UNA MUJER DESCONCIERTA A UN HOMBRE (MICRORRELATO)

UNA MUJER DESCONCIERTA A UN HOMBRE

(Copyright Andrés Fornells)

Habían terminado de hacer el amor y, al igual que siempre desde que comenzaron su relación, semanas atrás, había sido altamente satisfactorio para ambos. El hombre, todavía jadeante, contempló a la mujer como si la considerase la hembra más hermosa del universo. Ella, de pronto, reparando en el embeleso que mostraba su mirada, torció el gesto y preguntó contrariada:
—¿Por qué me estás haciendo esto?
—¿Haciendo qué? —él sin comprender a qué se refería.
—Actuar como si me amaras.
—¿Y si fuera así, que te amo realmente con toda mi alma?
—Pues que no volveríamos a vernos más —tajante ella apartando, brusca, la mano con la que él le acariciaba con extremada ternura el pelo—. Yo sólo quiero sexo contigo. Sexo y nada más.
—Perfecto, pues sigamos —ocultando el hombre la decepción y el desencanto que acababa de causarle la cruda exposición de ella.
Para una vez que se había enamorado de verdad…

MUJERES Y HOMBRES MADUROS (MICRORRELATO)

pareja-lisen-musica_2653499
Ella era, como tantas mujeres, excesivamente confiada. Creía estar haciendo todo lo necesario para que su marido tuviese una vida cómoda y placentera. Cuidaba con esmero de su ropa, le preparaba las comidas que más le gustaban y estaba todo el tiempo pendiente de él. Y para tener confirmación de que él reconocía sus esfuerzos y dedicación, de vez en cuando le preguntaba:
—¿Eres feliz, mi vida, con lo bien que yo te cuido?
—Sí, sí, claro —respondía él con aire distraído y ademán condescendiente.
Ella, aunque pueda parecerles normal a muchas mujeres en su misma situación, aunque se daba cuenta de que su consorte cada vez le demostraba menor deseo carnal, consideraba le estaba ocurriendo lo mismo que a ella, con el paso de los  años practicar sexo ya no le apetecía casi nada. El acto sexual exigía realizar un esfuerzo físico que le causaba agotamiento e incómodas y desagradables agujetas en varias partes de su cuerpo.
Efectivamente a ella le ocurría lo mismo que les ocurre a tantas mujeres: se le olvido lo importante que para su hombre había sido siempre el acto sexual.
Y un día, aprovechando que ella se había ido a visitar a una hermana que vivía en otra ciudad, su marido llenó una maleta con sus mejores cosas y se marchó lejos con una chica mucho más joven que su mujer, y a la que entusiasmaba practicar sexo con él.
Su mujer nunca perdonó ni entendió. No entendió que su esposo pudiera pagarle con desagradecimiento y traición todos los sacrificios y esfuerzos hechos por ella para que fuera feliz, tal y como ella interpretaba la felicidad de un hombre.
Siempre se ha dicho que los hombres no conocen bien a las mujeres, pues esto es aplicable asimismo a las mujeres: que conocen poco a los hombres.

ERA UN HOMBRE QUE LE GUSTABAN MUCHÍSIMO LAS MUJERES (MICRORRELATO)

mujer

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(Copyright Andrés Fornells)

Se llamaba Primitivo Rodríguez. Era bajito, escuchimizado, medio calvo y trabajaba de contable. Tenía 53 años y no se había casado porque su falta de atractivo personal había espantado a todas las mujeres a las que él se había acercado. Esta realidad la llevaba muy mal porque idolatraba a las mujeres. Sus ojos se incendiaban siempre que una fémina hermosa pasaba cerca de él, y su embelesada mirada la seguía hasta que la multitud o la distancia se la quitaban de la vista.
Una mañana se encontró tumbado de espaldas en la acera con la nariz ensangrentada y rodeado de un pequeño grupo de personas que, preocupándose por él, le estaban preguntando qué le había sucedido.
Primitivo sacudió la cabeza, recobró la memoria y, por vergüenza no les confesó que se había dado de narices contra la farola que tenía a menos de un metro de él, por haber caminado con la cabeza vuelta siguiendo con mirada admirativa a una imponente rubia de curvas extraordinariamente voluptuosas envueltas en un ajustado vestido rojo y calzada con una zapatos altísimos del mismo color que hacían a sus bien torneadas piernas interminables, y dijo mintiendo, aceptando el pañuelo que le entregaba una señora regordeta para que limpiase sus ensangrentados nariz y boca:
—Me ha dado un pequeño mareo…
—Debería acudir a un médico. Posiblemente tenga la tensión baja —la samaritana.
—No, creo que ha sido por culpa de mi vista.
—Entonces vaya a que lo vea un oculista.
Quería ayudarle la mujer gordita, la única que se había quedado junto a él pues los demás curiosos todos habían seguido ya su camino. Primitivo enredó sus ojos cargados de interés en los ojos bondadosos, solícitos, de la atenta mujer y sintió que se le despertaba hacia ella en vez de deseo, afecto, y le preguntó:
—¿Está usted soltera?
—Sí. Nunca tuve suerte con los hombres.
—Ni yo con las mujeres.
—¿Qué le parece si intentamos juntos cambiar eso? —risueño.
—Perfecto —alegre ella, tendiéndole una mano para ayudarle a ponerse en pie.
Y continuaron juntos chalando animadamente. El destino, desde lo alto de su torre del capricho, les observaba sonriente.

MI PERRO «GARBANCITO» (MICRORRELATO)

perritos-graciosos

 

 

 

 

 

 

(Copyright Andrés Fornells)

“Garbancito”, un perro mío miniatura llevaba mucho tiempo poniendo a prueba mi paciencia. Si le decía:
—¡Ven aquí!
Él hacía todo lo contrario, se alejaba. Y si yo le decía, porque no quería tenerlo cerca:
—¡Fuera! ¡Márchate!
En vez de irse “Garbacito” se tumbaba a mis pies. ¡Era desesperante su actitud!
Un día me encontré en el mercado a mi primo Telesforo. Mi primo Telesforo tiene una pequeña granja a las afueras de Estepona. Nos preguntamos por nuestras respectivas familias. Tanto la suya como la mía, aparte de las consabidas dificultades económicas, en lo de la salud íbamos tirando bien. Él se me quejó de lo mal que sus gallinas le ponían en aquellas fechas.
—Acusan el frío, y eso que les he puesto calefacción, lujo que yo no tengo en mi vivienda por lo mucho que suma la factura de la luz.
—Bueno, no tienes calefacción en tu casa porque ninguno de vosotros, que yo sepa, ponéis huevos.
Mi guasa tuvo éxito y los dos nos reímos.
—De todas formas recuerda el dicho: En el tiempo de la graná, la gallina no pone ná.
—Joer, primo, eres más de campo que yo.
—No sé si tomarme a bien o a mal esto que acabas de decir. Bueno, voy a lo que importa; mira, me tiene desesperado ese perrillo mío Es el animal más desobediente de este mundo.
Después de escuchar mis quejas, primo Telesforo me hizo una amable propuesta:
—Déjame a ese animalillo unos días y verás como yo te lo cambio.
—Eso está hecho y te adelanto mi agradecimiento.
Le llevé a “Garbancito”, que cuando se vio preso de una correa que sujetaba mi primo, y a mí alejarme hacia el coche se puso a gimotear con tanta pena, que me puso el corazón como pan en remojo.
—¡Vente a por él dentro de una semana, primo! —me gritó Telesforo.
Pasó una semana. Yo echaba tanto de menos a “Garbancito” que no paraba de pensar en él, en su mansa mirada, en sus cariñosos lengüetazos y en los desenfrenados movimientos que me dedicaban su rabo. Llamé a mi primo.
—Puedes venir ya a por él. Y tráete de camino una docena de cervezas que me he quedado sin ninguna.
Entendí que este sería el pago por su esfuerzo de educarme a “Garbancito”.
Telesforo se puso alegre con las cervezas (para mí que le tiene manía al agua), y “Garbancito” se volvió loco de contento al verme. Daba saltos locos. Volteretas en el aire y unos ladridos que me sonaron a música celestial.
—Vaya lo que te añoraba tu perrillo —se admiró mi primo.
—Más lo añoraba yo a él —sincero, acariciándole con infinita ternura la peluda cabeza.
—Venga, largaos los dos que tengo trabajo. He de ir a cortar un poco de alfalfa para el burro, que todavía no ha desayunado hoy. Ya podéis escucharle como rebuzna, parece un cantante de ópera (el género “vocero” que a mi primo le mola es el flamenco).
—Digo si rebuzna, se le escuchará desde la Moncloa. Ya mismo te cobran por tener burro.
—¡Calla, primo, no les des ideas, joer!
—Me voy a ir. Gracias por todo, primo.
—De nada. La familia está para algo, ¿no? Hasta la vista.
Puso él las cervezas a la sombra y se dirigió con la hoz y un capazo hacía la parcecelita donde tiene plantado el forraje.
Por el camino, “Garbancito” y yo mantuvimos una conversación tonta, pamplinosa.
—¡Qué rebonito eres, joer! ¡Y mira que te quiero yo, sacodepulgas!
—¡Gua! ¡Gua! ¡Gua, gua, gua!
Y en cuanto llegué a casa y él se bajó del coche y empezó a darle deses-perada tarea a sus narices olisqueando por mil sitios diferentes, decidí entonces comprobar la labor educativa que mi pariente había realizado con él, y le llamé:
—¡“Garbancito”, aquí! ¡Ven aquí, bonito!
En lugar de obedecer mi orden, mi perrillo se alejó varios metros más de mí. Solté un bufido de exasperación. Mascullé gran enojo dedicado a mi primo Telesforo:
—Ya me extrañaba a mí que ese palurdo hubiera conseguido progreso alguno. No sabe obligar a sus gallinas a poner huevos en otoño, va a saber cómo educar perros.
Esperé a calmarme antes de coger el teléfono y marcar el número de su granja.
—Primo, me parece que tú sabes tanto de perros, como yo de descifrar jeroglíficos egipcios —le solté con recochineo—. Le he ordenado a “Gar-bancito” que viniera y se ha alejado de mí.
—Normal.
—¿Cómo que normal? —sintiendo recorrer mi cuerpo el hormigueo de la indignación.
—Pues normal —ratificó él—. ¿No te has dado cuenta de que tu perro padece dislexia? Dale las ordenes al revés de lo que quieres que haga, y verás el resultado.
—Tú estás loco —dije enfadándome.
—Y tú no sabes nada de perros. Y te dejo porque tengo que atender a una oveja que está apunto de parir, ¡paleto!
Colgó inmediatamente mi primo. Aunque creí saber el significado de la palabra dicha por él: dislexia, la busqué en mi diccionario de la RAE. Y allí ponía: Dislexia: alteración de la capacidad de leer, por la que se con-funden o se altera el orden de las letras, sílabas o palabras.
Quedé muy pensativo. Reflexioné. Reconocí que mi primo con un coeficiente de inteligencia de 180 me había estado tratando, equivocadamente, como a un igual. Y de pronto entendí lo que había significado con lo de dislexia. Me fui hacia donde se encontraba “Garbancito” jugando con una pelota de tenis junto a la maceta de la María Luisa (plata muy buena para quitarte el flato) y le ordené:
—¡Ven aquí, “Garbancito”.
Inmediatamente él se alejó. Realicé una nueva prueba:
—¡“Garbancito”, fuera! ¡Márchate!
Inmediatamente se vino hacia a mí, veloz, meneando el rabo con tanto entusiasmo, que no sé cómo no se le despegó del culo.
Sirva este escrito mío para aquellos que tienen perros que ellos creen desobedientes. No son desobedientes sus perros, lo que les ocurre es que sufren “dislexia”. Ni más ni menos.

CUIDADO CON LO QUE SE DICE (MISTERIO) -MICRORRELATO-

cuidado con lo que se dice
Unos niños de barrio obrero entraron a comer fruta del árbol de un huerto mal vallado. El árbol en cuestión estaba repleto de cerezas, que es lo habitual en los árboles sanos de esta especie.
De cerezas, debido a que estaban riquísimas, les salían gratis e iban famélicos, los chiquillos se dieron un brutal atracón. Después empezaron llenar sus bolsillos con más cerezas para que, cuando más tarde les entrase hambre de nuevo, comerlas.
En esta labor de aprovisionamiento se hallaban cuando apareció el tacaño dueño de aquel árbol generoso, blandiendo un enorme garrote y amenazando con que iba a moler a palos a los que calificó de ladrones.
Los chavales tenían un capitán que, además de llamarse Julito, corría como los rayos y que fue quien lanzó el grito que tan graves consecuencias tendría:
—¡Corramos chicos! ¡Que se quede cojo el último!
Los comedores de cerezas salieron disparados a la máxima velocidad que les permitió sus ágiles piernas.
El enfurecido campesino no fue capaz de atrapar a ninguno de ellos. El último de aquella veloz carrera en llegar a sitio seguro fue Marcelino, hijo tercero de un municipal apasionado metedor de multas.
Hasta aquí todo normal, pero antes de terminar aquel año Marcelino, el tercer hijo del municipal metemultas se quedó cojo y nadie supo explicarse, científicamente, cómo había podido ocurrir aquello. Sin embargo, los padres del chico que se había quedado cojo culparon de aquella desgracia a Julito, el que había lanzado el fatídico grito: “¡Que se quede cojo el último!”
Llegaron incluso a denunciarle pidiendo daños y perjuicios. Los jueces, sin meterse en posibles misterios, declararon inocente al chiquillo acusado. Éste y su familia tuvieron, finalmente, que irse del pueblo porque el rencoroso municipal les crujía a multas.
Cuando mi abuela me contó esta historia, la sentenció como acostumbraba:
—En fin, nene, cosas de pobres.
—Si, abuela: cosa de pobres —digo recordándola con todo el cariño que siempre le tuve, y que siempre será poco para el muchísimo amor que ella merecía de parte mía y de parte de otros muchos que tuvieron la infinita suerte de conocerla.

MI CORAZÓN ERA UN PÁJARO MUY LOCO (MICRORRELATO)

MI CORAZON EA UN PAJARO LOCO

(Copyright Andrés Fornells)

Durante un periodo muy largo de tiempo tuve un corazón que, al igual que un pájaro loco volaba de aquí para allá. Viéndole tan alterado yo le preguntaba:
—Pero ¿qué te pasa? ¿Por qué no te estás quieto en tu sitio igual que hacen otros corazones?
Y tú me contestabas:
—No puedo. Estoy buscando algo y me desespero porque no lo encuentro.
—Pero ¿qué es lo que buscas que te tiene tan desasosegado?
—No lo sé todavía. Cuando lo encuentre lo sabré.
—¡Pues ya estás tardando! —enfadándome con él
Una mañana salí de casa y cogí el autobús urbano que me dejaría cerca de la gestoría donde yo estaba empleado, media hora antes de lo habitual pues debía terminar un trabajo que nos urgía. Y en ese autobús te vi, y tú me viste, y los dos tuvimos la impresión de que no íbamos a cansarnos nunca de mirarnos a los ojos ni de sonreírnos.
Yo empecé a coger ese autobús todos los días para poder coincidir contigo. Tardamos poco en hablarnos. Los dos moríamos de ganas de dirigirnos la palabra. Fue para ambos una extraordinaria delicia conversar. Lo convertimos en un placer diario. Y un buen día me di cuenta de que mi corazón, sólo se comportaba como un pájaro loco estando yo contigo. Lógicamente le pregunté al respecto:
—¿Sentaste la cabeza que solo vuelas cuando estoy con Lupita?
—No. Es que encontré mi nido y ahora solo me apetece revolotear a su alrededor.
Y pasan los años y así seguimos, yo enamorado perdido de Lupita y mi corazón anidando en el corazón de ella, que ni le cobra alquiler ni le dice que se vaya.

ESCUCHA, HIJO (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Querido hijo, mi mayor deseo sería poder librarte de todas las contrariedades, problemas y desventuras que surgirán en tu vida, lo cual me es imposible, pero intentaré ayudarte a buscar soluciones, a paliar sus dolorosos, destructivos efectos.
Yo no podré cambiar el presente ni el futuro que tu elijas, pero me tendrás a tu lado en todo lo que necesites de mí, en los aciertos y en las equivocaciones.
Yo no podré evitar que tropieces y caigas, pero si te ofreceré mi mano, mi ayuda, mi ternura, para que te levantes de nuevo y continúes hacia la ambiciosa meta que te hayas marcado.
Tus alegrías, tus triunfos, tus grandes logros, los disfrutaré como si también fuesen un poco míos y sentiré el gran orgullo de ser tu madre. Tu felicidad, será siempre la mía también, pues que seas feliz es mi mayor recompensa por haberte traído al mundo.
No juzgaré ni provocaré tu amargura en las decisiones erróneas que hayas tomado, pues lo que tú necesitarás en esas circunstancias adversas, será comprensión, afecto y apoyo.
Tampoco podré evitarte desengaños, sufrimientos y penas que te partan el corazón. Pero podre unir mis lágrimas a las tuyas y ayudarte a recoger esos pedazos rotos de tu corazón y ayudarte a armarlos de nuevo.
Nunca te reprocharé quien podrías ser y no eres, por equivocaciones tuyas o por desoír mis prudentes consejos. Te aceptaré siempre como eres porque la mejor demostración de amor de una madre con un hijo es quererle con toda su alma y apoyarle hasta el último día de su vida.
Así que ya lo sabes, el cordón umbilical con el que te alimente cuando te llevaba en mi amoroso vientre, jamás se soltará por mi parte. ¡Qué Dios te bendiga siempre, hijo mío!

ELLA Y ÉL (MICRORRELATO)

A ELLA VOLVIO

Ella, toda temblorosa, llamó a la puerta con los nudillos.
Él, esperanzado, acudió a abrir.
Ella estaba llorando.
Él, al verla, comenzó a llorar también. Él olvidó que ella había dicho al marcharse: “Jamás volveré”
Ella olvidó que él había dicho: “No quiero volver a verte nunca más”. Ella abrió sus brazos y dijo con un hilillo de voz, tras un seco sollozo:
—Perdona.
Él abrió también sus brazos y con voz igualmente quebradiza dijo lo mismo:
—Perdona.
Durante unos segundos se miraron tan hondo que penetraron hasta ese maravilloso rincón donde anida el alma.
Ella dio entonces un paso adelante. Él dio otro paso adelante y a continuación se fundieron en un abrazo tan estrecho, tan tierno, tan rendido, que tuvieron los dos la absoluta convicción de que jamás volverían a separarse.

SOLO FUE UN BESO (MICRORRELATO)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(Copyright Andrés Fornells)
Jamás sabrás, Eloísa, lo que me hiciste aquella noche en la oscuridad del portal de tu casa, cuya farola más cercana dejé ciega de una certera pedrada. Yo apenas comenzaba a intuir los misterios, la magia del amor, todavía más presentidos que experimentados por mí. Tú ya habías saboreado muchos besos antes del mío. Tenías novio. El beso mío era primerizo, pero qué fuego llevaba, qué ilusión, que apasionamiento, qué entrega. Las gloriosas sensaciones que me produjo ese beso aún perduran en mí. Supongo que te divirtió coquetear conmigo, embelesar mi cándida inexperiencia.
Volaron los años, el polvo del tiempo cubre de olvido nuestra memoria, se olvidan innumerables acontecimientos hermosos, únicos. Nos crece la cizaña de las frustraciones, las penas y las desdichas. Pero, Eloísa, ese beso que nos dimos en una oscuridad cómplice, ha logrado el milagro de pervivir conmigo igual que la eternidad.
Daría los tesoros que no tengo por saber si tú lo has recordado alguna vez y has sentido la misma añoranza dolorosa que sigo sintiendo yo. “Solo fue un beso, un simple beso”, dirán los insensibles, los inconmovibles, los prosaicos, que nunca han puesto su alma en una caricia.
Cuando pasabas por la calle, cogida de la mano de tu novio, me mirabas de reojo y en tu boca de grana y miel aparecía una levísima curvatura comparable a la de la Gioconda que cada cual puede interpretar como le viene en gana.
Yo era demasiado joven para ti me dijiste al declararte yo, impulsivo y precoz, el exaltado amor que me inspirabas. Fuiste buena samaritana al no decir que te era imposible amarme, porque yo te era indiferente.
Eloísa al escribir estas cortas líneas me anima la remota, ilusa esperanza de que tú las leas y, porque sigo creyendo en los milagros, recuerdes que una noche, en la oscuridad del portal de tu casa nos dimos un beso, y en ese beso yo te entregué mi alma entera.

UNA RUBIA MUY PELIGROSA (MICRORRELATO)

a-una-rubia-muy-peligrosawoman-356728637

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ella era rubia y muy guapa. Ella me convenció de que no era una de esas típicas rubias tontas, sofisticadas y esculturales de las que tanta mofa se viene haciendo en tertulias de intelectuales. Se llamaba Carmina y tenía algo especial, algo tan especial que yo no había encontrado en ninguna de todas las mujeres conocidas antes por mí. Eso tan especial era que cuando Carmina me besaba, se me aflojaban las canillas y me invadía la sensación de estar flotando en el espacio sideral, como si fuese un astronauta que salió de paseo. Quienes han experimentado algo parecido, ya saben lo agradabilísimo que esto resulta.
Carmina y yo llegamos a ese punto de intimidad en el que, desde el punto de vista masculino, a una mujer puedes desear perderla de vista cuanto antes o, por el contrario, querer pegarte a ella como el palomo a la paloma, la etiqueta a la botella o una cereza a su pareja.
Bueno, pues a continuación de haber compartido con Carmina el disfrute bestial y desenfrenado de la unión carnal, yo quedé enganchado a ella en igual medida que un político a la poltrona. A Carmina debió ocurrirle lo mismo conmigo porque mirándome con enamorado embeleso dijo algo que me ilusionó en extremo:
—Cariño, de ahora en adelante el dinero será la última de tus preocupaciones.
Y fue cierto porque ella se lo gastaba con tanta rapidez que no me daba tiempo a contarlo y mucho menos a encariñarme con él.
Lógicamente, cuando se nos terminó “mi dinero”, Carmina me animó a hacer lo que yo, en el caso de no haberla amado tanto nunca habría hecho: robar un banco con su ayuda. El atraco nos salió muy mal, tan mal nos salió que nos trincaron y nos condenaron a pasar seis años en el trullo. Antes de que nos separaran ella me dijo, con notoria pasión y fidelidad, que una vez cumplida nuestra condena volveríamos a estar juntos.
Fue entonces cuando me di cuenta de lo equivocado que había estado con respecto a ella: Carmina era una más de esas típicas rubias tontas, sofisticadas y esculturales, de la que voy a escapar como del mismo demonio en cuanto me suelten.