que había conocido jamás.

UNA FUTURA SUEGRA EXCESIVAMENTE ATRACTIVA (MICRORRELATO)

PAREJA ANDANDO HOY(Copyright Andrés Fornells)

Milagritos Ruano llegó a su casa llorando. Amparo, su madre, decidió, de inmediato, averiguar la causa de su aflicción, consolarla y ayudarla en lo que pudiera.
Le tomó algún tiempo conseguirlo, porque su hija hablaba entre sollozos, ahogando y desfigurando las palabras. Pero finalmente pudo averiguar qué la sucedía. El enorme disgusto de su hija lo motivaba el hecho de haber ella roto con el chico que salía, por haberle ella, en un momento de torpeza destrozado su CD favorito.
—¿Mamá, y él me gusta a morir! —gimoteó compungida la muchacha—. Mamá, ve a hablar con él y convéncele de que debe apiadarse de mí, por-que yo sin él no puedo vivir. Lo quiero con locura.
—Tranquilízate, mi niña. Déjalo de mi cuenta. Yo arreglaré este asunto vuestro. Conozco muy bien a los hombres. Conozco de qué pie cojean, y también conozco muy bien como capear sus irritabilidades y sus debilidades.
Amparo cogió el coche y se llegó hasta el inmueble donde aquel joven, al que solo había visto en un par de ocasiones, tenía un apartamentito. Muy segura de sí misma, pulsó el timbre de la puerta. Transcurridos unos segundos la puerta se abrió y ante sus admirados ojos apareció el apuesto joven que mantenía, desde algunas semanas atrás, una relación de pareja con su hija. Sufrió una especie de impacto al verle con pantaloncitos cortos y sin camisa, mostrando era poseedor de una notable y armoniosa musculatura corporal.
Su destacada belleza física le impactó hasta el punto de hacerla parpadear como si hubiese recibido un golpe de sol en los ojos. Se repuso con cierta dificultad de la agradable impresión recibida y pasó a comunicarle que venía a intermediar entre él y su hija. Que  un pequeño malentendido no era motivo suficiente  para romper una relación que era muy del agrado de su hija. Él le sonrió encantadoramente y dijo en tono afable:
—Pasa. Te invitaré a beber algo frío y hablamos. Con este gran bochorno que hace es lo que más apetece, ¿verdad?
Amparó tomó asiento en el sofá que él le había indicado. Procuró estirar su falda lo más posible, pues se le había subido hasta lo más alto de sus bien torneados muslos capturando con ello los admirados ojos de su interlocutor.
—Tengo cerveza y Coca-Cola —ofreció él.
—Un botellín de cerveza, por favor.
Él trajo dos. Le entregó uno a ella y con otro en su mano derecha quedó sentado en un sillón que les dejó a ambos frente a frente. Amparó empezó a ponerse nerviosa. Los ojos del joven desprendían caricias de fuego. Fue directo al asunto que la había traído allí. Razonó que la rotura de un CD no podía ser motivo para que él dijera a su hija que no quería verla más.
—Milagritos te traerá ese CD, nuevo, y vosotros hacéis las paces. ¿Te parece bien?
Ella habría añadido algo más, pero el movimiento negativo de la cabeza de él y su seductora sonrisa, la silenciaron.
—No he roto con tu hija por el CD. He roto con tu hija porque desde hace dos semanas, que fue la primera vez que te vi, no hago otra cosa más que pensar en ti a todas horas. Estoy locamente enamorado de ti.
La pasión con que confesó sus sentimientos, y la sinceridad que mostraba su apolíneo rostro, convencieron a la mujer de que él estaba realmente expresando lo que sentía.
—Pero esto es imposible, muchacho. Soy una mujer mayor. No puedes estar hablando en serio. Me estas gastando una broma.
Amparo, ruborizada hasta la raíz de su pelo negro como ala de cuervo, sentía que su corazón daba violentos aldabonazos como si se hubiese convertido en una campana catedralicia.
El joven abandonó su asiento. Dos pasos le dejaron delante de Amparo. Cogió sus manos en un gesto que denotaba irresistible ternura y la ayudó a ponerse de pie.
—Vamos, mujer hermosísima. No levantes barreras a nuestro amor. Leo en tus ojos que sientes por mí, lo mismo que yo siento por ti: una pasión abrasadora, irrefrenable, un deseo incontenible.
Lo siguiente fue juntar ambos sus labios en un beso arrollador, interminable. Amparo perdió la cabeza. Derrumbó todas las barreras que ella había levantado en un primer instante. Y pensó que su hija, con lo joven y bonita que era, encontraría muchos amores en su vida, mientras para ella, el amor de este joven hermoso, fuerte y apasionado, sería seguramente el último amor para ella en su ya larga viudedad, y no iba a dejarlo escapar por ninguna de las numerosas razones que su mente le estaba exponiendo.

CONTINUOS AUMENTOS DE SUELDO (MICRORRELATO)

billiards-449708_960_720(Copyright Andrés Fornells)

Asensio Rosales recibía continuos aumentos de sueldo, que no percibían los demás empleados de la oficina de la importante empresa en la que trabajaba. Esos aumentos él los mantenía secretos para no despertar la malicia y la envidia de sus compañeros. En reconocimiento por estas mejoras, todas las noches, terminada su jornada laboral, él se pasaba por el despacho de su jefe y le preguntaba:
—Señor Agustín, ¿me aconseja usted que esta noche me vaya a jugar un rato al billar?
—Desde luego que sí, probo empleado. Disfruta haciendo buenas y difíciles carambolas —le deseaba quien le tenía colocado y bien remunerado.
—Muchas gracias. Es usted muy amable. Que pase una estupenda noche —le deseaba su subordinado.
—Igualmente, muchacho —bonachona respuesta que invariablemente recibía.
Asensio consideraba tenía mucha suerte de gustarle tanto el billar y gozar haciendo carambolas. Generalmente empleaba dos horas en este entretenido juego de precisión; pero si al llegar a su casa veía encima del mueble del recibidor el sombrero con el que su jefe solía cubrirse la cabeza, regresaba a los billares y jugaba otra hora más, recordando el dicho muy conveniente y consolador que le había enseñado su padre, un hombre admirablemente práctico y nada celoso: “Ojos que no ven, corazón que no siente”.

SANCHO PANZA REGRESÓ JUNTO A SU MUJER (MICRORRELATO)

DIBUJO DE MINGOTE

 

 

 

 

 

(Copyright Andrés Fornells)

(DIBUJO DEL GENIAL MINGOTE)
Regresado Sancho Panza a su casa, tras el entierro de su señor, don Quijote el de la triste figura, Teresa, su mujer, le sirvió una opípara comida para festejarlo. Terminada la misma, entre felices eructos por parte del escudero (ahora en paro), su consorte retirados todos los cacharros y dejados en la cocina, tomó asiento delante de su saciado marido y, antes de que éste (que la estaba mirando con ojos encendidos de deseo), pudiese meterle mano, le dijo:
—Veamos, marido, dame una prueba del talento que has adquirido durante esta larga, interminable ausencia tuya. Demuéstrame con algo que me sorprenda el provecho que le has sacado a todas tus andanzas.
Acariciándose la regalada panza, Sancho se dispuso a asombrarla con el talento por él adquirido.
—Quédate sentada donde estás que voy a maravillarte dentro de un momento —aseguró él, confiado. Se acercó a la despensa, cortó cuatro trozos de vela, los colocó encima de una fuente y les prendió fuego delante de su consorte.
Teresa no dijo nada. Permaneció expectante con el ceño fruncido. Era mujer de poca paciencia y, aproximadamente la misma tolerancia. Cuando su esposo terminó esta operación, poniendo cara de listo, que consistió en esbozar una socarrona sonrisa, le preguntó:
—Mujer, ¿qué crees tú que significa esto?
—Dímelo tú, si es que lo sabes —poniendo Teresa los brazos en jarra, predispuesta a burlarse de él.
—Escucha bien, mujer. Estas cuatro velitas representan los cuatro mejores sentimientos que poseemos las personas —y empezó a señalarlas—: La fe, la paz, la esperanza y el amor. Debes apagarlas todas menos una, la que tú creas es la más importante.
Teresa se le estuvo pensando un rato y finalmente hinchó sus rosados mofletes y sopló con energía dejando encendida solo la vela que su orondo cónyuge había señalado como la del amor.
—Mal hecho. Muy mal hecho —desaprobó Sancho riéndose como un zorro ladrón de gallinas—. Hay que dejar encendida la velita de la esperanza, porque con ella podremos recuperar la fe, la paz y el amor.
Teresa comenzó a mover desaprobadoramente la cabeza y, al final juzgó desdeñosa y contundente:
—Marido, aprecio con tristeza, que has regresado, desgraciadamente tan tonto como te fuiste. Ve a la cocina a limpiar los cacharros sucios, que para algo ha de servirme que hayas vuelto a casa.
—Sí, ¿eh? Pues ganas me están entrando de marcharme de nuevo —amenazó él.
—¿Sabes que te digo?, que si quieres marcharte otra vez ya estás tardando. La puerta la tienes abierta. Me tienes tan acostumbrada a vivir sin ti, que ya me estás más de sobra que de falta.
Pensando en lo que él más deseaba: echarse un buen revolcón con ella en la cama, Sancho bajó la cabeza y, mansurrón, marchó a cumplir la orden recibida. Teresa era una mujer de carácter y, lo mismo que hiciera antaño, podía por las noches, en vez de compartir lecho con él, enviarlo a que compartiera establo con su borrico. Y aunque hay gente muy cochina, Sancho no formaba parte de ella.