SUTILEZA (Microrrelato)

SUTILEZA 

 

Urbanización de casitas adosadas. Dos vecinos tienen las suya, pegadas la una a la otra. Uno de los vecinos es obeso, bajito y paticorto. El otro vecino es larguirucho, igual de feo y con aspecto de estar mal alimentado y mal dormido. Lo de mal alimentado es culpa de que no gana el dinero suficiente para alimentarse mejor. El gordito gana bastante más dinero y encima es un glotón. El individuo glotón tiene un perro que se pasa la noche entera ladrando y no deja dormir a su flacucho vecino. Los ladridos a su dueño no le molestan por dos razones: porque el can es suyo y porque duerme tan profundamente que ni un cañonazo le alteraría el sueño.

Una mañana el vecino que no tiene chucho y sí tiene el sueño ligero, se presenta en la casa adosada de su vecino el del sueño profundo y chucho ladrador y le advierte:

—Si esta noche el cabrón de tu perro no me deja dormir, mañana, cuando te hayas ido al trabajo yo llevo a ese maldito animal al taxidermista. El que avisa no es traidor.

El así advertido le registra los ojos al quejoso y descubre en el fondo de ellos un brillo de asesino nato que asusta, y no tarda en decir, cagado de miedo:

—Tranquilo, que todo tiene arreglo. Haya paz entre los hombres de buena voluntad.

Y sale corriendo a una tienda a comprarle a su amado perro un collar antiladridos y se lo pone enseguida. Y a partir de ese momento, su can queda convertido en mudo artificial.

Ahora los dos vecinos toman café juntos en el bar y hasta parece que son amigos.

 

AJUSTES (Microrrelato actual)

AJUSTES 

 

—Papá, ¡joder! me has recortado la paguita semanal, de diez euros a cinco. 

—Hijo, como muy bien explica el gobierno, esto no es un recorte sino un ajuste.

—Joder, lo que me faltaba ya, que te hicieras político.

—Tu abuelo solía decir que todo se pega menos la belleza.

—Puedo que eso explique el que nosotros seamos tan feos y pobres.

El padre se dio media vuelta para que su hijo no viese que había comenzado a llorar.

 

«L´AMOUR FOU» (Microrrelato)

“L´AMOUR FOU” 

 

      Él la seguía queriendo locamente. Su mujer se había cansado de él, enamorado de otro, y pedido el divorcio.

      —Compréndelo, estúpido, he dejado de quererte, ¡joder! —le repitió enfurecida por su resistencia.

      —De acuerdo. Pero ten siempre presente que no encontrarás a nadie en el mundo que te quiera tanto como te quiero yo.

      Y terminado de decir esto, el hombre, desesperado, de un disparo en la sien se voló la tapa de los sesos.

        Su mujer se pasó el resto de su vida sufriendo el tormento de no encontrar otro hombre que fuera capaz de quererla hasta el punto de matarse por ella. 

 

DESPUÉS DE TOMADAS UNAS COPAS (MICRORRELATO)

DESPUÉS DE TOMADAS UNAS COPAS

Pasaba de la medianoche. Él nunca había estado antes en aquel bar. Se detuvo nada más entrar y recorrió con su mirada de gavilán el interior del local. Demasiada iluminación para su gusto. Exceso de luz desnuda a la noche dejándola sin misterio. Una decena de clientes ocupando mesas. Parejas practicando el buen rollo. Manos por encima y por debajo de estos muebles de cuatro patas, tocando y excitando carnes. Cruzó su mente la idea de marcharse. Todo el pescado vendido, pensó. Pero al dirigir la vista a la barra, dejó de pensarlo. Había allí una real hembra sentada, cuyo imponente culo se desbordaba, tanto por la parte de babor, como por la de estribor fuera del taburete que tenía el placer de sostenerlo. Sin prisas, con movimientos felinos, el recién venido, llegó junto a ella y, al tiempo que ocupaba el asiento vecino al suyo, dijo envolviéndola con el azul ardiente de su mirada:

—¿Me aceptas una copa? Tengo un puñado de euros en el bolsillo, que me lo están rompiendo.

—Eso es mala cosa, a no ser que te guste coses rotos —dedicándole una acogedora sonrisa.

—Los rotos, más que coserlos, me gusta hacerlos —devolviéndole la blancura de sus dientes.

Ella amplió su sonrisa y se giró un poco más hacia él agrediéndole lo visual con los dos imponentes torpedos que ponían a prueba la fortaleza del tejido de un jersey rosa, media docena de números más chico de la talla que su portadora necesitaba.

—Si estás hablando de la virginidad, la mía tuvieron ya, mucho tiempo atrás, la anuencia de quitarme ese estorbo.

—Menos trabajo para el siguiente, morena —tenían ya al barman, un pelón con uñeros por ojos, esperando que pidieran—. A la señorita lo que quiera tomar, y yo tomaré lo mismo que ella —rumboso el que invitaba.

Cinco copas más tarde, echadas algunas risas y calentados ambos verbalmente, en el coche de él, ella se arrodillaba entre las piernas masculinas y le hizo un trabajo de antología mamona.

—Estabas bien cargado, ¿eh? —dijo ella relamiéndose.

—Es que ando siempre algo falto de cariño. No me gustan las putas.

Ella, a continuación, pretendió cobrarle el servicio y él, justamente indignado, la echó fuera del vehículo. Había dejado de gustarle.

AJUSTE DE CUENTAS (MICRORELATOS)

AJUSTE DE CUENTAS

Desde hacía dos días el odio rugía dentro de él como un volcán que reúne la fuerza suficiente para estallar, vomitar lava destructora. Primero había pensado en colocarse delante de la puerta del lujoso chalé que habitaba la jueza con un cartel que pusiera: «Es usted una mala persona. Ha arruinado, despiadadamente, alevosamente mi vida. Me lo ha quitado todo. Todo cuanto poseía: casa, familia y empresa. Y lo único que me ha dejado es una vesánica desesperación que no me abre más posibilidad futura que el suicidio». Pero comprendió a tiempo que nada conseguiría con ello. Aquella mujer influyente llamaría a la policía y él terminaría con sus huesos en la cárcel. La espera se le estaba haciendo larguísima dentro de su cochambroso utilitario de segunda mano y que, desde que aquella mujer lo dejó en la ruina, era su hogar. Por fin llegó el lujoso coche que estaba esperando y se detuvo delante del suyo. De él se bajaron la jueza y su marido. El hombre desesperado actuó rápido. Abandonó su vehículo y con el cuchillo que llevaba en su mano apuñaló a la mujer cuyos gritos de agonía le sonaron deliciosos. También tuvo que apuñalar a su acompañante, pero con éste se disculpó:

—La cosa no iba contigo, tío, pero de haberte dejado vivo podrías haberme perjudicado. Lo siento. De verdad que lo siento.

 

UN MAL ENCUENTRO (MICRORRELATO)

(foto Miguel Pastor)

UN MAL ENCUENTRO

Fue un encuentro casual. La mujer era bastante mayor. Su rostro estaba demacrado, envejecido por los años y el abuso de maquillaje; sus carnes blandas, descolgadas, blancuzcas, despertaron un extraño morbo en el hombre que ella había conocido en un bar y llevado a su sórdido, lúgubre y sucio piso. Ella lo miraba con aire de insensata superioridad porque él quería algo que ella podía venderle y se creía con derecho a despreciarle. El deseo del hombre había muerto en cuanto la vio desnuda, pero no la odiaba todavía. El odio le vino cuando ella comenzó a burlarse porque él no reaccionaba a su obsceno manoseo, a mortificarle diciéndole que él no necesitaba una mujer, sino un hombre. Ella no debió herirle. No debió gozar humillándole. Sus ojos brillaban cargados de malicia, agrandados por el maquillaje, su boca pintarrajeada se torcía de manera odiosa. Despertó en su acompañante un deseo irresistible de borrar para siempre aquellos gestos tan ofensivos. Recorrió su mirada el feo, ajado rostro femenino deteniéndose en la garganta llena de arrugas ya. Una nube roja surgió del interior de las rugientes entrañas del hombre. Nube que creó una idea que le martilleó dolorosamente las sienes enloqueciéndolo. Dio un paso hacia la mujer. Ella se asustó cuando las trémulas manos masculinas se cerraban en torno a su cuello. No le sirvió de nada la desesperada lucha que entabló. El grito de pánico que quiso lanzar, se ahogó en su garganta.
Estaba sentenciada.

ENGAÑADOS

ENGAÑADOS

Su primo acababa de morir y él estaba herido. Paulatinamente las balas dejaron de silbar y la artillería cesó. El herido vio que se movían unos matorrales situados a menos de diez metros de distancia y, acto seguido, apareció una figura humana tambaleante, desarmada. No se le ocurrió dispararle aunque vestía el uniforme del ejército contrario. Se miraron ambos con toda la angustia y el horror del mundo reflejados en sus ojos. El soldado recién llegado tenía el pecho de su guerrera empapado en sangre. Movió los labios pero no llegó a emitir palabra alguna, pues repentinamente cayó al suelo quedando con la cabeza ladeada y los ojos sin vida fijos en él. El enorme odio que hasta aquel momento había mantenido el soldado sobreviviente contra sus enemigos desapareció de golpe al comprender que el desdichado muerto delante de él era su igual: un infeliz enviado al matadero; un infeliz al que habrían engañado también durante el periodo de entrenamiento con banderas, música, alegres canciones, arengas chauvinistas, rememoración de las grandes gestas bélicas nacionales del pasado, ensalzamiento de los héroes que habían ofrecido hasta su última gota de sangre generosamente para salvar a la «Patria» amenazada por unos poderosos enemigos que pretendían destruir su cultura milenaria y esclavizar a su pueblo.

-¡Pobre desgraciado! -logró balbucir rompiendo en sollozos.

BRUJERÍA

En la calle del Búho, cuarto B, vivía no hace mucho tiempo un jovenzuelo fantasioso, crédulo y gran aficionado a todo lo esotérico. Debido a esta peculiar inclinación suya, acudía frecuentemente a las librerías de lance en busca de libros misteriosos, relacionados con las ciencias ocultas.

El hecho de que sus padres eran fervientes católicos, le obligaba a leer estos libros de ocultismo cuando ellos dormían. Una noche, en la página trece de un libro de brujería encontró la siguiente aseveración: Si quieres que una mujer baile desnuda para ti, escríbelo en sus zapatos, con sangre de murciélago.

Con paciencia, una escopeta de perdigones y más suerte que puntería, este jovenzuelo consiguió cazar un murciélago. Se fue con él a casa de la chica que pretendía y aprovechando un momento en que no había nadie en la vivienda, entró por el patio dentro de ella, llegó a tientas -pues de haber encendido alguna luz habría delatado su presencia allí- hasta el cuarto que creía era el de su enamorada y, mojando una plumilla en la sangre del murciélago, escribió lo mejor que pudo, en un par de zapatos negros, su deseo de que ella bailara desnuda para él.

A medianoche el jovenzuelo escuchó unos discretos golpecitos en la puerta de la calle. Bajó las escaleras corriendo, ilusionado a más no poder, y se encontró a dos pasos de él a la abuela de la chica que tanto le gustaba, bailando para él tan desprovista de ropa como Dios la trajo al mundo.

CAFÉS SIN AZÚCAR

Cinco amigos se reunieron en casa de uno de ellos a tomar café. El invitador, que ejercía la profesión de psiquiatra, decidió realizar una prueba con ellos. Sirvió las cinco tazas con café y antes de que comenzaran a beberlo hizo un comentario aparentemente fútil:

-Se ha descubierto hace poco, que las personas que poseen inclinaciones homicidas tienen más desarrollados el sentido del gusto que las otras personas que podríamos llamar normales, equilibradas. Por cierto, en uno de los cafés se me olvidó poner azúcar. El que lo encuentre, aquí tiene el azucarero.

Todos los presentes se fueron llevando la taza a los labios, seguidos por los ojos vigilantes del especialista en enfermedades mentales. Sus invitados conscientes de esta vigilancia, después de tomar un sorbo de la infusión devolvieron la taza al platito y, al ser interrogados por su mirada, absolutamente todos movieron la cabeza indicando que no eran ellos quienes necesitaban azúcar.

-Lo sospechaba. Ninguno de vosotros es una persona desequilibrada y peligrosa.

El experimento había obtenido el éxito previsto por el huésped. Se equivocó. Antes de transcurrido un año, dos de sus cinco invitados habían cometido un asesinato.