CUANDO A GIACOMO CASANOVA LE COSTABA DORMIRSE (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
He podido averiguar tras largas, exhaustivas, satisfactorias investigaciones en todas las bibliotecas más prestigiosas del mundo; investigaciones en las que he invertido la mitad de mi vida, que el famoso mujeriego, seductor insuperable Giacomo Casanova, cuando se le resistía el sueño, no contaba ovejitas como hacemos la mayoría de los mortales que nunca nos comemos una rosca, sino que él contaba el interminable número de mujeres con las que había tenido sexo y finalmente se dormía como un bendito.
Esto le permitía, de joven, dormirse con una sonrisa lujuriosa en los labios y una notable elevación de su virilidad. Cuando le llegó la vejez, pudo contar un todavía mayor número de amantes, pero su sonrisa no era más lujuriosa, sino que era nostálgica, y alzamiento de virilidad no se le producía ninguno debido a que su fogoso y superáctivo pájaro se hallaba ya en estado de “requiescat in pace”.
Descansen en paz el gran conquistador y las mujeres que son fáciles de seducir.

¿SABE USTED DE QUIÉN HABLO? (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Había nacido torpe para casi todo. Muy pocas cosas despertaban su interés, a excepción de una que le apasionaba hasta la locura y que era: pintar. ¡Pintar! Y a satisfacer esta desenfrenada pasión se dedicó en cuerpo y alma. Sólo cuando trataba de trasladar a un lienzo algo cuya belleza había fascinado sus ojos y embelesado su corazón se sentía bien, se sentía realizado, se sentía útil, sentía que su vida tenía razón de ser.
Pero como les ocurre a todos los artistas, él necesitaba ser reconocido. Necesitaba que la gente gozara con su arte, admirara su creación, sintiera su sublimidad, la embriagara la misma emoción que lo había embriagado a él.
Desgraciadamente para él nada de esto ocurría. La gente que los veía no encontraba mérito alguno a sus cuadros. Éstos les despertaban indiferencia, cuando no burla. Y con ello sembraban la tristeza, la rabia y la desesperación en la sensibilísima alma del pintor. La atormentaban, la destrozaban, la mataban.
Su hermano era el único que apreciaba su arte, el único que lo consideraba un genio, el único que escuchaba sus penas y trataba de consolarlo.
—Mis cuadros son buenos. Los comparo con los de otros de artistas que tienen enorme éxito y considero que los míos son mejores. Considero que sí tengo talento, un gran talento.
—No desesperes, querido hermano mío. Ciertamente posees un gran talento. Son los que te juzgan los que carecen de él. Los que no tienen ninguno. Ten paciencia. Algún día encontrarás gente que sabrá reconocer lo que valen tus pinturas, gente que reconocerá que eres un portentoso artista.
El pintor incomprendido, después de llevar una vida desdichada y ruinosa murió llevándose con él a la tumba la amargura de no haber sido comprendido ni valorado, como persona o como artista.
Algún tiempo después de su muerte, los buitres que se enriquecen con el talento de los demás ganaron fortunas gracias a su extraordinario talento, mientras él se pudría bajo tierra sin haber obtenido beneficio alguno. Y una vez más los mercaderes, los especuladores y la injusticia salieron triunfantes.

BUSCABA LA FELICIDAD (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Hubo un ser humano muy desdichado que, por sentirse de este modo no supo disfrutar de la belleza y de los extraordinarios prodigios que lo rodeaban. Y no supo disfrutarlos porque él creía que solo la felicidad merecía la pena. Y la buscó afanosamente. Fue de un lado para otro sin entretenerse en disfrutar las maravillas que encontraba por doquier. De vez en cuando se detenía y, exasperado y agotado, se decía:
—Son inútiles todos mis esfuerzos. Nunca encontraré la felicidad, porque la felicidad no existe.
A este ser humano se le terminó el ciclo vital y murió convencido de que no había encontrado la felicidad porque la felicidad no existía.
A aquel ser humano, patéticamente ignorante, nunca se le ocurrió mirar, buscarla en lo más hondo de su alma.

DULCE ENAMORAMIENTO (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Luisito se estaba quedando sin amigos. Unos porque se echaban novia y, otros, porque se casaban. A él le gustaban mucho las chicas, pero huía de ellas. No quería enamorarse. Tenía miedo. Albergaba el convencimiento de que el amor era una cárcel y él amaba, sobre todas las cosas de este mundo su libertad.
Pero al igual que no se manda en el destino, tampoco se manda en los sentimientos. Y un día entró en su casa Amanda, una joven vecina, preguntando por su madre.
—No está aquí en este momento. ¿Querías algo de ella? —ofreció Luisito.
—Verás, es que estoy preparando un pastel y me he dado cuenta de que no tengo bastante azúcar y quería pedirle a tu madre, prestada, una taza de azúcar.
Nada más verla, los ojos de Luisito que nunca se habían fijado antes en ella, (pero ella sí se había fijado en él) quedaron prendados de su bonita figura y de su encantadora sonrisa.
—Bueno, yo puedo prestarte ese azúcar, pero poniéndote una condición.
—¿Qué condición? —mirándole ella con estudiado parpadeo y riéndose coqueta.
—Que me des a probar el pastel.
—De acuerdo, pero tú tienes que decirme, sinceramente si te gusta o no.
—Te lo diré.
Amanda le trajo un buen pedazo de pastel. Luisito le dio un bocado y reconoció, sincero, que era lo más delicioso que había comido nunca. Y pensó en lo agradable que sería comer frecuentemente pasteles tan ricos como aquél.
Luisito comenzó a cortejar a la excelente repostera, y entre pastel y pastel Luisito se enamoró de Amanda y reconoció que el amor, tal como él había supuesto era una cárcel, pero que ahora que estaba encerrado en ella lo último que deseaba le sucediese era recobrar la aburrida libertad que alguna vez tuvo.

EL GATITO DE LA ABUELA (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
La jovencita Agripina Suarez sale por la puerta de su casa. Camina con pasos rápidos en dirección al cercano contenedor de basura. Su amiga Tere Campos que la ve, se fija en la expresión de malhumor que muestra su cara y siguiéndola, se interesa:
—¿Qué te pasa, Agri?
—Nada que estoy disgustadísima.
Han llegado ambas junto al contenedor de basura. Agripina levanta la tapa y un gesto de repugnancia contrae su cara, al tiempo que exclama:
—¡Qué asco! ¡Qué peste! ¡Uf!
Y con las dos manos comienza a remover bolsas de basura. Junto a ella, su intrigada amiga quiere saber:
—¿Qué estás buscando, Agri?
—Un maldito gato de peluche.
La otra no entiende.
—¿Cómo sabes que está aquí?
—Porque esta mañana temprano lo tiré yo.
—¿Y porque lo tiraste?
—Por lo viejo y estropeado que está.
—Pues déjalo —razona la otra.
—No puedo. En casa he dejado a mi abuela llorando a moco tendido.
—¿Por qué llora tu abuela?
—Porque a ese gato asqueroso, lo quería ella tanto de niña que lo llenaba de besos cuando se sentía triste, algo que ha seguido haciendo toda su vida. Y limpiando hoy su cuarto, a mí se me ha ocurrido tirarlo.
—Chica, tienes una abuela muy rara.
Agripina se queda mirando a su amiga con ojos de censura y le responde:
—Mi abuela no es rara. Mi abuela es extremadamente tierna y sentimental. Y yo la quiero a morir.
—Perdona. Lo dije sin pensar.
Cortada, Tere ayuda a la otra a buscar el peluche. Es precisamente ella quien lo encuentra todo manchado de salsa de tomate.
—Dios tendré que lavarlo —decide Agripina resoplando de alivio.
—Ven. Lo lavaremos en mi casa y lo secaremos con el secador de pelo.
Pasándosele el momentáneo enfado, Agripina la dirige una mirada de afecto y asevera:
—Qué buena amiga eres.
Y marchan juntas a realizar la tarea de adecentar el viejo gatito de la abuela.

MUJERES IMPRESCINDIBLES (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
La esposa y madre imprescindible es aquella que, en cuanto se ausenta unos pocos días, de su hogar se apodera el caos, la más mugrienta suciedad, el desorden más absoluto y, hasta el gato y el perro la echan desesperadamente de menos y maúllan y ladran reclamando su inmediato regreso.
Y todos unidos piden a los santos del cielo, con el marido a la cabeza, que apresuren su inmediato regreso a casa porque sin ella no pueden sobrevivir.

SUEÑOS INFANTILES (MICRORRELATOS)

(Copyright Andrés Fornells)
Una niña a su padre:
—Papá, sueño mucho despierta. ¿Eso es bueno o es malo?
—Veamos, hija, ¿te asustan tus sueños?
—No, papá, no me asustan.
—Malo. Si no te asustan es que tus sueños no son lo suficientemente grandes.
—Lo siento, papá —entristecida, haciendo pucheritos.
—No quiero que llores, hija —compasivo—. Sólo procura cambiar tus sueños. Nada más.
Dos días más tarde, la niña dijo a su padre:
—Papá, siguiendo tu consejo ahora tengo sueños tan grandes que me asustan muchísimo.
—Perfecto. Comenzaste a subir los primeros peldaños que te llevarán a convertir alguno de esos grandes sueños en realidad.

AMARGO DÍA DEL PADRE (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Un padre vivía solo en una casa muy vieja. La mísera pensión que cobraba le alcanzaba lo justo para no pasar mucha hambre. Sin dinero para reparar un tejado que se caía en pedazos, los días de lluvia las goteras lo acosan, limitaban los espacios donde podía permanecer dentro de su pobre hogar sin mojarse.
Este padre, todas las mañanas cuando entraba en la cocina para prepararse el frugal desayuno leía con voz temblorosa una poesía enmarcada que, un día lejano, le escribió el hijo amado que largo tiempo atrás lo abandonó y olvido, como se abandona y se olvida un trasto inútil del que ningún provecho más puede sacarse. La poesía del hijo desagradecido ponía así:
“Papá, se secarán los océanos,
desaparecerá del cielo la luna,
se apagará la luz del sol,
quedaran sin voz los pájaros
y sin perfume las flores,
antes que yo dejar de amarte”.

Y leyendo esto, a aquel padre desengañado, un sollozo le rompía el pecho y mezclaba en su desportillado tazón el pan migado, con leche y su amargo llanto.

ANASTASIO POCACOSA ENCONTRÓ UNA LÁMPARA MARAVILLOSA (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Anastasio Pocacosa era un hombre cuyo mayor atractivo físico era ninguno y, atractivo espiritual, una candidez increíble, conmovedora.
Admirador de todo lo bello, Anastasio la primera vez que vio a Princesita Pérez pasar por delante de él experimento un fenómeno extraño, totalmente nuevo para él: le creció un rosal en pleno corazón, y supo que este increíble fenómeno significaba que se había enamorado, perdidamente, de ella.
Princesita Pérez era extraordinariamente hermosa. Debido a esta irresistible cualidad física, los pretendientes le crecían igual que le crecen los hongos al buen fungicultor.
Anastasio Pocacosa entendió que con toda aquella corte de admiradores que siempre rodeaba a Princesita Pérez él no tenía nada que hacer, y se lamentaba de ello:
—Nunca se fijará en mi insignificante persona, teniendo como tiene esa multitud de admiradores, muchos de ellos tan bellos como el Príncipe Azul.
Un día que Anastasio, mientras hacia un hoyo con la intención de plantar un cerezo en el pequeño patio de la vieja casita heredada de sus padres, se llenó la enorme sorpresa de encontrar allí una lámpara. Por haberle él visto otra lampara igual a Aladino, un personaje de Walt Disney supo lo que debía hacer. Empezó a frotarla y no tardó en salir de su interior un genio que le dijo:
—Vale, pide un deseo y te lo concederé.
—¿No son tres los deseos? —reclamó Anastasio que había visto varias veces aquella ilusionante película.
—No, ya no. Llevo tantos deseos gastados que pronto no podré conceder ni uno solo más.
—De acuerdo. Concédeme que todas las noches Princesita Pérez sueñe conmigo.
—Vale. Concedido.
El genio regresó al interior de la lámpara. Y Princesita Pérez comenzó a soñar todas las noches con Anastasio Pocacosa. Al mes de soñar con él, Princesita fue en su busca y cuando lo tuvo delante le dijo:
—Vente a vivir conmigo, pues si te tengo a mi lado cuando duermo tendré el descanso de no soñar más contigo.
Anastasio Pocacosa disfrutó plenamente de Princesita Pérez de la que, vista la elección suya, todos sus pretendientes, despechados, dijeron de ella que era tonta y no la molestaron más. Los tontos eran ellos por no darse cuenta de que ella era inmensamente feliz con Anastasio porque él la adoraba las veinticuatro horas del día y de la noche y se desvivía cada minuto para hacerla inmensamente feliz.
Y colorín colorado…

WASAP: TE QUIERO (MICRORRELATO)

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Toto y Lela son dos jóvenes muy modernos. Son adictos a la tecnología punta desde pequeñitos y le conceden máxima prioridad en sus vidas. Toto y Lela se conocieron en la cola que se formó delante de un establecimiento que acababa de recibir y poner a la venta el último modelo de teléfono móvil. Una maravilla que contenía lo que ningún otro aparato había contenido hasta entonces. Toto y Lela se enamoraron hablando, llenos de admiración, de los increíbles avances conseguido por este nuevo modelo. Doble pantalla plegable que podía usarse para aumentar el tamaño de la visión. Procesador Snapdragon. Cámara de 20 MP. Memoria RAM de 6 GB. Y más cosas.
Los dos expusieron con apasionado entusiasmo el extraordinario placer que encontrarían con el uso de este nuevo modelo de teléfono móvil que iban adquirir. Una vez conseguido cada uno el suyo y salidos a la calle, decidieron hacerse amigos y comunicase por medio de estos fantásticos aparatos nuevos.
Después de compartir 500 wasaps Toto envió a Lela la siguiente confesión:
—Me he dado cuenta de que te amo.
La respuesta de ella, por medio de otro wasap no se hizo esperar:
—Yo me he dado cuenta de que también te amo.
Cambiaron otros 500 wasaps y Toto escribió:
—Si viviésemos juntos nos ahorraríamos un apartamento, y nos ahorraríamos la mitad del consumo de electricidad, agua, basura y más cosas.
—Estoy totalmente de acuerdo contigo —fue la respuesta que no tardó en darle Lela.
Lo planearon todo durante 500 wasaps y se fueron a vivir juntos. Tal como habían calculado, en lo económico les fue muy bien y en lo personal también, pues los dos tenían sus móviles para no aburrirse nunca.
Un día les ocurrió algo que disgusto sobremanera a ambos: les sustrajeron los móviles y tardaron todo un mes en poder ahorrar lo suficiente para conseguir otros dos nuevos.
Durante ese mes se dieron cuenta de que ni la pasión ni el deseo había muerto en ellos y, a falta de otra cosa mejor, hicieron el amor todos los días. Las consecuencias de la falta de móviles fue el embarazo de Lela y su traída al mundo de un bebé. Este hecho fue motivo de felicidad para la pareja que comenzó a alimentar a su pequeño mostrándole muñequitos primero y dibujos animados después, para distraerle mientras lo alimentaban. Esto tuvo como consecuencia que el pequeño nunca supo lo que comía y llegó a conocer muy bien a los personajes de los cómics y muy poco los rostros de sus padres a los que casi nunca miraba.
El niño al que habían puesto de nombre Futuro fue primero a la guardería y después al colegio. Un día durante el recreo, en el que tenían prohibido a los niños el uso de sus móviles, un compañero de clase le dijo a Futuro:
—Te envidio los padres que tienes: son muy guapos los dos.
Futuro se quedó absolutamente perplejo: nunca se había tomado el tiempo de mirar la cara que tenían sus progenitores. Siempre estuvo demasiado ocupado mirando videojuegos en los magníficos móviles que ellos le habían ido regalando cada vez que adquirían otros nuevos, mejores.
¿Terminarán las personas, más pronto o más tarde, como Futuro y sus papás?