LA MAGIA DE LA NIÑEZ (MICRORRELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
No sé si mucha gente coincidirá conmigo, en la opinión de que la niñez, presenciada desde la atalaya de la madurez, no importa lo difícil que haya sido, posee una especie de aureola mágica que la embellece hasta un punto en que su evocación nos despierta una nostalgia tierna, entrañable, conmovedora.
La infancia mía estuvo llena de vicisitudes, escasez de alimentos y sin más juguetes que aquellos que yo mismo me inventaba. Latas de conserva que unidas por cordeles convertía en trenes con vagones llenos de lo que mi fantasía decidía. Cañas que con un alambre en uno de sus extremos convertía en aparejo de pesca y con el que mi imaginación pescaba ballenas, un pez más grande que una catedral, me decían. Y hojas de periódico con las que los adultos me habían enseñado a construir aviones, sombreros y barcos.
La infancia mía fue mágica porque conté con el amor y la protección de mis abuelos y mis padres.
Aunque solo fuera por tener cerca a sus familiares, la infancia de todos los niños debería ser mágica y, seguramente, a pesar del desenfrenado consumismo actual y dificultades laborales de la gente trabajadora, lo sigue siendo para muchos pequeños.
Ayudemos a los niños, aunque sea con algo que nos sale tan gratuito como una sonrisa, un saludo amistoso, una palabra amable. Ellos lo agradecerán y recordarán, como yo recuerdo a una anciana de mi calle que llevaba siempre algunos caramelos en el bolsillo para darlos a los pequeños que veía llorar. A mí me dio más de uno. La llamábamos abuela Matilde. Iba siempre vestida de luto y alguna gente decía de ella que la había vuelto loca la muerte de un hijo.

ELLA ESTABA SENTADA EN UN BANCO DEL PARQUE (MICRORRELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
Elena tenía muchos pretendientes, muchos admiradores, una legión de chicos ansiaban salir con ella. De los más atrevidos, Elena escuchaba sus proposiciones. Algunas de estas proposiciones eran ingeniosas, interesantes, incluso tentadoras. Pero ella los miraba a los ojos, no veía en ellos lo que esperaba ver y les respondía:
—Muchas gracias, eres muy amable, pero no me apetece salir contigo. Perdona.
Muchos de ellos reaccionaban de un modo desagradable e incluso se atrevían a insultarla.
Un día festivo, paseando por el parque sola, con un libro de poemas en su mano, Elena, cansado de caminar entre la multitud de paseantes que, debido a la espléndida climatología que hacía habían acudido allí, masivamente aquella mañana, cansada de recibir todo tipo de miradas, y algún que otro requiebro falto de originalidad y delicadeza, buscó un banco vacío en el que poder sentarse y leer durante un rato el libro que llevaba. Vio un banco desocupado, tomó asiento en él, abrió el libro y se sumergió en su lectura.
Notó que alguien tomaba asiento a su lado. No experimentó curiosidad por verle. Si era hombre, sumaría un pesado más que intentaría conquistarla, y si era mujer posiblemente trataría de entablar con ella una charla insulsa.
Trascurrió un rato largo. La persona que tenía al lado, Elena se dio cuenta de que giraba el cuello de vez en cuando como si tratase de leer lo mismo que ella, por encima de su hombro. Pero procuro ignorarle. Los poemas que entraban por sus ojos le llegaban hasta lo más hondo de su alma sensible, ávida de belleza espiritual.
Finalmente volvió el rostro hacia la persona que tenía al lado. Se trataba de un hombre joven, de mirada limpia y soñadora. Elena leyó en sus ojos los mismos versos que acababa de leer en el poemario.
Le sonrió como jamás le había sonreído a nadie y colocando el libro entre ambos dijo convencida:
—Te estaba esperando.
—También yo a ti.
Elena colocó el libro en mitad de los dos. Y comenzó a leer mientras él recitaba de memoria lo escrito.

¿QUIÉN DE LOS DOS HABÍA ESPERADO MÁS TIEMPO? (MICRORRELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
Él era un hombre de negocios muy riguroso, disciplinado y recto. Su esposa se ocupaba del buen funcionamiento de su hogar y era alegre, despreocupada y encantadora. Habían acordado el día del cumpleaños de ella celebrarlo en un lujoso restaurante. Ella tenía toda la tarde para arreglarse. Él iría con la misma ropa que llevaba en su empresa. Él llegó al lugar donde se habían citado, tan puntual como un reloj suizo. Tener que esperar lo exasperaba y la impuntualidad ajena lo sacaba de quicio. Su mujer llegó cuarenta minutos tarde, preciosa, tranquila, sosegada. Él con un tono de enfado en su voz le dijo:
—No lo entiendo. Tenías cuatro horas para vestirte y arreglarte y me has tenido cuarenta minutos aquí esperándote.
—Eso es poco tiempo, cariño —desarmándole ella con una arrebatadora sonrisa—. Yo esperé veinticuatro años, seis meses y dos días a que tú me encontraras y te enamorases de mí. ¿Quién de los dos ha demostrado tener más paciencia en lo de esperar al otro?
A su marido se le pasó de inmediatamente el enojo y levantados, galante, cogió la silla que debía ocupar su mujer, espero a que ella se sentara, se la arremetió con cuidado y a continuación le preguntó con manifiesta amabilidad:
—¿Estás cómoda, mi vida?
—Sí, maridito mío, muy cómoda. Eres el más adorable de los hombres, ¿lo sabes?
Y como había mucho amor entre ellos, cada uno siguió, en adelante, siendo igual que había sido siempre.

UNA MAMÁ ORGULLOSA HABLA DE LAS AFICIONES INFANTILES DE SU HIJO (MICRORRELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
La señora Josefa Gómez salía del banco donde todos los empleados la habían tratado con exquisita amabilidad. Una señora que había sido testigo de las notorias atenciones que esta mujer había recibido, le dijo en tono de queja:
—A mí no me tratan, ni de lejos, tan bien como la tratan a usted.
—Es que yo soy la madre del director.
—¡Ah! Ahora lo entiendo —dijo la mujer quejosa.
—Verá, mi hijo, de muy niño, coleccionaba mariposas, escarabajos, mantis religiosas, grillos y hasta moscas. Cuando se hizo mayor decidió coleccionar dinero y, gracias a esta afición suya, ha llegado a director de este banco.
Al hijo de la señora Josefa Gómez le metieron en la cárcel por haber cometido un importante desfalco. Un día la mujer que tiempo atrás le había comentado la diferencia de trato que recibían ambas en el banco, le dijo, maliciosa:
—Con que su hijo coleccionaba bichos primero y luego billetes, ¿eh? Pues ya sabe dónde lo tiene ahora.
—¡Pobre de mí! Claro que lo sé. Voy a verle todas las semanas. Y lloramos juntos. Mi hijo cometió únicamente un error de apreciación, señora —muy digna la mujer que tenía un hijo preso—. El desdichado hijo mío no vio la diferencia que existía entre unas cosas y otras. Los escarabajos, mariposas y demás insectos no eran de nadie, mientras que los billetes pertenecían a personas egoístas que los querían solo para ellas.
La mujer que le había estado recriminando todo lo anterior, movió la cabeza comprensivamente: ella tenía tres hijos y, a saber, en que tentaciones podrían caer y de las cuales ella no tendría culpa ninguna y seguramente, con razón o sin ella, los defendería. Así que se despidió de Josefa Gómez diciendo:
—¡Ay, qué difícil y sacrificado es ser madre!
—¡Ay, si lo sabremos nosotras!

LOS NIÑOS DE JULIA ERAN DIFERENTES (MICRORRELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
Julia terminó de hacer la cama del dormitorio que compartía con su marido. Él se hallaba, en aquel momento, en el campo de futbol realizando la señalización del mismo para el partido que por la tarde enfrentaría al equipo local con otro venido de fuera. Sonrió pensando en él. Ellos dos se había conocido al final de un encuentro. Ella había comenzado a trabajar en el periódico local y le habían dado la sección de deportes, cuando debido a una lesión de rodilla ella tuvo que abandonar el equipo de baloncesto femenino.
Él había sido el mejor de su equipo en aquel partido y ella lo entrevistó y lo felicitó. Ambos se dieron cuenta enseguida que de que estaba surgiendo algo muy especial entre ellos. Él la invitó a cenar y ella, en contra de lo que acostumbraba, aceptó salir con un hombre al que acababa de conocer.
Pasaron los dos una velada muy agradable, que repitieron varias veces, a lo largo de medio año. Finalmente, él se declaró, ella confesó que también lo amaba, y acabaron donde los dos querían, casados en la iglesia. El fruto de este matrimonio, que había tenido lugar doce años atrás, eran Gimeno de once años, y Julita de nueve.
Pensando en ellos, Julia se acercó al balcón desde el que tenía una magnífica vista de la plazuela situada a pocos metros. En la plazuela había una quincena de chiquillos de diferentes edades diseminados por allí. Sus hijos eran los únicos que se hallaban jugando con un balón a encestar en la vieja canasta de baloncesto. Todos los demás estaban sentados ocupado todo su interés en los teléfonos móviles que tenían entre sus manos.
Los dos hijos de Julia, perfectamente conectados con ella, notaron de inmediato la fuerza de su mirada, sus ojos la buscaron y, localizándola respondieron a la amorosa sonrisa suya y la saludaron agitando, alegremente, los brazos. Y Julia, feliz, les devolvió el saludo pensando, orgullosa: “Les estamos educando adecuadamente”.

EL PELIGRO DE QUE NUESTROS HIJOS NOS IMITEN (MICRORRELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
La mujer había llegado hacía muy poco de su trabajo y se hallaba preparando la cena. A los cinco minutos llegó también su marido que tras dejar su maletín encima de la mesa del tresillo se reunió con ella en la cocina y preguntó mostrando natural interés:
—¿Y los niños?
—Ahí fuera, en el jardincito, están jugando.
El hombre cogió un botellín de cerveza de la nevera y se asomó a la ventana en el momento en que su hijo de seis años acababa de encerrar a su hija de cinco en una especie de rectángulo hecho con tres sillas y una tumbona todas ellas de plástico y le decía:
—Encarna, como te has convertido en un estorbo para nosotros, aquí quedas encerrada en esta residencia para ancianos.
Encarna era la madre del padre de los niños. Los remordimientos flagelaron el corazón de este hombre que, volviendo al lado de su mujer dijo con infinita tristeza:
—¿Sabes una cosa, Luisa? Cuando seamos viejos, tú y yo terminaremos en el mismo sitio que ha terminado mi madre.
—Nuestros hijos… —no terminó ella su frase que habría sido: “no nos harán eso”.
Miró por la ventana y vio y oyó lo mismo que había visto y oído su marido Y sintió que le entraba una tristeza infinita.

EL LEÓN, EL VIEJO Y LA RUBIA (MICRORRELATO)


El propietario de un circo ha colocado un anuncio solicitando un domador de leones.
Aparecieron dos personas: un hombre de buena apariencia, jubilado, llegando a 70 años y una espectacular rubia de 25 años.
El dueño del circo habla con los dos candidatos y les dice:
Me voy directo al grano. Mi león es muy fuerte y mato a mis dos últimos entrenadores.
—¡O ustedes son realmente buenos, o no van a durar un minuto! Aquí está el equipo banco, látigo y pistola. ¿Quién quiere ser el primero?
La rubia dice:
—Voy yo.
Hace caso omiso del equipo, del látigo y la pistola y rápidamente entra en la jaula.
El león ruge y empieza a correr hacia la rubia. A falta de un metro, la rubia se abre el vestido y se queda completamente desnuda, mostrando todo el esplendor de su cuerpo.
¡El león se detiene de inmediato!
¡Se acuesta en la parte delantera de la rubia y le lame los pies!
¡Poco a poco, va hacia arriba y lame todo el cuerpo de la rubia durante un buen rato!
Al dueño del circo, se le cae la quijada al suelo y dice:
—¡Nunca he visto nada como esto en mi vida!
Se da vuelta hacia el anciano y le pregunta:
—¿Usted puede hacer lo mismo?
Y la respuesta del hombre fue:
—¡Por supuesto! Pero primero saque el león de ahí…

UN MECÁNICO Y UN CIRUJANO (MICRORRELATO)


Un mecánico estaba removiendo la cabeza del cilindro de un motor V12 perteneciente a un Jaguar, cuando vio en el garaje a un conocido y afamado cirujano del corazón. El cirujano estaba esperando ser atendido por el jefe de servicio. El mecánico gritó al cirujano:
— ¡Eh, doctor! ¿Puedo hacerle una pregunta?
El cirujano, algo sorprendido caminó hacia el mecánico que se estaba limpiando las manos con un trapo, y muy amable ofreció:
—Usted me dirá.
Y el mecánico le soltó a bocajarro lo siguiente:
—Vea, doctor, échele una mirada a este motor. Yo abrí su corazón, le saqué las válvulas y el árbol de levas, los arregle, los volví a instalar y, cuando terminé, el motor funcionó de nuevo. Entonces, ¿por qué recibo un salario pequeño, mientras usted obtiene un montón de dinero, cuando ambos hacemos lo mismo?
El cirujano se inclinó pausadamente sobre el mecánico y dijo con notoria tranquilidad:
—Trate de hacerlo con el motor en marcha.
🙂

 

LE CAMBIARON EL NOMBRE AL GENERAL (MICRORRELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
Durante una revolución, el bando rebelde consiguió apresar al general Amadeo Lugones. Le hicieron, para que pareciera un acto civilizado, un juicio severísimo en el que lo condenaron a muerte sin haberle permitido defenderse. El juez mismo, que presumía de poseer una excelente voz de barítono anunció bien alto para que todo el que tuviese oídos pudiera enterarse:
—Y por todos los crímenes de guerra cometidos, los Justicieros condenamos al general Amadeo Lugones a ser fusilado al amanecer. En el caso de que los disparos de trece ajusticiadores no le mataran del todo, el capitán Aniceto Cordones le pegará el tiro de gracia del que, hasta el día de hoy, nadie en el mundo ha sido capaz de sobrevivir.
Al amanecer colocaron al general Amadeo Lugones en el paredón. Éste dando muestras de un extraordinario valor, el cual demostraba en el hecho de no temblarle ni tan siquiera la papada pidió:
—No pido clemencia, porque tampoco la quiero, pero desde que se inventó la pena de muerte, a todos los reos se les ha concedido un último deseo. El último deseo mío es que me permitan fumarme un cigarro puro y, cuando yo deje caer la colilla al suelo me afusilen entonces.
El capitán Aniceto Cordones que se había ganado el sobrenombre de “el Carnicero” por la extraordinaria crueldad que siempre había demostrado a sus enemigos, pensó que si cedía a la pretensión de este enemigo de tan alta graduación, en adelante podrían llamarle “el Magnánimo”, que le gustaba más, cedió, y al general Amadeo Lugones le entregaron un cigarro puro. Y este comenzó a fumarlo con verdadera fruición y parsimonia. Los soldados ejecutores esperaron con sus fusiles cargados a que él tirase la colilla y les diesen la orden de fusilarlo.
Pero cuando iba por la mitad del cigarro el general Amadeo Lugones realizó un rápido giro y lo lanzó el medio cigarro hacia donde se encontraba el polvorín. El medio cigarro entró por una ventana y, al segundo siguiente, se produjo una extraordinaria explosión que lanzó por los aires, hechos pedazos, a todos cuantos se encontraban en el campamento, incluido el general Amadeo Lugones que, en su juventud había sido plusmarquista olímpico en lanzamiento de disco. Pero no fue por este merito que paseó a la posteridad este astuto militar, sino porque en adelante le llamaron el sonoro nombre de: el General Pum.

LO QUE CONOZCO SOBRE LAS CACATÚAS ROSADAS (MICRORRELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
Mi amigo Roque me preguntó el otro día si tengo más aficiones además de la que demuestro a la literatura. Aquí desvelo otra afición mía diferente.
Entre las cacatúas, además de la más bonita, la rosada es bastante habladora. Yo diría que sólo un poco menos habladora que los yacos y los loros amazonas. Estas bellas aves comen fruta, verduras y mijo. ¡Ah, y en la época que crían, también comen insectos! Hay que alimentarlas con mesura para que no sufran tumores grasos y se pongan excesivamente gordas, pues tienen tendencia a ser glotonas. Las pocas cacatúas rosadas que he conocido, puedo asegurar que eran graciosas y cariñosas.
En mi opinión salen un poco caras. Un tanteo en los criaderos me permitió conocer precios que iban de los 1.500 euros a los 2000. Cuidado con las muy baratas que pueden no ser cacatúas. Los amantes de darles nombres raros a todo, las llaman: Eolophus roseicapillus. A los que dispongan de poco tiempo, les recomiendo no aprendérselo. Lo digo porque a mí me costó una semana entera conseguirlo.
La información que asimismo me ofrecieron en ese criadero es que la cacatúa rosada mide entre 32 y 34 cm. Y su peso oscila entre 300 y 350 gramos. Los machos son ligeramente mayores que las hembras. Tienen el dorso gris, la cabeza, el cuello, el pecho y el vientre de color rojo rosado; moño redondo de un color blanco rosado; iris negro y anillo ocular ancho. Las hembras se distinguen en que tienen el iris pardo rojizo y el anillo ocular estrecho y de un color rojo grisáceo. Ambos poseen la cola gris al igual que las patas, y el pico de color marfil.
Este tipo de cacatúa no es muy chillona y se la considera bastante inteligente. Y otra cosa buena que tiene es que es cariñosa. Le encanta dar y recibir mimos. A la que tenía una novia mía le encantaba que le rascaran debajo de las plumas. Para el acariciador es un placer pasar la mano por sus suavísimas plumas.
Las cacatúas rosadas, cuando forman una pareja, son igual que las palomas en materia de fidelidad, se mantienen unidas de por vida. Su nidada tiene entre dos y seis huevos que son incubados por ambos progenitores durante unos 28 días. Al parecer se reparten las tareas, como empiezan a hacer ya algunas parejas humanas modernas. ¡Qué bien!
Se estima que existen en Australia unos 5 millones de cacatúas rosa. Esta cacatúa es sedentaria, y defiende el lugar del nido todo el año. A veces forman bandadas de cientos de ellas que hacen mucho daño a los sembrados si no se las ahuyenta a tiempo. Los campesinos, como es lógico, las consideran una plaga y les tienen poca simpatía. Los más furibundos o perjudicados por ellas las matan sin dudarlo y sin remordimientos de conciencia.
Por todo lo expuesto aquí, puede que las cacatúas rosadas que viven en cautiverio corran menos peligro y vivan más años que las que disfrutan de libertad. Sería bueno que se lo preguntáramos a ellas, y entraría dentro de lo milagroso que nos respondieran lo que realmente piensan a este respecto. Pongan una cacatúa rosada en su vida, y ésta no la verán más de color gris.
Un buen consejo es como una buena cerveza: puede que amargue, pero sirve para aplacar la sed.
¡Anímate, Roque!