EL AGRADECIMIENTO DE LAS DOS HERMANAS BROWN (SONRISAS Y LÁGRIMAS)

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(Pintura de Laurencin)
Entre las virtudes que las buenas personas podemos considerar más admirables y, hasta imprescindibles, queda incluida la virtud del agradecimiento.
Mi amigo Anselmo Palomo es un excelente albañil, cualidad a la que él suma los buenos sentimientos que lo adornan.
Mi amigo Anselmo Palomo no siempre cobra por su trabajo. Posee un corazón que se inclina con frecuencia hacia el altruista lado de la generosidad. Generosidad que ejercita en favor de personas en pobre situación económica, a las que regala chapuzas que les hace, limitándose a cobrarles el coste del material empleado en las mismas.
Aunque no es católico practicante, mi amigo Anselmo Palomo tiene una frase que usa con complacida frecuencia:
—Todo aquello que no me paguen los humanos, no se olvidará el buen Dios de pagármelo, el día que nosotros dos, sentados frente a frente, echemos cuentas.
Hace un par de días, mientras tomábamos una cerveza y un pincho de tortilla en el Bar del Tuerto, Anselmo Palomo me contó que había roto con su novia porque a aquélla le sentó mal que él les hubiese realizado gratis una chapuza a las dos hermanas Brown.
—¿Te refieres a esas dos inglesas rubias que viven en la Urbanización Las Petunias? —quise me confirmara.
—Las mismas.
—Están buenísimas esas tías —afirmé considerándome buen tasador en materia de belleza femenina.
—Doy fe de ello —afirmó él con contundencia.
—¿Acaso…? —maliciándome podía ser cierto lo que yo acaba de figurarme.
—Pues sí. Las pobrecillas querían pagarme de algún modo el trabajito que no les quise cobrar… —justificándose con una reveladora elevación de sus hirsutas cejas.
—Entiendo. Y tu novia se enteró.
—¡Digo si se enteró! Con la de lenguas envidiosas, malvadas, cizañeras, que nos rodean y que el demonio debería cortar de cuajo, sin dejar una sola —con enfado y rencor.
Estuve a punto de darle un consejo a mi amigo Anselmo Palomo, pero recordé a tiempo tantos buenos consejos como llevo dados y el nulo reconocimiento, cuando no perjuicio que tengo obtenidos con ellos. Así que decidí que, en boca cerrada no entran moscas, y algunas de ellas revoloteaban por el local.

GRANDES AMIGOS (MICRORRELATO)

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(Pintura de Murillo)
Agustín el Puerco y yo éramos muy amigos. Corríamos estupendas aventuras juntos: robar fruta, tocar timbres de casas y salir corriendo a escondernos, pinchar las ruedas de la bicicleta del alguacil que había multado a su padre por haberse llevado aquél, a su casa, un banco de madera del paseo propiedad del ayuntamiento (o sea un banco de todos como defendió quien se apropiado de él), etc.
Agustín el Puerco y yo, cuando contábamos ocho años nos fabricamos una pipa cada uno. La cazoleta era un pedazo de caña gruesa cortada cerca del nudo, y el caño otro pedazo de caña largo y fino. Su abuelo poseía una parcelita de terreno en la que, entre otras cosas, cultivaba unas plantas de tabaco para fumarlo él y sus familiares. Las grandes hojas de esta planta las colgaba en el techo del pasillo de su casa para que el aire que entraba por la puerta abierta que daba al patio, las secara.
Agustín el Puerco y yo, deseosos de imitar a los mayores, una mañana en que no había nadie en su vivienda nos fumamos sendas pipas de aquel tabaco. El humo nos irritó la garganta, lleno de lágrimas nuestros ojos y nos revolvió el estómago en tal medida que los dos vomitamos hasta el alma. Con esto sufrimos un ejemplar escarmiento. Tan ejemplar que ninguno de los dos hemos vuelto a fumar en toda nuestra vida.
Y en cuanto a nuestra estrecha amistad, Agustín el Puerco y yo la rompimos de adultos porque a los dos nos gustaba la misma chica: Encarnita. Al final Encarnita no fue para nosotros porque ella prefirió a Tomás, al hijo del aguacil que multó al padre de mi amigo por el robo del banco de madera. Y lo prefirió a él porque era el chico más guapo de nuestro barrio. Por esta preferencia suya, a Encarnita, a espaldas suyas, la criticamos que no había por dónde cogerla. Encarnita eligió mal, porque su guapo Tomás le fue continuamente infiel, todo lo contrario que Agustín el Puerco y yo que no le fuimos infieles a ninguna mujer porque nos hicimos frailes de clausura.Al poco tiempo nos salimos del monasterio, pero ya no me alargo más.

CAPRICHOS DEL DESTINO (MICRORRELATO)

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Unos niños ricos se divertían jugando a que eran pobres y, ensuciándose
con barro cara y ropa, se burlaban tendiendo la mano y pidiendo con
voz falsamente plañidera;
—Una limosnita por el amor de Dios.
Unos niños pobres se divertían jugando a que eran ricos y dándose aires de mucha importancia, con un pedazo de palo en la boca significando un falso cigarro habano decían:
—Señor banquero, guárdeme en la caja fuerte estos millones de dólares que he ganado hoy.
El destino, que es un bromista sádico e incorregible, a aquellos niños, cuando llegaron a la adultez, les cambió los papeles convirtiéndoles en realidad lo que de niños fue juego.
(Pintura de Bartolomé Esteban Murillo)

LA SOLEDAD Y EL SILENCIO MATAN (MICRORRELATO)

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Un anciano se halla sentado en una silla de anea.
Tiene apoyados los codos en las huesudas rodillas
y con ambas manos sujeta su rostro que expresa
abatimiento y congoja profundos. A corta distancia de él,
tumbado en el suelo, sin vida, se halla su viejo perro.
Piensa, reconoce, sabe, que si no adquiere otro can,
rápido, le matarán en nada de tiempo el silencio y la soledad.

MARCA DE NACIMIENTO (MICRORRELATO)

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Dos guapas modelos, en una cantina cercana a la sala donde van a tomar parte en un desfile de moda, toman sendas tequilas. Una de ellas es neoyorquina, y la otra, jalisciense. Esta última descubre una noticia que lleva en primera plana el periódico que un cliente abandonó en la mesa que comparten y, de repente, comienzan a verter abundantes lágrimas sus bonitos ojos negros. Sorprendida, su compañera de profesión quiere saber, compadeciéndose de ella:
—Pero, ¿por qué estás llorando tan desconsoladamente, Lupina? ¿Qué acaba de apenarte?
—Nada, mi linda. Lloro porque aquí en este diario pone que, a mi peor enemiga, la zorra que me dejó sin mi marido, la han echado del concurso de Miss Universo, por puta. La pillaron acostada con un miembro del jurado.
—¿Y por eso lloras?
—En verdad lloro porque soy mexicana.
—No lo entiendo. ¿Qué significa eso?
—Pues está claro, mi comadre. Los mexicanos lloramos de alegría y cantamos de dolor. ¿Me estás escuchando acaso cantar?

DIOS PADRE Y ADÁN (MICRORRELATO)

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Adán tuvo que esperar a morirse para que se le presentara la oportunidad de poder hablar otra vez más con Dios. Ya muerto, Adán llegó al cielo y san Pedro, antes de permitirle la entrada, leyó en voz alta y de manera concisa, lo más relevante de su vida:
—Adán, por el pecado de desobediencia, por haber comido la fruta prohibida del árbol del bien y el mal fuiste justamente expulsado del Paraíso. Después de haber sufrido tan importante pérdida has sabido ganarte el pan con el sudor de tu frente, pasado calamidades, enfermedades y has aceptado, aunque enfureciéndote a veces, todas las desgracias que han caído sobre ti. Como la desgracia de que un hijo tuyo matara a otro, y tu mujer cometiera incesto con el más joven de tus hijos. Finalmente, aunque te costó, pediste perdón al Señor por tus pecados y te arrepentiste de haberlos cometido. Ahora, juzgado misericordiosamente por todo lo que acabo de reseñar, se te autoriza a entrar en la gloria. Aquí tienes un bollo de pan eterno y un vaso de agua eterna. Cómelo y bébela y, durante toda la eternidad, no volverás a conocer ni el hambre ni la sed.
Adán comió y bebió lo que acababa de recibir y a continuación pidió audiencia para poder hablar con el Todopoderoso.
El encargado de controlar este tipo de demandas, le advirtió que eran muchísimos los que, antes que él, habían solicitado lo mismo:
—Por lo tanto, Adán, tendrás que esperar tres millones seiscientos trece mil años hasta que puedas ver atendida tu petición.
—De acuerdo; a un ser humano mortal que suele vivir menos de cien años, le parecería una auténtica barbaridad, pero para mí que voy a vivir ya para siempre, será una pequeñez —aceptó resignado.
Durante la obligada espera, Adán fue de nube en nube preguntando a todo el que encontraba dentro de aquella inmensidad sin fin, si conocía el paradero de Eva, a la que amó siempre a pesar de la jugarreta de la manzana y habérsela pegado con su hijo pequeño.
Pero antes de haber podido descubrir dónde se hallaba aquella mujer que, a pesar de los pesares tanto quiso, le tocó el turno de ser llevado a presencia del Creador.
La impresionante, gigantesca figura del Omnipotente ocupaba un trono colosal y se hallaba
rodeada de una luz áurea tan potente, que cegaba al que se enfrentaba a ella, y también de una numerosa corte de maravillosos angelitos voladores, juguetones y tañedores de innumerables instrumentos musicales.
Delante del Omnipresente, Adán cayó de rodillas en señal de absoluto respeto y sumisión.
Con voz de trueno, pero que no ensordecía, sino que sonaba infinitamente dulce, amistosa y tierna, le preguntó Quién acababa de concederle audiencia:
—¿Para qué querías verme, Adán?
Dando muestras de un valor que le sorprendió hasta a él mismo, su humilde siervo expuso:
—He venido a presentarte varias quejas, Señor. Lo habría hecho antes, pero me he visto obligado a esperar dos millones setecientos trece años, sin contar los noventa que me permitiste de vida terrenal.
Su explicación mereció una benévola sonrisa por parte del Sumo Hacedor.
—¿Qué vienes a quejarte de mí, has dicho? ¿Tú, Adán, al que di la vida, regalé un paraíso, primero, y después, por tu gran pecado, envié a la Tierra, que no siendo lo mismo que el Paraíso, también contiene sus maravillas, aunque para disfrutarlas tuviste que ganar el sustento con el sudor de tu frente y el cansancio de tu cuerpo, me vienes a mí con quejas?
—Sí, Señor, todo eso que has enumerado es muy cierto, pero sigo queriendo quejarme, porque, a mi modo de ver, a Eva y a mí nos castigaste injustamente.
Ante la obstinación del primer hombre que Él puso sobre la Tierra, Dios Padre enarcó sus enormes cejas, grandes como arcos iris, con la diferencia de que no eran multicolores sino de un blanco deslumbrante.
—Veamos. ¿Por qué consideras tú, Adán, que yo os castigué injustamente a Eva y a ti?
—Porque la culpa de que fuéramos tan imperfectos es totalmente tuya, Señor, puesto que Tú fuiste quien nos creó. Y el culpable de toda chapuza es siempre quien la realiza, no quien paga sus consecuencias. Y por habernos Tú creado imperfectos, mi mujer cayó a la primera tentación que le pusiste; y por habernos Tú creado imperfectos, Caín, nuestro hijo mayor, mató a su hermano Abel por los celos homicidas que Tú le despertaste prefiriendo el primogénito del rebaño de Abel a los primeros frutos de la cosecha de Caín. Luego, en castigo por su crimen, maldijiste a Caín condenándole a vagabundear por la tierra y lo marcaste con una señal para que nadie que lo encontrase le atacara; advirtiendo que quien matase a Caín lo pagaría con un castigo siete veces mayor. Como puedes ver, de dos hijos que tenía para ayudarme en los penosos trabajos que debía realizar para poder subsistir, quedé sin ninguno. Luego tuvimos otro hijo más, Set, que aquejado del complejo de Edipo —otra imperfección gravísima tuya— cometió conmigo la imperdonable, vergonzosa desconsideración de meterme cuernos.
El Altísimo observó al compungido Adán y, compadeciéndose de él, dio muestras de una extraordinaria magnanimidad, pues reconociendo justas las reclamaciones que le había presentado el reclamante y, aceptando que le había salido bastante defectuoso, concedió:
—Vale, Adán, acepto la parte de culpa que me corresponde. ¿Qué reparación deseas obtener de mí?
—Que me devuelvas al maravilloso Paraíso, que me des dos primeros hijos que conozcan el amor y desconozcan el odio. Y que me procures una segunda Eva para que el más joven de mis hijos, Set, no se vea en la denigradora necesidad de adornarme la frente, hecho lamentable que le quita mucha dignidad y respetabilidad a un padre que quiera atesorar ambas virtudes.
Cuando Adán vio la enorme, afectuosa, sublime sonrisa que apareció en el barbudo y bondadoso rostro del Creador, supo que había valido la pena esperar aquellos tres millones setecientos trece años, que había esperado, para formular sus justas reclamaciones.

DÍA DEL NIÑO: ETERNIZADA, CRUELÍSIMA INJUSTICIA (MICRORRELATO)

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Un niño desnutrido, cubierto su esquelético cuerpo con ropas viejas y rotas, le preguntó con voz lastimera a su padre, que no presentaba mejor aspecto que él:
—Papá, ¿por qué hay niños ricos y niños pobres? Papá, ¿por qué a los niños ricos les sobra la comida y yo me acuesto todas las noches muerto de hambre? Papá, ¿por qué los niños ricos tienen muchos juguetes y yo no tengo ninguno?
El afligido padre del niño que hizo todas estas terribles preguntas cerró los puños con rabia, con desesperación y lloró de impotencia.
Los verdugos inhumanos, siempre al acecho, y cuya obsesiva ambición es la de gobernar a las masas, aunque el coste de ese gobierno sea las vidas de muchos seres inocentes, armaron con un fusil al desesperado padre pobre de un niño pobre y le dijeron que disparándolo contra quienes ellos le dirían, podría acabar con toda la pobreza y la injusticia en las que había vivido hasta entonces.
Este padre desesperado, no logró que su hijo dejase de ser pobre, sino que encima lo dejó huérfano, pero no sin antes haber empleado el fusil y haber conseguido con ello dejar huérfanos a otro par de niños falsamente enemigos.

ELLA PREFIRIÓ A QUASIMODO (MICRORRELATO)

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Algunas cosas, por lo mucho que nos impactaron en el momento que las vivimos, nunca hemos conseguido borrarlas por completo de nuestra memoria. Voy a referirme a una de esas cosas que me afectó muy directamente y de la cual todavía conservo, sin cerrar del todo, la grieta que abrió en mi tierno corazón de entonces, órgano imprescindible que todavía no he endurecido lo suficiente.
Ella se llamaba Sara y sumaba las veinte primaveras más hermosas de todo nuestro barrio. Los chicos, quitando un par de ellos que sufrían de gustos desviados, la deseábamos como desea el sediento moribundo encontrarse un salvador oasis de aguas cristalinas.
Sara y yo vivíamos en el mismo bloque de pisos y a veces coincidimos en la escalera o en el ascensor. Durante esas coincidencias de lugar, yo volcaba en los oídos de ella las palabras más hermosas que brotaban del poético manantial nacido de mi admiración y embeleso hacia su bellísima persona.
Ella aceptaba mi seductora verborrea con una sonrisa divertida y alguna sentencia en la que mostraba benevolencia y simpatía.
—¡Estás loco, chico! Me divierte mucho escuchar tus tonterías.
Yo, que por aquellas fechas vivía subido a bastante altura en la escalera del optimismo y albergaba el convencimiento de que Sara y yo llegaríamos a formar pareja, especialmente a partir de una tarde en que, dentro de la caja metálica cuya única misión consiste en subir, bajar gente y que la maldigan cuando se estropea, ella y yo nos besamos en un instante en que una repentina, mutua atracción, nos impulsó a hacerlo.
A mí, la caricia, me desnivelo integralmente hasta el punto de confesarle lo que llevaba tiempo siendo una certeza para mí:
—Te amo, Sara. Conviértete en mi chica y dedicaré el resto de mi vida a lograr que seas extraordinariamente feliz.
—¡Déjate de locuras, chico! —con manifiesta expresión de enojo—. Solo nos hemos dado un beso porque hace unos instantes nos apeteció a los dos. Sólo eso. Y no volverá a repetirse nunca más. Veo eres uno de esos tipos insensatos que pierden la cabeza enseguida —remató esta acusación dirigiéndome una mirada reprobadora, furiosa.
—Pero yo te amo —esgrimí en mi candidez y enamoramiento, como si este sentimiento mío obligatoriamente tuviera que corresponderlo ella.
—¡Oye, serénate, chico! —mostrándose cada vez más severa—. Yo no siento por ti lo que tú dices sentir por mí. Así que guarda para otra esos sentimientos que acabas de exponer.
Habíamos llegado abajo, y ella abandonó el ascensor con paso rápido y evidentemente enfadada conmigo.
Su rechazo me dolió muchísimo. Yo aún no había desarrollado una buena coraza para protegerme de rechazos y desengaños. Sin embargo, Sara me importaba demasiado como para renunciar fácilmente a ella.
Una semana más tarde me la encontré en el portal. Estaba arrebatadora. Iba vestida como una modelo a punto de desfilar por la pasarela, y desprendía su escultural figura una fragancia embelesante. Con voz trémula de emoción le ofrecí:
—Hola, Sara. Dime dónde quieres ir y te llevaré.
—¿Tienes coche ahora? —se sorprendió.
—No, te llevaré a cuestas. Cuento con mi ancha espalda y mis fuertes piernas. Súbete y lo comprobarás —colocándome de modo que pudiera hacerlo.
—¡Vaya, tu siempre con tus ocurrencias originales! Gracias, pero acaba de llegar quién yo estaba esperando.
En aquel mismo momento se detuvo un impresionante Ferrari al borde de la acera. Lo conducía un tipo más feo que Quasimodo. Sara corrió a tomar asiento a su lado. Les vi darse un beso en la boca y a continuación, el flamante deportivo con ellos dentro se unió al denso tráfico.
Y yo me quedé desmoralizado, con un doloroso desnivel en mi herido corazón y convencido de que Sara prefería la cartera llena de tarjetas de crédito de aquel individuo feísimo, a mis poéticas palabras y mis miradas de adoración.
A Sara le guardé cierto rencor hasta que finalmente me enamoré de nuevo. Esta segunda vez de una chica que, al igual que yo, prefería los románticos poemas de amor a las prosaicas colecciones de tarjetas de crédito.

UNA VEZ FUI CREYENTE (MICRORRELATO)

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Pertenezco al numeroso grupo de personas a las que una escena teatral o cinematográfica puede traer a su mente oleadas de recuerdos.
Suelo hacerle poco caso al televisor, esta es la verdad. La culpa de esto puede achacarse a la continua basura que emiten en sus realities shows, con-cursos aburridísimos y machacones en los que regalan enormes cantidades de dinero a los concursantes que los ganan, o películas que han pasado ya una infinita cantidad de veces y, encima, malas a más no poder.
Ayer noche, mientras cenaba solo, algo de fruta, mis hijos estaban viendo una serie americana que tiene millones de seguidores en todo el mundo. Es sobre una familia de clase humilde y sus “divertidos” problemas económicos que suelen solucionar con métodos no siempre ejemplares.
De pronto tuvo lugar una escena en el interior de una iglesia. En esa es-cena aparecían un niño y su madre, los dos hincados de rodillas en uno de sus bancos de madera y mirando hacia el iluminado altar presidido por figuras san-tas y gran cantidad de cirios y flores. En ese film era por la mañana, lucía el sol fuera del templo y un hermoso vitral manchaba el pasillo de este lugar sagrado con vivos colores al Arcángel san Miguel empuñando su espada flamígera.
Un repentino, poderoso estremecimiento recorrió mi cuerpo, una oleada de dulce nostalgia invadió mi corazón y, mi mente, deslizándose por el túnel del tiempo, me convirtió a mí en ese niño y la mujer que lo acompañaba, en mi entrañable madre. Y recuperé por unos instantes la misma sensación que viví en mi niñez, de haber penetrado en la nebulosa del misterio, de lo sagrado y de lo sobrenatural. Y añoré mi capacidad de entonces de conmoverme, mi admirable inocencia, mi fe en un Ser Supremo que haría justicia castigando a los malos y premiando a los buenos, pero sobre todo eché de menos la maravillo-sa presencia de la mujer que me regaló el bien supremo de la vida.
De pronto mi chico me descubrió un hecho del que yo no me había percatado aún:
—¿Por qué estás llorando, papá?

YO TENÍA PROBLEMAS DE INEXPERIENCIA (MICRORRELATO)

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La gente temeraria e inexperta suele menospreciar, quitar a la experiencia la enorme, necesaria, imprescindible importancia que tiene.
Cuando yo era un adolescente apasionado, que tenía sueños muy sensuales, y durante los mismos se me rendían todas las hembras cuya hermosura deslumbraba mis ojos, encendía mis sentidos y me destrozaba el pecho en anhelantes suspiros, mis relaciones con las féminas me duraban poco, pues yo desconocía la fórmula que permite conseguir relaciones duraderas.
Un día, hablando de este asunto que me causaba frustración en lo moral y angustiante dolor en el corazón, mi hermano mayor me transmitió su experiencia. Y a partir de ese momento, mis relaciones con las muchachas se me hicieron, en algunos casos, incluso excesivamente duraderas.
La experiencia que me transmitió mi hermano fue: mirar a una mujer con ojos maravillados como si fuese una diosa única, respetarla con extremada galantería, amarla con sincera pasión y decirle a todo cuanto ella quería: “Sí, cariño, será como tú deseas, yo vivo única y exclusivamente para hacerte feliz”.