SUSTO GRANDE (Microrrelato)

SUSTO MUY GRANDE 

El enamorado se jugó la vida escalando la fachada del inmueble para llegar al balcón del tercer piso donde vivía su amada. Y llegado a su meta vio por la entreabierta cristalera a la mujer que él tanto quería, metida en la cama con otro. Entonces se quitó los pantalones se los puso de sombrero y dando gritos fantasmales entró en la alcoba y les dio un susto de muerte. Tan de muerte fue el susto que tuvieron, a los dos copuladores que enterrarlos al día siguiente. El causante de su fallecimiento disimuló el contento por su venganza, llorando como una Magdalena, el nombre que tenía la infiel. Muchos de los que le vieron demostrar aquella falsa congoja sintieron pena de él y más de uno dijo a sus espaldas:

—Ahí tenemos a un hombre que no merecía le pusieran los cuernos. Parte el corazón verlo tan afligido.

No sabían, los muy ignorantones, que acertaban en lo primero y erraban en lo segundo.

 

ESPERANDO AL VAMPIRO (Microrrelato)

ESPERANDO AL VAMPIRO 

      La muchacha se enamoró de un vampiro. Sentía un placer infinito cuando él le chupaba la sangre mordiéndole dulce y delicadamente el cuello. Pero él tuvo que acudir en ayuda de su padre a quien, en Transilvania, alguien le había clavado una estaca en el corazón. La muchacha salía todas las noches al balcón por si lo veía venir volando. Lo echaba muchísimo de menos.

La luna, compadecida de ella la fue atravesando el corazón con la daga del olvido hasta conseguir llegarle a lo más hondo, y entonces la muchacha cerró la puerta de su balcón y aceptó una relación estable con el panadero que vivía en su misma calle pues con él, tenía por lo menos seguro el pan de cada día y a la hora de morderle el cuello no lo hacía tan dulcemente como el vampiro, pero también la daba gusto, la debilitaba menos, y además a ella la gustaba el olor a harina que él desprendía.

MORALEJA: El que no aprende a olvidar se condena a sufrir eternamente por lo que ya no tiene remedio y, a menudo, ni siquiera vale la pena.

 

DEMASIADO TARDE (Microrrelato)

DEMASIADO TARDE (Microrrelato)

 

         La tristeza me acompañará ya siempre. Será como mi sombra, con la diferencia de que mi sombra solo está presente cuando expongo mi persona a la luz, mientras tú, inquisidor recuerdo, estás incluso más presente cuando estoy rodeado de oscuridad.

        Te perdí, amor, porque fui tan imperdonablemente estúpido, cuando te tuve a mi alcance, entregada, de no darme cuenta de que te adoraba y que me eras imprescindible para poder ser feliz.

        El tiempo no perdona nuestros errores y los deja atrás, torturadores, sin rectificación posible. Y el doloroso recuerdo es el verdugo que nos castiga eternamente por haberlos cometido.

 

UN MILAGRO SORPRENDENTE (Microrrelato)

UN MILAGRO SORPRENDENTE

Se encontraron dos viejos amigos que llevaban varios años sin verse. Enorme muestra de alegría por ambas partes. Se dieron un afectuoso abrazo. Intercambiaron cariñosas amabilidades. El tiempo transcurrido no había disminuido el aprecio que siempre se tuvieron.

        —Te invito a tomar algo, Alberto. Hay que celebrar este encuentro.

        —Lo siento pero no me es posible, Julio. Tengo que entrar en la iglesia —Alberto señaló hacia el templo que tenían a unos quince metros de distancia, y hacia el que se estaban dirigiendo un buen número de fieles.

        Julio se mostró muy sorprendido.

        —Pero si tú eras ateo a más no poder —recordó.

        —Pues ahora soy muy buen creyente. Me casé hace cuatro años. Y durante casi dos años mi mujer y yo intentamos, inútilmente, tener descendencia. Así que mi querida esposa y yo visitamos a un par de ginecólogos y éstos apreciaron que soy estéril. Imagínate el disgusto que nos llevamos los dos. Pero mi mujer es muy religiosa y cada vez que iba a la iglesia le pedía a Dios realizara conmigo un milagro, ¡y oye, el milagro se produjo! —mostrando felicidad y vehemencia—. Sí, el milagro se produjo. Hace cinco meses, a pesar de lo diagnosticado por los especialistas, mi mujer quedó embarazada. Ha sido algo extraordinario, asombroso.

        En aquel momento Alberto se interrumpió para saludar a un hombre joven y atractivo vestido totalmente de negro, a excepción de un alzacuello blanco, el cuál le devolvió, muy risueño, el saludo. 

       — ¿Quién es ése? —quiso saber Julio, curioso.

       —Un santo sacerdote que no se cansa de predicar que la fe obra milagros.

        Julio dirigió a la frente de su amigo Alberto una mirada de profunda lástima, y se marchó compadeciéndole. Evidentemente él era un incrédulo que no creía en los milagros.

 

 

 

LAS PENAS FLOTAN (Microrrelato)

LAS PENAS FLOTAN 

Si les hubieran preguntado sólo un mes atrás, cuando les desbordaba la pasión, el deseo y la fuerza, si su romance sería eterno, ambos habrían jurado, sobre mil Biblias, que sí. Y habrían jurado que habían creado el mundo y los sentimientos a su medida.

Pero en el milagro del amor nunca faltan los perdedores. Ella lo había abandonado por otro y a él le quedaba únicamente la dolorosa amargura de los recuerdos, aceptar que lo habían echado fuera del paraíso del amor y ahora estaba allí, sentado en el sofá de su vivienda vacía con una botella de alcohol intentado lo imposible ahogar una pena invencible nadadora que, no importaba lo que hiciese, sabía mantenerse todo el tiempo a flote.

EL HOMBRE QUE ABURRIÓ HASTA A SU PERRO (Microrrelato)

EL HOMBRE QUE ABURRIÓ HASTA A SU PERRO (microrrelato)

 

Al hombre le habían fallado todos. Desde las mujeres que amó a los amigos. Se volvió hosco, taciturno y finalmente silencioso como una tumba. Su perro era el último ser vivo que seguía con él. El animal trato de hacerlo reaccionar. Le ladraba cariñosamente con la esperanza de que su amo le contestara de algún modo, aunque fuera con ladridos. Finalmente se cansó de intentarlo, y también lo abandonó. El hombre sintió alivio. Ya no le quedaba razón alguna para retrasar su propósito de suicidarse.

 

UN HIPÓCRITA COBARDÓN (Microrrelato)

UN HIPÓCRITA COBARDÓN 

 

Llevaban tres años de noviazgo y estaban cansados ya el uno del otro. Como diría un poeta antiguo: la chispa del amor que un día surgió impetuosa entre ambos se había extinguido. Fue ella la que finalmente, una tarde que sentados a la mesa de un bar céntrico tomaban café decidió afrontar la realidad que estaba viviendo su relación:

—Joaquín, vamos a dejar de vernos. Es una idiotez continuar lo nuestro. Yo he dejado de quererte. Es más, me aburro soberanamente cuando estoy contigo.

El compuso una falsa expresión de sufrimiento.

—Bueno, Macarena, si eso es lo que tú quieres, yo me resignaré. Mi gran deseo de siempre ha sido y es que tú seas feliz.

—Y el mío que no sufras ni me eches de menos.

—Aprenderé a resignarme. No te preocupes. Seré fuerte.

Logró conmoverla.

—Lo siento. Lo siento muchísimo. Lo último que quiero es hacerte daño.

—No importa. No te preocupes. Ya nadie muere de amor.

Prueba de que habían terminado fue que pagaron los cafés a medias. Hasta entonces siempre los había pagado él.

—Fue bonito mientras duro. Adiós, Joaquín.

—Adiós, Macarena. No te olvidaré nunca.

Aquella noche Joaquín celebró con sus amigos el haberse librado de Macarena cogiendo una borrachera salvaje.